Capítulo 9
SUBIERON el último tramo de la escalera muertos de risa y a la carrera. Alex tiró la manta al suelo, abrazó a Paula y la besó, aún erecto.
—Dejá que me saque el pantalón, nena, me aprieta muchísimo. Ambos se desvistieron hasta quedar en ropa interior. Se miraron durante un rato y, entonces, Alex tomó la iniciativa. Fiel a su estilo, extendió su mano y, con un leve tirón, la invitó a acercarse un poco más a su cuerpo. Sus respiraciones se oían desacompasadas y expectantes; Alex empleó su otra mano para apartarle el pelo de la cara. Tenía la necesidad de arrullarla, quería protegerla y hacerla sentir bien para que olvidara su dolor. «Voy a curar cada una de tus lágrimas... Pero ¿qué estás haciendo conmigo, nena?»
Se acercó para darle un tierno beso en la mejilla, besó las comisuras de sus labios con delicadeza y mucho mimo; luego se los lamió mansamente hasta que ella entreabrió la boca para darle paso. Su lengua intrusa se mezcló con la de Paula, la saboreó e investigó todos sus rincones. Alex empezó a enloquecer de deseo y a apoyar su erección contra la pelvis de Paula; se frotaba contra ella y recorría la extensión de su espalda con sus manos.
Lujurioso, abandonó su boca para atacar su cuello. Sus cuerpos ardían al mínimo roce y Paula se sentía embriagada por su olor tan masculino, mezclado con Clive Christian N.º 1. Cuando estaba entre sus brazos, ella se daba cuenta de que jamás había experimentado en su cuerpo sensaciones tan intensas. Alex era seductor, cautivador y enigmático, pero también era caballeroso, inteligente y, por encima de todo, era hermoso.
Un gemido escapó de la boca de Paula cuando él le mordió el hombro. La miró con lascivia, le bajó los tirantes del sujetador con avidez, la acarició y saboreó su clavícula con la lengua; después, sus expertas y pulcras manos se lo desabrocharon. Deslumbrado, se quedó mirando sus pechos desnudos.
—Sos perfecta, es increíble que tus senos sean naturales y tengan esta turgencia, ¿sabés cuántas desearían tenerlos así?
Ella le sonrió agradecida al recibir sus halagos y se acarició uno de los pezones. Alex se relamió mientras la observaba y, excitado, metió su mano dentro del calzoncillo para autocomplacerse tocando su pene. Paula se sintió intrépida al verlo y bajó sus manos trémulas hasta el vientre, enganchó sus pulgares en el tanga y deslizó sus dedos hasta encontrar el clítoris. Alexander no esperaba esa reacción y se sintió tan desequilibrado que tuvo que parar con sus caricias. Su rostro se transformó y un gemido ronco escapó de su boca, entrecerró los ojos, movió su cabeza y se mordió el labio inferior. Entonces dejó al descubierto su enorme erección.
—Vení acá —le indicó.
Caminaron hacia la cama, la cogió de la cintura y la besó. Se arrodilló en el colchón y la arrastró consigo sin dejar de abrazarla con ternura. Se colocó de espaldas y puso a Paula sobre su cuerpo, para besarla, mientras ella movía su pelvis frotándola contra su sexo erecto y húmedo. Paula necesitaba acogerlo en su interior sin más dilación, así que se sentó a horcajadas, tomó el pene con la mano y lo llevó a la entrada de su vagina. Él movió sus caderas y la penetró con una estocada certera. Aferró su estrecha cintura con las manos y empezaron una danza acompasada de cuerpos y miradas. Ella se sentía osada, por lo que apoyó sus manos en las palmas de Alex y entrelazaron sus dedos, le colocó los brazos a la altura de su cabeza y se recostó en su torso, apoyando sus senos contra él, para volver a buscar su boca.
Su pene la embestía, entraba y salía de ella en toda su longitud, pero Alex necesitaba controlar la situación. Sin separarse y sin abandonar sus labios, la hizo rodar en la cama para quedar encima. La tenía aprisionada contra el colchón, mientras se movía de forma despiadada para penetrar su vagina hasta lo más profundo. Estaba tan desenfrenado que, de pronto, tuvo que quedarse quieto; respiró hondo y soltó un gemido oscuro para refrenar sus ganas de correrse.
Le soltó las manos, salió de su sexo y le pidió que se diera la vuelta. Le colocó una almohada bajo el vientre para elevar un poco el trasero de Paula y que su vagina quedara más expuesta, y le indicó que no separara sus piernas.
—Vamos a terminar juntos, Paula. Avisame cuando estés por llegar al orgasmo.
Tomó su pene, lo puso en la entrada de la vulva y la penetró de nuevo. Dejó caer su cuerpo sobre el de ella y empezó a moverse con una respiración ronca y agitada, que le soplaba en la nuca. Le besó el cuello, le mordió el hombro y la espalda mientras se internaba despacio, a ratos más rápido, o paraba en seco, para comenzar con sus despiadadas embestidas otra vez. Ella gemía de excitación ahogadamente sobre el colchón y apretaba las sábanas entre sus dedos para contener el descontrol que le causaba. Alex empezó a decirle cosas muy calientes en inglés, y esas tórridas palabras despertaron el orgasmo inminente en ella.
—Dale, Paula, noto cómo tu vagina se contrae y me atrapa, correte conmigo, preciosa.
—Alex no aguanto más.
Ella gritó de manera agónica y dejó que un hormigueo rítmico le invadiera las entrañas y que su cuerpo se colapsara de placer. Él se estremeció en ese mismo instante y vació su semen en ella sin dejar de moverse.
—Así, nena, así —le susurraba al oído.
Despojado de todas sus fuerzas, la besó en la nuca y se dejó caer sobre su cuerpo; ambos estaban agotados. Después de acomodarse a su lado en la cama, Paula se arrastró hasta su pecho y apoyó la cabeza para escuchar los latidos de su alocado corazón. Alex la abrazó, le acarició el pelo, la besó en la coronilla y se quedaron dormidos.
Era de madrugada y la joven se despertó con ganas de ir al baño. Sus cuerpos yacían desnudos, uno junto al otro, en perfecta simbiosis, con sus piernas entrelazadas. Percibía el aliento de su amante como una caricia mágica y se dio cuenta de que él aferraba uno de sus pechos con la mano. Mientras lo observaba pensó en lo mucho que le gustaban sus dedos finos y delicados. Sintió tentaciones de besarlo, pero como no quería despertarlo desistió; levantó su brazo con mucho cuidado y se irguió intentando no hacer ruido. Dormía profundamente.
Cuando salió del lavabo, sintió que tenía la boca seca, así que se puso una bata cruzada de satén que le tapaba un poco más abajo del muslo y bajó a buscar algo para beber.
Todos dormían y el silencio de la noche invadía todos los rincones de la casa. Paula se sirvió agua bien fría y se quedó junto al ventanal curvo del salón mirando hacia afuera. Las luces titilantes de las demás casas brillaban a lo lejos en la penumbra. Apoyada con la frente en el cristal, cerró los ojos y repasó cada uno de los momentos que había vivido en las últimas semanas. Alex había aparecido como una apisonadora en su estructurada vida; le quitaba la voluntad y la razón y, en pocos días, la había desbaratado por completo. Se maldijo al recordar la charla en la que le había contado lo de Gustavo, porque ahora él era consciente de una de sus más secretas debilidades. Sin embargo, jamás se había sentido así de obnubilada por un hombre, ni siquiera con su ex. Alex era la primera persona que le despertaba verdadero interés desde que había cancelado su boda.
Decidió regresar a la cama y deshacerse de esos pensamientos que la abrumaban, pero al darse la vuelta tuvo que contener un grito por el susto; Alex estaba detrás de ella observándola.
—Hey, preciosa, soy yo.
—Alex, no esperaba encontrarte acá, me asustaste mucho —le explicó mientras se acercaba para abrazarlo.
—Me desperté y no estabas a mi lado. Tranquila, nena. —La aprisionó contra su pecho y ella se acurrucó entre sus brazos—. ¿No podés dormir?
—Fui al baño y vine por un vaso de agua. ¿Y vos?
—Lo mismo y, como no sabía dónde estabas, bajé a buscarte.
—Ya me encontraste —le dijo ella con una sonrisa y le plantó un beso en la boca—. ¿Qué querés tomar?
—Agua.
—Vení, te sirvo un poco.
Lo tomó de la mano y fueron hacia la cocina susurrando. Alex estaba en pijama y con el torso desnudo, tan sensual como de costumbre. Paula sacó un vaso del armario y lo llenó, mientras él se aferraba otra vez a su cintura y empezaba a besarle el cuello. Se dio la vuelta y le pasó el vaso para que bebiese; él se lo tomó de un tirón.
—¿Más?
—Suficiente.
Se abrazó de nuevo a ella, la besó y movió su dedo por el cinturón de la bata para desanudarla. La seda de la prenda se deslizó con facilidad y se abrió, y Alex se quedó hechizado con la exquisita desnudez de su cuerpo.
—Qué pena que no estemos solos en esta casa, porque podría poseerte aquí mismo —le musitó y le besó un pezón.
—Alex, puede venir alguien —se inquietó ella, mientras miraba para todos lados.
—Lo sé, pero es demasiado tentador. —Le cerró la bata y le anudó el cinturón—. Vamos arriba —le dijo dándole una palmada en la nalga.
Subieron al dormitorio y sus sexos volvieron a reclamarles placer. Se besaron, se acariciaron y sucumbieron una vez más para saciar la necesidad de sus cuerpos hambrientos.
—Creo que me estoy volviendo adicto a tu cuerpo.
Paula tenía la cabeza apoyada en su pecho, levantó los ojos para mirarlo y le mordió el mentón.
—Me encanta ser tu droga.
—Sos encantadoramente dulce y exquisita, Paula.
—Nunca me habían dicho algo así.
—Es evidente que nunca estuviste antes con alguien de buen paladar.
Se rieron y Paula pensó: «No, mi amor, sos vos el que es único e inigualable», pero como no pensaba hincharle el ego de esa manera, sugirió:
—Durmamos, Ojitos, es muy tarde y así mañana podemos disfrutar del sol y la piscina.
—Disfruto de cualquier cosa que haga a tu lado —le contestó él.
—No deberías decirme esas cosas, porque puedo llegar a creérmelas —le advirtió.
—Creeme, preciosa, me gusta mucho tu compañía.
Paula suspiró, lo besó en la boca y rogó a Dios que sus palabras no sólo fueran ciertas, sino eternas. Apoyó la cabeza en su corazón para oír sus latidos, el arrullo perfecto para conseguir el sueño. Después de unos minutos, ya estaba casi dormida.
—¿Estás despierta, Paula? —Esperó unos segundos, pero ella no le contestó—. Te dormiste, preciosa. Descansá, nena. —Paula no tenía fuerzas para contestarle—. Quisiera cuidarte siempre, ¿por qué tuviste que llegar a mi vida en este momento? ¿Por qué no te conocí antes, mi amor?
Paula, en silencio, intentó mantener la respiración pausada para que Alex no se diera cuenta de que estaba escuchándolo. «¿Oí bien? ¿Me acaba de decir “mi amor”? ¿Soy su amor? ¿O acaso estoy soñando? ¿Conocerme antes? ¿Antes de qué? Ay... voy a levantar la cabeza y preguntarle. No, no. Es mejor dejar las cosas así, puede que no me guste lo que me dice.» Se sintió cobarde, muy cobarde. Pero después de esa confesión, las cosas cambiaban. Alex también había desarrollado sentimientos por ella y sus celos, sus deseos de que todos supieran que era suya, entonces eran válidos. «¿Qué le impide demostrar lo que siente? ¿Es que, acaso, está casado y por eso no podemos estar juntos? No, no quiero que eso sea cierto, porque sería el final de todas mis ilusiones. Pero ¿por qué dijo eso? Ay, Dios mío, no me hagas esto.»
Mientras pensaba e intentaba encontrar una respuesta, se quedó dormida. Al despertar, le dolía todo el cuerpo. La sesión de sexo desenfrenado con ese hombre la había afectado más que una clase intensiva de pilates. Era muy intenso, aunque dormido boca abajo en la cama parecía exhausto. No quería despertarlo y aprovechó para admirarlo en silencio. Podía delimitar con claridad toda su musculatura. Se sintió tentada y levantó las sábanas para espiar su trasero desnudo; sus nalgas parecían una manzana. Recordó con picardía el ímpetu con que se las había apretado la noche anterior durante su orgasmo y se sonrió al darse cuenta de que su vagina, estimulada por sus pensamientos, estaba viscosa otra vez.
Lo volvió a cubrir, necesitaba calmarse un poco y se dio la vuelta para buscar el iPhone y ver la hora. Era el momento de levantarse y pegarse una ducha.
—Pau, ya estoy despierto.
Ella abrió la mampara y lo encontró de pie frente al inodoro con una mano apoyada en la pared mientras hacía pis. Le ofreció un guiño cómplice que ella recompensó con un beso al aire. Estaba encantada de poder compartir esa intimidad con él. Con cara de recién levantado y el pelo hecho un lío, estaba escandalosamente sexy. Cuando salió de la ducha él no estaba. Se secó, envolvió su cuerpo en una toalla, se escurrió el cabello, lo peinó en una coleta alta y fue a buscar su ropa. En ese momento, Alex irrumpió en el dormitorio con una bandeja de desayuno.
—Me ganaste de mano.
—No, vos me ganaste a mí, quería despertarte con el desayuno en la cama.
—Gracias, Ojitos, tuvimos el mismo pensamiento.
—¿Dormiste bien, preciosa? —Su voz era muy dulce, un éxtasis para los oídos.
—Muy bien, ¿y vos?
—Como un bebé. Espero que tengas hambre porque traje muchas cosas ricas.
—Me muero de hambre, ¡qué bien huele todo! —Sentado en la cama con las piernas cruzadas como un indio, Alex se comía unos huevos revueltos con tocino, mientras la seguía con la mirada. Obnubilado por su belleza y por la redondez de sus nalgas, se sintió orgulloso de cada una de las sensaciones que él había despertado en su cuerpo.
—Vamos a desayunar. Terminá de vestirte después porque se está enfriando y, además, me distraés cuando paseás tu culo frente a mí.
Paula soltó una carcajada, le lanzó un beso y se sentó en la cama con él. El neoyorquino estaba de muy buen humor y tenía mucho apetito. Ella le pegó un mordisco a una medialuna y se sintió tentada por unas tostadas con miel y plátano.
—¿Qué es eso? —le preguntó señalándolas con el dedo.
—Tostadas francesas. Probá una, mis favoritas son con jarabe de arce, pero no había.
—¿Cómo están hechas? Hum, tienen un sabor exquisito.
—De acuerdo —dijo él—, la próxima vez que te prepare el desayuno las tendré en cuenta para ti también. —Ella se estiró por encima de la bandeja y lo besó.
—¿A quién te parecés físicamente, Alex? ¿A tu mamá o a tu papá? —En realidad, soy una mezcla de ambos. Me parezco más a mi madre, aunque el color de mis ojos es idéntico al de los de mi padre.
—Tu madre debe de ser una señora muy bella. Vos sos muy lindo.
—Gracias por el cumplido.
—¡Vanidoso, como si no lo supieras!
Ella le hizo cosquillas y él tomó su mano y se la besó.
—¿Querés conocer a mis padres? —le preguntó Alex y la imaginación de Paula voló a años luz hasta la estratosfera, pero pronto aterrizó de nuevo—. Creo que tengo una foto en la... ¿cómo se dice wallet?—inquirió él.
—«Billetera».
—Eso, «billetera».
Se estiró sobre la mesita de noche para buscarla y sacó una foto de ellos.
—Totalmente de acuerdo, te parecés a tu madre. ¡Qué señora tan elegante es tu mamá! Aunque tu padre también es muy apuesto y muy alto. ¿Cómo se conocieron? Porque me dijiste que tu mamá había nacido acá, en San Isidro, ¿no?
—¡Ah! —exclamó él con una sonrisa—. Es una gran historia que te encantará escuchar. Mi madre estudiaba diseño de indumentaria y fue a Nueva York por una beca de estudios que había conseguido en una de las mejores academias de la ciudad. Un día, cruzaba la calle a toda prisa porque llegaba tarde a una de sus clases y mi papá la atropelló con el automóvil. Bueno, después pasaron muchas cosas, pero, en resumen, se enamoraron y se casaron a los seis meses. Mi madre nunca más regresó a Argentina.
—¡Guau, qué historia! ¿Y quién tuvo la culpa en el accidente?
—Eso es un gran misterio —se carcajeó—, porque depende de quién de ellos cuente la historia, el culpable es uno o el otro. —Ambos rieron y Alex le enseñó otra fotografía—: Mirá, éstos son mis hermanos.
—¡Qué parecida a vos que es tu hermana!
—Es mi melliza.
—¿En serio? Pero ¡vos me dijiste que eras menor que ella!
—Exacto, fui el último en nacer, por lo tanto soy el más pequeño.
—Tus otros hermanos son muy diferentes.
—Se parecen a mis abuelos.
—¿Cuál es el mayor?
—Éste —contestó y lo señaló con un dedo.
—¡Ah! Entonces él es el novio de Alison.
—Sí, en realidad, es su prometido. Jeffrey y Alison se casarán dentro de cuatro meses.
—¡Guau! Dentro de poco, estará toda la familia de boda.
Alex sonrió.
—Es mi turno, esperá que busco mis fotos.
Se levantó y fue hasta su bolso. Volvió a la cama con cara de nostalgia.
—Acá mi padre ya estaba enfermo —le indicó con mucho cariño mientras le enseñaba una fotografía—, pero todavía se le veía entero. Murió seis meses después, fue un cáncer fulminante.
—Sí, es una enfermedad terrible. Al final de ese padecimiento, tu ser querido termina no siendo él. Es devastador tanto para el enfermo como para sus familiares. Uno muere a diario, a su lado, viéndolos transformarse en un despojo humano.
—¿Tuviste algún familiar que murió de cáncer? —le preguntó Paula y él la miró ensimismado.
—Sí, un familiar cercano.
Era evidente que su humor había cambiado y la forma en que le habló del cáncer la dejó extrañada. Ella intentó rescatarlo de inmediato y le mostró una foto actual de su madre.
—Sos muy parecida a tu mamá, no te parecés ni un poquito a tu padre.
—Sí, eso dicen todos, aunque mi papá siempre dijo que el color de mis ojos era igual al de mi abuela Paulina.»Éste es mi hermano —le enseñó otra imagen—. Y acá está con mi cuñada y los chicos; ahí Franco tenía seis meses, ahora tiene nueve.
—Tu hermano también se parece a tu mamá.
—Así es, ninguno de los dos tenemos rasgos físicos de mi padre. —¿Cómo se llama tu mamá, Alex? La mía se llama Julia. Y el nombre de tu padre ya lo sé, Joseph.
—Mi madre se llama Bárbara.
Cuando terminaron de desayunar, él entró a la ducha y la joven decidió ponerse un biquini.
—Permiso, Alex, voy a buscar el bronceador y el protector solar. Quiero tomar un poco el sol —le informó.
Él abrió la mampara de la ducha y se asomó, tomó una toalla de un manotazo y se secó la cara; luego la envolvió a su cintura. Echó una ojead a al biquini verde que Paula llevaba puesto, con la parte de arriba sin tirantes y un tanga en la inferior, con unas argollas sujetas a unas cadenas que encajaban en sus caderas.
—¿Vas a bajar así? Te vas a poner algo encima, imagino.
—Sí, ahora me pongo un vestido.
Paula sonrió divertida, sus preocupaciones y sus celos, después de lo que había escuchado por la noche, mientras él creía que ella dormía, le hacían gracia y le daban alguna esperanza. Todavía le faltaba descubrir el aparente impedimento que existía para que pudieran estar juntos, pero estaba convencida de que no podía ser nada realmente grave ni insalvable. Escucharlo decir «mi amor» había sido algo mágico.
—¿De qué te reís?
No podía decirle que le había escuchado, ése era su as en la manga. Prefería esperar a que él se decidiera a confesárselo, pero confiaba en sus propios encantos y, además, tenía un mes por delante para enamorarlo. Se acercó a él en actitud mimosa y lo agarró por la cintura.
—¿Por qué querés que me cubra? ¿Me queda muy mal?
—Sabés que no es por eso —contestó él mientras ladeaba la cara y con otra toalla frotaba su pelo para secarlo un poco.
—Maximiliano y Mauricio están acostumbrados a verme en biquini todos los fines de semana. Te puedo asegurar que, en realidad, ni me ven. Soy como un amigo más para ellos.
—Sí, pero está Mikel y también hay otros vecinos. Quiero tener un día en paz, Paula, sin estar al tanto de quién te mira y quién no. Para la piscina, te sacas ese bendito vestido, pero en la casa, te lo dejás puesto.
—De acuerdo, «señor mandón». Acabamos de tener un desayuno espléndido y no quiero enzarzarme en una discusión con usted, aunque enojado está tan hermoso como cuando sonríe —le dijo con picardía y le plantó un beso en la boca.
—Vení acá. —Y la apretó contra él para darle un beso más profundo. Al apartarse de sus labios se rió triunfador, pero entonces sonó su teléfono y Alex salió a paso resuelto del baño para responder la llamada.
Paula advirtió que hablaba con su padre, así que se puso su vestido sin tirantes de color verde, tomó el protector solar, el bronceador, las toallas, las gafas de sol, el iPad para seguir leyendo y le lanzó un beso antes de salir. Al ver que ella se iba, él interrumpió a su interlocutor, tapó con su mano el teléfono y le comentó con gesto de desagrado:
—Eso no es un vestido, Paula, eso es un retazo de tela.
Ella hizo un mohín de disgusto, dio un giro fastidiada y le contestó:
—¡Si no se me ve nada! Ponete un traje de baño que yo llevo las toallas. ¡Te espero abajo! —Y, sin permitir que le replicara, salió del dormitorio pensando que su actitud era un poco exagerada. Aun así, su reacción la esperanzó: «Me gusta que se ponga celoso, me hace sentir importante. Ese deseo de posesión que Alex expresa hacia mí me hace sentir que me necesita».
Todos se habían reunido para desayunar en la cocina, así que cuando bajó los saludó, cruzó algunas brevísimas palabras con ellos y se dirigió hacia afuera. Estaba resplandeciente, el intercambio de retratos de las respectivas familias que habían hecho con Alex a primera hora la había dejado con un especial regocijo. El tiempo se presentaba maravilloso, no había una sola nube en el cielo, que aparecía celeste y diáfano en toda su extensión; incluso a esa hora de la mañana ya podía sentirse un calor sofocante, perfecto para gozar de la piscina. Alborozada, se acostó en una de las tumbonas tras aplicarse el bronceador y se estiró durante un buen rato. De pronto, una sombra le cubrió el cuerpo y, encandilada por el sol, abrió un ojo para intentar distinguir a la persona que se había parado a su lado,. Al descubrir a su amante en bañador, con unas gafas Armani y unas bermudas negras, ansió su contacto y extendió una mano para que él se acercara. Dejó volar sus fantasías y lo imaginó saliendo del agua con la ropa adherida a su piel y empezó a derretirse. Él se inclinó y le dio un beso. Al parecer, lo del vestido había quedado en el olvido y estaba de buen humor.
—He traído tu iPhone, te lo habías dejado sobre la mesilla de noche y sonó un par de veces.
—Muchas gracias, ni me había dado cuenta. —Se incorporó para revisarlo.
—¿Quién es Pablo? —le preguntó como si no tuviera importancia.
Ella sonrió mientras tecleaba la respuesta. Alex se estaba estirando en la otra tumbona y esperaba una contestación. Terminó de enviar el mensaje, luego hizo una pausa y cogió el protector solar, como ignorando su pregunta y, de manera mansa y despreocupada, se acercó hasta él y se sentó a su lado para comenzar a untarle la crema por los hombros, pero su móvil volvió a sonar y la interrumpió. Sin prisas, se limpió las manos con la toalla y cogió el teléfono que había quedado sobre su tumbona, sonrió al leer la respuesta y dejó escapar una carcajada. Sabía que Alex la miraba, así que levantó la vista y ahí estaba, serio y adusto. Le dio un poco de pena y le respondió:
—Es mi hermano —aclaró y le repitió—: Pablo es mi hermano.
Alexander, inmutable, se quitó las gafas y la cogió por la nuca, llevándola hasta su pecho en un abrazo desmedido, y le devoró la boca hasta dejarla sin respiración. Cuando su ataque frontal cesó, ella se separó y él se rió licencioso.
—Listilla.
Paula tecleó otra respuesta y volvió a dejar el móvil.
—Vení acá. Estás muy blanquito, traés todo el invierno de Nueva York en tu cuerpo y no quiero que te incineres —bromeó mientras extendía el protector en su pecho.
Él disfrutó de sus caricias mientras le ponía la crema y, cuando terminó, se aplicó, a su vez y con mucho mimo, a ponerle a ella. Se tomó todo el tiempo del mundo, a ratos se detenía y le besaba el cuello, le mordía la oreja o la mandíbula, como si no pudiera contener sus deseos. Cuando llegó el momento de acariciarle las nalgas, le manifestó su parecer:
—Así, brillantes, tus nalgas parecen sacadas de una revista Playboy; en cualquier momento te las muerdo.
—Ni se te ocurra, Alexander Masslow, que no estamos solos —lo reprendió ella mientras levantaba la cabeza y miraba hacia atrás.
—Yo no veo a nadie.
Pero, en ese mismo instante, empezaron a llegar sus amigos a la piscina. Las otras mujeres también iban enfundadas en sus trajes de baño, listas para tomar el sol.
—Espero que el mirón no seas vos, porque los biquinis de ellas no son mucho más grandes que el mío.
—Yo sólo tengo ojos para tu culito.
—Sí, claro, sacate las gafas; así puedo controlar mejor a quién mirás —protestó Paula, en tono de broma. Él bajó su cabeza y la miró por encima de las gafas, y entonces se carcajearon.
Estaban colocando alrededor de la piscina una mesa de jardín, algunas sillas y sombrillas, así que Alex se alejó de ella para prestar un poco de ayuda.
Todo eran risas, jolgorio y bullicio, hablaban todos a la vez y reinaba el buen humor.
Mauricio, que quería empezar ya con los preparativos en la parrilla, tuvo que aceptar que su primo lo ayudara, después de que Mikel les contara que le apetecía encender el fuego porque había sido un boy scout.
Maximiliano era el encargado de amenizar el ambiente con buena música.
Pasado el mediodía, Paula aún permanecía tumbada boca abajo, tomando el sol, y Alex estaba a su lado, boca arriba, y tamborileaba los dedos al compás de la música; sonaba una canción de Axé Bahía, Gata Brasilera, un ritmo muy pegadizo y divertido. De forma improvisada, las demás mujeres se pusieron de pie para bailar y no tardaron en acercarse y tironear de ella para que se sumara a la iniciativa. Ella se levantó un poco avergonzada pero fue de todas maneras. Alex se incorporó en la tumbona para verla mejor y se quitó las gafas. Maxi, que era un gran caradura, se había metido entre todas ellas y llamaba a gritos a Mikel y a Mauricio para que se unieran a la coreografía. Al final, todos terminaron bailando, incluso Alex y Mikel, que no conocían los pasos. Entre carcajadas y chascarrillos, la ensayaron varias veces hasta que salió bastante bien y, tras el baile agotador, se tiraron a la piscina como bombas para refrescarse. ¡Estaban pasándoselo de lujo!
Aferrada al cuello de Alex mientras flotaban, Paula lo llenó de besos en la cara; sus ojos resplandecían más azules que nunca. Nadaron juntos hasta la parte más baja, ahí se pusieron de pie y ella se enlazó con las piernas alrededor de su cintura mientras él la sostenía por las nalgas y la besaba apasionado.
—¡Uy! ¡Qué buena foto para enseñar el lunes en la oficina! —bromeó Maxi—. ¡Big boss, eso es poco serio de su parte!
El aludido se reía pero seguía besándola.
—Te aconsejo que vayas preparando tu carta de renuncia —le espetó Paula a su amigo mientras lo miraba por encima del hombro de Alex, que estaba desternillado de risa y le apretaba el culo con las manos.
—Yo que vos me andaría con pies de plomo —le advirtió éste—, mirá que podría no temblarme la mano al firmártela —bromeó y estampó un beso en la mejilla de su chica mientras le guiñaba un ojo.
—Eso es abuso de autoridad —se defendió Maxi, que cargaba a Daniela en su espalda.
En ese momento, Clarisa les recordó a Mauricio y a Mikel:
—Ustedes dos están tranquilos acá, pero ¿no eran los responsables del fuego?
—¡Uy, el fuego! —exclamó Mauricio llevándose la mano a la frente.
—¡Son un desastre! —afirmó Paula—. La última vez terminamos todos yendo a comer al restaurante porque se pusieron a jugar con la Wii y se quemó el asado.
—No te preocupes, Paula, hoy te voy a hacer un asado de rechupete, la carne todavía está a salvo en el refrigerador.
De inmediato, los encargados de la parrilla dieron un salto y salieron de la piscina con resolución. También Clarisa y Daniela se fueron para preparar las ensaladas y María Pía, que no tenía ni idea de cocina, se ofreció a colaborar. Maxi se dedicó al aperitivo y a la bebida, y Alex le brindó ayuda muy gentilmente. Paula decidió que terminaría de montar las dichosas empanadas de pollo que tantos dolores de cabeza le habían ocasionado la noche anterior; aunque teniendo en cuenta lo agradable que había sido la reconciliación, le pareció incluso deseable que él se pusiera celoso más seguido.
El neoyorquino podía llegar a ser muy posesivo, pero a ella le gustaba porque la hacía sentirse cuidada y querida. De hecho, al salir de la piscina, le había extendido su mano para ayudarla a ponerse de pie y, con disimulo, se había acercado a su oído para decirle con un guiño:
—No olvides el vestido.
—No lo olvido —asintió ella con una sonrisa piadosa.
El almuerzo fue muy distendido y se prolongó bastante. Entre todos ordenaron y limpiaron la cocina y, durante el resto de la tarde, los hombres jugaron a la Wii y también, por equipos, a fútbol-tenis; Alex y Maxi compitieron con Mauricio y Mikel. Mientras tanto, las mujeres se dedicaron a tostar su cuerpo al sol y a ponerse al día con los chismes. Entre risas, y en un ambiente de complicidad, María Pía les confesó que Mikel era muy buen amante. Ella la escuchaba con atención pero no estaba dispuesta a revelar su intimidad, por más que sus amigas le preguntaran en varias oportunidades. Mapi, sin embargo, reveló ciertos detalles de su alocada noche de sexo, y Paula supo que no tenía nada que envidiarle. Por suerte, Clarisa y Daniela tampoco estaban dispuestas a confesar sus secretos de alcoba. Paula no tenía el menor interés en saber de la vida privada de sus mejores amigos, aunque el grosero de Maxi, en algunas ocasiones, le hubiera contado anécdotas de sus aventuras amorosas para pedirle consejo sobre los gustos femeninos.
Al final, la charla derivó en la relación que mantenían Alex y Paula. Ésta las escuchaba descreída, aunque todas insistían en que él la miraba de una manera muy especial. Y aunque les confesó que le gustaba más de la cuenta, reafirmó frente a ellas su decisión de no ilusionarse demasiado:
—Sólo viviré el día a día, sin esperar más.
Estaba tendida al sol boca abajo, con los auriculares del iPod puestos y abstraída por las notas de We found love cuando Alex, recién salido de la piscina, se acostó todo mojado sobre ella.
—¡Aaaaaaaaaaah, Alex!
Sin hacerle caso, la besó en el cuello y se quedó tendido sobre su espalda.
—¿Qué escuchás? —Cogió un auricular y se lo colocó en uno de sus oídos. La letra de esa canción parecía estar hecha para ellos. Paula cerró sus ojos en la parte del estribillo, porque no podía seguir conteniendo sus emociones. Alex notó que ella estaba angustiada y comprendió el motivo de inmediato. La abrazó con fuerza para contenerla.
«Hemos encontrado el amor en un lugar sin esperanza», cantaba Rihanna y Paula se sentía desfallecer a cada sílaba: «We found love in a hopeless place». «¡Que se calle ya! —pensó—. No quiero llorar frente a él. Alex ¿por qué no podemos seguir estando juntos?»
Las frases que él había dicho durante la noche, cuando la creía dormida, no la dejaban en paz y la atormentaban, pero, en su cobardía, no se atrevía a preguntarle para salir de dudas. Por suerte, la canción terminó para dar paso a Addicted de DJ Assad, que él tarareó en su oído. Harta y abrumada por tantas especulaciones, intentó deshacerse de ellas y se aferró al cuello del hombre con los ojos cerrados. Él dejó de cantar y la besó, con uno de esos besos que tanto iba a echar de menos cuando él ya no estuviera a su lado. «No quiero dejarlo ir, no quiero que se vaya — pensó—. No puede desaparecer de mi vida así. Hasta hace una semana, mi alma estaba vacía y sin sentido; en cambio, a su lado me siento viva, me siento mujer.»
Alex se deshizo de los auriculares, la cogió en sus brazos y salió corriendo con ella en volandas hacia la piscina. Por más que Paula gritó y pataleó para tratar de impedírselo, no le hizo caso y se lanzó con ella al agua; era un experto en salir airoso de una situación de peligro en que estaban involucrados sus sentimientos, no era la primera vez que lo hacía. Emergió del agua con ella agarrada aún a su cuello, se rieron a carcajadas y luego la besó.
—Sos hermosa, quiero verte reír así siempre.
—Vos sos mi alegría —se atrevió a decirle ilusionada, pero se encontró con un silencio mortal.
«Creo que no fue buena idea venir a pasar el fin de semana con vos, nena, no quiero hacerte daño», pensó, arrepentido, Alex en silencio, incómodo por la actitud de Paula. Ella necesitaba escapar de esa situación de incertidumbre pero no era fácil. Decidida, se propuso cambiar de ánimo y se mostró juguetona con él; intentó hundirlo apoyándose con todo su peso sobre él, pero no lo logró, trepó a su espalda y comenzó a hacerle cosquillas, pero ni así pudo sumergirlo. Al revés, él la levantó con un veloz movimiento y la lanzó al agua, desternillado de risa. De vuelta en la superficie, la joven nadó hacia él y se abrazó a su cuello con los brazos y con las piernas a su cintura, le despejó la cara peinando su cabello hacia atrás y lo besó. Él empezó a bajar sus manos y la tomó de las nalgas, clavándole los dedos en el trasero, mientras su lengua se apoderaba de su boca con pasión. Ella se apartó jadeando y miró hacia los lados; eran los únicos dentro de la piscina, todos se habían metido en la casa y no se veía a nadie cerca. Más tranquilos, nadaron juntos hacia el borde y él la apoyó contra la pared cubriéndola con su cuerpo. Paula volvió a enlazar las piernas a su cintura y él se aferró de nuevo a sus nalgas.
—Quedate quieta —le pidió, aunque sonaba más bien como una orden.
«¿Qué piensa hacer?», pensó ella perpleja mientras buscaba sus ojos. Su mirada era profunda, sombría; sus verdaderas intenciones, cada vez más claras. Alex apartó su biquini con el dedo y lo enterró en su sexo, lo metió y lo sacó, lo hundió bien adentro y lo movió en círculos dentro de su vagina.
—¿Te gusta, Paula? No te muevas, solamente siente.
—Alex, pueden vernos —dijo ella con la voz entrecortada por la excitación.
—No hay nadie, no te preocupes, yo estoy atento. Vos no dejes de mirarme, pero no te muevas. Así nadie se dará cuenta de lo que en verdad está pasando acá. Disfrutá, preciosa, sólo aprovechate de mis caricias.
Ella asintió con la cabeza, mientras él torturaba su sexo con los dedos.
—Alex... basta, voy a correrme, Alex —le advirtió, era obvio que la intensidad de la situación había hecho que su orgasmo surgiera muy rápido.
—Dale, nena, dale... no te detengas, entregate al placer que te estoy dando, dejame llevarte al éxtasis una vez más. No te muevas, mirame a los ojos, no los cierres, por favor, no te delates, hermosa.
Un gemido silente se escapó de su boca y Paula apretó sus dedos contra su vagina, mientras él seguía con su doliente y perversa caricia. Ella le tiró del pelo con las manos, no podía moverse, tampoco cerrar sus ojos, pero igual se dejó ir con un orgasmo aplastante. «¡Dios! ¡Qué momento tan caliente! Nunca había hecho nada así de arriesgado, frente a las miradas de los demás.»
—Así, nena, así, me encanta darte placer. Relajate y no te pongas nerviosa —le advirtió—, pero... vienen Mauricio y Clarisa. Disimulá otra vez, recién lo hiciste muy bien. —Ella abrió sus ojos como platos y él le hizo un guiño y la besó con ternura—. Tranquila, bonita, no te preocupes que nadie se dio cuenta de nada, te lo aseguro, confía en mí. —Ella volvió a asentir, la voz de Alex era calma y segura y la serenaba—. Hum, cómo quisiera probarte en este mismo instante.
«Este hombre es un demonio, no para de decirme cosas calientes.» Mauricio se tiró de cabeza a la piscina mientras Clarisa tocaba el agua con la punta del pie y alegaba que estaba muy fría.
—Dale, no seas miedosa, no está tan fría. ¡Entrá o te voy a buscar!
Sin dejarla decidir comenzó a salpicarla y entonces Clarisa se lanzó al agua; jugueteaban sin importarles Paula y Alex, que seguían abrazados en el borde de la piscina. Éste le guiñó un ojo de nuevo.
—Tendré que esperar a recibir mi premio. Me debés un orgasmo, preciosa. —Ella le sonrió mientras tiraba su cabeza hacia atrás y después le encajó un sonoro beso en los labios—. Nademos un poco para que baje mi erección, estoy demasiado duro.
Después de seguir retozando un poco en la piscina, salieron y fueron hasta las tumbonas para secarse. En ese instante, llegó Maxi con una bandeja repleta de daiquiris.
El sol había comenzado a caer y el atardecer sobre el lago parecía una postal. Se reunieron alrededor de la piscina y programaron lo que harían por la noche. Tras un rato de propuestas y contrapropuestas, decidieron que irían a comer sushi; así que se terminaron los cócteles y fueron a prepararse para la salida. Paula y Alex intercambiaron una mirada cómplice; ambos sabían de antemano lo que pasaría en cuanto entraran al dormitorio. Del mismo modo, Mikel y María Pía anunciaron con descaro que se iban a bañar juntos. Entonces, Paula comenzó a recoger todas las copas para llevarlas adentro y acelerar el trámite, Alex se dispuso a ayudarla.
—Yo me encargo de esto —le indicó ella—, juntá nuestras cosas, por favor.
Alexander le plantó un beso en los labios e hizo lo que le había pedido.
—Terminemos pronto con esto, no aguanto más —le susurró mientras enjuagaba las copas y volvía a besarla—. Nena, estás hecha de fuego, me quemo por dentro, ¡quiero meterme en vos ya! Sólo espero que no entre nadie, porque estoy muy duro, Paula.
Lavaron todo y subieron al dormitorio. Nada más entrar, él trabó la puerta y ambos se transformaron en manos, besos y lenguas. Todo era urgente, en realidad, más para él que para ella. Paula lo tumbó en la cama y le quitó el bañador, dejando al descubierto su grandioso pene.
—No puedo creerlo, nena, me tenés en este estado de forma permanente.
Descarada, tomó su erección con la mano y se la llevó a la boca. Alex gimió descontrolado y le sostuvo la cabeza acompañándola cada vez que la enterraba en su sexo, devorándolo y lamiéndolo. Se detuvo para pasarle la lengua por la punta, la enterró en su hendidura y, luego, comenzó otra vez con su ataque brutal. Lo metió y lo sacó de su boca muchas veces y acompañó sus movimientos con caricias en los testículos y en el perineo. Esa última caricia lo enloqueció, Alexander levantó su cabeza para ver cómo se la chupaba y empezó a gemir al ritmo de su mamada, hasta que su salado y caliente semen invadió toda la boca de Paula. Vació en ella todos sus deseos, se exprimió entre sus labios y ésta se sintió sumamente omnipotente. Se limpió el líquido que chorreaba de su boca y lo besó. Él la devoró, la puso en pie y le desabrochó la parte de arriba del biquini; luego, con rapidez deslizó por sus muslos la parte de abajo y la tomó de las nalgas para levantarla. Ella enredó las piernas a su cintura y se aferró a su cuello. Así la llevó a la ducha, abrió el grifo mientras sostenía todo su peso con un brazo y se metió con ella bajo el chorro. Desenfrenado, peinó el largo cabello de Paula hacia atrás con sus dedos y se lo mojó bajo el agua, le besó la frente y la cara con frenesí, mientras pensaba: «Nena, este hombre sin voluntad no soy yo, ¿qué estás haciendo conmigo?». Sus sentimientos lo devastaban y no lograba encontrarles lógica alguna. La joven desenroscó sus piernas y se bajó para que él descansara de su peso; entonces Alex cogió el jabón, la miró con lascivia y comenzó a pasárselo por los pechos. Se los acarició una y otra vez, con las manos resbaladizas y sumamente ardientes. Dirigió el cuerpo enjabonado de Paula hacia el chorro del agua para enjuagarlo y, cuando le quitó toda la espuma, tomó uno de sus pechos con la boca y le mordió un pezón, lo apretó con sus dientes mientras presionaba el otro con sus dedos, succionó la areola con fuerza y luego volvió a morderlo y se quedó con él entre los dientes mientras la miraba. Ella tenía la boca entreabierta y jadeaba rendida a su tortura.
—Me encanta, Alex. Todo lo que me hacés me hace perder el sentido. —La giró con decisión y le indicó que se apoyara ligeramente en los grifos, inclinó su cuerpo y le abrió las piernas. Él estaba duro otra vez y la penetró muy despacio por detrás para disfrutar de su profundidad.
—Estoy muy dentro de ti, nena.
Y es que él sabía que su pene era largo y le gustaba jactarse de ello. A Paula, le encantaba.
—Sí, Alex, lo quiero todo dentro de mí. —Y continuó en su idioma—: Fuck me.
Que ella le hablara en inglés hizo estallar su animalidad y empezó a moverse de manera despiadada contra su sexo, entrando y saliendo de ella, mientras se aferraba con una mano a sus caderas y con la otra a su hombro. Cada vez que se metía hacía presión contra ella para enterrarse un poco más.
Se corrieron juntos: Paula gritó su nombre, gimió y aulló de placer y él gritó con ella en una queja agónica, mientras la nombraba. Ambos terminaron sentados en el suelo de la ducha para recuperar el aliento. Las piernas de la chica no paraban de temblar y él la abrazó contra su cuerpo mientras el agua les caía encima. Cuando se hubieron repuesto un poco, se pusieron de pie para terminar de ducharse.