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Juanito y Mafalda paseaban despreocupados por Zaragoza, mientras eran seguidos por dos hombres, ataviados con traje y sombrero, que se iban turnando en sus posiciones, uno siempre más próximo, y el otro más alejado de la pareja.

—Comeremos en un sitio que te va a encantar.

—¿Cerca de aquí?

—Al lado. ¿Recuerdas que hace un momento hemos pasado por el Tubo, camino de la catedral?

—¿Las callejuelas repletas de bares?

—Justo. He telefoneado a Casa Lac esta misma mañana para reservar una mesa discreta donde nadie nos moleste.

—Siempre pensando en todo.

—No, Mafi, siempre pensando en ti.

—Me parece mentira que estemos juntos, tú yo, paseando por Zaragoza con este sol tan radiante.

—Abre bien los ojos y deja que te toque… ¿Verdad que no es un sueño?

Juanito abrazó a Mafalda con tanto ardor que pareció consumirles a los dos. La pequeña y tibia mano de ella envolvía también el cuello de él. El beso cálido de primavera se hizo inevitable. Ella había cerrado ahora los ojos y, con el rostro echado hacia atrás, jugaba a esquivar sus besos. Juanito palpó sus hombros de adolescente, percibió sus pequeños senos y las manos atenazadas a su cabeza casi rapada, de cadete de Academia.

Poco después, llegaron a Casa Lac, en el número 12 de la calle de los Mártires. Fundado en 1825 por Constantino Lac, de origen francés, era el restaurante más antiguo de España, contando incluso al madrileño Lhardy o al Siete Puertas de Barcelona. Su creador abrió primero una pastelería-confitería, iniciando en España la moda francesa de comer fuera de casa sin necesidad de estar de viaje.

—Es precioso, aunque no tanto como Maxim’s —dijo Mafalda para provocarle.

—¿Has estado en Maxim’s?

—Varias veces.

—¿Con alguien en especial?

—Con mis padres.

—Pues yo también, y te aseguro que el rojo de las tapicerías y los bronces de las salas, típicos del Art Nouveau, nada tienen que ver con el estilo isabelino de la primera planta donde ahora nos encontramos.

—Está bien, tienes razón. Era solo para picarte un poco. Reconozco que sabes muy bien cómo acertar siempre conmigo.

—Cuando amas a alguien como a ti, Mafi, no hay méritos que valgan.

En el instante en que ella se dispuso a corresponderle con un beso, el encargado del restaurante se acercó a la mesa.

—¿Están cómodos en este rinconcito, Alteza? —preguntó con una sonrisa que izó las puntas de su bigote militar, a lo Hércules Poirot.

—Muy cómodos, gracias.

—¿Han consultado la carta ya los señores?

—Sí.

—¿Qué tomarán?

—Vas a probar la mejor cocina aragonesa del mundo, Mafi. Te recomiendo los boliches con sardinas.

—¿Boliches?

—Son unas judías en las que, según la tradición, en su parte de unión con la vaina se dibuja la Virgen del Pilar —explicó el chef.

—Qué curioso. Entonces las probaré.

—Yo tomaré las lentejas de verano.

—¿Lentejas de verano? —repuso ella, extrañada.

—Así las llaman aquí. Me encantan los platos de cuchara en cualquier época del año.

—¿Y de segundo, señorita?

—Muslos de pato con melocotón de Calanda.

—¿Y usted, Alteza?

—Lengua estofada.

Mafalda hizo un mohín de asco.

—Tráiganos un vino de la tierra, y de postre, unos canutillos de crema y una tarta de queso para compartir.

—Muy bien, Alteza, les deseo un feliz almuerzo.

—Y, sobre todo, romántico —murmuró Juanito, mientras se alejaba el encargado.

—Te han cortado el pelo demasiado.

—El peluquero nos dio ayer un buen repaso a todos en la Academia.

El comedor era pequeño pero muy acogedor, con lámparas de época y suelo de maderas guineanas y canadienses. En la planta baja estaba el café-bar, reformado en 1925 con estilo modernista para conmemorar el primer centenario de Casa Lac.

Mientras almorzaban, Juanito se fijó en dos hombres sentados a una mesa frente a la suya. A uno de ellos le sorprendió mirándole directamente, pero, sintiéndose descubierto por el príncipe, el desconocido apartó rápidamente sus ojos de él. Sin darle excesiva importancia al hecho, pensando que probablemente se tratase de una persona que le había reconocido, Juanito siguió comiendo y charlando con Mafalda.

Pero, cuando abandonaron el restaurante, el príncipe volvió a reparar en que los dos hombres también habían salido del local y caminaban ahora detrás de ellos. Entonces pensó que quizá les estaban siguiendo. Para cerciorarse, se detuvo, fingiendo atarse los zapatos, para mirar discretamente hacia atrás mientras se agachaba; y el hombre que le seguía más de cerca se detuvo con brusquedad.

Entonces, en estado de máxima alerta, Juanito le dijo a Mafalda:

—No mires atrás, pero me parece que nos están siguiendo. Haz exactamente lo que yo te diga.

Ella se asustó.

Aprovechando un cruce de calles, la pareja se internó caminando mucho más aprisa por la perpendicular. Al doblar la esquina divisaron a unos metros un tranvía que iba a salir en ese mismo instante de su parada. Echaron a correr, pero Juanito solo llegó a rozar el tirador de la puerta del vehículo ya en marcha con la punta de sus dedos. Cruzaron la calle en medio del tráfico, sorteando con peligro algunos automóviles que circulaban por la calzada. Habían conseguido distanciarse de sus perseguidores, pero todavía los distinguían a lo lejos. Al cruzar la calle no vieron otra salida que meterse en una sala de cine. Era el teatro Iris, con su espectacular fachada. No había cola en la taquilla, pues la sesión ya había comenzado, pero Juanito tuvo tiempo aún para pedir dos localidades. Entraron en la sala oscura, creyéndose a salvo de momento. Tomaron asiento en una de las primeras filas. En la pantalla, James Stewart era confundido con un demente en la tienda de un taxidermista. Estaban proyectando El hombre que sabía demasiado, de Alfred Hitchcock. El hijo del protagonista había sido secuestrado por los autores de un complot contra el premier británico, y el actor americano deambulaba enloquecido por las calles de un Londres espectral.

Al poco rato, vieron que sus perseguidores también habían entrado en la sala. Uno de ellos se había apostado al lado de la puerta principal, y el segundo cerca de la salida.

—No tenemos otra opción que esperar a que termine la sesión, para intentar escapar entre el gentío —susurró Juanito al oído de ella.

Cuando el «The end» apareció en la pantalla y el público, con la sala aún a oscuras, comenzó a abandonar sus asientos, Juanito y Mafalda se levantaron con rapidez.

—Sígueme —dijo él, forzando una salida de emergencia situada en medio de la sala.

Salieron a una callejuela lateral, corriendo sin parar hasta alcanzar la calle principal, donde vieron que un joven acababa de aparcar su Vespa. La pareja se apresuró hacia la motocicleta, apartando al dueño con una disculpa. El muchacho se quedó atónito al reconocer al príncipe.

Los perseguidores venían lanzados a la carrera, mientras Juanito trataba de arrancar la moto. En un último intento desesperado, cuando ya se les echaban encima, el motor se puso en marcha y el piloto salió disparado con Mafalda agarrada de su cintura.

Llegaron por fin al Gran Hotel de Zaragoza.

—Espérame en el hall —indicó Juanito.

—¿Adónde vas? —replicó ella, como si se le escapase la vida.

—A contárselo enseguida a mi preceptor.

Mientras subía a la habitación 105, vio al duque de la Torre salir del ascensor.

—¡Carlos! —exclamó Juanito.

—¿Qué ocurre?

—¡Estamos en peligro!

—¿Quiere tranquilizarse, Alteza, y contarme qué le sucede?

—Dos hombres nos persiguen por toda Zaragoza.

—Acompáñeme, por favor —dijo el duque sin inmutarse.

Abajo seguía Mafalda, de pie, con el rostro demudado por el pánico, flanqueada por sus dos perseguidores.

—¿Son esos los dos hombres que le acechan? —preguntó el preceptor.

—Ellos son —asintió Juanito, estupefacto.

—Venga conmigo, Alteza, que voy a presentarle a sus nuevos guardaespaldas.

Luego se dirigió a Mafalda.

—Con usted, señorita Cornaro, tengo que hablar ahora muy seriamente.

Da Costa y Mora habían quedado en verse con Ramón Alderete, el secretario del infante don Jaime de Borbón, en la discreta localidad de Villiers-le-Bel, a unos veinte kilómetros al norte de París. Mientras le aguardaban, entraron a desayunar en una cafetería cercana y se entretuvieron hojeando la prensa de la mañana. Le Figaro anunciaba a toda plana la dimisión del ministro de Estado y líder del Partido Radical, Pierre Mendes-France, por su desacuerdo con las medidas del Gabinete para contener la rebelión en Argelia.

Un hombre trajeado y fornido entró en la cafetería y se aproximó a ellos.

—¿Son ustedes los que quieren ver a don Jaime?

Los policías se levantaron, interrogándole a su vez:

—¿Y usted quién es? ¿No es el señor Alderete?

—Vengo de su parte y de la del infante don Jaime. Muéstrenme sus placas identificativas, por favor.

Da Costa y Mora obedecieron.

Una vez en la calle, les advirtió de nuevo:

—Antes de llevarles ante don Jaime, debo registrarles.

—Le aseguro que tenemos los calzones limpios —repuso Da Costa, perplejo y contrariado.

—Lo siento, pero si quieren ver al infante tendrán que seguir mis instrucciones al pie de la letra. Dejen su vehículo aquí y suban al mío.

El mismo hombre condujo el automóvil durante un rato, en dirección a París, hasta detenerse en un embarcadero del río Sena. Allí, delante de un yate, les estaba esperando una persona con gafas de sol y atuendo náutico, que se identificó como Ramón Alderete.

—Buenos días, señores.

—Con semejante actitud nadie sospechará que nos conocemos —dijo Da Costa algo más relajado.

—Les pido disculpas, en nombre de don Jaime, por las molestias ocasionadas. Pero son las medidas de seguridad que ha impuesto el propio infante.

Los tres hombres subieron a bordo de la Prusiana, como había bautizado al yate don Jaime en honor de su segunda esposa, Carlota Tiedemann, nacida en Koenigsberg (Prusia) el 2 de enero de 1919, once años después que él.

El barco no era nada del otro mundo, con sus catorce metros de eslora, frente a los veintiséis metros y sesenta toneladas del Saltillo de don Juan, pero tenía cierto encanto por las franjas azules y blancas de su casco, la armoniosa distribución del puente de mando y del velamen, y la agradable decoración de los camarotes interiores. Su hermano Jaime aguardaba a los visitantes en un saloncito con asientos de madera y una mesa de centro. Era sordomudo de nacimiento, pero con ayuda de unas pacientes monjitas había aprendido desde niño a leer en los labios; incluso pronunciaba algunas palabras con el sonido gutural característico de su limitación.

—Buenos días. —Sonrió el infante.

Más de una vez, al contemplar su esbelta y vigorosa figura, de 1,92 metros de estatura, con el bigote recortado y la nariz prominente, su padre el rey Alfonso XIII tuvo la misma sensación que si se mirase él mismo al espejo.

Hasta tal punto don Jaime era un clon del monarca, que cuando se le veía pasear en la calle junto a su hermana María Cristina, parecían una imagen retrospectiva de don Alfonso y Victoria Eugenia, porque la infanta, a su vez, era otra copia de su madre.

—¿Salimos mejor a cubierta? —propuso don Jaime.

Mientras navegaban por el Sena, tuvo lugar el inicio de una conversación que resultaría trascendental para la Operación Giralda.

—¿Por qué sospecha que la muerte de su sobrino Alfonso ha podido tratarse de un atentado? —preguntó Da Costa.

—Verá usted, si yo mismo temo por mi vida, ¿cómo no voy a creer que mi sobrino haya podido ser asesinado? ¿Comprende ahora que viva rodeado de medidas de seguridad extremas? Por esa razón escribí una carta a mi secretario Alderete indicándole que se pusiese en marcha una investigación judicial sobre lo sucedido en Villa Giralda.

—¿Por qué teme por su vida?

—Eso ya es una larga historia, que se remonta a hace más de veinte años.

—Tómese el tiempo que necesite…