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El capitán Herminio Arcones se desplazó a París para felicitar a Da Costa y Mora por su brillante actuación en la desarticulación de la red criminal de Cornelius. Nada más bajar del avión y abandonar el aeropuerto, tomó un taxi en la calle que le llevó hasta el hospital de La Pitié-Salpêtrière, construido por iniciativa de Luis XIV en 1656.
En la plaza de la entrada principal, Arcones se quedó mirando la estatua de bronce erigida en honor de Philippe Pinel, médico jefe del hospital y uno de los padres de la psiquiatría moderna, fallecido en 1826. Arcones entró por la plaza de Marie Curie, pionera en el campo de la radiactividad. El diseño del mejor hospital de París era geométrico, en torno a un patio cuadrado. La Chapelle Saint-Louis constituía la piedra angular del complejo y su primer capellán fue curiosamente san Vicente de Paúl.
En la segunda planta de traumatología yacía, convaleciente, el teniente Da Costa con la pierna izquierda enyesada. Arcones subió en el ascensor, salió al pasillo y llamó poco después a la puerta de la habitación número 37.
—¡Adelante! —indicó una voz desde dentro.
El capitán reconoció enseguida el timbre de Mora, y entró.
—¿Qué tal están mis héroes? —saludó con una amplia sonrisa, dirigiéndose a la cama donde estaba Da Costa, tras abrazar a su compañero.
—El teniente está hecho un campeón —dijo Mora.
—Una bala de nada, Arcones, me ha perforado el fémur. Puedo asegurarte que mi caída del trapecio fue mucho peor.
—Cualquiera lo diría. Si hubieras visto los saltos de cabra montés que daba por los tejados de la Conciergerie…
El capitán volvió a sonreír.
—¿Qué dicen los médicos?
—Han descartado la cirugía.
—Buena noticia.
—Me limpiaron el orificio de entrada y salida del proyectil, suministrándome antibióticos para evitar cualquier infección, y me han colocado un yeso en forma de férula para soldar la fractura.
—O sea, que en unos días estarás ya en casa.
—Eso parece.
—Quiero felicitaros a los dos, muchachos. Tanto la policía francesa como la española os están enormemente agradecidas. Y no digamos ya la portuguesa. La Operación Giralda ha sido un rotundo éxito. Un ejemplo de colaboración entre cuerpos policiales de distintos países que deberá servir de inspiración en el futuro. Ahora dime tú, Mora, cómo te las ingeniaste para seguir a Leblanc hasta la guarida de Cornelius sin que este se percatara de ello.
—Siempre me ha gustado disfrazarme. De niño le di ya un susto de muerte a mi tía. Una tarde en que esta se quedó en casa conmigo, sin que se diese cuenta, me enfundé la gabardina de mi padre, me puse unas lentes graduadas y me calé un sombrero de fieltro, caminando como un corcovado. Luego salí sigilosamente de la vivienda, cerrando muy despacio la puerta, y al cabo de un rato pulsé el timbre para que me abriera. En cuanto mi tía vio a un desconocido en el umbral de la puerta, casi se quedó en el sitio. La pobre estaba embarazada.
—Menudo gamberro. Supongo que para despistar a Leblanc cambiarías de disfraz.
—La verdad es que disfrazarme ha sido para mí un arte, desde que organizaba funciones teatrales en casa de mis amigos de la universidad. Esta vez bastó con embadurnarme la cara con tintura de nuez, para oscurecérmela, colocándome llagas falsas de cera y granos de café que parecían imperfecciones. Me calé luego un sombrero y me puse unas gafas de sol.
—Parecerías un fellaghas.
—¿Cómo dices?
—Un independentista argelino del barrio de la Goutte d’Or, donde se concentran los africanos.
—Ja, ja, ja…
Arcones también sonrió. Estaba radiante aquella mañana. Y aprovechó ese momento oportuno para hacerles un rápido resumen de los resultados obtenidos.
—La detención de los miembros más relevantes de la organización de Cornelius ha permitido conocer hasta qué punto estaban infiltrados en altas instancias de la policía, la judicatura, la política o las finanzas. Y no solo en Francia; también contaban con conexiones internacionales. Se ha eliminado al mismo tiempo la espada de Damocles que se cernía sobre los Borbones españoles. La detención del comisario Leblanc, a quien le encantaban los trajes caros, las mujeres fáciles que podían comprarse con dinero y las toneladas de alcohol, ha llevado a una depuración de la cúpula policial francesa. Se ha sabido cómo actuaban a través de sobornos y extorsiones. Y cómo reclutaban a asesinos con tendencias psicopáticas y violentas en ambientes frecuentados por jóvenes radicales para convertirlos en soldados perfectos capaces de cometer los crímenes más espectaculares, haciéndoles jurar lealtad hasta el extremo de entregar sus vidas. Todo eso, sumado al tráfico de armas y de estupefacientes, la promoción de conflictos armados en todo el mundo y la difusión del aborto.
—Hablando de la cúpula policial francesa —intervino Mora—, nos hemos enterado de que, cuando se acercaba la Navidad, docenas de agentes entraban en la Prefectura para recoger sus regalos y sus sobres con dinero.
—Había un teniente —añadió ahora Da Costa— a quien le gustaba hacer frecuentes viajes a la Costa Azul, pero aborrecía la idea de pagarlos. Una vez él, su mujer y otra pareja querían pasar una semana en Cannes. Llamaron a Leblanc, y asunto resuelto.
—Por no hablar de las reuniones en la villa de Cornelius… —recordó Mora.
—Espeluznantes —ratificó Da Costa—. No puedes imaginarte, Arcones, la colección de artilugios que manejaba Cornelius para torturar a sus víctimas. A la pobre Mafalda casi la mata con una cuchilla como la que cortó la cabeza de María Antonieta.
—Era un sádico enfermo, que gracias a vosotros arderá ya en el infierno. Ni siquiera se libraba de ser un falsificador de primera. Su organización podía suministrar a sus clientes la marca de reloj que ellos quisieran. Un Omega, por ejemplo. En el mercado legal se vendían a trescientos francos o más. Cornelius los fabricaba por diez francos. Por fuera era un duplicado exacto del Omega, incluyendo la pequeña herradura de oro y el grabado de veinticuatro quilates del reverso. Los joyeros de la organización sabían hacer cualquier reloj. Si se lo pedías, te ponían a Tintín y a Milú en la esfera.
—¿Y qué me dices del artículo en Le Figaro? —preguntó el teniente.
—Espléndido.
—Ha puesto al descubierto las actividades delictivas del banco de Mathieu y de la Fundación, que formaban parte del mismo entramado criminal. Su autor, Guillaume Boucher, vino a verme eufórico al día siguiente de su publicación porque el periódico había batido su propio récord histórico de ventas con un millón de ejemplares.
Cornelius había dejado de ser una amenaza real, pero trascendería como personaje literario, entrando a formar parte por derecho propio de la gran epopeya del mal. Su figura inspiraría personajes míticos, como Vlad Tepes el Empalador lo hizo con el conde Drácula.
Cornelius era como el profesor James Moriarty, el eterno enemigo del detective Sherlock Holmes, creado por Arthur Conan Doyle en 1893. Era el «Napoleón del crimen» o «la araña en el centro de una gigantesca red del crimen cuyos hilos solo él sabía mover», al decir del propio Holmes. La mayor mente criminal de la Europa victoriana. Moriarty, como Cornelius, dirigía en la sombra un complejo sindicato internacional del crimen con la ayuda de su lugarteniente, el coronel Sebastian Moran, una especie de comisario André Leblanc. Moriarty moriría junto con Holmes tras una trágica caída por las cataratas de Reinchenbach en el río Aar, a la altura de la pequeña localidad alpina de Meiringen, en Suiza. La muerte literaria de Holmes en El problema final provocó un aluvión de quejas y reclamaciones de numerosos seguidores del personaje de Conan Doyle, quien no tuvo más remedio que resucitarle después en La aventura de la casa vacía.
A partir de ahora, Cornelius resucitaría también como el ogro de un cuento de miedo para asustar a los niños. Llegaría a formar parte del folclore popular como uno de los grandes malvados de la historia, como el monstruo de la infamia suprema. Su efigie con las mil caras se reproduciría en los museos de cera de todo el mundo.
El brigada Mora se despidió de Da Costa y Arcones. Debía reincorporarse al servicio en Madrid. Mora y Da Costa, pese a no empezar su relación con buen pie, habían llegado a apreciarse tras salvarse el pellejo mutuamente, forjándose una amistad que perduraría en el tiempo. Para despedirse se dieron la mano, y posteriormente un abrazo. Al salir de la habitación del hospital, una lágrima rodó por la mejilla de Mora.
Tres días después, Da Costa llegó al aeropuerto de Portela, en Lisboa. Le hicieron bajar del avión, un C-54 Skymaster, por una rampa especial, ya que se desplazaba en silla de ruedas. Contaba con la asistencia de una azafata de la TAP, la aerolínea nacional portuguesa, que le había acompañado durante todo el viaje desde París, para ayudarle a moverse. La azafata empujó su silla de ruedas por la pista en dirección a la terminal.
Una vez allí, una atractiva mujer siguió a Da Costa y a la azafata. Se acercó por detrás y le hizo un gesto a la empleada de la aerolínea poniéndose los dedos en los labios para indicar que se disponía a darle una sorpresa al policía. Era Nicole, que ahora empujaba la silla sin que el usuario se hubiese percatado del cambio. La azafata les seguía unos pasos por detrás.
Da Costa comentó a la azafata, sin dejar de mirar al frente:
—Parece que hace un día espléndido en Lisboa.
Nicole no contestó.
Volvió a hacer el mismo comentario y al no recibir respuesta por segunda vez se giró hacia ella y vio a Nicole. En su rostro se dibujó la sorpresa. Ella le sonrió con dulzura. Mientras continuaba empujando su silla de ruedas, Nicole le susurró al oído, como un cosquilleo:
—¿Sigues interesado en mí?
—Oh, Nicole, siempre te he amado, y siempre te amaré.
—En ese caso podemos darnos una oportunidad.
A Da Costa se le iluminó el semblante de felicidad; aquella era su más preciada recompensa. Y supo de nuevo, desde que se cayó del trapecio con veinte años, que lo mejor se compraba siempre al precio de un gran sacrificio.
A finales de junio, en medio de un calor sofocante, un hombre fornido que había cumplido cuarenta y tres años el día 20 entró alrededor de las doce del mediodía por la puerta principal del Gran Hotel de Zaragoza. Llevaba una chaqueta azul de lino con una flor de lis grabada en el bolsillo superior izquierdo, un polo del mismo color, pantalón blanco y zapatos náuticos. Al hacer acto de presencia en el vestíbulo, el encargado del hotel salió a recibirle y le acompañó hasta el ascensor.
—El príncipe le espera arriba, señor.
—¿Habitación?
—La suite número uno.
—Muy amable.
Mientras subía en el ascensor, don Juan de Borbón recordó que su padre había inaugurado aquel mismo hotel en 1929, y comprobó que su fachada histórica y el interior conservaban aún todo el sabor de la época. El ascensor se detuvo en la quinta planta. Su único ocupante avanzó por el pasillo, deteniéndose ante la puerta de entrada de la suite, la cual golpeó suavemente con los nudillos. Enseguida se abrió, surgiendo bajo el marco de madera el rostro sonriente de Juanito, deseoso por recuperar todo el afecto de su padre, quien a su vez sentía la necesidad de pedirle perdón. Sin embargo, no era fácil para el conde de Barcelona manejarse en ese tipo de situaciones. Era un hombre educado prusianamente, que exigía a su heredero un comportamiento semejante. Por eso, enterado de que Juanito había puesto en peligro su valiosa vida en París, le costaba ahora más solicitar su perdón.
—Buenos días, papá.
—Buenos días, hijo.
Sonó a frío saludo. La suite era enorme, dividida en tres estancias: un cuarto con una cama y un baño incorporado para Juanito, otro un poco más pequeño para su preceptor, y un saloncito con un tresillo y dos butacas que daba a una gran terraza desde la que se divisaba al fondo la hermosa Basílica del Pilar. En la habitación contigua estaban los dos guardaespaldas.
—Siéntate, papá. ¿Quieres algo de beber?
—Una Ámbar especial.
Era la cerveza zaragozana por excelencia desde el año 1900.
—Ahora mismo digo que nos traigan dos.
Juanito avisó a la recepción por la línea interior, y poco después un camarero les sirvió en una bandeja de plata las copas de cerveza junto con un plato de almendras tostadas y dos servilletas. Una vez solos, reanudaron la conversación:
—Tengo que decirte, hijo mío, que me parece una completa irresponsabilidad que acudieras a París sin consultárselo a nadie, poniendo en riesgo tu propia vida.
—No fui solo, papá. Me acompañó mi amigo José Antonio, con quien comparto mis quehaceres en la Academia. Además, me habían asegurado que si no viajaba a París tu vida correría peligro.
—Está bien. Puedo entender la ingenuidad a tus dieciocho años. Pero eso no impide que tu vida sea un bien muy preciado para la dinastía de los Borbones y para el futuro de España. Hay muchas personas que velan por tu seguridad y no debes volver a cometer una imprudencia semejante.
—Tienes razón, papá.
Y entonces, tras algunas vacilaciones, sin atreverse al principio a mirar a la cara a su hijo, don Juan claudicó:
—Quiero pedirte perdón.
—¿Perdón por qué?
—Por haber llegado a dudar de tus rectas intenciones. Por haberte hecho jurar que no mataste a tu hermano pequeño a propósito. Y, sobre todo, por no haber sabido comprenderte desde el fondo de mi corazón de padre.
Finalmente, padre e hijo se abrazaron emocionados, con lágrimas en los ojos, pues ambos ansiaban que llegara aquel momento de reconciliación definitiva.