Capítulo 24

DURANTE el viaje siguieron hablando de la boda, Alex estaba muy ansioso y quería ir a ver hoteles cuanto antes para poder fijar la fecha. Al cruzar el túnel de Quenns Mindtown, decidieron pasar antes por el Belaire, para que Paula pudiera recoger su ropa y su Mac. Cuando llegaron frente al edificio de apartamentos donde él residía, ella exclamó:

—¡Alex nunca imaginé que vivieras en este barrio! Me parece un lugar tan misterioso...

—Misterioso, ¿por qué?

—Porque detrás de estas fachadas antiguas se esconde un lujo inimaginable.

—Es la parte más bohemia de Nueva York, un lugar muy tranquilo. Espero que te guste mi casa y que te sientas cómoda.

—No podría no gustarme, Alex, quiero estar dondequiera que estés.

Alex y Paula se adelantaron y Heller se quedó descargando el equipaje de ambos, que luego subió hasta el vestíbulo del apartamento, en el cuarto piso.

—Señor, ¿lo vengo a buscar mañana para ir a la oficina?

—No, Heller, encargate sólo de traerme el coche.

—Muy bien, señor, que tengan buenas noches y permítanme felicitarlos por el compromiso. Les deseo muchas felicidades.

—Gracias, Heller, sé que tus palabras son sinceras.

El chófer le estiró la mano y Alex lo sorprendió dándole un abrazo. Después cerró la puerta y se quedaron en la intimidad. Por fin la tenía donde deseaba, toda para él, sin tener que compartirla con nadie.

Paula ya había entrado y escrutaba todo con interés.

El apartamento se alzaba sobre una de las calles más hermosas del SoHo neoyorquino; su interior combinaba madera y diferentes texturas en los acabados, era un piso adecuado a los estándares de vida de los más exigentes. Paula se detuvo frente a la biblioteca que se utilizaba como despacho y abrió la puerta vidriada de doble hoja para entrar.

Abstraída, deslizó su mano por los sillones de cuero de ese despacho, que tenía dos mesas con sendos ordenadores. La pared frontal estaba revestida por una estantería repleta de libros. Se acercó a revisar los títulos y pasó su dedo por su lomo; había algunos clásicos de la literatura, pero en su mayoría eran ensayos de finanzas y gestión empresarial. Luego, se fijó en las fotografías que descansaban sobre la repisa de la pared lateral: eran todas familiares, ninguna de Janice. «¿Las habrá quitado previendo que yo venía?», no pudo evitar pensar, pero intentó no seguir por ese rumbo. Alex se aproximó con sigilo por detrás, la abrazó y le dio un beso en el cuello.

—Tu apartamento es muy funcional, veo que tenés montada una oficina.

—Sí, mi amor, desde acá puedo gestionar todo lo de la empresa. Uno de los ordenadores es una terminal de Mindland y el otro es personal. Vení, quiero terminar de mostrártelo —le dijo y la llevó a recorrer las otras estancias.

Primero entraron en un dormitorio que contaba con un baño con vistas y acabados suntuosos; luego la llevó a otro de menor tamaño, que recordaba al interior de un yate de lujo; por último, llegaron al dormitorio principal, en el que había un baño y un vestidor con detalles en madera. El baño mezclaba mármol y piedra con armonía; tenía una ducha con mampara vidriada y una bañera empotrada en carpintería de nogal.

Paula halagó cada uno de los espacios en los que entró y es que realmente estaban diseñados y ambientados con un gusto exquisito y todas las comodidades imaginables.

—¿Nos damos una ducha? —la tentó él.

—¿Sólo una ducha?

Alex la tenía abrazada, echó la cabeza hacia atrás y sonrió.

—¿Se te ocurre alguna otra cosa que podamos hacer en el agua?

—Se me ocurren muchas cosas, pero estoy segura de que vos podés imaginar muchas más.

Alex la recorrió con una mirada oscura, el iris de sus ojos se había ennegrecido, se habían despertado sus instintos más primitivos y ambicionaba poseerla, con lujuria y desesperación. Paula era suya, siempre la había sentido así, aun en los días en que se obligaba a olvidarla. Se apoderó de sus labios y la aprisionó contra su pecho. Su beso era imperioso, exigente y le reclamaba una entrega completa. Él, a su lado, se consideraba íntegro y viril, y, sin embargo, se desintegraba, porque ella se apoderaba de toda su razón.

Como un manso corderito, Paula sucumbió a sus besos húmedos, mullidos y experimentados. Eran el elixir perfecto que quería beber sin parar. Cuando él se acercaba, su cuerpo se estremecía al más simple roce y su deseo se ponía a flor de piel. Alex la hacía sentir mujer, deseada, viva, pero, por encima de todo, a su lado se sentía amada y protegida.

Se desprendió el cinturón que llevaba sobre el jersey y lo dejó caer, luego levantó los brazos para que Alex le quitara dicho jersey. Él la ayudó diligente y se dispuso a admirar la protuberancia y la sinuosidad de sus perfectos senos, se aferró a ellos mientras mordisqueaba sus hombros y apartaba los tirantes del sostén.

Con sus manos ansiosas, Paula tomó el elástico del jersey de Alex y él levantó sus brazos para que ella se lo quitara. No resistió la tentación y le acarició el vello, acercó sus labios y depositó besos delicados en su torso. Alex tenía los ojos cerrados y estaba entregado a sus caricias, expuesto, sosegado, confiado. Subió con sus besos hacia el cuello y se aferró a él, para mordisquearle el lóbulo de la oreja. Enredó sus dedos en la nuca y le acarició esa zona que a él tanto lo enloquecía y que le hacía perder el control. Alex dejó escapar un gemido: Paula lo desarticulaba.

Intentando retomar el mando y el equilibrio, él abrió los ojos y le soltó los botones del pantalón, para deslizarlo por sus caderas. Ella se movió un poco para ayudarlo y se sentó en la cama para que la ayudara con las botas. Paula decidió también poner las manos en su cintura y desabrocharle el pantalón, metió su mano en la abertura y le acarició el pene por encima de la tela del calzoncillo. Estaba preparado para ella, sólido para fundirse con su cuerpo, y ella se sentía húmeda y lista para su invasión.

Alex se agachó y se deshizo de sus zapatillas y sus calcetines y terminó de quitarse el pantalón, entonces la tomó de una mano y volvió a ponerla en pie. Rodeó su cintura con su brazo izquierdo y la sujetó contra él, le despejó la cara y se apoderó de nuevo de sus labios. Paula entera era una droga para él.

Bajó sus manos hasta su trasero, lo estrujó entre sus dedos y le habló sobre los labios, que besaba y mordisqueaba con frenesí.

—Sos mía, Paula. Te necesito como al aire para respirar. Quiero poseerte toda, íntegra, quiero que tu cuerpo me pertenezca por completo.

—Es tuyo, todo para vos, mi amor, podés hacer con él lo que quieras, porque te pertenece.

Le quitó el sostén y le deslizó el tanga por los muslos. Después la tomó de una mano y la llevó hacia la ducha y abrió el grifo hasta que el agua estuvo templada. Luego se quitó la ropa interior y dejó libre su maravillosa erección. Se metió bajo el chorro y la invitó a entrar en el cubículo, cerró la mampara y la abrazó con fuerza mientras el agua caía sobre ellos.

Paula le aferró el rostro con las manos y se apropió de sus labios, los mordió con impaciencia, estaba muy excitada y eso fue suficiente para desatar los más bajos instintos de Alex. La arrinconó contra la pared cogiéndole los brazos, se los sostuvo sobre su cabeza y ella arqueó su torso exponiendo sus pechos para que él los mordisqueara. Mientras la sostenía con una mano, Alex le atrapó los glúteos con la otra y se los estrujó con tanto desasosiego que sus dedos se pusieron blancos. Se apartó por un momento y la miró a distancia, entonces; soltó sus muñecas y llevó su mano a la vagina, le hundió un dedo y Paula dejó escapar un chillido mientras se retorcía contra su caricia. Él la penetró con su dedo, en busca del famoso punto G.

—¿Te gusta, Paula, te gusta que te toque así?

—Sí, mi amor, seguí por favor.

Metió otro dedo dentro, ella levantaba la pierna a la altura de la cadera de él para abrir más su entrada y se movía para encontrar con fuerza sus dedos cuando entraban y salían. Él los retiró y se los metió en la boca para que los chupara; acto seguido metió su lengua junto a los dedos y ambos saborearon los fluidos.

La dio la vuelta, la hizo ponerse en pie con las piernas abiertas y se agachó para pasarle la lengua por la entrada del ano; luego, como había hecho la noche anterior, metió un dedo, pero esta vez optó por el dedo corazón.

—Relajate, Paula, dame entrada, no te contraigas.

Obedientemente, ella intentó serenarse ante la intrusión y cuando él lo tuvo todo dentro de su orificio, comenzó a moverlo despacio.

—¿Te duele? —le preguntó él con voz oscura.

—No —contestó ella y su respiración se escuchaba entrecortada. —Bien, vamos a probar con otro más, relajate como hiciste recién. Alex metió primero sus dedos en su sexo para que se mojaran con su fluido vaginal, y después los introdujo en su ano con cuidado.

Los dejó dentro para que ella se acostumbrara y, tras un instante, los empezó a mover pausadamente.

—¿Duele ahora? —Él no quería hacerle daño, sino que deseaba que ella disfrutara tanto como él.

—No, mi amor, seguí, yo te aviso si me duele.

Paula volvió la cabeza y Alex la besó. Volvió a situarse atrás y con su mano libre dirigió su pene a la vagina, mientras sus dedos seguían en el recto.

Se movió unas cuantas veces y cuando ella empezó a encontrarlo con sus movimientos, él paró. Sacó su sexo y sus dedos de su interior y metió la punta del glande en su culo. Al principio, Paula se tensó, por lo que él esperó a que se acostumbrara.

—Tranquila, si te duele paramos, relajate, no te contraigas, no voy a hacerte daño, sólo quiero que ambos disfrutemos. Te amo demasiado para lastimarte.

Sus palabras al oído le daban confianza y la convencían de entregarse a él de todas las formas que quisiera.

Respiró hondo y se relajó, entonces él entró un poco más probando su resistencia. Sacó el pene, lo lubricó y volvió a meterlo en el ano, pero esta vez un poco más y, cuando ya estuvo casi todo dentro, comenzó a moverse dulcemente.

Ella gemía y temblaba entre sus brazos y, aunque él quería perder los estribos y enterrarse en ella por completo, se contenía y se movía despacio para no hacerle daño; como le había prometido, quería amarla, quería adorarla... Pero entonces ella lo sorprendió:

—Movete, Alex, movete, por favor, no me duele.

Alex probó a contonearse un poco más fuerte y ella se inclinó un poco más y abrió sus piernas para darle más paso. En ese punto ya estaban perdidos los dos.

—Nena, sos exquisita, tu culo está tan apretado, me estás volviendo loco y es que... lo deseaba tanto.

—Me gusta, Alex, creo que voy a acabar, no aguanto más.

—Sí, nena, terminemos juntos.

Alex se olvidó de que era la primera vez y perdió de vista el norte, la embistió varias veces más y soltó todo su esperma dentro de ella. Absorto, emitió un clamor ronco; Paula, por su parte, aullaba, desordenada, nunca había chillado de esa forma cuando tenía un orgasmo.

Quedó extenuada. Él salió de su cuerpo con cuidado y sintió que le temblaban las piernas. Paula notaba, asimismo, que las fuerzas le fallaban.

A continuación él la rodeó con sus brazos, la recostó sobre su pecho y la guió junto a él bajo el chorro de agua mientras le besaba el cuello.

—¿Estás bien, mi amor? —Ella sólo asintió con la cabeza—. Te amo, Paula.

—Yo también, mi vida.

Alexander tomó el bote de champú, puso un poco en su palma y comenzó a lavarle la cabeza con cariño; luego se la enjuagó. Después cogió el gel, la enjabonó de arriba abajo y le masajeó los hombros. Paula estaba entregada, se sentía exhausta. Él la lavó y luego se dispuso a ponerle el acondicionador en sus largos cabellos, pero entonces recuperó el aliento y le dijo:

—Yo lo hago, duchate vos. —Le dio un beso en los labios y le quitó el bote de la mano. Alex le sonrió deslumbrante y le devolvió el beso.

Terminaron de asearse y él salió primero, se envolvieron en sendas toallas y él la secó mientras le daba tiernos besos en la frente; luego le alcanzó una de sus batas, que le quedaba enorme.

—Los bolsos quedaron en la entrada, ¿verdad?

—Sí, mi amor.

Fue hasta el vestíbulo para buscar sus pertenencias y, cuando regresó a la habitación, Alex también se había puesto una bata.

Paula abrió su bolsa y rebuscó en él un tarro de crema con aroma a lavanda, manzanilla y almendra, para hidratarse el cuerpo. Alex descubrió entonces el olor tan característico que ella tenía siempre en su piel y que la identificaba. Cogió el envase y leyó la inscripción.

—Hay que comprar muchos de éstos, quiero que siempre huelas así.

—No te preocupes, estoy segura de que acá también se consigue —le contestó, riendo desde la cama, donde estaba untándosela.

Entonces Alex la tumbó y se echó encima de ella y la besó, su cuerpo era insaciable y su boca, ambiciosa. Paula tenía la bata abierta y él no pudo resistir la tentación de acariciar sus pechos; estaba nuevamente erecto, sólido como el cemento. Bajó su mano, acarició su vulva y comprobó la humedad de su vagina, ella también estaba preparada.

—No puedo parar, Paula, te deseo otra vez.

—No pares, yo también te deseo.

Mientras devoraba su boca, le acariciaba el hueco de los labios de su vagina, alrededor del capuchón, luego destinó su pulgar a rodearle el clítoris de manera muy sutil, con leves toquecitos, como si se tratase de una pompa de jabón. Paula se arqueaba entre sus manos, había levantado sus piernas y exponía su vagina a las caricias. Alex tomó su clítoris entre sus dedos pulgar e índice, como si tocara el pétalo de una flor y empezó a darle tenues pellizcos. Ella le suplicaba «más rápido», «más suave», pero él mantenía el ritmo pues sabía que era el adecuado, pues Paula se retorcía entre sus manos. Mientras él seguía con los pellizcos introdujo su dedo medio en la vagina y lo movió en círculos. Ella comenzó a contraerse y a convulsionarse, emitiendo pequeños grititos que Alex ahogaba con sus besos. Una rigidez que él conocía muy bien comenzó a notarse en sus extremidades y, en aquel momento, él observó su rostro con atención porque no quería perderse ninguna sensación. Paula retorció la bata con los dedos y su temperatura corporal aumentó en el momento del orgasmo. Arqueó su espalda e irguió el cuello, mientras experimentaba una serie de contracciones musculares involuntarias y muy intensas en la vagina, en el útero y en el recto.

—Me encanta verte perdida en mis manos.

Ella asintió con la cabeza, le faltaba la respiración.

Sin más espera, Alex se subió en ella y enterró su pene en su vagina.

Comenzó a moverse cruelmente, cambiaba el ritmo y se movía lento y profundo, luego reanudaba los movimientos rápidos de su pelvis y, cuando volvió a advertir todos los síntomas en el cuerpo de Paula, su respiración, pulso y presión arterial llegaron también a una aceleración máxima. Estaba en su punto más alto y se dejó ir, perdiéndose en un mundo de placer, mientras su esperma brotaba como un torrente bañando las paredes de la vagina de Paula. Cayó sobre ella extenuado y así se quedaron durante un rato, en silencio y abrazados. La humedad de las lágrimas de la joven empezaron a mojar su mejilla.

—¿Por qué lloras, mi amor?

—De placer, Alex, me saltaron la lágrimas de tanto placer, nunca en mi vida me había sentido como hoy —le explicó ella asombrada.

—¿Fue mejor que en la ducha? —le preguntó él interesado.

—Fue diferente, mi amor, pero hermoso las dos veces.

—Quiero darte todo el placer que puedas imaginar, Paula; quiero ser yo y solamente yo el que te lleve a esos lugares que tu cuerpo no conocía. Descubriremos nuevas sensaciones juntos. —Le apartó el pelo de la cara mientras le hablaba—. Un día de éstos voy a morir entre tus brazos, a veces siento que el corazón me deja de latir, no sos consciente de lo que me hacés sentir.

—¿Tanto placer te doy?

—No lo dudes nunca, tu cuerpo me hace estremecer de formas que nunca antes experimenté.

—No creo hacer nada realmente extraordinario —reconoció ella un poco incrédula.

—Nena, sos una serpiente en la cama, te movés de una manera que me hace perder el control, como si fuera un adolescente inexperto. —Ambos se carcajearon—. Te amo mucho, mucho, mucho, mucho, mucho... —le repitió él mientras le besaba los labios.

—Yo más, yo más, yo más, yo más, yo más... —le contestó ella entre beso y beso.