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Y aquí me tienen: Octave Parango, cazatalentos francés, encallado en un país treinta veces más grande que el suyo. Trabajo para gente que considera obsoleta a una mujer de más de veinticuatro años. Mi actividad me pasa factura: no he celebrado mis cuarenta años. Envejezco en un mundo donde está prohibido envejecer. Me disfrazo de joven: camisas negras arrugadas con un vaquero agujereado en la rodilla, cachemira Zadig y Voltaire en V a ras de la piel, pelo revuelto como si me levantara de la cama a cualquier hora del día, barba de ocho días para parecer rebelde (imaginen un bolchevique con una maquinilla de peluquero entre los dientes), zapatillas de deporte que no practican ninguno, pequeños polos ceñidos para asemejarme a un cantante escuálido, incluso británico, pantalón slim de cintura baja para que no apriete la barriga creciente. No uso desodorante, porque apestar hace joven. Para mis cuarenta años no me compré una chupa de cuero: compré dos. Cada mañana lloro al arrancarme las canas que me salen en el cráneo, las orejas y los orificios nasales. Me embadurno de autobronceador las mejillas para estar anaranjado en lugar de verde. Me paso continuamente la mano por los pelos para comprobar que siguen en su sitio. De noche, en el baño, recojo los que flotan en el agua y los deposito en el reborde de la bañera, como un maniático aquejado de «trastornos obsesivo-compulsivos», antes de enterrarlos solemnemente en el cubo de la basura. Pruebo todas las nuevas cremas antiedad como un viejo travestido: la Dior Hombre Dermo System a la B-Ecdysone cicatrizante y al fosfato de vitamina E, el gel de limpieza al hinojo marino «Océalys», el gel desincrustante antifatiga facial Clarins, un dermopeeling exfoliante, con bolitas que ruedan por la piel como arena química, sin olvidar el concentrado «humidificador facial energizante para hombres» de la casa Kiehl. Me reservo el Botox y el cóctel DHEA-melatonina para el año que viene. Escucho Diam para seguir conectado con la generación no-no. Me opero la miopía con láser: me rebanaron la retina, como en el Perro andaluz de Buñuel, para no tener que llevar gafas (antes me parecía a Yves Saint Laurent, ahora me creo Jesucristo). Pienso comprarme dientes de porcelana para tener la misma sonrisa que Keith Richards (todo limpio en vez de todo beige). Lo único que me detiene es el presupuesto de mi dentista-técnico facial: 20.000 euros por cinco sesiones; salen caros los piños. También estoy en un tris de inscribirme en un club de gimnasia para vibrar sobre un power plate. Antes de llevar a una chica a casa, tomo siempre una viagra 100 a escondidas para asegurarme los tres o cuatro polvos, como si tuviese veinte años menos. Me gusta repetir que mi estupidez es la de mi época, pero en el fondo sé que mi época es un mero pretexto y que mi estupidez me pertenece. Con cuarenta tacos eres responsable de tu desdicha, aunque parezcas más fresco que ella. Ah, sí, olvidaba decir que abandoné a mi mujer porque tenía la misma edad que yo.

Total: soy un viejo involuntario. Sin bromas: sé que hay hombres felices de envejecer. Simplemente no están en el poder.