Capítulo 14

PAULA despertó y ambos estaban en la misma posición. Por un momento, dudó de si realmente se había dormido o tan sólo había cerrado los ojos un instante. Alex dormía profundamente, sereno, su barba se insinuaba en su cara y estaba muy atractivo con esa sombra. Le encantaba despertar a su lado y poder admirarlo; amaba sus labios tanto como sus ojos, estaba enamorada de ese hombre que yacía en su cama y que ocupaba un lugar en su vida que desde hacía tiempo había permanecido vacío. Inspiró con fuerza para poder captar su aroma, Alexander era embriagador y ella se sentía privilegiada a su lado. Mientras lo observaba dormir, se obligó a empezar a creer en sus palabras y a apartar los fantasmas del pasado, porque no era justo equipararlo a Gustavo, se estaba esforzando y tenía que darle un voto de confianza.

Se levantó con cuidado, deslizándose por la cama con movimientos suaves y fue al baño.

Se colocó una bata de seda y se quedó a los pies de la cama, velando su sueño. «Mi amor, voy a extrañarte tanto cuando te vayas. Pero ahora sé que nuestra separación sólo será por cortos períodos. Aún no sé cómo lo haremos, habrá que definirlo cuando llegue el momento de la despedida, seguro viajarás a verme siempre que te sea posible, sólo espero que sea seguido, porque después de tenerte cada día a mi lado, no sé cómo haré para soportar la espera.»

Abrió la puerta del dormitorio con cuidado para no despertarlo; quería hacerlo con el desayuno en la cama. De su bolso, escapaba el sonido de su móvil, así que se apresuró a contestar.

—Hola —dijo Paula en voz baja. Era un número desconocido y la primera vez no le respondieron. Volvió a probar—: ¿Hola?

—Move away from him —ordenó una voz femenina y cortó.

Era evidente que la llamada tenía que ver con Alex. «¿Qué me alejara de él?» Un escalofrío le recorrió el cuerpo, no le gustaban las intrigas. «Pero... ¿cómo consiguió mi número? ¿Quién me pide que me aleje de él? ¿Será una broma de mal gusto? No. Sería ingenuo por mi parte pensar que sólo se trata de una broma, aunque quizá se equivocaron de número. La intimidación fue clara y perversa, pero no mencionaron su nombre. ¿Tal vez esta llamada tenga que ver con ese pasado que Alex quiere olvidar?»

Como una autómata, se asomó al dormitorio para cerciorarse de que él estaba bien. Dormía, ajeno a sus preocupaciones. Ella pensó en despertarlo, abrazarlo muy fuerte y contárselo, pero decidió no hacerlo.

Salió de puntillas, se acercó a la puerta de entrada y se cercioró de echar los cerrojos; la llamada la había dejado paranoica. Fue a la cocina y preparó un buen desayuno, con todo lo que le gustaba a él: crepes, huevos revueltos con tocino, tostadas francesas, frutas frescas variadas, café, cereales, yogur y zumo de frutas. Alexander salió del dormitorio desperezándose; se había puesto un pijama y tenía el pelo revuelto. Paula se lanzó a su encuentro y la recibió con un abrazo, ella necesitaba saber que en sus brazos podía huir de todo mal.

—¡Qué hermoso recibimiento!

—Abrazame fuerte, Alex —le dijo ella con urgencia. La apartó para mirarla y la besó.

—¿Qué sucede? ¿Inseguridades nuevamente?

—No, nada de eso, sólo necesito abrazarte, sólo es eso, te lo juro. Vayamos a desayunar.

Comieron casi en silencio, estaban hambrientos, y cuando él empezó a recoger la mesa, ella lo interrumpió:

—Esperá, necesito que hablemos.

—Paula, por favor, recién abro los ojos, no empieces con tus preguntas.

—No, no se trata de eso. Necesito contarte algo que pasó mientras dormías.

Se bajó del taburete alto y buscó su móvil; él la seguía con la mirada algo extrañado. Paula se colocó de pie entre las piernas del hombre mientras localizaba el número de la llamada.

—¿Qué pasa, Paula?

—Me llamaron de este número, ¿no lo reconocés? —Alex lo miró pero no le sonaba.

—¿Por qué debería?

—Me hablaron en inglés. Era una mujer que me dijo «Alejate de él» y luego cortó.

La miró sorprendido, su expresión era realmente sincera, le arrebató el teléfono de la mano y volvió a estudiar el número.

—El prefijo es de Nueva York, pero no reconozco el número. Por otro lado, Paula... no estuve con nadie en este último tiempo que pueda hacer una advertencia así. Todo esto es muy raro.

Fue hacia el dormitorio seguido por ella y sacó su móvil del pantalón. Lo bloqueó para que no se reconociera su llamada y marcó ese número, pero saltó el contestador. La abrazó y la besó.

—No te preocupes, quizá haya sido un error o una broma de mal gusto; lo averiguaré. Prometeme que no vas a empezar a tejer historias estúpidas en esa cabecita. Te pido que consideres que no mencionaron mi nombre y, por consiguiente, lo más probable es que sea una equivocación.

—Lo prometo.

Ella lo escuchaba atenta, se abrazó con fuerza a su cuello, cerró sus ojos con fuerza y lo estrujó con ímpetu. Alex guardó el número en su móvil.

—Vení acá. —Dejó los dos móviles sobre la cama y la llevó hacia el lavabo—. Vamos a tomar un buen baño, nos lo merecemos.

Accedió gustosa. ¿Cómo resistirse a un baño con él? Había decidido confiar en Alex y si él decía que no había que darle importancia, sin duda no había por qué preocuparse. Llenaron la bañera, se metieron en ella e hicieron el amor. Él se enterró en la joven de todas las maneras posibles que el lugar permitía; el agua era un torbellino que salpicaba hacia todos lados por la intensidad de sus movimientos. La besó, la chupó y la embistió con furia.

Alex la agarraba con fuerza por la cintura, mientras Paula se movía heroica y poderosa, aferrada a su cuello. Su rostro extasiado y entregado al placer era un poema.

Sintió que su vagina comenzaba temblar y él lo percibió al instante; ya empezaban a reconocer los signos que enviaban sus cuerpos.

—Así, nena, así, dame tu orgasmo, regalame tu gloria.

Paula gritó su nombre, que ahogó en un beso, y él también gimió mientras se corría; vació su necesidad en su vagina, de forma primitiva, con embistes dolientes y salvajes. Luego permanecieron enlazados el uno con el otro para recomponer su agitación. Finalmente, él la besó y salió de su interior.

—Magnífica, perfecta, cada día me sorprende más nuestra conexión.

—Siento lo mismo —le dijo ella apabullada por las sensaciones que él le despertaba.

Pasaron el día juntos. Se entretuvieron con una película y charlaron de todo un poco para conocerse algo más. Se contaron sus gustos y aficiones. Alex le explicó algunos de los viajes que había hecho durante el último año: había visitado África para llevar donaciones que ayudarían a paliar el hambre y las necesidades de ese continente. Paula lo escuchaba alucinada. Cuando empezó a anochecer, él llamó a Heller para que lo fuese a buscar. Les costó mucho despedirse, pero, al final, volvió al hotel.

En la tranquilidad de su apartamento, Paula cerró las cortinas y, mientras se comía un sándwich, se sentó en el sofá del salón para leer unos informes de gastos y adelantar trabajo; los largos almuerzos que compartía con Alex hacían que, a veces, se atrasara en sus tareas administrativas de la empresa. Su móvil vibró, era un whatsapp:

—Ya te extraño, nena. Esto no es normal. Pienso en vos y me pongo duro al instante, ¿qué estás haciendo con mi vida?

Paula no pudo dejar de sonreír al imaginarlo con una erección.

—¿Por qué tengo que ser yo la culpable? Creo que el culpable es tu cuerpo insaciable, me encantaría estar ahí para proporcionarte el alivio necesario, sabés que soy muy solidaria.

—Paula, me estás enloqueciendo, pero en el buen sentido.

—No te preocupes. A este paso, terminaremos los dos en el psiquiátrico, porque me llevás por el mismo camino.

Sonó el teléfono y, creyendo que era Alex, atendió sin mirar: —¿Estás muy excitado? —preguntó divertida.

—Leave him alone, bitch, stay away from Alex —amenzó la misma voz de antes.

Paula miró el teléfono, pero el número era otro, tradujo la frase en su mente: «Dejalo en paz, zorra, alejate de Alex». Ya no había dudas, habían dicho «Alex». Era más que obvio que la llamada iba dirigida a ella. Lo llamó.

—Hey, preciosa, ¡qué lindo oír tu voz!

—Volvieron a llamarme, Alex, y no es un error como creíamos, porque dijeron tu nombre —le espetó.

—¿Cómo? ¿Desde el mismo número? —La alarma en su voz era evidente.

—No, desde otro.

—¿Qué dijeron? —Él intentó recuperar la calma, para no alarmarla más de la cuenta.

—«Dejalo en paz, zorra, alejate de Alex.» ¿Quién es? ¿Quién me llama, Alex?

—¡Sí! No lo sé, preciosa. Esto me está fastidiando. ¿Era la misma persona de antes, pudiste darte cuenta?

—Sí, era la misma, estoy casi segura.

—Paula, quiero que te quedes tranquila. Ya están trabajando para rastrear el teléfono que utilizaron. Pasame este nuevo para poder entregarlo y que se encarguen de esto. Nena, por favor, no te dejes embargar por pensamientos extraños. Recordá lo que te dije hoy, no existe nadie en mi vida excepto vos.

—Confío en lo que me decís, Alex, pero no puedo evitar sentirme intranquila. ¿Quién puede estar tan trastornada para hacer algo así? ¿A quién le partiste el corazón? Pensá, por favor.

—Lo sé, preciosa, lo sé. Te juro que encontraremos a la persona que te está gastando esta broma. Tengo recursos para hacerlo.

—Eso espero, que sea sólo una broma.

—¿Qué otra cosa podría ser, más que una broma de mal gusto? Dijiste que confiabas en mí, ¿verdad? ¿Querés que vaya para allá y me quede a dormir con vos?

—No, está bien —respondió intentando encontrar algo de cordura—. No es necesario, esto es simplemente un fastidio, son advertencias, no hay por qué temer. Cualquier cosa, te llamo. Lo prometo.

—De acuerdo, tenés razón. Si fuera un peligro verdadero, creeme que no te hubiera dejado sola. Decime que crees en mí, Paula.

—Sí, Alex, te creo. Beso.

—Otro para vos, descansá. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Después de enviarle el número, trabajó un rato más y se fue a dormir.

El día siguiente era una jornada importante puesto que había junta en la oficina para anunciar su nombramiento y no quería tener mal aspecto, así que se puso el pijama de seda y se metió en la cama, cogió la almohada que había usado Alex, porque tenía su perfume, y se durmió. Estaba decidida a no darle importancia a esas molestas llamadas.

Ya había sonado el despertador, y estaba remoloneando en la cama, cuando recibió una llamada de Alex.

—Hola, preciosa, buenos días.

Su voz era una caricia para sus oídos y sabía que iba a echarlo mucho de menos cuando se fuera a Nueva York.

—Hola, Ojitos, te levantaste muy temprano. Yo todavía estoy haraganeando en la cama.

—Estoy saliendo de la ducha, quería saber si habías dormido bien. «Me lo como, me encanta que se preocupe por mí», pensó Paula y contestó:

—Muy bien, no tanto como cuando despierto a tu lado, pero escuchar tu voz ni bien abro un ojo, es una manera perfecta de comenzar el día.

—Lo mismo digo, ¿preparada para tu nombramiento?

—Sí, ahora que lo pienso, creo que me pondré bastante nerviosa. — Mientras hablaba con él, había salido de la cama y estaba preparando el baño para ducharse.

—Tranquila, todo irá bien. Te dejo para que puedas arreglarte, ponete muy linda, más de lo que sos. Beso, nos vemos en un rato, preciosa.

—Uf, ¡cuántos piropos! ¡Cómo me gustan! Creo que mi ego está en la cima. —Él se rió—. Beso, blue eyes, voy a ducharme. No veo la hora de encontrarme con vos y darte un besote, bye.

—Bye, bye, nena, te tomo la palabra, estaré esperando ansioso.

Habían establecido una rutina durante esas semanas; cuando no dormían juntos la noche anterior, él la esperaba fuera del aparcamiento y, en cuanto la veía llegar, su coche se ponía en marcha y entraba. Heller le tomaba la delantera, conseguía lugar para que ella aparcase y luego se marchaba; entonces, Alex se cambiaba de vehículo y se saludaban bajo la parcial intimidad de los vidrios tintados, tonteaban un poco y luego caminaban juntos hacia la entrada del edificio.

La sede de Mindland se encontraba bastante vacía por la fecha que era, muchos ya habían comenzado sus vacaciones de verano. Llegaron al piso donde se encontraban las oficinas de administración de la empresa y se toparon con el personal de las otras secciones que estaban convocadas a la junta. Alex intercambió unas palabras con algunas personas del departamento de desarrollo y Paula siguió caminando hacia su mesa.

Al llegar, un enorme y bellísimo ramo de flores le dio la bienvenida. Lo cogió en sus brazos para olfatearlo y pensó que no recordaba la última vez que había recibido flores. La tarjeta venía en un sobre cerrado:

«¡Felicidades a mi ex compañera ocasional de cama!

En este día tan especial de tu carrera, quiero que sepas que soy tu gran admirador.

Éxitos en esta nueva etapa laboral.

Tu actual pareja.»

Alex M.

—¡Será tonto...! —habló en voz alta y sus ojos se llenaron de lágrimas de la emoción.

En ese preciso momento, él se paró frente a su despacho. Paula le hizo un gesto con el dedo índice para que se acercara. Alexander miró a ambos lados y entró. Ella lo cogió de las solapas de su americana, le dio un beso furtivo y se apartó de él, no quería hacer demostraciones en la oficina, aunque ya muchos imaginaban que algo ocurría entre los dos.

—¡Gracias, son verdaderamente hermosas! Me hiciste emocionar.

—Me pone muy contento que te hayan gustado.

—¿Así que ahora pasamos a ser una pareja? —le preguntó en tono guasón.

—Creo que es hora de que vayamos poniéndole nombre a lo que existe entre vos y yo, ¿no te parece?

—Me parece perfecto, sobre todo para que dejen de mirarte con malas intenciones y sepan que sos mío, sólo mío.

Alex se carcajeó.

—Sí, vos reíte, Ojitos, que recién la arquitecta no te sacaba el ojo de encima.

—No es cierto, nada que ver.

—Mejor no digas nada, sé de sobra que sos muy perceptivo cuando una mujer se fija en vos. Dejá de hacerte el lindo.

—Sólo tengo ojos para vos.

—Mentiroso, sos bastante mirón. Voy a hacerte notar cuando vayamos por la calle y admires de más. O... mejor aún, voy a empezar a mirar yo también, a ver si te gusta.

Alex levantó una ceja, luego se rió con una sonrisa muy pícara, dio un paso atrás para comprobar si venía alguien, se volvió y le encajó un besazo. Estaban comenzando a disfrutar de la relación.

Él se dirigió a su oficina para contestar unos correos antes de la reunión y Paula buscó un jarrón y llevó las flores hasta la sala de juntas. Llegó Maxi y se colocó a su lado en la mesa.

—¡Tremendo ramo de flores en tu mesa! ¿Te las regaló el big boss? le preguntó mientras la saludaba.

—Sí. ¿No es hermoso?

—Dejá de babear, da asco la cara de estúpida que ponés cuando hablás de él.

—Acabamos de ponerle nombre a nuestra relación, ¡somos una pareja!

—Guau, ¿en serio? ¡Te felicito, amiga! —exclamó él y, después de unos instantes, se quejó—: ¡Qué plomazo esta reunión de último momento! Todos nos enteramos hoy de que se hacía. ¿No sabes para qué es? ¿Alex no te contó nada?

—¡Chis! Acercate un poco que te cuento.

Entonces le susurró al oído lo del nombramiento.

—¿En serio? ¿Ya es oficial? —El joven abrió los ojos como platos y sonrió de oreja a oreja. No podía disimular lo contento que estaba.

—¡Chis! ¡Hablá despacio!

—Es que no me lo esperaba, Paula. Creí que no habría novedades hasta marzo. ¡Qué ganas de abrazarte, amiga, tenemos que festejar!

—Yo también tengo ganas de abrazarte y de celebrarlo con vos.

—Sí, muchas ganas, muchas ganas, pero fui el último en enterarme— le reprochó en tono amistoso.

—No te enojes. Alex me absorbió todo el domingo. Yo me enteré el sábado por la noche y, cuando me quedé sola e iba a llamarte, pasó algo que me desequilibró, pero ése es otro rollo. Después te lo cuento.

Justo en ese instante entraron Alex y Natalia en la sala. Él caminaba decidido, llevaba puesto un traje azul hecho a medida, y era imposible que pasara inadvertido. Paula echó una ojeada a su alrededor, había unas cuantas solteras desesperadas en el lugar, que lo miraban con ganas, pero era suyo, absolutamente suyo.

Él presidía la junta y dio los buenos días a todos, después agradeció que hubieran dejado de lado sus apretadas agendas del día para asistir a ella, ya que se los había convocado con muy poca anticipación. A continuación, elogió la labor de Natalia, enumeró uno a uno los logros durante su gestión en el departamento de finanzas de Mindland Argentina y luego habló del equipo de trabajo que ella había logrado formar. Especificó que la Central de Mindland en Nueva York estaba muy conforme con el modo en que se trabajaba en Argentina.

Sin más dilación, les informó de la renuncia de Natalia y dijo sentir una gran pena porque se separara del actual equipo y le deseó lo mejor en su vida personal, ya que se casaba en marzo. Todos se asombraron con la noticia y, aunque el chisme había corrido por los pasillos, nadie creía que fuera a abandonar su trabajo tras pasar por la vicaría. Después de eso, la aplaudieron.

—Sé que esto es una novedad que no esperaban y, como entenderán, se viene encima una etapa de cambios —prosiguió—. Desde mi llegada, Natalia me puso al tanto de su decisión y quiero informarles de que he intentado disuadirla por todos los medios para que la reconsiderara, pero, al final, he terminado entendiendo sus razones. Natalia se va del país y estoy seguro de que encontrará muy buenas oportunidades para seguir creciendo en Francia.

—Gracias, Alex, juro que voy a extrañar esta empresa —dijo ella sinceramente emocionada.

—También te echaremos de menos, no lo dudes, pero aún gozaremos de tu trabajo y de tu presencia durante unos días más.

—Así es, trabajaré durante todo el mes de enero, tal y como acordamos.

Alex asintió con la cabeza y volvió a tomar la palabra:

—En ese sentido, tengo otro anuncio muy importante que hacerles. Todos escuchaban con atención. Las piernas de Paula empezaron a temblar. No le gustaba nada ser el centro de atención.

—Como les dije, con la partida de Natalia se avecinan cambios. — Hubo un murmullo generalizado; Alex elevó un poco el tono de su voz y continuó—: Se ha hecho una evaluación de la situación en la Central y, teniendo en cuenta que los posicionamientos en el mercado de Mindland Argentina son muy buenos, se ha llegado a la conclusión de que realmente queremos seguir adelante con una gestión que no implique demasiados cambios en la forma de hacer actual. Es por este motivo que la dirección general de Mindland Internacional quiere que quien suceda a Natalia continúe con su modus operandi y, para eso, se determinó que alguien de su actual equipo fuera la encargada del relevo. Me complace anunciarles que nuestro nuevo gerente de finanzas, en Mindland Argentina, es Paula Bianchi.

Varios se quedaron boquiabiertos. Quizá su juventud y su corta experiencia los hacía dudar de su idoneidad para el puesto. Maxi, sin embargo, se puso en pie efusivamente y besó y abrazó con fuerza a Paula. Natalia le deseó mucha suerte y expresó su seguridad de que iba a saber llevar la tarea adelante con mucho talento. También le comentó al oído:

—Te dije que el puesto iba a ser tuyo.

—Gracias por tu recomendación, Natalia. Alex me ha asegurado que influyó mucho en la decisión final.

—No seas modesta. Sé que en realidad fue tu talento, ya me enteré de lo de Chile.

Paula se sorprendió. No entendía cómo se había enterado de eso:

—¡Vaya, las noticias vuelan!

—Sos buena, Paula, muy buena, un diamante en bruto para esta empresa. Ojalá sepan aprovecharte —le sonrió.

—Gracias por tu confianza, quiero que sepas que te admiro. Que vos me digas eso es, para mí, un honor.

Alex también se acercó a felicitarla, la abrazó y le dio un beso en la mejilla deseándole muchos éxitos, de forma muy comedida, aunque sus miradas al cruzarse dijeron mucho más que eso. La gente del departamento de finanzas también se acercó a felicitarla. Ella sabía de sobra que había muchos que lo hacían con falsedad, pero pensó: «¡Jódanse!, la jefa seré yo por mucho que les pese». Los compañeros de otras secciones también esperaron su turno para darle la enhorabuena. Formalmente, la reunión había terminado. Alex estaba hablando con unos ingenieros y ella lo observaba desde lejos. De pronto, percibió que su humor había cambiado, su gesto se había vuelto adusto, ella lo conocía. Paula, que lo seguía con la vista, vio que se disculpaba y pedía, por favor, que lo escucharan porque quería añadir una cosa más. Se hizo un silencio.

—Realmente, no tengo por qué dar estas explicaciones, pero mi educación así me obliga. El nombramiento de Paula, por si alguien tenía alguna duda, se basó en la evaluación que la junta de Mindland Nueva York hizo de su trabajo en la empresa. Ella presentó un informe de control de gastos para una de nuestras sedes y la dirección general se quedó fascinada con su talentosa propuesta. Por otro lado, fue Natalia la que, de acuerdo a su criterio, nos dio el nombre de la persona que ella consideraba más idónea para el puesto. Ella nos recomendó a la señorita Bianchi.

»Aclaro esto porque no quiero volver a oír por ahí ciertos comentarios de mal gusto. Cada uno es dueño de creer lo que quiera, pero no le faltemos el respeto a Paula con tanto descaro. Su vida privada nada tiene que ver con este nombramiento. También exijo, con esto, respeto hacia mi persona.

Tanto Paula como yo venimos aquí a trabajar. Lo que ocurra fuera de las puertas de esta empresa sólo nos incumbe a nosotros dos. Espero haber sido lo suficientemente claro.

»Y todavía una cosa más. No confundan mi buena predisposición en el trabajo con exceso de confianza. Que yo haya sido, desde un primer momento, condescendiente con todos ustedes a pesar de mi puesto, no quiere decir que mis empleados, o sea ustedes, tengan derecho a juzgar mi intimidad, y menos en mi propia cara. Exijo de ustedes el mismo respeto con el que yo los trato a diario.

»Siento mucho hablarles en general, pero las personas que hicieron esos desafortunados comentarios, sin fijarse siquiera en que yo estaba muy cerca y podía oírlos, sin duda se darán por aludidos. Sé que saben muy bien a quién va dirigida esta pequeña llamada de atención, pero la advertencia es para todos. Espero haber sido transparente.

»Por último, a partir de febrero, todos los presupuestos tendrán que ser aprobados por Paula Bianchi, les guste o no. Tienen una carta abierta de renuncia en la oficina de personal a su disposición. Y, ahora, cada uno puede retirarse a seguir con sus obligaciones, hay mucho trabajo y el día laboral recién empieza. Buenos días a todos.

Todos se quedaron mudos y Paula, además, roja como un tomate. Alex estaba enajenado, le salían chispas por los ojos. Jamás lo había visto así, ejerciendo de big boss. Poco faltó para que dijera: «Si quiero, pateo sus traseros y los echo, porque soy el hijo del dueño y porque me da la gana». Alexander se acercó a Paula, le puso la mano en la cintura de manera familiar y salieron de la sala.

—Vamos a mi oficina —le indicó con tono autoritario, y ella no se atrevió a negarse.

En la intimidad de su despacho, le dijo:

—Vení acá, dejame felicitarte como realmente quiero hacerlo. —La abrazó y la besó en la boca—. Aunque yo ya tuve mi festejo personal— bromeó después de abandonar sus labios.

—Oh, sí, por supuesto. ¿Puedo preguntarte por qué te pusiste de esa forma en la reunión?

—Prefiero no entrar en detalles porque me voy a volver a enfadar. No sé qué se piensa la gente. Ya sé que siempre hablan, es algo obvio, pero ¡de ahí a que lo hagan en mi cara y con total descaro! Eso no voy a tolerarlo. Mejor dejemos esta conversación porque tengo tentaciones de llamar a la oficina de personal y pegar una patada en el trasero a cada uno de los que estaban hablando.

—¿Cotilleaban sobre nosotros?

—Sí, Paula, basta, por favor. No voy a permitir que nadie te falte el respeto.

—De acuerdo, como gustes. Gracias por defenderme.

—No podía quedarme callado.

Ella le sonrió y lo besó.

—Sos hermoso, por dentro y por fuera.

—Tonta.

—No es justo, yo te digo que sos hermoso y vos me contestás que soy tonta. Quiero un halago también.

Él la abrazó con fuerza.

—Ay, Paula, sos increíble, en tus brazos me olvido de todo.

El teléfono de ella sonó y, como era número desconocido, tuvo un presentimiento, así que puso el altavoz para que Alex también escuchara.

—¿Hola?

—Hey, bitch, how long you are going to use it, where you want to climb?[«Hola, zorra, ¿hasta cuándo lo vas a usar, hasta dónde querés escalar?»] —era de nuevo la voz de esa mujer, soltó esa frase y cortó.

—¡Mierda! —exclamó Alex en voz alta y el corazón de Paula empezó a latir desbocado—. Dejame ver el número. Esto ya se está poniendo insoportable.

—¿No reconociste la voz?

—No, fue muy breve y me cogió por sorpresa. Es otro número de Nueva York. Los anteriores correspondían a teléfonos descartables, y es imposible rastrearlos. Sin duda, éste también debe de serlo.

—Y digo yo... si es alguien de Nueva York, ¿cómo sabe que vos y yo estamos juntos?

—No lo sé.

—¿Le contaste a alguien sobre nosotros?

—No... bueno... Alison lo sabe, le conté mientras estaba acá, pero ella es muy discreta. Además, pronto será de mi familia. Quizá le haya explicado algo a mi hermano, pero estoy seguro de que a nadie más. Por otro lado, ninguna mujer con la que haya salido puede creerse con el derecho de hacernos esto. Eso es lo que más me extraña y más me desconcierta.

—Quizá ella sí crea que tiene derecho a hacerlo. Es posible que haya malentendido lo que ustedes tuvieron. Es obvio que piensa que, si yo no estuviese a tu lado, tal vez podría tener una oportunidad. ¿Con quién flirteabas justo antes de venir? Pensá, ahí debe de estar la respuesta.

—¡Cómo me fastidia estar hablando de esto! —se lamentó.

—Imaginate a mí —replicó ella—, pero quiero saber quién es para que se acabe. Es a mí a quien están acosando.

—Lo sé, lo siento y me disculpo. Creeme que no tengo ni idea de quién puede ser; de saberlo, te aseguro que esa persona ya no estaría molestándote. No tuve nada importante con nadie, sólo historias de una noche que no se volvieron a repetir.

La llamada los había puesto de muy mal humor. Paula salió del despacho de Alex y fue hacia su mesa para adelantar trabajo.

El día fue largo y muy particular. Ella estaba cansadísima y se despidieron en el aparcamiento. Camino al apartamento, Paula llamó a su madre para contarle las buenas nuevas sobre el ascenso. Ésta gritaba como loca y llamó a Pablo y Mariana; su hermano cogió el teléfono y, después de que la joven le explicara, él, como de costumbre, le aseguró que se sentía muy orgulloso de ella. Su madre se puso de nuevo al teléfono y, más calmada, empezó con toda la parafernalia de siempre: «¿Comés bien?, ¿descansás ocho horas diarias?, ¿tenés algún candidato?». Julia no esperaba la respuesta de Paula y se quedó sin palabras.

—¿Mamá, estás ahí?

—Sí, Paula, acá sigo. Me dejaste sin habla, quiero saberlo todo. ¿Quién es? ¿Cuánto hace que estás con él?

—Hace poco, mamá, aún estamos conociéndonos, pero los dos estamos muy entusiasmados, creo que tal vez puede funcionar. Se llama Alexander, Alex. Es amigo de un primo de Mauricio, tiene dos años más que yo y es muy buen mozo. Después te envío una foto para que lo conozcas, ahora no puedo porque estoy conduciendo.

—Hija, ¡cuánto me alegra que hayas conocido a alguien! De todas formas, andá despacio, Paula, para conocerlo bien.

—Mamá, Alex es un caballero, a veces hace cosas que realmente me asombran, no es como los hombres que estoy acostumbrada a frecuentar, es muy educado y muy atento. Tiene otra educación, es empresario y es estadounidense.

—Me muero por ver esa foto que me prometiste.

—Te la mando, seguro. Te dejo, mami, estoy llegando a casa.

—Bueno, hija querida, cuidate mucho y saludos a Alex.

—Sos terrible. Dale, bajo, te la envío por Whatsapp y me decís qué te parece.

—Uf, sí, voy a poner mi ojo clínico en acción. Recuerdo bien cuando vi a Gustavo por primera vez. Si me hubieses hecho caso...

—Basta, ma, ya no tiene sentido hablar de eso. Te mando un beso. Te quiero.

—Beso, hija, te adoro.

Paula se sentía muy feliz de haberle contado a su madre lo de Alex. Le envió la foto y de inmediato sonó su móvil.

—Paula, ¿de dónde sacaste a ese chico? Es un bombón, hija.

—¿Verdad que es bonito? —se carcajeó.

—Es un adonis, tiene unos ojitos muy pícaros, ¿sabés que me hace acordar a alguien? Definitivamente, es muy buen mozo, me encanta cómo se ven juntos.

—Me tiene embobada, mami. Estoy preocupada por sentir tantas cosas por él tan pronto.

—¿Y él?

—Alex dice que también está igual conmigo, pero soy tan desconfiada que me lo tiene que repetir a cada instante. Tengo miedo de cansarlo con tanta aprensión, estoy intentando darle un voto de confianza.

—Bajá un poco la guardia, hija, no metas a todos en el mismo saco.

—Sí, eso mismo me digo a cada momento, pero me cuesta. Y, encima, estoy tan colgada de él, que tengo miedo de sufrir otra vez, no puedo evitar sentirme así, mami.

—Mi vida, no pienses en cosas malas. Disfrutá, lo que tenga que ser será, pero arriesgá tu corazón, no permitas que se quede adormecido en el pasado.

—Lo sé, mami, lo sé.

La semana pasó volando, las misteriosas llamadas de esa mujer llegaban a diario, a veces hasta cuatro o cinco veces, para insultarla en cada una de ellas con mensajes más hostiles, casi siempre ordenándole que se alejara de Alex porque lo iba a pasar muy mal. Él, por más que lo intentaba, seguía sin poder averiguar nada. La acosadora había empezado a llamar también de madrugada para interrumpir el sueño tanto de Paula como de Alex, si estaban juntos. La situación se había tornado insostenible, porque entre el cansancio y los nervios, algún día, habían acabado por pelearse entre ellos.

Paula estaba revisando un balance con Maxi y no podían encontrar el error. Malhumorada, arrojó el bolígrafo en la mesa y se echó hacia atrás en la silla, agarrándose la cabeza, que le dolía de forma considerable. Su teléfono sonó...

—Apuesto a que no te contó de su esposa Janice. Podría apostar a que no lo hizo.

La llamada fue brevísima, pero le había aclarado muchas cosas. Paula se había quedado muda. Alex estaba casado y había estado jugando con ella todo este tiempo. Se levantó como alma que lleva el diablo y, hecha una verdadera furia, entró sin previo aviso a su despacho.

—Hey, ¿qué pasa? —Alex tapó el teléfono y al ver su cara descompuesta por la ira, se disculpó y cortó.

En ese preciso instante, y sin meditarlo, Paula cogió una bola de cristal de la mesa baja y se la tiró a la cabeza. Por suerte, Alex tenía buenos reflejos y la esquivó.

—¿Estás loca? —Se puso de pie y se acercó a ella.

—¿Cuándo me lo pensabas decir? ¿Hasta cuándo me lo ibas a ocultar? No, si ya lo sé, nunca me lo hubieras dicho. Te ibas a ir el 22 y si te he visto no me acuerdo, ¿verdad? —Sus gritos retumbaban en toda la oficina.

—Parecés un demonio, Paula, no sé de qué carajo me estás hablando, ¿estás loca o qué?

—¿Ah, no sabés? De Janice, te estoy hablando, de que es tu esposa, de que estás casado con ella —Alex palideció—. ¿Qué otra mentira me vas a decir ahora? ¿Qué pasa, estás asombrado? ¿Se te cayó el teatro, verdad? Te estabas echando la cana al aire de tu vida conmigo, ¿no es cierto?

—Paula, ¿podés calmarte y dejar de gritar, que estamos en la oficina? Dejame explicarte.

—No, no quiero que me expliques nada, sos un jodido mentiroso, no quiero saber nada más de vos —contuvo sus lágrimas—. Todos los hombres son la misma basura, piensan con lo que les cuelga entre las piernas nada más. No tendría que haber confiado nunca en vos, sos otro gran error en mi vida, creí que eras diferente pero sos la misma basura que Gustavo.

—Dejame que te explique, por favor —quiso agarrarla de un brazo y, entonces, ella lo abofeteó.

—No te atrevas a volver a tocarme. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Yo confiaba en vos.

—Mirá, Paula, estoy cansado de intentar convencerte de que lo que te digo es cierto. ¿No querés que te explique? Bueno, es tu decisión, ¡a la mierda con todo si eso es lo que querés!

—¿Qué pretendés, que me convierta en la otra? ¿Tan mal te atiende tu esposa que necesitás buscar placer afuera? ¿O pretendés presentármela y que hagamos un trío? No, claro, apuesto que no sabe nada de tus amantes. ¿Cómo te las arreglás? Porque tus amantes sí se enteran de tus amoríos. ¿Tan idiota es tu mujer?

Alex la fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Luego, se dio la vuelta, se puso detrás de su mesa y, con voz calmada, le dijo:

—Andate de mi oficina, por tu grosería dejé de lado una llamada muy importante. Tengo trabajo y asumo que vos también. Y cuando te vayas no golpees la puerta, porque si se rompe algún vidrio pienso descontártelo del sueldo.

—Por supuesto que me voy, no me interesa hablar de nada más con vos.