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A la mañana siguiente, Mafalda se despojó entre bostezos del camisón corto y vaporoso cuyo vuelo salía de un canesú. Pensó que a Juanito, llegado el caso, esa prenda de dormir tan sexy le seduciría.
Embozada en unos pantalones pitillo con cinturón de hebilla ancha, jersey de cuello alto y zapatos bajos de punta redonda con lazos, se dispuso a maquillarse ante el espejo esmerilado con su cajita de Coco Chanel. Nada de bases espesas que oscureciesen su tez pálida, pero sí grandes dosis de rímel para realzar las pestañas; los labios, perfilados por el rojo tan seductor, y las cejas gruesas, en forma de alas de paloma con el pico superior marcado.
La rubia melena ondulada en cascada dejaba a la vista unos hermosos aros en las orejas menudas y armoniosas, combinados con un collar de perlas de una sola vuelta por fuera del jersey. Fascinada por la sensualidad de Marilyn Monroe, la elegancia de Rita Hayworth, el magnetismo de los ojos de Elizabeth Taylor y la sencilla belleza de Audrey Hepburn, su amiga Dafne, compañera en la Facultad de Historia de la Sorbona, le había insistido en que con el revolucionario maquillaje Pin up cualquier hombre, por muy príncipe que fuese, sucumbiría ante sus ojos.
—Pruébalo y verás… —aseguró Dafne.
Y eso mismo fue lo que hizo ella, poco después, al verle acercarse por el paseo marítimo de Estoril alrededor de las once. Movía su cabeza como si el sol le molestase a la vista. Al principio le pareció un rascacielos. Calculó que medía metro noventa de estatura, casi veinte centímetros más que ella. Caminaba a paso atlético con sus deportivas, a juego con la indumentaria: pantalón de pinzas suelto, camiseta blanca ajustada y cazadora. En cuanto aquel hombretón le cubrió con su sombra, sonriéndole con sus misteriosos ojos azules, mientras la brisa agitaba los bucles dorados de su cabello, cayó rendida por dentro: «¿A qué esperas, cariño, para fundirme en tu abrazo como si fuese de cera?». Supo entonces que el primer beso no se daba con la boca, sino con los ojos.
De repente, reparó en el gran hematoma que cubría parte de su ojo izquierdo.
—¿Te has golpeado con algo? —dijo ella, preocupada.
—Con una farola, mientras caminaba distraído por el centro de Zaragoza —repuso él, sin darle importancia.
—¿Aún te duele?
—Estás guapísima, Mafalda —la esquivó, guiñándole el ojo sano.
—Gracias… —contestó ella, ruborizada hasta el lóbulo de las orejas.
—¿Damos un paseo? —propuso, asiéndole de la mano.
Era una mano blanca como la nieve, con dedos largos y sensibles de artista, tan suave y tierna como una flor. Entre su fría palma ardía como una ascua. Juanito trató de imaginar su belleza cuando abrazara su cuello con la delicadeza con que agarraría el de un violín, y anheló que algún día pudiese colmarle de caricias.
Mafalda intentó en vano disimular sus nervios.
—Estás temblando.
—Un poco destemplada, quizá.
—No creo que tanto como en las divertidas vacaciones de invierno que pasamos en Gstaad. ¿Recuerdas?
—¿Las de 1945?
—Sí. Nos alojamos todos en el Gran Hotel. Tampoco yo he olvidado el bolazo de nieve que me arrojaste en plena cara, mientras Alfonsito y tú no dejabais de reíros a mi costa. ¿Realmente estaba tan gracioso con aquella ridícula pinta de esquimal?
Juanito logró arrancarle ahora una carcajada como la de entonces.
—Conservo una fotografía de aquellos días en la nieve.
—Pilar también.
—Tú apareces sentado en un trineo, junto con mi hermano Alessandro y Alfonsito, Margarita sobre el blanco suelo, mientras Pilar y yo sonreímos a la cámara, de pie.
—Pues yo también tengo aquí otra fotografía —dijo, llevándose la mano a la cazadora para extraerla de una cartera de cuero marrón—. Tómala. Es para ti…
Era un retrato de Juanito con uniforme de gastador, a cuya escuadra pertenecía por su estatura y marcialidad acreditadas aquel invierno en la Academia.
—¿Seguro que es para mí…? —repuso ella, como si le regalasen la luna.
—Naturalmente, y además te la voy a dedicar como Dios manda.
Juanito retiró el capuchón de su estilográfica Mont Blanc para anotar en la parte inferior de la imagen, apoyado en la tapia de piedra del paseo: «A la princesa de mi cuento y compañera de mi vida real, con todo el amor de su príncipe».
—¿Qué te parece?
—¡Oh, es preciosa! —musitó ella al leerla.
—Por cierto, te preguntaba en mi carta por Alessandro… —añadió, cambiando de tema como si tal cosa.
—Está muy contento con sus estudios de Medicina.
—¿Tiene ya novia?
—¿Y tú…?
—Eso suena un poco serio, ¿no crees?
Juanito pensaba en el fondo que una mujer resultaba más encantadora si uno podía abandonarse simplemente en sus brazos sin llegar a caer en sus manos; a fin de cuentas, él concebía el amor como un mero episodio en la vida de un hombre, consciente de que para la mujer el varón constituía en cambio la razón de toda su existencia.
—Alessandro se parece en eso a ti.
—Entonces, ¿tampoco él tiene novia?
—De momento, no.
—Aunque tú puede que sí lo tengas —inquirió, ladino.
—Pues yo tampoco.
—Entonces tendrás muchos admiradores, porque eres tan bonita, Mafalda…
Ella sintió que el tono rosado de sus pómulos volvía a tornarse escarlata. Acababa de comprobar que solo hablar del pasado lograba rebajarle la temperatura, como si ingiriese una gragea de 500 miligramos de Panadol, nombre bajo el cual se comercializaba el paracetamol.
—Disfrutábamos haciendo muñecos de nieve… ¿Recuerdas que a uno de ellos le puse tu bufanda escocesa? —dijo ella.
—Reconozco que tienes mejor memoria que yo.
—Pero seguro que recordarás las carreras en trineo por las pendientes de los bosques, esquivando los árboles como si llevásemos calzadas unas tablas de esquí.
—Nosotros íbamos en unos trineos pequeños enganchados a otros más grandes, tirados a su vez por caballos. Era divertidísimo. Alessandro y Alfonsito acabaron revolcados por la nieve.
—Mamá me contó luego el susto que os llevasteis Alfonsito y tú aquella Navidad en Les Rocailles, la villa alquilada por tus padres en Lausana.
—¿Te refieres a Papá Noel?
—Un Papá Noel alto y corpulento, con unas barbas blanquísimas.
—Lloramos los dos despavoridos nada más verle junto al árbol de navidad.
—Menos mal que acabó despojándose de su blanca pelambrera y de su corona de purpurina, y reapareció el rostro de vuestro padre.
—¡Cómo nos reímos luego!
—¿Qué tal tus padres, por cierto?
—Mi padre, bien, aunque un poco harto ya de que algunos traten todavía de incordiarle con la sucesión al trono.
—¿Y eso…?
—La dichosa ley sucesoria de Franco convierte a mi padre en candidato a la Corona con las mismas posibilidades en principio que yo, mi primo Alfonso de Borbón Dampierre o el pretendiente carlista Javier de Borbón-Parma.
—Pero ¿tu padre no es el legítimo heredero porque así lo quiso tu abuelo Alfonso XIII?
—Así debería ser, pero las normas dinásticas son papel mojado frente a la ley de Franco, que tiene así la sartén por el mango para nombrar sucesor. Fíjate tú: hace poco mi padre se enteró de que Javier Borbón-Parma se había proclamado rey en Barcelona.
—¡Qué dices!
—Increíble, ¿verdad? Días después, el pretendiente carlista tuvo todavía las narices de acercarse a él en el hotel Palacio de Estoril. ¿Y sabes qué le dijo?
—Yo, desde luego, no hubiese dicho nada.
—Pues el muy imbécil le comentó: «Juan, saludo en ti al jefe de la Familia».
—Qué poca vergüenza.
—En vez de contestarle, mi padre se dirigió a su hijo Hugo, diciéndole: «¿Tú, entonces, eres el príncipe de Asturias?». Y volviéndose a Javier, añadió: «Porque como tú te has proclamado rey…». Este, como si tal cosa, le contestó: «Eso fue una petite ceremonie, sin importancia». «Petite ceremonie?», repitió mi padre, y le dejó con la palabra en la boca. Pero, salvo por tropiezos como ese, él es feliz aquí.
—Tengo entendido que le apasiona la caza, como a ti.
—Disfruta de lo lindo tirando a las perdices y a los faisanes, y luego se los lleva a casa para colgarlos en la alacena antes de echarlos a la cazuela. Se entretiene también jugando al golf, y haciéndose a la mar en El Saltillo.
—Ernesto Fragoso me contó anoche algunas de sus singladuras.
—Un tipo excelente, Ernesto, que quiere y respeta mucho a mi padre.
—¿Y cómo te va a ti en la Academia?
—He hecho allí buenos amigos. José Antonio Andrade, a quien algún día conocerás si Dios quiere, tal vez sea el mejor de todos. Recién llegado a Zaragoza, salió en mi defensa porque unos cadetes antimonárquicos me habían recriminado qué pintaba en una academia militar española una persona como yo, que no era español pues había nacido en Roma.
—¿Y qué tiene eso de malo? Yo también soy romana, ¿no te fastidia?
—José Antonio dio la cara por mí, enfrentándose valerosamente a los cadetes que me habían ofendido. Su noble gesto le valió encima un arresto con un ojo a la virulé y arañazos por todo el cuerpo.
—¿En eso consiste la justicia militar?
—¿Te enfadas, Mafalda?
—Me indigno.
—Poco después, le devolví a José Antonio su valiente gesto. Mientras contemplábamos un carro de combate colocado sobre un montículo del campamento, a modo de monumento, nos decidimos a penetrar en él. Pero como el espacio interior era reducido y el techo demasiado bajo, la gorra se le cayó a José Antonio. A mí no se me ocurrió otra cosa que cogerla y salir corriendo con ella en la mano. Cuando José Antonio estaba a punto de alcanzarme, yo lanzaba la gorra a otro compañero para torearle, hasta que aquella acabó en un charco repleto de barro.
—¿Cómo eres tan gamberro?
—Tranquila, arrojé yo también luego la mía al agua, y le dije: «José Antonio, así nos arrestarán a los dos y podremos estar juntos».
—Está bien: gamberro y bueno.
—Aunque no tanto como tú. Cada minuto que estamos juntos me pareces más encantadora, Mafalda…
—Seguro que eso se lo dirás a todas.
—A todas, no. Te lo digo a ti, ahora.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de ella al oír la declaración y sentir cómo él acariciaba suavemente su mano. Una vez más, se agarró a la dosis de Panadol como un clavo ardiendo.
—¿Has jurado ya bandera?
—Hace justo una semana, en el Patio de Armas. Desfilamos primero de uno en uno besando la enseña, y después de tres en tres, pasando bajo ella entre el capellán y el teniente coronel, que la izaba con el sable. Nos reímos luego mucho José Antonio y yo recordando el soberbio castañazo del director general de Enseñanza, que para colmo era general de división, mientras hacía el giro de despedida con la mano en primer tiempo de saludo. Justo entonces se le engancharon las espuelas de gala y aterrizó frente a la bandera como si no se conformase solo con besarla y necesitase adorarla en el mismo suelo.
Mafalda volvió a sonreír, tapándose recatadamente la boca con la mano antes de añadir:
—Mamá me dijo que Alfonsito estuvo allí viéndote.
—Sí. Tras la ceremonia, José Antonio tuvo ocasión de conocerle, pues el marqués de Mondéjar le pidió que le atendiese un momento mientras yo despachaba unos asuntos. Charlaron sobre la vida militar en general y mis progresos en la Academia. Alfonsito confesó que su mayor ilusión en la vida era ingresar en la Escuela Naval de Marín.
—¿Marino entonces, como vuestro padre?
—Y cazador… Hace unos días se enorgullecía ante sus compañeros de colegio de haber cobrado este mismo invierno su primera cabra hispánica en la sierra de Gredos. También monta a Salvaje, un ejemplar hispanoárabe del hierro de Buendía, pero un día le dejaron al inquieto Pie de Plata, que se le desbocó. Solo su pericia y la suerte de que unos guardas pudiesen cerrar el portón a tiempo evitaron un grave accidente.
—Menos mal —repuso ella con alivio.
—Hace tres semanas, recibí otra visita de Nicolás Cotoner mientras estaba en la enfermería reponiéndome de una ictericia.
—¡Qué me dices! ¿Te encuentras ya bien?
—¿Tanto te preocupa eso, Mafalda? —dijo él con picardía.
—Me alegraría si me dijeses que ya estás recuperado.
—Lo estoy. José Antonio me acompañó durante mi convalecencia, cumpliendo órdenes del general director, quien le había dicho con su habitual seriedad: «Sé que está usted como una rosa, Andrade, pero es preciso que alguien de confianza acompañe en todo momento al príncipe». Y así fue. José Antonio llevó consigo a la enfermería su pijama, el albornoz, las zapatillas y su neceser de aseo, instalándose en la cama contigua a la mía, separada por un elevado biombo que dejaba libre un espacio para las visitas.
—¿Qué pretendía Mondéjar con su visita?
—Traía bajo el brazo un paquete alargado envuelto en celofán. Avisé a José Antonio para abrirlo delante de él y ante nuestros ojos aparecieron una carabina-rifle con mira telescópica y una pistola del calibre veintidós, de las que se denominan de tiro de salón. Dos joyitas de colección, cada una en su propio estilo. Mientras las examinaba admirado, le dije a José Antonio: «Quédate con la que más te guste».
—¿Y qué contestó él?
—Muchas gracias, señor (fue la primera vez que me llamó así), pero no puedo aceptarlo.
—¿Por alguna razón?
—Ante mi insistencia, explicó que, como vivía aún en casa de sus padres con su hermano de solo catorce años, la presencia allí de cualquiera de las dos armas supondría un peligro cierto.
—Pero tú también tienes un hermano de esa misma edad.
—Estoy tranquilo, porque Alfonsito es muy cuidadoso con las armas.
—¿Las has traído aquí?
—Solo la pistola; el rifle se lo regalé a otro compañero de Academia.
—¿Lo saben tus padres?
—Naturalmente que sí, Mafi. ¿Recuerdas que te llamaba así en Suiza?
—Me gustaba… Y ahora tal vez más.
—¿Puedes decirme a qué se deben tus desvelos?
—Digamos que me importas algo.
—Y tú a mí.
Ella sintió el latido de la vena en el cuello.
Habían recorrido de la mano, en ambos sentidos, los tres kilómetros del paseo marítimo que separaban Cascais de Estoril. Una bandada de gaviotas sobrevolaba el hotel Atlántico graznando con aspereza: «¡Scriiic! ¡Scriiic! ¡Scriiic!».
—¿Cenamos juntos mañana? —propuso él.
—Me encantaría.
—¿Conoces el Golf de Estoril?
—No, pero creo que me gustará.
—¿Te recojo a las nueve?
—Genial.