Capítulo 79

LOS khanes llegaron. Formaban una horda aparte y parecían sacerdotes que se dirigían al encuentro de un dios.

Ahora la horda mongol no era una confederación distendida. Tenía una fuerte organización jerarquizada a partir de una unidad central dividida en secciones de diez mil hombres: los tuman, cada uno al mando de un oficial mongol. Era una organización militar en la que el guerrero era la primera autoridad. De la cúpula, encabezada por Temujin, provenían todas las órdenes y leyes del Imperio del Gobi. Los mongoles eran el pueblo dominante sobre todas las tribus y razas.

No obstante, entre los pueblos del Gobi la costumbre y la tradición eran difíciles de soslayar. Temujin era suficientemente inteligente para saberlo. Deseaba ser nombrado emperador, pero sabía que si lo anunciaba, violaría el viejo derecho de los khanes de elegir un jefe por sí mismos. No se atrevía a violar la tradición. Ellos debían elegirlo conforme al legítimo proceso.

Ese consejo de khanes fue el más trascendental acontecimiento en la historia de Asia y el más espléndido. Ahí, en medio de las regiones áridas, las montañas y el desierto, los khanes comparecían resplandecientes y arrogantes, orgullosos y llenos de júbilo, sabiendo para qué habían sido convocados. Se pavoneaban como hombres libres, atendidos por esclavos y guerreros, con atavíos de seda y armaduras. Instalaron sus tiendas alrededor de los fuegos del consejo: tiendas colgadas con telas de oro y de plata, llenas de tesoros y danzarinas. Ya no eran andrajosos merodeadores de las estepas. Temujin los había hecho arrogantes reyes, suntuosamente ataviados, seguidos de séquitos.

Hubo una fiesta magnífica esa noche en el Gobi. Los tesoros de los saqueos y los lujos de cientos de ciudades se añadían al esplendor de la escena. Las joyas resplandecían a la luz de los fuegos. Las mujeres y los trovadores cantaban y las muchachas bailaban. Temujin estaba sentado en medio de todos ellos sobre su piel blanca de caballo, simplemente ataviado con una casaca de lana blanca y cinturón de plata.

Los khanes sabían lo que tenían que hacer, pero pretendían no saberlo. Simulaban creer que ésa era sólo una fiesta ofrecida para ellos por el jefe, en reconocimiento de sus victorias. Bebieron en abundancia. Reían y gritaban. Comieron hasta la saciedad. Luego contemplaron a las bailarinas y escucharon a los cantores. Los sirvientes avivaban los fuegos y traían comida fresca y vino en platos y copas de plata.

A medianoche se hizo repentinamente el silencio. Los khanes se sentaron como estatuas de bronce, ataviados con trajes de seda y oro, los rudos semblantes atentos. Todos los ojos contemplaban expectantes a Temujin.

Temujin recorría con la mirada a todos, lentamente, frunciendo el entrecejo a cada mirada, a cada pensamiento, a cada alma. Se levantó en medio de ellos, alto, con sus verdes ojos brillando a la luz de los fuegos, y comenzó a hablar enérgicamente:

-Ha llegado la hora en que debemos nombrar un emperador, un señor de todos los hombres. Nuestro poder es grande. Nuestras conquistas deslumbran los corazones y las mentes de todos. Pero debemos nombrar un emperador que será la autoridad suprema, la cabeza y fuente de toda ley. Porque tenemos cosas más grandes que hacer, conquistas mayores. El mundo yace ante nosotros desde el amanecer hasta el crepúsculo. Para abarcarlo todo, debe haber un señor a quien todos los khanes ofrecerán su alianza y obediencia. Somos una nación. La nación necesita un emperador.

Los khanes escuchaban en sombrío silencio. Cuando Temujin hubo terminado, aparentaron estar considerando la trascendental decisión. Miraban alrededor a sus hermanos, como esperando un nombre o nombres. Pero conocían el nombre, siempre lo habían conocido. El que fingieran dudar era parte de su orgullo.

Uno de los khanes se levantó y haciendo una reverencia a Temujin, se arrodilló ante él.

-Ésta es mi elección: que Temujin sea nombrado emperador.

Los khanes se ensarzaron en un confuso murmullo, pretendiendo consultarse entre ellos. Temujin esperó sonriendo oscuramente. Su naturaleza expeditiva y cruel le hacía sentir un menosprecio divertido por toda esa aparatosidad fingida, pero sabía que no debía violar la tradición.

Entonces, uno tras otro, los khanes fueron arrodillándose ante él y proclamándolo emperador. Tocaban sus rústicas vestiduras. Sollozaban. Depositaban las espadas a sus pies. Al final, un clamor salió de sus gargantas, una aclamación que sonó como mugidos de bestias.

Temujin fingió estar sorprendido y emocionado. Inclinó la cabeza y luego, con lágrimas en los ojos, los miró uno a uno. Su pecho se agitaba y simuló quedarse sin palabras. Esto satisfizo a los khanes, que amaban la ceremonia y la pretensión, la observancia de la tradición. Su amor y adoración por él se desbordaron como vino en copas de oro.

Kokchu había estado esperando en su tienda. El anciano chamán supremo conocía ya su papel. Avanzó en el círculo de los fuegos atendido por los chamanes jóvenes. En sus manos llevaba una corona de oro, parte del saqueo de una ciudad rica. Temujin fingió sentirse completamente abrumado y emocionado. Los khanes lo ayudaron a arrodillarse ante Kokchu, cuyo atuendo semejaba un arco iris, con las manos cubiertas de joyas. Kokchu levantó la corona solemnemente, pareciendo consultar a los espíritus del eterno Cielo Azul. Sus labios se movían y tenía los ojos dilatados. Temblaba y las lágrimas corrían por su rostro. Temujin inclinó la cabeza ante él. En ese momento, hasta los más excitados khanes guardaron silencio.

Kokchu, bajando los ojos, examinó al postrado mongol. Los labios le temblaban. Y finalmente, con voz ahogada por la emoción, exclamó:

-¡Los espíritus y los dioses de la tierra han hablado! ¡Ha sido decretado que Temujin, hijo de Yesugei, sea nombrado Emperador de Todos los Hombres, Gengis Khan, el Poderoso Gobernante, el Caballero del Cielo!

Y lentamente, con solemne gesto, colocó la corona de oro en la roja cabeza de Temujin.