6. Los planes de Adolfus
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Hay ocasiones en que una persona se convierte en el centro de la atención de otra que, a su vez, ocupada en este seguimiento, no advierte que un tercero le va siguiendo los pasos, formando así, entre todos, una auténtica cadena. De este modo Vespasiano se convertía en el objetivo de Domiciano, su hijo, cuyas ideas, planes y propósitos tendían a sustituirle como Emperador. Por su parte Adolfus se centraba en el control de Domiciano, que constituía a la vez un apoyo y un obstáculo en su camino. Por su parte Marcos y Melania veían en Adolfus la clave explicativa de muchos de los extraños sucesos de la villa. Con ello, estudiando cada uno a su perseguido, no reparaban en que tenían a su vez un perseguidor que les analizaba tan fríamente como él a su precedente.
Pero para seguir a Adolfus era preciso salir de la nave secreta, y esto sólo era posible con una excusa plausible. Marcos y Melania buscaron una explicación convincente, sin lograrlo. Algún suministro que hiciera falta —había de todo en el almacén—, alguna atención médica —el médico visitaba inmediatamente el pabellón, con todo secreto—, la necesidad de consultar algún documento o algún texto —eran rápidamente conducidos a la nave—. Pensaron que, para algunos problemas técnicos de los combustibles, precisarían consultar a Vegetio. También Adolfus había sugerido que los proyectiles macizos se sustituyeran por proyectiles incendiarios basados en el fuego griego, y, en efecto, se estaba perfeccionando la mezcla incendiaria. Pero, según Marcos, se precisarían algunos detalles adicionales hasta conseguir la ignición espontánea en el momento del blanco. La excusa era muy plausible y debía convencer a Adolfus.
Pero cuando entró éste, se dirigió directamente a Marcos y le dijo:
—Tenéis que salir inmediatamente. Vamos a hacer la prueba del automóvil ligero, el de las ruedas con suspensión, que ya está totalmente fabricado. Vamos, de prisa.
Y advirtió con suspicacia.
—Y ni una palabra de lo que se hace aquí dentro, ¿entendido?
Salieron y se acercaron a la pista de pruebas. Gran cantidad de los trabajadores observaban. Machinio miraba, admirativo, el automóvil. Saludó a Marcos:
—Marcos, cuánto tiempo sin verte… No sales del laboratorio por lo que veo. Te tomas muy a pecho el trabajo.
Marcos prefirió no contestar y se acercó al automóvil, al que tantas horas había dedicado. Adolfus también estaba orgulloso de la creación. Le dijo a Marcos:
—¿Quieres probarlo tú mismo? Después de todo, es obra tuya.
Marcos asintió. Controló la calefacción del motor y la presión de vapor. Cuando la consideró suficiente, subió y manejó los mandos. El automóvil arrancó.
La prueba fue un completo éxito. El automóvil tomó velocidad, dio vueltas perfectamente, deceleró, cruzó con suavidad un terreno accidentado sin oscilar demasiado, volvió al terreno llano y finalmente frenó en el punto de partida. Se notaba una conducción suave, una gran suspensión y una notable velocidad.
Una gigantesca ovación surgió de los espectadores. Los de la división de automóviles, sobre todo, celebraban con orgullo su triunfo, aunque los de la división de motores argumentaban que todo se debía a su trabajo. Los de otras secciones —motores marinos, grúas a vapor, motores para extracción del agua— deseaban que llegara el momento en que ellos pudieran también festejar la exhibición pública de sus prototipos.
Se dirigieron todos a unas mesas dispuestas en la sombra con abundante comida y bebida. Adolfus quedó encerrado entre un grupo de directivos y técnicos que le felicitaban. Marcos se acercó a Melania.
—Ahora es el momento —dijo a ésta—, escondámonos.
Con disimulo se acercaron a la puerta de un pabellón y se introdujeron en él. Era un almacén. Caminaron sigilosamente entre los fardos acumulados hasta alcanzar la puerta del lado opuesto. Descorrieron el cerrojo y abrieron lentamente.
Por las cercanías paseaba un soldado, haciendo guardia. Más allá se veía el muro que circundaba la villa.
—Melania —dijo Marcos—, acércate a las mesas y trae una jarra grande de vino y algo de comida. Yo voy a buscar una escalera por el almacén. Date prisa.
Momentos después salían Marcos y Melania por la puerta y llamaban al soldado.
—¿Eh? El de la guardia… ¿Cómo te llamas? Nos encargan que te traigamos bebida y comida, ya que no puedes abandonar el puesto.
El soldado miró con agrado la jarra y los alimentos.
—Pero según el centurión cuando estamos de servicio no podemos beber.
—¡Caramba con el centurión! ¿No te hemos dicho que es él quien nos envía con la jarra? Si lo vieras beber, no tendrías tanto problema. Y eso que es el jefe de la guardia.
—Sí, eso es verdad. El centurión, puesto a beber, se infla como un odre. Bien, me sentaré un rato para despachar todo esto.
—Pasa al almacén, si quieres. Te haremos compañía. Y vigilarás igual. Además, para lo que hay que vigilar…
Un rato después, el soldado dormía profundamente y Marcos y Melania saltaban el muro escondiendo la escalera para la vuelta. Comenzaba la labor de espionaje.
Una charla con el cochero de Adolfus en sus visitas al pabellón secreto había proporcionado una información interesante. Adolfus visitaba con frecuencia una villa cercana, donde pasaba algunos ratos. El cochero no había visto más que al esclavo silencioso que le abría la puerta a la entrada y a la salida, pero les había informado cómo se llegaba a la villa.
La amabilidad del campesino que les transportó en su carro les permitió llegar a ella. Tras un rodeo encontraron un sitio donde parecía fácil escalar el pequeño muro, algo derruido. La casa no tenía vigilancia; se notaba que no era una vivienda fija, sino una casa ocupada sólo por breve tiempo. El jardín estaba descuidado y con maleza. A lo lejos se oían unas gallinas.
Se introdujeron por la parte posterior. Evitaron la cocina, donde se oían chillidos de mujeres. En una mesa de un gran cuarto de distribución se apilaba vajilla. Marcos y Melania tomaron algunos platos, para fingir una excusa en cualquier momento. Con aire humilde, como servidores de la casa, subieron las escaleras.
Decididamente, o era día de suerte, o realmente había muy poco servicio. En el atrio de la primera planta miraron las puertas cerradas que confluían a él, sin saber qué hacer. Oyeron un rumor de pasos que proveniente de la planta baja, se acercaba a la escalera. Empujaron la puerta más próxima y se introdujeron: era una habitación casi vacía, pintada a la moda pompeyana, pero con sólo un viejo triclinio y un arcón.
Cerraron, dejando una pequeña rendija para atisbar. Una espléndida mujer pasó ante ellos. Alta, bellísima, aristocrática, con largos cabellos rubios. Unía a un aire majestuoso un tono extrañamente sensual, como de una fruta demasiado madura y demasiado aromática. Tras ella iba una esclava joven con un estuche de aseo. Ambas se introdujeron en la habitación contigua y cerraron la puerta.
Marcos y Melania se aproximaron al balcón de la habitación donde estaban. Se podía abrir, y daba a una galería corrida y parcialmente oculta del exterior por ramas de hiedra faltas de poda. La suerte seguía protegiendo: sería sumamente fácil acercarse agachados al balcón de la habitación contigua y ver o escuchar lo que allí ocurriera.
Lo normal era que Adolfus, cuando pudiera, se acercara a la casa. Sólo era cuestión de esperar.
Marcos hizo una prueba: se acercó a gatas por la galería y se asomó cuidadosamente a la habitación por las puertas del balcón, semiabiertas a causa del calor.
La mujer esbelta estaba sentada frente a un espejo bruñido. La joven esclava peinaba cuidadosamente los largos cabellos rubios. Como en un ritual, cadenciosamente, pasaba el peine una y otra vez por la larga cabellera. La mujer esbelta estaba en silencio, pensativa.
Marcos volvió atrás. De nuevo en la habitación, sentados en el viejo triclinio, juntas las manos, esperaron.
2
Y Adolfus llegó. Oyeron su carro, rápido, parando en la puerta. La llamada, y el esclavo silencioso que abría la puerta del jardín. Y poco después, los conocidos pasos de Adolfus en el rellano y, tras leve toque de aviso en la puerta, su entrada directa en la habitación contigua.
Marcos y Melania se deslizaron por la galería. Comenzaban a caer las primeras sombras de la tarde, lo que favorecía sus propósitos. Entre la hiedra, observaron.
Adolfus entró y besó apasionadamente a la mujer del largo pelo, ahora peinado en una hermosa y complicada estructura.
—¡Celia! —exclamó—, ¡qué ganas tenía de verte!
—Y yo, Adolfus… siempre esperando tus noticias.
Con un gesto despidió a la esclava. Quedaron solos.
—¿Cómo han ido las pruebas? ¿Éxito completo?
—Desde luego, éxito completo.
—Sabía que lo conseguirías. Estaba segura.
Tomó, de una mesa cercana, una jarra de vino y unas copas de plata. Acercó un cuenco de frutas. Adolfus rechazó.
—No, Celia. Acabo de beber un poco y necesito tener la cabeza despejada.
—¿Algo malo?
—No, o por lo menos no para nosotros. Celia, debo informarte. Se avecinan acontecimientos muy importantes.
Celia calló, esperando.
—Mira, Celia. Sabes que hay momentos que pueden ser decisivos en la vida de una persona. También existen esos momentos en la vida de los pueblos. Y ahora estamos en uno de los momentos cruciales de la historia de Roma.
Se había levantado, y comenzaba a recorrer la habitación a grandes pasos.
—Te he dicho muchas veces, Celia, que me siento llamado para grandes hazañas. Tuve buenos presagios en mi nacimiento; en mi horóscopo hay una conjunción de Marte y Júpiter. Ya sabes lo que significan: la guerra y el poder. En la guerra contra los britanos estuve dos veces a punto de morir, y, en ambas ocasiones, cuando volví a recuperar el sentido, lo primero que vi fue un águila volando hacia lo alto. ¿Lo comprendes?
Celia miraba con sus grandes ojos. Su pelo dorado, con la luz del crepúsculo, le daba una aureola de fuego. Su pecho se agitaba con la respiración.
—Sí, Celia; siempre lo he sabido, y por ello busqué mi oportunidad. Cuando conocí a Denario y me habló de la puesta en marcha de la fábrica, comprendí que allí estaba la ocasión. Hay que transformar el Imperio, pero no por las conquistas, sino por el poder de las máquinas. Las guerras, en el futuro, no se decidirán por el valor humano, sino por quien posea las mejores técnicas de armamento; y quien las tenga en su poder será el vencedor indudable de todas las batallas y el amo del mundo.
»Por eso monté un pabellón secreto en el que he fabricado las mejores máquinas de guerra que existen. Dentro de poco dispondré de veinte, de cuarenta, de cien carros de combate extraordinarios que arrollarán cualquier ejército que se les oponga. Vamos a comenzar el reclutamiento y preparación de un cuerpo escogido.
—¿Vamos? Luego sois varios… ¿Quiénes son los otros?
—El otro. Sólo hay uno más. Domiciano, el hijo del Emperador.
—¿Ese monstruo? De modo que para salvar a Roma, según dices, te alias con ese pendenciero, creído y orgulloso de Domiciano. ¿Y crees que a sus órdenes vas a cambiar Roma?
Adolfus quedó inmóvil de pie, dudando. En la semioscuridad sus ojos brillaban. Dijo lentamente.
—La alianza con Domiciano es un paso necesario, pero sólo un paso.
—¡Oh, Adolfus! —Celia se levantó y le abrazó—. Me das miedo… ¿Qué planeas?
—Planeo —dijo Adolfus con firmeza— dar los pasos necesarios para ser Emperador, y para que tú seas Emperatriz conmigo. Que utilices tus talentos como una nueva Julia, una nueva Livia, una nueva Calpurnia. Que nuestros nombres se recuerden unidos como los restauradores de la grandeza de Roma y fundadores del Tercer Imperio. El Primero correspondió a la República, el Segundo, a los Emperadores, y el Tercero, será el que ahora se iniciará, regido por mí, y que no terminará nunca. El Imperio de los mil años.
—Adolfus, tú sabes que te quiero, que siempre estaré contigo. Pero prefiero permanecer en la sombra, ser tu compañera, tenerte, como ahora, cuando acabas tu trabajo y te encuentras agotado. Seré tu confidente, pero no actuaré en público. Prefiero seguir como ahora; te aseguro que cumpliré mi papel con discreción.
Pasaron unos instantes silenciosos.
—Voy a pedir unas luces a los esclavos —dijo Celia.
—No lo hagas —dijo Adolfus—. Estoy todo el día con ruidos, conversaciones, viajes… Me gusta este silencio, esta quietud. Esta oscuridad.
Se sentó junto a Celia, que comenzó a acariciarle la cabeza.
A pesar de lo dicho, se sirvió una copa y bebió unos sorbos de vino.
—Roma me necesita en este momento —dijo Adolfus—. El Imperio está anquilosado; Vespasiano restablece las prerrogativas del Senado, como si ese grupo de viejos ineptos pudiera volver a gobernar el Imperio. Esa dualidad de poderes es ineficaz. Hace falta concentrar todas las decisiones en una sola mano, para poder aplicar los recursos del Imperio a su desarrollo. Pero eso sólo se conseguirá cuando una persona preparada obtenga el poder absoluto.
Y lentamente sonaron sus palabras en la casi completa oscuridad:
—Y esa persona soy yo.
Marcos sintió que un escalofrío le recorría la espalda.