25
El alcaide, Da Costa y Mora se dirigieron a toda prisa hacia la enfermería. A Da Costa se le hizo un nudo en la garganta solo de pensar que se les escurría de las manos de nuevo la posibilidad de lograr una pista sólida para llegar a Cornelius. En la enfermería, Almeida yacía sobre una camilla, agonizante. Su mirada estaba nublada por el efecto del veneno. Ojos abotargados, cóncavos, ojos sin vida. Pero, aun así, reconoció a Da Costa por su voz.
—Te dije que si hablaba era hombre muerto —murmuró.
El teniente pegó la oreja al oído del moribundo para poder escucharle mejor.
—Pero no lo hiciste.
—Da igual; basta con que él lo creyese.
—¿Cornelius?
—Sí.
—¿Quién es Cornelius?
—Nadie lo sabe.
—¿Y el cirujano que te operó?
Almeida empezó a perder las constantes vitales. Su rostro amarillento e inerte se parecía cada vez más a la máscara funeraria de Tutankamón. Pero, antes de exhalar el último suspiro, su afán por vengarse de Cornelius le dio un átomo de energía para pronunciar un nombre.
—Ludovic Dubois —dijo con un balbuceo casi imperceptible.
—¿Dónde vive?
—Veintisiete de la Rue Be…
Fue incapaz de revelar ya la dirección completa. Almeida acababa de pasar a la historia como el asesino del infante Alfonso de Borbón. Había muerto, intentando matar de nuevo.
Gérard Chaillot se proponía desempolvar el caso del atraco a la armería de Auxerre, en 1926. Sabía que no podía contar con los testimonios de los miembros de la banda, porque todos ellos habían muerto; excepto, tal vez, el fugitivo sin identificar. Examinó hasta la última coma de la información obrante en los archivos policiales, y revisó una y otra vez las transcripciones de las vistas orales del proceso en el que se condenó a Salvador Palacios Bocanegra, comprobando, decepcionado, que no había ni un solo hilo del que tirar. A punto de arrojar la toalla, descubrió de repente en el folio número 253 del sumario una hebra de la madeja: la lista de los policías que investigaron el caso en su día. Averiguó que el primero de ellos, Alfred Boissieu, había fallecido de un cáncer hacía dos años; y que el segundo, Charles Mercier, vivía ahora retirado con su esposa americana en Estados Unidos. Quedaba solo Alphonse le Brun, cuya dirección también figuraba en el sumario: Rue Caulaincourt, número 26, muy cerca de la Basílica del Sacré Coeur. Gérard marcó el número de teléfono anotado entre paréntesis con la esperanza de que no hubiese cambiado, y tuvo suerte. Parecía como si aquel hombre hubiese aguardado nada menos que treinta años para hablar con él.
Aquella tarde, alrededor de las seis, Gérard Chaillot llamó al timbre de la puerta de su casa, en la quinta planta de un antiguo edificio de fachada grisácea.
—Allez, allez… —indicó un educado anciano de unos setenta y cinco años, que con sus grandes bigotes ya blancos y ondulados y su serio ademán recordaba al prototipo del policía francés de principios de siglo.
—Muy amable, señor Le Brun.
—Sígame —añadió con gesto severo, casi militar.
Recorrieron un largo pasillo de tarima de roble, al final del cual había un gran salón con un tresillo de piel y dos butacas a ambos lados de una mesa de centro.
—Tome asiento donde quiera.
—Gracias.
Chaillot se acomodó en uno de los butacones de cuero.
—Veamos —carraspeó—, deseaba usted hablar conmigo sobre el asalto a la armería de Auxerre, ¿no es así?
—Así es.
—Usted dirá en qué puedo ayudarle.
—Recordará que asesinaron a tres militares.
—Claro que lo recuerdo.
—Y que solo escaparon dos anarquistas.
—Bocanegra y otro miserable como él, del que nunca más se supo.
—En efecto.
—Verá, usted, en aquellos años el anarquismo estaba conectado con el crimen organizado. Pululaban bandas de anarquistas, que no eran más que atracadores y ladrones a quienes no les temblaba el pulso a la hora de apretar el gatillo.
—Una especie de gánsteres quiere usted decir.
—Una especie, no: gánsteres a secas. Habían dejado a un lado el idealismo de la lucha obrera para dedicarse a lo que llamaban «expropiación individual».
—Que era simple y llanamente robar.
—¿A usted qué le parece? Se decían seguidores de una corriente anarquista que denominaban «ilegalismo», y que consistía en adoptar el crimen como modo de vida. Edificante, ¿verdad?
—Lamentable.
—Según ellos, solo robaban a los que consideraban parásitos sociales (empresarios, jueces, soldados y miembros del clero), pero nunca a quienes trabajaban en profesiones que estimaban útiles (arquitectos, médicos, artistas…); un porcentaje del dinero robado lo donaban a la causa anarquista. En este contexto, actuaban bandas criminales, como Los trabajadores de la noche, de Marius Jacob, o La Banda de Bonnot, que cometió numerosos atracos y homicidios entre 1911 y 1912.
—¿También en la armería de Auxerre?
—Estoy convencido de que una banda parecida a esas participó en el asalto. Pese a todos sus delitos anteriores, no se pudo atrapar a sus miembros, porque sus golpes estaban muy bien planeados y ejecutados. Siempre huían en automóviles. En los ambientes del hampa se les conocía como «Los héroes del infierno». Bocanegra, al escuchar su sentencia de muerte gritó: «¡Larga vida a la anarquía!». Y debió ser arrastrado para sacarlo fuera de la corte.
—¿Sabe algo del compañero de Bocanegra que logró escapar?
—Por mis conversaciones con el propio Bocanegra antes de ser guillotinado, y aunque no lo reconociese luego él en sus declaraciones y por lo tanto no se pudiese demostrar, estoy persuadido de que el fugitivo era su propio hijo, Michel Palacios.
Gérard dio un respingo en la butaca.
—¡Su hijo!
—¿He dicho algo que le haya molestado?
—No. Siga, siga…
—Le diré todavía más: un año antes, en 1925, se había cursado ya una orden de detención contra Michel Palacios por estafar a una costurera de París, pero el miserable logró huir.
Mientras bajaba en el ascensor de jaula, Gérard Chaillot pensó que las posibilidades de que Michel Palacios fuese Cornelius habían aumentado considerablemente tras su conversación con Alphonse le Brun. Michel Palacios era un fugitivo criminal, relacionado con el mundo del hampa, cuyo padre, ejecutado en la guillotina por no revelar su identidad, era anarquista y llevaba de segundo nombre Cornelio. Era posible que su hijo reivindicase ahora su figura adoptando ese nombre de guerra. Desde luego, no era una prueba definitiva, pero sí un indicio muy a tener en cuenta. Y sabía que el siguiente paso que debía dar era encontrar a la mujer que resultó estafada por Michel Palacios en 1925, si es que aún vivía.
—¿Gérard? —preguntó Da Costa, muy alterado, al otro lado del teléfono.
—Iba a llamarte yo ahora mismo, pero… ¿Sucede algo grave?
—Almeida acaba de decirnos por fin el nombre del cirujano plástico que le operó.
—¿Cómo?
—Antes de morir.
—¿Qué coño le habéis hecho?
—Nosotros, nada. Parece que algún esbirro de Cornelius le ha envenenado en la cárcel.
—¿Cómo se llama el cirujano?
—Anota: Ludovic Dubois.
—¿Dijo Almeida dónde vive?
—No le dio tiempo. Solo pronunció dos letras: «Be».
—¿Rue Be…?
—Y un número de la misteriosa calle: el veintisiete.
—Veamos, así de sopetón: Rue Beaubourg, Beauregard, Bellefond, Bertin-Poirée… Habrá que echar un vistazo al callejero, pero ya te adelanto que calles y avenidas que empiecen por esas dos letras habrá en París casi tantas como apellidos Sousa en el listín telefónico de Portugal.
—Tienes que localizar a Dubois como sea.
—Descuida. Por cierto, acabo de averiguar que Palacios tuvo un hijo al que puso por nombre Michel.
—Fantástico… Arcones se va a alegrar mucho cuando se lo diga.
Bruno Cornaro, el padre de Mafalda, y su profesor de Historia Ferdinand Corbel coincidieron aquella tarde en un acto en la sede de la Unesco, que se encontraba temporalmente en el hotel Majestic.
El edificio, en el número 19 de la avenida Kléber, cerca de la plaza de l’Étoile, fue construido con el nombre de Hôtel Basiliewski en 1864, en la zona más importante de la expansión urbana de París.
Pero su historia contrariaba profundamente a Ferdinand Corbel por la sencilla razón de que en aquel mismo edificio que pisaba él aquella tarde había vivido la reina Isabel II entre 1868 y 1904, durante su exilio en París a raíz de la «Gloriosa» revolución, como se la dio en llamar. Conocido entonces como Palais de Castille, fue la residencia oficial de esta reina Borbón, acogida por Napoléon III y su esposa, la española Eugenia de Montijo.
El discurso de Robert Schuman, actual ministro francés de Justicia y uno de los padres de la Europa Comunitaria, había congregado allí a numerosos representantes de la política y de la cultura, principalmente. Schuman destacó el papel de la cultura en una Europa de los ciudadanos. Pero, a diferencia de otros dignatarios franceses, el ministro de Justicia no se caracterizaba por ser un orador brillante, y su conferencia fue más bien una colección de aburridos tópicos que no convencieron en absoluto a Cornaro, ni mucho menos a Corbel.
Al finalizar, los invitados se distribuyeron en corrillos mientras se servía un cóctel. Bruno Cornaro aprovechó para encender su pipa inglesa Charatan, en medio de los dorados, las luces, el ir y venir de los esmoquins y los trajes de seda de figuras perfumadas y centelleantes que hacían resonar cadenciosamente contra el suelo los tacones de sus zapatos de charol o de piel.
El perchero de la antesala estaba repleto de sombreros, chisteras, gorras militares, abrigos de pieles y ricas pellizas forradas de seda.
Las damas debían de llevar colgados al cuello millones de francos en perlas y brillantes. Cornaro y Corbel estrecharon por separado manos enguantadas de mujer y manos de hombres recién sacadas de los bolsillos de los pantalones; unas se mostraban excesivamente pasivas y otras apretaban con demasiada familiaridad. El diplomático y el académico debieron de prodigar una veintena de apretones de manos, sin que les fuese posible retener la mayoría de los nombres de sus poseedores. Todos se miraban y husmeaban como si fuesen bichos raros.
—¿Recuerdas el discurso de Schuman del 9 de mayo de 1950? —dijo un hombrecillo calvo al resto del grupo, tratando de distraer la atención sobre la soporífera alocución que acababan de escuchar.
—Magistral… Una de las disertaciones más trascendentales de la historia de Europa. Schuman se dirigió a más de doscientos periodistas para presentar una declaración preparada junto a Jean Monnet —asintió un individuo mayor, algo corcovado.
—La Declaración Schuman, ni más ni menos, caballeros: la primera propuesta oficial para la construcción de una Europa integrada.
Vestidos de esmoquin, Cornaro y Corbel cruzaban disimuladamente miradas de asombro, sin atreverse a despegar los labios para no parecer descorteses si decían lo que pensaban. El padre de Mafalda paseó su mirada alrededor del salón con su pipa en la boca, y divisó a lo lejos a su monsieur l’ambassadeur, mariposeando de grupo en grupo. Tras despedirse amablemente de los contertulios, salió a su encuentro.
—¿Conoces a Ferdinand Corbel? —preguntó el embajador poco después a su agregado cultural, haciendo un aparte con él.
—Personalmente, no; pero ya sabes que es el profesor de Historia de mi hija en la Sorbona —dijo Cornaro, soltando el aromático humo de su cachimba.
—Te interesará mucho hablar con él para colaborar en futuros proyectos con la universidad. Es una persona muy inteligente y prestigiosa, con muchos contactos en el mundo académico al más alto nivel.
Al verle, el embajador italiano le saludó efusivamente.
—Monsieur Corbel!
—Monsieur l’ambassadeur!
—Te presento a Bruno Cornaro, agregado cultural de la embajada.
—Encantado.
Una vez solos, Corbel le dijo al padre de Mafalda a media voz:
—Es mejor que nadie sepa que ya nos conocemos…