CAPÍTULO 27
Kaesios avanzó por la calle con total tranquilidad. Tenía que reunirse con Angus y Onuris. Ya no había tiempo.
Baldur había dado la orden de avanzar.
La guerra había comenzado.
Cuando llegó a la casa de Angus, Onuris ya estaba allí, los dos le esperaban mientras conversaban distendidamente.
—Ven, siéntate, es hora de comenzar a hacer planes. ¿Qué nuevas traes?
—Baldur ha dado la orden a Cornelius de avanzar, debe eliminar todo lo que encuentre a su paso.
—Bien, entonces nosotros también debemos comenzar. Tenemos que obligar a Baldur a salir de su madriguera, listo para pelear, y mientras, eliminar a los neófitos. No tenemos otra opción. Lo he meditado mucho, pero no creo que sea conveniente dejarlos con vida, no podemos olvidar que sus inicios en esta vida han sido de lo más sangrientos. No podemos permitirnos más locos incontrolables como Baldur sueltos por ahí. Debes hablar con Cornelius, sacar a su pueblo de allí, traerlos a un lugar seguro. Con la orden de avanzar, esperemos que Baldur no se dé cuenta. Después veremos cómo continuamos.
—Entendido. —Le contestó Kaesios.
—Debemos procurar que la batalla se realice en un lugar abierto, lejos de ciudades grandes, para evitar el máximo número de bajas. Esperemos que todo vaya según lo previsto.
— ¿Quién eliminará a los neófitos? —Preguntó Kaesios.
—Alguien de confianza, posiblemente tú y tu hermano.
Kaesios se mantuvo en silencio durante uno segundos.
—Angus, ¿deseas que Hersir y yo eliminemos a más de un centenar de neófitos sedientos de sangre?
El Maestro lo miró a los ojos fijamente.
—Si te resulta complicado puedo pedírselo a otro...
Estaba bromeando, no podía ser de otra manera. Aunque tanto Hersir como él eran muy antiguos y por lo tanto muy poderosos, no se creía capaz de eliminarlos a todos y resultar ganadores.
Alzó una de las cejas en señal de espera.
—Oh... está bien, puedes pedírselo a los guerreros de los bosques, tengo entendido que solo pelearán bajo tus órdenes.
—Es una antigua historia.
—En otro momento me encantaría escucharla —le contestó Angus—, pero ahora es momento de la acción. Ponte en marcha, que los humanos de Cornelius estén a salvo antes de eliminar a los neófitos.
Kaesios hizo una pequeña reverencia, se dio media vuelta y se marchó.
—Es un gran chico. —Le dijo Angus a Onuris.
—Sí, los tres eran grandes, lo supe en el mismo momento que les vi, por eso les convertí. Hará un gran trabajo y tal vez esto ayude a eliminar la estúpida rencilla que hay entre ellos.
—Siempre he querido saber un poco más de ellos, pero durante los años que Kaesios estuvo a mi servicio no fueron los mejores de su vida, no hablaba mucho.
Onuris le miró fijamente. Kaesios había decidido unirse al juez cuando mataron a su hermana. Su rabia y su sed de venganza, sus deseos de matar solo eran sometidos por su gran fuerza de voluntad, pero aun así, en algún momento no se sintió muy seguro de sí mismo, por eso se convirtió en ejecutor.
—Realmente los encontré muy seguidos. Fue en el tiempo en el que disfrutaba viajando y conociendo mundo.
El primero fue Hersir. Era el hijo de un jefe vikingo. Su madre murió cuando él nació y su padre volvió a tomar esposa. De su segundo matrimonio tuvo tres hijos, dos mujeres y un varón. El hermano de Hersir era avaricioso, orgulloso y no soportaba a su hermano mayor, que a todas luces era el preferido de su padre. Así que un día, mientras iban de caza, se las arregló para dejar mal herido a Hersir y lo abandonó a su suerte en medio del bosque. Fue allí donde yo le encontré. Su alma era la de un guerrero, pero le sobraba honor. Por eso decidí darle la oportunidad de vivir. Lo cogí en brazos y lo llevé a una cueva cercana que había visto esa mañana. Estaba muy mal herido y sangraba mucho, tenía muy seguro que él solo no sobreviviría. Le acosté en el suelo y le pregunté:
— ¿Deseas vivir?
Él me miró fijamente, estaba al borde de la muerte, pero no tenía miedo.
— ¿Qué pregunta es esa?— Me respondió enfadado —,¿Pues claro que quiero vivir.
—Tengo el poder de devolverte a la vida, pero no será tu antigua vida, renacerás como un ser distinto, fuerte, poderoso e inmortal.
Él me miró como si estuviera loco.
—Nadie tiene ese poder...
—Yo sí, pero debes decidirte pronto, no te queda mucho tiempo.
Durante unos segundos lo meditó sin dejar de mirarme.
—Hazlo.
Sin más le convertí. Le mantuve en la cueva hasta que la transformación se completó. Ya sabes que es dolorosa y dura alrededor de tres días demenciales. Después resurgió como lo que hoy es, un ser espléndido, valiente, hermoso, con el poder típico de la raza y de mi sangre antigua y con un mal genio de mil demonios. Me sentí orgulloso al verle. Y no me equivoqué, Hersir es callado y a veces se deja dominar por sus sentimientos, pero es grande, es inteligente y valiente.
Angus le observaba anonadado, no conocía a ningún antiguo que hablara de sus convertidos con la pasión que podía advertir en las palabras de su amigo.
— ¿Qué hizo después, cuando fue consciente de su nueva naturaleza?
—Oh... no gran cosa, salió a la luz del día y probó su fuerza contra los árboles, cuando se convenció de la verdad de mis palabras se puso muy contento y me lo agradeció fervientemente. Lo que no le gustó mucho fue la necesidad de permanecer a mi lado hasta que estuviera preparado para vivir solo.
—Mmm... ¿Volvió a ver a su familia mortal?
Onuris permaneció callado durante unos minutos y luego le respondió.
—Para empezar la nueva vida como Oscuro, tú bien sabes que hay que dar por finalizada la vida mortal, le di tiempo y espacio, no sé lo que hizo aunque me lo figuro, el caso es que cuando regresó estaba tranquilo y en paz.
— ¿Kaesios fue igual?
Onuris sonrió.
—Kaesios es especial. Siempre lo ha sido, aunque creas que le conoces nunca podrás asegurar cuál será su siguiente movimiento, es impredecible. Su fuerza y valor quedan fuera de duda, pero su interior, eso sí que es un misterio. No puedes saber lo que piensa ni lo que va a hacer, pero la grandeza de su ser es inmensa.
— ¿Cómo lo encontraste?
—Cuando Hersir se recuperó y aceptó mi compañía, continuamos nuestro viaje, del norte al sur. Estuvimos un tiempo mezclándonos entre los soldados del sur. Te acordarás que en aquella época los humanos del sur estaban gobernados por lo que denominaban emperadores y todos los demás estaban subyugados a sus deseos. Kaesios era el hijo de un general muy importante, todo lo que tenía de bueno como soldado lo tenía de malo como esposo y padre. Era duro y violento. Golpeaba a su mujer sin que la pobre hiciera nada malo. A Kaesios, al igual que a sus otros tres hijos varones, los alistó en cuanto cumplieron los diez años. Comenzaron como ayudantes de los soldados y a medida que iban creciendo les iban dando nuevos quehaceres, hasta que se convertían en soldados del emperador. Kaesios creció entre batallas, espadas, puñetazos y sangre. Su vida era la guerra y sin duda era el mejor. No tenía miedo, ni piedad. Manejaba la espada como un apéndice de su brazo. No sentía ninguna empatía en la batalla. Pero al verle me quedé impresionado, porque a pesar de su violenta vida, respetaba a los demás, valoraba el esfuerzo del prójimo y no solía ser injusto, protegía al más débil. Su humanidad, tan escasa entre los que le rodeaban, me llamó especialmente la atención. Pero nada más lejos de mi pensamiento los sucesos que acontecieron después. Hersir y yo estábamos planeando nuestro próximo viaje cuando hubo un levantamiento. Un grupo de campesinos armados se revelaban contra las injusticias del emperador. Aunque no eran más que hombres de campo, presentaron batalla. Fue una lucha feroz y violenta. Kaesios quedó solo en el frente, le rodearon y entre varios hombres le hirieron mortalmente. Luchó con ferocidad, pero eran demasiados y él estaba ya muy cansado. El final era inevitable. Lo encontré entre el grupo de caídos, pero aún había vida en él. Me lo llevé y le ofrecí lo mismo que a Hersir. No lo dudó ni un instante. Renació fuerte y valiente, pero lo que más me impresionó fue la gran humanidad que se resaltó en él como Oscuro. Fue muy duro al principio compaginar sus ansias de sangre y sus sentimientos de culpa, pensé que le podía perder, pero con ayuda de Hersir salió a delante y aceptó su nueva condición y he de decir que está muy contento de ser lo que es.
Paró de hablar y miró a su alrededor. Angus no estaba conforme con su historia, necesitaba algo más.
— ¿Y Karina?
El dolor se apoderó del rostro de Onuris, se contrajo como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Al verle se arrepintió de la pregunta.
—Karina... mi dulce Karina...
Onuris suspiró y por un instante se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Aún me duele, Angus. Tengo un terrible dolor oprimiendo mi pecho, es algo fuerte y duro que no se afloja ni un milímetro y cuando pienso en ella es peor. No soporto la idea de no volver a verla, de saber que ella ya no mora en este mundo... ella es lo mejor que me ha pasado, es lo mejor que ha pisado esta tierra, y ya no está...
—Lo siento, no quise herirte.
—No me has herido, Angus, llevo siglos con este dolor, no me lo has producido tú, no debes disculparte.
Angus pensó que no diría nada, pues notaba como sufría su amigo, pero unos minutos después, Onuris continuó con su relato.
—Hersir, Kaesios y yo llevábamos juntos casi cincuenta años, ellos aún dependían de mí, su sed no se veía saciada y su temperamento no era controlado muy fácilmente. Pero yo estaba contento, y ellos también. Se habían amoldado a su nueva condición de maravilla, y la disfrutaban, al igual que yo de su compañía. Eran divertidos, juguetones y alborotadores, cuando no tenían hambre. Un día de verano, increíblemente caluroso, paseábamos por el mercado. Estábamos admirando los colores de las telas y los olores de las hierbas aromáticas de un par de puestos cuando a nuestro lado, una hermosa mujer, se desplomó. Inmediatamente fuimos a socorrerla, pero cuando puse mis manos en ella, una descarga del algo me atravesó el pecho, a Kaesios y a Hersir les pasó lo mismo y nos quedamos mirándonos como tontos, sin entender lo que nos estaba pasando. Pusimos a la muchacha en pie y entonces lo comprendí. Karina era un ser tan puro y tan bueno que me sentí despreciable por haberla tocado. Los seres como nosotros, Oscuros, malvados, bebedores de sangre, no debíamos tocar a alguien tan bondadoso. El sentimiento era increíble. La veía, sabía qué era, pero no pude evitar seguirla, conocerla, buscarla. Su alma blanca y brillante, nos deslumbraba, pero de igual modo nos atraía. Pero ella estaba enferma, su vida, aunque era joven, estaba dando a su fin. No pude soportarlo. Alguien como Karina no podía dejar este mundo. Ella era todo aquello por lo que deberíamos luchar, intentar ser mejores. Aunque lo intentamos, ninguno pudo alejarse de ella, así que esperamos, la visitábamos, le hacíamos regalos, y le dábamos conversación, cuanto más tiempo pasaba con ella, más cuenta me daba de lo valiosa que era, y no podía mantenerme alejado mucho tiempo. Pero su inevitable final llegó. Nos quedamos desolados. No podía permitir que ella nos abandonara, así que en la noche me introduje en su habitación y le desvelé mi secreto. Intenté convencerla para que aceptara la inmortalidad, pero ella no quería. Tuve que urdir un plan para convencerla de que si continuaba con vida podría ayudar a mucha gente, a tantas personas como ella deseara, pues tendría el tiempo y la sabiduría para hacerlo. Aceptó al fin y yo me convertí en la criatura más feliz de la tierra. Nos las arreglamos para fingir su muerte y para llevárnosla de ahí mientras su familia enterraba un féretro vacío. Desde ese día nuestras vidas adquirieron un color especial, ella, con solo mirarnos, nos hacía sentir felices. La consentí todos los caprichos, la amé hasta la inmensidad, ningún padre jamás habrá amado a su hija como yo amé a la mía. Era luz, era vida, era sonrisas, era alegría, ella era el camino que resolvía todos los problemas, todos... sentí el momento en el que ella abandonaba la vida. Lo sentí en mi pecho. El dolor que me atravesó me dejó doblado, mareado. Al poco tiempo Hersir y Kaesios llegaron hasta mí, ellos también lo habían sentido. La buscamos, con deseo y esperanza, aunque sabíamos que nada se podía hacer. Cuando la vi creía que moría, pero que moría de verdad, no la muerte normal, no, la muerte más absoluta. Ver su hermoso cuerpo sin vida, ver sus ojos abiertos, con ese color tan peculiar perdidos en la nada me destrozó, al igual que a mis hijos. Nos hundimos en el dolor. Yo desaparecí, Hersir se encerró en sí mismo y Kaesios... bueno, Kaesios descargó su dolor con la espada, la sangre y la muerte. Pero nada puede borrar el dolor, esa es una de las desgracias de nuestra raza.
Angus se quedó quieto, pensando. Él no entendía ese dolor, no tenía descendientes, no sentía esa necesidad. No todos los Oscuros tienen el poder de amar y muy pocos con la misma intensidad que Onuris y sus hijos. Durante mucho tiempo no dijo nada, ninguno habló, se quedaron quietos, mirando el infinito y encerrados cada uno en sus propios pensamientos.
Cornelius se montó en su caballo y miró alrededor. Todas las personas de su pueblo estaban listas para partir. Casi todos vestían con ropas de guerra para pasar desapercibidos y los niños y los enfermos viajarían en los carros dónde se llevan las armas. Les ordenó formar. Los guerreros auténticos se posicionarían al frente, a los lados y a la retaguardia, dejando el centro para las mujeres y los no guerreros, así si alguien les estaba vigilando durante el trayecto, nadie descubriría quienes son los del centro.
Cuando todos estuvieron en sus puestos ordenó iniciar la marcha. Se puso al frente del ejército como el líder que era. Con paso tranquilo iniciaron la marcha, supuestamente, hacia la guerra contra los humanos. Pero no estaban solos. Cornelius podía sentir las miradas de los Oscuros que permanecían ocultos, observando, vigilando e informando a Kaesios de todo lo que sucedía. Eran los encargados de protegerlos en caso de que Baldur les tendiera una trampa.
Miró a su alrededor, no vio a nadie. Intentó permanecer tranquilo, pero la traición que había cometido, estaba más que seguro, sería vengada por el malvado Oscuro.
Intentó apartar esos oscuros pensamientos de su mente. Miró hacia atrás, todos le seguían en un tenso silencio. Ordenó a su caballo que subiera la loma que había a su derecha y se detuvo ahí, mirando el lento avanzar de su gente.
Lyris se había levantado intranquila, los sueños de guerras, muertes y destrucción, habían perturbado su descanso. Después de terminar sus oraciones vespertinas y comprobar que el mundo mágico no deseaba mostrarle nada, se puso en pie y subió las frías escaleras de piedra, que daban a las almenas de su santuario. Iba descalza, pero no notaba el frio en sus pies, ni en su cuerpo, cubierto por la fina tela de su túnica.
Salió al exterior y se asomó por el muro. Vio como la gente de Cornelius avanzaba con lentitud, sumidas en el miedo y la desazón. Los más débiles iban camuflados en el centro, los niños y enfermos en las carretas, cubiertos con las lonas. En el pueblo las se veía el humo de las fogatas que encendían para hacer la comida y ropa ondeando al viento, secándose colgadas de las sogas, los animales se movían lentamente por el cercado. Todo daba la impresión de que había gente en el poblado. Sin duda una treta para engañar a los Oscuros de Baldur.
Miró, entonces a Cornelius, subido a su enorme caballo, en la loma observando cómo avanzaba su gente. Se veía imponente. Su valor y honor estaban más que demostrados.
Sintió un pequeño pinchazo en su corazón al ver al guerrero. Su apostura, su hermosura, su fuerza y su espectacular cuerpo la hicieron suspirar.
Sintió, más fuerte que nunca, el deseo de rendirse a los antojos de su cuerpo y de su corazón, negar todo lo que era, renunciar a su poder y aceptar el amor que sentía por él. Jamás estuvo tan cerca de correr a su lado y entregarse, en cuerpo y alma. Ella lo amaba, tanto como él a ella, sin embargo no había nada en el mundo que pudiera juntarles, nada. Ella era la suma sacerdotisa, elegida por la misma Diosa, y poseía inmensos poderes que debía utilizar para mantener el equilibrio entre el bien y el mal. Su deber estaba por encima de todas las cosas. Pero no pudo sentir una terrible debilidad al pensar en que esta guerra podía acabar con su vida y jamás volvería a verlo. No pudo soportar la visión de ver su cuerpo, frío y sin vida, tirado en el suelo, manchado con su propia sangre. Las lágrimas acudieron a sus ojos. Lágrimas frías y dolorosas.
Cornelius alzó el rostro y la miró. Sabía que desde tan lejos no podía distinguir sus rasgos, pero él la conocía tan bien que no necesitaba verla con claridad, la conocía a la perfección. Su pelo, suelto, largo y hermoso, se movía al son del viento. Su túnica blanca se ajustaba aún más a su maravilloso cuerpo. Ella alzó una mano en señal de despedida, él asintió con la cabeza. Tal vez esa era la última vez que la vería. Su corazón se encogió de dolor. Las guerras eran incontrolables e impredecibles, su vida podía apagarse durante la batalla, pero si de algo estaba seguro era de que su corazón le pertenecía a Lyris, y aun muerto, eso sería siempre así.
El hombre la miró una última vez, giró con su caballo y volvió a posicionarse delante de su gente.
Ella permaneció allí, quieta, mirándolo desaparecer, mientras las lágrimas empapaban sus mejillas, rogando a todo lo poderoso porque ese hombre regresara sano y salvo.