CAPÍTULO 21
Kaesios tenía previsto sorprender a Katherina. Se había dado cuenta de que estaba demasiado tiempo sola, y eso no lo podía permitir. Las reuniones del consejo le absorbían la mayor parte del tiempo y Aidan también tenía cosas que hacer.
Hubo unos días que le pidió poder visitar a Agnes, la esposa de Anthony, él se lo concedió, sabiendo que junto al humano estaría completamente a salvo. Pero ahora era su turno.
El consejo había propuesto unos días de meditación y él pensaba aprovechar su tiempo libre junto a Katherina.
La esperó como de costumbre en el comedor. Escuchó como bajaba por las escaleras y se preparó para el impacto que le golpeaba el pecho cada vez que sus ojos se posaban en el hermoso rostro de la mujer.
Katherina, su Katherina, entró como siempre con paso firme y decidido. Se detuvo cuando lo vio y suspiró.
Para un humano cualquiera, ese suspiro habría pasado desapercibido, pero en sus portentosos oídos sonó como una dulce melodía.
No podían esconder por más tiempo aquello que ambos sentían. El tiempo de poner las cartas sobre la mesa había llegado y con ello las decisiones.
Se acercó muy despacio, para no asustarla con sus rápidos movimientos y le ofreció el brazo, que ella aceptó con una sonrisa.
— ¿Has dormido bien Katherina?
—Oh… muy bien, gracias.
— Ven, siéntate, tengo una sorpresa para ti.
— ¿Una sorpresa? Me encantan las sorpresas. –Contestó ella emocionada.
Los días en la casa eran lagos y aburridos. Kaesios y Aidan pasaban la mayor parte del tiempo de acá para allá, en reuniones y más cosas y ella permanecía sola.
Kaesios sonrió ante su entusiasmo.
—Sí, lo sé.
Ella se quedó sin respiración. Kaesios, con una media sonrisa dibujada en sus maravillosos labios quitaba el aliento.
— ¿Puedo saber algo más?
—Te voy a llevar a comer fuera. Sé de un sitio maravilloso que estoy seguro, te encantará.
Kaesios ordenó que sirvieran el desayuno.
Katherina comenzó a untar la tostada con mantequilla y él se quedó embobado admirándola.
— ¿Qué ropa me pongo?
—Pues algo cómodo. Es en el campo.
— ¿A qué hora deseas partir?
—En cuanto estés lista.
Ella alzó su mirada clara y la posó en los ojos de Kaesios.
—Estaré lista enseguida. –Dijo mientras daba un bocado a la tostada y masticaba con rapidez.
—No hace falta que te atragantes con el desayuno, tenemos tiempo. Terminemos con calma y luego te preparas.
Pero ella no le hizo ni caso. Se terminó el desayuno en un tiempo récord y subió corriendo las escaleras. Kaesios la miraba riendo. Esa mujer le hacía sentir cosas que jamás creyó que volvería a sentir.
“—Onuris, debes hacer algo con Hersir.
— ¿Qué sucede, Kaesios?
—Se le ha metido en la cabeza llevarse a Shamira.
El antiguo levantó la mirada del pergamino que estaba leyendo.
—¿Shamira? ¿La pequeña humana?
—Sí.
— ¿Por qué quiere hacer una cosa así?
—Dice que está enamorado y que no puede vivir sin ella.
— ¿Piensa secuestrarla?
—Creo que no.
— ¿Y qué tiene planeado?
Kaesios se movió furioso por la habitación.
—Creo que desea convertirla.
— ¡Eso no puede ser! ¡Está prohibido!
—Ya se lo he dicho, pero no me hace caso.
Onuris se puso en pie y miró a Kaesios.
— ¿Tú no visitabas también a esa mujer?
El vampiro agachó la mirada.
—Sí.
— ¿Y crees que estás enamorado de ella?
—Onuris, estoy confuso. Sé que la deseo y me gusta estar con ella, adoro su sonrisa, sus maravillosos ojos y su perfume me embelesa. Desde que la rescaté en la orilla del río no me la quito del pensamiento. Pero no sé lo que siento. No sé si es real o es un capricho más de mi nueva personalidad… estoy confuso.
—Te entiendo. Eres joven aún. Tienes muy presente tus sentimientos humanos, pero esos sentimientos acaban desapareciendo. Por eso tenemos prohibido convertir siendo tan jóvenes, porque a medida que pasa el tiempo, lo que penábamos que era un amor fuerte y duradero, no era más que un deseo pasional pasajero. Convertir a un humano simplemente para nuestro placer no es bueno. Quitamos una vida, para luego destruirla.
—Entiendo…
—Me temo que tendremos que partir cuanto antes. No puedo permitir que Hersir cometa esa atrocidad. Si el consejo se entera los mataría a los dos.
—Lo sé.
—Bien, prepara todo, Kaesios. Nos vamos al amanecer.”
Hersir caminaba despreocupado por las lindes de su propiedad. Poseía una enorme casa en Órion, con varias hectáreas de terreno boscoso. Le encantaba poder caminar a la luz de la luna entre los árboles. El sonido de las hojas, mecidas por la dulce brisa, le trasmitía tranquilidad. Añoraba los viejos tiempos, cuando su máxima preocupación no era otra que satisfacer sus deseos.
Sí, aquellos maravillosos años, cuando viajaba sin parar porque el mundo le parecía inmenso y sentía la necesidad de conocerlo todo, sin dejar ningún rincón. Pero después de tantos años, se dio cuenta de que no era tan grande y tendría mucho tiempo para recorrerlo muchas veces si así lo deseaba. Pero a pesar de que las montañas seguían en el mismo sitio, el sol salía y se ponía, el cambio que experimentaba era muy real. Su memoria privilegiada era capaz de recordar todo con total lujo de detalles y cuando volvía a un lugar que ya había visitado, sabía perfectamente en qué cosas había cambiado, y a veces eso le suponía una terrible decepción. Por eso le gustaba su casa. Todo estaba como al principio. Cada cosa seguía su ritmo natural, los árboles, las criaturas, el suelo, todo era cambiado por el paso del tiempo, no por el de los humanos, tan fanáticos en adaptar el mundo a ellos y no al revés.
Como Karina solía decir, Hersir no era más que un pobre vampiro con alma de bohemio.
Sonrió al recordar eso. Nadie mejor que Karina era capaz de conocerlo. Con una mirada era capaz de distinguir su estado de ánimo, sus deseos, sus anhelos…
¡Cómo la echaba de menos!
Su muerte no era algo fácil de superar.
“—Karina, ¿Estás segura?
—¿Qué si lo estoy? Oh Hersir, nunca he estado tan segura de algo. Él es mi hombre ideal. Sabe lo que soy, me respeta, me ama… es tan fantástico que apenas puedo creerlo.
—Yo pensé que con Aidan tenías tu felicidad completa…
—Y así era. –Le contestó ella. Sus ojos brillantes y llenos de alegría le miraban.—Hasta que le conocí, pensé que Aidan era todo lo que necesitaba, pero ahora… ahora es diferente.
—Karina, los humanos son traicioneros, ¿Cómo sabes que él es el adecuado?
La vampiresa, que se movía de un lado para el otro del jardín, saltando frente a su hermano, se detuvo y clavó sus vivarachos ojos color ámbar en el rostro de Hersir.
—No lo puedo saber, hermano. Simplemente lo siento, cuando me mira, me besa o me abraza. Cuando me toca, siento cosquillitas en todo el cuerpo y cosas que creí que no volvería a sentir jamás.
—Te estás arriesgando mucho, Karina. Creo que no deberías ser tan confiada, tal vez necesites algo de tiempo. Está bien que te diviertas y eso, pero de ahí a entregarte enteramente a un humano…
Una maravillosa sonrisa asomó a los dulces labios de Karina. Se acercó hasta Hersir y le acarició el rostro.
—Confío en él, pero si decide traicionarme, nada puedo hacer, salvo disfrutar de cada segundo y de cada instante, de aquello que me hace feliz. Y estar junto a él, me hace feliz.
Hersir se puso en pie, dejando en el banco en el que estaba sentado, el libro que tenía entre las manos. Miró a Karina a los ojos, y posó su mano en el hombro de la mujer, acariciándola dulcemente.
—Encontrar el amor verdadero es lo más difícil que le puede pasar a un Oscuro, yo lo sé mejor que nadie. Deseo que éste sea tu momento, pero el humano no me inspira ninguna confianza. Promete que andarás con cuidado.
Ella volvió a sonreír y acercó su rostro a la mano de su hermano.
—Te lo prometo.”
Katherina bajó las escaleras a toda velocidad. Se había puesto un vestido de algodón. En apariencia era sencillo, sin adornos, pero a ella le quedaban tan perfecto como si su cuerpo fuera cubierto por la mejor de las telas.
Llevaba el pelo sujeto en una larga trenza, pero algunos mechones rebeldes se escapaban. Se la veía tan dulce que Kaesios pensó que sería capaz de explotar en mil pedazos.
—No corras, no me iré sin ti.
Ella detuvo su avance en medio de la escalera. Le miró y le sonrió. El Oscuro vestía un pantalón negro que se ajustaba perfectamente a sus piernas y una camisa blanca, bastante amplia. Katherina bajó las escaleras más despacio. Sus miradas se encontraron y la mujer se ruborizó. Kaesios sintió un golpe en su pecho.
Lo que estaba sintiendo no podía ser real. Sin embargo, lo sentía.
Extendió su mano y ella la aceptó. El contacto fue abrumador. El deseo se apoderó de él como la lluvia se apodera de todo aquello que toca, empapándolo todo, abrazando las hojas de los árboles, acariciando las flores a su paso. El torbellino que Kaesios sintió en todo su cuerpo se adueñó de su mente y de su pensamiento. Durante unos segundos se quedó paralizado, observando la razón de sus desvelos e intentando controlar todo lo que estaba experimentando antes de que perdiera el control.
Suspiró profundamente mientras se veía reflejado en los brillantes ojos verdes de Katherina, que muy a su pesar, había dejado de respirar debido a la impresión de tenerlo ten cerca.
Bajó el último escalón y quedó pegada al cuerpo del Oscuro. Un intenso calor la recorrió entera. Sus miradas estaban fijas y durante unos momentos crepitaron chispas a su alrededor.
Fue Kaesios el que se separó un poco y rompió el embrujo.
— ¿Lista?
Ella sonrió.
—Lista.
—Vamos.
Apoyó su mano en la cintura y juntos salieron al exterior. Un bonito caballo los esperaba en la entrada.
Katherina no daba crédito a lo que sus ojos veían.
— ¿Un caballo?
—Sí, el lugar al que quiero llevarte solo es accesible a caballo. Será un viaje interesante.
La ayudó a montar con delicadeza y después ocupó el espacio disponible tras ella. Pasó sus manos por la cintura de la mujer y cogió las riendas.
Katherina estaba sumamente perturbada. ¿Iban a montar juntos? Jamás en la vida había estado tan cerca de un hombre de una manera que le pareció tan íntima. Podía sentir todo el cuerpo del Oscuro en su espalda. Sus fuertes brazos la rodeaban y observó cómo se movían los músculos a través de la fina tela de la camisa.
El caballo comenzó a moverse, Kaesios se lo ordenó de una manera imperceptible, pero el animal avanzó lentamente y salió a la calle principal.
Katherina estaba algo incómoda con la situación, tanto que intentó no tocar a Kaesios, pero se hacía difícil, pues los movimientos del animal la obligaban a apoyar la espalda en el pecho del Oscuro. Por su parte, Kaesios cabalgaba tan tranquilo, sumido en sus pensamientos, o eso era lo que quería aparentar.
Al parecer cabalgar juntos no había sido la mejor elección. Él pensó que sería una manera de intimar y conocerse mejor, pero notaba la incomodidad de la mujer y la suya propia, pues al tenerla tan cerca, su cuerpo traicionero actuaba por su cuenta. El perfume de la mujer le aturdía los sentidos y el calor que desprendía se pegaba a su piel. Pero aun así intentó disfrutar del viaje. Movió las riendas para que el animal girara a la derecha, se metió por una callejuela estrecha que daba a un camino. Avanzaron en silencio durante varios minutos.
El paisaje comenzó a cambiar. De los caminos transitados de la ciudad por todo tipo de personas, con unos campos listos y preparados para la siembra, comenzaron a aparecer fugaces señales de naturaleza que se transformaron en abundantes y gloriosos árboles, con plantas y flores que poblaban lo que antes era camino y ahora apenas un sendero. Katherina dejó de sentirse incómoda y se relajó visiblemente mientras contemplaba extasiada todo lo que aparecía frente a ella.
—Quién lo diría… —susurró.
—Solo tenemos que alejarnos un poco de la civilización y el mundo se vuelve más hermoso…
Ella no dijo nada y siguió admirando todo lo que la rodeaba.
Kaesios, al salir de la espesura del bosque y ver ante él una extensión de campo verde y brillante, ordenó a su caballo que galopara más rápido y el animal obedeció de inmediato. Katherina no pudo evitar apoyar su espalda en el duro pecho de Kaesios mientras éste abrazaba su cintura con una mano y con la otra controlaba al equino. La mujer comenzó a reír al notar el viento golpeando su rostro, la velocidad impedía que pudiera fijar la vista en algo, pero no le importaba lo más mínimo, pues la experiencia le estaba resultando muy gratificante. Jamás había galopado un semental a tanta velocidad.
El paseo duró varios minutos, hasta que volvieron a adentrarse en el bosque, con tantos árboles la velocidad tuvo que ser reducida.
Media hora después Kaesios mandó al caballo que se detuviera. Desmontó con calma y después ayudó a Katherina. Ella estaba extasiada. El paseo le había agradado muchísimo y ante ella aparecía el espectáculo más hermoso que jamás había visto.
En el centro del bosque apareció un claro, una bonita cascada alegraba el lugar. El agua, clara y brillante, caía en una poza que continuaba en un río. Rodeado por unas hermosas rocas y árboles grandes y altos. Los pájaros cantaban alegres y le pareció ver correr algunos conejitos pequeños.
—Es muy hermoso.
—Sí lo es. –Contestó Kaesios, que no podía apartar la vista de la mujer.
Ella le miró y al observar el fuego que desprendían los ojos del Oscuro se ruborizó y agachó la mirada.
No podía seguir así mirándola embobado, así que se dirigió hacia el caballo. Cogió la bolsa que tenía preparada con comida y una manta. Extendió la manta en el suelo, cerca del rio y la llamó para que se sentara allí. Ella obedeció sin decir palabra.
Una brisa suave alborotaba los rebeldes cabellos de Katherina. El sol, acariciaba con sus rayos el rostro femenino, desprendiendo millones de brillantes colores que solo Kaesios era capaz de ver.
— ¿Te gusta el lugar?
—Es el sitio más hermoso que he visto jamás. ¡Me encanta! ¿Cómo lo descubriste?
Él se sentó junto a ella, lo suficientemente cerca como para poder tocarla, pero sin llegar a hacerlo.
—Fue hace muchos años. En aquellos tiempos mi vida era menos movida y tenía tiempo para muchas cosas, entre ellas caminar. Me gusta sobre todo moverme de noche. Es una sensación única.
— ¿En serio? –preguntó ella curiosa.
—Sí. Por la noche se ven cosas extraordinarias que con la luz del día se ocultan. Los sonidos, la paz, la tranquilidad que se experimenta son únicas. En uno de mis paseos nocturnos me adentré en el bosque y al hacerlo escuché el sonido de la cascada. Me llamó la atención y no paré hasta localizarla. Desde entonces, cuando vengo a Órion me gusta pasar tiempo aquí…
—No me extraña nada.
Kaesios se tumbó en la manta y cerró los ojos, concentrándose en escuchar el dulce sonido de los latidos del corazón de Katherina, que sonaban firmes y acompasados.
Ella, por su parte, se centró en observar todo lo que la rodeaba.
— ¿Qué tal van las cosas?
Kaesios permaneció con los ojos cerrados.
— ¿Qué cosas?
Ella se echó un poco hacia atrás, sujetando el peso de su cuerpo en sus manos y miró al cielo. Los rayos del sol calentaban su rostro y ella suspiró.
—Me pregunto si ya habéis tomado una decisión. ¿Nos ayudaréis?
El Oscuro abrió los ojos y la miró.
—No deberías preocuparte por esas cosas.
—Sin embargo, lo hago.
—Entiendo… supongo que hemos llegado a un acuerdo, ahora toca prepararnos para lo que está por venir.
— ¿Y qué está por venir?
—En serio, Katherina, no perturbes tus pensamientos con ese tipo de cosas. Yo me encargaré de todo.
—Kaesios, no dudo de tus aptitudes. No en vano, eres un Oscuro, de los más antiguos y poderosos. Pero aunque te parezca mentira y te sorprenda, mi mente está capacitada para cosas más importantes que elegir el vestido que he de ponerme para cenar o el color que conjunta con mis ojos…
Kaesios sonrió ante el evidente enfado de la mujer.
—Mi intención no ha sido ofenderte, Katherina.
Ella volvió el rostro y fijó la mirada en los ojos del hombre.
—No me ofendes. Soy mujer, toda mi vida ha sido así. Los hombres tenéis la firme convicción de que nosotras solo servimos para un par de cosas y lo demás nos viene grande.
—Cielo, he vivido demasiado tiempo. Conozco a la raza humana mejor que los propios humanos, jamás dudaría de las capacidades de una mujer, en ningún sentido. He conocido a demasiadas que eran capaces de muchas cosas, desde las más honorables hasta las más terribles. Solo me preocupo por ti. No deseo causarte ninguna preocupación.
—Entiendo. Aun así no deseo permanecer en la ignorancia, he estado sumida en ella demasiado tiempo.
—Las guerras, todas, son inhumanas y crueles, por mi experiencia y créeme, es mucha, nunca hay un verdadero ganador, aunque al final haya un vencido. Creo que no podremos evitar un enfrentamiento y tampoco la pérdida de vidas inocentes, pero las cosas van por buen camino y espero que todo se solucione de la mejor manera.
El vampiro no dijo nada más. Katherina quedó en silencio, esperando que continuara hablando, pero al parecer no iba a decir nada más.
— ¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que me vas a contar?
El Oscuro se sentó y la miró fijamente.
— ¿De verdad quieres hablar de la guerra? ¿Ahora?
Katherina lo miró durante unos segundos. Los ojos azules de Kaesios la distrajeron y por un instante se olvidó de lo que la había preguntado. Él alzó las cejas, indicando con ese gesto que seguía esperando una respuesta.
—Eh… no, creo que no.
—Bien. –Dijo al fin, y volvió a tumbarse.
—Kaesios.
— ¿Mmmm…?
— ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Al parecer es algo que no puedo prohibirte, Katherina. Eres una preguntona incansable.
Ella no pareció ofenderse con el comentario.
— ¿Cuántos años tienes?
Los ojos de Kaesios se abrieron de golpe y se clavaron en la muchacha. Estaba roja como un tomate y tenía la vista fija en el rio.
— ¿A qué viene esa pregunta?
—Oh… simple curiosidad. Nada más.
—Tengo muchos años, demasiados. ¿Tienes hambre? —Le preguntó, con la clara intención de distraerla.
—Sí, un poco.
—Bien, pues veamos los manjares que nos ha preparado la cocinera. —Dijo mientras habría la bolsa y comenzaba a sacar las viandas y a depositarlas en la manta frente a los dos.
En unos segundos, la manta quedó cubierta por un montón de bocadillos rellenos de diferentes fiambres, pastel de carne, pan recién horneado, ensalada y fruta.
—Creo que con esto no pasaremos hambre.
Ella le miró asustada.
—Esto serviría para alimentar a media ciudad.
Kaesios soltó una carcajada. Katherina se fijo es sus rasgos. Sin duda, el Oscuro era increíblemente atractivo. Su piel, pálida y suave contrastaba con sus labios rojos adornados con una maravillosa sonrisa que le hacía parecer tremendamente tentador. Sus ojos negros, brillaban con alegría y su pelo se movía al compás de la brisa que lo acariciaba dulcemente.
La mujer se quedó sin respiración. Su corazón se saltó un latido.
Kaesios notó el cambio que ella experimentaba y dejó de reír. El corazón se le estaba acelerando y sus ojos verdes recorrían todo su cuerpo. No necesitó más invitación que su mirada. Se acercó hasta ella, despacio, dejando bien claro sus intenciones, dejándola espacio para poder negarse. Pero ella no se negó, al contrario, lo deseaba, más que nada en el mundo, así que cerró los ojos y esperó, ansiosa, la dulce caricia de los suaves labios de Kaesios, unos labios que la transportaban a otro lugar y a otro tiempo, unos labios capaces de hacerla caer en la tentación y de olvidarse de todo aquello que la habían enseñado desde que nació.
Kaesios no se hizo de rogar y se apoderó de la boca de la mujer. Primero con una dulce caricia que la incitó a separar los labios y aceptar la dulce intrusión de la lengua del Oscuro.
El vampiro se acercó más a ella posó una de sus manos en la cara de ella y se la acarició lentamente, la otra en la cintura. Sus cuerpos estaban casi pegados y Kaesios sintió que estaba a punto de perder la poca cordura que le quedaba. Despacio la fue empujando hasta que la tuvo tumbada en la manta y apoyó la mitad de su cuerpo en el de Katherina.
El sabor de la mujer lo aturdía y se apoderaba de toda su mente una necesidad casi peligrosa. Comenzó a subir el vestido para dejar que su mano pudiera tocar la suave piel femenina con total libertad. Ella se dejó hacer. Su cuerpo ya no le pertenecía, ahora ella era de Kaesios y haría cualquier cosa que él deseara. No tenía voluntad ni deseos de impedírselo.
Los besos del hombre la elevaron a una realidad mágica. El calor se apoderó de ella y una necesidad desconocida se apoderó de su vientre. Le deseaba, más que a nada en el mundo. Deseaba a un Oscuro con la misma desesperación que el cuerpo sumergido en el agua ansía respirar una bocanada más de aire.
La fría mano de él se posó en su pierna y subió en una delirante caricia por el muslo que la dejó sin respiración.
Él se movió y sin querer tiró con un pie, uno de los platos que estaban colocados en la manta.
Su mente perturbada volvió a la realidad de golpe, causándole hasta dolor físico.
La deseaba. Más de lo que había deseado algo en sus largos años de vida. Y eso le trastornaba y le aterraba.
La miró. Ella respiraba agitadamente y sus ojos velados por la pasión le miraban ansiosos. Su pecho subía y bajaba muy deprisa y el calor que desprendía se introducía en su propio cuerpo.
Comprendió, como el matemático que descubre la solución al más complicado de los problemas, que ella era la mujer de su vida. La amaba. Muy a su pesar, la amaba. Y eso significaba que su destino estaba escrito y no habría marcha atrás. Ella sería el centro de su universo y pasaría el resto de sus largos años de vida intentando hacerla feliz, cuidándola y protegiéndola de todo mal. También se reveló ante él el peor de los sufrimientos, jamás la obligaría a hacer nada que ella no deseara y eso supondría que si se negaba, no la convertiría, aunque eso significase que en el mismo instante que ella dejara de respirar y abandonara el mundo de los vivos, él se quitaría la vida.