37

La policía se preguntaba qué había sido de Palacios-Borniche-Cornelius tras su huida del penal de la Isla del Diablo. Todo parecía indicar que regresó a Francia, pues era precisamente allí donde manejaba ahora los hilos de su organización criminal. Pero debió de cambiar otra vez de identidad. En los bajos fondos nadie reconocía su fotografía.

Chaillot, Da Costa y Mora volvieron a reunirse en un despacho de la Tour Pointue, intentando aportar ideas a partir de lo que ya sabían o simplemente sospechaban.

—Borniche huyó del penal en junio de 1940 —recordó Chaillot—. Debió de llegar a una Francia que acababa de ser derrotada en el campo de batalla y que estaba ocupada por las fuerzas alemanas.

—Pongámonos por un momento en su lugar —propuso Da Costa.

—¿En el lugar de un psicópata?

—Sabes muy bien a lo que me refiero, Mora. ¿Qué haría un delincuente del hampa parisina en aquellos días de la ocupación alemana?

—Quizá lo que hicieron muchos: colaborar con las autoridades alemanas —contestó Chaillot.

—¿Un anarquista colaborando con los alemanes?

Mora se encogió de hombros, incrédulo.

—A Borniche le quedaba entonces muy poco de anarquista, como hemos podido comprobar. Pero un momento…

—¿Ocurre algo, Chaillot? —inquirió Da Costa, al ver su mirada incandescente.

—Puede que todo tenga una explicación.

—Pues empieza por explicarte tú.

—No sé si sabéis que los nazis sacaron de las cárceles a ladrones, proxenetas y a todo tipo de delincuentes sin escrúpulos.

—Lo sabemos —asintieron Mora y Da Costa.

—Con aquella piltrafa humana crearon una especie de Gestapo francesa, la Carlingue, con sede en el 93 de la Rue Lauriston de París… ¿Piensas lo mismo que yo, Da Costa?

—Pienso en que las autoridades alemanas requirieron la colaboración de todos esos indeseables en la persecución de los judíos, gitanos, miembros de la Resistencia y cualquier otro enemigo de la ocupación.

—Emplearon sus servicios, en efecto, como torturadores, asesinos e informantes del espionaje alemán. Además de animarles a expoliar metódicamente las casas de judíos previamente deportados, robándoles dinero, obras de arte, joyas o cualquier otro objeto de valor, y permitiendo a los delincuentes quedarse con parte del botín. Henry Lafond, un ladrón convicto y prófugo de la justicia, era uno de ellos. También figuraba Pierre Loutrel, alias Pierrot le Fou o Pierrot el loco, atracador y asesino sin escrúpulos; o Alex Villaplane, excapitán de la selección francesa de fútbol, convertido en estafador, que pronto comenzó a mostrar especiales dotes para la atrocidad.

—¿El que estuvo en el Mundial de 1930?

—El mismo.

—Tal vez sea interesante explorar esa vía. Pero ¿cómo vamos a hacerlo? —dijo Mora.

—Yo me encargo de rastrear entre los antiguos miembros de la Resistencia, a la que ya sabéis que me uní durante la guerra —repuso Chaillot.

Da Costa ya había encontrado otro hilo del que tirar.

—Podríamos distribuir también la fotografía y el historial de Borniche entre los judíos parisinos que sobrevivieron al Holocausto. Si perteneció a la Carlingue, muchos pudieron verle en acción.

—Sí, pero no tenemos ninguna seguridad de que estuviese con ellos —añadió Mora, haciendo una vez más de abogado del diablo.

—Lo sé, pero es mejor que no perdamos de antemano la esperanza.

Chaillot mostró el retrato de Borniche a sus antiguos compañeros de la Resistencia, pero ninguno de ellos fue capaz de reconocerle. Tal vez los que pudieron haberlo hecho fallecieron en campos de concentración nazis o consumidos por las secuelas del infierno donde los hacinaron. Pero eso, en cualquier caso, eran meras suposiciones. Uno de ellos sí le dijo que un antiguo miembro de la Carlingue había traicionado a los alemanes en cuanto se enteró de que iban a perder la guerra. La Gestapo le buscaba para ejecutarle. Al parecer había robado un vagón de tren repleto de valiosas obras de arte: cuadros, esculturas, tapices y grabados antiguos, pertenecientes a museos y colecciones privadas expoliadas a los judíos.

Mientras tanto, la policía había conseguido distribuir la fotografía de Borniche entre la población judía de París, gracias a la colaboración eficaz del Consejo Representativo de Instituciones Judías de Francia.

Días después, en comisaría se recibió una llamada telefónica de esa organización para comunicar que había una persona que creía haber reconocido a Borniche. Se trataba de Leon Weiss, de setenta y un años, que vivía en una residencia de ancianos en la Rue Temple, al oeste de Le Marais, el viejo barrio hebreo de la capital.

Da Costa y Mora llegaron al geriátrico. El señor Weiss estaba jugando una partida de ajedrez con un compañero de residencia en la zona dedicada al esparcimiento. El centro tenía un aspecto limpio y confortable. Los residentes disponían de habitaciones individuales con cuarto de baño incorporado y disfrutaban de una amplia zona ajardinada común. Obviamente, eran personas con ciertas posibilidades económicas.

La llegada de la pareja policial no sorprendió al señor Weiss, que la estaba esperando.

—¿Me disculpas, Alfred? Debo atender a estos caballeros.

—La auténtica despedida acabas de dármela tú con el jaque mate —bromeó.

—Tranquilo, habrá revancha.

—Ni lo dudes.

Alfred se despidió de los tres con una obligada inclinación de cabeza, pues era algo corcovado; a diferencia de Weiss, quien debía rebasar el metro ochenta de estatura y, pese a su edad, tenía abundante cabello, eso sí, blanco. Vestía elegantemente: chaqueta de fieltro azul, pantalón blanco, camisa del mismo color y una pajarita azulada, como su mirada celeste.

—Curiosa pajarita —observó Mora.

—¿Le gusta?

—Mucho.

Sin proponérselo, Mora había encontrado el mejor modo de trabar conversación con el anciano, sentados alrededor de una mesa de hierro esmaltada de blanco que había en el jardín, donde recibían directamente los rayos del sol de la mañana.

—Es de ala de murciélago.

—¿Cómo dice?

—Si se fija usted bien, comprobará que los dos extremos de la pajarita son simétricos, como un bate de cricket.

—Bonita y elegante, sí señor —corroboró Da Costa.

—Muy amable, caballero. ¿Conocen su historia?

Los dos policías cruzaron una mirada de resignación.

—No, pero debe de ser interesante.

—Muy interesante —subrayó el anciano—. Verán, la pajarita o corbata de lazo, como prefieran llamarla, surgió entre los mercenarios croatas durante las guerras del siglo XVII. Muy pronto, las clases altas en Francia la pusieron de moda y su uso se extendió hasta el siglo XIX. Se le llamó cravat. Hasta Honoré de Balzac escribió un libro entero sobre ella. ¿A que es apasionante?

—Si usted lo dice…

—De lo que nadie está seguro ya es de si la pajarita existía antes que la corbata, o viceversa; igual que el huevo y la gallina —añadió con una risita infantil.

—Señor Weiss, conoce a este hombre, ¿verdad? —preguntó Da Costa al tiempo que le mostraba una fotografía.

—Sí.

Su expresión divertida se ensombreció de repente.

—Será muy doloroso para mí revivir la espantosa historia que voy a contarles, pero mi testimonio puede servirles de ayuda para atrapar a ese asesino. Al fin y al cabo, se lo debo a sus víctimas.

—Lo comprendemos.

—Verán, yo era arquitecto y vivía con mi mujer, Simone, y mi hija, Milou, de doce años, en Le Marais, cuando en junio de 1940 las tropas de Hitler tomaron París. Mis antepasados habían residido en Francia desde hacía generaciones.

—Si lo recuerdo bien, la parte norte de Francia, incluido París, quedó entonces bajo administración militar alemana —dijo Da Costa.

—Desgraciadamente no se equivoca usted, caballero. Las nuevas autoridades ejecutaron de inmediato una primera ola de disposiciones antijudías. Se nos restringió la libertad de movimientos y fuimos obligados a registrarnos. A mí, sin ir más lejos, me prohibieron seguir ejerciendo como arquitecto.

—Desde entonces, la supervivencia diaria se haría francamente difícil —advirtió Mora.

—Y que lo diga. Sin poder trabajar, me vi obligado a vender joyas y antigüedades familiares que habían pertenecido a mi padre, antiguo coleccionista de arte, para comprar comida con la que poder alimentar a mi esposa e hija.

—Dramático —observó Da Costa.

—Pero los nazis fueron apretando las tuercas más y más. Las tiendas propiedad de judíos fueron marcadas. Pronto se nos obligó a todos a portar una estrella amarilla de David en público. Éramos objeto de burlas, amenazas y palizas no solamente por parte de militares alemanes, sino incluso de franceses antisemitas que colaboraban con ellos.

—Pura escoria.

—Un día, se presentó en mi casa una patrulla de la Gestapo. Les dirigía un francés vestido de civil. Querían comprobar mi identidad. Al no ser yo la persona que estaban buscando, el civil, encolerizado, ordenó a los soldados que registrasen la casa de arriba abajo. Se llevaron todos los objetos de valor que allí había: cuadros, libros antiguos, muebles de época, alhajas familiares… Yo me interpuse para impedirlo, pero lo único que conseguí fue recibir una brutal paliza. Algunas noches escucho todavía, acostado en mi cama, los gritos aterrorizados de mi mujer y de mi hija mientras aquellos energúmenos me apaleaban. El hombre que les dirigía me amenazó con regresar para quemarlas vivas a las dos y que yo pudiese presenciar el «hermoso espectáculo». Así lo llamó.

—Canalla…

—Semanas después, en julio de 1942, un grupo de gendarmes nos arrestaron a los tres. Nos metieron en una camioneta con otras muchas personas, y nos llevaron a todos hasta un enorme estadio de ciclismo, el Vélodrome d’Hiver, cerca de la Torre Eiffel. Allí nos hacinaron junto a otros millares de judíos, muchos de ellos niños. Nos hicieron formar en filas. Y entonces volví a ver a ese hombre.

—¿Raymond Borniche?

—No se llamaba así.

—¿Cómo entonces?

—Le decían Renaud, y todo el mundo temblaba al verle. Todavía hoy, cuando pronuncio o recuerdo ese nombre, se me ponen los pelos como escarpias.

Michel Palacios, Raymond Borniche, Tarántula, Cornelius… y ahora Renaud. El hombre de las mil identidades. Pero Da Costa y Mora eran una mezcla de cazadores y de sabuesos que jamás renunciarían a su presa, por mucho que esta fuese un criminal y un maestro en el uso de los alias; quizá lo identificasen en algún momento como un malhechor y al día siguiente se quitasen el sombrero ante él, creyendo que era un santo varón. Pero Da Costa, sobre todo, confiaba en cobrar al final todas sus pieles.

—Sus ojos —prosiguió el señor Weiss— refulgían como dos fuegos incandescentes mientras nos revisaba detenidamente de uno en uno, estudiando nuestros rasgos, como si estuviese buscando a alguien en particular. Se movía por aquel velódromo como el dueño del mundo. Como si él hubiese organizado aquel arresto masivo para encontrar a esa persona a la que buscaba con persistencia.

—¿A quién perseguía?

—Jamás supe quién era. Pero un día vi a Renaud vaciar impasible el cargador de su pistola en la cabeza de un pobre hombre, que instantes después yacía en el suelo envuelto en un gran charco de sangre. Renaud enfundó el arma con idéntica impavidez y siguió pasando revista a los detenidos, como si tal cosa. Nunca he visto a nadie actuar con semejante frialdad.

—Gracias a Dios, lograron salir de allí.

—Para ser conducidos a otro sitio peor aún que el infierno: el campo de exterminio de Auschwitz. Allí, mi hija murió de tifus en las primeras semanas, y mi mujer fue gaseada pocos días antes de la llegada de los rusos…

—Llore todo lo que quiera, señor Weiss. Yo no creo que hubiese sido capaz de soportar tanto dolor —dijo Da Costa, abrazándose al anciano, que no paraba de sollozar como un niño pequeño.

Ya más sereno, pudo continuar:

—Cuando nos liberaron yo era poco más que un amasijo de huesos y piel sin ninguna voluntad de vivir. Sentía que para mí ya era tarde. Pero mi organismo resistió por alguna razón que entonces no llegué a comprender.

—Quizás ahora sí la comprenda.

—Puede que la razón fuera desenmascarar algún día a ese malvado. Sí, efectivamente es él. Señores, nunca podría olvidar ese rostro. Lo recuerdo como si lo tuviera ahora delante de mí. Es el rostro mismo del mal.

Da Costa y Mora tomaron una cerveza en el salón-bar de la pensión Charlotte, donde se alojaban. Según se entraba a la desahogada estancia, en la parte izquierda, había una gran barra rectangular forrada de cuero con una vitrina acristalada llena de bebidas alcohólicas y de refrescos, a cuyo alrededor se habían dispuesto varias mesas con sofás y tresillos aterciopelados. Los dos policías estaban sentados al fondo, junto al balcón.

—Hay que reconocer que esta cerveza francesa no está nada mal —dijo Mora, dando un sorbo a la jarra rebosante de espuma. Era una Kronenbourg.

—Prefiero mil veces una Sagres portuguesa —aseguró Da Costa.

—Si te pones así, ninguna entonces como la Mahou… ¿Sabes una cosa…?

—Dime.

—Desde que hemos estado con Leon Weiss en el geriátrico, no he dejado de darle vueltas a todo lo que ese hombre ha sufrido. Acabaron quitándole a las dos mujeres a las que más amaba en el mundo: su esposa y su hija. Miserables…

—¿Los nazis?

—Sí. A cada cual su nombre. Y esos criminales se aprovecharon de una guerra en la que algunos luchamos contra el comunismo y por la civilización cristiana para cometer todo tipo de tropelías. Me avergüenzo como falangista y como antiguo divisionario de los crímenes nazis. Yo vi muchas barbaridades, pueblos enteros quemados, gente ahorcada de los árboles, culatazos en la cara a los prisioneros rusos de las columnas que eran rematados cuando luego, extenuados, no podían dar un paso más.

—Pocas veces, a lo largo de mi carrera, me he sentido tan orgulloso como cuando logré atrapar a Rudolf Freitag, principal colaborador del criminal de guerra Hans Frank, abogado personal de Hitler.

—Te habría dado mi Cruz de Hierro por ello.

—Tú sí que la mereciste.

—No tanto como algunos de mis compañeros. Cuando Weiss mencionó con un nudo en la garganta el campo de exterminio de Auschwitz, no pude evitar recordar los campos soviéticos de Cherepoviets, Jarkov, Karagandá o Borovichi, donde estuvieron prisioneros algunos de mis camaradas de la División Azul durante más de diez años. El cabo Matías que me salvó la vida estuvo entre ellos, pero a él ni siquiera le condecoraron.

—¿Vive aún?

—Fui a recibirle hace justamente dos años, un 2 de abril, al puerto de Barcelona. Era uno de los trescientos supervivientes que llegaron allí a bordo del buque Semíramis procedente de Estambul. Sus pasajeros parecían seres de otro mundo: demacrados, sin expresión en los ojos, como si sus vidas hubiesen quedado congeladas para siempre en aquellos campos con temperaturas de cuarenta y cincuenta grados bajo cero. Todavía me parece estar abrazando a Matías en la cubierta del barco con el mismo cuidado con que hubiese sujetado una porcelana de Limoges para que no se me hiciese añicos en las manos.

—¿Sabes tú ahora otra cosa, Mora?

—Cuéntame.

—No eres el tipo de hombre superficial que aparentas. Tu sentido de la amistad te enaltece.

—Gracias.

—Me muero de ganas de echarle el guante al tal Renaud.

—Y yo.

Las sospechas de Da Costa se confirmaron: el agente Florent, que había estudiado dos años de Psicología, le recomendó que mostrase a un experto el test al que Alain Jacotier se había sometido para poder matricularse en el seminario de la Fundación Solidarité Universelle.

Da Costa acudió con Mora a la consulta del reputado psicólogo Christophe Lambert. En cuanto este terminó de leer las preguntas, al otro lado del escritorio de su consulta, situada en la Rue de la Roquette, cerca de la plaza de la Bastilla, se convenció de que tenía ante sí una prueba evidente para detectar psicopatías. Algo muy extraño a lo que no encontraba explicación.

—El cuestionario es muy sofisticado —dijo Lambert, frunciendo el ceño—. El test parece estar enfocado a descubrir los complejos de odio, de represión, frustración y desviación social.

Da Costa y Mora se preguntaron en silencio si aquella prueba era en realidad un instrumento para reclutar perturbados.

—¿Cree que puede servir para saber si alguien tiene instintos criminales? —preguntó Mora.

—¿Se refiere a si puede ser un asesino? Sí, claro. Nos permite establecer puntos de referencia con las patologías de estos individuos, a fin de identificarlos y neutralizar así la acción de los depredadores humanos.

—¿Se podrían saber las respuestas que daría un individuo con tendencias violentas?

—Sí, desde luego.

—¿Y también se podría utilizar este cuestionario digamos que para captar a asesinos en potencia, en lugar de para neutralizarlos? —apuntó Da Costa.

—Verá, en teoría sí. Pero no es tan sencillo. Los psicópatas no son solo fríos asesinos. Están en todas partes, viven entre nosotros y tienen formas mucho más sutiles de hacer daño que las meramente físicas. Algunos llevan ropa de marca y ocupan suntuosos despachos en la política y las finanzas.

—Yo conozco a algunos, pero seguro que usted tratará a muchos más.

—Al fin y al cabo es mi trabajo.

—Muchas gracias, señor Lambert —dijeron Da Costa y Mora.

—¿Puedo ayudarles en algo más?

—Ya lo ha hecho con creces.

El curso de Historia en la Sorbona había entrado en su recta final. Mafalda, tras el golpe recibido por la muerte de Dafne y la ruptura con Juanito, no había podido presentarse a algunos exámenes.

—Me hago cargo de todo lo que usted está pasando, señorita, y estoy dispuesto a ayudarla en lo posible —le dijo Corbel confidencialmente, en su despacho de la Facultad.

—Se lo agradezco de todo corazón, profesor.

Aquella respuesta hizo pestañear de gozo a Corbel y dibujó una amplia sonrisa en su bigote a lo mariscal Petain.

—Verá, señorita, tras unos malentendidos iniciales, usted me ha demostrado ser una alumna trabajadora y brillante, que con el tiempo puede llegar muy lejos y convertirse en una magnífica historiadora.

El semblante de Mafalda varió también, pero por otro motivo distinto del del maestro: aquellas palabras eran un leve lenitivo a su dolor, después de las enormes dificultades que estaba soportando.

—¿Lo dice de veras, profesor?

—Claro, mujer —asintió Corbel con aire ya más familiar—. Además puedo examinarla aunque hayan pasado las fechas oficiales. Usted no se preocupe. La guiaré yo mismo, si le parece bien, en los temas que le resulten más complejos.

Mafalda no podía creer que acabase de ofrecerle clases particulares uno de los catedráticos más reputados de la universidad francesa y uno de los historiadores más reconocidos en el panorama mundial del momento. Era una oportunidad única que ninguna aspirante a historiadora dejaría escapar jamás. Y ella no iba a ser una excepción.

—Se ha quedado callada, señorita. ¿Le parece algo mal?

—Oh, no. Todo lo contrario. No sé cómo agradecérselo, profesor.

—Hummm… Se me ocurre una manera.

—¿Cuál?

—Como ya es tarde, si le parece bien podemos continuar la conversación almorzando en el bistrot de la Rue de la Montagne Sainte Genevieve.

Mafalda, abrumada ante tantas atenciones, no tuvo más opción que aceptar.

En el restaurante de menú económico, Ferdinand Corbel siguió estimulando a su alumna con un futuro halagüeño.

—Si todo sale bien, en poco tiempo la solicitaré como ayudante en alguno de mis proyectos de investigación más importantes.

—¿Lo dice en serio?

—Completamente.

—No puedo creerlo. Es maravilloso.

Mafalda se disculpó para ir al baño. Mientras se alejaba de espaldas al profesor, este no le quitó los ojos de encima, repasándola de arriba abajo con una mirada llena de lubricidad. Desaparecida de su vista, Corbel sacó discretamente un frasquito de cristal en forma de corazón del bolsillo de su americana, el mismo que había adquirido en la farmacia de su barrio, y vertió la mayor parte de su contenido en la copa de vino de Mafalda.

Cuando ella regresó a la mesa, el profesor cogió su copa de vino e hizo brindar a la alumna por su prometedor futuro. Tras el brindis, Mafalda se lo bebió todo.