6
Ilha de Sonho, la Isla del Sueño, en portugués.
La primera vez que Mafalda escuchó ese nombre de labios de Juanito, no imaginó que pudiera seguir soñando despierta junto a él en aquel idílico archipiélago de las Berlengas, a menos de seis millas náuticas del cabo Carvoeiro, y a unos diez kilómetros de la costa atlántica.
—¿Te escaparías hasta allí conmigo? —le tentó Juanito, acostumbrado a los lances apasionados.
—¿Puedo saber cómo…? —inquirió ella.
—A bordo de El Saltillo, por supuesto.
—¿Tu padre te lo dejaría? —dudó.
—No lo creo, pero Ernesto Fragoso seguro que me ayudará.
Mafalda tuvo miedo al principio. La sola idea de embarcarse en aquella travesía con él, quedando a merced de los inciertos peligros que podían acecharles en alta mar en el crudo invierno, le produjo algún que otro escalofrío. Pero, a medida que Juanito le describía aquel edén durante la conversación, Mafalda llegó a convencerse de que su próxima aventura romántica debía transcurrir inevitablemente allí.
—De haber estado en aquel lugar, Stevenson se habría inspirado en él para escribir La isla del tesoro —aseguró él, fascinado—. ¿Puedes creer que se trata de una formación granítica con más de doscientos ochenta millones de años de historia?
—¡Tantos…!
—Los fenicios fueron los primeros en pisarla. Un milenio antes de Cristo, ya se practicaban allí cultos al dios Baal-Mekart. Luego hubo constantes escaramuzas bélicas: romanos, vikingos y árabes se disputaron la posesión durante siglos. En la Edad Media, las órdenes militares cristianas la defendieron de los piratas ingleses, franceses y berberiscos. Todavía hoy se conservan los restos del Monasterio de la Misericordia que la reina Leonor mandó construir para que los monjes jerónimos socorriesen a las víctimas de los corsarios… Y ahora, otra reina puede plantar sus manoletinas doradas allí. Esa reina, Mafi, eres tú…
Al oír su cariñoso apelativo, se disiparon de inmediato todos los temores de Mafalda. Olvidó incluso la abominable jornada de náuseas y vómitos provocados por el incesante balanceo del velero de unos amigos con los que había zarpado el año anterior del puerto francés de Antibes, rumbo al archipiélago balear, en España.
—Te juro, Mafi, que recordarás siempre las horas que pasemos juntos en la Isla del Sueño —añadió Juanito.
—Estoy segura… —murmuró.
—Si salimos de mañana, muy temprano, llegaremos para almorzar en un precioso restaurante inaugurado hace dos años en el antiguo fuerte de San Juan Bautista. Luego, si te parece, podemos embarcar de nuevo para regresar tranquilamente a Cascais a la hora de la cena. ¿Serías capaz de decirme que no…?
—No, no lo sería. Pero ¿crees que podrás conseguir el barco?
—Tú confía en mí.
—Ya lo hago.
El Saltillo era un velero de sesenta toneladas y 26,25 metros de eslora, construido en los astilleros Vries-Lentsch de Ámsterdam en 1932 con el número 1.101. Su casco era de chapa de acero de ocho milímetros, con dos mástiles también de acero, de fabricación española, que medían diecinueve y diecisiete metros de alto, respectivamente.
La historia del yate era realmente curiosa. Se trataba de una embarcación ketch, según la terminología náutica, cuyos planos eran del arquitecto naval inglés E. P. Hart. El propietario inicial fue un caballero británico, D. Lawrie, que llamó al barco Leander, antes de que su actual dueño, el empresario Pedro Galíndez, lo bautizara como Saltillo, en recuerdo del «saltillo» que había que dar desde la casa Portugaluja para bajar del jardín a la playa.
No fue hasta 1935 cuando Galíndez obtuvo la patente de navegación firmada de puño y letra por Niceto Alcalá Zamora como presidente de la República española; documento que autorizaba al barco a navegar por todos los mares del mundo.
Cuando Juanito y Mafalda se hicieron a la mar en él, las viejas velas de lona no habían sido reemplazadas aún por las más modernas de dacrón.
Previamente, sobre las siete de la mañana, Ernesto acompañó a la joven tripulación hasta el embarcadero del Club Náutico de Cascais para ayudarles a soltar amarras y cerciorarse de que había combustible de sobra para toda la singladura.
—Procurad no demoraros, pues parece que el tiempo empeorará a medida que oscurezca —les previno desde el muelle.
Minutos después, el barco surcaba ya las aguas de la bahía.
Juanito, al timón, enfiló la salida con un suave viento del oeste de unos doce nudos, arrumbando a la boya que delimitaba el puerto deportivo.
La mañana era fresca, pero se adivinaba ya el sol. Navegaban con mar rizada y la vela mayor totalmente desplegada, a una cómoda velocidad de cinco nudos. Al aumentar ligeramente el viento, el improvisado capitán recurrió al trinquete.
—¡Mafalda! —gritó desde el puente de mando.
—¿Ocurre algo?
—Mira a estribor.
—No veo nada.
—A babor no, tonta.
—¿Cómo que tonta?
—Que mires a la derecha te digo, en lugar de a la izquierda.
—¡Delfines!… ¿O son ballenas…?
—Delfines, pero muy grandes. Fíjate en sus aletas dorsales: son larguísimas.
—Me encanta el color turquesa tan luminoso que desprenden al sumergirse bajo la proa.
—Como el reflejo de tus ojos, Mafi.
—¡Oh, qué cielo eres, Juanito!
—Ven…
—Aquí estoy.
Juanito sujetó el timón con una mano y ciñó con la otra la cintura de Mafalda para besarla.
—Tú sí que eres un cielo —susurró.
—Prefiero ser tu reina, aunque sea por un día.
—Hoy ya lo eres.
La brisa, cada vez más recia, permitió al velero alcanzar una holgada velocidad de ocho nudos. Los tripulantes divisaron pronto a lo lejos el faro de la isla Berlenga. Abruptos acantilados, salpicados de profundas cuevas y arcos rocosos, como el de la Cabeza de Elefante, se abrían ante sus extasiadas miradas. Enseguida se hallaron frente a la fortaleza de San Juan Bautista. Un denso grupo de casas de pescadores rodeaba el embarcadero. Juanito detuvo el barco ante el pequeño muelle y lo amarró. Desde allí, siguiendo el único sendero que partía cerro arriba, llegaron los dos finalmente a la antigua fortaleza que, estando en manos de los partidarios del rey Miguel I durante la Guerra Civil portuguesa, no pudo resistir finalmente el asalto de los liberales. Ahora ellos se disponían a «conquistarla» al cabo de más de un siglo.
El comedor, levantado sobre las antiguas ruinas, colmaba cualquier expectativa romántica.
—Bienvenida al paraíso —dijo Juanito con razón a Mafalda, cediéndole el paso como a su reina.
Situado en una terraza sobre el mar, las velas y los centros de flores en las mesas acrecentaban el encanto de aquel restaurante, adornado también con grandes candelabros y arañas de cristal, terciopelo rojo, y la presencia de un pianista negro que amenizaba el almuerzo en aquel preciso instante interpretando con la misma «boca de bolsa» de Louis Armstrong la versión de Dream a Little Dream of Me grabada por este y Ella Fitzgerald en Nueva York, seis años atrás.
Al calor de la chimenea de madera y mármol, Juanito y Mafalda compartieron un riquísimo caldo del Alentejo. Tomaron langosta sudada, bacalao y un poco de calderada, sin constancia alguna del tiempo. París, Zaragoza, y Estoril incluso, se hallaban en las antípodas de sus pensamientos. No existía para ellos en el mundo más que aquel islote, la Ilha de Sonho, hecha al fin realidad. Solos en el remoto archipiélago, jamás hubiesen querido marcharse de allí. Pero debieron regresar precipitadamente al barco tras reparar en que el reloj marcaba ya las cinco de la tarde y la situación meteorológica, como había pronosticado Ernesto Fragoso, empezaba a empeorar. Mientras descendían por el camino de vuelta, observaron bandadas de gaviotas arrimándose a la costa.
—Tenemos que darnos prisa si no queremos pasar la noche aquí —advirtió Juanito.
Mafalda deseó por primera vez que eso sucediese. Solo necesitaba que él se lo pidiera, pero no lo hizo. ¿Acaso se había enamorado de ella sin saberlo?
Caminando deprisa por el sendero, iba recitando ella en silencio la letra de esa melodía romántica que acababa de escuchar, por enésima vez desde su estreno, mientras almorzaba con Juanito en la terraza.
Di buenas noches y dame un beso.
Solo abrázame fuerte y dime que me extrañarás,
mientras yo estoy tan sola y triste como se puede estar,
sueña un pequeño sueño sobre mí.
Las estrellas se desvanecen pero perduran, querido.
Aún anhelo tu beso.
Estoy deseando que te quedes hasta el amanecer, querido.
Tan solo diciendo esto.
Dulces sueños hasta que los rayos del sol te encuentren.
Dulces sueños que dejen todas las preocupaciones detrás de ti.
Pero en tus sueños, cualesquiera que sean,
sueña un pequeño sueño sobre mí…
—¿Te sucede algo, Mafi? —dijo él luego, mientras soltaban amarras.
—Solo que…
—¿Seguro que estás bien?
—Claro, pero… ¿Regresaremos algún día a la Isla del Sueño?
Mafalda no dijo ya que desprenderse de una realidad no era nada: lo heroico era desprenderse de un sueño.
Poco después, El Saltillo volvía a surcar las aguas rumbo a Cascais.
El patrón ignoraba todavía que una fuerte tormenta estaba a punto de hacerles naufragar.
Durante el viaje tuvieron que achicar agua para evitar que se inundase la proa. La situación llegó a ser desesperada en algún momento y Juanito hizo incluso los preparativos para abandonar el barco. El pañol de velas llegó a tener casi medio metro de agua. El patrón arrancó la bomba diesel del motor de propulsión Perkins de cien caballos de potencia, manipulando sus válvulas y sumergiendo el tubo de aspiración. Pero aquello no achicaba.
En un último intento para evitar el naufragio cortó con una sierra el tubo de vacío del tanque de estribor, lo sumergió en el agua y colocó las válvulas en posición de vaciado. Entonces sí que el mecanismo empezó a bombear. Sin perder un segundo lo puso al máximo de revoluciones. Pero, mientras estuvo ocupado en arreglar el sistema de bombeo, el nivel del agua subió otros veinte centímetros en el pañol inundado. Estaba congelada y le llegaba casi hasta la cintura. En el interior del pañol buscó, desesperado, un agujero, una grieta, una hendidura… Cualquier cosa que se le pareciera y por la que pudiese entrar el agua. Pero la abertura no aparecía por ningún lado y las piernas se le empezaron a quedar dormidas. Fuera, las olas seguían estrellándose contra la proa y algunas lograban alcanzar la cubierta. Mafalda gritaba horrorizada una y otra vez, como si estuviese envuelta en un mar de lágrimas. Por un momento Juanito pensó solo en salvar su vida y la de aquella de quien podía estar enamorado. Finalmente, recordando la sabia experiencia de Fragoso y de su padre durante una de sus accidentadas travesías, levantó el tanque de agua dulce y el agujero quedó al descubierto. No había tiempo que perder si querían evitar que El Saltillo se hundiese en alta mar. Un espiche de madera encajado a martillazos en la ancha grieta puso fin al peligro.
El Saltillo atracó al fin en el puerto deportivo de Cascais alrededor de las seis de la mañana. El litoral peninsular era todavía un inmenso trazo en penumbra, profanada tan solo por los destellos del faro. Las ramas de las palmas y olivos del paseo marítimo habían sido doblegadas por el vendaval, con las hojas cargadas de lluvia e incluso rotas tras el aguacero, que había sacado brillo al adoquinado. La lluvia les había reblandecido sus zapatos, el agua se les había filtrado y les había empapado las medias y los calcetines.
Era el alba, pero los negros nubarrones impedían ver el cielo tachonado de estrellas.
Juanito y Mafalda habían salvado providencialmente la vida. Extenuados, los restos del torbellino que aún recorría el paseo dibujaban en la sombra sus falsas siluetas de borrachos.
Don Juan permanecía aún en vela en su despacho de Villa Giralda. Doña María tampoco había pegado ojo en toda la noche.
—¿Se puede saber de dónde vienes ahora con esa pinta? —replicó el padre muy enojado, sin dejar de escrutarle con la mirada desde su escritorio.
—Lo siento mucho, papá, pero he tenido un serio contratiempo.
—¿Contratiempo, dices…? Siéntate, anda, que te tambaleas.
—Verás, el mar estaba muy revuelto y…
—Ya sé que has tenido la cara dura de largarte en El Saltillo sin decirme una sola palabra. Embaucaste a Fragoso para que te lo dejara a mis espaldas. Ya he mantenido yo una animada charla con él, pero nada comparada con la que tú y yo vamos a sostener desde este mismo instante.
—¡Papá…!
—¡Pamplinas! Dime ahora mismo dónde has estado durante todo este tiempo.
—Fuimos a Berlenga.
—¿Fuimos…? —inquirió con una risita airosa.
—La fuerte tormenta casi nos hace naufragar.
—¿Quieres decirme de una vez con quién has estado?
—Con Mafalda.
—¿La sobrina de Giannina Cornaro?
—Ella.
—¿Y qué coño hacías con esa chica en mi barco, camino de una isla?
—Pasar el día.
—¿Nada más?
—Nada más, papá, te lo juro.
—Y mientras, tu madre y yo desviviéndonos aquí por ti, sin poder dormir. ¿Te parece bonito? Hace menos de dos horas que informé a la policía de tu desaparición. ¿Acaso has olvidado ya que ocho años atrás intentaron asesinarte? Entonces, con solo diez años, no supiste que eras tú el objetivo, pero ahora ya no tienes excusa. Eres un irresponsable.
—¡Papá…!
—Déjame hablar: no quiero que vuelvas a ver más a esa chica, ¿me oyes?
—¿Qué culpa tiene ella?
—Ninguna, pero tú sí, por la sencilla razón de que eres mi heredero y eso te exige espíritu de sacrificio y miras más altas.
—¿Acaso piensas que quiero casarme con ella?
—Más te valdría no hacerlo si quieres ser rey de España cuando yo abdique o me muera. Tu futura esposa, Juanito, debe ser una mujer de estirpe regia, educada para ser reina, y no una vulgar chica. Amantes puedes tener todas las que quieras, como tu abuelo, pero esposa solo una y de sangre tanto o más azul que la tuya. ¿Está claro?
—Diáfano, papá.
Mientras charlaban acaloradamente, nadie en Villa Giralda reparó tampoco aquella madrugada en que un miembro del servicio salía sigilosamente por la puerta principal con destino incierto…