Capítulo 8
ALEX había elegido vestirse de manera informal, con un vaquero desgastado, que le quedaba muy ajustado y le hacía un trasero perfecto, una camiseta blanca ceñida, que le marcaba sus trabajados bíceps, y calzado deportivo; además, acababa de perfumarse con Clive Christian N.º 1. «Está para comérselo, creo que me volví adicta a este hombre», pensó Paula mientras se arreglaba frente al espejo del vestidor.
A su lado, Alex abrió la caja fuerte de la habitación del hotel y guardó su reloj Vacheron Constantin para cambiarlo por un Hublot King Power F1TM Austin; y es que él era exclusivo por dentro y por fuera. Luego preparó una bolsa de mano con algunas mudas para pasar el fin de semana en Los Castores, bajo la atenta mirada de Paula, que no podía dejar de admirar ese cuerpo que tanto la colmaba de placer; se había vuelto una droga para ella.
Por su parte, él también se sentía hechizado y, cada vez que pasaba por su lado, le depositaba besos en su cuello, en la mejilla o en el pelo. Llamó a Mikel para decirle que lo esperaban en el hall del hotel y le contó el plan. Un rato después, estaban los tres en la calle, listos para partir. Heller custodiaba el coche de Paula frente a la entrada del Faena.
—Alex, ¿querés conducir vos? —insistió ésta, y esta vez él aceptó.
Partieron hacia el apartamento de ella; entusiasmada con la perspectiva del fin de semana, tuvo que contestar a las preguntas que Mikel le hizo en el camino; parecía bastante intrigado después de la descripción detallada de Mapi.
El apartamento de Paula estaba situado en el barrio del Bajo Belgrano. Era la primera vez que Alex iba a su casa y ella se sentía nerviosa y llena de expectativas; quería que se sintiera cómodo y que el lugar le gustara. Era consciente de que no vivía con grandes lujos, pero aunque su casa era un tanto austera también tenía un diseño interior muy vanguardista. La sala de estar y el comedor formaban un ambiente integrado, y tanto la tapicería como el pesado cortinaje estaban decorados con tonos pasteles muy claros, por lo que todo armonizaba a la perfección. El espacio presentaba un aspecto impecable y los estilosos muebles combinaban clasicismo y modernidad. Las obras de arte, que había adquirido en una galería de San Telmo a muy buen precio, eran de un artista nacional y embellecían sus paredes de forma notable. La cocina estaba separada del resto del apartamento por un pequeño comedor con taburetes altos tapizados en marrón.
Alex se asomó a la puerta del dormitorio y la de su pequeño estudio para terminar de examinar el lugar. Mikel elogió el apartamento y se acomodó en el sofá frente al ventanal, mientras leía los títulos de los libros que estaban sobre la mesa baja. Alexander la abrazó por el hombro y le besó el pelo antes de darle su parecer:
—Me gusta mucho tu apartamento, parece muy cómodo y funcional. Es como lo imaginaba, con tu toque personal en cada rincón —confesó y le guiñó un ojo. Paula se sintió feliz y ofició de anfitriona:
—¿Quieren tomar algo? ¿Cerveza, zumo, un refresco? Sírvanse lo que deseen del refrigerador mientras me cambio y me preparo la ropa para llevar —se excusó y antes de entrar en su dormitorio, añadió—: Alex el iPod está en mi bolso, por si querés poner música.
—No te preocupes, nosotros nos arreglamos.
Los dejó en la sala y fue a cambiarse. Decidió ponerse unos vaqueros cortos, una camiseta fina cruzada muy ceñida que resaltaba enormemente su busto y unas sandalias de corcho con plataformas. Cogió una bolsa Louis Vuitton en la que metió la ropa y sus objetos de aseo personal para el fin de semana y volvió a la sala en seguida. Alex recorrió sus piernas con los ojos mientras tomaba un sorbo de Coronita. Ella deambulaba por el espacio, consciente de su mirada, mientras sonaba Big girls don’t cry, de Fergie.
—Ya casi estoy lista.
—Tranquila, preciosa, estamos muy cómodos —le dijo Alex con una sonrisa, que ella devolvió con una sonrisa y un beso al aire. Sonó el portero automático; María Pía acababa de llegar. Paula guiñó el ojo a Mikel.
Su amiga no tardó en subir y se abrazaron efusivamente pues hacía un par de semanas que no se veían; luego se la presentó a Alex y Mikel.
María Pía era una abogada muy prestigiosa de uno de los despachos más importantes de Buenos Aires. Su discurso era muy rico y, además hablaba inglés a la perfección, por lo que ella y Mikel no tardaron en relacionarse. Las miradas que intercambiaron desde el principio fueron prometedoras. Durante un rato, conversaron entre los cuatro para que las cosas empezaran a fluir entre ellos y luego Paula se disculpó; quería terminar de arreglarse. Alex le preguntó dónde quedaba el baño y Paula lo acompañó al que estaba al lado de su dormitorio.
—¿No tenías otra cosa que ponerte? —le preguntó mientras tironeaba de sus pantalones cortos.
Ella se rió sin estar segura de si lo decía en serio o estaba bromeando. No recordaba que Gustavo alguna vez le hubiera cuestionado su vestimenta.
—¿Qué tienen mis pantalones? Vamos a una casa de fin de semana; es una buena ocasión para vestirse informal.
—Son muy cortos —respondió él mientras la aferraba por la cintura.
—Pero ¿te gusta cómo me quedan o no?
—Ése es el problema: te quedan demasiado bien y las miradas de todos se centrarán en tu enorme trasero —respondió mientras le daba una palmada.
Ella bajó sus manos hasta las nalgas de Alex y se las apretó.
—Estos vaqueros te quedan muy ajustados y también te hacen un trasero perfecto; te aseguro que vas a calentar a más de una y, sin embargo, no te dije nada —replicó entre carcajadas.
—Sos imposible —se rió él—. Por cierto, tu cama parece muy cómoda, ¿cuándo podremos probarla?
—Qué pena —se lamentó la joven—, si ellos no estuviesen en la sala podríamos hacerlo ahora.
—No me tientes, Paula, porque trabo la puerta y mando todo al demonio.
—Me encantará tenerte en mi cama. Cuando gustes estás invitado.
Se besaron, Alex fue al baño y ella recogió sus cosas y las llevó para la sala.
Todo estaba listo. María Pía metió su coche en el aparcamiento y se montaron los cuatro en el de Paula para partir hacia Los Castores. El viaje fue muy placentero, charlaron mucho y se rieron aún más. A pesar del denso tráfico en la autopista Panamericana, Paula estaba de muy buen humor, Alex había puesto música y sonaba David Guetta al compás de Gettin’ over you. Después saltó al Gangnam style, pero cuando llegaron a la salida del peaje que indicaba el desvío para Bancalari-Nordelta, la marcha se redujo y ella aprovechó para hacer su propia selección musical. Puso I’m addicted to you, una remezcla de Shakira, que cantó como loca, enfatizando el estribillo, mientras miraba a Alex:
I’m addicted to you
porque es un vicio tu piel.
Baby, I’m addicted to you.
Quiero que te dejes querer.
Ya no le importaba quedar en evidencia y tontear abiertamente, incluso Alex lo disfrutaba. Le acariciaba la pierna con esa sonrisa de ángel y demonio que a ella le nublaba la razón. Ese hombre la alentaba a no tener vergüenza por nada, se sentía libre a su lado.
Al llegar al barrio privado de Los Castores, los vigilantes les facilitaron el ingreso, gracias a que Mauricio los había puesto sobre aviso el día anterior. Paula serpenteó entre sus callejuelas hasta llegar a la casa y, al bajar del Scirocco, tanto Mikel como Alex comentaron lo hermoso y apacible que era el lugar. Mientras sacaban las bolsas del maletero, los demás salieron a recibirlos; Maxi y Daniela hacía un rato que los esperaban. Mauricio y Clarisa, los anfitriones, ofrecieron un breve recorrido por las instalaciones a Mikel y Alex, les mostraron las habitaciones y aprovecharon para subir el equipaje.
El espacio que había reservado para Paula y Alex era amplio y cómodo y tenía vistas al lago principal, un baño propio y mucha privacidad. Estaban en el dormitorio acabando de instalarse, cuando Paula se sintió invadida por una enorme emoción. Pensó que iba a ser fascinante pasar todo el fin de semana juntos. Alex sería lo último que viera al cerrar sus ojos y lo primero al abrirlos. Le sobrevino una tremenda sensación de felicidad que no pudo disimular. Una estúpida sonrisa se instaló en su cara;
Alex la miró con curiosidad.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó y, entonces, enfervorizada decidió ser sincera.
—Me encanta que vayamos a pasar estos días juntos.
Hubiera querido que Alex le correspondiera con alguna reacción eufórica, pero se limitó a sonreír. «¿Quizá para él éste no es un momento especial? —se preguntó Paula—. Bueno, al menos puso buena cara y no mostró indiferencia.» «Tranquila, nena, es sólo un fin de semana. No quiero que te imagines cosas que no puedo darte. Me gustás mucho pero no alucines, tomaré tu cuerpo cuando me apetezca, pero nada ha cambiado aunque estemos aquí juntos», reflexionaba él con dureza mientras pensaba qué contestarle.
—Espero que no ronques demasiado —dijo al final.
Paula se dio la vuelta y lo miró perpleja. Tenía claro que Alex estudiaba sus respuestas y por eso no le contestaba de inmediato; él elegía qué palabras decir y cuáles no. «¿Por qué siempre hace lo mismo? ¿Acaso se guarda ciertos pensamientos? Es muy posible. Yo también lo hago. Sin embargo, él se sinceró conmigo en varias ocasiones y me expuso sus emociones, pero, cuando quiero avanzar, siempre me pone un freno.»
—Por supuesto que no ronco —repuso ella haciéndose la ofendida.
—Hum, si no recuerdo mal, cuando te quedaste en el hotel, tus ronquidos me despertaron varias veces —la provocó Alex con la mano en el mentón—, pero, claro, como habías bebido mucho lo achaqué a tu estado alcohólico.
—Sos un mentiroso, ni bebí tanto esa noche, ni ronco. —Él puso en duda con la mirada lo que ella decía y lo hizo con tanta seguridad que la dejó vacilante—: ¿De verdad ronco? —le preguntó ella con cara de preocupación.
Pero Alex no pudo aguantar más y se desternilló de risa, se acercó a ella, la abrazó y le plantó un sonoro beso.
—Mentira, preciosa, estaba bromeando. Sos un ángel cuando dormís.
—Ja, qué chistoso —replicó con sarcasmo mientras simulaba darle un golpe en las costillas.
Él simuló dolor retorciéndose y sujetándose el costado como si le hubiera pegado de verdad.
—¡¿Serás payaso?! —exclamó Paula.
Él se enderezó, la tomó por la cintura y la besó profundamente.
—Nena, no puedo mantener mis manos quietas cuando estoy cerca de ti, sólo deseo besarte y tocarte.
—A mí me pasa igual.
Hacía una semana que se conocían pero habían vivido momentos muy intensos juntos. A ratos, Paula se sentía angustiada por su apasionamiento, porque sabía que la aventura con Alexander Masslow tenía el 22 de diciembre como fecha de caducidad, el día que tenía planteado irse de Argentina. Frente a frente, mirándose a los ojos, ambos reflexionaban sobre los acontecimientos de los últimos días. Él no podía creer que estaba ahí con ella: «¿Cómo he llegado a esto? ¿Cómo puedo atreverme a compartir esta intimidad con Paula? No quiero herirla, porque parece una buena chica».
Mientras cavilaban en silencio, ella sintió miedo: «¿Y si este sentimiento de atracción física pasa a otra fase y me enamoro perdidamente de él? Él tiene su familia, sus amigos, el trabajo y su hogar en Estados Unidos. Alex se irá, ésa es la realidad, tenés que tenerlo claro». De pronto, Alex interrumpió sus pensamientos:
—No puedo negar que me atraés mucho, Paula, pero no quiero malentendidos. Tengo una vida muy complicada —apoyó su frente en la de ella— y me encantaría ser todo lo que esta cabecita está tejiendo en estos momentos, pero sé que no puedo darte lo que te gustaría.
—¿Cómo sabés lo que quiero? No necesito más de lo que me das, Alex. Sólo deseo pasármelo bien, sólo eso.
Anheló haber sonado convincente, aunque lo que él le acababa de decir casi le hizo saltar las lágrimas. Otra vez el miedo al compromiso. Paula se preguntó dónde estaba el Alex que se había paseado con ella de la mano esa misma mañana; el Alex al que no le importaba que los vieran abrazados. Se sintió idiota por haber entrado nuevamente en su juego. «Estabas tan emocionada que no te diste cuenta de que él no tenía nada que perder. Se irá y te vas a quedar en la oficina, a merced de todas las habladurías y conjeturas. ¡Bah! ¿Acaso te importa? Sí, por supuesto que te importa. Ir a trabajar cada día a sabiendas de que todos se mofan de vos porque el big boss te abandonó no debe de ser muy placentero. Pero ¿cómo puedo evitarlo? Aunque sepa que sólo soy el objeto de su deseo, quiero estar entre sus brazos. Alex Masslow, ¿qué estás haciendo conmigo? ¿Por qué me estás robando la cordura?», pensó. No había respuesta posible a sus dudas.
—Perfecto, preciosa, vamos a pasárnoslo muy bien, vas a ver. —Ella sonrió y le dio un piquito en la boca.
Esa noche les tocaba cocinar a las mujeres, o, lo que era lo mismo, a Paula, porque las demás no tenían ni idea. Ella tampoco era una experta, pero se le daba bastante bien. Mientras, los hombres fueron a comprar el vino y el postre y, ¡cómo no!, el champán.
Cuando volvieron, de la cocina emanaban aromas exquisitos. Alex se acercó a la isla donde estaba Paula, la abrazó por la espalda y la besó en el pelo.
—Hum, qué bien huele esto. ¿Qué cocinás?
—Lomo a la pimienta con papas fritas y ensalada de rúcula y parmesano.
—¿Querés que te ayude?
—¿Sabés cocinar? —se sorprendió ella.
—La verdad es que soy bastante bueno en la cocina. Vivo solo, preciosa, y me cocino a diario.
—¿En serio? No sé por qué pensé que tenías una persona que se encargaba de eso.
—No, sólo tengo personal para el aseo. No hay ninguna empleada doméstica conviviendo conmigo; me gusta la soledad de mi apartamento —le aclaró mientras levantaba la tapa de la cacerola y husmeaba su contenido.
Paula le sonrió embobada y Alex hizo una mueca sin entender el porqué de su sonrisa.
—Es lo primero que me contás de tu vida —puntualizó ella—, hasta ahora sólo me habías hablado de tu familia.
Y siguió cortando patatas; luego Alex se lavó las manos, cogió un cuchillo y se puso a ayudarla.
—Sos muy organizada en la cocina, te manejás muy bien.
—Me gusta bastante. Cuando papá enfermó, quería que mi madre estuviera con él todo el tiempo. Entonces empecé a hacerme cargo de la comida. En esa época, las cosas no iban bien económicamente y habíamos tenido que despedir al personal doméstico. Fueron tiempos difíciles, pero «de todo se aprende», como dice mi madre. A mí me sirvió para aprender a cocinar.
En ese momento, Maxi se acercó y la abrazó por atrás.
—Pau, ¿me vas a hacer empanadas de pollo mañana?
—No jodas, Maxi —respondió ella con el cejo fruncido—. ¿Acaso me trajeron para que les cocinara? Mañana se ocupan ustedes del asado, conmigo no cuenten. Yo quiero sol y piscina todo el día; pienso mantenerme bien lejos de la cocina.
—No seas mala, ¡sabés cuánto me gustan! —le rogó su amigo mientras le besaba el cuello.
Alex miraba la escena entre Maximiliano y Paula contrariado. Era obvio que para ellos era normal tanta proximidad, pero para él no. Paula lo miró con el rabillo del ojo y se dio cuenta de que su expresión había cambiado. Los surcos de su frente denotaban el malhumor que le causaba la cercanía de Maxi. Se dio la vuelta y abrazó a Maximiliano con la clara intención de mosquear más a Alex.
—Y, si te hago las empanadas, ¿qué recibo a cambio?
—Te traje crema de arándanos macerados de Freddo y cheesecake con frambuesas de Starbucks, tus preferidos. ¿Viste como pienso en vos y te consiento? ¿Me vas a hacer las empanadas ahora? —le preguntó y le dio un beso en la nariz. Ése fue el límite de Alex, que dejó el cuchillo y se marchó de su lado. «¡Si supiera que hasta hemos dormido en la misma cama! pensó Paula—. Claro, que no de la forma en que él se lo imaginaría.» Maxi ni siquiera se había percatado de la situación, porque estaba concentrado en conseguir las dichosas empanadas.
Mientras Paula cedía con Maxi y le prometía cocinarle, Daniela se acercó a Alex, que estaba de pie con la mano en el bolsillo y bebiendo una copa de Pinot Noir. La pared circular de vidrio ofrecía una vista única del lago. La joven le habló brevemente, pero él ni le contestó. Paula los observaba y despotricaba en silencio: «Me importa un bledo que esté celoso. No voy a cambiar mi relación con Maxi bajo ningún concepto y menos por una aventura con él. ¿Qué se cree? ¡Como si tuviera derecho a enfadarse después de lo que acaba de decirme! ¡Grrr, qué hombre tan frustrante!». Alexander no le dirigió la palabra durante toda la cena. En un momento en que estaba distraído, Mauricio, sentado frente a ella, le hizo una mueca preguntándole qué le pasaba, pero Paula se encogió de hombros y le expresó con su cara que no sabía. Todos ensalzaron la comida menos Alex, que estaba visiblemente molesto. Paula le pidió que le sirviera una copa de vino e intentó entablar conversación con él, pero le contestó de mala gana, a pesar de que con los demás se mostraba muy solícito, incluso con Maxi.
Después de cenar, ella se levantó para ir en busca de su iPad con la intención de leer un rato. Cogió una manta del armario del dormitorio y, antes de bajar, echó una ojeada desde la galería que daba al comedor; todos estaban sentados, preparándose para tomar el postre y descorchar el champán. Ella bajó y se sirvió una copa de la mesa baja, pero no se quedó.
Un tanto ofuscada, decidió sentarse en el jardín, junto a la piscina, bajo el cielo estrellado. Paula sabía que todos sus movimientos habían sido seguidos por Alex, uno tras otro. «¿Acaso cree que voy a rogarle que me hable?» El comportamiento infantil del neoyorquino la alteraba; la actitud de novio despechado no iba con su estilo. Era incomprensible que se creyera digno de montar una escena de celos después de haberle dejado claro que no quería nada serio con ella. En un momento en que se habían quedado solas Daniela y Paula, su amiga le había contado que había abordado a Alexander para explicarle el tipo de relación fraternal que existía entre Maxi y ella, pero sólo había obtenido una sonrisa sarcástica como respuesta.
La noche estaba bastante fresca. Paula intentaba concentrarse en el libro, mientras bebía de su copa de Dom Pérignon Rosé, pero las letras bailaban delante de sus ojos y no era precisamente por el alcohol. De repente, Alex apareció a su lado y la cogió por sorpresa. Llevaba puesto un suéter azul de hilo y, entre las manos, sostenía un plato de cheesecake con frambuesas con una bola de helado de arándanos encima, tal como a ella le gustaba. También llevaba una botella de Dom Pérignon y otra copa.
—¿Compartimos? —le preguntó y, guiñándole un ojo, le explicó—: Te traje tu postre preferido, Maxi me dijo que te gusta comer la tarta y el helado juntos; una elección un poco rara, pero sobre gustos no hay nada escrito —añadió en tono de broma.
Ella no le contestó e intentó retomar su lectura e ignorarlo, pero él no pensaba irse. Alex podía ponerse muy terco cuando quería y, como vio que no obtenía respuesta, se sentó en la tumbona igual. Depositó la botella y la copa en el suelo y luego cargó el tenedor con tarta y helado y lo llevó hasta la entrada de la boca de Paula. A esas alturas, ella ya se había derretido y quería tirarse encima de él. En un segundo, había logrado que se olvidase de todo, la tenía hecha un lío. Masticó despacio, tragó en silencio y él volvió a darle de comer en la boca sin perder la conexión con sus ojos. Cuando quería, podía ser el hombre más seductor del mundo.
—¿Qué leés? —le preguntó.
—Un libro de autoayuda.
—¿Da buenos consejos?
—Recién comienzo, aún no lo sé.
—Me estoy cayendo, ¿me hacés más lugar en la tumbona?
«Aprovechado», pensó Paula e intentó poner sus pies a un lado para que cupiera con comodidad, pero él se levantó y le pidió que abriera las piernas. Había recuperado su tono de director de empresa otra vez. Se colocó frente a ella a horcajadas, dejó el plato en el suelo y descorchó el champán. Bebieron mientras seguía dándole de comer en la boca.
—¿Puedo probar esta extraña combinación? —preguntó Alex, a lo que ella asintió. A continuación se inclinó y le dio un beso casto y tierno. La brisa traviesa se empeñaba en desparramar el cabello de Paula por su rostro. Entonces, él, de forma seductora, le retiró el pelo y, con mucha dulzura, comenzó a darle pequeños besitos en las mejillas, la nariz, los ojos y la frente, hasta que se apoderó de sus labios y le fundió la razón y el pensamiento.
La tumbona era lo suficientemente amplia para los dos, así que Alex se estiró a su lado, hundió la cara en su cuello y utilizó la manta para taparlos. Así acurrucados, se acomodaron frente a frente y se acariciaron el rostro con delicadeza. Las luciérnagas revoloteaban a su alrededor y la quietud y el silencio del lago dibujaban un escenario onírico.
—¿Qué querés saber? —le preguntó él de repente.
—¿Qué? —Paula levantó una ceja sin entender.
—Antes, cuando te conté que me gustaba cocinar, me dijiste que era lo primero que te explicaba sobre mí. ¿Qué más querés saber?
De nuevo, Alex había reflexionado y le contestaba a destiempo. Ella pensó durante un rato y dudó en utilizar la oportunidad que le brindaba. No sabía si arriesgarse a preguntar algo que él no quisiera contestarle.
—De acuerdo a la relación que tenemos, mi respuesta debería de ajustarse a lo que vos quieras contarme —respondió al final encogiéndose de hombros—. Sólo pretendo que me expliques cosas que te definan, para conocerte un poco más.
—Sos muy rápida con las indirectas. A cada rato me recordás que vos y yo no tenemos nada serio.
—Soy realista y me ajusto a la realidad que hoy también te encargaste de recordarme. Por eso ninguno de los dos puede exigirle nada al otro.
—¿A qué te referís con «no exigir nada»?
—Cuando digo «nada», quiero decir «absolutamente nada». No tenemos una verdadera relación, Alex, sólo somos compañeros ocasionales de sexo, durante un mes o menos, vaya usted a saber.
—Otra vez ese título, «compañeros ocasionales» —repitió él e hizo un silencio—. ¿Pretendés decirme que si estuvieras con otra persona no podría reclamarte nada?
—Seguramente no, pero... Alex, ¿creés que podría tener dos relaciones a la vez? ¡Ni siquiera cuando era adolescente hice eso!
—Perdón por sugerirlo —se disculpó con sinceridad.
—No es nada. Supongo que la forma de conocernos y de relacionarnos quizá te llevó a pensar eso. ¿Vos sí sos de ésos?
Alex se rió y Paula pensó: «¡Qué cínico sos, lindo!».
—Tuve una época en que estar con una sola mujer me aburría. Ahora ya no me siento así, pero durante aquella temporada tuve varias citas con diferentes mujeres, aunque siempre por separado; no me gustan las costumbres morbosas; y siempre fueron compañeras ocasionales, conquistas, oportunidades momentáneas, como quieras llamarlas. Jamás pagué por sexo.
«No me cabe duda, bonito. ¿Quién podría decirte que no? ¡Sos un maldito vanidoso!», se dijo Paula y, acto seguido, le preguntó:
—Entonces, ¿debo sentirme privilegiada por llevar el título de «compañera ocasional»?
—Vos insistís en ponerte ese título.
—Tal vez tengamos conceptos diferentes de lo que es una compañía ocasional. Supongo que para una persona que no quiere ningún tipo de compromiso, esa clase de relaciones son ideales.
—Suponés bien, pero ya no siento la necesidad de tener varias citas a la vez. Me preocupo por una y por tenerla contenta hasta que me aburro y paso a la siguiente. Por lo general, muy pocas veces repito.
«Eso fue una puñalada trapera. Paula, ¡te acaba de decir que se va a aburrir en algún momento!» Después de analizarlo, ella dijo:
—Tené cuidado, Ojitos, también se pueden aburrir las mujeres de vos.
—Es un riesgo, sí, pero teniendo en cuenta que nunca involucro mis sentimientos, no habría problema alguno.
«Tengo la impresión de que esta conversación tiene un doble sentido para ambos, no paramos de lanzarnos indirectas y no me está contando nada.» La mente de Paula iba cada vez más rápido: «Quizá debí haber tomado su oferta y preguntar lo que quería saber en realidad».
—Sos muy directo.
—Sincero, lo blanco es blanco y lo negro, negro. Me gusta echar siempre las cartas sobre la mesa para que la otra persona sepa a qué atenerse, como en una negociación.
—Ahí discrepo, señor Masslow, en una negociación no se pone siempre todo sobre la mesa; las partes siempre se guardan un as en la manga.
—¿Y quién te dijo que yo no lo guardo en todo momento?
—¿Te gusta jugar sucio? Esta mañana en el restaurante me dijiste que siempre eras sincero.
—Uno nunca debe pensar que tiene la mejor mano y, sí, soy sincero, Paula. Lo estoy siendo mucho ahora.
—Supongo que esa actitud funciona, siempre y cuando el corazón no se involucre.
—Sos rápida e inteligente, Paula —afirmó él con serenidad.
—Me considero una persona normal, instruida, ni peor ni mejor que nadie.
—¿Esto es lo que vos querías saber?
—Esto es de lo que vos quisiste hablar. Digamos que también me guardo un as en la manga.
Él le clavó los ojos con seriedad y ella le mantuvo la mirada con mucho esfuerzo. «¿Y cuál es tu as en la manga, Paula? —reflexionó él—. Quisiera adivinarlo para no sentirme tan indefenso cuando me mirás y me hablás con esa lengua afilada.»
—¿Cuántos novios tuviste?
—Es una pregunta un poco personal y extraña.
—Podés no contestarla.
—¿Por qué te interesa saber eso?
—Quiero saber cuán activa ha sido tu vida amorosa.
—¿Sólo por eso?
—¿Por qué otro motivo lo preguntaría?
—No sé, decime vos.
—No hay otro motivo, Paula.
Ella dudó un instante, pero al final le contestó:
—Tuve dos novios formales. El primero en secundaria y la relación duró dos años. En realidad, fue un amor adolescente, mi «primer amor». Cuando mi padre enfermó, mis obligaciones en la familia aumentaron y no podía brindarle todo el tiempo que él pretendía; entonces cortamos. Tenía diecisiete años y tantas preocupaciones en mi cabeza que ni sentí su ausencia. Respecto al segundo novio... bueno, fue una relación de cinco años, que terminó hace dos y prefiero no hablar de ella. Después de eso, me he besado con varios y me he acostado con alguno más, aparte de con vos, pero nunca me fui a la cama con alguien que acabara de conocer. Sos la excepción, Alex. Y otra vez hablé yo un montón y vos no me contaste nada. Como ves, no tengo nada que ocultar, mi vida es transparente y blanca; lo negro no me gusta porque, como solía decir mi padre, a la larga siempre destiñe. ¿Fue suficiente para tu análisis? ¿Qué conclusión sacaste?
—Que sos una buena chica, con muy buenos sentimientos y relaciones normales y duraderas.
—«Aburrida», «mojigata», no te preocupes, me lo dijeron otras veces, no sería una novedad para mí.
—No —la cortó él con rotundidad—, «decente», diría yo. Una chica de la que sería muy fácil enamorarse, en caso de que fuera eso lo que uno buscara. Paula, no creo que seas aburrida en ningún sentido, creeme.
—Alex, uno no elige enamorarse. Cuando el amor llega, entra a trompicones y se mete sin pedir permiso. Ahí es cuando estallan esas conocidas cosquillitas de las que todo el mundo habla y que todo el mundo desea experimentar en algún momento de su vida. Y después no podés alejar a esa persona de tus pensamientos y empezás a sentir celos, temor, angustia, inseguridad. —«Eso es lo que estoy sintiendo acá y ahora», quería decirle ella, pero refrenó sus palabras. No tenía sentido desnudarse así delante de él—. ¿Nunca te has enamorado? —le preguntó ella.
Alex se quedó un rato reflexionando, como de costumbre, aunque, en realidad, se había quedado estancado en lo que ella le había dicho antes.
—Creo que una vez, quizá dos. ¿Y vos? —preguntó él mientras pensaba: «Creo que ese “quizá” sos vos y estoy asustado, nena».
—Creo que una vez, quizá dos.
Paula imitó su respuesta y cambió de tema porque tenía miedo de que se diera cuenta de que ese «quizá» era él.
—¿Tenés hermanos?
—Somos cuatro, tres hombres y una mujer. Yo soy el menor.
Alex respiró sonoramente y también se sintió aliviado al cambiar de tema.
—¿Así que vivís solo?
—Desde hace dos años —le confirmó él.
—Vaya, tardaste bastante en conseguir tu independencia.
—Digamos que sí.
—¿Tus hermanos aún viven en la casa de la familia?
—Sólo el mayor, los otros dos están casados.
—Ah... ¿el mayor es el novio de Alison?
—Sí.
—¿Tenés sobrinos?
—Los dos hijos de mi hermano; mi hermana hace muy poco que está casada.
—Mis sobrinos son mi debilidad —se sinceró ella—. Cuando voy a Mendoza, Sofía y yo nos volvemos inseparables. Franco es muy pequeño todavía y no se separa mucho de su madre, pero me encanta consentirlo, aunque eso implique que mi cuñada se enfade conmigo. Tiene sólo nueve meses.
Un nuevo silencio se instaló entre ellos, pero Paula se encargó de romperlo en seguida:
—¿Por qué estabas de tan malhumor durante la cena?
Alex sintió que volvía a estar en terreno inseguro otra vez. Esbozó una mueca casi imperceptible con la boca, que ella ya había notado en otras oportunidades.
—¿Hace falta que te lo explique? ¿Realmente no te diste cuenta?
Ella lo miró mientras valoraba qué contestarle y, al final, decidió escuchar los motivos de su propia boca.
—No, no me di cuenta —le dijo mientras se encogía de hombros.
—Sé que te diste cuenta, Paula, sos inteligente y no te creo, pero de todas formas te lo explicaré. —Hizo una pausa y prosiguió—: Soy consciente de que no tengo ningún derecho, me quedó más claro todavía después de la conversación de esta noche. Por eso ahora estoy acá, porque después de pensarlo me di cuenta de que no podía ponerme así. Aun así, no me gusta que te abraces con Maxi, o con quien sea, como lo hiciste hoy, delante de todos, mientras estoy yo.
«¡Vaya! ¡Al final, lo dijo!», pensó la joven y replicó:
—Entonces, debo entender, y asumiendo que razonaste nuestra conversación, que también sabrás que voy a seguir haciéndolo.
—¿Con Maxi o con quien sea? —le habló él desafiante.
—Con Maxi —le confirmó envalentonada. Alex la agarró por la barbilla.
—Paula, estás tirando demasiado de la cuerda y se puede cortar.
—Quizá sea mejor que se corte ahora y no más adelante, no me amenaces.
—¿Eso es lo que querés? ¿Que todo entre nosotros se acabe? Porque hay cosas para las cuales sigo mis reglas, incluso aunque vos y yo no tengamos nada en firme. No me gusta sentirme estúpido o aparentarlo adelante de los demás.
—¿Y vos qué querés? ¿Querés que todo se acabe?
—Creo habértelo explicado recién. Quiero que el tiempo durante el cual estemos juntos, tengan todos bien claro a quién pertenecés.
Ella se rió con sarcasmo.
—No era eso lo que te estaba preguntando, pero me parece un poco egoísta por tu parte. Pretendés que modifique mi forma de vivir cuando vos y yo sabemos que lo nuestro tiene fecha de caducidad. La gente no es desechable, Alex. Maxi es mi amigo hoy, y lo será mañana y también pasado, cuando vos ya no estés. Si yo te pertenezco, como dijiste recién, entonces, ¿vos a quién pertenecés? Apuesto a que no vas a contestarme. ¿Quizá me hagas otra pregunta para evadir la respuesta? Porque eso es lo que hacés siempre.
Él estaba furioso y Paula lo sabía. La tenía agarrada con fuerza por la barbilla y no la soltaba. El tono que habían utilizado ambos era muy poco amigable y, por supuesto, Alex no le contestó.
—Sólo te pido respeto —le exigió.
—¿Respeto? —Ella estalló y abrió los ojos como platos—. ¡Eso es más gracioso todavía! ¿Te atrevés a pedirme respeto y exclusividad, cuando me acabás de decir que podés aburrirte de mí y pasar a tu siguiente polvo?
—No lo dije así, Paula.
—Bueno, quizá no utilizaste esas palabras pero el significado es el mismo.
—Pero dicho de esa manera suena grosero.
—Perdón, «señor Modales», con palabras bellas o no, es lo que dijiste. Mirá, Ojitos, una vez le hice daño a Maxi, lo deseché de mi lado porque aposté al que creía iba a ser el amor de mis sueños. Lo saqué de mi vida y de mis sentimientos, lo ignoré y le di la espalda aun cuando murió su madre. Sí, ya sé, soy una mierda, pero ¿sabes qué? Incluso así, cuando lo necesité, él estuvo ahí. Después de una semana sin probar bocado, porque lo único que quería era morirme, él fue quien me puso su hombro, quien me cuidó de día y de noche, quien me vio llorar hasta quedarme sin lágrimas y él fue quien me enseñó a sonreír otra vez. Gracias a él, tengo el trabajo que tengo y soy quien ves ahora. Porque el bastardo de mi novio, el día anterior a nuestra boda, se acostó con mi mejor amiga y los encontré haciendo el amor en el que iba a ser nuestro apartamento. ¡Mierda! ¡No te lo quería contar y te lo dije todo! ¡Y vos, como siempre, no contestaste ni una sola de mis preguntas!
Alex se quedó mudo después de ese exabrupto. Las lágrimas de Paula comenzaron a brotar y él, compasivo, se las secó con un siseo para calmarla.
—¿Sabes qué? —Tragó saliva—. Sé que él será quien me levante de donde sea que me hunda el día que salgas de mi vida. Ya está, ya te lo dije. Si querés irte ahora, quizá sea lo mejor para mí.
El neoyorquino la miraba en silencio mientras secaba sus lágrimas. —¡Maldición, Alex! ¿Por qué tuve que conocerte? Decí algo, por favor.
—Quiero hacerte el amor.
—No, Alex. Vos lo único que querés es follarme —lo corrigió—, vos no querés hacerme el amor. ¿Y sabés qué? Yo también quiero que me folles, quiero poseerte de cualquier forma, no me importa cómo. ¡Sos exasperante! Dejá de mirarme, besame y haceme olvidar todo.
Entonces Paula tomó su rostro entre las manos y comenzó a besarlo con desesperación. Él respondió de la misma forma y, con la misma urgencia, le acarició la espalda, metió la mano por debajo de su camiseta y se aferró a su piel. Luego la bajó y la metió dentro de los pantalones para acariciarle el trasero mientras acometía su boca con la lengua. Se apartó para tomar aire.
—Vayamos a la cama —dijo ella. Se levantaron y empezaron a recoger todo lo que había en el suelo, pero cuando fueron a entrar él la detuvo:
—Esperá, Paula, mi erección se nota demasiado todavía.
Se rieron y ella le alcanzó la manta.
—Tomá, colgatela del brazo.
Entraron, dejaron las copas y el plato en la cocina; todos estaban en el comedor jugando al blackjack y María Pía y Mikel habían desaparecido. Así que dieron las buenas noches y subieron a la habitación.