CAPÍTULO 10

 

 

 

 

 

Cuando estuvieron solos, la mujer volvió a mirar la puesta de sol. Desde el lugar en el que estaba sentada, ya solo se podían divisar los últimos rayos en el cielo, porque el horizonte quedaba tapado por la muralla de la fortaleza.

Kaesios carraspeó y se sentó lentamente a su lado.

—Pensé que hoy no os vería, uno de los camareros me informó de que llegaríais algo tarde.

Bueno, el asunto se resolvió antes de lo esperado.

¿Satisfactoriamente?

Kaesios alzó la mirada al infinito.

—Para mí sí…

El silencio se apoderó de ambos. Katherina no sabía muy bien que decir, tenerlo tan cerca de ella la ponía nerviosa. Se concentró en respirar. El aire estaba impregnado por las fragancias de las flores que crecían allí. El lugar era muy bonito y estaba muy bien cuidado. Árboles grandes y altos franqueaban el límite del jardín, mientras que el interior estaba decorado con flores de todo tipo, repartido entre zonas que ambientaban lugares y épocas distintas. A ella el que más le gustaba era el de estilo griego, había esculturas de hombres y mujeres, vestidas como en aquella época, en diversas posturas. Le confería al lugar un aire casi mágico.

—Me gustaría que tuvieras la confianza necesaria para revelarme tus pensamientos.

Katherina alzó la vista sorprendida. Kaesios la miraba con sus maravillosos ojos azules fijos en los de ella. No sabía que decir, su boca se había secado de repente y no era capaz de pronunciar palabra.

El Oscuro, frustrado, volvió la mirada hacia una de las estatuas. Estuvieron en silencio durante unos minutos.

Me pregunto si las imágenes de las esculturas muestran la realidad de la época. –Dijo la chica al fin.

Ahora fue Kaesios el sorprendido. Pero una llama en su interior prendió con fuerza. Su estado de ánimo se avivó al máximo.

—Cada zona de este jardín la he diseñado yo mismo. En cada una de ellas intenté plasmar épocas vividas que de alguna manera, me dejaron marca. Los griegos, en verdad, vestían este tipo de túnicas y las mujeres se peinaban así. Se puede decir que son fieles a la realidad que representan.

A veces te envidio.

Sin mirarle, ella podía intuir que Kaesios había alzado las cejas, como solía hacer cada vez que le sorprendían sus preguntas.

— ¿Por qué?

Tienes todo el tiempo del mundo. Puedes viajar, conocer lugares, culturas y gentes distintas. Has vivido en épocas que nosotros solo podemos imaginar. Y no vives con el estigma de la enfermedad y la muerte. Tu vida puede ser plena, llena de conocimientos y vivencias… yo jamás tendré esa suerte. Envejeceré, con suerte, y después moriré. No podré viajar a todos aquellos lugares que deseo conocer y jamás podré ser libre, tan libre como los de tu especie…

Algunos dirían que la inmortalidad no es otra cosa que una maldición.

Katherina le miró fijamente. Kaesios estaba serio, pero no parecía disgustado, se le veía concentrado y relajado.

— ¿Y qué dirías tú?

Él no dejó de contemplar esos maravillosos ojos verdes que le perseguían hasta en sueños.

—Yo diría que una vida inmortal puede ser el peor de los castigos. Aunque como tu bien dices, con tantos años por delante, el tiempo se mide de otra manera.

Kaesios, ¿por qué estoy aquí? ¿Por qué me elegiste a mí?

El vampiro suspiró. ¿Qué podía contestar? Realmente ni siquiera él mismo sabía de las razones por las que la eligió.

—No podía ser de otra manera, Katherina. En cuanto te vi comprendí que no podría dejarte. No había otra forma…

Señor… traigo un mensaje.

El mayordomo se acercó lentamente con la bandeja de plata en las manos. Kaesios se molestó ante la interrupción.

—El mensajero me dijo que era urgente, señor.

El inmortal cogió la misiva que traía el hombre y con un gesto de la mano le ordenó marcharse. Miró el sello, pertenecía al clan de los Bárbaros… volvió a mirar para asegurarse, aunque eso era una tontería, tenía una vista tan agudizada que era capaz de ver hasta el más mínimo detalle, no había lugar a dudas. Sin esperar más rompió el sello y comenzó a leer en silencio. Una vez terminó de leer arrugó el trozo de papel entre sus manos y miró el firmamento. Las estrellas lucían débilmente, sabía que en pocos minutos el sol daría paso a la noche. Se puso en pie con calma.

—Parece que tendré que irme, hoy tampoco podré cenar contigo, es un asunto urgente. Mañana te veré y si lo deseas, seguiremos hablando.

Katherina también se puso en pie.

— ¿Va todo bien? Te noto preocupado.

Sí, simplemente me ha sorprendido la nota, no es nada importante, no te preocupes. Debo irme.

Hasta mañana entonces.

Él alzó la mano y acarició suavemente su cara. El contacto le produjo un escalofrío por todo el cuerpo. Notó como Katherina también temblaba. Ella no le era indiferente, él lo podía sentir y eso le agradaba, podría decirse que le hacía feliz, si es que los vampiros podían sentir felicidad. Pero a la vez, también estaba preocupado, los romances entre razas nunca terminaban bien, y él no estaba seguro de querer buscarse más problemas de los que ya tenía. Sin embargo, mientras miraba a la chica y sentía el calor que desprendía su cuerpo y oía los rápidos latidos de su corazón, su fuerza se tambaleó y su deseo comenzó a abrirse paso entre la razón. Si en algún momento, Kaesios se permitía el  lujo de sentir algo más grande por la humana, que simple atracción física, sabía que desde ese mismo instante, estaría perdido. El problema, el gran problema, era que el inmortal no estaba seguro de no haber traspasado ya esa sutil línea, la que separaba el deseo de un sentimiento más fuerte y poderoso. Aunque jamás se atrevería a llamarlo amor, los Oscuros no amaban, ellos eran seres malditos, condenados a una larga existencia de soledad absoluta y dolor.

Apartó lentamente los dedos del rostro de Katherina y la escuchó suspirar. Algo fuerte y grande, se clavó en sus entrañas, algo que creía muerto y enterrado, un sentimiento que podría salvarlo o condenarlo al mayor de los infiernos.

—Hasta mañana, Katherina. –Dijo, casi en un susurro y desapareció.

La mujer se sintió de pronto muy sola, se abrazó a sí misma y miró el cielo. Las estrellas alumbraban con fuerza. El día había cedido su paso a la noche y Katherina sintió frío, mucho frío, un frío interior que le atravesó el corazón. Sin ninguna duda, su buena estrella, la que le había acompañado desde que nació, acaba de estamparse contra una pared y se había partido en mil pedazos, porque no había peor maldición o destino, para una humana, que enamorarse de un inmortal. Y qué los dioses la protegieran, porque en cuanto notó el frío contacto de los dedos de Kaesios en su rostro, sintió como el alma le hablaba, sintió como todos su ser reaccionaba y no era simple deseo. Se había enamorado.

Maldijo su suerte, de todos los seres que poblaban y caminaban por el planeta, ella se había enamorado de un Oscuro.

 

 

Kaesios entró en el local. Miró a su alrededor. La habitación estaba llena de gente que bebía y comía. Nadie le prestó la más mínima atención. Buscó con la mirada al hombre con el que se tendría que reunir y lo halló en el rincón más alejado del jaleo, medio escondido entre las sombras. Kaesios se dirigió hacia él con calma. Sin recibir invitación, ocupó la silla vacía que estaba frente al humano.

—Saludos Cornelius, espero que lo que tengas que decirme merezca la pena. Esta noche tenía un plan mejor que verte a ti.

Una media sonrisa asomó en los labios de Cornelius, se acercó más hacia el vampiro, apoyando los brazos sobre la mesa de tosca madera.

—Creo que te alegrarás de tus cambios de planes, Oscuro.

Habla, antes de que pierda la paciencia y te ahorre las miserias de la vida.

El hombre le miró fijamente durante unos segundos. No sabía muy bien cómo abordarlo. Kaesios era un ser impredecible y poderoso, mucho más que el bastardo de Baldur. Optó por ser sincero e ir al grano.

—Te he llamado, inmortal, porque necesito ayuda, y tú eres el único que puede prestármela…

 

La deuda
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