CAPÍTULO 9

 

 

 

 

 

Katherina se aburría mortalmente. Salió de su habitación y pensó en dar un paseo. La comida había sido un suplicio, echaba de menos la presencia silenciosa de Kaesios. Decidió caminar por fuera del castillo. Sabía que no la dejarían salir al exterior de la muralla, pero aún había lugares, en el interior, que desconocía. Necesitaba caminar, estar tanto tiempo encerrada, sin más que hacer que leer, empezaba a hacer mella en su estado de ánimo. Dio una vuelta al castillo. Paseó por el patio y se dirigió hacia la parte trasera, dejando atrás las construcciones que podía ver desde su balcón, entre ellas el lugar en el que estaban los hijos de los supervivientes.

El castillo estaba construido de piedra, y su forma era rectangular, en las esquinas se divisaban cuatro torres que se alzaban magníficas. El lugar era inmenso. Los jardines ocupaban casi todo un lateral, en el centro del patio había una fuente inmensa, con personajes míticos. Siguió caminando despacio mientras observaba todo con atención. La vegetación era abundante, había jardineras y árboles, flores y un sinfín de plantas puestas a modo de decoración.

Estaba tan distraída que no se dio cuenta de que un hombre estaba agachado y tropezó con él.

Uy… perdón, no le he visto, iba distraída.

El hombre se puso en pie y la miró. Katherina se quedó con la boca abierta. Al parecer los hombres guapos moraban todos allí. No podría tener más de veinticinco años, era muy alto y su pelo tenía el color del oro pulido. Sus ojos verdes, brillaban con la luz típica de la felicidad y una impresionante sonrisa daba forma a una boca perfecta.

—No os preocupéis, señora. –le dijo mientras se limpiaba las manos, manchadas de tierra, en un trapo que colgaba de la cinturilla de su pantalón.

Al recorrerle el cuerpo con la mirada, a Katherina se le aceleró el pulso.

—Estaba sumida en mis pensamientos y no miraba por dónde iba, espero no haberle hecho daño…

El chico soltó una estrepitosa carcajada que aceleró el corazón de la mujer.

—No creo que pudierais herirme, aunque lo intentarais, señora. –La dijo con sorna—  No os preocupéis, no ha pasado nada.

El hombre tendió la mano en señal de saludo.

—Me llamo Adriel.

Yo soy Katherina.

Sí, lo sé. –contestó sin dejar de sonreír.

Vaya… —logró decir.

El muchacho la miró curioso.

—Todo el mundo aquí sabe quién sois, vuestro nombre y eso… habéis causado gran conmoción con vuestra llegada.

Katherina abrió mucho los ojos, sorprendida.

—No entiendo.

Bueno, intentaré explicarme mejor. Lo cierto es que Kaesios dedica su tiempo libre a ir por ahí, salvando a personas que están en peligro. Casi todos los que vivimos en el castillo estamos porque necesitábamos un lugar al que ir. De alguna forma u otra, la mayoría hemos sido rescatados. Quitando a los soldados del edificio cerrado, todos los demás le debemos la vida, y nos la ganamos honradamente trabajando. Pero jamás ha traído a una dama, ninguna mujer en este castillo ha sido tratada de la forma tan especial como la trata a usted. Al parecer es única y eso la hace especial.

A Katherina el corazón le iba muy rápido. Estuvo tentada de decirle que ella no estaba allí por su voluntad, que no era una rescatada, sino una secuestrada, pero permaneció en silencio, mirando al joven que tenía frente a ella.

Adriel no dejaba de sonreír, parecía feliz al haber conseguido dejarla sin palabras, pero Katherina estaba tan sumida en sus pensamientos que no le importó nada. Miró una última vez la hermosa cara del muchacho y sin decir nada se marchó.

¡Oye! ¡Espera! –Gritó Adriel mientras echaba a correr y se ponía a su lado— ¿Te he molestado por algo? En serio, no era mi intención y lo siento.

No te preocupes, no me has molestado –le dijo mientras le miraba a los ojos. El muchacho parecía sincero, pero ella no tenía ganas de hablar con él, no al menos ahora.

Me alegra saberlo.

Gracias por todo Adriel, pero ahora me apetece seguir con mi paseo.

El muchacho se detuvo al instante.

—Espero poder verla en otro momento.

Katherina sonrió sinceramente.

—Seguro que sí, tal vez otro día me pase a charlar un rato contigo.

Me gustaría mucho –contestó Adriel sonriendo. Sus ojos brillaron intensamente y a Katherina le pareció realmente apuesto. Estaba rodeado de un aire de inocencia que le transmitía confianza.

Hasta luego, Adriel.

Hasta pronto, Katherina.

Él se quedó quieto, mirándola caminar. Ella bajó el rostro hacia el suelo y sonrió tímidamente.

 

 

 

Kaesios movió el cuello, haciendo sonar los huesos y sonrió abiertamente.

—Espero que seáis buenos, hace mucho que no disfruto de una buena pelea. –les dijo sonriendo.

Esta despreocupación puso nerviosos a los hombres.

Kaesios respiró profundamente. Le encantaba el olor característico del miedo, era un olor entre dulzón y picante. Lo disfrutaba. Miró a su alrededor. Los hombres le habían rodeado y tenían las armas listas para pelear.

Su mirada terrible y demoníaca se les clavó en el alma. Un aura de poder maligno se apoderó del cuerpo de Kaesios y se extendió hasta los hombres. Pudieron sentir en sus huesos la fuerza que transmitía el cuerpo inmóvil del Oscuro. Kaesios disfrutaba de estos momentos. Podía obtener la fuerza de los elementos, pero no había nada como la propia sangre y ahora estaba a punto de elegir a su próxima víctima, absorber su fuerza vital, la sangre le proporcionaría una fuerza y energías desmedidas. Cerró los ojos y se concentró. Cada persona tiene un olor diferente, característico, y con la sangre pasa lo mismo, hay sangre con un olor tan adictivo que a los vampiros les cuesta poder resistirse y hay otras que no atraen en absoluto. Encontró a su elegido. Era un hombre que se encontraba al final del grupo. Kaesios, con la edad que tenía no precisaba de mucha sangre para vivir, tal vez un par de sorbos le mantenían fuerte durante meses, pero ahora iba a darse un capricho.

Los hombres no apartaban la mirada de él. Quietos, a la espera.

De pronto Kaesios abrió los ojos y su mirada causó estragos en el valor de los que tenía cerca, tal era la oscuridad y maldad que desprendían.

Un murmullo se extendió entre los hombres. Kaesios sonrió malévolamente y de repente… desapareció.

Ante el desconcierto y la sorpresa reinante uno de los hombres comenzó a dar órdenes.

— ¡Reagruparos! ¡Manteneros alerta!

Kaesios agarró al desdichado por la espalda. Nadie le vio ni le oyó. Lo apartó del grupo y a solas le clavó los colmillos en el cuello. Lentamente fue bebiendo el maravilloso elixir. Notó como su cuerpo se llenaba de una fuerza superior. Sus sentidos se agudizaron aún más.

El sabor metálico le inundó y notó como la energía se expandía hacia el exterior. Dejó caer el cuerpo sin vida del hombre y sonrió con ganas. ¡Ya estaba listo!

Comenzó a caminar sin prisa, salió de la espesura y se dejó ver. Los hombres seguían sin moverse. Se habían agrupado y estaban todos juntos, mirando hacia todas partes, listos para la batalla. Kaesios no les hizo esperar más. Se abalanzó sobre ellos y en baile tan mortal como hermoso fue acabando con la vida de todos los soldados. Su fuerza, agilidad y poder no tenían rival. En pocos minutos el enfrentamiento terminó. Solo quedó uno en pie, el mensajero, que estaba agachado y lloraba con un recién nacido suplicando piedad.

—Vaya –se lamentó— al parecer la diversión me ha durado muy poco. ¡Qué lástima! Ya no hay batallas como las de antes… —dijo en un suspiro mirando los cuerpos mutilados de los mercenarios.

Kaesios fijó su mirada en el mensajero y caminó hacia él lentamente, se detuvo a un par de pasos.

—Mortal, deja de lloriquear, hoy la madre fortuna te ha sonreído, tal vez mañana no tengas tanta suerte. Ve hasta tu señor y dile a Baldur que me veo en la obligación de rechazar su oferta. Si está dispuesto a continuar con esta locura, nos veremos las caras en el campo de batalla.

El hombre alzó la mirada y la fijó en el Oscuro. Se puso en pie lentamente, miró a su alrededor y su cara mostró el asombro y el horror. Ver a tantos hombres destrozados, bañados en su propia sangre le produjo nauseas. Kaesios estaba ante él, ileso y tan tranquilo. Todo parecía irreal. Se repuso como pudo y comenzó a caminar, adentrándose en el bosque sin dar la espalda al vampiro. En cuanto estuvo lejos de su vista echó a correr como alma que lleva el demonio. Kaesios se quedó unos segundos escuchando los pasos rápidos y temerosos del hombre. Después se giró y comenzó a apilar los cadáveres.

 

Katherina estaba sentada en el jardín, meditando. Sabía que Kaesios la había traído al castillo en pago por la deuda que su padre había contraído, pero aun así, saber que él solo traía a gente que rescataba para proporcionarles un hogar seguro, la aturdía. Si eso era verdad, entendía porque la gente hablaba y tenía curiosidad. ¡A saber cuáles eran los pensamientos de los habitantes de la fortaleza! Eso la enfurecía, pero no estaba dispuesta a decirle a nadie que su padre no era el que ella creía que era desde que tenía uso de la razón. Todo lo que les contaron no eran más que mentiras. Desde su tierna infancia había vivido admirando a su padre, su valor y sus hazañas, despreciando a los inmortales, temiéndoles, creyéndoles monstruos y todo era una mentira. Se sentía tan triste y aturdida que su desasosiego le asfixiaba.

Las lágrimas quemaron sus ojos, pero se negó a dejarlas salir. Era una víctima más de esta sin razón.

Hola Katherina.

La voz suave de Aidan la devolvió a la realidad.

—Hola Aidan, ¿Cómo estás?

Bien, ¿puedo sentarme?

Ella alzó la mirada. Aidan estaba de pie frente a ella, tan quieto como solo un inmortal podía estar. Katherina asintió con la cabeza y él lentamente se sentó a su lado.

— ¿Qué te perturba? — Preguntó dulcemente.

Nada, no te preocupes por mí.

Aidan sonrió.

—Es mi deber preocuparme por ti cuando Kaesios no está. Dime, ¿puedo hacer algo para mitigar tu angustia?

Katherina suspiró. El sol se estaba poniendo y confería al ambiente un aire místico, los colores del cielo se tornaban más dorados con toques violetas. No hacía demasiado frío, por lo que estar sentada no resultaba una molestia.

—Echo de menos mi casa –dijo al fin.

Aidan la miró de soslayo.

— ¿Seguro que se trata de eso?

Katherina afirmó con la cabeza, pero no dijo nada.

—Bueno, pues eso es difícil de solucionar, teniendo en cuenta que si sales de la fortaleza, Kaesios es capaz de cortarnos la cabeza a todos los responsables. Y yo adoro mi cabeza.

Katherina le miró con horror, pero al ver que Aidan sonreía pícaramente, entendió que se trataba de una broma y muy a su pesar, también sonrió.

—Supongo que es capaz de eso y  mucho más.

Créeme si te digo que Kaesios enfadado es peor que cualquier cataclismo e igual de destructivo. Es digno de temer.

Aidan… no entiendo, ¿por qué me trajo aquí?

El vampiro contempló la cristalina mirada verde de Katherina. Pudo ver su dolor y sus dudas. La chica era muy bonita y dulce. Él tampoco podía entender que había llevado a Kaesios a traer a la muchacha al castillo.

—Ya te expliqué algo sobre nosotros el otro día. —Ella asintió sin dejar de mirarle. — Es algo complicado. He de decirte que supuso una enorme sorpresa para mí, verte aquí. Él jamás había hecho algo parecido. Sí que es cierto que siente debilidad por los humanos, pero eso a veces nos pasa, no en vano, nosotros también fuimos humanos. Pero supongo que al verte… no sé, sintió la necesidad de tenerte cerca y no pudo controlarla. Ya te dije que somos algo caprichosos e impulsivos.

Sí, lo sé, pero aún sí me extraña, ¿por qué yo? Adriel me dijo que soy la primera mujer que es tratada de una forma especial.

¿Adriel? ¿Has hablado con Adriel?

Katherina se asustó, tuvo miedo de haber metido en un lío al pobre muchacho. Miró fijamente a Aidan, pero él no daba muestras de enfado. Aunque si había alguna criatura capaz de esconder sus sentimientos tan bien, sin duda esos eran los vampiros.

— ¿Hice mal?

No… no, en absoluto. Está bien que te relaciones con los otros mortales. Eso te dará seguridad y confianza. Aunque no creo que a Kaesios le agrade mucho.

¿Qué es lo que no me va a agradar?

Katherina dio un respingo al oír la voz de Kaesios. En un segundo estaba ahí, junto a ellos. Tenía el pelo húmedo y revuelto. Katherina no pudo evitar suspirar al verle tan guapo. Llevaba unos pantalones que se ajustaban perfectamente a su maravilloso cuerpo y una camisa que dejaba entrever un poco del poderoso pecho masculino. Se le veía fresco y tranquilo. Sus ojos, tan azules como el cielo, la miraban con algo parecido a la ternura.

—Oh… nada, simplemente estábamos hablando. Nada importante, no te preocupes. —Logró decir Aidan mientras se incorporaba para  marcharse — Creo que os dejaré solos un rato, yo tengo cosas que hacer.

Aidan puso pies en polvorosa, dejando a Katherina con la boca abierta y a Kaesios totalmente descolocado.

 

La deuda
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