24
Ver a Nate otra vez fue como tensar un músculo recién lesionado. Cuando lo dejé tuve que empezar a ponerme hielo otra vez.
Por eso, cuando Ben llamó la semana siguiente mientras estaba cenando con papá y Dee, me alegré por la distracción.
—Sé que no nos conocemos tan bien, pero voy a simular de forma egoísta que no es cierto para pedirte un favor enorme.
Divertida, apoyé el codo en la encimera de la cocina de mi padre y me relajé con la conversación.
—¿Qué clase de favor?
—Mi hermana, no sé cómo, me ha convencido para que cuide a mi sobrina Zoe el sábado. Vamos, adoro a mi sobrina, pero tiene ocho años, es una niña superniña y cuando le pregunté qué quería hacer me dijo que quería ir a ver algún musical pop de princesas Disney en el cine. Zoe está acostumbrada a conseguir lo que quiere, así que eso es lo que va a ocurrir. Estaba esperando que me hicieras el favor de venir conmigo para que no parezca un tipo raro en una película de Disney, pero…
—¿La mitad de una obligación paternal?
—Exacto.
Reí.
—Diría que me vas a deber una buena.
—Entonces, ¿vendrás con nosotros?
—Claro. Como favor, no como una cita.
—No será una cita. Estoy completamente de acuerdo. Nada mata más el romanticismo que un musical preadolescente.
En un momento confirmamos los detalles sobre el lugar y la hora y colgué. Mi padre me miró con curiosidad.
—¿Qué?
—¿Estás segura de que es buena idea?
—Somos solo amigos —lo tranquilicé.
—He oído eso antes.
—Mick —le reprendió Dee, riñéndole de mi parte.
Papá hizo una mueca.
—Lo siento, cariño, pero es la expresión en tu cara ahora mismo lo que dice que salir con algún otro hombre no es buena idea. Y lo sabes. —Empujó su tenedor en su plato mientras evitaba mirarme a los ojos—. Jo me contó que Nate no está bien. Dice que tiene un aspecto horrible. Y al parecer ha estado tratando de contactar contigo.
Entorné los ojos.
—Pensaba que no te gustaba Nate.
—No me gustaba. Hasta que me contaste todas esas cosas sobre él.
—Papá…
—Era muy joven cuando perdió a esa chica —me interrumpió mi padre, en tanto apartaba su plato y se inclinaba hacia mí de manera conspiradora—. No puedo imaginar lo difícil que es superar la pérdida de una mujer que amas a una edad tan temprana, pero puedo entender cómo podría paralizarte. Nate nunca tuvo la oportunidad de experimentar bastante la vida para aprender a poner la pérdida en perspectiva. O incluso el temor a la pérdida. Puede que solo necesite tiempo.
No me sorprendió la comprensión y empatía de mi padre. Puse mi mano encima de la suya, con mi corazón dolorido.
—Papá, aunque Nate volviera mañana y me dijera que quiere darnos una oportunidad… diría que no.
—Pensaba que lo amabas.
—Lo amo. Estoy muy enamorada de él. Pero él nunca se permitirá amarme de la forma que amaba a Alana. Fue su gran amor. Quiero ser el gran amor de alguien, papá. Creo que merezco que el hombre al que amo me ame tanto como yo a él.
* * *
El sábado por la tarde me reuní con Ben y su encantadora sobrina en las puertas del Omni Centre. Zoe era un manojo de energía entusiasta y Ben parecía más que un poco aliviado de verme. Tenía una arruga permanente en la frente, y pronto descubrí que procedía de escuchar a Zoe hablando sin parar de su dolorosa decisión de rebajar a cierta banda de chicos mundialmente famosa al estatus de segunda banda favorita en beneficio de esta banda nueva y más fantástica todavía que acababa de reventar las listas.
Podía hablar de bandas de chicos, porque yo también había pasado por esa fase hasta que cumplí trece años, de manera que escuché con atención a Zoe mientras entrábamos juntos en el cine. Mientras ella le daba vueltas a la clase de golosina que quería pedir, Ben me apretó los hombros y murmuró «Gracias» en mi oído de una forma que sentí que me atravesaba la piel.
Sonreí, sintiéndome aliviada al pensar que tal vez, solo tal vez, podría superar lo de Nate.
La película era tan mala como Ben y yo pensábamos que sería, pero a Zoe le encantó y ya estaba riendo y cantando mientras salíamos del cine. Con inocencia infantil, Zoe cogió mi mano y la mano de su tío, y caminó entre nosotros para formar la imagen de una familia perfecta.
Era más que incómodo para mí, porque Ben y yo todavía no nos conocíamos tan bien, pero cuando me fijé en su sonrisa malévola supe que él no se sentía incómodo en absoluto. De hecho, tenía la sensación de que estaba disfrutando. Mi lado suspicaz se preguntó si todo había sido una estrategia desde el principio. ¿El buen chico Ben ya estaba más que harto de esperar a que lo llamara para pedirle una cita y había decidido acelerar las cosas?
Apreté la mano de Zoe, pero negué con la cabeza a Ben cuando cruzó la calle hacia McDonald’s, adonde habíamos prometido llevar a Zoe a comer.
—¿Has usado a tu sobrina para convertir esto en una cita? —medio susurré sobre el canto de Zoe.
Ben se rio de mí.
—No he hecho eso.
—Oh, sí que lo has hecho. —Puse los ojos en blanco—. Sabías que lo adorable de esta situación te ayudaría.
Ben echó la cabeza atrás riendo, cosa que hizo que Zoe levantara la mirada hacia nosotros y preguntara.
—¿Qué pasa?
Antes de que yo pudiera explicarlo de manera torpe, una voz muy familiar me congeló en el acto.
—¿Olivia?
Los tres nos detuvimos con las manos todavía cogidas y miramos a Nate, que se había detenido en la acera delante de nosotros. La gente pasaba irritada a nuestro lado, esquivándonos, mientras nosotros simplemente nos mirábamos. Asimilé su rostro sin afeitar, su cabello enredado aplastado bajo una gorra y las ojeras oscuras que no habían desaparecido desde la última vez que nos habíamos visto. El corazón me dio un vuelco doloroso.
Dio un vuelco todavía más fuerte cuando Nate se fue poniendo pálido mientras procesaba el hecho de verme con Benjamin y Zoe.
—Ben, él es Nate. Nate, él es Ben, y ella, su sobrina Zoe.
—¡Hola! —dijo Zoe.
Nate, siempre encantador, normalmente habría exhibido sus hoyuelos ante una niña tan adorable y le habría respondido. Sin embargo, algo le estaba ocurriendo mientras pasaba su mirada de mí a Ben y Zoe y a nuestras manos enlazadas con fuerza. Había algo cercano al horror en su expresión.
—¿Nate? —susurré, dando un paso hacia él.
—Yo, eh, yo… —Sus ojos conectaron con los míos, su pecho subiendo y bajando entre jadeos—. Yo… —Levantó una mano temblorosa.
—¿Nate?
—Perdona. —Pasó a nuestro lado y se alejó a toda prisa por la acera, como si los sabuesos del infierno le pisaran los talones.
Lo miré irse, odiando estar preocupada por Nate mientras me preguntaba qué demonios acababa de pasarle.
—Bueno, supongo que hay una historia ahí —dijo Ben con suavidad.
—Quizá.
—¿Te apetece contármela?
Miré a Zoe, cuya cabeza oscilaba de uno a otro, confusa.
—La verdad es que no.
—Vale, me parece bien. Pero ¿qué tal si dejamos atrás lo que fuera eso y vamos a McDonald’s a comer algo de comida procesada, y luego te convenzo de que me acompañes a la boda de mi prima? Como una cita.
Estaba mareada y solo pude mirarlo.
La risa excitada de Zoe y un tirón en mi mano me sacaron de mi aturdimiento.
—Di que sí. Soy la chica de las flores. Quiero que veas mi vestido.
Lancé una mirada asesina a Ben cuando su boca se retorció de diversión.
—Eres un genio malvado.
* * *
No comprendía lo que había pasado por la cabeza de Nate cuando me vio con Ben y Zoe, pero lo que sí comprendía era que él quería hablar de ello. Lo sabía porque había empezado a llamarme. Ahora me parecía que yo estaba continuamente poniéndome hielo en la lesión que me había dejado.
Esa misma noche me llamó. Como no respondí, me mandó un mensaje de texto pidiendo que lo llamara. Al día siguiente me llamó otra vez. Dejó un mensaje en el buzón de voz que me negué a escuchar. Me llamó al día siguiente. Y así empezó una dosis diaria de Nate.
Muchas veces tuve que contenerme. Quería cogerlo. Quería contestarle, porque era obvio que él lamentaba haberme hecho daño. Lo entendía. Lo comprendía. Sin embargo, no cambiaba nada. No cambiaba el hecho de que estar cerca de él era demasiado duro.
Así que decidí ir a la boda con Ben el sábado siguiente.
Los Proclaimers, al parecer un ingrediente básico de toda boda escocesa, llenaron la carpa de la boda con sus promesas mientras yo estaba sentada acurrucada al lado de Ben ante nuestra mesa. Le había dicho en infinidad de ocasiones que fuera a mezclarse con su familia, pero él me dijo que toda la cuestión de llevar a una desconocida a la boda era una excusa para no tener que hacerlo.
Cada vez más me demostraba que era divertido y encantador, y que yo era una completa idiota por no darle una oportunidad.
—¿Puedo traerte otra copa? —preguntó tocando mi copa de champán casi vacía.
A regañadientes, negué con la cabeza.
—La última boda en la que estuve me emborraché de manera vergonzosa y terminé diciendo cosas que ahora lamento.
Sonrió con malevolencia.
—Entonces ahora sí quiero emborracharte.
Reí.
—No quieres.
—Así pues… ¿qué es lo que dijiste que lamentaste?
—No es en realidad lo que dije, sino a lo que condujo lo que dije.
—¿Y qué fue eso?
—Un corazón roto. —Hice una mueca en cuanto lo dije—. Dios, Ben, lo siento. Soy la peor acompañante de la historia.
Me dedicó una sonrisa de comprensión.
—¿Sabes lo que podría compensarme?
—¿Qué?
—Háblame de él. De Nate. —Adivinó correctamente—. ¿Qué pasó? Podría ayudar.
Negué con la cabeza.
—No quieres oír eso.
—¿Y si empiezo yo?
Por supuesto, mi curiosidad me venció. Quería saberlo todo sobre el gran mal de amores de Ben. Justo cuando estaba a punto de acceder, sonó mi móvil. Con una sonrisa de disculpa, me estiré hacia mi bolso y saqué el teléfono.
Se me puso carne de gallina al ver el identificador.
Nate.
¿Sabía que estaba en una cita? ¿Por eso me estaba llamando? Enfadada por que no dejara de interrumpir mi vida, volví a tirar el teléfono en mi bolso.
Ben hizo un gesto hacia el aparato.
—¿Era él?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estoy casi seguro de que yo tengo esa expresión cada vez que mi ex trata de contactar conmigo.
—¿Qué expresión?
—Expresión de «si pudiera hacerte añicos con mis incisivos lo haría, así que, ¿por qué no sales de mi vida, mala zorra?» o, en su caso, «cabrón bastardo».
Reí sin ganas.
—Más o menos. Es más como… Sigo intentando volver a ser quien era antes de que esto ocurriera y, cada vez que alguien dice su nombre o él llama, me recuerda que probablemente nunca volveré a ser esa persona, porque… él era parte de quien yo era entonces.
Nos quedamos un momento sentados en silencio.
Al final, Ben me tomó la mano y frotó su pulgar sobre mis nudillos.
—Un día te despertarás y él no será la primera cosa en la que pienses.
—¿Me lo prometes?
—Lo prometo.
Mi teléfono sonó otra vez y estropeó la atmósfera entre nosotros. Con frustración creciente, alcancé mi bolso, lista para apagar el maldito teléfono, pero vi que era Jo la que llamaba esta vez.
Por alguna razón sentí un desagradable agujero en la boca del estómago.
—Disculpa —dije a Ben—. Es mi amiga. Voy a contestarle.
—Por supuesto.
—¿Jo? —pregunté al llevarme el teléfono a la oreja.
—Liv —sonaba sin aliento—. Liv, Nate ha intentado llamarte. Ha ocurrido algo.
—¿Qué pasa? —pregunté con pánico instantáneo—. ¿Está bien?
—Su… su padre… Lo han llevado al hospital.
* * *
Me metí en un taxi desde la boda lo más deprisa que pude, pero tardé casi una hora desde que Jo llamó hasta que llegué al hospital. Durante todo el tiempo estuve rogando y suplicando a todos los seres divinos que puedan existir en este mundo que ayudaran a Nathan. Jo dijo que pensaban que había sufrido un ataque al corazón.
Casi le arrojé el importe del trayecto al taxista y salí del coche para echar a correr hacia la entrada principal del hospital.
«Por favor, por favor, que Nathan esté bien. Por favor».
Era un hombre tan bueno.
«Y Nate no podría soportar otra pérdida».
Me apresuraba hacia la recepción principal para preguntar por Nathan cuando la voz de su hijo pronunció mi nombre y me detuve, buscándolo con la mirada. Nate estaba en medio de la atestada sala de espera, con aspecto pálido y demacrado.
Avancé hacia él, asimilando su estado. La barba había desaparecido, pero los ojos seguían siendo oscuros y ahora su boca estaba pinzada de preocupación. Sentados a su lado estaban Sylvie, Cam, Cole y Jo. Sylvie estaba haciendo pedazos un pañuelo de papel. Me recordó a un animal asustado por la forma en que seguía mirando con ojos como platos hacia las puertas que había detrás.
—Nate… —Me detuve vacilante ante él, insegura de si debería abrazarlo, pero deseando hacerlo—. ¿Han dicho algo?
Negó con la cabeza, con expresión desolada.
—Se lo han llevado al quirófano. Todavía no ha salido nadie.
Me rendí, di un último paso hacia Nate y extendí mis brazos en torno a él.
Al instante, Nate se fundió en mi abrazo y cerró sus brazos fuertes en torno a mi cintura mientras su cabeza descansaba en mi cuello.
Nos quedamos un rato así.
* * *
—¿Familia de Nathaniel Sawyer? —llamó un médico.
Nate y su madre se levantaron rápidamente de sus sillas y se apresuraron hacia él. Busqué a mi alrededor a Jo, Cam y Cole antes de mirar a Peetie y Lyn, que habían llegado un poco después que yo. Habíamos esperado durante horas y horas y todas nuestras expresiones eran iguales.
De esperanza.
De esperanza cargada de miedo.
Cuando oí los sollozos de Sylvie, mis pulmones dejaron de trabajar y observé con horror que Nate la atraía a sus brazos. Cam, con los ojos hundidos por el dolor, se acercó a su amigo. Apoyó una mano en el hombro de Nate y este le sonrió, negando con la cabeza.
El cuerpo de Cam se distendió como aliviado, y mis pulmones empezaron a funcionar otra vez. Caminó hacia nosotros mientras se pasaba una mano temblorosa por el pelo.
—Nathan ha superado la cirugía. Está estable.
* * *
—Toc, toc. —Rodeé la puerta de la habitación de hospital con una enorme sonrisa.
Había dejado que Nate estuviera con sus padres durante los últimos días, pero el lunes me escapé del trabajo para poder llegar en las horas de visita.
Nathan estaba solo en su habitación, mirando la tele. Pestañeó con sorpresa al verme y luego sonrió de oreja a oreja cuando entré. Puesto que había tratado con una persona muy enferma, era una maestra dominando mi reacción ante el peaje físico que suele cobrarse la enfermedad. El cuerpo de Nathan parecía mucho más pequeño en la cama del hospital. Sus mejillas estaban hundidas y había unas pocas arrugas más en torno al rostro que las que le había visto la última vez.
—¿A qué debo el placer? —preguntó, incorporándose, prestando atención a los cables que lo conectaban a monitores situados sobre la cama.
Dejé las flores que había traído en la mesita y acerqué una silla.
—Estaba preocupada.
—Pfft. ¿Qué es una pequeña enfermedad coronaria? —Lo miré con seriedad—. Sí, a Sylvie tampoco le ha hecho gracia.
Mis labios se arrugaron.
—No me hagas reír. Estoy tratando de ser severa.
—¿Severa? —Resopló—. ¿Severa? Voy a tener que tomar medicación el resto de mi vida y tendré que eliminar mi comida favorita. Toda mi vida va a ser severa a partir de ahora. No necesito severidad también de una chica guapa.
—Bien —accedí—. No seré severa. —Miré en derredor, confundida—. ¿Dónde está Sylvie?
—Oh. La he mandado a casa. Está completamente destrozada. No quería dejarme. —Se burló—. Tuve que pedirle a mi médico que la obligara a marcharse para que descanse un poco. Luego tendré que pagar por eso.
Resoplé.
—Seguro.
—Nate está abajo tomando café, si es que te preguntabas…
Mi mirada era intensa cuando nuestros ojos se encontraron.
—Lo sabes, ¿verdad?
—No es que lo ocultarais precisamente de maravilla cuando vinisteis de visita. Pero me entristece enterarme de que no funcionó… Lo cual suscita la pregunta… ¿Qué estás haciendo aquí?
Respondí molesta:
—¿Acaso no está permitido que una persona se preocupe por otra persona?
—Sí, por supuesto. Siendo como eres una chica amable, creo que puede que estés preocupada por mí y eso se valora, pero creo que más que nada estás preocupada por mi hijo. Y ya somos dos. —Sus cejas se juntaron—. Te echa de menos.
—Yo también lo echo de menos —confesé en voz baja.
Alguien se aclaró la garganta detrás de mí.
Al volverme, descubrí a Nate de pie en el umbral, revolviendo una taza de café. Me clavó en el asiento con el peso de su mirada.
—Nate. —Por fin recuperé la voz—. Solo quería pasar y ver cómo está Nathan. Debería irme. —Me levanté.
—Tonterías. —Nathan me detuvo y me hizo un gesto para que me sentara—. Aún queda media hora. Siéntate. Habla. —Miró a su hijo—. Siéntate.
Nate dio la impresión de querer reír al sentarse a mi lado con naturalidad.
Mis ojos, con voluntad propia, viajaron a lo largo de sus piernas extendidas. Noté unas cosquillas inesperadas cuando mi mirada llegó a sus manos, que seguían revolviendo el café. Tenía manos hermosas y masculinas, elegantes, dedos fuertes con callos del trabajo y el judo. La suave tosquedad de sus manos siempre me había proporcionado una sensación maravillosa. Y la camiseta que llevaba mostraba sus antebrazos fuertes. Aparté la vista con rapidez de la vena gruesa que recorría ese brazo musculoso. Había lamido toda esa vena con mi lengua.
Antes de expirar en el acto, me di prisa en dirigir mi atención a Nathan.
Me estaba sonriendo.
Genial, incluso enfermo el tipo sabía provocar.
—Bueno, ¿cómo estás, Olivia? Nate dice que estás saliendo con alguien. —Su tono se había tornado desaprobatorio.
—No estoy saliendo con nadie —respondí irritada. Técnicamente, no estaba saliendo con Ben. Todavía.
Nate se incorporó.
—¿No?
Le lancé una mirada antes de responder a su padre.
—Solo han sido un par de citas.
Nathan frunció el ceño.
—Eso es salir con alguien. —Miró a su hijo—. ¿Qué opinas?
—Estoy de acuerdo —respondió lacónico—. Y desde luego parece serio.
Empezaba a sentirme mal, así que solté:
—¿Podemos hablar de otra cosa?
—¿Por qué? No hay nada más interesante.
Refunfuñé. No estaba nada preparada para batallar con dos hombres Sawyer.
—Bueno, entonces debería irme. Nathan, me alegro mucho de que vayas a ponerte bien. —Me incliné y lo besé en la mejilla, sin hacer caso de su expresión desconcertada.
Sin mirar a Nate, salí rápidamente de la habitación.
—Olivia, espera —me llamó Nate mientras me apresuraba por el pasillo.
No esperé.
Fue entonces cuando me vi atrapada en su abrazo y, sin más ceremonias, me arrastró al puesto del conserje.
—¿Qué estás haciendo? —susurré, sintiendo su respiración contra mi mejilla mientras me empujaba otra vez contra la puerta.
Su respuesta fue besarme.
Me quedé helada por el movimiento, pero pronto el asombro se agotó bajo la sensación de labios cálidos y persuasivos. Quizás ayudó que no fue agresivo ni feroz. Su beso fue suave, anhelante. Mis labios respondieron a eso y me encontré devolviéndole el beso.
Nate se apartó primero, jadeando fuertemente en tanto me acariciaba la mejilla, con manos como ajorcas en mis bíceps mientras me respiraba dentro. Estaba rodeada por él. Su fuerza familiar, su aroma, su sabor en mi lengua, incluso la sensación un tanto hirsuta de su mejilla en la mía.
Cerré los ojos y las lágrimas se adhirieron a mis pestañas.
Quizá me equivocaba. Quizá perderlo no era lo más doloroso del mundo. Mientras permanecía allí, de pie entre sus brazos, sabiendo que nunca sería realmente mío, se me ocurrió que, más que la pérdida, lo que dolía era el anhelo.
—Fuiste la primera persona en la que pensé —me dijo con brusquedad, con sus palabras vibrando en mi oído y causando un temblor involuntario—. La única que quería ver aquí.
Tragué la bola ardiente y asfixiante de lágrimas no derramadas de mi garganta y susurré:
—Siento no haber hecho caso de tus llamadas.
—No. Has llegado. Es lo único que importa.
Necesitaba alguna clase de distancia, alguna clase de pausa de la intensidad entre nosotros, y solté:
—Creo que debe de haber una broma inapropiada en todo esto.
Se rio contra mi piel antes de apartarse.
—Joder, te he echado de menos, Liv.
—Nate. —Lo empujé con suavidad hasta que recibió el mensaje. Sus manos cayeron de alrededor de mis brazos y me quedé despojada.
—Me alegro de que tu padre vaya a recuperarse, pero tengo que irme.
—Liv, por favor…
—Ben está esperando —mentí por impulso. Tuve el temor repentino de que las llamadas de Nate y su confesión de que me había echado de menos condujeran a alguna parte. Y no sabía si era lo bastante fuerte para hacer lo correcto, de manera que no iba a darle la oportunidad de liarme la cabeza—. Voy a verlo.
Se quedó en silencio en la oscuridad un momento.
Y entonces…
—Hemos de hablar.
—No. La verdad es que no. —Busqué a tientas el pomo de la puerta y logré salir. Él no me siguió.
Supuse que comprendía que no tenía sentido.