12

El lunes lo mismo podría haber sido devorado por la niebla. Yo estaba caminando, hablando, haciendo mi trabajo, y aun así permanecía inmersa en esa neblina de euforia que no me permitía enterarme de nada. Simplemente estaba consumida por pensamientos de la noche anterior, de lo que Nate me había hecho y de lo que yo le había hecho a él.

Estaba consumida por la anticipación de la noche por venir.

Cuando Nate llamó a mi apartamento esa noche, no me preocupé por la ropa. Me puse otro conjunto de lencería bonito —esta vez verde esmeralda— y una bata encima.

Abrí la puerta después de pulsar el interfono, y sus ojos se entornaron al ver mi indumentaria. Cerró la puerta tras de sí y enseguida se quitó la chaqueta.

—Me gusta desnudarte —dijo sin siquiera un «hola», mientras soltaba su chaqueta sobre el taburete de la cocina—. Puede que a tu Benjamin no le importe, pero como soy yo el que te va a follar en el futuro inmediato… Me gusta desnudarte.

Sin saber qué conclusión sacar de eso, salvo que me gustó, contesté:

—Vale, la próxima vez no me desnudaré.

Nate se mordió el labio inferior, estudiándome.

—La lección de esta noche consiste en descubrir qué es lo que te pone. ¿Te gusta ir en el asiento del conductor, te gusta que él vaya en el asiento del conductor, te gusta el control absoluto, la sumisión absoluta o un toma y daca?

Creí comprender lo que quería decir y esperaba que él no fuera a revelarme que tenía afición al bondage y los azotes. En todo caso, era mejor descubrirlo cuanto antes para poder alejarme un millón de kilómetros.

—Eh… ¿tú qué prefieres?

—Las dos cosas. —Se encogió de hombros—. Depende de adónde nos lleve la situación.

Empezó a merodear hacia mí, y yo, que todavía pensaba en lo depravado, retrocedí hasta tocar la pared. Nate se apretó contra mí, buscando con sus manos los lazos de mi bata.

—Cuando hablas de control, no estás hablando de látigos y cadenas, ¿no?

Se echó a reír y negó con la cabeza.

—No, nena. Solo en follar a la buena y antigua usanza. —El cinturón se soltó y mi bata quedó abierta, mi lencería, revelada—. ¿Te he dicho que tienes un gusto de puta madre con tu ropa interior?

—Es bonito que al final alguien lo aprecie.

Me quitó la bata por los hombros y los dedos de Nate se entretuvieron en ellos cuando la tela cayó a mis pies. Me acarició la piel de la clavícula, mientras yo permanecía temblando con ansiedad.

Sus dedos bajaron por mi esternón y por los costados de mis pechos. Sentí cosquillas tras la estela de su contacto y mis pechos se endurecieron con expectación. En lugar de ceder a su claro reclamo, Nate dejó que las yemas de sus dedos volvieran a subir por mi pecho y a lo largo de mi cuello, y me tocó en un punto justo por debajo de la oreja que me hizo estremecer de necesidad.

La reacción le hizo sonreír y enseguida dobló la cabeza para pasar sus labios por ese lugar. Sentí el contacto húmedo de su lengua y volvió a recorrerme un escalofrío.

—Es un punto dulce —susurró en mi oído mientras pasaba los labios por encima y esparcía besos fugaces por mi mandíbula. Cuando se detuvo, a escasos milímetros de mi boca, me miró a los ojos.

—Dime lo que quieres esta noche.

Parpadeé, preguntándome qué quería decir exactamente.

—No pienses en ello —me instó—. Solo dime lo que quieres.

Mis ojos bajaron a su boca, tan cerca y al mismo tiempo no lo bastante cerca. Con voz ronca por la excitación sexual, dije lo primero que se me ocurrió.

—Tú dentro de mí.

Mis palabras lo afectaron. Lo supe porque puso las manos en la pared a ambos lados de mi cabeza y apretó su erección contra mi estómago.

—¿Quieres mi polla, nena? —murmuró, dejando que su labio superior apresara mi labio inferior, apartándose infinitesimalmente cuando yo asentí—. Quiero oírte decirlo.

Todos los indicios apuntaban al hecho de que a Nate le gustaba el lenguaje soez. Lo había mencionado en lecciones anteriores, pero yo no había procesado eso. Desde luego, estaba claro que le excitaba hablar de lo que queríamos hacernos.

Estaba aprendiendo. Y no solo sobre él, sino también sobre mí.

Porque hablar de lo que queríamos hacernos el uno al otro también me excitó a mí.

Incliné la boca más cerca de la suya, besándolo con suavidad mientras respondía con voz pastosa:

—Quiero tu polla dentro de mí.

—Este es el momento… —Me besó con suavidad, con su lengua tocando apenas la punta de la mía—. Donde pregunto… —Me besó otra vez—. Si lo quieres lento o rápido, suave o fuerte… —Otro beso—. Pero esta noche iremos lento.

—Ha pasado mucho tiempo —coincidí, suspirando de felicidad cuando empezó a besarme en el cuello otra vez.

Sus labios se desplazaron a mis pechos, por mi estómago, y sus manos siguieron, apretando mis pechos con suavidad antes de bajar a mi cintura. Se apoyó en las rodillas y yo lo miré, jadeando con anticipación cuando me besó con dulzura en el estómago antes de seguir abriéndose paso a besos hasta el borde de mis bragas. Sus labios presionaron contra la tela de seda y yo gimoteé, pegando las palmas de las manos en la pared cuando mi cuerpo tomó el mando y mis piernas se separaron. Nate continuó besándome sobre la tela de mi lencería, con las manos curvadas en torno a mis muslos. Era un tormento, una provocación, y mi cuerpo vibraba de necesidad.

Mi respiración se entrecortó al sentir su lengua empujando la tela contra mi clítoris.

—Nate —gimoteé mientras movía la mano derecha para rizar su pelo suave—. Por favor…

Transigió y se echó hacia atrás para quitarme las bragas. Yo traté de ayudarlo, pero me temblaban las piernas. Después de desnudarme, Nate recorrió mis pantorrillas con sus manos y deslizó los dedos hacia arriba.

—Tienes unas piernas fantásticas —me dijo en voz baja—. Recuerdo una noche que estábamos viendo una película y tú llevabas mallas. Fue la primera vez que te vi con algo que mostrara la forma de tus piernas. —Besó la cara interior de mi rodilla y volvió a mirarme con una ferocidad que me hizo palpitar—. Las estiraste, con los pies en la mesita de café, y yo no podía parar de mirar. No podía creer que escondieras unas piernas tan preciosas. Soñé con tus piernas esa noche, Liv. Soñé que se envolvían en mi espalda mientras yo te follaba hasta reventar.

La necesidad dio un vuelco en mi estómago ante su confesión.

—Dios… Nate…

—Sí, nena —murmuró mientras levantaba mi pierna derecha sobre su hombro y me abría—. Te voy a llevar al cielo.

—Cielo. Infierno. —Jadeé, con mis dedos arañando la pared—. A quién le importa mientras llegue allí a lomos de un orgasmo.

Era una sensación extraña pero no desagradable sentir el resoplido de su risa en mi sexo.

Sonreí.

Y entonces grité aliviada cuando su lengua se deslizó dentro de mí al mismo tiempo que me presionaba el clítoris con el pulgar.

Trabajó de manera experta. Me corrí enseguida y violentamente.

Apenas consciente, me derrumbé contra la pared cuando Nate se puso en pie.

—Maldición —susurré por fin cuando se desnudaba—. Tu boca debería ser ilegal.

Su respuesta fue un beso profundo y lleno de calma que me hizo tambalearme contra él. Cuando se echó atrás lo hizo llevándose mi sujetador. Lo tiró por encima de su hombro.

—Otro día puede que solo te folle contra la pared, pero creo que empezaré por hacerlo en la cama.

—No tengo inconvenientes con la pared. —La toqué con indolencia, todavía embriagada por mi orgasmo.

Nate negó con la cabeza con los labios retorcidos.

—Eso podría ser un poco incómodo para ti, Liv. Lo haremos despacio.

Puso con dulzura mi mano en la suya y yo me descubrí sonriendo mareada mientras caminábamos desnudos por mi apartamento. Nate me miró por encima del hombro y yo capté la mirada.

—¿Qué?

—Estamos desnudos. —Sonreí.

Él soltó una risotada y se volvió, tirando de mí de manera que nuestros cuerpos chocaron. Extendió sus brazos en torno a mi cintura y yo agarré con fuerza sus hombros para no caer con el movimiento rápido. Nate lo convirtió en una acción infructuosa al hacernos girar con rapidez y derribarme en la cama. Cayó conmigo, pero contuvo su cuerpo sobre el mío para no aplastarme.

—Mierda —murmuró, y se arrodilló otra vez.

—¿Qué? ¿Adónde vas?

—Los condones están en mi cartera. Y aún no me he hecho un análisis.

Saltó de la cama antes de que yo pudiera decir nada y el aire frío barrió mi cuerpo cuando él salió de la habitación.

Me quedé allí tendida, mirando al techo, sintiendo de nuevo su boca debajo de mi oído y su murmullo suave: «Punto dulce».

Habíamos empezado con eso por mi inexperiencia, pero incluso para mí, la inexperta, lo que teníamos se experimentaba como una seducción y no como una educación en seducción. Me mordí el labio y miré al umbral esperando a que él regresara. Quizá me equivocaba. Quizá no era más que eso: todo parte de la construcción de mi seguridad y experiencia sexuales.

«Soñé con tus piernas esa noche, Liv. Soñé que se envolvían en mi espalda mientras yo te follaba hasta reventar».

¿O quizás era una excusa para ceder a la atracción que siempre había estado allí? La atracción negada por nuestra amistad.

Nate apareció en el umbral, devorando con los ojos cada centímetro de mi cuerpo mientras se acercaba a mí.

Quizá. Quizá. Quizá.

Cuando subió reptando por mi cuerpo, rasgando el envoltorio del preservativo con los dientes y deslizándolo en su impresionante erección, me obligué a aplastar los quizás en el fondo del pozo de mi negación. En ese mismo momento no me importaba por qué estábamos haciendo eso. Solo me importaba que lo estábamos haciendo.

Su mano subió por mi torso y yo arqueé la espalda al sentir su contacto, con un incendio desatándose de dentro afuera cuando pasó su pulgar por mi pezón mientras deslizaba la otra mano entre mis piernas. Mientras su pulgar convencía a mi clítoris de que estuviera atento, su erección se agudizó. No podía dejar de mirar.

—Ahora. —Incliné mis caderas a su contacto—. Nate, entra en mí. Por favor.

Él gruñó cuando lo invité, se apoyó sobre mí y me separó las piernas con suavidad. Su beso fue largo y profundo.

Sentí que se frotaba contra mí y me puse tensa.

La última vez que un chico había estado dentro de mí me había dolido.

—Chist —susurró en mis labios, y deslizó la mano otra vez entre nuestros cuerpos, hasta encontrar mi clítoris con el pulgar—. Nena, no pasará nada. Solo mírame.

Me relajé, con mis ojos clavados en los suyos. Y entonces estaba empujando dentro de mí, con las manos en el colchón a ambos lados de mi cabeza para sostenerse. Sus ojos se oscurecieron cuando presionó a través de la cerrada resistencia de mi cuerpo, con mis músculos apretados en torno a él. Contuve un gimoteo. Era incómodo. No doloroso como la última vez, pero tampoco estaba segura de que fuera placentero.

Nate cerró los ojos un segundo, jadeando. Sus brazos temblaron un poco.

—¿Nate? —Apoyé las manos en su cintura.

—Solo… —Sus párpados se abrieron y mis músculos internos lo apretaron otra vez en respuesta al deseo que vi en sus ojos—. Eres… tan deliciosa. —Suspiró con un brillo en sus pupilas—. Tan prieta. Estoy intentando ir suave, pero eres deliciosa.

Complacida, le acaricié la espalda con suavidad y me di cuenta de que la molestia estaba empezando a disiparse. De repente, estaba ansiosa por aprender más. Mis caderas se levantaron de manera automática, buscando movimiento, y Nate se retiró gimiendo. En lugar de salir por completo, como pensaba que iba a hacer, volvió a impulsarse a mi interior. Yo grité al sentir la sensación de una tensión hermosa.

Mis ojos estaban clavados en su rostro, cautivados por su expresión, por la mezcla de deseo y dulzura de su mirada, por la rigidez de su mandíbula que decía que estaba controlándose.

Y lo hacía por mí.

Fue lento y tierno, sujetándome los muslos con suavidad al deslizarse dentro y fuera de mí, llevándome un peldaño más cerca del orgasmo con cada embestida.

Sus ojos me devoraron, observándome jadear debajo de él, observando mis pechos temblando con suavidad ante sus acometidas, y de repente estaba empujando con un poco más de fuerza, moviéndose un poco más deprisa.

—Liv, ven conmigo, nena —ordenó con voz gutural—. Has de venir conmigo.

—Voy —le prometí, y elevé las caderas contra su bombeo, con la espiral enroscándose, enroscándose, enroscándose…

El pulgar de Nate me presionó el clítoris.

Me estremecí. Ruidosamente. Mis ojos volaron detrás de mis párpados y la parte inferior de mi cuerpo se agitó de manera descontrolada, se sacudió con fuerza contra Nate cuando agarró mis caderas con firmeza para unirlas a las suyas y me siguió hacia el clímax.

Cuando finalmente dejé de correrme, mis músculos se relajaron como gelatina. Creo que me fundí en el colchón, casi incapaz de levantar el brazo y curvar una mano en torno a la nuca de Nate cuando se derrumbó encima de mí, con la cabeza enterrada en el hueco de mi cuello.

Me deleité con la sensación de su pecho subiendo y bajando rápido contra el mío, con su respiración cálida soplando contra mi piel. Los dos estábamos resbaladizos de sudor y no me importaba. La sensación era maravillosa.

—Bueno, así que esto es el sexo auténtico. —Suspiré, asombrada de constatarlo y asombrada del placer que Nate había sacado de mi cuerpo apenas probado.

Los labios de Nate presionaron contra mi cuello húmedo antes de que alzara la cabeza y se levantara. Nuestros ojos se encontraron y yo aguanté la mirada. Había algo cobrando vida en su expresión, algo importante, diría que profundo. Menos cuando me había hablado de Alana, nunca lo había visto tan serio. Tan circunspecto. Me miró durante un buen rato hasta… hasta que su cabeza se echó atrás como si yo hubiera dicho algo.

—¿Nate?

Su nuez se movió al tragar saliva con fuerza antes de besarme y apartarse de mí con rapidez.

Yo no podía decir nada. No sabía qué decir.

Me quedé allí tumbada cuando él salió de la habitación. Escuché mientras oía correr el agua en el cuarto de baño y luego la cisterna. Oí sonidos en el salón y luego un ruido sordo, como una bota contra el suelo de madera.

Eso me hizo levantar.

Tiré de la sábana, la arranqué de la cama y me envolví con ella.

Caminé por el apartamento y encontré a Nate poniéndose la chaqueta.

—¿Nate?

Me sonrió, pero había algo falso en esa sonrisa, y mi corazón inmediatamente empezó a latir más deprisa.

—¿Nate?

—Yo, eh…, te mandaré un mensaje cuando esté libre otra vez.

Algo extraño, sólido y frío, se asentó en mi estómago, pero traté de no dejar que se mostrara al moverme con la sábana sobre el cuenco de cristal donde tenía las llaves. Cogí las de repuesto y se las tendí.

—Para hacer las cosas más fáciles. Por nuestras lecciones —enfaticé.

Él miró un momento las llaves y entonces, finalmente, justo cuando mi mano estaba empezando a temblar, dio un paso para cogerlas. Me besó de forma fugaz en la mejilla, como si fuera a quemarse si se quedaba.

—Buenas noches, nena.

Lo vi salir con tanta prisa de mi apartamento que no conseguí que una respuesta atravesara el bulto de aprensión en mi garganta.

* * *

Había estado preocupada todo el día. Preocupada por algo que había ocurrido en mi habitación la noche anterior y que había hecho que Nate se replanteara toda la cuestión de las lecciones. O peor, toda la cuestión de nuestra amistad. Cuando no me envió un mensaje de texto por la mañana, me mordí el labio. Cuando no me envió un mensaje de texto por la tarde, la pagué con un estudiante grosero que de alguna manera me culpaba por su multa de cincuenta libras, y cuando no me mandó un mensaje cuando volvía a casa desde el trabajo empecé a desesperarme y a sentir que realmente me había cargado nuestra amistad.

La felicidad que debería haber sentido después de nuestra primera lección, el alivio de darme cuenta de que había temido el sexo solo para descubrir que lo sentía como algo fácil y natural, se vieron superados por el arrepentimiento que esperaba agazapado, listo para ponerse en el centro del escenario por la prolongada ausencia de Nate.

No hice caso del mensaje de texto de Ellie ni contesté una llamada de Jo mientras picoteaba la cena. Me puse una camiseta muy grande que usaba para dormir cuando empezaba a hacer calor y me senté delante del televisor para no entender ni una palabra de la película.

Fue una sorpresa total cuando una llave giró en la cerradura, la puerta se abrió y apareció Nate con un DVD, una libreta y un boli.

No sabía cómo interpretarlo.

Me sonrió, una sonrisa de verdad esta vez, como si nada hubiera ocurrido la noche anterior, y caminó hacia mí, soltando sus cosas en la mesita de café.

Yo tenía los pies en el sofá y los brazos en torno a mis rodillas dobladas.

La mirada de Nate pasó sobre mis piernas desnudas cuando se quitó la chaqueta. Nuestros ojos se encontraron y ambos nos sostuvimos la mirada.

Se aclaró la garganta.

—Primero la lección y luego tengo que revisar una película.

Parte de mí quería sin duda preguntarle por su conducta rara y errática. Pero una parte mayor de mí temía las respuestas. O las consecuencias.

—¿La lección de esta noche?

Se quitó los zapatos.

—Esta noche es sobre la seguridad. Sobre tomar el control.

Y de repente me di cuenta de que estaba cabreada con él por la forma en que se había ido la noche anterior. Muy cabreada.

El enfado me invadió y me convirtió en otra persona.

Dejé caer mis pies en el suelo, me estiré y le agarré el cinturón, tirando de él hacia mí.

—Siéntate —exigí, con una voz que sonó fría incluso a mis oídos.

Una chispa de incertidumbre apareció en sus pupilas ante mi tono. Pero obedeció, y bajó al sofá a mi lado.

No perdí tiempo en hacer mi movimiento.

Me puse a horcajadas sobre él, lo agarré del pelo y lo besé con fuerza. Sus brazos me envolvieron y, con absoluta facilidad, Nate se hizo cargo del control del beso.

«Vale, nada de besos».

Me aparté y lo empujé con suavidad hacia atrás poniéndole una mano en el pecho.

—Bueno —preguntó, en voz baja y con ojos inquisitivos—. ¿Ahora qué?

En respuesta, empecé a desabrocharle el cinturón y le desabotoné los tejanos con rapidez para poder meter la mano dentro. Nate silbó cuando cerré la mano.

—¿Te gusta? —susurré en su boca, con una parte de mí flotando en el exterior de esa pequeña escena y preguntándose quién demonios creía yo que era.

—¿A ti qué te parece? —Nate entrecerró los ojos, subió las manos por mis muslos y levantó con ellas el borde de mi camisón.

Lo solté para poder apartar sus manos de mí. Negando con la cabeza, chasqué la lengua.

—Sin tocar.

Se le oscureció la mirada. Eso no le gustaba.

«Bien».

Tiré de sus tejanos y él levantó las caderas, ayudándome a liberar su erección. No me preocupé de bajárselos del todo, sino que me bajé las bragas y me aparté de él para poder quitármelas del todo antes de montarlo de nuevo.

—Quítate el camisón —insistió Nate.

Cuando yo no me moví, él pasó una mano por mi muslo y suavizó la expresión.

—Liv, quiero verte.

Me detuve, e incliné la cabeza a un lado para examinarlo con detenimiento.

—¿Ah, sí?

Había mucho más en mi pregunta que lo que deseaba que hubiera.

Y de pronto Nate lo comprendió por completo.

—Te deseo. Quiero que montes mi polla y quiero que la montes duro. Y luego quiero sentarme con mi amiga, comer algo y mirar una peli con ella. No me voy a ninguna parte. —Su agarre se intensificó—. Ahora quítate el camisón.

Su seguridad hizo que mi enfado se consumiera y al hacerlo recuperé la sensatez. Me ruboricé por mis acciones, por mis exigencias, por mi fría actitud. Nate también se relajó, con una nota petulante en su mirada cuando captó mi rubor.

En un esfuerzo por ocultar mi renovada timidez, me quité el camisón por encima de la cabeza y lo tiré a mi espalda. Ni siquiera tuve ocasión de decir o hacer nada antes de sentir la mano de Nate en la parte superior de mi espalda, entre mis omóplatos, junto con la potencia de su cuerpo cuando me atrajo hacia él para chuparme un pezón.

Me arqueé hacia él, suspirando cuando el placer me recorrió al instante.

Él jugó un rato conmigo, pensando en volverme dócil, pero yo aún tenía sus lecciones en mente. Nate quería que adquiriera seguridad sexual y, aunque no tenía intención de dejar que mi rabia la alimentara de nuevo, tenía toda la intención de volver a testar las aguas.

Como ya había señalado Nate, era una alumna prodigio.

Me moví sobre él y lo presioné contra el sofá.

—Métemela.

Sus labios se curvaron en las comisuras.

—Métetela tú.

Eso hice.

Gemí contra su boca cuando él respiró profundamente.

Y entonces me moví.

Traté de ir despacio, tranquila, poco a poco, pero estaba demasiado impaciente, demasiado desesperada.

Demasiado ávida.

Demasiado inexperta.

Sin embargo, Nate me dejó tomar el control.

Y al hacerlo los dos nos corrimos fuerte pero demasiado deprisa.

Me incliné contra él, echando mis brazos en torno a sus hombros cuando me envolvió la cintura y me atrajo hacia sí.

—Supongo que sigo aprendiendo —reconocí sin aliento.

Al percibir mi incertidumbre, Nate me levantó con suavidad, y su expresión era sincera cuando confesó:

—Ninguna mujer me había cabalgado tan fuerte antes. Créeme, nena, no me quejo.

—¿En serio? —pregunté, sonriendo a través de mi vergüenza.

Nate también sonrió mientras me recogía un mechón de pelo por detrás de la oreja.

—En serio.

Fue cuando me levanté y me aparté de él que el humor cambió de manera radical. Un único taco salió de los labios de Nate.

—¿Qué? —pregunté, con los ojos como platos, mirando a su regazo para asegurarme de que no le había hecho daño.

—No llevo condón —soltó.

—No pasa nada. Tomo la píldora.

Me miró torciendo el gesto mientras volvía a ponerse los calzoncillos y los tejanos.

—Liv, fui a la clínica ayer. Todavía no tengo los resultados.

Entonces me subí las bragas y rodeé el sofá para ir a lavarme al cuarto de baño.

—Estoy segura de que estás bien —dije por encima del hombro, con el corazón latiendo.

Esperaba que estuviera bien. Mierda. Cerré la puerta del cuarto de baño y me incliné sobre el lavabo, mirando al espejo que tenía delante. Vi el rubor en mis mejillas y los ojos brillantes como el oro. Había tenido tanta prisa por probar lo que con toda claridad se estaba convirtiendo en una adicción que me olvidé de la protección.

Ahora, si tenía hijos, siempre sería hipócrita cuando les sermoneara al respecto.

Me reprendí muchísimo, y entonces se me ocurrió que no solo era culpa mía. Nate también se había olvidado. Miré hacia la puerta y al instante hice una mueca. Podía argumentar que se suponía que el experto era él, pero eso en realidad no era excusa, porque tenía veintiséis años y sabía que no era así.

Al oír el ruido del televisor, volví caminando desde el cuarto de baño y encontré que Nate había encendido el DVD y estaba en la cocina preparando unos bagels. De repente, me rugió el estómago.

Nate levantó la mirada.

—Siento haberme olvidado del condón.

—Yo también lo he olvidado. Pero no pasará nada, ¿no?

—Nunca he olvidado protegerme antes de esta noche, así que no creo que pase nada. Pero hemos de tener más cuidado. —Se lamió crema de queso del pulgar y se giró hacia la nevera en busca de algún refresco.

Decidí que no quería otro final extraño para nuestra velada, por lo que pensé que era mejor no decir nada más al respecto. Cambié de tema.

—¿Qué vamos a ver esta noche?

Nate me pasó mi rosca de pan con crema de queso y yo le di las gracias, luego lo seguí al sofá. Para mi sorpresa, se sentó más cerca que de costumbre, poniendo los pies en la mesa y acomodándose a mi lado.

—Es un musical.

Me atraganté con un trozo de bagel y lo tragué enseguida para poder preguntarle, incrédula:

—¿Te estás quedando conmigo?

El sonrió y negó con la cabeza.

—Es un musical satírico.

—¿Eso lo hace mejor?

—Esperemos.

Resultó que el musical era bastante divertido al principio, pero pronto empezó a decaer. Nate, claramente aburrido, tomó un trago de su Coca-Cola y, con los ojos clavados en la pantalla, preguntó:

—¿Preferirías vivir en un musical o en un mundo posapocalíptico?

Sonreí de inmediato, increíblemente aliviada de estar con mi amigo como siempre, respondiendo a sus preguntas extrañas.

—¿Qué clase de mundo posapocalíptico?

—Piensa en El libro de Eli.

—Duro.

—Sí.

—¿Qué clase de musical, pues?

Giró la cabeza en el sofá para mirarme con una sonrisa.

Grease 2.

Esparcí el sorbo que acababa de tomar y tardé un minuto en respirar con la libertad suficiente como para preguntar:

—¿Has visto Grease 2?

Algo de la chispa se apagó cuando Nate se encogió de hombros y miró a la pantalla.

—Alana me hizo verlo.

Oh. El fantasma en el dormitorio.

Le di un empujoncito con el hombro y traté de superar el momento y recuperar su buen humor.

—Desde luego, prefiero el mundo posapocalíptico. Sobre todo si hay hombres como Denzel.

Asomó su encantador hoyuelo.

—Yo también prefiero el mundo posapocalíptico.

—Por Mila Kunis, ¿eh?

—Bueno, está eso, pero sobre todo porque soy antiviolencia.

Arrugué la nariz, confundida.

—No lo entiendo. Los mundos posapocalípticos y la violencia van, por desgracia, de la mano.

—Sí, pero es muy probable que yo sea a quien matan en el mundo posapocalíptico. Sin embargo, si tengo que vivir en Grease 2, hay más de un noventa y cinco por ciento de posibilidades de que dispare al siguiente cabrón que se ponga a cantar. —Me miró con cara de póquer—. Es muy mala vida para un pacifista.

Sonriendo, asentí con la cabeza en señal de acuerdo.

—Vamos en plan distópico, vaya.

Él asintió y acto seguido preguntó con un pequeño fruncimiento entre las cejas:

—Entonces, ¿por qué estás tú en contra de vivir en un musical?

Negué con la cabeza mientras observaba a la pareja en pantalla intentando un número musical famoso.

—No es que esté en contra de vivir en un musical per se. Simplemente, me gusta más la idea de vivir en un mundo posapocalíptico. Creo que tendría mala leche.

No lo estaba mirando, pero sentí que los hombros de Nate se agitaban.

Le lancé una mirada seria.

—Deja de reírte de mí, que tengo muy mala leche.

—¿Cuánta mala leche?

—Yo… yo… eh… Bueno, soy lista. Y astuta. Sería algo así como tu ingeniosa, astuta y libresca compañera mientras tú irías por ahí pateando el culo a todo el mundo y haciendo llaves de judo.

Entre risas, Nate se rindió.

—Vale, eso funcionaría. —Me miró con interés antes de volver a la pantalla—. Pero podrías ser una distracción.

Procuré no mostrar lo complacida que estaba por el cumplido, y repuse:

—Eso funcionaría a tu favor.

—Sí, si te tapamos las piernas.

Le di un golpecito con la rodilla. Él me puso una mano en la pierna con aire despreocupado y se envolvió con ella.

—Creo que a alguien le gustan mis piernas.

Me acarició la piel con aire ausente.

—Son buenas piernas, nena. —Se estiró hacia la libreta que tenía a su lado—. Esto se está deteriorando con rapidez.

—¿La peli?

—Sí, ¿qué si no? —murmuró mientras escribía algo en el papel—. ¿Algún comentario jocoso, compañera?

Medité y miré la pantalla.

—Hay algún chiste sobre la disfunción eréctil por alguna parte.

Nate resopló, divertido.

—¿Y cómo es eso?

—Bueno, la trama y las canciones empiezan bien, cada una es mejor que la anterior hasta que a mitad de camino te das cuenta de que no llegará a ninguna parte. Esto se demuestra hacia la mitad final, donde la trama empeora, las canciones te hacen sangrar los oídos y toda la anticipación simplemente… —Levanté una mano y la dejé caer para dejar claro mi argumento.

—Dis-fun-ción e-réc-til —dijo Nate poco a poco mientras lo escribía. Volvió a mirarme con una sonrisa—. ¿Algo más?