CAPÍTULO
18
Se dirigió a paso rápido hacia el edificio dónde se encontraba la Sede del Consejo. Llegaría tarde a la reunión de la mañana, pero eso ya empezaba a convertirse en algo habitual. Siguió caminando, sumido en sus pensamientos, recordando los momentos vividos junto a Katherina, cada día sentía que estaban más unidos y aquello que más le perturbaba era saber que en algún momento la podía perder. Esa mañana antes de irse, se despidió de ella con un dulce beso que le recorrió entero. No sabía cómo, pero cada vez que la tocaba experimentaba cosas que jamás pensó posibles. Recorrió las calles empedradas de la ciudad sin prestar mucha atención a lo que le rodeaba, aunque un Oscuro nunca estaba del todo desconectado de lo que sucedía a su alrededor, poseían un sexto sentido, que les mantenía alerta incluso cuando ni ellos mismos se daban cuenta. Notó que alguien le vigilaba al sentir un cosquilleo en la base de la nuca. Pero no se giró ni dio muestras de reconocimiento. Si alguien le vigilaba, daría muestras de llevar una vida organizada y sin nada que esconder, así podría mantener sus secretos bien guardados.
Divisó el edificio y comenzó a caminar más rápido. No sabía la forma, ni siquiera si daría resultado, pero estaba en juego muchas cosas, no podía fallar esta vez.
La puerta de la sala donde se reunían los Oscuros permanecía abierta, pudo ver que estaba ocupada, en su inmensa mayoría, por inmortales, venidos de todos los lugares del planeta. En una sola pasada pudo divisar caras de amigos y no tan amigos, con los que hacía siglos que no coincidía.
Nunca hubo reunidos tantos vampiros en una sola habitación desde la segunda guerra de la tercera edad, cuando se decidió liberar a los humanos y vivir en armonía con ellos. Todos sus iguales permanecían sentados, hablando los unos con los otros. Kaesios entró con calma en la habitación y se dirigió hacía el único lugar dónde había un sitio libre, junto al Gran Maestro y Onuris, detrás como siempre, Aidan le miraba con reproche por la tardanza.
—Como siempre, llegas tarde, “hermano”.
Toda la sala se quedó en silencio, esperando la contestación del vampiro.
—Es que mi vida es muy complicada, “hermano”.
— ¿Qué es aquello tan importante que te mantiene lejos de tus obligaciones, Kaesios?
—Más obligaciones, Hersir.
Se sentó junto al Maestro, sin dejar de mirar a Hersir. Mantuvieron una batalla no verbal, con la mirada.
—Kaesios, ¿Qué nuevas traes?
—Maestro, no son nuevas las que traigo, sino la necesidad de tomar una decisión, la correcta en este asunto, y cuanto antes mejor.
—Y según tú, ¿cuál es la decisión correcta? –Le preguntó Hersir.
—Creo que debemos intentar detener a Baldur, y si no nos es posible, unirnos a los humanos en la batalla.
— ¿Pides que traicionemos a la raza? –preguntó Ayman.
—No Ayman, pido que seamos justos y pensemos en el bien común. No podemos permitir que Baldur controle las tierras libres de los mortales, eso no nos haría ningún bien.
— ¿En qué te basas para mantener que eso es lo mejor? –Le preguntó un vampiro, no le reconoció, así que no debería tener mucha edad.
—Me baso en siglos de experiencias en la convivencia con los humanos. Si los sometemos no hallaremos paz, sin contar con que Baldur odia las leyes, y sé de una fuente muy fiable, que después vendrá a por el consejo.
—Kaesios dice la verdad, al menos en lo que se refiere a la convivencia con los humanos. Está rodeado de ellos constantemente.
El oscuro alzó la mirada, buscando a la persona que había hablado, no tuvo que esperar mucho, pues Irina ya se encaminaba hacia el centro de la sala.
—Vaya Irina, nos volvemos a ver tan pronto… me gustaría que esto no se convierta en una costumbre.
Ella frunció el ceño en señal de disgusto, pero no dijo nada.
—Vengo aquí, porque el consejo ha decidido llamarnos a todos para que prestemos nuestras ideas y consejos. Yo opino que no debemos meternos en más guerras, esto es consecuencia de la idiotez de los humanos, no nos concierne. Cuando Baldur se vuelva contra la raza será cuando debemos actuar, solo tenemos que estar preparados.
—Irina, querida, parece mentira que rechaces de una forma tan banal una buena batalla. Al parecer los años en las montañas han aplacado tu espíritu… —le dijo Hersir con una voz tan melosa como falsa.
—Puedes apostar a que vivir entre hielo durante siglos puede aplacar el deseo por una buena batalla, pero no mitiga la furia. Además, no me importaría luchar, pero no junto a los humanos.
—Si decidimos ayudar a los humanos, no sería obligatorio la presencia de ninguno de los Oscuros. Eres libre de elegir Irina, tanto el bando humano como el de Baldur, es tu decisión… y la de todos los presentes, en realidad. –Anunció el Gran Maestro.
Ella miró fugazmente a Kaesios.
— ¿No será esta una treta más de Kaesios para controlarnos y que hagamos lo que a él le place? Es un maestro en ese arte.
—No Irina, no deseo controlar a la raza. Pido el apoyo de todos los vampiros, para hacer lo que más nos conviene.
No es nada agradable la idea de compartir un mundo en el que nuestro sustento esté en manos de uno de los Oscuros más crueles y despiadados, sin obviar que desea el exterminio de la mayoría de los aquí presentes…
Los vampiros comenzaron a murmurar entre ellos, mientras Irina no dejaba de clavar sus preciosos ojos verdes a Kaesios, que la miraba burlonamente.
—Tal vez, Kaesios, deberías dejar de lado ese amor tuyo por los mortales, no te favorece nada. Creo que deberías centrarte más en las necesidades de los Oscuros.
—Es en ello en lo que pienso constantemente Irina. Tal vez tú pienses que amo a los humanos, aunque no es cierto, simplemente deseo algo de paz en mi larga vida. Creo que no deberías olvidar que hubo un tiempo en el que tú fuiste humana.
—De eso ya hace mucho, no poseo casi recuerdos de aquella época…
—Eso es una pena, tal vez por eso seas tan traicionera y egoísta. Hay vampiros que en su nueva vida solo adquieren lo peor de su vida anterior… —le dijo Hersir, al parecer se había puesto del lado de Kaesios en esta pequeña batalla.
Los ojos de Irina llamearon.
—Calma, no deseo confrontaciones aquí. Si no os comportáis os echaré –anunció el Gran Maestro.
Irina respiró varias veces hasta que consiguió aplacar el odio que la consumía por dentro. Si bien era cierto que ella era egoísta y tal vez traicionera, pero no hacía nada fuera de lo común. Los vampiros tenían un pensamiento por encima de todos los demás, y ese pensamiento eran ellos mismos. Haría cualquier cosa por conservar la vida, cualquier cosa, hasta traicionar a los suyos. Cuando hubo recuperado el control, miró a todos los presentes. Había cientos de vampiros allí reunidos, no todos, pues muchos venían en representación de familias enteras. Pero Irina no tenía familia, estaba sola, ése era su mayor castigo, estaría sola hasta que sus pecados hubieran sido perdonados por los de la raza, y perdonar no entraba entre las habilidades de los inmortales.
—La libertad de los mortales es algo prescindible. Podemos volver a los viejos tiempos, cada uno que críe a los que necesite para su sustento, no es necesario que mantengan la vida que han estado llevando desde hace tanto tiempo. Podemos vivir plenos, somos superiores, no entiendo este afán que posee Kaesios por protegerlos. Además sus vidas son efímeras y cortas, no aportan nada a la sociedad. Salvo más guerra y destrucción. De todas formas, sigo pensando que tal vez Kaesios tenga una razón oculta para pedir nuestro apoyo.
Kaesios la envió una mirada fría y despiadada mientras caminaba hacia ella.
— ¿Qué tengo una razón oculta? ¿Y cuál es esa, si se puede saber?
Irina sonrió malvadamente.
—He estado en tu casa, Kaesios, no puedes negar que tal vez desees prolongar la vida de los humanos, porque quieres preservar la de una en especial… sin duda tu amor por la mortal, terminará contigo.
Kaesios se acercó tanto a Irina que podía sentir el aliento de la vampiresa. Sus ojos se tornaron rojos como el fuego, y la Oscura se encogió de terror.
— ¡Los vampiros no amamos, Irina! –Le gritó con odio— Deseamos y poseemos, esa es nuestra naturaleza. Yo no amo, no poseo ese don, nadie mejor que tú puede saberlo. Pero puedes estar segura de que todo lo que quiera o desee, lo tendré. Sea lo que sea y pase lo que pase…
La Oscura sabía que había llegado al límite, tentar más a Kaesios no supondría más que su propia destrucción, y nadie se lo impediría. Tal vez, viendo la reacción del Oscuro, él estuviera diciendo la verdad, y no sintiera nada especial por la mortal, pero no podía borrar de su mente, como él la había defendido con su propio cuerpo. Los celos y algo más poderoso, se apoderó de su cuerpo, pero prefirió ser sensata. El instinto de supervivencia se interpuso a sus propios sentimientos.
—Tal vez digas la verdad, pero aun así no creo que volver a los tiempos antiguos sea tan malo.
—Irina, ese tema ya se solventó hace siglos. No volveremos a los viejos tiempos. Los humanos son libres y deben seguir siéndolo. No hay discusión posible. No acapares el debate en asuntos que no son debatibles. Centrémonos en lo que nos ocupa. Detener a Baldur, apoyarle o no hacer nada.
Irina suspiró furiosa ante las palabras del Gran Maestro. Estaba más que claro que no lo convencería.
—Yo no pelearé con los humanos. Ésa es mi decisión.
—Bien, es respetable, por lo que tu misión en este consejo ya se da por concluida, puedes volver a tus montañas. –Le dijo Kaesios con voz burlona.
Irina abrió mucho los ojos debido a la sorpresa.
—Tú no eres quién para darme órdenes, Kaesios.
—En eso te equivocas. Yo soy el dueño de tu vida y deberías estar agradecida de que te deje vivir, Irina, no lo olvides nunca, llegará el momento en el que me cobre la deuda que he contraído por tu culpa y ese día, no serás especialmente feliz, te lo aseguro.
—Pues no veo nada que deba agradecerte, me envías a las tierras áridas, frías, dónde no hay apenas gente, ni humana ni de la raza. Quizá deberías matarme y acabar con esta farsa.
—No es mala idea –dijo Kaesios mientras la miraba fijamente. Un brillo de maldad iluminó fugazmente los ojos del inmortal— y apuesto a que lo disfrutaría…
La vampiresa sintió un rayo de advertencia que le recorría la espalda, más le valía no tentar al inmortal si deseaba vivir. Pero verlo esa mañana protegiendo a esa pequeña humana, había sido la chispa que había prendido la llama del odio que llevaba apagada durante siglos. No soportaba verlo con otra mujer, ni siquiera en su imaginación. Sin embargo no podía hacer nada para impedirlo. La última vez que lo intentó casi le cuesta la vida y la relegó a una vida miserable en lo alto de las montañas.
—Esto no ha acabado, Kaesios. Tal vez ganes esta batalla, pero la guerra es larga y nos veremos las caras, puedes apostar.
—No lo pongo en duda, querida. Y estoy deseando que llegue ese momento.
La vampiresa se dio media vuelta y salió de la reunión, dando un reconfortante portazo al salir.
Aidan se acercó más a Kaesios y le susurró, de manera que sólo él podía oírlo.
—Creo que debiste acabar con ella, ahora anda suelta y es un peligro para ti y para aquellos que tú quieres…
—No te preocupes Aidan, solo estoy esperando el momento oportuno para acabar con ella. Y cuando llegue, lo haré con mis propias manos…
Katherina se levantó tarde. La noche anterior se había acostado a altas horas de la madrugada. Se desperezó y miró a su alrededor. Los débiles rayos del sol intentaban atravesar en vano, las cortinas que cubrían las ventanas.
Recordó sucesos de la noche y el corazón bailó de alegría en su pecho. Se acurrucó aún más entre las sábanas y suspiró.
La noche con los amigos de Kaesios había sido una grata sorpresa. Al principio se encontró incómoda, solo los hombres hablaban, pero a medida que avanzaba la noche, Agnes comenzó a abrirse y resultó ser una mujer estupenda, algo tímida, pero divertida e ingeniosa. Disfrutó de la velada como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Se puso triste cuando Kaesios anunció que era hora de partir. Pero se llevó la promesa de verse pronto.
Se levantó despacio. Sabía que Kaesios no estaba hoy en la casa, ni Aidan, tenían una reunión urgente con el consejo y no sabía la hora a la que llegarían, por eso tampoco tenía muchas ganas de levantarse, ¿qué haría ella sola en la casa?
Pero su estómago la forzó a tomar una decisión, necesitaba comer algo, así que se lavó, se peinó, se vistió y se preparó para pasar un día muy largo.
Salió de su dormitorio y bajó las escaleras. Nunca se cansaría de admirar la belleza y el esplendor de aquél lugar. Kaesios, sin duda, debía ser muy rico, no en vano, tantos años de vida daban para mucho. Los vestidos que le había comprado, nada tenían que envidiar a los de las damas más nobles y respetables.
Bajó hasta el comedor. El sol entraba a raudales por los ventanales, iluminando la estancia, acariciando con delicadeza la plata que desprendía destellos elegantes.
Se sentó en su lugar y esperó a que le sirvieran el desayuno.
Extrañaba la presencia de Kaesios. Mucho. El comedor parecía enorme y terriblemente vacío sin él.
Suspiró para sus adentros y comenzó a desayunar.
Cornelius entró raudo por el portón de la entrada montado en su caballo. El animal relinchaba y resoplaba ansioso. Habían cabalgado gran parte de la noche y ambos estaban exhaustos. Ario salió de su casa sonriente. Llevaban días esperándolo y verlo aparecer era la mejor de las noticias. Se acercó hasta él y sujetó las bridas del caballo. Sin darle oportunidad a desmontar, le preguntó.
— ¿Qué nuevas traes?
Cornelius sonrió.
—Las mejores.
Su amigo suspiró aliviado y correspondió con otra sonrisa.
—Eso es lo mejor que podía escuchar. Supongo que estarás cansado, ve a casa y duerme un poco, luego nos cuentas.
Cornelius desmontó con agilidad y se acercó hasta
Ario.
— ¿Novedades en mi ausencia?
—Ninguna. Todo en calma.
—Bien. Voy a comer algo. Reúne a los ancianos.
— ¿No prefieres descansar antes?
—No, Ario. Debemos actuar con premura. Las cosas se están precipitando. Debemos estar preparados.
—Como desees…