1
El trineo se deslizaba hacia una luz apenas visible que aparecía en un montículo de nieve y daba la impresión de apagarse, para a continuación volver a asomar, titilando acogedoramente. La noche era serena y el frío, glacial. Los campos de nieve de Finlandia se extendían, sin una roca ni una colina, como un mar helado, hasta el horizonte, donde parecían ceder, inclinarse suavemente, como si ciñeran el contorno del globo terrestre.
Elena había abandonado San Petersburgo esa misma mañana. Apenas había empezado noviembre, pero allí era ya pleno invierno. No hacía viento, aunque un relente helado ascendía de la tierra y se lanzaba gozosamente al asalto del negro cielo, de las estrellas que, envueltas en su hálito, vacilaban como llamitas en la brisa. Su brillo se atenuaba; temblaban como espejos empañados por la respiración. Después, ese aliento helado remitía, y las estrellas despedían un fulgor mayor, que iluminaba la nieve débilmente con una especie de resplandor azulado que parecía muy cercano. Bastaba con extender la mano… Los caballos iban a alcanzarlo, y la mano podría tocarlo… Pero no; el trineo seguía avanzando, y la tenue luminiscencia retrocedía y seguía espejeando burlonamente.
El camino describía una curva. La luz del horizonte se intensificó. Los caballos agitaron las campanillas de sus colleras, que tintinearon más alegremente. Con la velocidad, Elena sintió que el aire le silbaba en los oídos; luego, el tiro volvió a aflojar la marcha, y el tintineo sonó otra vez suave y lento.
Elena iba sentada en la parte posterior del trineo, entre sus padres y enfrente de Max. Inclinándose en el asiento, abrió el chal que le cubría la cara e inspiró a grandes bocanadas, como si bebiera vino helado. Durante tres años no había respirado más que los miasmas de las aguas corrompidas de San Petersburgo; ahora se reencontraba con la voluptuosidad del aire puro que penetra libremente por las fosas nasales dilatadas, por la boca abierta, hasta las entrañas, se diría que hasta el corazón, que así late con más fuerza y salud.
Karol extendió la mano y señaló la luz más cercana.
—¿Será el hotel?
Un terrón de nieve salió despedido al paso de los caballos, y Elena percibió el olor a abeto, hielo, espacios abiertos y viento que parece el hálito mismo del Norte y que nunca se olvida.
«Qué bien se está… aquí», pensó.
El hotel seguía acercándose. Ahora podían verlo. Era una simple casa de madera de dos pisos. Un portón cubierto de nieve se abrió con un chirrido.
—¡Bueno, ya hemos llegado! —anunció Karol—. Voy a tomarme una copa de vodka, y me marcho de nuevo.
—¿Cómo? ¿Regresas esta misma noche? —exclamó Bella con un estremecimiento de alegría.
—Sí. No queda más remedio. Entretenerse sería peligroso… Pueden cerrar la frontera en cualquier momento…
—¡Oh! ¿Qué va a ser de nosotros? —gimió Bella.
Su marido se inclinó hacia ella y la besó. Pero Elena no les prestaba atención. Ya había saltado a tierra y pateaba regocijada aquel suelo duro y reluciente como un diamante. Respiraba el aire puro y gélido, el aliento de la noche invernal. A través de una ventana se veía un alegre y reluciente fuego; en el campo desierto resonó un vals.
Sintió enseguida una serenidad, una paz tan profunda como no había conocido en su corta vida. Y luego, igual que el bienestar que sigue de cerca a la ingestión de un tónico, la embriagó una alegría infantil, una especie de jubiloso fervor. Entró a la carrera en la casa. Sus padres habían encontrado a unos amigos y charlaban con ellos en el umbral. Sus palabras le llegaban confusamente por la puerta abierta:
—La revolución… Los rojos… Esto durará al menos todo el invierno…
—Aquí todo está tranquilo…
—Los comunistas de esta parte son corderos, borreguitos —proclamó una estruendosa voz de hombre—. Que Dios los proteja… Y tenemos mantequilla, harina, huevos…
—Nada de harina. No exageremos —puntualizó una mujer—. Yo, si me dijeran que en el Paraíso hay harina, no me lo creería.
Elena los oyó reír. Entró en el vestíbulo en el que más tarde tantas veces se detendría para quitarse los patines. Por la puerta abierta se veía el comedor, una especie de refectorio con una gran mesa preparada para veinte personas. Los suelos, las paredes y los muebles eran de la misma madera dorada, pegajosa y brillante, que aún desprendía el delicioso aroma a abeto recién talado, cuya savia escapa por un profundo corte en el corazón del tronco. Pero lo que más la sorprendió fue la alegre algarabía que reinaba en la casa. Oyó gritos infantiles, voces jóvenes, cuyo sonido había olvidado. Niños en grupos, en tropel, regresaban con el trineo a la espalda y los patines colgados de una correa alrededor del cuello, las mejillas enrojecidas por el frío nocturno y el cabello salpicado de nieve. A ésos les lanzó una mirada desdeñosa, pues era mucho mayor que ellos; tenía quince años. Meneó la cabeza suspirando, como una vieja. Esa edad con que soñaba en Niza, cuando era pequeña y mademoiselle Rose vivía, había llegado tan pronto, en una época tan triste… Notó que el sufrimiento le oprimía el corazón. Dio unos pasos, abrió una puerta y descubrió un mísero saloncito donde bailaban unas chicas que la miraron fríamente. Volvió al vestíbulo, donde jugaban dos niños pequeños y rubios de redondas y sonrosadas mejillas.
En el umbral apareció un joven con los hombros llenos de nieve. Los niños gritaron «¡Papá!» y corrieron hacia él, que los cogió en brazos. Una mujer muy guapa, con el negro pelo peinado con raya al medio y una cara plácida y sonriente, abrió una puerta y, en un tono cariñosamente burlón, le dijo al joven:
—¡Dios mío, Fred! ¡Mira cómo te has puesto! Pero ¡deja a los niños, que los vas a llenar de nieve!
El hombre se sacudió el abrigo y mientras se quitaba el gorro de piel reparó en Elena y le sonrió. Luego subió hasta donde estaba su mujer, que lo cogió del brazo. Una criada fue a buscar a los niños, que se agarraron a la falda de su madre, amplia, de tafetán negro y que emitía un suave frufrú. Ella se agachó para besarlos. Elena vio que llevaba largos pendientes de oro acabados en sendas perlas, que relucían sobre su oscuro cabello, y las delicadas manos desnudas. El vestido tenía un cuello de linón plisado. Al sentir la mirada de la joven Karol posada en ella, también le sonrió. Luego, su marido abrió una puerta y desaparecieron; Elena oyó el frufrú del vestido. El piano volvió a sonar y la mujer empezó a cantar con una voz cálida y dulce una romanza francesa. Elena la escuchaba sin moverse, sumida en una feliz ensoñación. Apenas oyó que su padre, que estaba a punto de marcharse, la llamaba. Corrió hacia él. Boris Karol la besó con envarada y recelosa ternura, el único sentimiento que se dignaba mostrarle; luego se sentó en el trineo que los había llevado allí y que esperaba ante la escalinata, y se alejó.
Elena salió hacia el jardín a la carrera. Lo recorrió sin orden, jadeando, aspirando el olor de la nieve. Iluminado por la lámpara de la escalera, el blanco camino helado que se extendía a sus pies relucía débilmente. Qué alegría, correr así… Sus piernas, tan formadas ya como las de una mujer, no habían perdido agilidad. Sonó la campanilla de la cena. Sintió una satisfacción extraordinaria por el simple hecho de aquella tranquilizadora regularidad, de aquella deliciosa rutina. El humilde piano lanzaba con fuerza a la solemne noche los acordes de la romanza, y la cálida voz se elevaba sin aparente esfuerzo, como el canto del pájaro, como una flecha, hacia el cielo helado.
Un perro grande de pelaje pajizo surgió de la oscuridad, se le acercó y apoyó el húmedo hocico en la palma de su mano. La joven lo rodeó con los brazos y le dio un beso. Le llegaba el olor del caldo caliente y los dulces de fécula de patata, que en esa época sustituía a la harina.
«Tengo hambre», se dijo, y volvió corriendo a la casa. Eso también era nuevo para ella, porque ya no se trataba de la lancinante y odiosa necesidad de comer que a veces sentía en San Petersburgo, cuando la comida, aunque aún no faltaba realmente, escaseaba. Rodeó la casa, se acercó a la cocina, vio el horno al rojo, la lámpara encendida, una mujer con delantal blanco iluminada por el fuego… ¡Qué tranquilidad! Volvió a pensar en mademoiselle Rose, pero el recuerdo, pese a ser tan reciente, ya había perdido intensidad… Debido sin duda a su trágico horror, se transformaba en su memoria en una especie de poético y lúgubre sueño… Sin poder remediarlo, se notaba despreocupada, fría, ligera, aliviada. Se avergonzó, pero pensó: «Ahora nada que venga de ellos podrá hacerme daño, porque la pobre mademoiselle ya no está aquí».
Hundiendo los pies con placer en la densa y dura nieve, que crujía a su paso, volvió frente a las ventanas del saloncito, iluminado por una lámpara cubierta con un trapo rojo. Ahora la mujer de negro que había gritado «¡Fred!» estaba tocando quedamente una melodía de vals. Su joven marido se inclinó hacia ella y la besó en el hombro. Un sentimiento de extraña poesía, de dulce exaltación, embargó a Elena.
Bajó de un salto del montón de nieve al que se había subido, y la pareja vio su rauda silueta antes de que desapareciera en la oscuridad. La mujer se volvió y sonrió, mientras el joven la amenazaba con el dedo, también sonriendo. Elena huyó con el corazón palpitándole alegremente, riendo por lo bajo sin motivo, por el gusto de oír en la noche el sonido olvidado de una risa.