Capítulo 12
PAULA se despertó con un fuerte dolor de cabeza, así que se levantó directa a tomarse un ibuprofeno. Sintió vergüenza de sí misma al recordar la conversación telefónica de la noche anterior; se consideró infantil. Pasó por el espejo del baño y vio que tenía unas ojeras que no iba a poder tapar ni con tres kilos de corrector.
Se dio una ducha corta y se vistió con presteza. Decidió realzar su imagen con un vestido rojo entallado, fruncido a la altura del pecho y que caía en un drapeado en las caderas. Dedujo que el color disimularía su rostro demacrado, eligió unos zapatos de tacón negro con suela roja y un collar de piedras negras que caía por encima del escote. Estaba casi lista cuando su móvil vibró, interrumpiendo los últimos retoques al maquillaje. Le había llegado un whatsapp de Alex.
—¡Buenos días!
—¡Hola, buenos días! —Una sonrisa estúpida se apoderó de su cara.
—¿Dormiste bien?
—Sí, finalmente pude hacerlo, quedate tranquilo, estoy mejor. Gracias por preguntar.
—A mí también me costó dormirme, me pasé la noche pensando.
Paula quiso no haber leído esa última frase.
—No quiero parecer grosera, pero no me gustaría llegar tarde al trabajo. Además se supone que, si voy a ocupar el puesto de Natalia, debo dar el ejemplo. Aún me falta terminar de maquillarme y debería estar saliendo en quince minutos.
—Perfecto, sólo quería darte los buenos días, ¿de verdad estás bien?
—Sí, Alex, no te preocupes más. Me encanta que me des los buenos días, me malacostumbrás.
—Me encanta hacerlo. Te llamo cuando esté llegando para esperarte y subir juntos a la oficina.
—Dale. Besito.
—Beso, no salgas apurada, por favor. Conducí con cuidado.
—Sí, no te inquietes.
Definitivamente, un color estridente y un buen maquillaje podían hacer milagros y ni hablar de unos cuantos mensajes prometedores de Alex.
Estaba llegando a Mindland cuando sonó su teléfono y, como tenía el manos libres conectado, atendió la llamada.
—¡Llegué! —le informó Alex.
—Estoy a pocas calles, no tardo.
—De acuerdo, te espero en el coche.
Él aguardó en la entrada y Heller se paró justo donde había lugar para que ella aparcara. Cuando Paula detuvo el coche, Alex se bajó y se cambió al suyo, impidiendo que ella bajara. El chófer de Alex se marchó en seguida.
—Buenos días —la saludó y, acto seguido, le estampó un tremendo besazo que la dejó sin aliento. Tenía un aspecto impecable; llevaba puesto un traje gris de diseño que le quedaba de infarto.
—¡Alex! ¡Pueden vernos! —La joven miró hacia todos lados.
—Los vidrios son oscuros, no se ve nada. Además, no sabés las ganas que tenía de darte un beso —le confesó mientras pensaba en lo mucho que le había costado anoche no ir hasta su casa.
—Claro, a vos no te importa. Pero no pensaste que, cuando te marches, de la que van a reírse y de la que hablarán será de mí.
Él volvió a darle otro beso para hacerla callar, sin importarle lo que acababa de decirle.
—No quiero pelear, hoy no, Paula, por favor. Con lo de ayer fue suficiente. Es más, necesito que arranques el puto coche y nos vayamos a tu apartamento o al hotel. Quiero perderme en vos. —Y la miró fijamente—. Sólo eso quiero.
—Hay mucho trabajo —le dijo ella con voz tentadora. En realidad, ella ansiaba lo mismo.
—Soy el jefe. —Le guiñó un ojo mientras notaba que su entrepierna empezaba a latir con fuerza.
—Alex, esto no es lógico.
—Pero es lo que queremos, ¿no? —Se quedó mirándola—. Paula, si no querés que me ponga así, ¿para qué te vestís de esa forma? ¡Vámonos de una vez de acá!
Paula apretó el botón de arranque y su Volkswagen cobró vida de nuevo. Alex se abrochó el cinturón de seguridad y reposó la mano sobre la pierna de ella, le levantó el vestido y comenzó a acariciarle los muslos.
—Si querés que lleguemos, no me desconcentres.
—Nena, sos inesperada. Eso es lo que me gusta de vos, Paula. Con vos, jamás es aburrido.
El tráfico de la mañana era denso. Aunque horas atrás había considerado a Alex alguien inalcanzable, volátil e indiferente, ahora lo tenía a su lado y le resultaba todo lo contrario, lo veía real, verosímil y febril. Éste tocó la pantalla del equipo de sonido y empezaron a oírse las notas de la canción Your body. Paula le cantó el estribillo y sonrió:
All I wanna do is love your body
Oooooh, ooooh, oooooh, oooooooh
Tonight’s your lucky night, I know you want it
Oooooh, ooooh, oooooh, oooooooh
Dispuesto como siempre a ese tonteo, Alex hizo una pantomima para indicarle que le entregaba todo su cuerpo. «Ay, maldito, sos tan sensual. No aguanto más, quiero devorarte entero —pensó Paula—. ¡Maldición! ¿Es que vamos a pillar todos los semáforos en rojo?»
El neoyorquino se rió, era obvio que Paula estaba igual de ansiosa. No le quitaba el ojo de encima, la recorría de pies a cabeza con la mirada.
—No entiendo cómo hacen ustedes, las mujeres, para conducir con esos tacones.
—Es cuestión de práctica.
—Están locas. Y nosotros más por subirnos y dejar que nos lleven.
—¿Estás quejándote de mis dotes de conductora?
—¡No! Sólo hablo de tus tacones. You look really hot! Debo reconocerlo.
—Adulador. No es necesario que sigas piropeándome. Ya estás cerca de conseguir lo que querés, casi llegamos.
Alex le enseñó una vez más su sonrisa de ángel-demonio y la joven creyó levitar.
La ansiedad mutua era palpable. Ella accionó el portón del garaje e introdujo el coche. Alex bajó antes y la esperó para alcanzarle el bolso, la abrazó y le dio un beso.
—¡Ya falta menos! Sólo nos queda subir en el ascensor —exclamó él con entusiasmo.
—Parece que estás apurado.
—No te imaginás cuánto. Quiero borrar toda esa basura que nos malogró el día de ayer, necesito vivir cada día como si fuera el último. Escuchá bien, Paula, cada día —le resaltó y aclaró—: y no estoy diciendo cuándo será el último, ¿me explico?
Ella se quedó anonadada, intentando dar el mismo sentido que él a sus palabras. Mientras Alexander llamaba al ascensor, ella buscó las llaves del apartamento.
—¿Ansiosa también?
—Mucho.
—Te aseguro que no más que yo —le susurró él.
Entraron en el ascensor y, como la urgencia era mutua, comenzaron a besarse y a tocarse. Paula tenía el vestido levantado a la altura de sus muslos, mientras Alex le lamía la boca y hundía los dedos en sus nalgas.
—Puede subir alguien —advirtió ella en un arranque de cordura.
—No va a subir nadie —le contestó él entre beso y beso.
—Ah, sí, ¿cómo lo sabés?
—Sencillamente, porque no puedo parar.
Llegaron al piso del apartamento, ella se bajó el vestido y, entre risas, recorrieron el pasillo. Al entrar, Alex ya tenía la corbata en la mano, dejó los maletines en el sofá del salón, se quitó la americana y la colgó en una de las sillas. Paula había desaparecido de su vista, metida en su pequeño estudio para elegir una canción, pues quería que le hiciera el amor con música. Buscó una que marcara la intensidad del momento y calmara su urgencia. Al final se decidió por Fix you, la puso en modo «repetición» y salió.
—¿Estamos exigentes hoy? —le preguntó él, la tomó entre sus brazos y comenzó a moverse al ritmo de la música. Paula supo que no existía mejor lugar donde cobijarse que entre sus brazos.
—¿Por qué lo decís?
—Basta con oír el ritmo de esta canción. ¿Alguna razón en especial para elegirla?
—La razón que vos quieras, Alex. —Él apoyó su frente en la de ella, inspiró y espiró profundamente y comenzó a cantar:
When you lose something you can’t replace
When you love someone, but it goes to waste Could it be worse?
La miró por unos instantes y luego descansó sus carnosos labios en los de Paula. Sus besos eran dulces y suaves, se apartó de su boca para embriagarse con el aroma de su pelo. Ella bajó sus manos, le acarició la espalda y lo sintió tensarse. Tímidamente balbuceó en su oído:
When you’re too in love to let it go
If you never try, then you’ll never know
Just what you’re worth
Alex comenzó con la hábil y sensual tarea de bajarle la cremallera del vestido y, de inmediato, ella experimentó una corriente de electricidad que le recorrió el cuerpo. Sólo él conseguía hacerla sentir así, mientras le besaba el cuello con su boca húmeda y lasciva. Sus manos bullían por tocar su piel desnuda y la excitación del hombre empezó a adquirir preponderancia. Deslizó el vestido por sus brazos para que cayera a sus pies, la tomó de una mano para que saliera de él y, aprovechando la distancia, le dedicó una mirada lujuriosa que le paralizó los sentidos.
—Dejame mirarte, Paula, dejame grabar en mi mente cada una de tus curvas.
Ella satisfizo su deseo y lo dejó recorrer su cuerpo con su mirada perturbada y luego lo invitó a que la siguiera hasta la habitación. De pie junto a la cama, él se quitó los gemelos y los dejó sobre la mesilla de noche. Mientras desabrochaba su camisa no podía dejar de admirar los ojos de Paula, que ese día lucían verdes, entre citrino y turmalina. Se dejó la camisa abierta y se deshizo de sus zapatos y calcetines. La joven se había sentado en la cama, recostada en sus codos, disfrutando del espectáculo abrumador que era verlo desvestirse. Desabrochó su bragueta con soltura, pero se dejó puestos los pantalones. Se quitó el reloj y lo depositó junto a los gemelos: estaba haciendo tiempo a propósito. Sus ojos estaban fijos en los de ella, Paula podía sentir cómo aumentaba la humedad de su vagina. Juntó sus piernas en un acto reflejo y las retorció de impaciencia. Entonces Alex sonrió. Con lentitud, caminó hasta el diván que estaba a los pies de la cama y allí dejó su camisa con cuidado; después hizo lo propio con sus pantalones. Su enorme erección era evidente bajo el calzoncillo blanco de algodón que llevaba puesto. Volvió tras sus pasos, se paró nuevamente frente a ella y con gracia se quitó la ropa interior; Alex sabía cómo excitarla. Su erección saltó oscilante y, sin más dilación, él se tumbó sobre su cuerpo. La humedad de su pene dejó un rastro en la pierna de Paula, que se retorcía de deseo. Buscó sus labios con ternura, mientras le pellizcaba el pezón con los dedos. Le bajó los tirantes del sostén y le liberó los pechos para aferrarse a ellos, los sostuvo entre sus manos y luego los besó. Rodeó un pezón con su lengua, lo succionó y lo mordió; primero uno y después el otro, mientras se movía encima de ella restregándole su pene.
—Nena, te deseo.
—Yo también.
Metió su mano por dentro del tanga y pudo comprobar que los fluidos inundaban su vagina.
—Hum, estás muy húmeda para recibirme, estás empapada. Me encanta tenerte así.
Hundió un dedo en ella y lo movió hacia adentro y hacia afuera para enloquecerla. Lo sacó para poder deshacerse de su prenda interior y recorrió con su mano desde el nacimiento de sus pechos hasta su vagina, buscó el clítoris y se quedó expectante, mientras observaba la reacción que su caricia le producía. La boca de Paula estaba entreabierta y por ella escapaban grititos y gemidos. De forma involuntaria, su pelvis se contraía por el intenso manoseo. De pronto, Alex suspendió las caricias. La canción que sonaba de fondo había vuelto a empezar y, con ella, comenzaba de nuevo la cadencia de la melodía. Alex volvió a acariciarla imitando el ritmo de la pieza musical y Paula a punto estaba de perder la razón. Sin perder tiempo, atacó su boca, se perdió en ella, la recorrió con su lengua, devoró sus labios y luego se acostó de espaldas para pedirle que se subiera encima de él. Ella se sentó sobre su pelvis y se restregó en su sexo con sus dedos enredados en su pelo. Frenética, hundió la nariz en su cuello y se perdió en su fragancia, sabiendo que difícilmente la apreciaría en otra persona. Con locura, atacó su boca moviendo su lengua de forma despiadada para saborearlo una vez más. Los besos de Paula desataron la irracionalidad en él. La mantenía sujeta por el trasero y hundía los dedos en sus nalgas; probó con unas palmaditas y luego las volvió a apretar hasta causarle dolor. Rápidamente, le desabrochó el sujetador y la aprisionó con su abrazo, necesitaba sentir cómo sus senos se aplastaban contra su piel.
Salvo por los zapatos, su cuerpo estaba totalmente desnudo y Paula no pensaba quitárselos, porque a Alex le excitaba verla así. Sus piernas estaban enredadas y ningún contacto parecía ser suficiente para calmar su ansiedad. Esa mujer causaba un verdadero desbarajuste en él; la sujetó por el pelo, lo separó y lo tironeó para llevarle la cabeza hacia atrás. Transformado por su excitación, le mordió la barbilla y el lóbulo de la oreja.
—Paula, me quitás la voluntad. Cuando te tengo entre mis brazos, no puedo pensar con claridad.
—Ejercés el mismo poder sobre mí, Alex. Sólo ansío perderme en tus caricias.
Giró, arrastrándola con él, y la dejó bajo su cuerpo. Por fin, tomó su pene y lo introdujo en la vagina. Lo hundió en ella y se quedó un instante disfrutando de la profundidad de la joven, mientras la miraba.
—Alex —susurró ella.
Era realmente poderosa, porque con sólo pronunciar su nombre, se derretía.
—Nena, tu vagina está muy caliente, puedo sentirla y me enloquece. Comenzó a moverse, hacia adentro y hacia afuera; y, de su boca, escapaban gemidos roncos y agónicos.
—Vos estás muy firme, también puedo sentirte.
—Sí, nena, estoy tan duro que me duele. Necesito alivio, no doy más. La música aceleró su ritmo y Alex también incrementó el de sus embestidas. Engulló el cuerpo de Paula y se perdió en el momento, junto a ella. Se corrieron mientras se besaban. Él gritó mientras mordisqueaba sus labios, Paula le clavó las uñas en la espalda sin darse cuenta y chocó su pelvis con fuerza contra la suya, para vaciarse con él. Agotada, quedó inerte bajo el cuerpo del neoyorquino. La intensidad del orgasmo la había adormecido y se sentía embotada. Él levantó su cara para mirarla, aún dentro de ella, le apartó el pelo y le acarició el rostro.
—¿Estás bien?
—Paralizada, exhausta.
Él se rió y dejó caer nuevamente su peso sobre el cuerpo de ella. —Estoy igual, nena. No tengo más fuerzas. Me quitaste toda la que tenía, me siento como si me hubiera pasado una apisonadora por encima.