Capítulo 13
ESE día no regresaron a la oficina. Por la tarde, estuvieron trabajando desde el apartamento, ella en su estudio y Alex en la sala con el Mac sobre la mesa baja, desde donde atendió también varias llamadas telefónicas. Luego fueron hasta el hotel para buscar algo de ropa, puesto que éste pensaba quedarse a dormir esa noche con Paula.
Cuando salieron del Faena, pasaron por el mercado para hacer algunas compras y surtir un poco la nevera y la alacena de la joven, que estaban bajo mínimos. Él estaba muy entusiasta y ella, fascinada con la faceta del Alex hogareño. Pasaron por una bodega, donde él compró vino, cerveza y champán. Caminar abrazados o de la mano por las calles de Buenos Aires había apartado todos los fantasmas que los amenazaban.
Por la noche, él se ofreció a preparar la cena, pero, como se suponía que quería sorprenderla, la obligó a encerrarse en el dormitorio hasta que todo estuvo listo. Desde allí, se podía oír el ruido de los cacharros en la cocina. Ella se sentía exaltada y conmovida por tantas atenciones.
Cuando todo estuvo listo, la fue a buscar a la habitación, le cubrió los ojos con un pañuelo y, cogiéndola por la cintura, la guió hasta el salón. Los ojos azules de Alex centelleaban y le daban un aspecto risueño; estaba entusiasmado y expectante con la sorpresa. Paula experimentó una oleada de placer cuando los aromas de la comida la invadieron. Él la abrazó por atrás y, con suma delicadeza, le quitó el vendaje.
—¡La cena está servida! ¡Tatachán! —exclamó él.
La mesa del comedor estaba puesta de forma especial. Había dispuesto los platos en una esquina; el florero que descansaba a diario en la mesita baja se había transformado en un centro de mesa y las copas de agua y de vino ya estaban llenas. Las velas de los candelabros, que Paula jamás había podido estrenar porque nunca había tenido una cena romántica, estaban encendidas. Había cuidado hasta el último detalle y todo estaba increíble e inmejorable.
—¡Alex! —gritó asombrada.
—¿Te gusta? Es nuestra primera cena romántica.
Paula no encontraba las palabras, Alex la había dejado muda.
—Todo está... precioso. Vos sos precioso —le musitó y se aferró a su cuello para atraerlo hacia su boca—. Me sorprendiste mucho. Gracias. Nunca me habían tratado así, nunca nadie había hecho algo así por mí.
Alex era único en todos los aspectos.
—Pasemos a la mesa, mademoiselle.
Paula sonrió y se dejó guiar. Él la acompañó, movió la silla y esperó a que ella se sentara para arrimársela, luego ocupó su lugar y levantó la copa de vino para brindar.
—Exquisito, aunque no sé si es buena idea que beba vino blanco, se me sube a la cabeza con facilidad —dijo ella en tono de broma.
—Lo recuerdo muy bien —afirmó Alex y se rieron.
En ese momento, Paula levantó la servilleta del plato para ponerla en su regazo y quedó al descubierto una nota escrita por éste: «Vivamos cada día como si fuera el último. Tuyo, Alex M.».
Ella no pudo contenerse, se levantó y corrió a besarlo mientras lo abrazaba con ímpetu.
—Gracias, sos muy especial.
—Vos lo sos, por eso intento ponerme a tu altura.
A pesar de todas las intenciones y todas las palabras bellas que ese día le había dedicado, todo hacía presuponer que Alex había empezado a planear su despedida. Mientras él servía la cena, ella leía y releía la tarjeta, y acariciaba las letras con su dedo índice. Sin duda, era un detalle simple pero increíblemente romántico.
Alexander había cocinado atún en salsa de limón y salteado unas verduras en wok, todo exquisito. Terminaron de comer, recogieron la mesa, metieron todo en el fregadero de la cocina y, de pronto, sonó el timbre.
—Debe de ser el postre, he pedido crema helada de arándanos y cheesecake con frambuesas —le informó Alex.
Paula se conmovió con el detalle, él le guiñó un ojo, le dio un beso y bajó a recibir el pedido.
Mientras esperaba que regresara, Paula propició el ambiente y apagó todas las luces, menos la lámpara del salón, cerró las cortinas de los ventanales, y luego fue al estudio para preparar una selección de temas.
Cuando volvió a la cocina, lo encontró descorchando una botella de La Grande Dame.
—Me gusta Diana Krall —le confesó él—, creo que es una de las mejores cantantes de jazz actuales.
—Sus versiones de clásicos son magníficas. A mí también me encanta —le aseguró ella y añadió—: Cuando necesito un momento para mí, siempre la escucho.
Alex la tomó en sus brazos y bailaron Fly me to the moon.
—Esta música es muy sensual —afirmó él y se besaron por millonésima vez. Cuando acabó la canción, Alex llenó las copas y le pasó una. Estaba sentado en uno de los rincones del sofá y ella, ligeramente recostada en el otro, con las piernas en su regazo. Mientras conversaban, él le había quitado los tacones y le masajeaba los pies. Le habló de los problemas financieros que tenía la sede de Chile. Parecía preocupado porque no lograba posicionarse en el mercado. Él tenía un máster en Administración de Empresas en la Universidad de Harvard; era inteligente, intuitivo y muy sagaz con los negocios. Paula había podido comprobarlo durante esa semana, pero de todas formas ella se ofreció a mirar los libros, quizá pudiera encontrar algo que a él se le hubiera pasado por alto. Él se mostró muy agradecido por su interés.
—Me parece que he comido demasiado —comentó ella—, creo que me va a costar dormirme —concluyó mientras se desabrochaba el botón de los vaqueros.
—Por eso no hay problema, podemos buscar cómo entretenernos.
Alex le guiñó el ojo con complicidad, se llevó el pie a su boca y se lo mordió. Movilizada por la tentación, se colocó a horcajadas encima de él y se acurrucó en su cuello.
—Fue un día magnífico, Ojitos, me consentiste mucho durante toda la jornada.
—A mí también me pareció un regalo.
Le estaba acariciando el cuello y jugando con el pelo de su nuca, cuando sintió en el bolsillo de su pantalón la vibración de su teléfono. Se apartó para que Alex pudiera atender.
—Mummy —dijo él.
Paula le dio un beso en la mejilla y lo dejó para darle un poco de privacidad.
Entró al vestidor para prepararse la ropa para el día siguiente y le encantó ver el traje de Alex en su armario. Le había hecho sitio para que pusiera otras mudas de ropa que había llevado. En ese momento, éste entró y la sorprendió acariciando su ropa, pero no dijo nada.
—Tenemos una pequeña inversión en zapatos y bolsos en tu vestuario.
—Son mi debilidad —reconoció con una risotada—. Paso por una tienda, los miro y me llaman —bromeó.
—Te llevarías muy bien con mi hermana, se parecen bastante.
—¿Ah, sí?
—Sí —contestó él, la abrazó y le dio un sonoro beso.
Ella se puso una ligera camisola y él entró al baño. Cuando Paula se asomó, estaba lavándose los dientes, había terminado de ducharse y estaba en pijama.
—Permiso.
—Adelante, como si estuvieras en tu baño —se mofó él.
Paula se rió y le dio un beso en el hombro, se situó frente al otro lavamanos, cogió su cepillo y también se lavó los dientes. La naturalidad con que actuaban hacía que Paula no pudiera detener sus fantasías. Al regresar al dormitorio, le encantó la imagen de Alex dentro de su cama, sentado contra el respaldo revisando su móvil. Tenía un aspecto soberbiamente masculino, absorto en la pantalla de su teléfono. Ella se metió en la cama, sincronizaron las alarmas y se escurrieron entre las sábanas. Frente a frente, enlazaron piernas y brazos, y se miraron con dulzura. Él soltó una mano para acariciarle el pelo y la cara; estaban tan cerca el uno del otro que sus palabras le soplaron el rostro:
—Es maravilloso tenerte así y saber que podré dormirme con tu olor.
Sus pensamientos volaron mientras la miraba: «Quiero disfrutarte, ya he comprendido que no soy capaz de evitarte, nena. No imaginás lo que estás haciendo con este simple mortal, sos una tentación muy difícil de resistir».
—Es maravilloso poder tenerte acá, en mi camita.
Sus labios comenzaron a vagar por el rostro de la joven hasta llegar a su boca. Poseer su lengua lo dejaba sin aliento; se impuso abandonarlos, porque si seguía besándola así, se correría sólo con sus labios. Se colocó sobre ella y recorrió todo su cuerpo con la boca. Le levantó la camisola por encima de los pechos para dejarlos al descubierto y los rodeó con sus manos. Le besó el vientre, le quitó el picardías y, con una hábil maniobra, la puso boca abajo para pasarle la lengua por la espalda. Comenzó en la nuca y terminó en su sexo, allí se perdió un buen rato, con tanto desenfreno que llegó a morderle las nalgas.
Terminaron perdidos el uno en el otro, con sus cuerpos danzando acompasados y ondulantes. Se estrellaron, fundidos en un embriagante placer que parecía no tener fin. Exhaustos y saciados, se durmieron.
Durante aquella semana, compartieron varias noches y días en el apartamento de Paula. Parecían estar hechos el uno para el otro, se colmaban a atenciones y mimos. Incluso en la oficina, Alex la llamaba a veces con alguna excusa y se encerraban para besarse. A mediodía, empezaron a comer en el Kansas, un restaurante americano más alejado para refugiarse de las miradas indiscretas del personal de la oficina. Maxi, que sí estaba al tanto de todo, los acompañaba a veces.
Fueron unos días muy intensos y pasaron volando; el tiempo nunca parecía ser suficiente para ellos. El sábado llegó y fueron a cenar a Chila, un selecto local de Puerto Madero donde Alex había hecho una reserva; tenía planeada una noche especial. Él se había cambiado en el hotel y, aunque ella había propuesto acercarse al Faena, él se negó y pasó a buscarla por su casa. Aún era temprano, así que cuando él tocó el timbre, ella todavía estaba terminando con su maquillaje. Dejó la puerta abierta para que entrase y, desde el dormitorio, le gritó que se quedara ahí, quería sorprenderlo. Había ido de compras por la mañana y todo lo que llevaba puesto era nuevo. Alex se quedó en la sala pacientemente y, cuando ella salió, se quedó deslumbrado.
—¡Guau! Estás hermosa, despampanante, la espera ha valido la pena, nena —la aduló mientras le recorría el cuerpo con la mirada—. Serán muchos los que hoy se darán la vuelta para admirarte, Paula, estás más preciosa que de costumbre —afirmó él con entusiasmo.
Paula se había puesto un vestido negro muy adherido al cuerpo, totalmente drapeado, con un escote irregular y un hombro al descubierto. El borde del escote estaba adornado con una franja plateada y salpicado de piedras negras. La prenda dibujaba sus curvas a la perfección y, combinada con unos zapatos color plata y tacones de charol negro, además de unos pendientes muy largos, hacía que estuviera espectacular. Se había dejado el cabello suelto, pero había marcado algunas ondas en él.
—Vos también estás muy apuesto. Hum, cómo me gusta tu perfume, Alex —le dijo hundiendo la nariz en su cuello.
Alex llevaba puesto un traje negro y entallado de Gucci, de dos botones y con la solapa levantada y ribeteada en satén. Los pantalones eran de cintura ajustada; su camisa, de popelina de algodón blanco y cuello italiano. No llevaba corbata y había completado su indumentaria con unos zapatos de piel acharolada negra con el logo de Gucci caligrafiado.
—¿Te gusta más el perfume o quien lo lleva puesto?
—Verdaderamente... quien lo lleva, no tengo duda. Pero ese perfume te identifica, Alex, me embriaga cuando lo huelo.
Él se quedó pensativo y Paula arremetió:
—No digas lo que estás pensando, Alex, me lo imagino.
—¿Ah, sí? A ver, sabelotodo, ¿qué estoy pensando?
—Que no es la primera vez que te lo dicen. Creo que estoy aprendiendo a reconocer tus gestos.
Él frunció la boca y cerró los ojos, pero no contestó.
—Blue eyes, no te atrevas a ser tan engreído, mirá que tengo un buen revés —bromeó ella y se rieron.
—Hoy es una noche especial, tengo una sorpresa para vos.
—¿Una sorpresa? —preguntó extrañada.
—Así es, te vas a enterar cuando lleguemos al restaurante. Vámonos ya, nena, porque tengo ganas de arrancarte ese vestido y, si lo hago, perderemos nuestras reservas.
Heller los esperaba en el coche y les abrió la puerta trasera. Durante el trayecto, Paula intentó indagar acerca de la sorpresa, pero él se mantuvo hermético.
—Cuánta impaciencia, no sabía que fueras tan curiosa.
Él se mostraba divertido con su curiosidad y jugaba con eso. Paula odiaba los acertijos porque era demasiado ansiosa, pensaba y pensaba pero no se le ocurría nada. Decidió no hacer más conjeturas absurdas que luego la desilusionaran. Durante el viaje, Alex mantuvo su mano aferrada y, en más de una ocasión, la llevó hacia sus labios para besarla; estaba muy cariñoso. Cuando llegaron al restaurante de fama internacional, Heller abrió la puerta para que Alex bajara y, éste tras abrochar su americana, se dio la vuelta, abrió la portezuela de Paula y le extendió la mano para ayudarla a bajar.
—Te llamo cuando estemos por salir, Heller.
—Por supuesto, señor. Que disfruten de una hermosa cena.
—Muchas gracias —contestaron al unísono.
Paula alisó su vestido y entraron al local. El lugar tenía exquisitos detalles de diseño, que creaban un espacio íntimo y elegante. El ambiente era cálido y se oía jazz como telón de fondo. Una simpática señorita con acento caribeño les dio la bienvenida, Alex le indicó su nombre y le informó de que tenían una reserva. De inmediato, la joven recepcionista lo comprobó y los invitó a pasar a un salón exclusivo para tomar una copa antes.
—¿Te gustaría un aperitivo antes de la cena, Paula?
—Sí, me parece bien —le respondió ella con una sonrisa deslumbrante y él le guiñó un ojo. Tras una seña de la recepcionista, un camarero se acercó a ellos y los guió hasta el reservado. Alex exudaba poder y estilo por los poros; sólo bastaba con darle una ojeada a la ropa que vestía para darse cuenta de su rango. Su acento era otra marca que no pasaba desapercibida y, cuando la gente notaba que era extranjero, se deshacían en atenciones. Paula no podía evitar sentirse una privilegiada a su lado.
El sitio tenía una iluminación tenue, muy sobria, con un tinte minimalista que le confería el confort idóneo. Les facilitaron la carta de la barra y Alex pidió un Bloody Mary, mientras que ella se pidió un Dry Martini.
—Bueno, ya estamos acá. ¿Y la sorpresa?
—No seas ansiosa, todo a su debido tiempo —la contuvo él, mientras le besaba la punta de la nariz—. Cuando pasemos a cenar te enterarás. Ella hizo un mohín.
—¿Te gusta el lugar? —preguntó él.
—Me parece bellísimo. Había oído hablar mucho de él, pero jamás había venido. Esperemos que la comida sea tan buena como la decoración. —Entonces él se acercó a su oído y le susurró:
—¿Recordás que la última vez que salimos a cenar nos quedó algo pendiente con el baño?
—Alex, estás bromeando, ¿verdad? —se ruborizó Paula y miró hacia todos lados mientras bebía de su copa.
—¿A vos qué te parece? Te dije que no me olvidaría. —Ella abrió los ojos como platos, porque entendió que él no bromeaba. De pronto se sintió excitada, juntó aún más sus piernas e intentó bajarse el vestido. Alex se desternilló de risa.
—¿Excitada?
Ella le sonrió tímidamente; podía sentir con claridad los latidos de su vulva.
—Nena, no te imaginás cómo estoy yo sólo de pensarlo, no te sientas culpable, por favor.
La propuesta quedó flotando en el aire una vez más. Después de terminarse los cócteles, pasaron a la mesa, guiados por el camarero. Desde donde estaban sentados tenían una vista maravillosa del dique. Revisaron la carta, pidieron la comida y se les acercó el sumiller para entregarles la selección de vinos y preguntarles, cordialmente, si necesitaban asesoramiento. Alex, que en un primer momento dijo que sí, al ver los vinos franceses que ofrecían, no dudó y pidió un Château Pichon Longueville 1997 Cru Classé de Bodega Longueville Paulliac.
—Una excelente elección, señor, pues para un buen maridaje con las trufas que pidieron, es necesario que el tinto tenga un añejamiento importante que resalte su sabor.
Trajeron el vino, el sumiller lo descorchó y, respetando los pasos de la cata, hizo probar primero a Paula, que como toda una experta lo olió, lo movió observando su color y lo llevó a su boca, donde lo mantuvo por unos instantes. Alex sonrió.
—¿Te gusta?
—Exquisito.
Él también lo probó y dio su visto bueno. Cuando se quedaron solos, levantó la copa con solemnidad.
—Brindo porque esta noche sea realmente inolvidable, pero también brindo, muy especialmente, por la flamante gerente de finanzas de Mindland. Preciosa, estás confirmada en el puesto.
Paula se quedó atónita, realmente no se lo esperaba. El hombre se acercó y le dio un cálido beso.
—¿Cómo? —balbuceó ella.
—Sí, nena, envié los informes de tu trabajo junto con la carta de Natalia y ayer a la noche mi padre me llamó para confirmármelo. Estás aprobada.
—Pero se suponía que la decisión se iba a tomar cuando regresaras a Nueva York.
—Sí, pero Natalia habló conmigo el miércoles pasado y me comunicó que quería trabajar sólo hasta enero, así que hubo que acelerar las decisiones. Eso significa que, cuando regreses de tus vacaciones, tomarás oficialmente posesión del puesto. El lunes convocaré una junta y anunciaré el traspaso.
Ella seguía muda.
—¡Vaya sorpresa! —atinó a decir.
—¡Felicidades, preciosa! —Tomó su mano y la besó—. ¿Estás contenta?
—Pasmada, Alex, no me lo esperaba, pero... Por supuesto que estoy feliz. Sos muy malo, lo sabías desde ayer y no me dijiste nada. —Le hizo un mohín—. ¿Cómo te aguantaste?
—Precisamente por eso planeé esta cena, Paula, quería darte la noticia en un marco especial.
—El especial sos vos, bobo, no hacía falta nada más. Me muero por un beso de esos que tanto me gustan.
—Creo que vas a tener que esperar un poco para eso, porque acá no estaría bien darse uno de esos besos que tanto nos gustan. O, si querés, podemos ir al baño a besuquearnos. ¡Vos decidís!
—Creo que me gustan más los que nos damos en la intimidad ¡y basta ya con el baño! —lo amonestó y se rieron.
De primero habían pedido una suave crema de trufas, con huevos, chalotes y morcilla. A la vista, parecía un plato perfecto y, cuando lo probaron, estaba sencillamente exquisito.
—¿Y me aceptaron así, a la primera? ¿Cómo fue?
—No sé los detalles, nena, porque no he hablado en profundidad con mi padre, pero te digo que el informe de control de gastos y las proyecciones que elaboraste para Chile ayudaron mucho. Sedujiste a mi padre con tu talento, Paula, eso sí me lo dijo.
—¡Guau! Creí que lo de Chile era entre nosotros, nunca supuse que se lo entregarías a él.
—Nena, sos brillante en todo, jamás podría desacreditarte. ¡Cómo no iba a decir que era un rescate tuyo! Y no seas tan humilde, no es un cumplido, es realmente lo que creo.
—Gracias, Alex —dijo ella ruborizada—, gracias por todo. Gracias por pensar en un momento especial para mí, ¡te voy a extrañar tanto cuando te vayas!
—No hablemos de partidas.
—No hablar de ellas no significa que no existan.
—Sí, pero todavía falta y ya lo solucionaremos —concluyó y, de pronto, dejó de hablar.
—¿El qué?
—Digo que buscaremos la forma de seguir viéndonos.
—¿De verdad, Alex? Es la primera vez que me hablás del futuro.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero se contuvo; la noticia la había afectado claramente.
—Nena, ¿acaso creés que yo no voy a extrañarte? Es obvio que me tenés loco, Paula, y voy a pensar en vos a todas horas.
Entrelazaron sus dedos y sonrieron de oreja a oreja.
—Me tenés atarantada, así es como estoy todo el día.
—Que te tengo ¿qué? —frunció el cejo, no había entendido el término.
—Atontada, aturdida, mareada, azorada, embobada, me absorbiste el seso, Alex.
—Entendido, entonces yo estoy igual de atarantado también.
—Pellizcame, por favor, no quiero que sea un sueño.
—Boba, vos sos un sueño para mí, pero un sueño del que disfruto despierto. Como dice nuestra canción, encendiste la luz, me llenaste de fe.
—¿Nuestra canción?
—Para mí es nuestra canción, fue la primera que compartimos cuando nos conocimos, ¿te acordás?
—Por supuesto que me acuerdo, para mí también es nuestra canción, pero no sabía que también la sintieras así. Me gusta que digas «nuestra», es bueno que tengamos cosas que compartir más allá de la cama.
—¡Paula, hace dos semanas que vos y yo compartimos más que una cama!
—Lo sé y me encanta, pero también me asusta.
—¿Asustarte? ¿Por qué? ¿Hay algo que no esté haciendo bien?
El plato principal llegó e interrumpió la conversación. Les trajeron un magret de pato prometedor.
De pronto, al ver que Alex esa noche estaba muy hablador y muy accesible, ella decidió lanzarse. Necesitaba saber más.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? Algo que vos también me preguntaste y yo, en su momento, ya te contesté.
—Adelante —le respondió él, complaciente.
—¿Cuántas novias tuviste? —Él la miró, cogió su copa y bebió un sorbo de vino.
—¿Por qué querés saber eso? —le preguntó lo mismo que ella le había dicho a él en aquella ocasión.
—Por curiosidad, para saber más cosas de tu vida —se justificó.
Alex hizo una pausa, tras la que dijo:
—He salido con muchas mujeres, Paula, no llevo la cuenta.
—A lo que me refiero es a alguien especial, Alex. ¿Estuviste alguna vez de novio formal?
Él volvió a sorber de su copa, y resopló.
—Hubo una vez alguien muy especial —admitió, cerró los ojos y asintió con la cabeza, como si recordara; sus pestañas eran un abanico ante sus ojos.
—¿Estabas enamorado?
—Creo que ya me lo preguntaste en Los Castores. Sí, creo que estuve muy enamorado. —Y como hizo hincapié en el «muy», ella sintió celos de aquella mujer desconocida—. Supongo que vos también estuviste muy enamorada de Gustavo, ¿no?
—Estábamos hablando de vos y no de mí. Esa vez me contestaste que te habías enamorado una o dos veces. —Alex aún no estaba preparado para reconocer que estaba enamorado de ella.
—Es incómodo para mí hablar de esto, Paula... Esa vez dije quizá dos, pero ahora estamos hablando de mis relaciones formales.
—Sé que es incómodo y sí, por supuesto, estuve enamorada de Gustavo y te conté por qué se terminó. El recuerdo me hace sentir vulnerable y prefiero olvidar ciertas imágenes. Pero volvamos a vos. ¿Cuánto tiempo estuviste con esa mujer a la que amabas?
—Imagino cómo te sentís —la compadeció él y la tomó de la mano para no contestar mientras pensaba «Paula, no arruines la cena, por favor». Intentaba salir del ojo de la tormenta, pero ella estaba dispuesta a mantenerse en sus trece. Sentía que era el momento y el lugar adecuado y seguía a la espera de una respuesta.
»Debo confesarte —insistió Alex— que no me gusta saber que Gustavo te generó sentimientos importantes, supongo que es porque soy muy posesivo. Entiendo que pertenece a tu pasado, pero hubiera preferido no conocerlo. Aunque, si te digo la verdad, no me parece un competidor. Me he preguntado mil veces qué le viste a ese tipo, Paula. Sos demasiado bonita para él.
—Me parece estar oyendo a Maxi, él siempre me decía lo mismo. Pero opino diferente a vos, yo prefiero mil veces tener conocimiento a no saber contra qué batallar. No me molesta saber que sentiste cosas importantes por otra mujer. Bueno, para ser sincera, me genera un poco de celos, pero creo que lo importante es lo que sentís ahora. ¿Por qué terminaste con quien tenías esa relación formal?
—También es un recuerdo que me hace sentir vulnerable, Paula. Sus ojos se enfrentaron y Alex pensó: «No me obligues a llamar a Heller para que nos vayamos de acá, nena». Mientras tanto, Paula, analizaba sus palabras: «Al menos, dijo “recuerdo”». Entonces él contraatacó—: ¿Aún debería batallar con Gustavo?
—Gustavo pertenece a un pasado muerto y enterrado. En cuanto a tu pasado, ¿aún tenés sentimientos por esa persona? ¿Seguís amándola? ¿Vas a contestarme a alguna pregunta? Porque, hasta ahora, no respondiste a ninguna.
—No quiero seguir hablando de esto.
Se estaba cabreando y fue muy cortante, pero ella lo interpretó de otro modo. Siguieron comiendo en silencio, no había sido una buena idea abordar el tema, la comodidad inicial se había vuelto tensa. «Mierda, ¿por qué no quiere hablar? ¿Aún sentirá cosas por esa mujer? Pero dice que lo tengo atarantado, que buscaremos una forma para seguir viéndonos. Me susurra estrofas de una canción amorosa y pretende no contarme nada de él, de su vida. ¿A qué juega? ¿Por qué tanto misterio?» La mente de la joven iba a mil por hora. De pronto, soltó una pregunta a bocajarro:
—¿Quién es Rachel Evans?
—¿Quién? —Su mención lo tomó por sorpresa—. ¿De dónde sacaste ese nombre?
—De tu teléfono, tenías una conversación con esa persona.
La miró y le besó la mano, la pregunta de Paula le había hecho gracia. —¿La leíste?
—No, no lo hice, sentí pudor de seguir hurgando en tu móvil. Si lo hubiera hecho, no te preguntaría nada.
—Es... simplemente una persona que pertenece al departamento de legales en la central. ¿Por qué no leíste la conversación? Tuviste la oportunidad de hacerlo, yo leí todos tus mensajes.
—Tal vez yo no sea tan curiosa como vos o, simplemente, prefiera enterarme de las cosas por tu boca. —Eso era mentira y Paula lo sabía. Había tenido miedo de lo que pudiera encontrar y se había sentido cobarde, pero no pensaba admitirlo.
—Sos muy sagaz, siempre tenés una respuesta. Debe de ser muy entretenido tener una discusión con vos. Pero si la hubieras leído, hubiera sido más fácil.
—Más fácil, pero menos emocionante. Me gustaría saber todo de vos, pero porque vos decidís que así sea, no porque me haga la fisgona.
—A mí me gustó saber lo que opinabas de mí y lo que sentías, aunque fuera leyendo los mensajes de tu teléfono y no me sentí un fisgón. Además sé que a mí no me lo dirías como se lo contás a tu amigo. La verdad es que fue una experiencia muy interesante. De todos modos, no te aflijas tanto, si hubieras leído tampoco te hubieras enterado de mucho.
—Si vos me preguntases las cosas, también te las diría. Siempre que lo hiciste, te contesté con el corazón.
—Sí, siempre me respondiste, pero no abiertamente. Como ahora, sé que te guardás muchas cosas.
—Las guardo, Alex, porque tengo la impresión de estar caminando sobre el agua con vos. Si fueses más abierto conmigo, no tendría problema en sincerarme más yo también.
—¿Eso te hago sentir?
—Todo el tiempo. —Él la miró, luego cogió la botella de vino y sirvió en ambas copas.
—Salvo cuando tenemos sexo —acotó Paula—. ¿De qué podría haberme enterado si hubiera leído esos chats?
—Lo siento, perdiste tu oportunidad. —Le guiñó el ojo—. ¿Así que soy engreído? Si mal no recuerdo, eso le decías a Maxi en un mensaje.
—Tenés un poder asombroso para llevar la conversación a donde te conviene. —Alex esbozó esa seductora sonrisa de perdonavidas—. Como en este momento, estás siendo muy engreído.
—¿Y eso te molesta?
—Ya leíste que no, dejá de hacerte el interesante, sabés que me exaspera. ¿Por qué te cuesta tanto hablar de tu vida personal y de tu pasado?
—Porque mi pasado es eso, Paula, mi pasado. Y si hoy estoy acá con vos, es porque estoy intentando tener un presente.
Él se estaba sulfurando por dentro: «Basta, nena, me estás hinchando las pelotas. Terminá ya con esta inquisición».
—Vayamos de a poco, Paula. Cuando llegué a Argentina, no estaba en mis planes conocer a nadie, al menos no de la forma en que vos y yo nos estamos conociendo y relacionando. Mi corazón estaba cerrado, pero creo que tenías razón con lo que me dijiste la otra noche en Los Castores. A veces uno se propone una cosa y el corazón manda otra. Supongo que es lo que sucede cuando se involucran los sentimientos.
—Lo siento, Alex, no quiero presionarte, pero a veces sos tan contradictorio con lo que decís y con lo que hacés. —Paula buscó su mano—. Creo que en mí están surgiendo sentimientos importantes y sólo pretendo saber si puedo darles rienda suelta, no quiero volver a sufrir —suspiró.
—Te conté mucho, Paula, a ver... —La cogió de las dos manos—. Nena, hace dos años que no estoy en pareja. He tenido mis desahogos sexuales en este tiempo, pero en estos dos años no me he acostado más de dos veces con nadie. Cuando te conocí, no eras para mí nada más que un polvo de una noche. Luego pasaste a ser un muy buen polvo, pero increíblemente te metiste en mis pensamientos durante todo aquel fin de semana y, después, el destino nos volvió a juntar en la oficina. Las cosas se han ido dando así entre nosotros. —Resopló—. Me pediste que intimáramos y lo estoy intentando. Yo era reticente a tener una relación, tenía otros planes, pero no hay ningún truco que pueda alejarme de vos. Estaba realmente fastidiado con aquel interrogatorio—. Me parece que es mucho más sencillo de lo que creés. Ambos estamos intentando dar rienda suelta a esto que sentimos, te halago siempre que puedo y te digo cosas bonitas cuando hacemos el amor, porque hemos hecho el amor, Paula, así lo he sentido. Sé que también hemos follado de forma salvaje y estoy convencido de que eso también es importante para que una relación no se enfríe, pero siempre he sido sincero con las palabras dulces. No especulo con eso sólo para asegurarme de poder tener otro polvo con vos. ¿Cuánto más claro tengo que ser?
—¿Cómo se llama?
—Estoy molesto, Paula, estoy realmente molesto. A veces, te ponés insoportable. Ya veo que no vas a bajarte del burro, es lo último que te contesto: Janice... y fin del asunto.
—No te enojes.
Bueno, al menos, ahora tenía un nombre. «Janice» era de quien debía tener cuidado. «¿Qué habrá pasado entre ellos? Es obvio que no quería nombrarla, pero ¿por qué motivo?», caviló Paula.
—No me enfado, sólo quiero disfrutar de la cena, aunque me lo estás poniendo difícil, nena. Te he dicho cosas importantes, cosas que no creí que podría decirle a alguien ahora, pero a vos sólo te importa saber un nombre.
—Perdón, perdón. Tenés razón. Lo siento, no quiero parecer necia. Todo lo que me dijiste es hermoso.
Paula se dio cuenta de que ya no podía seguir tirando de la cuerda y de que, además, Alex tenía razón. Le había dicho muchas cosas bellas y ella, por centrarse en ese maldito nombre, no había reparado en sus sentimientos.
—No quiero que pienses que caminás sobre el agua. Intentemos disfrutar.
—Siempre disfruto cuando estoy con vos. Esas sensaciones las tengo cuando no estás a mi lado o cuando te cerrás en banda.
—Yo también gozo de tu compañía y, cuando no estamos juntos, te extraño, Paula. —Levantó la mano y se la besó—. Hoy por hoy, no existe otra mujer en mi vida.
«¡Dios mío! Si eso no es una declaración, ¿qué más estoy esperando que me diga? De todas formas, la gran incógnita es lo que pasará cuando se vaya y vuelva a su vida normal, a su ambiente, a su hogar, a su familia, a sus amigos y a Janice. Ella está allá y yo voy a quedarme acá.» El camarero retiró los platos y regresó luego con el postre.
Habían pedido dos variedades para compartir, los sabores eran tan exquisitos y sofisticados como su presentación. Se dieron de comer en la boca y la libido de ambos empezó a subir. Paula decidió no tocar ningún tema más y deleitarse con la presencia de Alex durante el resto de la noche.
—Gracias, Ojitos, estoy muy feliz.
—Brindemos nuevamente por tu ascenso. ¡Estoy muy orgulloso de vos!
—¿De verdad?
—Por supuesto, preciosa.
—Salvo mi mamá o mi hermano, nunca me habían dicho eso.
—¡Qué bueno que sea el primero! Sos muy inteligente y talentosa.
—Me siento feliz a tu lado, siempre hacés que cada momento sea especial. Me alegra que nos hayamos conocido.
—Yo también me siento muy feliz, Paula, cambiaste mi vida.
—Ojitos, eso suena muy lindo.
—Nunca antes me habían dicho «Ojitos» y me vuelve loco.
—Me alegra ser la primera que te llame así y que esa palabra tenga ese efecto en vos. Amo tus ojos, Alex.
—Y yo los tuyos. ¿Qué tal si nos vamos?
—Me parece perfecto, quiero esos besos que me prometiste al principio de la cena.
—Estamos a tiempo de ir al baño. Si te animás, no tendríamos que esperar tanto —ironizó él.
—¡No, Alex! Me muero de vergüenza... Podría entrar alguien.
—Pero podría ser muy excitante. —Sus pulsaciones se habían disparado.
—No lo dudo, pero mejor vayamos a casa o al hotel, estamos muy cerca.
—Prefiero tu casa, el ambiente es más íntimo.
Alex llamó al camarero y le entregó su tarjeta sin pedir la cuenta. Estaba realmente encendido.
Mientras esperaba que le cobrasen, dejó una suculenta propina bajo el cubo de champán, luego sacó su iPhone y llamó a Heller.
De camino al apartamento, sus manos no se estaban quietas. Se acercó a su oído y le susurró:
—Voy a hacerte el amor toda la noche, no pienso dejarte dormir. Paula se rió porque sabía que cuando él decía algo lo cumplía—. Estás muy linda con ese vestido, no veo el momento de llegar y tener el privilegio de quitártelo.
Se miraron y sus ojos transmitían urgencia. Alex depositó un tierno beso en sus labios.
—Lo compré especialmente para salir con vos.
—Gracias por ponerte tan bella para mí, hoy estás realmente irresistible, aunque, ¡bah!, siempre lo estás.
Llegaron al apartamento y Paula dejó su bolso en la mesa y se dedicó a encender las lámparas bajas y a cerrar las cortinas. Entretanto, él puso música y, en segundos, el ambiente se inundó con la voz de Adele que cantaba One and only. La joven no podía apartar sus ojos de él, fascinada al ver cómo se desplazaba familiarmente por la casa, con su andar sexy y seguro de sí mismo. Ya en la sala, Alex la agarró por la cintura y la besó despacio, mientras ella se sujetaba expectante de la solapa de su americana. Ella se sentía flotar.
—Como adelanto de los muchos besos que quiero no estuvo mal —le dijo mientras abría sus párpados seductora.
—Creo que hoy voy a tener que trabajar muy arduamente, pero... sólo quiero complacerte, preciosa. —Volvió a comerse su boca y ella emitió un jadeo. En ese instante, él se apartó—: ¿Éste estuvo mejor?
—Mucho mejor, quiero muchos más como éste.
Alex volvió a perder la lengua entre sus labios, sus manos ya habían bajado hasta su trasero y lo sostenía con firmeza. La tenía aprisionada contra su sexo y su solidez podía notarse con plenitud a través del fino pantalón. Desprovista de oxígeno, se apartó de su boca y, con aire sensual, deslizó sus manos por los botones de su americana para quitársela, lo logró y la dobló con cuidado. Alex llevaba una camisa muy ajustada, así que recorrió su pecho por encima de la tela con sus manos ansiosas, adivinando su musculatura bajo el tejido. Osada, se acercó aún más y recorrió su cuello con un camino de besos que terminaron en el lóbulo de su oreja; eso lo hizo gemir. Alex sintió que su cuerpo se licuaba. Movió sus manos resuelta y lo cogió de la nuca, sus dedos se hundieron en su cabello. Esa caricia lo enloqueció, pero ella, con calma, volvió a poner las manos sobre su pecho y empezó a desabrocharle la camisa. Él la dejaba hacer. La sacó de dentro de sus pantalones y la dejó abierta, mientras se acercaba para besar su torso. Estremecida, se detuvo a la altura del corazón; sus latidos resonaban con intensidad sobre sus labios, lo tenía desbocado, y eso la hizo sentirse omnipotente. Levantó la cabeza, le mordió la barbilla y su sonrisa se transformó en una mueca lasciva. Le cogió las muñecas para quitarle los gemelos, que guardó en el interior del bolsillo de su pantalón. Aprovechando la oportunidad, tocó su pene por encima de la tela y Alex, que no había dejado de observarla en ningún momento, cerró los ojos para entregarse al placer que su intrusa mano le había proporcionado por sorpresa.
—Paula... —Se sintió tambalear, ella tenía el poder de desestabilizarlo; lo consumía.
—¿Qué? —sonó vigorosa al preguntarle.
—Me vas a matar, nena. Odio ser reiterativo, pero es lo que siento— le dijo casi sin aliento.
Esa caricia le había parecido trepidante, aún más que si hubiera tenido su miembro desnudo en la mano. Enderezó su pelvis, mientras se escapaba otro gemido de su boca; Alex estaba perdiendo el control. Sonrió y él movió su cabeza a modo de negación; en sus labios se adivinó el gesto de incredulidad que siempre hacía cada vez que ella lo tocaba. Deseosa de mucho más, apartó la mano del bolsillo y la llevó a su bragueta. Desabrochó el primer botón y pasó el dedo por dentro del elástico de su ropa interior, luego recorrió su camino feliz con las manos y siguió hasta sus pectorales para quitarle la camisa. Para Alex, era imposible continuar inerme a su seducción. La tomó de una mano y la atrajo hacia él con fuerza. Su cuerpo estaba muy receptivo. La sostuvo por la barbilla y le besó los labios con ternura. La hizo ponerse de espaldas y empezó a lamerle el cuello y el hombro, mientras le bajaba la cremallera del vestido, pero no se lo quitó. La espalda de la joven quedó semidesnuda y él se la acarició con sus largos dedos; su cuerpo se sacudió. Entonces, Alex dibujó una línea de besos desde la nuca hasta el nacimiento de su trasero, se puso de pie y la abrazó por detrás para rozar su piel desnuda con su pecho.
—Sos hermosa, tu piel es sublime y tu olor es embriagador —le susurró al oído.
Deslizó el vestido por su cuerpo, se agachó y esperó a que levantara sus pies para quitárselo por completo. Después se acercó al sillón para dejar el vestido junto a las otras prendas. Paula giró la cabeza y ahí estaba él, de pie, observándola, devorándola, escudriñando su cuerpo con una mirada sombría. Tras unos instantes, volvió a acercarse, le pasó la mano por las nalgas con mucho mimo y, pegando su cuerpo al de ella, le musitó:
—Lo quiero, Paula, deseo esto también —dijo mientras pasaba su dedo alrededor de su orificio.
—Yo... nunca... —alcanzó a balbucear, abrió los ojos y apretó el trasero. Se sintió nerviosa e insegura.
—Tranquila, ahora no, será poco a poco.
Le besó los hombros mientras le desabrochaba el sostén, se lo escurrió por los brazos despacio y entonces la magia volvió. Sus cuerpos se sabían ardientes, preparados y ansiosos para recibir al otro. Alex acunó sus pechos con las manos, se apoderó de sus pezones para atormentarlos con sus dedos y empezó a lamer su cuello con la lengua, desenfrenado y con la respiración entrecortada.
Ambos eran fuego y él ya no podía esperar más para poseerla. Necesitaba su cuerpo de forma desesperada. La tomó entre sus brazos y la llevó hasta el sofá en volandas, la recostó en él y la aprisionó con su peso. Sin temor a equivocarse, Paula dejó constancia en su mente de que no había otro lugar en el mundo donde pudiera sentirse mejor.
Los ojos del norteamericano habían perdido el azul natural y la observaban con fijación. Famélico, se apoderó de sus pechos con la boca, los lamió, jugó con sus pezones, mientras su pene, doliente de tan duro, se restregaba por su pierna. Le chupó los pezones y los mordió, succionó su redondez y las apretó sin mesura.
—Sos hermosa, Paula, no puedo aguantar más para tenerte.
Corrió las diminutas bragas a un costado, se bajó un poco los pantalones y el calzoncillo y se perdió en su profundidad para disfrutar de esa primera intromisión.
Paula se aferró a su trasero y comenzó con un lento vaivén de profundas embestidas. Su movimiento la desgarraba de placer y la llenaba por completo. El sexo de Alex arremetía contra el de ella, tan extasiada que empezó a necesitar más intensidad.
—Rápido y fuerte, por favor —le suplicó.
—Tranquila, tenemos tiempo.
Salió de ella y la dejó más necesitada aún. Le palmeó el muslo y le indicó que se diera la vuelta; Paula, obedientemente, asintió a lo que le pedía. Le encantaba que él llevara el control de la situación, era un verdadero macho alfa, dotado, seguro de sí mismo y tenía más aplomo que todos los hombres que habían pasado por su vida. A la hora de hacer el amor, él sabía cómo conseguir que una mujer gozara entre sus brazos. La tenía hipnotizada, la abandonaba la razón y su voluntad dejaba de existir. En ese momento, sólo le apetecía complacerlo y que le diera placer, sólo deseaba tenerlo a él y que él la necesitara tanto como ella. Le acarició las nalgas y, de una estocada, introdujo su miembro tieso nuevamente en su vagina, volvió a moverse hiriente contra ella, despacio, disfrutando de su abismo y de su longitud.
Su duro pene la empujaba, la llenaba y la desesperaba, todo lo que le estaba dando parecía no ser suficiente, necesitaba una dosis extra de adrenalina y de lujuria.
—Alex, por favor, más rápido.
—También lo quiero yo, pero necesito más, quiero que mi fuego se abrase junto a tu cuerpo.
No estaba entre sus planes que las cosas fueran rápidas esa noche; y es que él quería perpetuar el momento. Paula intentó controlar sus emociones, sus sensaciones y su avidez de él; se concentró para gozar como él quería que lo hiciera. Él, mientras tanto, arremetía contra su sexo despacio, nunca había estado tanto tiempo dentro de ella, manteniendo la intensidad de su intromisión; tenía otros planes. De pronto, se detuvo y descansó el cuerpo en su espalda; entonces se sentó en el sofá y le pidió que se subiera a horcajadas en él. Ella se aferró a su cuello y Alex la sujetó por las caderas, guiándola para que se hundiera en él. La atravesó con un movimiento profundo y lento, llegó con su dureza hasta el fondo y excavó en ella morbosamente.
Paula entró y salió de él, al ritmo que Alex le indicaba. Aun en silencio, se decían con los ojos todo lo que sentían. De pronto, gemidos, soplidos, jadeos, gritos, besos y lenguas los invadieron y marcaron un punto de inflexión para que cambiaran la intensidad de sus movimientos. Ella sentía cómo su cuerpo subía a la cima y sabía que caería, desde allí, hasta un éxtasis soñado que sólo su amado podía hacerle sentir. Su orgasmo estaba latente, su vagina apretaba el pene y los espasmos empezaban a construirse sin demora.
—Dale, Paula, dale, acabemos juntos —le suplicó él con la voz entrecortada. Sus palabras y el tono de su voz hicieron mella y, entonces, ella cedió a su ruego. Hubiera querido decirle que lo quería así siempre, perdido en ella, pero en vez de hacerlo gritó su nombre y jadeó hasta que escaparon lágrimas de sus ojos por la intensidad del orgasmo. Nunca antes le habían hecho experimentar esas sensaciones.
Alex también gritó, ronco y varonil, y secó sus lágrimas con los labios. En cuatro embestidas más, se vació por completo y, por la posición en la que estaban, sus fluidos empezaron a chorrear por la pierna de Paula. Apoyada en sus hombros, ella se hundió en su cuello para esperar a que su cuerpo se calmara un poco.
Alexander enroscó los brazos a su alrededor con fuerza, como si fuese una tabla en medio del océano, y la oprimió contra su pecho, quería perpetuar el momento.
Adele estaba terminando de cantar y Paula tradujo en su mente la frase y le dijo, casi sin aliento: «Prometo que merezco estar entre tus brazos; así que, vamos, dame una oportunidad». Al escucharla, Alexander le llenó la frente de besos. De este modo, permanecieron en silencio durante un rato. Luego salió de su interior, se puso de pie y la llevó en brazos hacia el dormitorio, la recostó en la cama y volvió a salir para apagar las luces y la música. Regresó y se dejó caer a su lado.
—Fue grandioso, Alex.
—Aún tengo más proyectos para esta noche, en el auto te dije que no te iba a dejar dormir.
Ella rió aniñada, se subió a horcajadas sobre él, tomándolo por sorpresa, y entrelazaron sus manos.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes que no quedarás exhausto antes que yo?
—Porque estoy en buena forma física.
—No lo dudo, pero también puedo llegar a consumirte, no me subestimes.
—No, nena, creeme que no lo hago. A veces tengo miedo de que mi corazón se detenga.
—¡Exagerado!
—No exagero, Paula.
Ella se inclinó para besarlo.
—Quiero estar siempre así con vos, no voy a soportar que te vayas de mi lado.
—No me iré, quizá lo haga de manera transitoria, porque tengo obligaciones que cumplir, pero yo tampoco podré irme por demasiado tiempo, Paula. No quiero alejarme de tu lado, lo solucionaremos.
—¿Me lo prometés?
—Te lo prometo —dijo convincente, y entonces ella volvió a acercarse y lo besó posesiva. Necesitaba sentir que era suyo, que le pertenecía pero no sólo en cuerpo, sino también en alma. Sus lenguas se encontraron una vez más danzando dentro de sus bocas y la urgencia se apoderó de ellos de inmediato. Alex estaba sólido y preparado para entrar de nuevo en Paula y llenarla de placer. La fusión de sus cuerpos era perfecta; su destino era estar unidos. Se perdieron en las caricias, en el momento, en la noche... Entre ellos, desde un primer instante, todo había sido intenso y rápido, como el último orgasmo que compartieron esa noche.
Estaba sedienta y se levantó a beber agua. Cuando regresó, Alexander estaba con los ojos cerrados y ella se deslizó con cuidado a su lado y se acercó para darle un beso sutil en los labios.
—¡Ah, te atrapé! —gritó él.
Paula chilló espantada y luego se carcajeó. Él trepó por su cuerpo con un rápido movimiento.
—¡Bobo, me asustaste!
—¿Creíste que me había dormido? Te dije que no lo haría, tenés que confiar más en lo que te digo; debés aprender a confiar en mí, Paula.
—Claro que confío.
—¡Mentirosa, sé que no es así!
—Sabelotodo, ¿por qué pensás eso?
—Porque cada vez que te digo cosas importantes, noto incredulidad en tu mirada. A veces siento que clavás tus ojos en los míos y me pedís que sea cierto lo que te estoy diciendo. Entiendo que te defraudaron una vez y que te cuesta volver a creer en alguien, pero soy sincero en todo lo que te expreso, siempre. Vos sos muy transparente, Paula, tu mirada es lo más transparente que tenés.
Ella se quedó callada. Todo lo que Alex le estaba diciendo era cierto. Le sonrió tímidamente y estuvo unos segundos pensativa. Le costaba mucho dejar sus miedos de lado, le asustaba pensar que su relación se basaba simplemente en la atracción física. Lo que Alexander acababa de decir le la hacía feliz, pero siempre encontraba algún «pero». Además, ahora se había instalado en su mente un nombre: «Janice».
—Juro que quiero creerte, Alex, pero tengo mucho miedo de que todo entre nosotros se termine.
—No se va a acabar, Paula; ¿cuántas veces tengo que decírtelo para que te convenzas? Sé que al principio no era así, pero las cosas han cambiado sobre la marcha, mis sentimientos se han transformado.
—Es que Alex... —hizo una pausa, tragó saliva y continuó—: Lo que me hace dudar es que hay cosas que no me decís.
—Hoy en el restaurante, te dije todo lo que querías saber.
—No, todo no. Sólo contestaste a las preguntas que quisiste. —Él resopló—. ¿Ves? Como ahora, estamos hablando, no te gusta y te pones tenso y estoy segura de que vas a intentar cambiar de conversación.
—¿Acaso hay algo más importante que lo que te explico que siento por vos?
—Supongo que no —contestó Paula y era evidente que, en ese aspecto, él tenía razón.
—¿Entonces?
—Quizá tengas razón, debería confiar más en tus sentimientos.
—Eso me gusta más; es agotador estar todo el tiempo esforzándome para convencerte de que lo que te digo es cierto.
—Perdón, te prometo que lo voy a intentar con más fuerza.
—Bien, eso está muy bien.
Había empezado a amanecer, la luz del día los sorprendió charlando. Tenían sus manos enlazadas y él jugueteaba con sus dedos mientras hablaba sin parar. Se había propuesto que ella confiara en él y decidió que era una buena idea explicarle cosas de su círculo más íntimo. Le habló de su casa en Miami, de sus hermanos y sus profesiones —el mayor era abogado; el del medio, psicólogo y su hermana, genetista—. El abogado y él trabajaban en la empresa con su padre, mientras que los otros, por sus profesiones, tenían una clínica en sociedad. Le habló del negocio familiar, de sus inicios y le reveló que, al principio, los diseños de Mindland habían sido de su madre. Así fue como había surgido la idea de crear una marca de ropa, desde muy abajo; nunca vislumbraron que se transformarían en una compañía tan grande. Le explicó que cuando había nacido el segundo de sus hermanos, su madre se había apartado de la empresa para dedicarse a la familia, por lo que su padre contrató a otros diseñadores y siguió adelante con la compañía hasta transformarla en lo que en esos momentos era. De pronto, el silencio del amanecer y el cansancio se apoderaron de Paula, que se resistía a dormirse. Alex estaba muy comunicativo, pero también sus párpados empezaron a pesarle.