CAPITULO 28
Kaesios se dirigía hacia su casa. Tenía que hablar con Dana e informarles de los nuevos planes, pero antes quería ver a Katherina, necesitaba verla, tocarla, besarla y hacerle el amor con calma y dulzura. Necesitaba de su presencia para calmar los demonios que habitaban en su alma y pugnaban por salir a la superficie.
Sabía que a esas horas estaría leyendo en la biblioteca, así que entró directamente. Ella no se había percatado de su presencia en la puerta, él se detuvo por unos segundos y la observó a su antojo. ¡Era tan hermosa! Su belleza juvenil y serena le hacía estremecerse por dentro. Cada vez que recreaba en su memoria su cuerpo, un fuego intenso y ardiente le quemaba las entrañas. Jamás había sentido algo parecido.
Al parecer ella había notado su presencia, porque se giró y le miró. Una sonrisa amplia y limpia se formó en sus perfectos labios. Kaesios creyó que podía morir de felicidad.
Se acercó hasta ella, le ofreció la mano, que ella aceptó, y la ayudó a ponerse en pie. Después la besó, con pasión, con fuerza, intentando impregnar todo lo que sentía en ese contacto. Ella le correspondió con la misma pasión y sin darse cuenta la cogió en volandas y la llevó hasta su habitación.
Le hizo el amor muy despacio, recreándose en el delicioso cuerpo femenino, besando cada centímetro de piel. Se entregó a la pasión sin miedo, sin importarle nada más que la mujer que estaba debajo de él, como si ésa fuera la última vez que podrían estar juntos.
—Aidan, ven conmigo, tengo cosas que decirte.
El vampiro más joven lo siguió sin rechistar. Kaesios había pasado la mayor parte del día y la noche en su habitación, con Katherina. Después de hacer el amor habían estado hablando de, en su mayor parte, tonterías, para que la mujer no se preocupara y pudieran estar juntos y disfrutarlo. Ordenó que subieran la comida y la cena a su habitación y juntos habían comido en la cama. La experiencia resultó tan erótica que se vio en la obligación de volver a amarla. Cada vez era distinta. Ella se entregaba en cuerpo y alma, confiaba plenamente en él, y Kaesios daba rienda suelta a sus instintos y a sus deseos.
Jamás pensó que el sexo podía ser tan gratificante y tan maravilloso. Cuanto más la amaba, más deseos tenía de volver a hacerlo. No se veía saciado del cuerpo de Katherina. La había dejado durmiendo, extasiada y agotada. Durante unos instantes pensó en la posibilidad de quedarse junto a ella, era muy hermosa cuando dormía, su rostro mostraba calma y tranquilidad, pero tenía obligaciones que no podía ni debía abandonar, aunque estuviera muy tentado de hacerlo.
—Cornelius ya se ha puesto en marcha. Necesito que vayas y pongas a su gente a salvo. Intentar evacuar todos los poblados que os encontréis, procuraremos que haya las menos bajas civiles posibles.
— ¿Necesitas algo más?
—No, simplemente que vayas con cuidado, no sabemos si Baldur tiene hombres apostados a los alrededores y puedan atacaros.
—Ninguno de los nuestros ha divisado nada. Creo que Baldur peca, en este caso, de subestimar a los humanos.
—Eso es una buena noticia, ve y ayuda a Cornelius, cuando su gente esté a salvo llévalos a él y a sus guerreros al lugar donde están las demás tropas humanas. Yo me reuniré allí más tarde.
—De acuerdo. ¿Qué hacemos con Katherina?
—No te preocupes por ella, ya me encargo yo de ponerla a salvo.
Aidan ya se había ido, Onuris y Angus estaban al corriente de todo, ahora le tocaba a él actuar. Debía eliminar a los neófitos, para ello dispondría del ejército de las tribus del bosque y esperaba poder contar con Onuris y Hersir. Los tres juntos eran invencibles. Ahora le tocaba explicárselo a Katherina y ponerla a salvo. Le había prometido a Lyris que la mantendría a su lado, pero era imposible llevarla en esa ocasión. Sería vulnerable mientras él se dedicaba a matar neófitos, y las probabilidades de que algo saliera mal eran muchas, por lo que ella estaría más segura en Órion.
La encontró en el comedor, desayunando. Cuando él entró ella se giró y le miró con una sonrisa en los labios que le atravesó el pecho como si fuera una flecha. Su cuerpo cobró vida y sintió deseos de volver a llevarla a la cama. Se estaba comportando como un pobre adolescente humano, pero no podía evitarlo. Él sonrió a su vez y se acercó hasta la mesa ocupando su lugar.
—Tengo algo que decirte. —Le dijo, después de cogerla por la mano y acariciarla dulcemente.
Ella frunció el ceño.
— ¿Es malo?
—Tengo que irme...
— ¿A dónde?
—El Maestro de nuestra raza me ha encomendado una misión, la guerra ha comenzado y debemos ponernos manos a la obra.
— ¿Puedo ir contigo?
—No, es muy peligroso.
Ella lo meditó durante unos instantes. Sabía que esto llegaría, la guerra cada día estaba más cerca, pero en su fuero interno guardaba la esperanza de que todo se resolviera de una manera menos sangrienta. Si Kaesios se iba es que las cosas estaba bastante mal, y ella se quedaría sola...
— ¿Dónde me quedaré? ¿Aquí?
—Creo que es lo más acertado, Órion está plagado de humanos y Oscuros leales, no creo que nadie intente hacerte daño. Si te llevo al castillo no sé si podré protegerte ahí, a pesar de que parece inexpugnable, para un vampiro sería tremendamente fácil entrar y hacerte daño sin que nadie pueda evitarlo. Apostaré guerreros fuertes y experimentados aquí, para protegerte. Nada malo te va a pasar.
— ¿Y a ti?
Él sonrió y a ella le dio un vuelco el corazón. No soportaría perderle, no podría seguir adelante si él no estaba a su lado.
—Yo estaré bien, soy inmortal, ¿recuerdas? No me pasará nada, solo tengo que ocuparme de algunos asuntos y volveré pronto.
— ¿Y Aidan?
—Le he enviado a evacuar los poblados cercanos a las tierras de Baldur, para evitar muertes innecesarias.
—Todas las muertes son innecesarias.
—Ya lo sé, pero eso es lo que tienen las guerras. Debo marcharme. Estarás bien protegida, pero no salgas de aquí y no te fíes de nadie. Más tarde volveré, pero no puedo decirte a qué hora. No debes preocuparte, ¿de acuerdo?
Katherina no dijo nada, solo le miró, él puso su mano en el rostro de ella y la acarició con el dedo pulgar suavemente. Ella apoyó aún más su cara sobre la palma de la mano y absorbió su contacto.
—Estaré pronto de vuelta. Te voy a echar de menos...
—Y yo a ti, mucho.
Kaesios se puso en pie y la besó. El contacto de sus labios le provocó un torbellino de emociones.
Él, un oscuro, un inmortal, un ser cruel y despiadado, estaba completamente enamorado, y de una humana.
Suspiró para sus adentros. Era hora de marcharse, pero no quería.
La miró a los ojos, en ellos pudo ver la angustia y las dudas, no deseaba dejarla sola, pero no tenía alternativa.
—Te veré pronto.
Ella afirmó con la cabeza y lo abrazó con fuerza. Él correspondió a su abrazo con amor. No sabía cómo, pero esa pequeña mujer se había convertido en el centro de su vida.
Onuris y Hersir le seguían como unos perritos falderos, iban hablando entre ellos del buen tiempo que hacía para eliminar a los neófitos. Parecía que ninguno tenía más preocupación de eliminar al mayor número de vampiros. Sin embargo Kaesios sabía que Hersir tenía en mente a su esposa al igual que él llevaba presente en su cabeza y en su corazón a Katherina. Onuris estaba emocionado, hacía años o siglos que no se veía en medio de una confrontación. Era un antiguo poderoso y nadie osaba provocarlo, excepto sus hijos, pero a ellos no los mataría jamás.
Se acercaban al bosque en el que debería estar Dana junto con sus hombres. Kaesios sabía que eran fieros guerreros y se alegraba de tenerlos de su lado.
Se adentraron entre la espesura, en vez de la manera común de los de su raza, a gran velocidad y sin hacer el menor ruido, iban muy despacio y hablaban muy alto, para que los guerreros se dieran cuenta de quienes eran. Cuando llevaban unos minutos andando se apareció Dana ante ellos. Ella y sus hombres eran unos expertos a la hora de camuflarse.
—Te saludamos, Kaesios.
—Hola Dana. Necesito hablar contigo.
—Habla.
—La guerra ha dado comienzo. Si estás de humor y tenéis ganas, voy a eliminar a unos cientos de neófitos, tal vez os apetezca acompañarnos.
Dana abrió mucho los ojos, después miró a su alrededor. Sus hombres se iban asomando al lugar en el que estaban. La mayoría le contestó con una asentimiento de cabeza.
Ella sonrió y una energía fuerte y poderosa se apoderó de su cuerpo.
—Iremos, estamos preparados.
Cornelius avanzaba con una lentitud pasmosa. La mayoría de los que iban con él, jamás se habían visto en la obligación de andar tanto y mucho menos dormir a la intemperie. Su gente estaba cansada, pero aún no estaban a salvo y él no pensaba bajar la guardia aunque deseaba poder darles un minuto de descanso.
Las tierras secas y áridas, a cada paso se iban transformando en verdes y exuberantes. La mayoría de las personas que estaban allí, jamás habían avanzado más allá de los límites de su poblado y miraban ahora la verde espesura con los ojos muy abiertos y llenos de admiración. Los más ancianos, los que aún recordaban sus antiguas tierras, lo miraban todo con melancolía y tristeza. La abundancia de vegetación, los frutos jugosos colgando de los árboles, los animales libres y numerosos y el agua abundante les mantenían en estado de éxtasis.
El pueblo de Cornelius era guerrero y belicoso, lo llevaban en la sangre, y esa misma necesidad de pelea era la causante de su destierro.
Sabía que su gente tenía hambre y debía parar, pero no sentía confianza, quería llegar a un lugar más escondido y que les diera la oportunidad de descansar lejos de miradas indiscretas.
Continuaron hasta que a lo lejos divisaron un espeso bosque. Ese era el lugar perfecto, así que animó la marcha y les obligó a moverse más rápido.
En cuanto cruzaron la barrera de árboles, Cornelius se sintió más tranquilo. Avanzó lentamente para encontrar un claro lo suficientemente grande para garantizar la comodidad de los suyos. Pero ante él cayó de forma inesperada un hombre. El caballo se encabritó y Cornelius desenfundó su espada. El hombre, sin duda era un Oscuro, nadie humano, podría haber saltado desde la altura descomunal de los árboles que los rodeaban y haber tocado el suelo con tanta elegancia.
Cornelius se puso en guardia, no quería ni pensar que estuvieran rodeados de oscuros de Baldur.
El vampiro habló.
—Soy Aidan, vengo en nombre de Kaesios. Mi deber es poner a salvo a tu gente.
Cornelius le miró fijamente unos instantes más y después volvió a guardar su arma. Sus hombres le imitaron.
De las frondosas proximidades comenzaron a salir más vampiros. Tan silenciosos y elegantes que Cornelius sintió una punzada de desasosiego.
—Muy bien Aidan, llévanos a un lugar seguro.
El vampiro asintió con la cabeza. Los otros se posicionaron al frente, a los lados y a la retaguardia de los humanos. Aunque lo hacían para protegerlos, Cornelius no se sintió nada seguro.
Kaesios bajó al cuarto de las armas, abrió la puerta y se quedó ahí quieto, mirando. Cuando dejó de ser el verdugo del juez, dejó todas sus armas guardadas con la esperanza de no volver a usarlas nunca, pero hoy no quedaba otra opción.
Katherina estaba durmiendo, cansada y tranquila, después de una maravillosa noche de pasión.
El Oscuro se sorprendió de saber que jamás se saciaría de esa mujer. Pero no debía pensar en ella, ante él se presentaba un día largo y peligroso. Los neófitos no eran muy diestros, pero si salvajes y muy numerosos. Entró en la sala y se acercó hasta el armario donde guardaba sus ropas y se visitó.
Katherina se despertó al notarse sola en la cama. Miró por la ventana y aún faltaba mucho para que saliera el sol. Durante unos segundos no pensó en nada, salvo en la ausencia de su amado, pero después la realidad la golpeó con fuerza.
Estaban en guerra y Kaesios partiría a un futuro incierto.
Se levantó preocupada, no quería que él se fuera sin despedirse. Bajó las escaleras descalza y vestida solo con el fino camisón, pero no sentía frío, el temor porque él hubiera partido ocupaba todo su pensamiento. Le buscó por cada una de las habitaciones del piso de abajo. Nada. Su pulso se aceleró. Arriba estaba segura de que no se encontraba. Solo quedaba el sótano. Sin pensarlo bajó y vio que había luz en una de las habitaciones. Respiró profundo e intentó serenarse. Avanzó lentamente y se quedó quieta junto a la puerta. Sabía que Kaesios la había oído, pero se quedó ahí, disfrutando de la imagen que ese hombre presentaba.
Estaba sentado, vestido todo de negro, su ropa era de una piel tan fina y se pegaba tanto a su musculoso cuerpo que daba la impresión de que estaba desnudo. Entre sus manos una espada brillante y tan hermosa como letal, la estaba afilando lentamente, tan concentrado como si la salvación del mundo dependiera de ese mismo hecho. El oscuro alzó el rostro y ella se sintió tan débil que pensó que se desmayaría en aquél mismo momento. Estaba tan arrebatador que quitaba el aliento. Una media sonrisa curvaba sus labios y ella deseó poder mordérselos.
Se acercó lentamente mientras el vampiro la miraba con intensidad. Su respiración se aceleró.
Kaesios no solo era increíblemente guapo, no solo poseía un cuerpo que haría enfadar de envidia al mismísimo Adonis, también era fuerte, valiente, poderoso y ella sabía que era una de las criaturas más letales que pisaban el planeta. Su excitación creció por momentos. Se reprendió a sí misma, no debía pensar en cosas tan triviales cuando estaba a punto de despedirse de su amado y no sabía si volvería a verlo, sin embargo, no pudo evitarlo.
Él seguía sentado, con la espada apoyada en sus muslos. Ella rozó la empuñadura con sus dedos.
—Es muy hermosa...
—Sí —le contestó él—, la mandé hacer cuando me ascendieron y tuve a mi mando a mis propios hombres. Me costó una fortuna, pero jamás me arrepentí.
— ¿Eras soldado?
—Sí, del ejército del emperador Simón III. Procedo de una larga lista de parientes solados. Era mi deber y obligación continuar con la estirpe.
— ¿Alguna vez te has arrepentido de convertirte?
Él no lo pensó ni un instante.
—Jamás.
—Pero... ¿y tu familia?
—No eran muy amorosos, mi padre era violento y desagradable. Mi madre un espíritu muerto, sin ganas de vivir y pasaba la mayor parte del tiempo compadeciendo su desgracia. No nos prestó mucha atención, pues sabía que a temprana edad nos apartarían de su lado.
—Qué triste...
—No era una familia muy distinta a las demás.
Él se movió para acariciar la espada y los músculos de sus brazos se contrajeron, Katherina suspiró. Kaesios la miró fijamente, sus ojos azules como el cielo se clavaron en los ojos verdes ardientes de deseo de ella. Dejó la espada en la mesa y se puso en pie. Al verlo en todo su esplendor, la mujer sintió un golpe en su pecho. Ese hombre le pertenecía y era el mejor hombre del mundo, a pesar de que fuera un Oscuro.
Kaesios podía oler el aroma de excitación que desprendía el cuerpo de Katherina y eso aumentó su deseo hasta puntos insospechados. La miró de arriba abajo. Vestía con la fina tela del camisón que más que tapar, realzaba todos sus encantos. Llevaba el pelo suelto y revuelto por el sueño, y le confería un aire de dulzura e ingenuidad que lo derrumbó. Sus pechos se movían acelerados por la respiración de ella y se marcaban más en la tela, pudiendo distinguir el color de los pezones. Se acercó un poco más a ella, sus ojos habían cambiado de color y su mente estaba fuera de control. Posó una de sus manos en la nuca de la mujer y la acercó hasta él muy despacio y después la besó. No era un beso suave, ni dulce, era un beso ardiente, febril, posesivo, era un beso que anunciaba toda la fuerza de la pasión que poseía el cuerpo del Kaesios. Ella correspondió fuego con fuego. Él la empujó hasta la pared y la apresó ahí con su propio cuerpo. Ella creyó desfallecer al notar todo su duro y musculoso cuerpo contra el suyo. Kaesios la abrazó y comenzó a recorrer su cuerpo con su boca, jugando con la lengua. Las rodillas estuvieron a punto de fallarle y caer de rodillas ante él, pero la tenía bien sujeta. Con impaciencia le arrancó el camisón dejándola completamente desnuda ante él. Se apretó más a ella y bajó sus manos hasta sus muslos, mientras la acariciaba iba subiendo las piernas de ella hasta que le rodearon la cintura. Katherina se quedó impresionada, mientras él la tocaba hábilmente en el centro de su intimidad. Sin darse cuenta él se había desabrochado los pantalones y con una fuerte embestida la penetró. Ella gritó de placer.
—Vuelve a mí, por favor Kaesios, vuelve a mí...—le susurraba mientras él comenzaba a moverse y la besó, absorbiendo los gemidos de placer de ella con su boca. Las palabras que había pronunciado, le habían tocado el corazón. Ella deseaba que volviera y no quería perderle. El conocimiento de ese sentimiento lo atravesó como si fuera un rayo. Ella lo amaba y él la amaba a ella más que a nada en el mundo.
—Volveré a ti, antes de que te hayas dado cuenta —le dijo y aceleró el ritmo de sus caderas acompasándolo a la necesidad de la mujer. Con un grito de placer Katherina llegó al orgasmo sintiendo como todo su cuerpo flotaba y explotaba en mil pedazos. Kaesios se derramó dentro de ella y disfrutó de su placer a la vez que sentía los espasmos del cuerpo de su amada acariciando su miembro.
La cogió en brazos y la llevó hasta su habitación mientras ella le abrazaba fuerte por el cuello y dejaba besos dulces esparcidos por su mandíbula. La tumbó en la cama y se quedó con ella hasta que el sueño la alcanzó. Su rostro mostraba que estaba exhausta y satisfecha. Un punto para su ego. Dejando la parte de su alma que aún permanecía viva junto a esa mujer, se marchó, llevándose con él el recuerdo más hermoso que un hombre puede tener.
No había salido aún el sol cuando se reunió junto al bosque con Hersir y Onuris. No se había quitado aún de la cabeza la manera brusca con la que había amado a Katherina, se había convertido en un salvaje, pero su pasión le impidió razonar y tratarla con más cuidado. Intentó pensar en otra cosa y observó a su hermano, estaba armado de pies a cabeza mientras que su padre llevaba una espada y una mochila al hombro.
— ¿Qué lleva ahí? —Le preguntó.
—Juguetes. —Contestó sonriendo.
— ¿Qué clase de juguetes? —Preguntó intrigado Hersir.
—De los que hacen ruido. —Contestó y soltó una carcajada.
Los hermanos se encogieron de hombros y se adentraron en el bosque para encontrar a los humanos.
Hersir, Onuris y Kaesios avanzaban arrastrándose entre la vegetación de la montaña, en contra del viento para no descubrirse por su olor, aunque Kaesios pensaba que los neófitos estaban tan entretenidos comiendo y matando que no se percatarían de su presencia ni aunque fueran pregonándola con tambores. Esa mañana, cuando se había vestido para la guerra, se mezclaron varias sensaciones. Una de euforia, volvería a blandir su espada contra el enemigo, la mayor parte de su vida había estado dedicada a la guerra y su espada se convirtió en un apéndice de su brazo, cuando no estaba luchando, mataba el tiempo entrenando. Cuando Onuris le convirtió, sus ansias de pelea se vieron mermadas por sus deseos de sangre y por experimentar absolutamente todo de una manera muy intensa, la brisa al rozar su pelo, los olores, los colores, todo era tan nuevo, tan vívido que se sentía sumamente extraño con su nuevo ser. Pero poco a poco se fue aceptando y su vida giró en torno a aprender y a disfrutar, sobretodo de la compañía de su nueva familia.
Kaesios miró hacia atrás y vio a Dana avanzar muy despacio con el resto de sus hombres. Estaban todos preparados. Se asomaron entre el hueco de unas rocas que había en la cima de la montaña y miraron hacia abajo. En el campamento se podía ven dos construcciones de madera, eran bastante grandes y podían albergar a un gran número de personas. Apenas había neófitos por los alrededores, pensó que estarían dentro de las instalaciones pasando el tiempo para no dejarse ver. Tal vez Baldur les había dado un aviso. Los alrededores estaban más limpios que la otra vez y se podía observar el montículo que supuso, sería la tumba común de los humanos que habían servido de alimento.
Ordenó a Dana que avanzara hasta él.
Los Oscuros, habían acompasado sus pasos a los de los humanos, la travesía había sido larga, durante casi la mayor parte del día habían estado andando, pero no se les notaba cansados. Eran resistentes, eso le agradó. Habían descansado a unos kilómetros de distancia, para dejar pasar la noche, pues los guerreros no poseían la habilidad de ver con claridad en la oscuridad. Antes de que amaneciera ya se habían puesto en pie y estaban más que preparados. Dana se acercó hasta él y le indicó que mirara hacia abajo. Ella observó el lugar con detenimiento, buscando posibles lugares por donde atacar, cerrar el paso a una posible huida del enemigo y estar lo más protegidos posible. Kaesios la dejó hacer, él ya tenía un plan, pero pensó que si Dana colaboraba y sentía que los Oscuros los respetaban, habría más confianza y la lucha sería más exitosa.
—Si bajamos por ese lado —susurró la guerrera— nos podemos apostar en ese hueco de ahí y no permitir la salida de posibles neófitos. Vosotros podréis ir por este lado y atraerlos hacia nosotros. No podrán salir, quedarán atrapados por todos los lados. No debe resultar difícil acabar con ellos.
Kaesios sonrió para sí, más o menos es lo que él había planeado. Miró a su padre y hermano pidiendo confirmación. Onuris afirmó entusiasmado, Hersir, que en su tiempo también fue guerrero observó todo con detenimiento y después de unos minutos también asintió.
—Bien, pues en marcha. —Ordenó Kaesios.
Dana giró todo su musculoso cuerpo y se dirigió hacia sus hombres para explicarles la situación y la forma de proceder. El oscuro la miró con curiosidad, era demasiado silenciosa para su el tamaño de su cuerpo, daba la impresión de que sería torpe y pesada, sin embargo se movía con la agilidad de los felinos.
Cuando hubo organizado al grupo de hombres se giró y miró a los Oscuros.
—Estamos listos. —Susurró, sabiendo que la iban a escuchar perfectamente.
Onuris les indicó que procedieran y cuando los humanos hubieron desaparecido miró feliz a sus hijos.
—Bien —dijo frotándose las manos— esta lucha será memorable, nos lo vamos a pasar muy bien. El que menos consiga eliminar, pagará una gran cena.
La sonrisa apareció en los labios de los Oscuros.
—A por ellos, ¡que no quede ninguno con vida!