CAPÍTULO 15
Aidan estaba llegando a la casa cuando vio salir a Kaesios y desaparecer en la oscuridad de la noche. Le pareció extraño, pero así era el Oscuro, siempre iba y venía a su voluntad. Continuó su avance hacía la casa, tenía la costumbre de entrar por la parte trasera si llegaba a altas horas de la noche, así que se dirigió hacia el jardín, pero no había hecho nada más que dar unos pasos, cuando escuchó los sollozos de Katherina.
Así que era eso…
Se dirigió hacia el balcón de la habitación y vio que tenía las puertas abiertas. De un salto lo alcanzó. Se quedó durante unos segundo escuchando sin moverse del sitio. Cuando comprobó que la muchacha no se calmaba, decidió entrar.
—Katherina… soy yo, Aidan, ¿Puedo pasar?
Ella estaba sentada, con la espalda apoyada en el cabecero, abrazándose las piernas y con la cabeza apoyada en sus rodillas. No contestó. Aidan continuó su avance. Sintió lástima de la pobre muchacha. ¿Qué le habría hecho Kaesios? Se acercó hasta ella, le puso su mano en el hombro y con la otra le ofreció un pañuelo. Ella alzó la mirada, sus ojos, rojos e hinchados le miraban con pena y dolor. Sin decir nada, aceptó el pañuelo, delicadamente se secó los ojos y volvió a apoyar la cabeza entre sus piernas. Aidan suspiró. Se sentó en la cama, se quitó las botas, agarró la manta que estaba doblada a los pies y se sentó al lado de la mujer. Pasó uno de sus brazos por los hombros de ella y la acercó hasta su pecho. Ella no opuso resistencia, pero no pudo evitar comenzar a llorar con más fuerza, empapando la camisa de Aidan. Él, la tapó con la manta y la abrazó.
— ¿Qué sucede? — Le preguntó dulcemente.
—Dice que lo olvide, y yo no puedo —susurró ella.
— ¿Qué olvides el qué?
—A él… a nosotros… lo nuestro…
—Ah… ya entiendo… Katherina, ya te expliqué algo sobre nosotros, los Oscuros…
Ella alzó el rostro y le miró con los ojos llorosos.
—Sí… me explicaste muchas cosas, sé que sois seres arrogantes y caprichosos, que sois volubles y un sinfín de cosas más, pero yo sé lo que siento y también sé lo que él siente, lo vi en sus ojos, lo noté en su cuerpo. Pero me lo niega y se lo niega a él mismo.
—Katherina…
— ¡No!... No, Aidan, no intentes justificarlo, siempre lo haces… he estado con él, le he besado, he sentido sus caricias en mi cuerpo, su deseo… tan fuerte y real como el mío mismo, no entiendo por qué me rechaza, no sé qué hice mal…
Aidan la abrazó más fuerte, hundiendo el rostro de la mujer en su pecho y suspiró. Durante unos segundos se quedaron en silencio, escuchando los suaves latidos del corazón de Katherina, notando como poco a poco se iba tranquilizando.
—Creo que tienes razón Katherina…
— ¿En qué? —Preguntó ella interesada.
—Creo que él siente algo por ti, algo fuerte y poderoso. Jamás le vi mirar a ninguna mujer como te mira a ti. Puedo notar el esfuerzo que le supone no verte, no tenerte cerca, esa es la razón por la que te trajo aquí, aun sabiendo que esta ciudad se tornaría en un lugar muy peligroso, tanto para él como para todos los que estamos con él. Pero tiene una gran lucha interior, entre su deseo por protegerte, sus ansias de que tengas una vida plena, larga y feliz, y su deseo de hacerte suya, de convertirte en parte de su ser. Él, por mucho que lo desee o lo intente, jamás podrá darte todas esas cosas que añoran los humanos.
—No te entiendo.
—Es fácil, ¿qué es lo que más desea una mujer? Pues tener su propio hogar, un marido gentil que la trate bien y a poder ser que la ame, una casa propia e hijos, ¿acaso me equivoco?
Ella lo pensó durante unos segundos.
—Supongo que no te equivocas.
—Bien, pues para empezar, un Oscuro no puede tener hijos, no biológicos al menos, su vida es larga y mide el tiempo de otra manera, por ejemplo, si un día sale de viaje es posible que cuando vuelva hayan pasado años. Un vampiro puede ser gentil y cariñoso, pero su carácter es variable, por lo que sin motivo aparente puede transformarse en una bestia. Sin olvidar que nos alimentamos de sangre, sangre humana Katherina. Kaesios no desea eso para ti, le importas demasiado, ¿entiendes?
Ella afirmó con la cabeza y volvió a apoyarse en Aidan. Suspiró tristemente.
—Lo entiendo… no tengo ninguna oportunidad…
—Creo que has conseguido más de lo que cualquier otra mujer en siglos, eso ya es un punto, pero me gustaría disuadirte de continuar con esta locura, sin duda saldrías herida Katherina, debes pensar en empezar a olvidarle.
—No creo que pueda Aidan… no creo que pueda…
Kaesios entró por el balcón de la chica al ver que los ventanales seguían abiertos. Al entrar se quedó estupefacto. Ella dormía plácidamente en los brazos de Aidan, que la observaba con tranquilidad.
Kaesios comenzó a verlo todo rojo.
— ¿Se puede saber qué haces? –le preguntó en un susurro.
Aidan le miró tranquilamente, advirtió que los ojos del Oscuro habían cambiado de color, estaba furioso. Tumbó a la chica en la cama muy despacio, para que no se despertara. Se levantó, se puso las botas con mucha tranquilidad y encaró al vampiro.
—Arreglando lo que tú estropeas. –Le contestó.
Kaesios entrecerró los ojos.
—No estoy de humor Aidan, por si no te has dado cuenta.
—Yo tampoco Kaesios. Acabo de pasarme casi toda la noche consolando a una humana. Una mujer a la que has enamorado y después abandonas, sin ninguna explicación.
El Oscuro retrocedió ante las palabras de Aidan.
—Pensé, que debido a tu edad, serías más serio y responsable. No se puede jugar con las personas Kaesios, tienen sentimientos. Ella está destrozada por tu rechazo y se echa la culpa. Creo que deberías madurar y comportarte como corresponde a tu rango.
Kaesios lo cogió por la pechera. El rojo de los ojos ocupaba la mayor parte del iris. Su furia estaba en el límite de poder ser controlada.
—Si te vuelves a acercar a ella te mataré.
—Vaya, eso es nuevo… primero la abandonas y ahora me amenazas… estás perdiendo el norte, Kaesios.
Él no pudo evitarlo, la rabia que crecía en su interior se desbordó con toda la fuerza. Empujó a Aidan por el balcón que permanecía abierto, con tanta fuerza que el vampiro cayó a varios metros de distancia de la mansión golpeándose en la espalda contra un edificio, dejando un hueco en la estructura, difícil de explicar.
Aidan cayó ruidosamente al suelo, pero no se había incorporado cuando Kaesios ya estaba junto a él.
— ¿Me vas a matar? Me gustaría saber la razón de mi muerte, tal vez porque me he ocupado de resolver tus problemas o quizá porque te he dicho la verdad… y te duele…
—Aidan… no me provoques más.
El Oscuro más joven se incorporó con lentitud hasta quedar sentado, el golpe le había causado daños en algunos huesos. Se abrazó el pecho para evitar el dolor punzante que crecía en su cuerpo.
—Abre los ojos Kaesios, toma una decisión. Tómala o déjala, este juego no puede continuar, saldrá herida y luego no podrás arreglarlo. Es hora de decidir…
Sus miradas se encontraron, el rojo de los ojos de Kaesios se fue diluyendo hasta desaparecer.
—Tienes razón, es hora de tomar una decisión. –dijo, mientras le tendía la mano al pobre Aidan y le ayudaba a ponerse en pie.
Katherina bajó a desayunar, se encontraba cansada y nerviosa. Tal vez lo mejor era pedirle a Kaesios que la enviara de vuelta a la fortaleza, no se creía con fuerzas para poder soportar estar tan cerca de él e intentar olvidarle. Era demasiado para ella.
Entró en el salón sumida en sus pensamientos y se detuvo abruptamente cuando frente a ella, en el diván, estaba recostada una mujer. Una hermosa mujer. Llevaba el vestido subido hasta el principio de los muslos y se miraba con curiosidad las medias que enfundaban unas preciosas y bien torneadas piernas. La mujer al verla se incorporó con rapidez, demasiada rapidez…
— ¿Quién eres tú? –le preguntó enfadada.
—Quizá sea yo la que deba hacer esa pregunta, señora. –Le contestó Katherina alzando el mentón de manera arrogante, como había visto hacer a un sinfín de señoras de la alta sociedad para recalcar su posición.
La mujer se puso en pie y comenzó a caminar lentamente hasta Katherina.
—Humana, vuelve a hablarme así y te haré pedazos…
—Tócala tan solo un cabello y seré yo quién te haga pedazos a ti, Irina…
Katherina se asustó al oír el tono brusco y severo que había utilizado Kaesios para dirigirse a la vampiresa.
Le vio caminar muy despacio hasta ponerse entre la vampiresa y ella, protegiéndola así con su cuerpo.
—Vaya… hola Kaesios, has tardado demasiado en bajar a verme…
— ¿Qué haces aquí, Irina?
—He sido convocada por el consejo, como todos los miembros libres del clan, ya deberías saberlo Kaesios, no en vano eres parte del consejo.
—No me refiero a qué haces en la ciudad, pregunto qué haces en mi casa, yo no te he invitado a venir.
—Hubo un tiempo en el que no necesitaba invitación para venir a verte.
—Ese tiempo se terminó, hace mucho. Ahora debo pedirte que te vayas.
Los ojos de la vampiresa comenzaron a cambiar de color mientras miraba con odio a Kaesios.
—No puedes hablar en serio.
— ¿Acaso crees que bromeo? –con una rapidez inusitada, la agarró por el cuello, la mujer intentó zafase del agarre, pero le resultó imposible— No me tientes Irina, no necesito un gran motivo para eliminarte y librar a este mundo de tu despreciable presencia.
Lentamente la soltó. Unos hilillos de sangre corrían por el blanco cuello de la mujer Oscura.
—Veo que aún no me has perdonado, creí que no eras tan rencoroso Kaesios, creo que pagué cara mi osadía en su tiempo, no merezco tu rencor. –Le dijo mientras con los dedos se limpiaba la sangre que caía en el escote de su vestido y seguidamente se los lamió.
—Yo no olvido, Irina, y tu traición tuvo su merecido castigo, ahora te pido que te vayas, no deseo verte en estos momentos.
Ella clavó sus grandes ojos negros en Katherina, que había contemplado la escena protegida por la espalda de Kaesios.
—Veo que tienes un juguete nuevo, tal vez cuando te canses de ella, vuelvas a mí…
Kaesios sonrió burlonamente.
—Mi ingenua Irina. La edad no te ha convertido en alguien más inteligente.
Ella volvió a mirarle con odio.
—Estoy deseando que llegue el tiempo en el que pueda cobrarme todo lo que me has hecho Kaesios. Y no lo dudes, ese tiempo llegará y tú me suplicarás por tu vida, o quizá, por la vida de otros… —le dijo mientras miraba de soslayo a Katherina.
— ¡No me amenaces Irina! No se te ocurra amenazarme, sabes de sobra que no tienes nada que hacer contra mí, a no ser que desees tu muerte. Estaré encantado de hacerte el favor. Ahora vete.
Ella les miró una vez más y después desapareció, dejando en el ambiente la fragancia dulzona de su perfume.
—Creo que te has precipitado al convertirla en tu enemiga, Kaesios. –Le dijo Aidan, que había escuchado toda la conversación en la entrada del salón.
—Ella lleva siglos siendo mi enemiga, Aidan. Se ha mantenido apartada, conspirando e intrigando, oculta en la oscuridad, sigilosa como una araña tejiendo la tela de la traición, una vez más.
Aidan suspiró.
—A veces me olvido de con quién estoy tratando.
Kaesios le miró y sonrió irónicamente.
— ¿En serio? Pues nunca lo olvides muchacho, o estarás perdido.
Le tendió la mano a Katherina.
—Ven, supongo que estarás hambrienta.