17
Arcones se encaminó con Da Costa y Mora a una sala especial de interrogatorios reservada a los sujetos más peligrosos donde les aguardaba ya Eduardo Almeida con expresión lóbrega y desamparada. La muerte violenta emanaba de aquel hombre como el mal olor lo hacía de la mofeta. Abatido, Almeida era ahora la sombra de sí mismo. Pero al ver a los tres policías pareció resurgir de sus cenizas, como el Ave Fénix.
—Buenos días, señores, ¿qué les trae por aquí? —saludó con una sonrisa burlona y glacial.
Los policías tragaron saliva con esfuerzo y se les tensaron los músculos del cuello.
Arcones observó encogerse el rostro de Almeida en una mueca, adivinando su desconcierto y el desprecio en esa forma suya de fruncir los labios, que acentuaba las arrugas alrededor de su boca.
—¿Le han tomado ya las huellas? —preguntó al sargento Romero, que lo custodiaba.
—Todavía no —repuso este.
—¿Y a qué esperamos? Avisa enseguida a la oficina dactiloscópica.
El suboficial abandonó la sala, mientras Arcones se disponía a iniciar el interrogatorio secundado por Da Costa y Mora.
Comparada con aquella sala inmunda junto a los calabozos, la estancia en la que había sido interrogado Almeida antes de su huida era como el salón del trono del palacio de Ajuda, donde el rey Carlos I de Portugal vivió hasta su asesinato, en 1908. Se accedía a ella bajando por unas escaleras en cuyos peldaños apenas cabía la palma de una mano. A juzgar por el olor pestilente del lugar, las ratas debían haber anidado bajo el pavimento de terrazo. No existía una sola ventana, y por todo mobiliario había una mesa destartalada y tres sillas de hierro con restos de esmalte. Una gruesa bombilla colgada de un cable iluminaba el centro de la mesa, como el reflector en un plató cinematográfico, justo a la altura donde estaba sentado el criminal. Arcones se situó en otra silla frente a él, con Da Costa a su lado y Mora de pie, en una esquina. El teniente accionó una pequeña grabadora Ampex y correspondió ahora con la misma ironía al saludo de Almeida.
—¿Qué tal el viajecito…?
—De puta madre, Mosteiro… ¿o debo llamarle mejor teniente Da Costa? —añadió con mirada centelleante de desprecio.
—Puede llamarme como quiera, despojo humano.
Los ojos de Da Costa parecían los cañones superpuestos de un rifle de caza.
—¡Oiga, muñeco! No se sulfure así conmigo.
—¡Basta ya! —zanjó Arcones.
Y añadió, encarándose con el detenido de modo sutil y amenazante, como un dogo veneciano:
—Puede confesar por las buenas… o por las malas. Usted elije…
—¿Y qué necesidad tengo de hacerlo, si soy inocente? —replicó.
—Entonces díganos por qué huyó.
—Necesitaba cambiar de aires… O mejor aún: fui a ver a mi abuelita… —Celebró su propia chanza con una desagradable risotada, tan estridente como un relincho.
Armado de paciencia infinita, el capitán prosiguió interrogándole.
—Tenemos el arma con la que disparó a un inocente chiquillo de catorce años.
—¿Qué arma?
—No disimule: una Walther P-38. ¿Le digo también el número de serie…?
—¡Canalla, bellaco, bastardo…! —vociferó Da Costa, dando la impresión de querer desollar vivo a Almeida con cada adjetivo, como si, preso entre sus mandíbulas, hincase los dientes en su carne para hacerla pedazos.
—Tranquilícese, cariño —dijo este zalamero, guiñándole un ojo.
—No, si encima es maricón.
—Veo que no quiere colaborar —lamentó Arcones.
—¿Y por qué iba a querer hacerlo, si soy inocente? —insistió el detenido.
—¿También del intento de asesinato del príncipe Juan Carlos, en 1948?
—No sé de qué me habla.
—Pero entonces le detuvieron.
—Sigo sin saber de qué me habla.
—¿El nombre de Fermín Correa no le dice nada?
—Ignoro quién es ese individuo.
—Tampoco sabe quién es Cornelius, claro.
—¿Cornelius…? Qué nombre tan curioso.
—Fue él quien le ordenó a usted matar al príncipe en Villa Giralda; porque el verdadero objetivo era don Juan Carlos, en lugar de su hermano, ¿no es así, Almeida?
—¿Se ha vuelto usted loco? No sé adónde pretende llegar con todas estas majaderías.
—¿Majaderías…? ¿La máquina Enigma con la que usted estaba en contacto con la organización criminal en París también es una majadería? Oiga, Almeida, está usted a punto de acabar con mi paciencia.
Arcones no podía entender cómo un tipo de la peor calaña devolvía con semejante firmeza todos y cada uno de sus ganchos directos al mentón. Cualquier púgil, por fuerte que resultase, habría mordido hacía ya tiempo la lona.
Quizá fuese su propia maldad la que le mantenía inexplicablemente en pie. Si algo tenía claro Arcones era que Almeida jamás sería un hombre de bien: del vino se hacía fácilmente vinagre, pero jamás del vinagre vino.
La policía había verificado que las balas salieron de la misma arma homicida con la que Almeida intentó matar al príncipe hacía ocho años y ahora había segado la vida del hermano menor; disponía también del testimonio de Quiroga, señalando que Fermín Correa y Eduardo Almeida eran la misma persona; había descubierto la máquina Enigma con las instrucciones para asesinar al príncipe; y encima contaba con el hecho relevante de que el detenido había intentado escapar… Pero, aun con tan apabullantes pruebas incriminatorias, aquel individuo derrotado parecía sentirse victorioso. Tan tremenda paradoja torturaba al capitán Herminio Arcones.
El sargento Romero se asomó a la sala.
—El teniente Mendes les espera arriba, en la oficina dactiloscópica.
Poco después, el experto del laboratorio colocó los dedos de Almeida en la hoja que debía compararse con el archivo de huellas dactilares de Portugal, que contenía más de medio millón de fichas. Ricardo Mendes tomó las huellas de los cinco dedos de Almeida y pasó enseguida a la otra mano. Al contemplar la cartulina se quedó de una pieza y vio la expresión sarcástica con que el detenido lo observaba. El hombre que decía llamarse Eduardo Almeida no poseía la menor sombra de huellas dactilares. Arcones, Da Costa y Mora se miraron desconcertados. ¿Habían detenido acaso a un fantasma…?
Aquella noche, Da Costa llegó muy cansado a su nuevo apartamento en el centro de Lisboa. Estaba, sin embargo, ilusionado, porque acababa de iniciar otra etapa en su vida tras despedirse de don Juan en Villa Giralda.
Lo primero que hizo al abrir la puerta de su dormitorio fue arrojar su sombrero, que describió un gran arco en el aire y fue a posarse finalmente sobre el armario. Luego se descalzó los zapatos de puntera cuadrada para enfundarse unas cómodas zapatillas de fieltro y lana. A continuación se dirigió al salón para servirse un whisky y poner en marcha un tocadiscos Lauson con caja de madera por cuyos altavoces empezó a sonar, a bajo volumen, la voz de Sinatra cantando Love and Marriage. Luego se tendió en un mullido tresillo púrpura y se puso a contemplar el techo, con las manos cruzadas bajo la nuca, mientras se acordaba de la mirada felina de Nicole, de sus grandes ojos verdiazules y de su larga melena azabache. Cerró los ojos y evocó con precisión los rasgos de su cara en la pantalla de su memoria.
Ahora vivía solo y podía hacer cuanto se le antojase. De modo que descolgó el teléfono para hablar con su amiga Flavia, aunque en realidad desease hacerlo con Nicole, alojada provisionalmente en casa de su antigua novia.
—¿Dígame…? —contestó Flavia al otro lado del auricular.
—Hola, ¿cómo estás?
—¡Qué sorpresa! Pero si es el mismísimo Sherlock Holmes.
—Acabo de llegar a casa.
—Y yo hace un rato.
—¿Tan tarde? —repuso él, consciente de que eran casi las once.
—He tenido una jornada de perros.
—¿Y eso?
—La jefa se ha empeñado esta misma tarde en terminar el arreglo de un nuevo vestido para probárselo a un maniquí de madera antes de entregárselo a una clienta.
Flavia trabajaba en la casa-taller de Renata Colomer, una de las modistas de alta costura más populares de Estoril, Sintra y Cascais, muy cerca de los Almacenes Cruzeiro.
—Pues haberla mandado al infierno.
—¿Quieres que me quede sin trabajo?
—Era una broma.
—¿Y tú?
—Enfrascado también en lo mío, pero esperanzado, la verdad.
—Ya verás cómo todo te irá bien.
—Gracias. Lo mismo te deseo yo.
—Supongo que querrás hablar con Nicole.
—¿Cómo está?
—Acaba de darse un baño relajante y se encuentra ahora en la cocina. Espera que la aviso: ¡Nicole! —gritó.
—Gracias por todo, Flavia.
—¿Para qué estamos si no los amigos?
Al día siguiente, el jefe de la oficina dactiloscópica, Ricardo Mendes, seguía dándole vueltas en su cabeza al enigma que más le había intrigado en todos sus años de carrera: ¿cómo era posible que Eduardo Almeida careciese de huellas dactilares?
El servicio de reconocimiento de huellas de la Policía Internacional y de Defensa del Estado de Portugal se había convertido en uno de los mayores y más perfectos del mundo. No podía compararse en modo alguno con el del FBI, que contenía casi un millón y medio de fichas, pero era bastante completo y moderno.
Un fichero especial permitía identificar las marcas encontradas en los lugares o cuerpos del delito, incluso cuando dichas impresiones fuesen muy fragmentarias. Con ayuda de máquinas, que trabajaban con el sistema de fichas agujereadas, podía localizarse una tarjeta en cuestión de minutos. Y la experiencia demostraba que, incluso en tan enorme colección de dactilogramas, seguía siendo cierto el principio que dio origen al método dactiloscópico: no existían dos hombres que tuviesen las huellas dactilares iguales. El problema era que Eduardo Almeida carecía inexplicablemente de ellas.
A punto de darse por vencido, Mendes tuvo una repentina ocurrencia. Colgó la bata blanca en el perchero del laboratorio y se encaminó decidido a la Hemeroteca para consultar la prensa de Estados Unidos, donde halló por fin en el Chicago Daily News del año 1934 la noticia que perseguía con tanto afán.
De regreso en la oficina, volvió a sentir el suelo bajo sus mocasines de cuero, faltándole tiempo para marcar la extensión de Arcones.
Minutos después, exclamaba sentado frente a él:
—¡He sido un completo idiota!
—¿Quieres tranquilizarte, Mendes?
—¿Cómo no me he dado cuenta antes? —añadió, abriendo del todo sus vigorosos ojos de pupilas grises y blanco prominente, como los de un mimo.
—¿Cuenta de qué…?
Mendes extrajo del bolsillo de la americana un pequeño bloc de notas y empezó a consultarlo, tratando de seguir el guión lo más sosegadamente posible.
—¿Recuerdas al pistolero John Dillinger?
—Claro, era casi tan famoso como Billy el Niño.
—Pues en mayo de 1934 tuvo que esconderse. Pero Dillinger no era hombre que aguantase mucho tiempo metido en una madriguera. Sentía unas ganas irresistibles de tomar copas e ir al cine. Por eso decidió cambiar completamente de aspecto para poder salir del escondite. Pero sabía muy bien que, por mucho que modificase su apariencia física, las huellas dactilares lo delatarían en la comisaría de cualquier estado.
—¿Qué pasó entonces?
—Un abogado sin escrúpulos, Louis Piquett, facilitó a Dillinger la dirección de dos cirujanos a cambio de cinco mil dólares. Eran el doctor Wilhelm Loeser, alemán de nacimiento, y el doctor Harold Cassedy. El 27 de mayo operaron a Dillinger en un escondrijo que puso a su disposición, por cuarenta dólares diarios, un antiguo contrabandista de alcohol llamado Probasco. Dillinger estuvo a punto de morir a causa de la anestesia. Las transformaciones efectuadas por los médicos en su rostro le produjeron tal desengaño que, ciego de ira, los amenazó con la metralleta.
—Y ahora dime tú: ¿qué tiene que ver Dillinger con Almeida?
—Aguarda solo un momento. El doctor Loeser decidió tratar las líneas dactilares de Dillinger con ácidos corrosivos, hasta hacerlas desaparecer por completo. Se trataba de un método nuevo…
—Que fracasó… —conjeturó el jefe.
—Solo de momento. El 22 de julio de 1934, cuando los agentes del FBI localizaron a Dillinger frente al cine Biograph de Chicago y acabaron con él, las líneas dactilares eran perfectamente visibles. Una vez más se demostraba que no había medio de hacerlas desaparecer.
—¿Entonces…?
—A partir de ahora lo entenderás todo.
—Vaya, Mendes, pensaba que yo era un poco más espabilado. Pero continúa…
—En octubre del mismo año, un agente de la policía de Chicago encontró el cadáver de Gus Winkler, reclamado por asesinato, asaltos a bancos y a correos. No era difícil averiguar cómo había muerto: un rival había disparado más rápido que él. Las huellas dactilares de Winkler se enviaron a la Oficina de Identificación.
—Donde comprobaron que tampoco tenías huellas… ¿o tal vez sí?
—No exactamente. Los dedos del cadáver de Winkler daban unos dactilogramas perfectos, pero la fórmula correspondiente no condujo a los funcionarios hasta la ficha con sus antecedentes penales conservada en el archivo.
—O sea, que sus huellas habían cambiado.
—Exacto. El dedo medio de la mano izquierda daba un dactilograma distinto del de la ficha. Winkler era muy conocido y no podía tratarse de otra persona. La alarma cundió enseguida en Washington. ¿Había acaso un método para cambiar las huellas digitales y poner en entredicho todo el sistema, tan concienzudamente elaborado?
—¿Lo había? —preguntó Arcones, intrigado.
—Esta vez —prosiguió Mendes, más calmado— las investigaciones de los médicos fueron más arduas y lentas. Un funcionario del Servicio de Identificación dio con la verdadera pista: la huella del dedo corazón de la mano izquierda tenía en la ficha dos deltas, mientras que la huella correspondiente al cadáver presentaba una pequeña cicatriz en el pulgar donde debía hallarse uno de los triángulos.
—¿Significaba eso que, si Winkler no hubiese sido un tipo tan conocido, la policía habría pensado que se trataba de dos hombres distintos ateniéndose únicamente a las huellas?
—En efecto. El médico que había tratado a Winkler se limitó a cambiar una pequeña parte de las líneas dactilares sembrando un desconcierto mayor que otros doctores que habían cauterizado o incluso suprimido la epidermis.
—Bastaba entonces con alterar levemente las yemas de los dedos para engañar a la policía.
—No tan rápido, Arcones. Todavía el cirujano Howart L. Uppdegraff, del Lebanon-Hospital de Hollywood, debió elaborar un extenso trabajo de experimentación. El resultado fue desalentador para los delincuentes, pues incluso el método usado con Winkler tenía un efecto transitorio, y las líneas dactilares se regeneraban.
—Entonces ¿era imposible cambiarlas de modo permanente?
—La única posibilidad de conseguirlo era mediante un trasplante de piel, sobre todo si esta procedía de las palmas de las manos. La piel de otra persona no servía. El trasplante y la curación duraban alrededor de cuatro semanas y resultaban relativamente indoloros. Pero, aun así, el método tenía fallos.
—¿Qué fallos?
—Arcones, debo pedirte disculpas —dijo Mendes de repente, llevándose una mano a su rostro redondo, preso en una barba canosa y rizada.
—No te entiendo…
—Ayer, al tomar las huellas de Almeida, me comporté como un verdadero novato.
—Pero si eres el mejor experto que tenemos.
—Verás, cometí el error de no hacer girar bien los dedos de Almeida sobre el papel. De haberlo hecho, habrían sido perfectamente visibles las cicatrices en los bordes de las yemas y las rupturas de las líneas dactilares, siempre y cuando, claro, Almeida se hubiese sometido a un trasplante de piel.
—¿Acaso sospechas que haya podido hacerlo?
—Por eso mismo te he soltado este rollo.
—¿A qué esperamos entonces para hacer otra visita a ese truhán?
—Antes de eso, debes saber que las cicatrices en la parte del cuerpo de la que se ha quitado la piel nos suministrarán la prueba evidente de una intervención quirúrgica.
—Pues busquemos esas dichosas cicatrices…