Capítulo 21

LE costó dormirse, la angustia de saber que quizá había perdido a Alex la asfixiaba, pero a diferencia de cómo se había sentido días atrás, en esos momentos no lloraba, sólo pensaba y repensaba posibles soluciones. ¿Bastaría con echarse en sus brazos y rogarle perdón? Pensó en suplicarle y humillarse de todas las formas posibles, no le importaba, sólo quería recuperarlo, sólo quería volver a sentir su olor y embriagarse con él.

El martes por la tarde, Paula se quedó sola en el apartamento. Bárbara había ido con una amiga a encargar las flores para el sábado y ella estaba aburrida hasta el hastío porque no estaba acostumbrada a estar sin hacer nada. Ni siquiera Ofelia estaba ahí para conversar un rato, porque estaba mirando la televisión en el cuarto de planchado. Así que aprovechó y se escurrió en la habitación que había sido de Alex cuando vivía allí. Se metió en el vestidor y, como una adicta, olió su ropa. ¡Cuánto deseaba que las cosas se arreglasen entre ellos! En el armario, había un frasco de Christian Clive N.º 1 que Paula destapó para aspirarlo profundamente y llenar sus fosas nasales con ese olor que la extasiaba. Siguió recorriendo la habitación y, en una de las mesillas de noche, vio una foto de Alex con una mujer en brazos. Al instante supo que se trataba de Janice, él la besaba en la mejilla y ella lucía frágil, ojerosa, cansada y extremamente delgada. Llevaba un pañuelo en la cabeza, para ocultar la calvicie producto de la quimioterapia, pero se veía bonita, de tez blanca y ojos marrones, una belleza bastante común, nada extraordinaria. Por fin, Janice tenía rostro.

No sintió celos, por el contrario, le produjo una enorme pena. Esa mujer pertenecía a su pasado y eso no podía borrarse. No quería sentirse angustiada, sólo deseaba que Alex volviese para empezar a reconquistarlo.

Salió de la habitación, se abrigó y decidió irse a buscar un regalo de cumpleaños para Bárbara, pero antes de irse avisó al ama de llaves.

Ya en la calle, comprobó que el día era muy frío. Se puso los auriculares para escuchar música mientras caminaba y se fue a buscar el metro.

«¿Qué comprarle a una mujer que lo tiene todo?», pensaba mientras caminaba por la Quinta Avenida.

Finalmente, decidió entrar en Gucci otra vez. El vendedor que había atendido a Alex el día en que habían estado allí juntos la reconoció de inmediato y se acercó muy cordialmente para ofrecerle su ayuda. Tenía una tonadilla italiana y mezclaba bastante los idiomas.

—Buon pomeriggio, es un placer tenerla por aquí nuevamente, señorita. Usted es la fidanzata del señor Masslow, ¿verdad?

A Paula le encantó que la confundieran con la novia de Alex y no se molestó en sacarlo de su error, sólo le devolvió el saludo.

—Buenas tardes, seguramente usted podrá serme de gran ayuda.

—A la orden, signorina, llámeme Ettore.

Paula le explicó que estaba buscando un regalo para una persona que lo tenía todo. Como sabía que no conseguiría que fuera algo realmente especial, esperaba, al menos, encontrar algo de muy buen gusto.

—Disculpe, espero no parecerle atrevido, estoy intentando entender quién recibirá el obsequio, ¿es tal vez para el señor Alexander?

—No, Ettore, es para su madre.

—Ah, en ese caso, vayamos al sector de damas, qui per favore.

Ettore la guió y allí le presentó a Tania, otra vendedora, que, según él, la sabría orientar muy bien, ya que era quien siempre atendía a la señora Masslow cuando iba de compras.

Paula se sintió aliviada por haber ido ahí. Tras elegir el regalo, salió del local satisfecha con su compra y decidió seguir mirando los escaparates de la avenida. Terminó en Saks, donde hizo compras para sus sobrinos, y también se permitió algún capricho para ella en Chanel y en Louis Vuitton. Al final, fue hacia el Rockefeller Center, donde sabía que estaba Michael Kors; su ropa le encantaba y en ese establecimiento, simplemente, hizo que su tarjeta echara humo.

Como iba muy cargada, decidió coger un taxi. Ir de compras la había distraído de su desazón, aunque todo lo que había adquirido tenía el único objetivo de agradar a Alex. El sábado parecía estar tan lejos que la ansiedad la desesperaba; sólo pensaba en volver a verlo.

Llegó al Belaire y, mientras subía en el ascensor, sonó su teléfono. Amanda le avisaba de que en un rato pasaría a buscarla.

—¡Hola, Bárbara! ¿Cómo te fue con las flores? —preguntó Paula al entrar al ático.

—Muy bien, el sábado a primera hora llevarán todo a Los Hamptons. Vas a ver qué arreglos tan hermosos elegimos, no quiero adelantarte nada para que te sorprendas. —Ambas sonrieron y Bárbara la abrazó con afecto; a ella le gustaba dejarse mimar, porque en esos días estaba muy sensible—. Veo que fuiste de compras.

Paula se apresuró a llevar los paquetes a su habitación. La mujer la seguía, pero antes de que entrara en el cuarto escondió el regalo en el vestidor y le mostró el resto.

Amanda no tardó en llegar y Paula bajó en seguida. El viaje fue corto; Chad, que ya había llegado del trabajo, estaba cocinando. Él todavía era empleado de Mindland, y tenía horario de oficina, puesto que, desde que se había casado con Amanda, había pasado de chófer a administrativo. Una vez hechas las presentaciones, Amanda acompañó a Paula a recorrer la propiedad y le explicó que la habían comprado amueblada, y que se había encargado de la decoración un famoso diseñador de interiores. Durante la cena, la pareja le contó cómo se habían conocido. Habían salido a escondidas durante cuatro meses, porque él temía que todos se opusiesen a su relación. Quien más reticencias tuvo al enterarse fue Joseph, pero no por la posición económica de Chad, sino porque no podía asumir que Amanda se hubiera enamorado. También le contaron que Alex había mediado mucho entre ellos; su condición de mellizos hacía que siempre se apoyaran en todo.

Paula se sentía muy a gusto; Chad, que era muy ocurrente, le había caído muy bien. Según Amanda, su buen humor era lo que más la había enamorado, pero ese hombre, además de ser muy agradable, esa noche había demostrado ser un estupendo cocinero. Conversaron con fluidez y Amanda le habló también de la clínica de fertilidad y biogenética que dirigía con su hermano Edward, el único del clan Masslow que le quedaba por conocer. De los cuatro hermanos, él era el más serio y formal, aunque ésta destacó que trabajar a su lado era muy fácil y agradable.

En cuanto a la clínica, Paula se interesó en saber qué era lo que se hacía allí exactamente. La joven Masslow le contó entonces que, además de brindar a sus pacientes tratamientos para la infertilidad y métodos de fertilización asistida, también contaban con programas de donación de ovocitos, cigotos y embriones. Asimismo ofrecían a sus pacientes la posibilidad de elegir el sexo de su bebé y que cada vez era más común que las parejas utilizaran ese servicio, ya fuera porque tenían alguna enfermedad genética o porque no querían arriesgarse, por ejemplo, a tener un tercer hijo del mismo sexo. En ese caso, se practicaba una fecundación in vitro que garantizaba que los padres tendrían un hijo del sexo deseado.

Paula estaba fascinada con la vehemencia de Amanda al explicar su trabajo, se notaba que amaba su clínica y que se sentía orgullosa de la labor que hacían. Ahondando en esa confianza que había nacido entre ambas, le contó que sus sobrinos habían nacido por fertilización asistida, ya que su cuñada no lograba quedarse embarazada.

—Son los mellizos más bellos de la Tierra —aseveró Amanda, mostrándose como la tía más orgullosa—, ya los conocerás. Están llenos de salud y fueron una gran bendición para nuestra familia.

Paula estaba muy a gusto, la neoyorquina le infundía simpatía y podía sentir que le profesaba cierto aprecio. Chad se fue a ver la televisión y las dejó solas.

—La primera vez que Alex me habló de vos —le contó— me dijo que nosotras dos podríamos llevarnos muy bien, porque teníamos muchas cosas en común, entre ellas la afición por los zapatos y los bolsos. —Ambas sonrieron.

—Anoche me llamó —confesó Amanda, y la miró para estudiar su reacción.

—¿Y qué te dijo? —preguntó un tanto recelosa: temía escuchar que en Italia había conocido a alguien.

—Se había enterado de que ya no estabas en el hotel y de que mamá y yo te habíamos acompañado al Belaire.

—Tu papá le habrá contado, quizá, porque ayer llamó mientras estábamos cenando.

—Es posible —mintió Amanda, porque no estaba dispuesta a decirle que su hermano la vigilaba.

—Aunque no me extrañaría que me hubiera hecho seguir —continuó Paula—, porque dejó a Heller acá. No hay que ser demasiado inteligente para darse cuenta de que él es su soplón. En Buenos Aires, lo hacía.

Amanda enmudeció y consideró que su nueva amiga era muy sagaz.

—¿Y no te molestaba que actuara así? —le preguntó asombrada por la naturalidad con que aceptaba ese acoso.

—¿Cómo evitarlo? —Paula se encogió de hombros—. Pero me angustia pensar que el viernes por la noche salí con un amigo y seguro que él se enteró y se puso furioso. Alex siempre sabe todo lo que ocurre. ¡Además es tan celoso...! En Buenos Aires, a menudo se enojaba por la ropa que usaba, por el trato con mis amigos, por la confianza con mis compañeros de trabajo.

—¿De verdad? ¡Vaya! ¡Eso sí que es una novedad! —exclamó Amanda y se tapó la boca al darse cuenta de que había pensado en voz alta—. Por favor, Paula, no le expliques nada de lo que te digo.

—No te preocupes, lo más probable es que no quiera ni verme después de lo del viernes pasado.

—No seas tonta, no pienses así. Debo decirte que nunca tuvo celos de nadie que se acercara a Janice; a ella le hubiese encantado que ocurriera, pero no era así.

—¿En serio? —Amanda asintió con la cabeza—. ¿Te llevabas bien con ella?

—La verdad es que ella no se llevaba bien con ninguno de nosotros; siempre creyó que no la queríamos.

—¿Por qué creía eso, acaso era cierto?

—No exactamente. ¡Con lo buenos que son mis padres...! Mis viejos ven a un gato moribundo en la calle y lo meten en su casa. Es un tema complicado y, si Alex nunca te habló de ella, no creo que esté bien que yo lo haga.

—Por favor, Amanda, iluminame, me siento tan insegura por todo. Ésta la abrazó y tras pensarlo unos instantes le dijo:

—Veamos, prometeme que Alex nunca va a enterarse de esta conversación.

—Te lo prometo, no tenés de qué preocuparte.

Amanda hizo una pausa.

—Alex y Janice se hicieron novios en bachillerato, mi hermano siempre fue muy lindo y las chicas revoloteaban a su alrededor. Si bien Janice era linda, nunca tuvo una belleza extrema y se sentía insegura. Al principio, yo no entendía qué le había visto Alex, pero la relación entre ellos fue avanzando hasta que él empezó a sentirse asfixiado y la abandonó. En realidad, no estaba enamorado y comenzó a salir con otras chicas. Era muy joven y hacía ya dos años que estaba con Janice pero nunca le fue infiel, de eso puedo darte fe. Sin embargo, ella insistió hasta la saciedad, lo persiguió hasta que volvieron y volvieron a ser novios durante siete años más. Pero salían un tiempo, se peleaban, entonces él aprovechaba para conocer a otras mujeres, a veces a varias a la vez, luego Janice se empeñaba en recuperarlo y él, hastiado de mujeres sin sentido en su vida, accedía y volvía con ella, pero ella no le hacía feliz, porque discutían sin parar. Cuando él se enteró de su enfermedad, estaban distanciados y reanudó la relación por compasión, aunque nunca quiso reconocerlo, y nos informó de que se iba a casar. Toda la familia se opuso, Paula, porque sabíamos que no la amaba, que sólo actuaba por piedad. ¡Pobre Janice! A mí no me podía ni ver, porque decía que yo cubría a Alex en sus correrías. Para colmo, ¡un día nos oyó discutiendo porque yo me oponía a su boda! Yo no quería que mi hermano fuera infeliz. Desde ese día, Janice no me habló nunca más.

»Alex y yo nos veíamos a escondidas, porque ella se oponía y, como estaba enferma, él no quería angustiarla. Finalmente, se casaron en el hospital y ella no dejó que yo fuera. Había empeorado de golpe y no pudo hacerse fiesta, ni ceremonia ni nada de lo que habían planeado. Estuvieron casados durante tres meses. Cuando ella murió, Alex se sintió la persona más culpable del mundo por no haberla hecho feliz durante los siete años que habían estado juntos. Yo opino que ella no fue feliz porque estaba obsesionada con mi hermano y, que Dios me perdone lo que voy a decir, creo que ella estaba fascinada por la posición económica y social que tenía al lado de Alex: Janice era muy materialista y no lo disimulaba.

»Pero su muerte cogió tan de improviso a mi hermano, que optó por cargar con toda la culpa. Además, sus suegros no tuvieron miramientos y le atribuyeron la infelicidad de su hija con tanta vehemencia que terminaron por convencerlo. Durante todo este tiempo lo hicieron sentir responsable de su muerte, aunque, por suerte, no pudieron persuadirlo de que Alex diera vida a los embriones que Janice había dejado congelados.

—¿Cómo? ¿Qué?

—Cuando se supo que Janice recibiría quimioterapia, Edward y yo les aconsejamos que guardaran embriones fecundados y también óvulos preservados para cuando ella se curase. De esa manera, podrían tener hijos propios. ¡Eran tan jóvenes...! No sé si lo sabés, pero someterse a quimio suele producir infertilidad.

—No lo sabía, desconocía el tema por completo —admitió Paula—, disculpá mi ignorancia.

—No te preocupes, muy pocos lo saben, no todos los oncólogos informan de ello. El caso es que ella nunca se curó y los suegros de mi hermano pretendían que él alquilara un vientre y les diera un nieto. Creo que fue ahí cuando él se dio cuenta de que nunca había querido tener hijos con ella y, entonces, le sobrevino otra vez la culpa. En la actualidad, sus suegros piensan interponer una demanda, porque quieren conseguir los óvulos para procrearlos con otro esperma, aduciendo que no pueden superar la muerte de su hija.

Amanda prefirió no contarle lo de los embriones.

—Pero Janice hubiese querido hijos con Alex, no con otro.

—Exacto, por eso él nunca cedió.

—Ahora lo entiendo. Cuando nos conocimos, él me dijo que no podía darme amor porque su vida era demasiado complicada.

—Pero se enamoró. Él te ama, Paula.

—Sí y yo, como si él no tuviera suficientes problemas, le traje algunos más. ¡Soy una imbécil! —exclamó y se puso a llorar. Amanda intentó calmarla—. Lo que más preocupada me tiene —siguió— es que no sé qué estará pensando de mí, igual se imagina que ya me olvidé de él.

—¿Con quién saliste el viernes?

—Con Gabriel, un amigo que vive acá. Estoy segura de que Alex se enteró y sé que se va a enojar mucho. El viernes, cuando nos encontramos, me recriminó que hubiera ido a esperarme al aeropuerto. Ésa fue una de las cosas por las que terminamos discutiendo, porque él también había ido a buscarme.

—¿Y ese Gabriel es sólo un amigo para vos?

—Él querría ser algo más.

—Mi hermano debe de estar muy enfadado. ¿Sabés? Estuve pensando y es obvio que se enterará de que estás al tanto de Janice.

—Sí, Amanda, yo también estuve pensando en eso. De qué otra forma podría explicarse mi cambio de predisposición hacia él. Tu hermano sabe perfectamente que, de no estar libre, no tendría posibilidades conmigo. Debo asumir todas las consecuencias de no haberlo escuchado, por comportarme como una chiquilla.

—Él tampoco actuó con demasiada adultez. Aunque sea mi hermano, no voy a hacer la vista gorda. Alex tendría que haberte dicho la verdad desde un principio. —Paula hizo un mohín—. Ayer cuando hablé con él, le sugerí que podías enterarte de lo de Janice en casa de mamá y papá.

—¿Y qué dijo?

—¿En serio querés saberlo?

—Por favor.

—Que era mejor así, que te carcomería la culpa por haber desconfiado de él.

—Y tiene razón, así estoy, sólo espero que no sea tarde. Él me advirtió varias veces de que me arrepentiría.

—¡Ay, qué situación! ¡Los dos están muertos de amor!

—¿De verdad creés que está muerto de amor por mí?

—¿Todavía lo dudás? ¿Qué más tiene que hacer mi hermano para demostrártelo? ¿Por qué desconfiás tanto de él?

—Se trata de algo que me pasó y para mí también es difícil hablar de ello. —Tomó aire e hizo una pausa.

—No me cuentes, si no querés.

—No, está bien, tengo que quitarme ese estigma de encima.

Paula le explicó lo que le había pasado con Gustavo y Amanda, apenada, cerró los ojos e intentó ponerse en su lugar.

—¡Oh, claro! Supongo que eso explica tu inseguridad y también por qué te obcecaste tanto cuando creíste que Alex era un hombre casado.

—¿No piensan dormir, ustedes dos, hoy? —preguntó Chad asomándose por el resquicio de la puerta.

Paula miró la hora en su reloj. —¡Son las doce!

—¡Qué tarde, ni cuenta me había dado! —exclamó Amanda—. Vamos, Paula, te llevo a casa.

—No, ¿cómo van a andar solas a esta hora? Las llevo yo —se ofreció él de muy buen grado.

—¿No querés quedarte a dormir acá? Hay lugar de sobra.

—Me encantaría, Amanda, pero mañana tenemos que ir a recoger a mi mamá al aeropuerto con Bárbara.

El miércoles por la noche, la madre de Alex había organizado una cena en su casa para que sus hijos conocieran a su amiga. Durante la cena, July se enteró de quién era Alex, porque, como era el único que faltaba, Bárbara le acercó un portarretratos para mostrarle a su hijo menor.

Julia arrinconó a su hija a la primera oportunidad.

—Ana Paula Bianchi, ¿querés explicarme qué pasa? ¡No entiendo nada!

—¡Chis! Pueden oírnos, mamá, y acá nadie sabe de mi historia con Alex.

—¿Estás loca, niña? ¡El sábado en la fiesta estará con su mujer!

Julia ya estaba al tanto de todo, porque su hija, un día que estaba muy angustiada, se lo había contado por teléfono.

—No, mamá, él no tiene mujer, es viudo. Todo fue una terrible confusión.

—¿Qué?

—¡Calla, ahí viene Bárbara, después hablamos!

La familia Masslow era exquisita y oficiaban de excelentes anfitriones. La cena había sido muy hogareña y Paula y Julia se habían sentido muy cómodas. Cuando se fueron a dormir todos, la joven se metió en la habitación de su madre y se deslizó en la cama junto a ella, como cuando era pequeña. July estaba rendida pero se dio cuenta de que su hija la necesitaba. Parecía un cachorrito buscando cobijo; entonces, y haciendo un gran esfuerzo para mantenerse despierta, la escuchó. Ésta le contó toda la biografía de Alex y lloró en sus brazos hasta que no le quedaron más lágrimas. Julia la besó interminablemente, la abrazó, le acarició la espalda, la cara y secó su llanto hasta que ella se calmó.

—La cagué, mami, sé que no te gusta que hable mal, pero es la verdad.

—Paula, hija querida, si él te fue a buscar al aeropuerto es porque todavía le importás.

—Sí, mamá, pero quizá se cansó de rogarme que lo escuchara. ¿Y si conoce a alguien en Italia y se olvida de mí?

—Ay, Paula, no seas tan fatalista. ¿Por qué pensar que justo ahora va a conocer a alguien? Además, hija, si él te ama no va a reemplazarte tan fácilmente.

—Pero podría pasar que ahora encontrara a alguien allá y se enamorase, como cuando me conoció a mí en Buenos Aires.

—Eso no sucederá. Vas a ver que, cuando regrese del viaje, se van a reconciliar.

—No lo sé, mami. Ojalá tengas razón, pero hay algo más. Vos sabés que yo vine acá por trabajo.

—Sí, claro, ya sé.

Entonces, Paula le habló de la oferta laboral que le habían hecho.

—¡Hija, vas a estar muy lejos! Pero... bueno, de todas formas, si te arreglas con él, igual te vas a venir a Nueva York, así que da un poco igual, ¿no?

—Todavía no acepté, mami.

—¡¿Qué?! Paula, es una gran oportunidad para vos, estás casi en la cúspide de tu carrera.

—Sí, lo sé, pero si Alex no quiere volver conmigo, no podré seguir trabajando a su lado, se me rompería el corazón a diario.

—Es un riesgo que tenés que asumir. La vida no es fácil, hija. Decime algo y contestame con el corazón, ¿antes de enterarte de que Alex no tenía mujer, pensabas aceptar?

—No tuve tiempo de considerarlo, pero presumo que sí, porque quería demostrarle que, a pesar de todo, soy muy profesional.

—Entonces, perdoname, pero no sé a qué le estás dando tantas vueltas. No tenés nada más que pensar. Además, una oportunidad como ésta no se da todos los días. Dale, cambiá esa cara, cuando viniste para acá, creías que todo estaba perdido con Alex. No entiendo por qué estás tan negativa. Te hicieron una excelente oferta laboral y, encima, el hombre al que amás está libre y piensa en vos. Paula, mi amor, todo va a ir bien. Ahora, a dormir, por favor, se me cierran los ojos. Pensá en positivo, hija.

—Tenés razón, mamá, no voy a esperar hasta el viernes. Mañana iré a Mindland a hablar con Joseph y le diré que acepto.

—Me parece una gran decisión, ¡ésa es mi chica valiente!

—Si, mamá, perdoname por desvelarte y gracias por escucharme y por los mimos. Estoy muy feliz de que se haya dado esta coincidencia entre vos y Bárbara. Me encanta tenerte acá conmigo.

July le llenó la cara de besos y Paula se levantó y volvió a su habitación.

A media mañana, Mandy le anunció a Joseph que Paula estaba en el vestíbulo. Ella se asomó a la puerta del despacho y Joseph se puso de pie para recibirla.

—Adelante, Paula, pasá, querida.

—Hola, Joseph, perdoname por venir sin previo aviso, pero esta mañana no encontré oportunidad para advertirte de que vendría, Bárbara estaba todo el tiempo a mi lado.

—Presumo, entonces, que tu visita tiene que ver con mi propuesta.

—Exacto, Joseph, tomé una decisión. Anoche me quedé hablando con mi madre hasta tarde. Quizá te extrañe que, tratándose de mi trabajo, necesitara consultarlo con ella, pero estoy metida en un gran lío del que presiento que no tenés idea.

Joseph la miró a los ojos, entrecerró los suyos, frunció la boca y la cogió de las manos.

—¿Te referís a Alex?

Paula abrió los ojos como platos y se quedó con la boca abierta. —¿Vos lo sabías?

—La verdad es que la única que no está enterada en casa es Bárbara.

—¿Jeffrey también está al tanto?

—Tiene conocimiento de que ustedes mantuvieron una relación, nada más. No te sientas cohibida, lo que existió entre ambos pertenece a la intimidad de ambos.

—¿Él te contó?

Joseph asintió en silencio.

—¿Y hasta dónde sabés de nosotros?

—¿Por qué querés saber eso?

—Me gustaría saber cómo definió Alex nuestra relación.

Joseph sonrió.

—¿Y por qué me lo preguntás a mí? ¿Acaso no tenés claro qué hubo entre ustedes dos?

—Tenés razón, disculpá.

Paula había sonado un tanto desesperada y Joseph pensó en decirle que lo sabía todo, incluso el motivo de su ruptura, pero decidió no inmiscuirse y calló. Se levantó y sirvió café para ambos.

—Bueno, Paula, te escucho.

—La verdad, Joseph, es que desde que me lo propusiste tenía claro que aceptaría, aun sabiendo que mi decisión significaría trabajar a diario con Alex. Mi carrera es muy importante y, por encima de todo, soy una profesional.

—Bien, pero... porque presiento que hay un pero, el tono de tu voz te delata.

—Tenés razón, hay una objeción, porque ahora las cosas han cambiado.

—¿No vas a aceptar?

—Depende de vos. Ahora que sé que Alex no está casado... Quiero decir, no sé si sabías el motivo por el cual nos distanciamos...

—Sí, Paula, lo sabía —le confesó con una caída de ojos.

—De acuerdo, entonces no hay nada más que explicar. Sólo te diré que voy a intentar recuperar nuestra relación y, si vos no estás de acuerdo con que mezclemos el trabajo y la vida personal, no aceptaré tu oferta, porque mi prioridad en este momento es reconquistar el amor de tu hijo. Al día de hoy, no hay otra cosa que me importe más.

—Resuelvan su vida privada como mejor les parezca, Paula, mientras eso no interfiera en la empresa. Además, debo decirte que estoy curado de espanto con mis hijos. Todos acabaron mezclando el placer con trabajo, salvo Edward. Por último, Paula... —Joseph se acercó y la cogió de las manos—, si yo no hubiese sabido que esto iba a ocurrir, ni siquiera te hubiese hecho venir. ¿Sabés una cosa? Me gustas como nuera —Paula se aflojó y sonrió tímidamente—. Hey, pequeña, ¡te acabo de decir que me gustas como nuera y sólo recibo una sonrisa desteñida!

—Es que primero debo convencer a tu hijo de que me perdone.

—¡Bah, dalo por hecho! Vení acá y dame un beso y un abrazo. Cambiá esa cara, acabas de tomar una gran decisión y no te arrepentirás. Y estoy seguro de que yo tampoco.

—Gracias por la confianza.

Joseph le palmeó la mano y le sonrió con franqueza.

—Te lo has ganado.

—¿Cuándo le vas a contar a Bárbara?

—Será mi regalo de cumpleaños, pienso hacerlo en Los Hamptons.

—Y a Alex, ¿cuándo le vas a decir? ¿Le vas a comunicar que acepté?

—Hoy mismo, Paula. Si no lo hiciera, se enojaría mucho, y también se lo transmitiré a Jeffrey, aunque presumo que eso no te interesa tanto. Ambos se sonrieron.

—¿Puedo pedirte un favor? No es nada que te comprometa. ¿Podrías decirle que iba a aceptar el puesto independientemente de cuál fuera su estado civil?

—Creo que de eso tendrás que convencerlo vos, pero veré cómo puedo sugerírselo.

—Gracias. Te dejo para que puedas seguir trabajando. Además, tenemos que acompañar a mamá a comprarse un vestido para el sábado.

—De acuerdo, Paula, estoy feliz de que hayas aceptado, sé que dejo Mindland en buenas manos.

—Gracias, Joseph, espero no defraudarte.

—Sé que no lo harás.

Alex estaba en el hotel, recién duchado, y no veía el momento de regresar a Nueva York, porque no hacía otra cosa que pensar en Paula. Estaba vistiéndose para una cena de negocios que tenía con un ejecutivo interesado en adquirir una franquicia para abrir una tienda en Francia. Su móvil sonó y él lo cogió de la mesilla de noche. Era un whatsapp de audio que le había enviado Paula. Sus manos temblaron, su corazón palpitó con fuerza y escuchó ansioso el mensaje; era la canción de Adele One and only. Sus acordes lo transportaron al día en que hicieron el amor con ese tema de fondo, que él había elegido. Aquella noche la había llevado a cenar a uno de los mejores restaurantes de Buenos Aires para festejar su nombramiento, y después, en su apartamento, le había hecho el amor durante horas y de todas las formas posibles. Al día siguiente, habían empezado las llamadas. «¿Qué quiere decirme Paula con esta canción? ¿Por qué me la envía?», se preguntó Alex azorado. Mientras hacía conjeturas, sonó el teléfono.

—Papá, ¿cómo estás? —contestó secamente.

—Bien, hijo, muy bien, tengo novedades, por eso te llamo. Pensé que te gustaría enterarte antes que nadie.

Alex supo de inmediato lo que esa canción significaba.

—Paula aceptó, ¿verdad?

—Sí, ¿cómo lo sabés?

—Papá, ¿Paula entendió lo de Janice? —Alex estaba seguro de que ella ya lo sabía y por eso había aceptado.

—Sí, hijo, lo sabe, tarde o temprano iba a enterarse. Esa verdad iba a salir a la luz en cualquier momento, pero ya había tomado la decisión antes.

—¿Cómo se enteró?

—Paula estaba refiriéndose a la enfermedad de su padre y tu mamá metió la pata.

—Está bien, te dejo, estoy arreglándome para salir, tengo una reunión con un francés que contactó conmigo esta mañana para abrir una franquicia.

—¡Qué buena noticia! ¿No parecés muy contento con la decisión de Paula?

Alex no había dejado escapar ninguna emoción, hablaba en un tono neutro.

—Me siento un poco extraño, papá. Para serte totalmente sincero, necesitaría saber qué piensa ella en realidad. No veo la hora de volver.

Cuando cortó la comunicación con su padre, su teléfono volvió a sonar. Miró la pantalla y era Paula, pero dejó que saltara el contestador; su venganza había empezado. «¿Ah, sí? De pronto te dieron ganas de hablar, pues ahora el que no quiere hacerlo soy yo. Voy a hacerte saber lo que se siente cuando rogás y no te dan ni una oportunidad.»