9

Mi preocupación por Nate me carcomió durante horas hasta que me quedé dormida, con mi cuerpo finalmente demasiado exhausto para esperar a mi cerebro. Preocuparse nunca era divertido, y menos cuando una solución parecía tan imposible, lo cual significaba que me sentí agradecida por la comida dominical con los Nichols al día siguiente.

Por supuesto, Joss y Braden, de luna de miel en Hawái, estaban ausentes, pero no tuve la ocasión de notar realmente esa ausencia debido al drama. Por «drama» me refiero a que Ellie estaba aturdida, y todo porque Hannah había tenido una cita la noche anterior.

Papá, Cam, Adam, Cole y Dec se quedaron abajo. Elodie trabajaba en la cocina con la ayuda de Clark. Yo estaba apoyada en el tocador de Hannah, observando cómo esta ponía mala cara ante la excitación de Ellie y miraba con frecuencia a Jo para pedir ayuda.

—No lo entiendo. —Ellie levantó las manos en ademán de desconcierto—. Recuerdo estar por completo entusiasmada con mi primera cita. Desde luego, Braden y Adam la arruinaron y volví a casa llorando, pero seguramente tu primera cita fue mejor que la mía.

Yo estaba demasiado ocupada sonriendo a Ellie y preguntándome qué demonios habían hecho Braden y Adam para arruinar su primera cita, de manera que tardé en fijarme en que Hannah estaba cada vez más incómoda.

—Ellie, ¿puedes dejarlo ya? —Su tono de queja me hizo volver la cabeza y fruncí el ceño ante su expresión taciturna.

Oh, Dios. ¿Había ocurrido algo? ¿Le había…?

—Yo no sé tú, Els, pero estoy empezando a preocuparme.

Cuando percibió la seriedad de mi tono, Ellie se puso rígida y su mirada azul voló de nuevo hacia Hannah.

—Hannah, ¿ese chico te ha hecho algo?

—Oh, por el amor de Dios. —Jo cruzó los brazos sobre el pecho y lanzó a Hannah una mirada de impaciencia—. Cuéntaselo de una vez.

—Jo. —Hannah la fulminó—. No.

Jo miró a Ellie, quien parecía preparada para no hacer caso de la irritación de Hannah.

—Tiene esa extraña convicción de que si hay más gente que sepa de él le traerá mala suerte. Pero, cariño —dijo volviéndose hacia Hannah—, después de anoche, no creo que ahora sea un problema.

Ellie cruzó los brazos sobre el pecho y arrugó el entrecejo.

—¿De qué está hablando Jo?

Aguardamos pacientes, o al menos Jo y yo lo hicimos, a que Hannah nos contara por fin el secreto que fuera que albergaba.

—Solo… no se lo digáis a mamá.

—¿Por qué no? ¿Estás haciendo algo ilegal? —Ellie resopló—. Estoy empezando a preocuparme de verdad.

Conocía a Hannah lo bastante bien para saber que a duras penas se estaba conteniendo de poner los ojos en blanco.

—No es nada de eso. Tan solo no quiero que todo el mundo lo sepa. Es demasiado deprimente.

—De acuerdo, no sé lo diré a mamá. Ahora suéltalo.

Hannah exhaló largamente, se apoyó en sus almohadas y miró al póster del techo. Era una imagen sexi en blanco y negro del líder de una de las bandas de música rock más famosas del mundo.

—Hace dos años conocí a este chico, Marco. Es unos años mayor que yo. Me ayudó cuando un par de chicos del cole me incordiaban cada vez que perdía el autobús. La cuestión es que un día lo besé. —Se exasperó consigo misma—. Pensaba que él me estaba devolviendo el beso, pero él me apartó y me rehuyó durante un tiempo. Luego empezó a hablarme otra vez, pero hacía ver que no había ocurrido nada. Se graduó el año pasado.

Hannah volvió la cabeza en su almohada para mirar entre Ellie y yo.

—Hemos seguido en contacto. Mensajes de texto. Facebook. A veces hemos quedado solo para salir y charlar. Nunca ha ocurrido nada entre nosotros, aunque creo que le dejé claro que me gustaba.

Una expresión de dolor, un dolor profundo que me tomó por sorpresa, apareció en los ojos de Hannah, y de repente supe que no se trataba de un estúpido enamoramiento escolar. A ella le gustaba ese chico. Le gustaba de verdad.

—Sé que ha habido otras chicas —continuó—, no soy estúpida. Pero es diferente cuando lo ves por ti misma.

—¿Qué pasó? —Ellie se estiró para tomarle la mano.

El labio de Hannah tembló, su garganta se tensó como si pugnara por controlar sus emociones.

—Hace unas semanas lo vi besando a una chica a la salida del cine. Besándola, besándola.

Ellie suspiró, con una expresión de profunda comprensión, y por todo lo que Ellie me había contado de su pasado con Adam, lo comprendía de verdad.

—Así que finalmente decidiste pasar página y salir con otro chico. Esto es un déjà vu —murmuró mientras apretaba la mano de su hermanita.

—Scott —dijo Hannah, mirándome a mí—, la cita de anoche. Es un chico majo. Va al curso superior al mío. A muchas chicas les gusta. Así que le dije que sí.

—¿Qué pasó?

—Espera —murmuró Jo, con expresión crispada por el enfado—. Es condenadamente típico. Hombres… —Bufó.

—Marco vino aquí desde Chicago. Vive con sus tíos. Son los dueños de D’Alessandro’s.

—Oh, Dios mío. Me encanta ese sitio.

—Liv… —Ellie me clavó la mirada—. Cíñete al programa.

—Oh, lo siento. —Hice una mueca—. Continúa.

—Marco trabaja para su tío en el restaurante, algo que nunca me había dicho. —Parecía perpleja por esto—. Va al Telford College. Está estudiando carpintería. No sabía que también estaba trabajando.

Se quedó un momento en silencio, perdida en sus propios pensamientos.

—Hannah. —Ellie le dio un empujoncito en la pierna—. ¿El resto de la historia?

—Scott me llevó a D’Alessandro’s.

Todas contuvimos el aliento al darnos cuenta de repente de cómo acabaría la historia.

—Marco estaba limpiando mesas. Nos vio juntos y miró… —Se encogió de hombros, como si se hubiera perdido—. Parecía furioso. Cuando Scott fue al lavabo, traté de hablar con él, pero… apenas me miró y luego salió disparado. Desapareció.

Todas nos quedamos un momento en silencio.

—Suena complicado —comenté inútilmente.

—Suena épico. —Ellie sonrió a su hermana menor.

—Por eso no he dicho nada. —Hannah fulminó con la mirada a Jo mientras hacía un gesto hacia su hermana.

—Eh —dijo Ellie con brusquedad, algo que no hacía a menudo, considerando que era una persona bastante alegre—. Para de tratarme como si fuera una romántica de peluche. Puedo ser útil y lo sabes. De hecho, soy experta en chicos que te apartan por razones inexplicables cuando es obvio que les gustas.

Su hermana la miró con atención.

—Eso es verdad.

—Yo te diría que lo dejaras macerarse. —Ellie se encogió de hombros—. Cuando rechacé a Adam, eso lo empujó a dar el paso.

—¿No fue tu tumor?

Els la fulminó con la mirada.

—El tumor fue un catalizador, pero, créeme, lo estaba agotando con mi ausencia antes de todo eso.

Hannah se mordió el labio por el tono de Ellie.

—Lo siento. No quería sonar despreocupada con tu tumor.

—Olvidado. —Ellie soltó aire entre los labios—. ¿Bueno, qué vamos a hacer? Sobre Marco, me refiero.

Durante un rato nos sentamos a debatir el mejor movimiento; todas nosotras lo consideramos con seriedad, porque estaba claro como el día que ese no era un enamoramiento ordinario para Hannah. Este misterioso Marco, fuera quien fuese, significaba algo para ella y yo quería una descripción para poder ir a D’Alessandro’s y echarle un vistazo. Hannah no parecía interesada en jueguecitos con él y se inclinaba más hacia el consejo de Jo de intentar conseguir que hablara con ella. Cuando las chicas salieron de la habitación delante de mí en cuanto Elodie nos llamó a la mesa, lo comprendí de repente.

Hannah, una chica que acababa de cumplir diecisiete años, tenía más vida amorosa que yo.

—¿Y no es eso muy deprimente? —murmuré, al bajar.

—¿Qué es deprimente?

Me volví ante la visión de Cole saliendo del lavabo, con las cejas levantadas en ademán inquisitivo.

—Las tortugas —respondí de inmediato, mintiendo porque la verdad era demasiado embarazosa y demasiado complicada para explicársela a un chico de quince años—. Tienen un aspecto muy malhumorado.

Cole me miró como si estuviera loca, lo cual podría ser cierto.

—Eres un poco rara, Liv. ¿Lo sabes, verdad?

Asentí con resignación y empecé a caminar hacia el comedor.

—Pero te equivocas con las tortugas —dijo.

El afecto me invadió, y me volví hacia él con una sonrisa interrogadora.

—¿Ah, sí?

—No son malhumoradas. Solo están contemplando las cosas. Por eso se toman su tiempo en llegar a los sitios. Están siempre pensando las cosas.

Mi sonrisa se ensanchó y él me la devolvió.

—Es oficial. Eres tan geek como yo, Cole Walker.

Me gruñó.

—Por supuesto, si ser más frío que el hielo ahora lo llaman geek.

Riendo, lo seguí al comedor.

—Estás pasando demasiado tiempo con Nate. Su petulancia se te está pegando.

* * *

—Supongo que no estás devolviendo a los estantes los libros de historia.

La familiar voz suave me pilló del todo por sorpresa, y al volver la cabeza para mirar a Benjamin sentí que de inmediato se me trababa la lengua.

Era lunes por la tarde y me había tomado un rato libre del tranquilo mostrador de Información para recolocar libros devueltos en la sección de Reservas. Benjamin se había acercado a mí mientras estaba agachada, poniendo unos cuantos volúmenes en el estante inferior de la última pila de libros que quedaba en la sala.

Sus ojos verdes eran amistosos e inquisitivos.

—Estoy buscando un libro de esta sección.

Respiré hondo y traté de recordar todo lo que Nate y yo habíamos revisado. Aun así, sentada a los pies de ese tipo todavía me sentía increíblemente inadecuada. Se suponía que sería mi momento. Se suponía que tenía que empezar a flirtear y que sería el primer día del resto de mi vida.

Apenas logré desatar mi lengua al levantarme, buscando con mi mano el carro de libros y artículos como si fuera a aguantarme.

—¿Qué estás buscando?

Leyó el título de un papel que llevaba en la mano y me miró directamente a los ojos.

Sexo, muerte y religión en el mundo clásico.

En cuanto pronunció la palabra «sexo», me ruboricé.

Sus labios se curvaron ante mi reacción mojigata, y yo agaché la cabeza sobre los libros de mi carro, humillada, y empecé a buscar en ellos.

—Hum. —Me temblaban las manos por el horror de que seguía siendo igual de torpe en las relaciones sociales como dos semanas antes—. Aquí está.

Agarré el libro encuadernado en cuero y enseguida se lo di, incapaz de mirarlo a los ojos.

—Gracias. —Suspiró—. Pensaba que nunca iba a ponerle las manos encima.

No dije nada, solo asentí.

—Vale, bueno, gracias.

Asentí otra vez y esperé a que su sombra se alejara. En cuanto sus pisadas se perdieron, levanté la cabeza y miré el espacio donde había estado.

Era oficial. Era una perdedora.

Y Nate estaba perdiendo el tiempo conmigo de forma miserable.

* * *

Durante los días siguientes evité escuchar mis propios pensamientos. En el trabajo era muy fácil porque me mantenía ocupada y estaba todo el rato encima de Angus pidiéndole más tareas. No me habría sorprendido que pensara que había empezado una dieta que consistía solo en Red Bull… o crack. Aunque, teniendo en cuenta que no había hecho un registro aleatorio de taquillas, suponía que se equivocaba por el lado del Red Bull. O, bueno…, pensaba sin más que estaba loca.

Esa noche cené con papá y Dee y no volví a casa hasta que estuve tan cansada que prácticamente me derrumbé en la cama en cuanto entré en el apartamento. El martes por la noche hice algunas compras después de trabajar y adquirí un puñado de comedias en DVD. No quería nada deprimente, sensiblero o angustioso. Quería apartar mi mente de cualquier cosa que pudiera devolverme a ese único minuto de absoluta perdedora en la sección de Reservas con Benjamin.

Para cuando llegó Nate para nuestra lección del miércoles por la noche, justo después de las ocho, estaba lista para abandonar.

Hasta ahí coger la vida por las pelotas.

Sabía que Nate podía comerse un supermercado entero después de la clase de judo, así que preparé algo para picar en la mesita de café y puse una peli de Steve Carell de fondo. Cuando él entró en mi apartamento, todavía con el pelo húmedo de la ducha que obviamente se había dado antes de venir, estudié su caminar seguro. Nate no se limitaba a caminar; merodeaba. Era un hombre seguro de su cuerpo y sabía cómo usarlo.

Dios, lo envidiaba.

—Nena. —Sonrió a la comida que había preparado para él y enseguida me senté en el sofá para estar más cerca.

—¿Cerveza?

—Por favor.

Le traje la cerveza y me derrumbé a su lado.

Nate levantó al instante una ceja inquisitiva, y no me sorprendió cuando se estiró primero a coger un minidónut de chocolate. Tenía debilidad por lo dulce.

—¿Qué te pasa?

Mientras lo observaba masticar el dónut, me debatí entre contárselo o no. Antes de que entrara me había sentido preparada para levantar las manos, disculparme y explicar que todo había sido una pérdida de tiempo. Sin embargo, ahora que estaba ahí, empecé a preguntarme si no se decepcionaría conmigo. No diría nada bueno de mí que renunciara tan deprisa, sobre todo cuando Nate se negaba a hacerlo.

—Benjamin vino a la biblioteca el lunes.

Me hizo un gesto para que continuara mientras tomaba un trago de cerveza.

—Fue un desastre, Nate. Me pidió un libro que se titula Sexo, muerte y religión en el mundo clásico y me ruboricé desde las puntas de los pies hasta las raíces del pelo.

Nate dio un respingo.

—Trató de hablar conmigo, y yo estaba tan avergonzada por haberme ruborizado que solo me miré los pies como una niña de cinco años enamorada de un vecino de diez.

—Mierda, ¿qué pasa con ese tío? —preguntó Nate mientras se acomodaba en el sofá.

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Creo que es un bloqueo mental.

—¿Un bloqueo mental?

Un bloqueo mental, claro. No era tan difícil comprender por qué no podía flirtear con Benjamin. Su causa era el motivo de que hubiese estado tratando de evitar pensar sobre todo el asunto en los últimos días. Era simplemente demasiado deprimente.

—Un bloqueo mental —repetí—. Es lo que viene después del coqueteo lo que causa mi bloqueo mental. —Bajé la mirada y me retorcí los dedos—. Si el coqueteo funcionara y de alguna manera consiguiera una cita con Benjamin… estaría aterrorizada.

—¿Aterrorizada?

—Es la cuestión de la falta de experiencia, Nate. Me hace sentir inadecuada, poco sexi. No importa lo mucho que me digas que soy atractiva, o lo mucho que trabajemos en coqueteos estúpidos, esa inexperiencia siempre está ahí, mofándose de mí. Me está impidiendo que haga nada. —Sentía que me quemaban las mejillas, y me preparé para explicarle hasta qué punto era desesperada la situación—. He besado a dos chicos, Nate. Dos noches de besos. Nada más. Y una de esas noches estaba espectacularmente borracha y perdí la virginidad. Dos tipos en mis veintiséis años en este planeta. Ni siquiera sé si beso bien o no.

El apartamento estaba en silencio salvo por el rumor de la película. Había bajado el volumen cuando Nate había llamado al timbre y ahora era solo un incordio en un momento tenso.

—¿Nate?

Se acercó un poco más, estudiándome con atención.

—Es fácil averiguarlo.

—¿Qué quieres decir?

—Bésame.

Me eché atrás.

—¿Qué? ¡No!

Sonrió.

—Trataré de no tomármelo como algo personal.

—No —me apresuré a tranquilizarlo—. No es que no seas apetecible, sabes que lo eres, guapo cabrón, es solo que eres Nate. Somos amigos. Podría ser raro.

Sonrió burlón ante mi respuesta.

—Liv, somos adultos. Creo que podemos darnos unos besos con lengua sin volvernos locos y contárselo a todos nuestros amigos.

Hice una mueca.

—Muy gracioso.

—Bueno. —Me lanzó una mirada como para decirme que a qué estaba esperando—. Bésame.

El pulso en mi cuello empezó a latir.

—¿Hablas en serio?

—Del todo.

Mis ojos bajaron a su boca. Tenía una gran boca. Una boca bastante perfecta, en realidad.

—¿Ahora?

—Ahora.

Me desplacé temblando por el sofá hasta que nuestras rodillas se tocaron.

—¿Simplemente te beso?

Vi el destello de un hoyuelo, pero no hice caso del hecho de que se estaba riendo de mí. Estaba demasiado ocupada hiperventilando, y preguntándome si iba a darle a Nate Sawyer el peor beso de su vida.

Mi pecho empezó a subir y bajar con rapidez mientras pugnaba por respirar de un modo adecuado.

—Calma —murmuró Nate.

Tras su consejo, respiré hondo y noté el aroma frutal del champú de Nate. No llevaba su colonia embriagadora habitual, pero olía a fresco, limpio.

Por alguna razón me hizo pensar en él desnudo.

«Oh, joder, Nate desnudo».

Noté el calor en mi piel y vi la pregunta en los ojos de Nate, como si supiera que había tenido un pensamiento indecente y quisiera saber cuál había sido exactamente.

Para impedir su pregunta, me apoyé y presioné mis labios contra los suyos.

Su cuerpo se tensó por un momento, al parecer para dejarme tomar la iniciativa.

Sentí sus labios calientes y suaves cuando los rocé con timidez con los míos. Al darme cuenta de que no iba a moverse hasta que lo besara de verdad, me acerqué más, con mis pechos rozando su pecho, y presioné mi boca con más fuerza contra la suya, pasando la lengua con suavidad por la comisura de sus labios cerrados.

Su boca se separó y me dejó entrar. Pasé mi lengua por la suya y de repente ya no estaba sola. Movió sus labios contra los míos, lamiendo suavemente mi lengua hasta que lo único que pude saborear fue azúcar y cerveza y a Nate. Nuestro beso se hizo más profundo.

Se me puso la carne de gallina en los brazos, y mis pechos se hincharon contra su cuerpo.

Él gimió, y el sonido vibró en mi boca.

Mis dedos se apretaron en su cabello. No podía, siquiera recordar haberlos puesto allí.

Mi pecho estaba presionado contra el suyo. Tampoco podía recordar que él hubiera puesto su brazo en torno a mí para atraerme.

Dios, sabía besar.

Y su boca. Uf. Sabía usar la lengua. La idea de que la usara en otras partes de mí añadió combustible al fuego que ya crecía con veloz descontrol en mi interior. Mi piel estaba en llamas. Sentía que iba a estallar en cualquier momento y simplemente no me importaba. Lo único que me importaba era el sabor de Nate.

La presión creció entre mis piernas, y la frustración aumentó con ella. Necesitaba más. Más, de una forma o de otra. Cerré mi mano en torno a su cuello y apreté mi rodilla entre las suyas para acercarme un poco más. Para buscar un sabor más profundo, chupé su lengua.

Nate lanzó un gemido y me apartó de él de repente. La ausencia de su boca sobre la mía fue casi dolorosa. Tardé un minuto en salir de la niebla de deseo para darme cuenta de que Nate me estaba mirando con intensidad, jadeando.

La realidad se asentó a mi alrededor.

Por un momento había olvidado por qué nos estábamos besando.

Cerré mis manos para ocultar el temblor en mis dedos.

—¿Qué… ha estado bien? —pregunté, con voz baja y áspera.

La expresión de Nate cambió y sus cejas se levantaron con incredulidad. ¿Por haber hecho esa pregunta? Sin decir una palabra, se estiró para tomarme la mano, deshizo mi puño y puso mi mano en su muslo. Atrapada en su mirada oscura, con mi corazón latiendo todavía con la excitación, dejé de manera acomodaticia que Nate arrastrara mi mano por su pierna. Me quedé paralizada de asombro cuando deslizó la palma de mi mano sobre la erección que presionaba contra la cremallera de sus tejanos.

—¿Qué opinas? —preguntó, con voz grave por la excitación.

Mis cejas llegaron hasta la línea de nacimiento del pelo.

Sentirlo duro bajo mi mano y saber que yo había conseguido ponerlo en ese estado propulsó un escalofrío por todo mi cuerpo. No solo estaba excitada, sino que me sentía en cierto modo liberada al saber que sabía besar. Que mi beso podía hacer que un tío tan maravilloso y experimentado como Nate Sawyer se calentara por mí.

En un acto reflejo apoyé la palma de mi mano en su miembro y Nate cerró los ojos y su respiración se entrecortó. Noté una sensación delatora en lo más profundo de mi bajo vientre. Yo quería sus manos sobre mí. Quería…

SOY TUYA, Y TÚ ERES MÍO…

—¡Mierda! —solté cuando los Lumineers atronaron en la habitación desde mi teléfono y me devolvieron de golpe a la realidad. Aparté mi mano del regazo de Nate y no pude sostener su mirada cuando hice caer la caja de minidónuts tratando de coger mi móvil.

—Es mi padre —murmuré, y me llevé el teléfono a la oreja.

Podría no haberlo cogido, pero papá siempre se preocupaba cuando no lo hacía, y la verdad, en ese momento necesitaba una vía de escape.

—Eh —respondí, sonando sin aliento, que lo estaba. Mis mejillas ardían más todavía ante el pensamiento de hablar con mi padre después de haber sentido a Nate.

—¿Estás bien? Pareces sin aire —dijo mi padre, con voz de preocupación.

Busqué una mentira.

—Me has pillado en medio de la clase de pilates.

Un golpe en mi rodilla hizo que llevara mis ojos de mala gana otra vez hacia Nate. Hizo un gesto hacia la puerta y se levantó.

—Me voy a ir —articuló para que le leyera los labios.

Busqué en sus ojos alguna pista respecto a cómo estaba reaccionando a lo que acababa de ocurrir, pero si tenía alguna idea sobre la cuestión la estaba escondiendo muy bien. Lo despedí con un gesto poco entusiasta, sin apenas escuchar a mi padre, que me hablaba sobre un televisor que había visto en venta que sería mejor que el de segunda mano que poseía en ese momento, y observé a Nate salir de mi apartamento.

* * *

No hubo forma de concentrarse después de eso. Traté de ver otra película y comer los aperitivos que Nate había dejado, pero mi cuerpo continuaba en tensión por haberse quedado a medias y mis emociones estaban por todas partes. No obstante, más que nada, estaba preocupada por si había dañado mi amistad con Nate.

Finalmente, cedí y le envié un mensaje al meterme en la cama.

Ha sido raro, ¿no?

Estaba mirando al techo en la oscuridad cuando los Lumineers empezaron a cantarme otra vez y levanté el teléfono: vi que era Nate quien llamaba. Sentí alivio mezclado con miedo al contestar.

Nate se estaba riendo al otro lado de la línea.

—Un poco —respondió a mi mensaje de texto sin ningún preámbulo—. Pero no tiene que serlo, sobre todo si ha ayudado.

Todo mi cuerpo se relajó en el colchón por la respuesta de Nate. A pesar de que todavía me sentía un poco ansiosa sobre todo el asunto, decidí que tenía razón. Solo era raro si dejábamos que fuera raro, así que resoplé y respondí.

—No me preocupa que no sepa besar si es eso lo que me estás preguntando.

—Oh, nena. —Su voz profunda rugió en mi oído y estaba convencida de que mis pupilas se dilataron cuando el cosquilleo se reanudó entre mis piernas—. Sabes besar. Créeme.

—Bueno, sin duda creo a tu polla.

Su estallido de risa no hizo nada para aliviar el repentino ardor en mis mejillas. ¿En serio había dicho eso en voz alta?

«Caramelito, ya no estás en Kansas».

—¿Te has ruborizado al decir eso? —preguntó Nate, y pude oír su amplia sonrisa en sus palabras.

—Quizá —murmuré mientra apretaba con una mano fría mi mejilla inflamada.

Su respuesta fue otra risa seductora y grave que tuvo efectos curiosos en mis entrañas. Mientras estaba allí tumbada escuchándole respirar, no podía creer lo mucho que se había transformado mi humor desde el principio del día. Me había sentido desconectada de la vida. Me había sentido solitaria, patética e inexperta. Me había sentido derrotada.

Esa noche me sentía excitada, me sentía viva, sentía una oleada de poder dentro de mí y no quería que desapareciera. La única forma que conocía de experimentarlo otra vez… era pedir a Nate que me ayudara. Pero eso era realmente cruzar una línea, y no sabía si él lo haría, y no sabía si yo estaba dispuesta a arriesgar nuestra amistad solo para poder sentirme segura de mi sexualidad.

—¿Liv?

—¿Sí?

—¿En qué estás pensando? Casi puedo oírlo desde este lado de la línea.

Cerré los ojos, y los latidos de mi corazón se intensificaron.

—¿Liv?

—Eh… —El teléfono tembló en mi mano—. Eh… me estaba preguntando…

—¿Sí?

—Me estaba preguntando… —Mi valentía me abandonó—. ¿Qué haríamos ahora?

—Bueno, estaba pensando que podrías practicar el coqueteo en una situación real.

—¿Qué significa eso? —pregunté, alerta de repente.

—Vamos a salir de copas con todos el sábado por la noche, ¿no?

—Sí. ¿Y…? —No sabía si me gustaba la idea de adónde estábamos yendo.

—El sábado por la mañana, antes de mi clase de judo, vamos a ir a comprar un vestido. Vas a ponerte algo sexi, así te sentirás sexi, y luego, cuando salgamos por la noche, vas a demostrar que eres sexi coqueteando con un tipo y consiguiendo su número.

Me quedé en silencio cuando asimilé sus palabras y sentí un cosquilleo en el estómago.

—¿Olivia?

—¿Sí?

—Nena, no hay por lo que preocuparse. Te lo prometo.

Traté de ser valiente otra vez y deposité mi fe en él.

—Vale, confío en ti.