CAPÍTULO 11

 

 

 

 

 

Baldur se abrió paso entre los de su clan. Tenía previsto viajar, mantenerse lejos de todo mientras los Bárbaros hacían su trabajo, pero algo le perturbaba. Su infiltrado en el consejo le había mandado una misiva nada halagüeña y para rematar, el memo de Peter, había regresado, ¡y sin Kaesios! Aunque realmente nunca tuvo esperanza de que el Oscuro accediera a su petición.

Continuó caminando mientras los suyos se apartaban haciendo una humilde reverencia. Él era el Rey, el amo de esas tierras y esas gentes, tanto humanos como vampiros, y estaba más que dispuesto a ampliar sus dominios.

Al final del pasillo se encontraba el mísero Peter, arrodillado en el suelo y llorando. Sintió repugnancia al verlo. No soportaba a los humanos y mucho menos a aquellos que no tenían honor ni valor. Hizo una mueca de desprecio cuando se detuvo frente al mortal.

¡Habla! –gritó, y Peter se encogió aún más sobre sí mismo, si es que eso era posible.

Mi… mi señor… os suplico piedad… hicimos todo lo que pudimos.

Mortal, te encomendé una misión. Debías traer a Kaesios o arrebatarle la vida, te di todo el oro necesario para contratar a un gran ejército y ¿tú que me traes? Solo súplicas y lloros. ¡Y me pides piedad! No mereces la pena, mortal.

Mi señor, hice todo lo que me pedisteis, hablé con él, le dije todo lo que me indicasteis. ¡Contraté a los mejores hombres! Hombres guerreros, valientes…

¿Me quieres decir que Kaesios no ha venido porque está muerto?

No… ni siquiera pudimos herirlo. Acabó con todos en pocos minutos.

Menos contigo.

Quería que le contara lo ocurrido, por eso me dejó vivir.

Bien, pues entonces tu cometido ya se cumplió, no hay razón para que sigas con vida.

Mi señor… os supl…

No pudo terminar la frase, Baldur le había asestado un golpe mortal y la cabeza del humano salió despedida por el suelo. El cuerpo de Peter cayó con un golpe sordo y una mancha de sangre comenzó a brotar, inundando el lugar del olor que más amaban los vampiros. Todos se excitaron ante el espectáculo, comenzaban a ponerse nerviosos, a moverse inquietos. Baldur sabía que en cuanto él diera la orden, comenzarían a cazar, debían saciar su deseo antes de que los volviera locos.

Dio la orden y los vampiros que estaban presentes, dieron un grito de júbilo y salieron disparados en todas direcciones. Esta noche la luna se alzaría roja, debido a la sangre que su clan derramaría. Se acercó con calma hacia su sillón, situado en el fondo del salón. Mandó construir esa mansión, en los primeros años, como regalo para él, por fin había conseguido su amada venganza. Su “pequeño” palacio era de estilo griego, techos altísimos con bóvedas pintadas a mano, columnas de mármol por todos lados, mosaicos, cerámicas, pinturas en las paredes… todo para realzar su nueva condición, la de semidiós.

Para otros, la conversión no era más que una maldición, para él fue el mejor de los destinos.

En su vida como humano, no era más que un mísero esclavo, debía servir para poder vivir. Era golpeado, humillado, utilizado y un sinfín de sufrimientos lo acompañaron a lo largo de su miserable vida. Pero de pronto apareció Mina, una adorable mujer, amiga del marido de su ama, un político soberbio y engreído. Mina se fijó en él nada más verlo, cuando servía una bandeja a rebosar de maravillosas frutas y por la noche ordenó que lo llevaran a su cuarto. Ella había sido la única persona en el mundo, que lo había tratado con delicadeza. Pasó una de las mejores noches de toda su vida, Mina era insaciable y le mostró mil maneras de amar a una mujer. Cuando estaban cansados del sexo, Mina le hacía preguntas sobre su vida, que él contestaba abiertamente. Ella se compadeció de él y le otorgó el mayor de los dones, la inmortalidad. Una vez terminada la conversión, dos días después, en los que Mina mintió para ocultar su estado, diciendo que lo deseaba solo para ella durante el tiempo que durara su estancia, le concedió un deseo.

Mi pequeño Baldur, antes de partir hacia tierras lejanas y comenzar con tu aprendizaje, te concedo un pequeño capricho. Pide aquello que más ansias, yo te lo proporcionaré.

Yo solo añoro la venganza –fue su escueta respuesta.

Mina sonrió malvadamente.

—Pues es tuya, tienes tres horas, hasta que comience el amanecer y no debes dejar rastros que puedan llevarlos a nosotros. Ve, y cumple tu deseo.

Baldur no necesitó de las tres horas, eliminó uno por uno a todas y cada una de las personas que en algún momento le hicieron daño, comenzando por sus padres que le vendieron, y terminando por su dueña. A la mayoría los eliminó de una manera rápida, solo le importó que vieran su rostro y conocieran la razón por la que les quitaba la vida, menos a su ama, con ella se deleitó en el dolor y en el sufrimiento, por todos los años en los que ella había descargado su malhumor y maldad en su cuerpo.

Renovado, lleno de energía y con nuevas fuerzas, Baldur comenzó una nueva vida, en la que disfrutaba con la superioridad que le confería su nuevo estado y como nuevo entretenimiento descubrió lo mucho que le gustaba el sufrimiento ajeno.

¡Oh Mina! ¡Qué tiempos aquellos! Tiempos en los que los vampiros eran soberanos, tenían libertad sobre sus actos y podían dejar libre a su bestia interior, el ser más malvado que ha pisado la Tierra, un ser sediento de sangre y dolor. Pero aquellos años terminaron y ahora los nuevos ancianos desean la represión de su especie, desean la convivencia y que los inmortales vivan con sus congéneres, sin muertes innecesarias. ¿Cuál es la muerte innecesaria? Se preguntaba Baldur, pues todas las muertes, si sirven a un propósito, son bienvenidas, y más cuando conceden fuerza y poder a los de su especie.

Se sentó en su sillón, dónde podía ver con claridad todo lo que pasaba en el enorme salón.

No echaba de menos a Mina, ella lo había traicionado al optar por una vida de sumisión a los de su especie, tuvo que matarla por eso, pero siempre le estaría agradecido por su regalo. Y le costara lo que le costase, estaba dispuesto a aprovecharlo al máximo.

 

 

 

Kaesios no dijo nada, simplemente observó al mortal, en espera de que continuara hablando.

Cornelius, al darse cuenta de que el Oscuro no diría ni media palabra, continuó con su petición.

—Creo que eres consciente de mi trato con Baldur, –le miró a los ojos, Kaesios solo afirmó con la cabeza— pues bien, he decidido que no deseo estar en su bando. Necesito de tu ayuda para derrotarlo.

Vaya, esto sí que es una novedad, ¿y a qué se debe este cambio?

Podría decirse que he recobrado el juicio.

Kaesios sonrió.

— ¿Alguna vez lo tuviste, mortal?

El hombre frunció el ceño y lo miró irritado.

—No bromeo Kaesios, esto es demasiado serio para jugar.

El vampiro dejó de sonreír y lo miró fijamente. Sus ojos despedían un brillo diabólico y mortal.

—No bromeo.

Cornelius suspiró y llevó sus manos a la cabeza, se frotó el cabello, alborotándole aún más de lo que ya lo estaba.

—Kaesios, en serio, necesito ayuda. Si Baldur descubre mi traición, aniquilará a mi clan.

No sé si puedo confiar en ti.

Esta vez fue Cornelius el que le miró fijamente, enfadado.

—Soy un hombre de honor, Kaesios, jamás dudes de mí.

Pero quieres traicionar al ser con el que te habías aliado, ¿eso es honor?

He tomado una decisión errónea y quiero repararlo. No juré lealtad a Baldur en ningún momento, él no me lo pidió y ahora estoy seguro de que el Oscuro no respetará el trato que hizo conmigo, por lo que yo ya no le debo lealtad.

Está bien, equivocarse es muy típico de los mortales, reconocerlo y aceptarlo, solo lo hacen los mejores. Te ayudaré Cornelius, pero si me traicionas aquello que pudiera hacerte Baldur, no será nada comparado con lo que te haré yo.

No te traicionaré, tienes mi palabra.

Y eres un hombre de honor…

Sí, lo soy.

Pues bien, dime todo lo que sabes y haré lo que esté en mi mano para ayudarte.

La luz de la esperanza brilló en el corazón de Cornelius, que en ningún momento estuvo seguro de que Kaesios aceptara prestarle ayuda, pero ahora tenía una oportunidad para reparar el daño causado. No podía desaprovecharla.

 

 

Katherina se levantó con un terrible dolor de cabeza. No había dormido nada bien, se encontraba cansada. No se quería levantar, así que optó por quedarse un rato más en la cama. Rememoró lo que había sucedido en la cena. Aidan se había apiadado de ella y la había acompañado todo el tiempo. El joven Oscuro, era un ser agradable y divertido. Durante la cena estuvo pendiente de ella y no le faltó conversación. Tenía un gran sentido del humor y durante la mayor parte del tiempo, la hizo reír. Y ella se había dado cuenta de lo mucho que lo necesitaba.

Se acordó de su padre. ¡Le echaba tanto de menos! No había podido disfrutar mucho de su compañía. Cuando su madre murió él la envió a un colegio para niñas, donde estuvo hasta que se hizo mayor. Llevaba tan solo un año fuera de la escuela. Disfrutando de bailes, reuniones y la compañía de otras personas. Y ahora estaba otra vez encerrada…

Se acordó de Julien. Durante los últimos meses había intentado cortejarla, y ella se había dejado. Le gustaba mucho cuando él se sentaba a su lado y disimuladamente, le cogía la mano y se la acariciaba. No era tan guapo como los hombres con los que se relacionaba ahora, ni tan divertido, ni tan misterioso y ni que hablar de fuerza y poder, pero durante unos meses ella se sintió ilusionada. Aunque ahora, si Kaesios decidía liberarla y pudiera volver a su vida anterior, no se veía capaz de aceptar las atenciones de Julien, ni de él ni de ningún otro hombre.

Suspiró frustrada. Ahora su vida ya no era como antes, y jamás volvería a serlo.

Se puso en pie y se desperezó. Abrió la ventana y dio los buenos días a un sol brillante y pleno. Sin saber muy bien cómo, empezaba a sentir que estaba en el lugar correcto, no sentía que era una cautiva, bueno, estaba claro que no podía salir de la fortaleza, no se podía negar, pero a pesar de estar lejos de su casa, su familia y amigos, creía estar dónde debía estar.

Se asomó al balcón, como cada mañana y observó a los                               habitantes del castillo comenzar con sus tareas, iban de acá para allá, con un propósito. Les tuvo un poco de envidia, la monotonía y el aburrimiento, comenzaban a hacer mella en su estado de ánimo. Sin duda debía buscarse un entretenimiento.

Uno de los soldados de la muralla pegó un grito y Katherina le prestó atención intentando escuchar lo que estaba diciendo.

— ¡Es Kaesios! Todos quietos –gritó otro soldado que estaba junto al portón.

Katherina observó a una figura que apareció de pronto en lo alto de la muralla, ¡era Kaesios! Habló con uno de los soldados y con total despreocupación se dejó caer hasta el suelo.

Katherina ahogó un grito mientras le veía precipitarse al vacío. El vampiro golpeó sus pies suavemente contra el suelo y continuó caminando como si tal cosa. La mujer se frotó los ojos, ¿pues no acababa de ver como saltaba de una altura de más de diez metros como si nada? Sin duda nunca dejaría de sorprenderla. Le vio saludar a toda aquella persona con la que se cruzaba. Una mujer se acercó hasta él, Kaesios se detuvo y comenzó a hablar con ella. Katherina sintió fuego en su interior. ¿No estaban demasiado cerca el uno del otro? Le pareció que Kaesios le susurraba algo al oído y la mujer soltaba una carcajada. Un nudo se le apretó en el estómago. Sintió una rabia incontrolable y tuvo ganas de agarrar a la pobre mujer por los pelos. Como eso era una locura que no podía realizar, agarró con fuerza la barandilla, tanto que se le pusieron los nudillos blancos. El Oscuro alzó la mirada y la vio. Se quedó durante uno segundos contemplándola. Katherina estaba más que furiosa, pero no podía apartar los ojos de aquel hombre. Su esbelto cuerpo quedaba remarcado por un pantalón completamente negro y una camisa que llevaba un poco abierta en el cuello, del mismo color. Traía el pelo revuelto y le pareció el ser más atractivo de la tierra. No pudo evitar suspirar. Desde esa distancia no podía distinguir claramente los rasgos de su cara, pero los conocía a la perfección. El color azul cielo de sus ojos, sus labios suaves y llenos, su pícara sonrisa, su nariz recta y afilada, su piel pálida…

Katherina parpadeó y Kaesios volvió su atención a la mujer que estaba a su lado, se despidió de ella y continuó su andar seguro y felino hacia el interior del castillo. La muchacha entró en su habitación y se preparó, lo más deprisa que pudo, para bajar a desayunar.

 

Kaesios estaba contento. La entrevista con Cornelius había tenido mejores resultados de lo que él esperaba. Había caminado durante horas, paseando por el bosque que rodeaba su fortaleza, para simplemente, disfrutar de la noche y su belleza especial y mística.

Al alzarse el sol decidió entrar en el castillo y prepararse para la reunión con el consejo, pero de pronto la vio allí, asomada en el balcón. Con el fino camisón como única vestimenta, dejando entrever la belleza escultural de su maravilloso cuerpo a través de la casi transparente tela. Su trenza desecha por las horas de sueño y el rostro más hermoso que él recordaba haber visto. La imagen le pareció deliciosa. Pudo ver con total claridad el fuego que despedían sus hermosos ojos verdes y se la veía sonrojada y vital. Sintió un ramalazo de deseo que le atravesó todo el cuerpo y durante unos segundos dejó de prestar atención a la pequeña Lucy para centrarla toda en la bonita diosa que asomaba por el balcón de su castillo. Una visión digna de recordar durante todos los siglos que aún le quedaban por vivir. Siglos. El puñetazo de la realidad le golpeó con toda la fuerza. Ella apenas viviría un suspiro en comparación con Kaesios y él creía que no podría continuar viviendo en un lugar en el que ella ya no estaba. Volviendo en sí, se despidió de Lucy y entró en el castillo. Tenía que cambiarse y lavarse para enfrentar un nuevo día, un día cargado de sensaciones, sentimientos y decisiones que, estaba seguro, marcarían el rumbo de su vida.

La deuda
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