Capítulo 20
LLEGARON a Fig & Olive, un restaurante sobre la Quinta Avenida, donde se podían degustar los mejores sabores de la comida mediterránea. Los sentaron a una de las mesas de la planta superior, donde el ambiente era mucho más relajado.
A los pocos minutos, llegó Amanda, la melliza de Alex que, desde lejos, reconoció a Paula. Mientras se acercaba, se preguntaba qué hacía ella allí con sus padres y creyó tener una visión. Amanda saludó con un cariñoso beso a su madre, luego se dirigió a Joseph, que le dio un beso en la frente, y esperó a que le presentasen a la invitada.
—Hija, te presento a Paula Bianchi —dijo Joseph—, nuestra gerente en Mindland Argentina.
—Encantada, mi nombre es Amanda —le dio un beso y un abrazo muy cordiales.
—Igualmente, Amanda, es un gran placer.
—Sentate, hija —la exhortó Joseph, mientras se ponía de pie para arrimarle la silla. Se colocó al lado de Paula, que no podía dejar de mirarla, y la recién llegada tuvo problemas para no reírse, pues suponía el porqué la observaba con tanta insistencia. El parecido con su hermano era claro, sólo que con rasgos más delicados. La mandíbula de Alex era más tosca, su rostro más cuadrado y en su cuello resaltaba mucho la nuez de Adán. Amanda habló y la hizo salir de su ensoñación.
—Bienvenida a mi país, Paula.
—Muchas gracias.
De inmediato, Bárbara volvió a referir toda la historia, para poner al tanto a su hija de la enorme casualidad.
—No me lo creo, mamá, es una gran coincidencia.
—Sí, muy grande —asintió Paula.
—Apuesto a que hoy mismo te mudás a casa. No te asombres, conozco de sobra a mi mamá, no te dejará dormir en un hotel.
Todos se rieron, porque todos habían concluido lo mismo.
—¡Por supuesto! —dijo Bárbara e intentó parecer ofendida—. ¡Cómo la voy a dejar ahí! ¡No sé por qué se sorprenden tanto! Soy una persona muy considerada y es lo que les enseñé a ustedes desde pequeños, ¿o acaso vos no harías lo mismo?
—Mamá, sabemos que tus intenciones son buenas, pero tal vez Paula desee cierta intimidad.
—¿Te estoy intimidando, querida?
—No, por favor —le contestó ésta en un tono dulzón.
—¡Y qué esperas que te diga, mamá! Sos insufrible, no puede decirte otra cosa; Paula es una mujer educada.
—No, Amanda, tu madre me cae muy bien y estoy muy agradecida por su hospitalidad. Sólo es que la situación me tomó desprevenida.
Sonó el teléfono de Paula, era su madre para avisar de cuándo llegaba.
—¿Viene tu mamá? —preguntó Amanda extrañada.
—Tu madre y la mía hablaron por teléfono y arreglaron todo entre ellas.
—Fantástico, mami, seguro que estás muy feliz, se te nota en la cara.
—Sí, hija, ni te imaginás: reencontrarme con alguien de mi tierra adorada es una gloria para mí.
Les trajeron la comida y la dama le contó a su esposo:
—La familia de Paula tiene viñedos en Mendoza, Joseph.
—¡Ah! ¿Son artesanos del vino?
—Sí —asintió la joven—, realmente lo somos, porque nuestra recolección es manual. Nuestras cepas son seleccionadas por expertos que las separan para elaborar el mosto, que es el proceso de fermentación que hace que se desprenda el hollejo de la pulpa para obtener el vino. Luego, ese líquido se guarda en toneles de roble para su estacionamiento. Bueno, en verdad, el proceso es muy largo y complicado, pero lo resumí un poco.
—Debe de ser fascinante ver cómo se elabora —se mostró intrigado el hombre.
—Sí, es mágico.
—¿Cómo se llama la bodega? —se interesó Amanda.
—Bodegas Saint Paule, están enclavadas en un oasis en San Rafael, en Mendoza, a los pies de la cordillera de los Andes. Nuestros viñedos son bendecidos con el riego del deshielo.
—¿Lleva ese nombre por vos? —preguntó Bárbara.
—No, en realidad es por mi abuela. Ella se llamaba Paulina y fueron ellos, mis abuelos paternos, los que fundaron la bodega. Mi padre la trabajó después, pero recién conseguimos éxito hace algunos años. Mi hermano se encarga de ella hoy en día y la ha convertido en una inversión muy productiva. Hemos ganado hasta algún premio internacional. Elaboramos un muy buen Chardonnay y también tenemos un Gran Reserva Malbec, que es nuestro mayor orgullo. Ése es el que más premios nacionales e internacionales tiene. De hecho, el Malbec es la cepa característica de Argentina, la que nos distingue en el mundo vitivinícola porque es propia de nuestra región, y en Mendoza crece de forma inmejorable, el clima del lugar es más que propicio.
—¡Ah! Tu padre debe de estar muy orgulloso de tu hermano y seguro que confía mucho en él —observó Amanda.
—Sin duda lo hacía y calculo que, allá donde esté, debe de seguir estando muy orgulloso de él. Mi papá murió hace diez años de un cáncer galopante que lo devastó a él y a nuestra familia. Por eso mi hermano tuvo que hacerse cargo de los viñedos, porque mamá y yo no entendíamos nada, además yo era muy joven.
Hablaba con tranquilidad del tema. Después de tantos años, la muerte de su padre ya era algo a lo que podía referirse con mucha resignación.
—Lo siento, Paula, no lo sabía.
—No te preocupes, aunque siempre duele, con los años uno aprende a asumirlo —aclaró.
Bárbara le acarició el mentón y Amanda se arrepintió de que la conversación hubiera llegado a ese punto. Joseph permaneció en silencio y su esposa agregó:
—Es una enfermedad terrible, es verdaderamente espantosa. Nosotros la sufrimos muy de cerca cuando la esposa de Alex murió hace dos años de un cáncer fulminante en menos de seis meses. La pobrecita ya no parecía ella durante la última época y mi pobre hijo querido sufrió tanto todo el proceso... Fue muy agónico verla irse cada día. Alex fue su enfermero a tiempo completo, no sabés lo mal que lo pasó.
Paula empalideció de pronto, le faltaba el aire, todo le daba vueltas y el estómago se le revolvió de pronto. La mujer no tenía ni idea de la revelación que acababa de hacerle. Amanda, que estaba al corriente de todo, comprendió que Paula se hubiera puesto así, le tomó la mano y se la apretó bien fuerte, trasmitiéndole contención. Joseph no podía creer que su esposa fuera tan bocazas. Levantó los ojos, miró el techo y pensó en la gran metedura de pata; Alex se enfadaría muchísimo cuando se enterase de que ella le había revelado eso a Paula, pero también concluyó que la conversación había ido por esos derroteros y que el comentario había sido inevitable.
—¿Te sentís mal, Paula? —preguntó Bárbara al notar la lividez de su rostro.
—Sí —asintió ella y comenzó a llorar.
—Ay, corazón, disculpanos. No quisimos ponerte así —se excusó Bárbara muy afligida.
—No, no es nada —dijo ella y la voz le falló.
—Acompañala al baño, hija —la conminó Joseph.
Paula y Amanda se levantaron del lugar y se fueron hacia allí.
—Tranquilizate, Paula, sé por qué estás llorando. Sé todo lo que pasó entre vos y mi hermano. Debés calmarte, si no vas a tener que explicarles a mis padres los detalles. Ellos creen que estás así por el recuerdo de tu papá.
Paula se había quedado muda y muy descompuesta. Tuvo náuseas, había dejado de llorar y se sujetaba la cabeza. Las palabras de Amanda sonaban lejanas, sólo podía pensar en lo mal que había tratado a Alex, en todas las cosas que le había dicho, en cómo lo había humillado, en cómo lo había juzgado sin sentido dejándose llevar por la ira, lo había comparado con Gustavo, con esa basura... lo había perdido...
—Paula, ¿me oís?
—Sí, sí, te oigo. ¿Qué hice? ¡Lo arruiné todo!
—Tranquila, mi hermano está loco por vos, te perdonará —quiso animarla Amanda.
—Yo no me perdonaría, no lo haría. ¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué no me lo contó todo? Hace dos meses y medio que estoy sufriendo por él, ¿cómo pudo callarse?
—Eso es algo que, en su momento, deberá explicarte él, no puedo decírtelo yo. Vamos a tener que volver a la mesa o va a venir mi mamá para acá. ¿Pensás que podés regresar?
—Sí.
—Una cosa más, no le digas a mi hermano que lo sabés.
—¿Qué? ¿Cómo que no se lo diga? Se va a enterar igual.
—Algo lo conozco, Paula, y eso será peor. Él tiene su orgullo, luego te explico. Ahora vamos a la mesa y cambiá esa cara que se vienen buenos tiempos. Sé lo que te digo, ustedes dos se arreglarán.
—No, Amanda, el viernes lo vi y lo traté fatal otra vez. Alex no me va a perdonar, le dije cosas muy feas, lo humillé en medio de la calle, no lo escuché, desconfié de él nuevamente. Estaba tan ciega, me pidió muchas veces que lo creyera y yo no pude hacerlo.
—Lo sé, Alex me lo contó, me dijo que tenías un buen derechazo intentó bromear Amanda.
—Soy una bruta, una bestia. El viernes intentó que habláramos. ¿Por qué no quise escucharlo?
—Porque sos una cabezota, igual que él. Alex también es un idiota, pero él no tiene cura. Son dos idiotas que prefirieron sufrir en vez de estar juntos.
—Quiero irme a Italia a buscarlo, es lo único que deseo.
—Lo sorprenderemos en la fiesta de mi mamá, yo te voy a ayudar. Pensándolo mejor, creo que sí va a enterarse de que sabés lo de Janice. Dejame pensar, ya veremos.
—Gracias, aprecio mucho cómo me estás tratando, soy consciente de que no lo merezco.
—Uf, la verdad es que no. Mi hermano no lo estaba pasando bien, pero él también tuvo la culpa. Y supongo que vos tampoco estuviste bien, ¿no? ¿Lo querés, Paula?
—Más que a mi vida, lo amo, no he podido alejarlo de mis pensamientos ni de mis sentimientos, aunque nunca lo hubiese aceptado sabiendo que él tenía esposa.
—Yo sólo quiero ver feliz a mi hermano, sólo eso. Ahora, a la mesa y con una sonrisa. —Le cogió las comisuras de los labios y se los levantó, lo que bastó para hacerla reír a desgana.
Poco a poco, Paula fue encontrando el equilibrio y el almuerzo se desarrolló finalmente en un clima relajado y cordial. A la hora de pedir los postres, Joseph pagó la cuenta y se despidió para regresar al trabajo.
—Bueno, mujeres, su compañía es increíble e inmejorable. Ningún hombre podría sentirse más honrado que yo por estar rodeado de tanta belleza, pero debo irme a generar los dólares que pagarán los vestidos que presumo se irán a comprar para el sábado.
—Sí, mi amor, andá a trabajar que yo me encargo de malgastar tu dinero. Traje mi JP Palladium —bromeó Bárbara y todos se rieron.
Joseph las dejó y ellas terminaron de comerse el postre y partieron de compras por la Quinta Avenida. Después, pasaron por el Hotel Peninsula a buscar el equipaje de Paula y llevarlo al Belaire.
—Entrá, Paula, estás en tu casa —le pidió Bárbara cuando bajaron del ascensor y entraron al vestíbulo del ático de la familia Masslow—. ¡Ofelia, ya llegamos! ¡Vení, quiero presentarte a alguien! Esta vieja no oye nada, voy por ella.
Paula se quedó maravillada con la vista panorámica del atardecer de Manhattan sobre el río y con la majestuosa imagen del puente de Queensboro. Se acercó a los ventanales extasiada.
—Bellísimo, ¿verdad? Si hay algo que extraño mucho de vivir acá es esta vista —confesó Amanda.
—Me embriaga y me infunde una paz indescriptible.
—Así es.
Bárbara presentó a Ofelia y Paula y a ella le pareció la anciana más dulce que había tratado en su vida. Luego Amanda se despidió, pues Chad ya la reclamaba en casa. Intercambiaron sus números de teléfono con Paula y quedaron en que la pasaría a buscar al día siguiente para ir a cenar a su apartamento.
Tras la despedida, Ofelia y Bárbara instalaron a Paula en la habitación que había sido de Amanda cuando vivía allí. Permanecía intacta, salvo por los vestidores vacíos.
—Heller, ¿pasa algo? —atendió Alex extrañado.
—Señor, disculpe que lo moleste, pero la señorita Paula ha abandonado el hotel y pensé que debía avisarle.
—¿Cómo que ha dejado el hotel? —Alex se desesperó al creer que no había aceptado la propuesta de su padre y volvía a Argentina.
—Sí, hace un rato. Su hermana y su madre la acompañaron a retirar su equipaje y la llevaron a la casa de sus padres en el Belaire. ¿Quiere que la siga vigilando ahí también?
—No, Heller, está bien. Dejá todo, ya no es necesario. De todas formas, pensaba decirte que lo suspendieras. Yo me encargo. —Alex cortó y llamó a su hermana, sin entender nada.
—¿Qué mierda hace Paula en casa de papá y mamá? —le espetó a bocajarro.
—Hola, hermanito, yo también te extraño mucho, gracias por llamar.
—¡Y una mierda, Amanda! ¿Me podés explicar?
—¿Y vos cómo lo sabés? ¿Tenés a tu lacayo vigilando a Paula? Es un poco obsesivo, ¿no te parece?
La joven conocía muy bien las artimañas de su hermano.
—No me jodas, Amanda, te hice una pregunta. ¿Qué hace Paula en casa?
—Sabés cómo es mamá, Alex. Hoy la conoció en la oficina, se enteró de que era argentina y quedó encantada con ella. Y por si eso fuera poco, terminó descubriendo que Paula es hija de su mejor amiga de la secundaria.
—¿Qué? ¿La mamá de Paula y nuestra madre se conocen?
—Sí, ella y mamá eran amigas en la adolescencia.
—Y, por supuesto, no pudo dejar a Paula en el hotel. ¡Dios, qué enredo!
—Sí, a ella no le quedó otra opción que aceptar. Otra coincidencia del destino entre ustedes.
—¿Y vos? ¿Cómo apareciste en escena?
—Fuimos todos a almorzar y ahí me la presentaron. Por cierto, me cayó de maravilla, Alex, es increíble.
—Bueno, ¡ahora me vas a decir que se van a hacer buenas amigas!
—¿Por qué no si va a convertirse en mi cuñada?
—No me jodas. Paula no quiere saber nada de mí.
—Ahora que la conozco, puedo jugar a tu favor, hermanito.
—Ni se te ocurra, no te metas, no soy un crío a quien tienen que conseguirle una cita.
—Uf... qué amargo sos.
—¿Hablaron de mí?
—Te creés el ombligo del mundo, chiquito. Claro que no, si te nombramos fue sólo de pasada, pero andá pensando que, en casa de mamá y papá, Paula puede enterarse de lo de Janice.
—Que se entere y que la mate la culpa y que se joda, yo le advertí de que se arrepentiría y no me escuchó.
—¡Ay, qué malo! Alexander Masslow, en realidad, sos un cobarde, preferís que se entere por terceros. Quizá la que no pueda perdonarte, después de eso, sea ella por hacerla sufrir y por callarte una verdad tan importante. Para serte sincera, si yo fuera ella no te perdonaría, sos un hipócrita.
—Chao, Amanda, acá es muy tarde.
—Chao, yo no te llamé.
—Sos insufrible.
—Te quiero, tonto. Esperá, no cortes, la invité a cenar a casa mañana.
—¿Ah, sí? —preguntó él como si no le interesara.
—Sí, hoy a la tarde salimos de compras. ¿Tu lacayo no te lo dijo?
—No lo sabía. ¿Y?
—Y nada, me cae muy bien, las dos nos caímos bien.
—Siempre supe que sería así, se lo dije en Buenos Aires. Chao, Amanda.
—Chao, que descanses.
Alex estaba contrariado, últimamente vivía de malhumor. Ahora resultaba que ella se llevaba bien con todos. Conociéndola, se imaginaba cómo trataba a su familia con amabilidad. A Amanda ya se la había metido en el bolsillo y pensaba que eso era injusto. Sentía envidia de que ellos pudiesen estar con ella y disfrutarla y él no, ¡con lo que la quería! No era razonable que las cosas ocurrieran de ese modo y que ella lo despreciara y lo juzgara injustamente.
Había estado esperando todo el día una llamada de su padre para ver qué había sucedido y él no se había dignado hacerlo. Si ahora Heller no le hubiera contado, no se hubiera ni enterado de que Paula estaba alojada en su casa. Marcó el teléfono de Joseph, estaba furioso.
—Alex, ¿qué hacés despierto a esta hora? Allá son las tres de la mañana.
—Como vos no me llamabas, lo hice yo.
Era la hora de la cena en casa de los Masslow. Paula, al oír que era Alex, se puso alerta y Bárbara empezó a mandarle saludos a voces, igual que Ofelia.
—¡Ay, cállense, son dos cotorras, no oigo nada!
Joseph se levantó y se fue hasta la otra punta de la sala para poder hablar con tranquilidad, Paula se lamentó y se sintió triste otra vez.
—Ahora sí, hijo, ahora te oigo. No te llamé porque no tenía novedades, lo siento. No imaginé que estarías esperando, lamento no haberlo considerado. Paula aún no me contestó, claro, me dijo que lo pensará, que es una buena propuesta y que la analizará muy bien. Incluso se interesó en saber si vos estabas de acuerdo. Le di toda esta semana para que lo pensara. Aparte de eso fue un día muy raro, ella está acá en este momento cenando con nosotros.
—Ya lo sé.
—¿Y cómo lo sabés?
—Hablé con Amanda.
—Ah, bueno, entonces ya estás al tanto de las novedades.
—Sí, Amanda ya me contó. ¿Cómo está?
—¿Quién?
—Paula, papá, Paula, ¿quién va a ser?
—Ah, un poco cohibida, ya sabés cómo es tu mamá, pero está bien. La instalaron en la habitación de Amanda. Ofelia y tu madre se encargarán de hacerla sentir más que bien.
—Que mamá no la invada, por favor. Paula debe de haber aceptado ir ahí por compromiso.
—La verdad es que no le quedó otro remedio, pero no te aflijas porque ellas se entienden. Hoy anduvieron de compras. Se llevarán muy bien, ¿eso no te contenta?
—Supongo que sí, te dejo. —En realidad no lo contentaba, tenía celos de su madre y pensó que se estaba volviendo loco.
—Esperá, saludá a tu mamá.
—No, papá, estoy cansado, seguro que estará a mil revoluciones por minuto con Paula ahí. Mandale un beso de mi parte.
—Bueno, hijo, un abrazo —se despidió Joseph y colgó. Como era de esperar, Bárbara le recriminó que no le hubiera pasado con él—. Bárbara, son las tres de la mañana en Milán. Alex llamó por unas cosas que necesitaba saber, sólo por trabajo. Te mandó besos y a vos también, Ofelia, ¿no viste que casi no hablamos?
—Está bien, no dije nada. ¡Las tres de la mañana! ¿Y por qué estaba despierto a esa hora?
—No lo sé, Bárbara, tu hijo es adulto. Además, él está en Milán y yo estoy acá; no sé por qué está despierto, no debe de tener sueño.
—Está bien, querido, no te enfades.
—No me enfado, pero debés darte cuenta de que tus hijos crecieron. Lo siento, Paula.
—No te preocupes, Joseph, creo que a todas las madres les cuesta asumir eso. Mi madre es igual que Bárbara, se preocupa por todo.
—No me des esos ánimos, pequeña, que esta semana también viene tu madre y van a ser demasiadas mujeres en mi vida para un único hombre en esta casa, porque Jeffrey casi nunca está... Creo que no es justo.
Todos se rieron, continuaron comiendo y, después de la cena, tomaron el café en la sala. Paula se sentía muy a gusto con los padres de Alex. Joseph, tras el café, se fue a dormir.
—¿Querés ver fotos viejas, Paula? Creo que tengo algunas del Cardenal Spínola y seguro que está tu madre. Dejame buscarlas.
Se sintió animada, seguro que Bárbara también traería de Alex. Estuvieron mirando fotografías hasta altas horas de la madrugada y, aunque quería disimular, cada vez que aparecía una de Alex, Paula se quedaba embobada mirándola. Le extrañó que no hubiera fotos de la boda de éste, pero no se atrevió a preguntar, tampoco había ninguna donde él estuviera con su mujer. Tras varias horas decidieron irse a dormir, pues estaban exhaustas y a las dos se les cerraban los ojos.