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El avión de Mafalda Cornaro aterrizó en Lisboa la tarde del 19 de diciembre de 1955.

Poco después, descendió por la escalerilla una rubia vaporosa de diecinueve abriles que imitaba al final de su larga melena la famosa cola de caballo de Brigitte Bardot. Sus cabellos resplandecían como una flamígera corona de espigas de trigo. Lucía jersey y chaqueta de punto color beige. La parte superior de la americana iba ceñida para remodelar el busto, con ayuda de un corpiño resistente; las mangas eran estrechas y llegaban hasta los antebrazos, en uno de los cuales sostenía un abrigo de paño doblado. Encarnaba, como muchas otras jóvenes distinguidas del momento, el New Look de Christian Dior.

El principal propósito de su aspecto era la seducción. Hombros suaves y caídos, caderas redondeadas y cintura extremadamente estrecha. Un auténtico festival de dunas buscando siempre la curvatura más bella. Iba bien aleccionada para no salir a la calle sin sombrero ni guantes, combinar perfectamente bolso y zapatos, escoger los complementos y la sombra de ojos del mismo color, calzar siempre sus pies de gacela con tacones altos y llevar medias de nylon con costura.

Federico, el mayordomo y chófer de su tía Giannina, la aguardaba solo a la salida de la terminal para ayudarla a llevar el equipaje hasta el coche, aparcado en las inmediaciones del aeropuerto. Nada más verla, hubiese silbado de buena gana, pero por educación tuvo que reprimir su instinto.

Tía Giannina no había podido acudir al final a recibirla porque su nuera Andrea se había sentido indispuesta por una gastroenteritis. Pero, seguro de impresionarla, Federico conducía el nuevo Cadillac descapotable de su tía, informado de que a la joven le encantaban los automóviles, y cuanto más llamativos y relucientes, mejor; como el de su padre, un Buick Super de color crema y techo negro, con dos parabrisas delanteros y un atractivo diseño de curvas, como las de una modelo de pasarela, que rebasaba los ciento cuarenta kilómetros por hora.

—¿No tenía la señora un Mercedes Benz? —interrogó Mafalda a Federico, mientras enfilaban la carretera en dirección a Estoril, recordando haber visto aquella misma versión un montón de veces en las fotografías del álbum de su madre.

—Está guardado en el garaje junto con el Ford GT, el Buick y el Jaguar —respondió él en perfecto italiano, pues en los veinte años que llevaba al servicio de la señora Giannina se entendía siempre con ella en su lengua materna.

—¡Santo cielo! ¡Menuda flota de automóviles! —exclamó.

—Ya sabrá, señorita, que la señora casi nació con un volante en las manos. —Sonrió aquel hombre, sujetándolo tan fuerte que sus grandes nudillos se volvieron blancos.

—Estamos en el mejor año para los coches: los Ford, los Chevy, los Buick, los Pontiac… ¿Quién da más…? Y el año que está a punto de comenzar dicen que todavía será mejor.

Si no fuera porque le tenía justo delante, Mafalda habría jurado que Federico era el mismísimo Basil Rathbone, el trasunto de Sherlock Holmes en el cine. Alto, espigado, con la cara angulosa y la nariz larga y afilada, llevaba gorra con visera para disimular su calvicie. Al verle en el aeropuerto, comprobó que algunos mechones de pelo lacio se aferraban a su cráneo, como flores silvestres luchando por la supervivencia sobre una roca desnuda. Para colmo, fumaba en pipa.

—¿Es de brezo? —preguntó ella, recordando la de su padre.

—No, de espuma de mar.

—¿Cómo es eso?

—Está hecha de un material que absorbe la humedad y proporciona una fumada muy seca, como a mí me gusta.

—Ah…

—Me la regaló su tía Giannina por mi cumpleaños. Es una Dunhill inglesa. Insuperable…

—La de mi padre creo que es una Charatan.

—Excelente pipa, ya lo creo, señorita. Inglesa también.

El interior del coche despedía el aroma dulce del mejor tabaco inglés; se trataba del inconfundible Amphora, la marca favorita de su padre, quien en cierta ocasión le había dicho a su hija que la pipa era una buena muleta en la que apoyarse para dar respuestas difíciles a preguntas difíciles de los periodistas incómodos tras una cumbre diplomática.

Durante el corto trayecto hasta Monte Estoril, la paradisíaca localidad entre Estoril y Cascais enclavada en este último concejo, Mafalda Cornaro se moría de ganas de volver a ver a Juanito, como llamaban en la intimidad a quien, si el destino no lo impedía, llegaría a ser algún día rey de España. Era un secreto compartido con su madre y con su tía que aquel príncipe azul de carne y hueso reinaba ya en lo más hondo de su corazón. Esperaba verle al día siguiente, a su regreso de la Academia Militar de Zaragoza.

—Te echaba tanto de menos, nena… —suspiró tía Giannina, nada más verla a su llegada a Monte Estoril.

—Como sigas abrazándome así, vas a hacerme perder el aliento —advirtió su sobrina, sintiéndose enroscada a una anaconda.

Se notaba que tía Giannina era una consumada amazona, que acababa de estrujarla con la misma fortaleza con que apretaba las riendas de Salvaje, su pura sangre inglés, para evitar que se le desbocase. Montaba a caballo desde hacía más de veinte años. Muy cerca de su casa, desde la que se divisaba al fondo el mar embravecido, había un picadero regentado por un portugués llamado Rogerio da Silva, donde ella empezó a montar. Coincidió luego allí con doña María, la madre de Juanito, que solía cabalgar sobre Bonito, un estupendo caballo que le había prestado Nicolás Franco, a quien su hermano el Caudillo había designado embajador de España en Portugal.

Ahora le encantaba recorrer a caballo las cinco mil hectáreas de su finca, atravesando los arrozales que aquel invierno brumoso y húmedo había transformado en lagos que cubrían las áridas llanuras del verano.

—¿Te gusta mi nuevo cachorro? —presumió la anfitriona, aludiendo a su flamante descapotable mientras tomaban un refresco en el porche acristalado.

—Es precioso, tía.

—Me lo ha conseguido el rey Humberto de Italia. Habló con un amigo suyo, accionista de la Cadillac, y al final pudieron desembarcarlo en el puerto de Lisboa.

—¿Qué modelo es?

—El Dorado, se llama; lo han lanzado este mismo año. Alcanza los ciento ochenta kilómetros por hora…

—¡Caray, corre que se las pela!

—¿No sabías que aborrezco las tortugas?

—Pues claro. Si tú eres una gacela al volante.

—Y no soy la única…

—¿Alguien más…?

—¿Lo ignoras, nena? —inquirió ella con una sonrisa pícara.

—Vaya, no se te escapa una —repuso, dándose por enterada.

—Más de una vez, Juanito ha cogido el Bentley Continental de su padre para darse una vueltecita por la costa como un piloto de carreras.

—Pero si no tiene carnet de conducir… ¿Estás segura?

—Me lo contó un pajarito. Pero no vayas a decir tú ahora que te lo he dicho yo, ¿eh?

—Tranquila, soy una tumba.

—Te voy a contar una divertida anécdota referida en una carta a su madre: este invierno, en su primer curso en la Academia de Zaragoza, Juanito conoció a un notario del pueblo turolense de Albarracín que solía alojarse los fines de semana en el Gran Hotel de la ciudad para relajarse de sus ocupaciones cotidianas. Al principio, Juanito le confundió con un ricachón mexicano por su sombrero de paja de ala ancha, su acento andaluz y un bigotazo tan negro como la antracita… ¿Te aburro…?

—¡Qué dices! Continúa.

—Está bien. —Sonrió ella—. Juanito se le acercó, deslumbrado por su espectacular descapotable Pegaso, primer premio mundial de elegancia en la Exposición de París. «¿Eres mexicano?», le preguntó para romper el hielo. El joven notario, que para colmo era republicano, optó por seguirle el juego y asintió: «Pues claro que soy mexicano: adoro la Coronita y el guacamole»…

—¿Y entonces…?

—Entonces Juanito le preguntó si podía darle una vuelta en su coche, disculpándose enseguida porque debía pedir permiso antes. El notario, aun sabiendo quién era él, aprovechó para vacilarle un poco: «¿Y cómo tienes que pedir permiso tan alto como eres?».

Desternillada de risa, Mafalda hizo un esfuerzo supremo para preguntar con voz suave:

—¿Necesitaba autorización de sus jefes militares?

—Por lo visto. Tras obtener el permiso, vio cumplida su ilusión de pasearse ante sus compañeros de Academia en aquel lujoso automóvil que hasta varios meses después… ¡No supo que pertenecía a un ciudadano tan español como él!

—¡Genial!

—La locura por los coches también la lleva él en la sangre.

—¿Te refieres al padre?

—¿A quién si no? He visto más de una vez a Juan picarse a bordo de su Vespa con el padre Valentini, profesor y confesor de Juanito en el colegio de Estoril, montado en una Lambretta. Corrían los dos que se las pelaban hasta un tiro de pichón situado en las afueras de Estoril, al que casi siempre llegaban juntos.

Mientras observaba a su tía, Mafalda se convenció de que el aspecto de esta apenas había cambiado desde la última vez que pasó las Navidades con ellos en Suiza, cuatro años atrás. Pese a frisar los cincuenta, conservaba negra y brillante su melena suelta hasta los hombros. «Pura genética», pensó. Igual que su madre, y a diferencia de ella misma y de su padre, que eran de un rubio vikingo.

A tía Giannina le gustaba usar ropa juvenil, como los pantalones pitillo que resaltaban su estrecha cintura, el jersey ancho de Valentino, y las bailarinas Capezio. Su grácil figura la rejuvenecía, pero el mejor tratamiento antiedad era su eterna sonrisa. Estaba siempre alegre porque, según decía, le ayudaba a vivir más y mejor haciendo de paso felices a los demás.

—Le echas mucho de menos… ¿verdad? —musitó con cariño.

—Un montón, tía —asintió ella, nostálgica—. Llevamos diez años sin vernos, desde que él se trasladó a vivir a Estoril con sus padres y yo debí permanecer en Suiza, hasta que a papá le destinaron en la Embajada de Italia en París. Con catorce años, y tengo ahora diecinueve, soñaba ya a menudo despierta con él, imaginándole de vacaciones aquí, estudiando en Madrid o formándose en la Academia de Zaragoza.

—Lo tuyo sí que fue un flechazo, hijita. ¿O no te parece raro que en todos estos años sin verle sigas echándole tanto de menos? Si eras una mocosa de nueve años cuando os despedisteis en Lausana…

—¿Olvidarme de él? Todavía recuerdo, como si fuese ayer, cuando jugábamos juntos al escondite en casa de la reina Victoria Eugenia, en el espléndido jardín que descendía en pendiente hacia el lago.

—¿Y qué me dices de cuando organizabais concursos hípicos sin caballo? Bendita imaginación de niños. Me lo dijo tu madre…

—Era divertidísimo. Los chicos se ponían a cuatro patas y nosotras (Pilar, Margarita y yo) montábamos sobre Juanito y Alfonsito como expertas amazonas. ¿Sabes, tía, que aún sigo viendo a Juanito vestido de uniforme de caballería a medida, con botas y todo?

—Debía de estar monísimo.

—Parecía un soldadito en miniatura, con cuatro años el pobre.

—¿El pobre?

—Aguantó más de una hora como un jabato subido a una mesa en posición de firmes, mientras un fotógrafo italiano le disparaba despiadadamente una y otra vez con su cámara. Una de las institutrices le quitó luego las botas: tenía los pies en carne viva, porque le estaban pequeñas.

—¡Criatura!

—Solo entonces Juanito se echó tímidamente a llorar. Luego supe que su padre le había inculcado desde niño que «un Borbón no llora más que en su cama».

—¿Has sabido algo directamente por él en todo este tiempo sin veros?

—Tal vez.

—Tu mirada te delata.

—Bueno, una carta.

—O sea, ¿que te ha escrito?

—La guardo como si fuese un boleto de lotería premiado con el gordo —dijo ella, consciente de que a toda mujer le encantaba y emocionaba recibir cartas.

—Supongo, ¿la tienes aquí?

—Claro, ¿quieres leerla? —dijo, sacándola de su bolsito, al codo.

—¿No te importa?

Tía Giannina reconoció enseguida la caligrafía de Juanito, de quien acababa de recibir una felicitación navideña: estaba fechada en Zaragoza solo veinte días antes, y llevaba el membrete de la Academia Militar.

Empezó a devorarla enseguida.

Querida Mafalda:

Lo primero de todo decirte que celebro de veras volver a verte si Dios quiere estas Navidades, en Estoril. Supongo que tendrás algunas noticias mías por tus padres y Alessandro, con quien recordarás que pasé unos días inolvidables en casa de Fontanar hace ya tres años.

¿Sabes una cosa? Que hoy me he tenido que quedar metidito en la Academia, sufriendo un arresto por llegar tarde a formación anoche, y hoy, pues aquí rabiando, pero así es la vida y tiene uno que acostumbrarse a todo. Esta mañana he montado a Pie de Plata; ha sido fenomenal, pero no he saltado con él, pues hace bastante frío y se resienten luego las manos al caer del salto. Me levanto a las 8.15; desayuno a las 8.30 y estudio de 9 a 10:45; de 11 a 2 a las clases y de 3.30 a 5.30 siesta; a las 5.45 me escapo a la piscina hasta las 6.45 y a las 7.10 voy a estudio con todos, enfrente de la enfermería. ¿Y tú cómo estás? Seguro que guapísima. Estoy deseando verte. Dales muchos recuerdos a tus padres y a Alessandro de mi parte, y un beso para ti de

JUANITO

—Canela fina… —rumoreó Mafalda.

—Dicen que estimula mucho.

—¿Sigues organizando veladas musicales, tía?

—¡Oh, claro que sí! Como presidenta de la Sociedad de Conciertos de Portugal, ayudo sobre todo a los artistas judíos huidos de la Unión Soviética, ofreciendo mi mecenazgo a jóvenes promesas como Daniel Barenboim. Hace unos meses apareció por aquí Yehudi Menuhin para deleitarnos con su Stradivarius.

—Mamá me dijo que estuvo también Arthur Rubinstein…

—Solía entrar en el salón con los brazos en alto, proclamando: «Alors, Giannina? ¿Este templo de la música revienta de silencio cuando yo no estoy?». Luego, sentado al piano, añadía: «Oh, este la se ha ido de vacaciones; así que os tocaré algo de Chopin sin la»…

El timbre de la puerta interrumpió la conversación.

—Deben de ser los Fragoso —advirtió la anfitriona, tras consultar su nuevo Rolex, el primer reloj de pulsera del mundo que indicaba la fecha y el día de la semana con todas sus letras—. Les he invitado a cenar para celebrar que venías tú. Sabes quiénes son, ¿verdad?

—¿Debería saberlo?

—Por la cuenta que te trae, nena: Ernesto Fragoso es el jefe de tripulación del yate de don Juan y conoce muchas cosas de tu príncipe.

Federico se asomó a la terraza con el cráneo huesudo al descubierto.

—Señora, han llegado los señores Fragoso. ¿Les hago pasar? —anunció.

—¿Está ya preparada la mesa para la cena?

—Sí, señora. Antonia lo tiene todo listo.

—Pues pasemos adentro.

Ernesto y Micaela hacían una pareja graciosa y contradictoria a primera vista. Él era bajito y fornido, con un mostacho de húsar que sepultaba el labio superior, y una negra sotabarba como la de uno esos grandes oradores del siglo pasado. Su rostro estaba agradablemente curtido a la intemperie, y cuando sonreía a la gente, los dientes, de sorprendente blancura, eran visibles a treinta metros de distancia. Ella, por el contrario, era un poco más alta que él y delgada, con el pelo anudado en su cabeza formando un bello y dorado moño. Lucía un traje de chaqueta muy mono de Balmain en tono pastel, con zapatos de tacón y bolso de piel a juego. Mafalda se preguntó con razón, nada más verles, si tendrían algo en común.

El comedor era muy acogedor. Se sentaron a una gran mesa redonda de caoba, cubierta con mantel de lino, desde la que se adivinaba el mar en la lejanía. Una enorme araña de cristal iluminaba cálidamente la estancia. Antonia, la doncella, comenzó a servir la mesa con delantal y cofia.

—Ernesto es un viejo lobo de mar. ¿No ves el inmejorable aspecto que tiene el sinvergüenza? —comentó tía Giannina con desenfado.

—Pues sí, aunque no lo supiese, pensaría que es un veterano capitán de yate —dijo Mafalda, tratando de resultar cortés.

—El verdadero patrón a bordo siempre es don Juan, ¿verdad, Micaela? —Sonrió el aludido a su esposa, tensando la piel de su rostro apergaminado.

Ella asintió con la cabeza.

—Cuéntale, Ernesto, las singladuras que has hecho con don Juan —le animó tía Giannina.

—Hemos navegado juntos por cada puerto y cala de la costa, desde Setúbal, Sines y Sesimbra, hasta el Algarve, las islas Berlenga o Peniche. Y no solo por la costa portuguesa: también llegamos hasta Punta Umbría, Tánger, Francia, Reino Unido e Italia. Hace tres años, sin ir más lejos, nos hicimos a la mar rumbo a Inglaterra para asistir al desfile naval con motivo de la coronación de la reina Isabel II.

—¿Siempre en el mismo barco? —indagó Mafalda.

—Siempre en El Saltillo. Se lo ofreció por primera vez el banquero Juan March al conde de Barcelona en su visita a Estoril, en marzo de 1946, aunque el barco es propiedad del empresario bilbaíno Pedro Galíndez, quien desde entonces se lo presta al señor cada verano.

—Es un poco viejo, la verdad —advirtió Micaela.

—Pero navega, que es lo importante, y además Galíndez cubre todos los gastos —aclaró el marido, llevándose un langostino a la boca.

—¡Menuda pinta que tiene el lenguado de Cascais! —exclamó Mafalda, aprovechando que Antonia le tendía la bandeja de plata para servirse.

—Pues no veas lo bien que combina este vino de Carcavelos con el pescado —observó Micaela.

—¿Recuerdas, Ernesto, el primer barco de Juanito? —dijo Giannina.

—Con solo nueve años tuvo ya el Sirimiri. Se lo trajeron los Reyes Magos en su primer año en Villa Giralda

—Pero ¿era suyo? ¿Quién se lo regaló en realidad? —curioseó Mafalda.

—Juanito acabó descubriendo que los Magos de Oriente eran un grupo de fieles monárquicos de Bilbao que habían obsequiado a su padre con aquel pequeño crucero de regata. Enseguida, con la generosidad que le caracteriza, el señor se lo cedió a su hijo.

—Creo que hasta ganó un campeonato y todo con ese balandro… —comentó Micaela.

—Así fue. Patroneado por su padre, el Sirimiri se alzó con la victoria en sus primeras regatas en Sesimbra y en las islas Berlenga.

—¿Y este verano también saldrá a navegar? —añadió Mafalda.

—Me temo que será imposible, señorita.

—¿Y eso?

—Se vendió el año pasado a un empresario de Sintra. Ahora se llama Neblina.

—Pero el Bentley, en cambio, ahí sigue vivito y coleando, ¿no es así, Ernesto? —dijo Giannina guiñándole un ojo, para tirarle de la lengua.

El oficial de El Saltillo sonrió.

—¿Por qué no le cuentas a mi sobrina el viaje que hiciste con Juanito a bordo del Bentley de su padre?

—Solo si Mafalda promete guardar silencio.

—Lo prometo —aseguró ella, como si tuviese delante la Constitución portuguesa.

—Está bien, la primera vez que Juanito cogió el Bentley…

—Sin permiso… —matizó Giannina.

—Bueno, digamos que yo logré convencer a don Juan para que le dejase acompañarme.

—Conduciendo tú, claro.

—Aunque el volante lo cogió finalmente él. Estaba radiante de satisfacción, como si asistiese gozoso al alumbramiento de una auténtica criatura de carne y hueso. «Ya verás qué virguería», me dijo. «¿Hay que llevar algo?», pregunté yo, candoroso. «No, hombre. Solo vamos a dar una vuelta por la costa y enseguida volvemos. No cojas ni siquiera la gorra». Obedecí sin rechistar, como el mejor de los cortesanos, ocupando el asiento del copiloto. Lo primero que hice fue ceñirme el cinturón de seguridad y encomendarme al Altísimo: «Que sea lo que Él quiera», dije, santiguándome. En muy poco tiempo, el vehículo se puso a ciento treinta kilómetros por hora.

—¡Madre mía! —exclamó Mafalda.

—Juanito iba sellado al asiento, sujetando con firmeza el hermoso volante forrado de cuero. Minutos después me miró con gesto triunfal, reparando en mi palidez: «¡Qué…! ¿Qué te parece? ¿No dices nada? Es una maravilla. Fíjate qué estabilidad tiene y lo bien que coge las curvas».

—¿Y tú qué contestaste?

—«Me parece estupendo», asentí, añadiendo: «Corre que se las pela. Pero… solo tiene un asa para agarrarse uno». Regresamos a Villa Giralda después de algunos minutos de rectas y más curvas en las que con una mano me asía fuertemente al asa del techo y con la otra me agarraba de igual modo al asiento, mientras con los pies intentaba, inconscientemente, «frenar» la embestida del bólido real.

—Bueno, tras el sofocón, Ernesto tiene ahora un regalito para ti, Mafalda… —anunció, por sorpresa, tía Giannina.

—¿Un regalo?

Ernesto se incorporó de la silla para extraer una fotografía de la blazer cruzada que colgaba del perchero de la entrada.

—Tómala, es para ti —dijo, tendiéndosela.

—Oh, gracias, muchas gracias —susurró ella mientras la examinaba, como hipnotizada.

Era un retrato de Juanito, vestido con chaqueta azul, del Club Náutico de Cascais, con sus simbólicos caballitos de mar, la gorra de plato de marinero y unas cómodas playeras. Estaba, como siempre, irresistible.

La ciudad de Estoril se había convertido para ella en un mundo aparte porque amaba a uno solo de sus habitantes.

Mafalda se acostó aquella noche sin poder conciliar el sueño de lo nerviosa que estaba. Diez años sin ver al hombre por el que tanto suspiraba eran para ella toda una eternidad. En caso de gustarle, ¿se conformaría él con añadirla a su larga lista de conquistas? Aquella incertidumbre le atenazaba. Enterró su rostro en la blanca almohada y tendiendo sus labios, buscó los de él con febril imaginación, tratando de sentir toda su dulzura.