CAPÍTULO 8
—¿Qué piensas hacer? –preguntó Ario preocupado.
—Debo hacer lo que sea para arreglar lo que he estropeado.
—No te entiendo.
—Ni yo a mí mismo.
—Cornelius, no me gustan los juegos. –Le contestó Ario bastante enfadado– Has llegado del Santuario, pensativo y callado. Te veo ahora preparando el equipaje y no me dices nada, esto es extraño. La gente está preocupada, y más aún si tú desapareces sin razón aparente.
Cornelius dejó de empaquetar sus cosas en el macuto y observó a su amigo. Se acercó hasta él y le puso una mano en el hombro.
—Ario, hermano. Durante años has peleado a mi lado, has salvado mi vida en innumerables ocasiones. Parte de nuestras victorias te las debo a ti, por tu valor, tu arrojo y tu coraje. Pero esta vez no puedes seguirme, debes quedarte aquí, presto para la batalla que está por llegar.
—Ya sabes que yo estoy siempre listo para una buena pelea.
Cornelius sonrió mirando a su amigo.
—Lo sé, lo sé muy bien. Pero ahora debes ejercitar tu brazo más que nunca, pues de la victoria o derrota, depende la supervivencia de nuestra gente.
—Qué les diré a los ancianos cuando pregunten por ti…
—No les dirás nada, no es necesario.
—Cornelius…
—Debo partir Ario, el tiempo apremia y no está a nuestro favor.
—Desearía poder acompañarte.
—Y yo, pero me corresponde solo a mi librar esta batalla, y estoy convencido de que saldré vencedor.
—Tú confianza me da coraje.
—Ahora ve Ario, eres el primero al mando, deberás protegerlos mientras yo no esté.
—Espero que no haga falta.
Cornelius soltó una carcajada y Ario le imitó.
—Y yo también amigo, y yo también.
—Señor.
El golpe en la puerta de la biblioteca lo despertó de su ensoñación. El desayuno había sido un auténtico desastre. Sabía que esa pequeña humana estaba tramando algo, intentó sacar conversación durante todo el desayuno, pero ella solo contestaba con irritantes monosílabos que le crispaban los nervios. Se la veía distraída y distante. Eso lo enfureció. Sí, tal vez su ego dominante necesitaba que ella estuviera más pendiente de él. Pero al parecer algo más importante que un Oscuro enfadado, ocupaban la mente de la muchacha.
Kaesios suspiró, no debía enredarse en enamoramientos estúpidos, tenía que estar totalmente centrado. La situación así lo requería, sin embargo, cada vez que pensaba en ella su mente volaba a su lado, la tocaba, le acariciaba el pelo, la observaba sonreír…
¡Por todos los infiernos! ¡Esto no podía estarle pasando! Él era un ser inmortal, cruel, temido y venerado a la vez. Perder la cabeza por una chiquilla humana no era lo más recomendable, tenía que quitársela de la cabeza antes de que enturbiara su sentido común y vagara por el castillo como alma en pena, suspirando por los dulces besos de su amada.
¿Su amada? ¿Desde cuándo había comenzado a pensar en Katherina como su amada? Definitivamente se estaba volviendo loco.
—Adelante. –consiguió decir mientras se maldecían interiormente.
—Traigo una nota, señor.
Kaesios cogió la misiva de la bandeja de plata que le ofrecía el mayordomo.
— ¿El mensajero?
—Un chiquillo, se acercó hasta las puertas de la muralla y gritó que traía una nota para usted. Se la entregó al guardia y se marchó.
—Bien, puedes irte.
El hombre hizo una reverencia y salió de la habitación sin apenas hacer ruido.
Puso la nota sobre la mesa. Los mensajes enviados de esa forma nunca solían ser buenas noticias. Sin esperar más rompió el lacre y leyó lo que en el papel estaba escrito.
—Vaya, al parecer las piezas del ajedrez comienzan a moverse –dijo mientras se ponía en pie y lanzaba el papel a la chimenea.
En cuanto comprobó que había ardido totalmente, salió de la habitación.
Katherina bajó al comedor. Lo cierto es que el desayuno había sido una dura prueba para ella. La presencia de Kaesios la perturbaba, la dejaba tan fatigada que apenas podía moverse. Intentar no mirarle se convertía en una agonía. Tenerlo cerca solo aumentaba su deseo de poder tocarlo, de que él la besara como la última vez y se dejara llevar por la pasión que el Oscuro despertaba en ella. Pero eso no podía ser.
Ella era mortal, estaba atrapada en aquel lugar y no sabía si algún día podría salir de allí. Lejos de su padre, de sus amigos, de su vida… pero aun así, pensar en Kaesios alteraba su ritmo cardíaco.
Se llevó una tremenda decepción cuando se encontró en el comedor, completamente sola. Uno de los camareros le anunció que comería y cenaría sola, pues el señor tenía un asunto urgente que atender y no llegaría hasta bien entrada la noche.
Hizo un mohín de disgusto. Aunque pensándolo bien, lejos de la tentación, lejos del peligro…
Kaesios recorrió una vez más el perímetro del lugar. Ningún sitio donde pudieran arrinconarlo, ningún lugar visible que pudiera suponer una trampa mortal para él.
Aún era temprano así que decidió buscar un buen lugar y esperar. Se subió a la copa de un árbol grande y viejo. Su tupida copa le permitía ver sin ser visto. De un salto alcanzó la rama que le serviría de escondite, se armó de su infinita paciencia y se dispuso a esperar.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que Kaesios comenzara a oír los ruidos típicos de los humanos caminando. Los latidos de sus corazones, rápidos y descompasados, le dieron una pista al vampiro. Los humanos estaban nerviosos. El Oscuro no se movió, siguió vigilante y expectante. A los pocos minutos les vio aparecer. Eran cuatro. Tres bastante fornidos, sus músculos y sus armas sujetas al cinturón, le indicaron que eran luchadores, guerreros. El cuarto era un hombre alto y delgado, tenía el pelo largo y sucio. Sudaba copiosamente. Kaesios se dio cuenta enseguida de que estaba aterrorizado.
—Preparad las cosas antes de que anochezca. Ya os dije que se nos haría tarde. —Dijo nervioso mientras miraba inquieto, hacia todos los lados.
—No sé porque te preocupas tanto, los Oscuros no salen de sus guaridas hasta que la noche no esté bien cerrada. –Le contestó uno de los soldados.
— ¡Qué sabrás tú de los Oscuros! –Le espetó— Ellos vagan a su antojo, no les importa la posición del sol ni la hora.
— ¡Bah! Tonterías, siempre se ha dicho que no soportan la luz del sol.
—Solo unos pocos viven en esa situación, la gran mayoría toleran el sol tan bien como la oscuridad. Solo espero que sea puntual.
Kaesios les veía moverse de un lado a otro, afanosos en la tarea de preparar una trampa. Eso le molestó. Mucho.
Sin poder esperar más saltó de su árbol, se posó en el suelo sin hacer ningún ruido y quedando en el centro de los cuatro trúhanes.
—Veo que tenéis trabajo por hacer, me pregunto para quién será esta trampa chapucera que estáis preparando.
Los hombres se quedaron petrificados, lentamente se giraron hasta quedar frente al vampiro. Ninguno habló. Sus corazones iban tan rápido que Kaesios pensó que en cualquier momento explotarían. Sonrió para sus adentros.
El vampiro iba vestido totalmente de negro. Su piel blanca y sus ojos azules como el cielo, le conferían un aire terrorífico.
— ¿Qué os sucede? –Preguntó con calma— Me enviáis una nota en la que me solicitáis una entrevista, porque supuestamente tenéis algo importante que hacerme saber. ¿Y qué me encuentro? A cuatro miserables humanos intentando atraparme.
— ¡No! No, no es esa nuestra intención –explicó el más delgado— No sabíamos muy bien con quién estamos tratando, simplemente nos cubrimos las espaldas.
—Ah… así que es eso, simple precaución…
—Sí, sí señor, simplemente eso. Sois un señor de la noche, vuestra fuerza y poder es inmensa y nosotros no deseamos morir, espero que lo entendáis señor.
—Lo entiendo. Puesto que estoy aquí y si quisiera ya os habría eliminado, pienso que la trampa ya no será necesaria, podéis comenzar por explicarme la razón por la que me habéis hecho venir hasta aquí, humanos.
Los cuatro hombres se miraron entre sí, el más delgado, que al parecer era el jefe, les hizo una seña con la cabeza y se agruparon a su alrededor, dejando gran espacio entre Kaesios y ellos. ¡Pobres ilusos si pensaban que así podrían librarse de morir!
—Señor, traemos un mensaje del señor Oscuro Baldur.
Kaesios les miró intensamente, “así que Baldur… interesante.” Pensó, pero no dijo nada, simplemente les miró. Los hombres se ponían cada vez más nerviosos. Los tres guerreros llevaron sus manos hasta las armas, con disimulo.
—Mi señor Baldur le manda decir que la guerra está al llegar y quiere ofrecerle un puesto de poder junto a él.
Kaesios levantó las cejas en señal de sorpresa, pero su expresión no cambió ni un ápice.
—Sigue humano, no tengo todo el día para perder aquí, con vosotros.
El hombre dio un respingo al oír la voz profunda y amenazadora del vampiro.
—Me manda deciros que esta vez, él será el ganador, que le tiene en gran estima, le respeta y por eso le ofrece la oportunidad de disfrutar de las mieles que concede la victoria si os unís a él.
Kaesios se llevó la mano hacia el mentón y se lo acarició lentamente, fingiendo pensar la propuesta.
—Y para concederme tal honor, dime humano ¿qué desea de mí?
El hombre se vio un poco más confiado y comenzó a frotarse las manos nerviosamente.
—Oh, en realidad poca cosa, señor. Simplemente necesita de su ayuda para mantener a los antiguos entretenidos en el consejo. Lo demás correrá por cuenta de mi señor Baldur. Cuando la guerra termine y los humanos traidores sean sometidos, os concederá gran parte de la victoria y sus recompensas.
Kaesios se acercó como si nada, lenta y tranquilamente.
—Dime, tú eres un humano y traicionas a tu raza, ¿cuál será tu recompensa?
El hombre comenzó a sudar copiosamente.
Kaesios escuchó el sonido de pisadas, respiraciones y latidos de corazón. Había más hombres en el bosque y se acercaban lentamente hacia él. Había previsto que Baldur no traería a un contingente tan minúsculo para atraparlo y Kaesios estaba más que preparado. Les dejó acercarse. Quería tenerlos a todos frente a él.
—Pues la verdad es que me ha prometido riquezas, muchas riquezas… y mujeres.
—Bien, pues vas a decirle algo de mi parte porque hoy, aunque te desprecio humano, te dejaré vivir, y serás tú el que deberá presentarse ante tu señor y contarle lo que aquí va a suceder.
El hombre abrió mucho los ojos y se acercó aún más a sus compañeros guerreros, éstos ya habían desenvainado las armas y las alzaban abiertamente.
En minutos, los alrededores del lugar, se llenaron de almas humanas, escondidos entre arbustos y árboles. Pensando inútilmente que estarían protegidos y encubiertos.
Kaesios se apartó del grupo de cuatro humanos y miró a su alrededor.
—Salid, sé que estáis ahí. Si deseáis matarme tendréis que enfrentaros a la propia muerte y salir airosos. Preparaos humanos para luchar vuestra última batalla.
Los hombres muy despacio, fueron saliendo de sus escondites. Estaban fuertemente armados. Eran soldados profesionales, mercenarios.
Kaesios les sonrió. Su sonrisa malvada les heló la sangre de las venas y sus corazones se saltaron una latido del miedo. Estaban ante un inmortal. Un ser oscuro y poderoso. Pero Baldur les había dado indicaciones precisas para poder eliminarlo con el menor número de bajas posibles. Eso les daba confianza.
Lentamente iniciaron el avance, dejando al Oscuro encerrado en un círculo de más de cincuenta hombres armados hasta los dientes.