5

Los Proclaimers estaban cantando a gritos que caminarían quinientas millas y luego quinientas más solo para ser los hombres que caerían en mi puerta. La verdad, estaba emocionada.

—¿Lo ves? —gesticulé como loca—. Ahí mismo hay dos hombres que saben de qué va.

Nate me sujetó por las caderas cuando yo tropecé ligeramente contra la mesa. Veía su rostro atractivo como desenfocado, pero distinguí su sonrisa.

—¿Y de qué va?

Apoyé mis manos en sus hombros e incliné la cabeza hacia él.

—Amor, Nate. De eso va. Todo va de eso. —Me encogí de hombros con tristeza, y sí, muy borracha—. Lo que significa que tengo un montón de nada.

—Vaya. La borrachera alegre se vuelve borrachera quejica. Creo que es hora de llevarte a casa, nena. —Se levantó y me empujó hacia atrás.

—¿Qué pasa con tu chica de la barra? —Caí hacia él y él me envolvió con sus brazos para sujetarme.

Después de besarme en la nariz, Nate se apartó y me apretó el brazo con cariño.

—Puedo echar un polvo cuando quiera, cielo. Ahora mismo me aseguraré de que llegas a casa bien.

—¿Cómo lo haces, Nate? —pregunté con un suspiro. El banquete nupcial era un borrón de color y sonido a mi alrededor.

—¿Hacer qué?

—Echar polvos todo el tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Acabas de… —Quise hacer un gesto hacia la barra, pero le di a Nate en la barbilla—. Huy, lo siento. Coleccionas teléfonos. Yo no sé cómo hablarle a un hombre, mucho menos que me dé su número. O echar un polvo. Un pol-vo.

—¿Quién va a echar un polvo?

Me volví y casi le di en la cara a Joss con el movimiento de mi brazo, pero ella se echó atrás a tiempo.

—Buenos reflejos, guapa. —Le sonreí de soslayo.

Joss rio, titilando en formas y giros delante de mí.

—Nate, creo que va siendo hora de que lleves a casa a mi dama de honor.

—Estoy en ello.

—¡Ha sido una boda tan bonita, Joss! —Lancé mis brazos en torno a ella y la abracé con fuerza—. Pero no voy a echar un polvo.

La risa agitó el cuerpo de Joss cuando se soltó con suavidad de mi abrazo letal.

—Bueno, eso no está bien. Los hombres de mi boda tienen que estar ciegos.

—Auch —dije, imitando a papá—, lo dices por decir. —La empujé de forma juguetona, pero obviamente más fuerte de lo que quería, porque ella retrocedió trastabillando, riéndose de mí.

—Nate, dale una ducha antes de meterla en la cama.

El cuerpo de Nate se apretó contra mi espalda.

—Cuidaré de ella, no te preocupes.

—Tío —giré el cuello para mirarlo a la cara—, antes has de enseñarme a echar un polvo.

* * *

Nueve horas antes

Un guitarrista y un violinista tocaban una versión instrumental de You Do Something To Me de Paul Weller, mientras yo recorría el pasillo. Lancé una sonrisa tranquilizadora a Braden, que se veía alto y atractivo con su kilt. Él, Adam, Nate y Declan llevaban lo que se llamaba una chaqueta gris Príncipe Carlos y un chaleco de tres botones a juego. Sus corbatas de seda color champán estaban intrincadamente anudadas a sus camisas gris oscuro, y como los Carmichael estaban relacionados con la casa de Estuardo, llevaban un tartán de color gris apagado. Estaban impresionantes.

Braden me devolvió la sonrisa, sin revelar ningún temblor de nervios. Sonreí a Adam, que era el padrino de Braden, y ocupé mi lugar al otro lado del altar junto a Hannah, Jo, Rhian y Ellie.

La música fue in crescendo cuando Joss apareció en el pasillo central, bien sujeta a Clark —al que se le había concedido el honor de llevarla al altar—, y clavó sus ojos en Braden. Estaba imponente, y al apartar la cabeza para mirar al que pronto sería su marido casi expiré en el acto ante la expresión de sus ojos.

Guau.

¿Alguna vez había existido un hombre más enamorado que Braden Carmichael?

Contempló a Joss, en su vestido marfil y blanco, como si ella fuera la única cosa en este mundo que pudiera importar. Respiré hondo, sintiendo que me picaba la nariz por una estúpida emoción de niña.

Lancé una mirada a Ellie, a quien le resbalaban lágrimas por las mejillas, y eso me hizo sentir mucho menos estúpida. Le sonreí y vi que gimoteaba, con las mejillas sonrosadas.

Rhian, la amiga de Joss de la facultad, que no tenía pelos en la lengua y, la verdad, intimidaba un poco, me sorprendió cuando tomó la mano de Ellie y le dio un apretón tranquilizador.

Todas llevábamos vestidos de seda de color champán largos hasta los pies. El vestido era sin mangas, con tirantes anchos y un escote plisado encantador. Iba entallado en la cintura y luego caía recto como en cascada hasta el suelo, sin ceñirse demasiado el cuerpo. Era un diseño con clase, y todas lo llevábamos bien, incluida Hannah, que parecía muy adulta y me sacaba siete centímetros, aunque las dos llevábamos tacón de aguja.

El vestido de Joss era pura elegancia. Sin tirantes, con un escote en forma de corazón y la parte superior del canesú de color marfil con incrustaciones de cristal y encaje. El más fino chifón blanco de seda ceñía el canesú, encajado a la cintura delgada de Joss. Las capas de chifón salpicadas de plata caían al suelo desde las caderas, flotando en torno a ella. Llevaba el pelo en un recogido de estilo casi griego con rizos suaves y trenzas francesas.

Cuando Joss alcanzó a Braden lucía una sonrisa trémula y vulnerable que no le había visto antes. Besó a Clark en la mejilla y le murmuró algo al deslizar su mano en la de Braden.

Braden asintió con la cabeza a Clark y enseguida se centró en su novia. Le envolvió la mano con su mano grande al tiempo que la atraía a su costado, ajeno a los invitados.

Le susurró algo y Joss le devolvió el susurro. Lo que ella dijo hizo que Braden riera y se inclinara para plantarle un beso en los labios. Durante unos segundos, él simplemente se quedó allí, murmurando palabras secretas contra la boca de su prometida.

El sacerdote tuvo que aclararse la garganta para captar su atención y poder empezar con la ceremonia, y los invitados rieron con disimulo en los bancos de madera.

La música se detuvo y la ceremonia comenzó. Yo no era capaz de apartar los ojos de Joss y Braden, y me habría sorprendido que alguien pudiera hacerlo. Por supuesto, era su boda, y la mayoría de la gente estaba centrada en el novio y la novia, pero había algo en la forma en que estaban juntos que te transportaba a otro lugar.

Lo que tenían era épico.

Todo el mundo debería tener lo que ellos tenían.

* * *

—¿Te has recuperado de los discursos? —le pregunté a Joss cuando se acercó a nuestra mesa.

Los discursos habían terminado y la cena también. Adam nos había divertido a todos con su disertación de padrino de tono gracioso y real, para nada sentimental. Clark fue también práctico cuando dio un discurso a Joss en el lugar de su padre, pero fue sentimental, y muy amable y compasivo, y, cuando Joss bajó la cabeza para contener las lágrimas y Braden le pellizcó la nuca para tranquilizarla, no creo que yo fuera la única mujer que se enjugó los ojos.

Finalmente, Braden se levantó y pronunció su discurso y, bueno, si todas las mujeres de la sala no terminaron un poco enamoradas de él, entonces yo no me llamo Olivia Holloway.

Joss estaba radiante, y relajada.

—Casi —dijo ella en respuesta a mi pregunta sobre los discursos—. Tengo la sensación de que el discurso de Braden es una carta de «queda libre de la cárcel» para al menos el primer año de matrimonio.

—Ha sido un buen discurso.

—Dímelo a mí. —Sonrió y su mirada se tornó introspectiva de un modo que me hizo sospechar que estaba teniendo pensamientos lascivos sobre su marido.

—¿Qué se siente? —preguntó Jo, con los ojos encendidos mientras frotaba sin darse cuenta su anillo de compromiso—. ¿Cómo es eso de llamar a alguien marido?

—Raro —respondió Joss con sequedad.

Nate resopló y Cam rio.

—¿Nada más?

Joss se encogió de hombros.

—Es la primera palabra que se me ha ocurrido.

Esta vez también yo me reí.

—¿No «genial», ni «maravilloso», ni «bien»? Solo «raro».

—Estar casada conmigo es raro. Es bueno saberlo. —Braden se detuvo detrás de su mujer, con una sonrisa sarcástica.

—Bueno, yo no querría algo normal —repuso Joss.

Yo asentí bruscamente con la cabeza.

—Estoy de acuerdo. Normal es aburrido.

—Mira quién habla. —Nate me sonrió—. No sabrías lo que es normal ni aunque te mordiera el trasero.

—Oh, ¿cómo lo sabes tú?

—Yo no he dicho que no sea raro. Solo que lo disimulo mejor que tú.

—¿Por qué iba yo a disimular? —pregunté a todo el grupo con cara de póquer—. Soy formidable.

—Eso nadie lo discute. —Las pupilas de Nate brillaron de diversión.

Joss rio.

—Si nos disculpas, tenemos que hacer más rondas.

Saludamos a Joss y Braden y nos enfrascamos en un conversación cualquiera.

—Eh, chicos. —Papá se acercó, con aspecto elegante con su traje gris oscuro. Rodeaba con el brazo la cintura curvilínea de Dee. Ella estaba espléndida con un vestido largo azul claro y el cabello rubio y largo cayéndole en ondas en torno a los hombros—. Dee y yo vamos a bailar. ¿Queréis venir?

—A lo mejor dentro de un rato —respondió Jo, con expresión amable mientras observaba a la pareja mayor.

Esa expresión decía que estaba contenta de que mi padre hubiera encontrado a Dee, y al ver lo relajado que estaba, yo supe a ciencia cierta que también me alegraba.

—Pasadlo bien —dije, y les sonreí.

Dee me sonrió a su vez.

—Estás preciosa, Olivia. —Sus ojos barrieron la mesa—. Todos lo estáis.

—Bueno, tú también —contesté, y enseguida sonreí feliz bajo la expresión aprobatoria de mi padre.

Observé que caminaban hacia la pista de baile, sintiendo que algo se movía dentro de mí.

No mucho después, Cole decidió reducir su aburrimiento buscando la compañía de Hannah y Dec, y Jo y Cam se fueron a buscar a Ellie y Adam.

—¿Quieres otra copa? —Nate hizo un gesto a mi copa vacía de champán.

—Sí, cerveza.

—Voy.

Observé a Nate caminando a través de la multitud del banquete, muy a gusto consigo mismo. Se había quitado la chaqueta y mostraba la camisa y el chaleco. Llevaba las mangas de la camisa recogidas y se había aflojado el nudo de la corbata. Vi que la mayoría de las mujeres lo seguían con la mirada, de manera que no me sorprendió que una joven preciosa con un vestido azul claro, corto y entallado, se apretara a él en la barra y se presentara.

Tuve que esperar veinte minutos mi cerveza.

Si hubiera tenido la seguridad de Nate, no habría tenido que esperar veinte minutos por una cerveza. Podría haberme limitado a acercarme a un chico guapo, empezar a flirtear y me habría invitado a una. Si pudiera creer en mí misma como sabía que debería hacerlo, me habría levantado para hacer precisamente eso.

De hecho, iba a hacerlo.

Busqué en la sala hombres atractivos y simulé que no podía encontrar a ninguno.

Me hundí en la silla y me golpeé mentalmente en la espinilla, otra vez frustrada conmigo misma.

Después de que Nate terminara de flirtear, volvió a la mesa y acercó su silla a la mía al pasarme la cerveza.

—Estaba buena —observé.

El lado izquierdo de la boca de Nate se torció hacia arriba, con su hoyuelo saludándome.

—Siento haber tardado tanto.

—¿Al menos has conseguido su número? ¿O solo una promesa de ligar al final de la noche?

Su expresión decía: «¿Tú qué crees?»

Nos quedamos sentados en amigable silencio por un momento, mirando a todos los invitados de la sala. Apenas conocía a algunos de ellos.

—¿Qué preferirías? —Nate se volvió de repente hacia mí con ganas de conversación—. ¿Estar atrapada para siempre en el banquete de boda de otra persona o en el velatorio de alguien al que no conoces demasiado bien?

Reflexioné sobre ello.

—¿Conozco bien a la persona que se casa?

—No.

—¿El banquete y el velatorio son en el interior o al aire libre?

Nate dio un largo trago de cerveza.

—¿Es una cuestión de meteorología?

—Sí.

—Daremos a los dos las mismas posibilidades. En el interior.

Me volví ligeramente hacia él, lista para darle mi respuesta.

—Bueno, voy a elegir el velatorio. En la boda tendría que simular estar feliz de forma permanente, y es mucho más agotador simular felicidad que simular tristeza. Además, no conozco muy bien a la gente de la boda, así que tampoco voy a conocer bien a muchos de los invitados. En un banquete de boda eso es incómodo. Además, estamos hablando de una banda sonora eterna de música cutre, con lo cual estamos hablando de una migraña perpetua. No, gracias. En el velatorio de alguien que no conozco al menos puedo pasar parte de la eternidad escuchando historias sobre esa persona de cada asistente. ¿Quién sabe?, a lo mejor el muerto era un aventurero asombroso que vivió hasta la magnífica edad de cien años. Estamos hablando de montones de historias que seguro que serán interesantes. No habrá música horrible. Podría estar abatida si quisiera, pero si no pudiera simular estar abatida nadie podría culparme porque no conocía tan bien al muerto. Suele haber un bufé en un velatorio, así que es más probable que encontrara algo de comer que me gustase de verdad. Además, la muerte siempre hace que la gente actúe de forma rara, con lo cual hasta podría haber un tío bueno que quisiera joder conmigo en el cuarto de baño. Así pasaría el rato.

Nate permaneció sentado con su cerveza helada pegada a los labios todo el tiempo que yo estuve hablando, con los ojos un tanto desorbitados a medida que mi explicación divagaba.

—Has pensado mucho en eso —dijo al final.

Me encogí de hombros:

—Has de pensarlo bien cuando estás hablando de la eternidad.

—Bien dicho.

—Entonces, ¿tú qué elegirías?

—La boda.

Arrugué la nariz.

—¿Por qué?

Su sonrisa era de gallito cuando sus ojos examinaron la sala. Su mirada se detuvo en la chica del vestido azul.

—Porque siempre hay chicas que se sienten tristes por estar solas, y están más que contentas de apagar esa tristeza con el primer hombre disponible que hay cerca.

—Eres vil.

—Eh, yo no soy el que está planeando aprovecharse de un pariente apenado para montárselo en el cuarto de baño en un velatorio.

—Sí, bueno, al menos yo tendría el cuarto de baño al que ir. ¿Adónde demonios vas a llevar a esas mujeres tristes y solitarias si estás atrapado en el banquete?

—Creo que el cuarto de baño también me serviría a mí.

—¿Un lavabo público? —Arqueé una ceja—. ¿Lo has hecho antes?

—No hagas preguntas de las que no quieras oír la respuesta.

—Oh, quiero saber la respuesta —contesté, mirándolo con curiosidad.

Nate no me hizo caso y apartó la mirada hacia la pista de baile.

—¿Quieres bailar?

Con un suspiro interior de decepción, lo dejé marchar y agité la cerveza ante él.

—Si me tomo unas cuantas de estas antes, a lo mejor.

Nate se levantó sonriendo.

—Ahora vuelvo.

* * *

De repente, la sala cambió y el colchón suave de mi cama estaba debajo de mi espalda, con el techo de mi dormitorio en mi línea de visión. Un roce en mis pies hizo que me incorporara apoyando los codos y vi a Nate quitándome los zapatos. Después de que casi derribara a Joss con una alarmante falta de coordinación, Nate había cumplido su palabra y me había metido borracha en un taxi y casi me había subido a cuestas por la escalera hasta mi piso.

—No he tenido sexo en siete años —solté, sin importarme si Nate conocía ese dato vergonzoso sobre mí.

Él levantó la cabeza ante mi confesión mientras me quitaba el zapato derecho.

—¿Estás de broma?

Negué con la cabeza haciendo pucheros.

—¿Siete años?

—Siete años. Me he acostado con un tío, Nate, una vez. Fue horrible. Yo fui horrible. Soy pésima en el sexo, no sé flirtear. Soy una perdedora. —Sentí que las lágrimas me escocían en los ojos y volví a derrumbarme contra mi almohada.

Nate terminó de quitarme el otro zapato. Sentí que la cama se hundía en mi costado cuando él se sentó.

—Ven aquí.

Me levantó y yo me fundí en sus brazos, con su barbilla apoyada en mi cabeza. Sus manos cálidas me frotaron la espalda con dulzura y en respuesta derramé en silencio lágrimas de borracha.

—No eres una perdedora —me dijo con brusquedad—. Nunca podrías ser una perdedora, Liv, y no quiero oírte decir eso otra vez.

—Vale —susurré.

Nos quedamos sentados en silencio un rato y entonces decidí que como Nate ya sabía tanto, lo mismo podía saberlo todo.

—Hay un chico en la biblioteca. Un estudiante de posgrado. Me gusta, pero sueno como Dustin Hoffman en Rain Man cada vez que intento hablar con él.

Nate emitió un ruido sofocado desde la parte de atrás de su garganta.

—¿Estás riendo?

Se aclaró la garganta y respondió con voz temblorosa.

—Claro que no.

Por supuesto que reía.

—No tiene gracia —le dije con gravedad y me aparté cansina de sus brazos para volver a caer sobre mi almohada cuando los ojos se me empezaron a cerrar por fin—. Voy a morir sola, Nate.

Y cuando la inconsciencia tiró de mí, pensé que le oí susurrar:

—No mientras yo esté de guardia, nena.