CAPÍTULO 17
El día amaneció lluvioso y frío. Kaesios había regresado al alba y ahora, esperaba tranquilamente a que bajase Katherina a desayunar. Tenía pensado muchas cosas, deseaba hacer y decir tanto… la Sacerdotisa había modificado todos sus planes y ahora se veía tan perdido como lo estuvo al principio. Lo único que tenía claro es que la mujer, “su mujer” (¿Cuándo había comenzado a pensar en Katherina así?), permanecería a su lado en todo momento. Por nada del mundo la perdería.
La llegada de su “padre” le tenía totalmente desconcertado. Onuris no deseaba mezclarse con los de la raza, necesitaba paz y soledad, por eso había desaparecido. Kaesios no contaba con su presencia en la ciudad, pero verle, sin duda, era un gran alivio y una muy buena noticia. Onuris era uno de los más antiguos, su poder era inmenso y poseía el respeto de todos los clanes, incluso de aquellos individuos que osaban odiarle. Pero como Onuris siempre decía, “una vida sin enemigos es una vida aburrida y perdida”
La relación con su “hermano” no había mejorado, las cosas no se arreglan de un día para otro, ni de un siglo para otro, pero al menos no habían discutido y el viaje no había sido un completo desastre. Hersir lo odiaba, Kaesios lo sabía bien, pero les unía un lazo aún más poderoso que el odio, la sangre, los años vividos juntos, como una familia, junto a Onuris y a Karina, unos años realmente fantásticos… Kaesios echaba de menos aquella época, en la que su máxima preocupación era aprender a controlar sus impulsos y a experimentar lo máximo posible.
Onuris había sido el mejor maestro posible, paciente, experimentado, juicioso y en ocasiones terriblemente peligroso. Se había tomado la molestia de tratar a los tres como si realmente fueran sus hijos y él un padre amoroso, responsable y preocupado. Fueron unos años fantásticos.
Katherina le alejó de sus pensamientos melancólicos mientras bajaba como de costumbre, tranquilamente y en silencio, no la había visto desde la mañana del día anterior y tenía ganas de hablar con ella.
—Buenos días, Katherina. –le dijo mientras se acercaba hasta ella y le ofrecía la mano para acompañarla hasta la mesa.
—Buenos días, Kaesios. ¿Todo bien?
—Sí, todo, ¿Por qué?
—Por nada, ayer Aidan me dijo que tenías muchas cosas importantes que atender y estarías la mayor parte del día fuera.
—Y así fue, pero hoy tengo todo el día para ti, ¿qué te apetece hacer?
Katherina se quedó a medio sentar en la silla y le miró estupefacta.
— ¿Qué?
—Te pregunto si te apetece hacer algo especial hoy. He estado muy ocupado últimamente y no he tenido tiempo para ti, quiero subsanar ese error.
—Bueno… lo cierto es que no sé…
—Un antiguo amigo mío nos ha invitado a cenar en su casa, tal vez te apetezca acompañarme.
— ¿Un amigo tuyo?
—Sí.
— ¿Cómo de antiguo?
Kaesios soltó una carcajada ante la pregunta. Acomodó la silla de la mujer y con calma, ocupó su sitio.
—Pues no estoy muy seguro, pero creo recordar que el hombre no tendrá más de treinta y cinco años, más o menos.
—Un amigo humano, entonces…
—Ciertamente, qué me dices, ¿te apetece? Él y su mujer estarán encantados de conocerte.
—Creo que es una buena idea, sí, me apetece mucho.
La cara de Kaesios se iluminó con una maravillosa sonrisa y a Katherina se le aceleró el corazón. ¡Eran tan arrebatadoramente apuesto! Un suspiro sesgado salió de sus labios.
—Perfecto, entonces. Si quieres podemos salir a comprar un vestido adecuado para esta noche.
Ella se atragantó con el té.
— ¿En serio? –le preguntó mientras le miraba esperanzada.
—En serio, aunque soy consciente de que con cualquier trapo estarías arrebatadora.
Katherina volvió atragantarse. Se puso colorada como un tomate y no podía apartar los ojos del rostro de Kaesios, ¿acaso le estaba tomando el pelo? Aunque él parecía de lo más serio. Nunca se sabe con estos seres…
—Creo que exageras, pero te agradezco mucho el cumplido.
Una mirada traviesa apareció en los ojos de Kaesios y una media sonrisa asomó en sus hermosos labios.
Katherina dejó de respirar.
—Come, debes tener fuerzas, me parece que las vas a necesitar –dijo Kaesios, enigmático.
Ella se centró en su desayuno. Sin duda los Oscuros eran seres volubles. Hacía dos noches, la había abandonado sin darle ninguna explicación y hoy la trataba de una manera cariñosa y familiar. Katherina, que había bajado las escaleras recordándose que estaba disgustada y pensando la mejor forma de anunciar a Kaesios su deseo de partir, ahora se sentía ilusionada y sin ninguna gana de marcharse, aunque pensándolo bien, cerca del inmortal es como ella se sentía mejor, la presencia de Kaesios le trasmitía seguridad y no podía negarlo, a ella le encantaba estar junto a él, poder maravillarse con su hermoso rostro y, cuando el hombre estaba de humor, disfrutar de unas conversaciones muy estimulantes. Su fuerza, su belleza y su poder la atraían como la miel a las moscas, lo malo es que tal vez esa dulzura terminaría en convertirse en una trampa para ella. Pero de momento pensó que lo mejor sería disfrutar porque no sabía cuánto iba a durar el buen humor de Kaesios.
Media hora después salían por la puerta.
— ¡Eh, esperad! –gritó Aidan cuando estaban a punto de subir al coche de caballos.
— ¿Qué sucede? — Preguntó Kaesios preocupado.
—Nada, es solo que yo también quiero ir.
El Oscuro abrió mucho los ojos, debido a la sorpresa.
— ¿Tú? ¿De compras?
—Sí, por supuesto, lo hacía muy a menudo con mi madre y ella siempre me decía que tengo muy buen gusto para la ropa.
—En fin… nunca dejas de sorprenderme. –Le dijo Kaesios mientras se apartaba para que Aidan subiera al coche.
Él se acomodó en frente de Katherina, al igual que Kaesios. Ella estaba emocionada y feliz. ¡De compras en Órion! Jamás pensó que algo así pudiera suceder…
Se relajó escuchando a los vampiros hablar de sus cosas y se concentró en mirar a través de la ventana, pero el paisaje no era nada halagüeño. Según avanzaban, las calles empedradas y las casas le parecían iguales unas a otras. Todos los edificios estaban construidos en piedra, por lo que la ciudad le pareció un inmenso hervidero gris. Todo le parecía tristemente gris. Quitando los jardines de las casas de los más pudientes, que daban un toque de color, pero que se perdían a medida que se introducían en el centro de la ciudad. Se quedó ensimismada cuando pudo observar una inmensa parcela de jardín con árboles y flores, rodeando un pequeño lago. Eso lo máximo de color verde que ella lograría ver en aquella ciudad.
El coche de caballos se detuvo. Aidan se levantó, abrió la portezuela y bajó de un ágil salto, seguido por Kaesios, que se detuvo para ayudarla a bajar.
Ella deslizó su mano en la de Kaesios y una corriente eléctrica la atravesó entera.
Una vez en el suelo, segura, Kaesios la soltó. Katherina miró todo a su alrededor. La calle estaba abarrotada de gente que andaban de allá para acá, rápidamente. Edificios de piedra altos, con adornos suntuosos en sus fachadas y coloridos escaparates, para llamar la atención.
El Oscuro la sujetó por el brazo y la guio hacía una tienda de ropa femenina. El entusiasmo iba en aumento, aunque un poco de vergüenza acudió a su pecho al ver la ropa interior femenina expuesta sutilmente y con elegancia, en el interior del comercio.
La mañana se pasó muy deprisa, entre telas de brillantes colores y suaves texturas, sombreros y adornos para el pelo. Cuando los tres se sentaron en el coche soltaron un suspiro de alivio. Se miraron entre ellos y rompieron a reír a carcajadas.
—Creo que me acabo de acordar de una cosa. —Anunció Aidan.
— ¿De cuál? –preguntó Kaesios.
—De que no me gusta ir de compras.
Otra vez volvieron a reír a carcajadas. El viaje de vuelta se hizo mucho más ameno y divertido.
Katherina estaba lista a las seis en punto. Le había costado mucho verse bien, aunque el vestido lo había elegido ella, no acababa de encontrarse a gusto. Quería estar deslumbrante para Kaesios, simplemente perfecta.
Una de las criadas había subido para ayudarla a peinarse. Le había hecho un intrincado moño con un montón de trencitas entrelazadas, y había dejado algunos mechones sueltos, que le daba un aire juvenil y divertido. Después había adornado el moño con preciosas perlitas de colores, haciendo juego con el vestido, color crema y azul.
Bajó las escaleras, muy nerviosa. Abajo, Kaesios y Aidan la esperaban. Ambos con pantalones perfectamente ajustados de color negro y una casaca del mismo color, la nota colorida y que les diferenciaba, era el color del pañuelo que llevaban atado al cuello, con nudos perfectos y sofisticados.
—Estás realmente arrebatadora, Katherina. —Le dijo Kaesios en cuanto la tuvo junto a él. Ella se sonrojó pero no dijo nada.
Aidan se acercó hasta la muchacha.
—Estás preciosa Katherina, espero que disfrutes esta noche
—Gracias Aidan, ¿tú nos acompañas?
—No, hoy tengo cosas que hacer y no me es posible, pero tal vez a la próxima sí que pueda. –Alzó los ojos hacia Kaesios— ¿Os vais ya? –Preguntó Aidan— Es de mala educación llegar tarde.
—Vamos bien de tiempo, no te preocupes. –Le informó Kaesios, que ofreció el brazo a Katherina y juntos avanzaron hacia el coche, que ya les estaba esperando fuera.
Una vez en la calle, Kaesios se detuvo de golpe. Unos hombres esperaban fuera de la verja, mirando ansiosos hacia la casa. Verlos allí no le agradó lo más mínimo, pero no lo demostraría. Se acercó aún más a Katherina y le susurró en el oído.
—Tienes visita.
Ella le miró interrogante y él, con un gesto de la cabeza, le indicó hacia dónde tenía que dirigir su mirada. Katherina miró hacia allí y en cuanto los reconoció se sujetó las faldas del maravilloso vestido de seda y echó a correr.
— ¡Padre!
— ¡Hija mía!
Ambos se fundieron en un cariñoso abrazo que duró minutos. Thomas cogió las manos de su hija, la apartó un poco de su lado para poder verla mejor.
—Tienes buen aspecto. Estás muy hermosa.
Ella se acercó un paso y le acarició la cara.
—Estoy bien padre, te lo prometo. No debes preocuparte. Kaesios me trata bien.
—Lo sé hija, no estoy preocupado, en absoluto. Ahora sé que ésta fue la decisión correcta.
Katherina le miró extrañada.
—Hola Katherina. –La saludó Daniel— Qué placer volver a verte.
Ella alzó la mirada y sonrió a Daniel y a Julien.
—Gracias, lo mismo digo. Os veo muy bien.
Julien no dijo nada, pero no le quitaba los ojos de encima.
El Oscuro estaba disgustado, no le apetecía nada que Katherina siguiera estando tan unida a su pasado, eso podría suponer algún problema. Durante un instante, se le pasó por la mente provocar la muerte de su padre, así nada la retendría, pero desechó esa idea al instante, tampoco deseaba que ella le odiara por toda la eternidad… miró fijamente la escena mientras se acercaba hasta el coche. Su mujer estaba radiante y la alegría brotaba por cada poro de su piel, eso le hizo daño. El padre no paraba de tocar a su hija, en los brazos, en las manos y de vez en cuando alguna caricia dulce en el rostro que ella recibía con cariño. Unos celos incontrolados se apoderaron del cuerpo del vampiro.
— ¡Katherina, debemos irnos! –Llamó Kaesios, que ya la esperaba a las puertas del coche.
—Sí, ahora voy.
La mujer volvió a abrazar a su padre con cariño y éste correspondió el abrazo emocionado.
—Te echo mucho de menos, pero ahora estoy más tranquilo.
—Y yo a ti, padre.
—Dale las gracias a Kaesios de mi parte. Ésta ha sido una concesión que no olvidaré nunca.
Los ojos de Katherina se humedecieron.
—Estoy segura de que las cosas cambiaran, tal vez volvamos a estar juntos de nuevo.
Él la acarició el rostro con dulzura.
—Lo único que deseo es verte segura y bien. Lo demás no debe preocuparnos. Anda, ve. No hagamos enfadar al inmortal.
Thomas rompió dulcemente el abrazo y la animó a moverse. Ella se tragó las lágrimas y comenzó a caminar. Se detuvo frente a Daniel y Julien, les sonrió y se despidió con un gesto de cabeza, que ellos correspondieron.
Kaesios alzó el brazo para ayudarla a subir y Katherina le cogió la mano. Subió lentamente al coche. Kaesios no apartaba sus ojos azules de los humanos, con una mirada tan fría que sería capaz de apagar un incendio. Thomas, lejos de amilanarse, le dio las gracias con el movimiento de sus labios, el inmortal movió ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento o despedida, y subió al coche.
Katherina se sumió en el silencio, mientras su mente vagaba libre, recordando los escasos minutos que había disfrutado al lado de su padre. La ciudad le pareció más gris que esa misma mañana, tal vez se debía a que el sol se estaba ocultando y daba paso a la noche. Con razón su padre le dijo una vez que esta ciudad no le gustaría nada.
El viaje no duró mucho, apenas quince minutos. El coche se detuvo frente a una enorme casa, la verja estaba abierta y daba acceso al jardín delantero, un jardín muy surtido y bien cuidado. El olor de las flores que aún sobrevivían al comienzo de las bajas temperaturas, impregnaban el ambiente. Katherina suspiró con fuerza y ser armó de valor. Como su padre había dicho, el hecho de verse, era una gran concesión viniendo del Oscuro, y ella debería estar contenta, no triste, así que alzó el rostro a la noche y pintó una maravillosa sonrisa en sus labios.
Nada más llegar, en la puerta, les esperaban Anthony y su maravillosa esposa, Agnes. Una muchacha menuda y muy dulce. Al principio la mujer se mostró cohibida y tímida.
Encontrarse cara a cara y en su casa, a uno de los vampiros más poderoso, la ponía nerviosa, por más que su esposo intentó tranquilizarla a lo largo del día, diciéndola que Kaesios le había salvado de una vida miserable en las calles, que siempre le había tratado bien, que era un ser respetuoso y amable… pero ella no acababa de creérselo.
Y ahí los tenía, entrando por la puerta principal. Vestido como cualquier hombre normal, y con un aspecto típico, pero no era para nada normal, solo había que admirar su belleza física y su espléndido cuerpo. Se reprendió severamente por tener ese tipo de pensamientos tan impuros. Su sorpresa fue mayor cuando vio entrar a una mujer, una mujer humana.
Los cuatro se sentaron en el salón a la espera de la cena. Anthony les sirvió algo de beber mientras hablaban del tiempo, un tema de lo más socorrido para romper el hielo.
— ¿Y cuándo te casaste, si se puede saber? –preguntó Kaesios después de tener la copa de brandy en la mano y haber dejado a su amigo sentarse junto a su esposa.
—Pues hace dos años. –Respondió con una maravillosa sonrisa en los labios— ¿A qué no te lo esperabas?
Kaesios sonrió.
—Lo cierto es que últimamente no gano para sorpresas. Para serte sincero jamás creí que te metieras en política y si de algo estaba seguro, es que el matrimonio no entraba en tus planes a corto plazo.
Anthony soltó una carcajada.
—Creo Kaesios que te olvidas de una cosa, hace casi diez años que no nos vemos, mis planes a corto plazo dejaron de serlo hace mucho.
—Nosotros medimos el tiempo de otra manera. Diez años para mí no son más que un suspiro. –Respondió.
—Sí, lo sé –contestó Anthony con cierta melancolía.— Es una de las virtudes de ser inmortal, pero por desgracia, nosotros no tenemos todo el tiempo del mundo, así que debemos aprovecharlo bien. –le contestó mientras cogía la mano de su esposa y se la acariciaba cariñosamente. Ella le correspondió con una sonrisa dulce.
—Me alegro de que todo te vaya tan bien. Siempre pensé que eras inteligente y tendrías un gran futuro. Me alegra comprobar que no me equivoqué.
—Te lo debo en parte a ti –le respondió Anthony.
— ¡Qué tonterías dices!
—Te lo digo en serio, nunca te he agradecido que me dieras otra oportunidad. Si no fuera por ti no sé qué sería hoy de mí.
Kaesios les miró fijamente. Comenzaba a sentirse incómodo. Notaba como la reticencia de Agnes hacia él iba remitiendo poco a poco, y no deseaba que le tiraran flores por las cosas que hacía. Él no era un chico bueno, no, todo lo contrario. El hecho de que de vez en cuando ayudara a algunas personas no le convertía en un salvador. Era un vampiro, un inmortal, un ser destructivo y terrible. No quería ser otra cosa y no deseaba que le alabaran, no iba con su personalidad.
—No me debes agradecimiento alguno y no lo deseo. Si quieres que nos quedemos y cenemos juntos más te vale que cambies de conversación. Las situaciones sentimentales y sensibleras no van conmigo.
Anthony rompió a reír a carcajadas.
—Sí, había olvidado porque nunca te había dado las gracias antes, no te gusta. –Contestó sin dejar de reír.— Pero bueno, no te preocupes, no me pondré sensiblero, tal vez se deba a la edad, me estoy haciendo mayor. Cambiemos de tema, ¿qué hay de ti?
— ¿De mí? De mí de qué. –preguntó a su vez Kaesios.
—Pues que ha sido de tu vida desde que me fui.
— ¡Ah!... pues lo cierto es que mi vida no ha cambiado, en esencia. Vivo en el mismo sitio, convivo con las mismas personas, más o menos, y voy por la vida fastidiando al prójimo, que es lo que más me gusta.
Anthony miró de reojo a Katherina.
—Pues yo creo que las personas que viven a tu alrededor no son las mismas. Si cuando yo estaba contigo hubiese tendido tan buena compañía, quizá no me hubiese ido tan pronto.
Katherina se ruborizó y Agnes golpeó a su marido en el hombro.
— ¡No seas bruto!
Kaesios rompió a reír junto con Anthony.
—¡Ey!... no me pegues, digo la verdad, yo estaba rodeado de hombres por todas partes y eso no me animó a quedarme, pero me alegro de no haberlo hecho, porque así te conocí a ti, la mujer más maravillosa del mundo.— Le dijo mientras la acariciaba suavemente la cara.
Fue el turno de Agnes para sonrojarse y murmuró.
—Serás tonto…
La cena trascurrió entre bromas y una amigable charla. Después de cenar se sentaron cerca de la chimenea y los hombres iniciaron una animada conversación sobre los temas políticos y la inminente guerra, mientras Agnes y Katherina entablaban una conversación paralela, y descubrieron que tenían muchas cosas en común. Sin darse cuenta, se trataban como si se conocieran de toda la vida, compartiendo secretos y vivencias.
Kaesios no apartaba la mirada del dulce rostro de Katherina. Deseaba que estuviera feliz y contenta. Verla sonreí junto a Agnes le inundaba el corazón de una sensación única y placentera.
Sin darse cuenta las manecillas del reloj marcaron la una de la madrugada y Kaesios decidió que era hora de partir.
—Me alegra haberte conocido –le dijo Agnes a Katherina, tenían las manos entrelazadas y un brillo especial en la mirada.
—Y yo también de haberte conocido a ti, me gustaría poder verte más a menudo.
—Esperemos que eso sea posible, nada me gustaría más…
Anthony apretó la mano de Kaesios.
—Gracias por venir, ha sido estupendo.
—Gracias a ti por invitarnos, las mujeres se lo han pasado especialmente bien.
—Sí. Agnes no sale mucho y no conoce a casi nadie, me alegra que se lleve bien con Katherina, necesita relacionarse más con mujeres, está muy sola en la ciudad.
—Bueno, eso es algo que podemos solucionar, ¿verdad?
—Espero que sí… —le dijo con una media sonrisa.