14

Había mucho que aprender de lo que estaba ocurriendo entre Nate y yo, pero por desgracia estaba decidida a aprender las cosas menos importantes. Al despertarme con él a la mañana siguiente, sintiéndome envuelta en sus brazos, sintiendo esa mezcla maravillosa de estar emocionantemente viva y a la vez apaciblemente segura, no me permití tomarme el tiempo de interpretar las señales.

Nos levantamos; Nate apresurado después de darse cuenta de que se había quedado dormido y esa mañana tenía una sesión de fotos a primera hora para uno de los institutos locales. Descubrí que al tranquilo y encantador Nate no le gustaba llegar tarde. Me respondió con gruñidos mientras se daba prisa tratando de prepararse. Eso fue bonito.

Antes de irse me dijo que esa noche trabajaba, con lo cual tendría que llamarlo para acordar nuestra siguiente lección, pero no había nada raro en él como el martes por la mañana, así que entendí que realmente significaba que estaba demasiado ocupado y que ya quedaríamos más adelante.

Había recibido un par de mensajes de texto suyos desde entonces, pero eran solo chistes del trabajo, nada sobre nuestras lecciones. Me parecía bien. No había prisa, ni necesidad inmediata de verlo, ni nada.

No.

Ajá.

Aun así, esperaba la distracción de la cena del viernes con mi padre y compañía. Jo había elegido D’Alessandro’s, porque teníamos dos invitados extra esa noche. Dee y también Hannah. Se estaba impacientando un poquito en conseguir que Marco hablara con ella, de manera que decidimos que la única forma de ver qué demonios estaba ocurriendo era crear una situación donde ella pudiera verlo sin que pareciera una acosadora integral.

No teníamos ni idea de si Marco trabajaba esa noche, pero habíamos decidido que merecía la pena intentarlo.

Me senté a la mesa con papá, Dee, Jo, Cam, Cole y Hannah e hice todo lo posible por estar presente, pero de vez en cuando me invadía un recuerdo de la última semana y me perdía en una pequeña fantasía de Nate y Olivia hasta que alguno de mis acompañantes me sacaba de ella.

Jo estaba hablándome de las fotos de la luna de miel de Joss y Braden en Hawái cuando noté que Hannah se ponía tensa a mi lado. Tanto Jo como yo la miramos y a continuación seguimos su mirada de conejo congelado por la sala hasta el joven que estaba limpiando una mesa en la esquina.

Nuestra chica tenía buen gusto.

Un poco joven para mí, por supuesto, pero podía entender la atracción.

—¿Es él? —pregunté entre dientes.

Hannah asintió con rapidez y se humedeció los labios, nerviosa. Eso me sorprendió, porque nunca la había conocido de otra manera que comunicativa y segura de sí misma. Al parecer, había sido una niña tímida, pero yo no podía imaginarla de ese modo. No es que fuera especialmente extrovertida o escandalosa; de hecho era una persona bastante fría, tranquila, reservada. Pero también decía lo que pensaba y era divertidísima cuando lo hacía.

—Ve a hablar con él.

La mandíbula de Hannah se endureció con determinación y se levantó de inmediato. Llevaba tejanos ajustados y una camiseta que exhibía sus curvas. Vestía de modo informal, pero estaba preciosa. Ese chico no tenía nada que hacer.

Noté un cosquilleo en la vejiga y me di cuenta de que iba a perderme el número.

—Ahora vuelvo —murmuré, y me dirigí al cuarto de baño, tratando de no quedar en evidencia cuando vi los ojos del chico ensancharse con sorpresa al ver a Hannah caminando hacia él.

Me apresuré a entrar en el lavabo, y, cuando salí, estaba justo detrás de Hannah y Marco, oculta por una planta artificial muy alta. Miré hacia la mesa, sabiendo que debería volver y dejarles intimidad. Pero, claro, era una chica por la que me preocupaba, y si el pequeño idiota era amenazador con ella quería estar allí para poder darle una patada en el culo.

—Te dije que he estado ocupado —argumentó él encogiéndose de hombros, y su acento estadounidense me desconcertó por un momento hasta que recordé que Hannah me había contado que era de Chicago.

Hannah lo miró con suspicacia.

—Entonces, ¿no has estado evitándome?

Marco se rascó la mejilla y sus labios se curvaron en la comisura.

—No. ¿Por qué iba a evitarte? —Sus ojos pasaron sobre el hombro de ella y había algo de amo y señor en la forma en que dijo—: Parece que tú has estado ocupada de todos modos. ¿Ya tienes nuevo chico?

Hannah lo miró por un segundo y a mí me impresionó poderosamente su serenidad. Actuó con mucha más tranquilidad que la que habría tenido yo. Sobre todo si, a su edad, hubiera debido enfrentarme con alguien tan guapísimo como Marco. El chico mediría más de metro ochenta y cinco, de complexión atlética, y su mezcla de sangre afroamericana y herencia italiana se había plasmado a la perfección en su piel color de caramelo, pómulos altos, mentón recto y boca sensual. Los ojos de un tono azul verdoso ofrecían un poderoso contraste con la piel y las pestañas oscuras. El atractivo de todo ello simplemente quedaba realzado por un porte tranquilo pero intenso. Tenía la sensación de que Hannah había ido a enamorarse de un chico que despertaba el instinto maternal.

—Es Cole —respondió ella por fin, inclinando la cabeza a un lado para sonreírle de una manera inquisitiva y al mismo tiempo chulesca que le decía que pensaba que las palabras del muchacho delataban celos—. Es un amigo de la familia. ¿Por qué? ¿Te molestaría si fuera una cita?

Marco torció el gesto.

—No, Hannah, no. Puedes hacer lo que quieras.

Ella ocultó muy bien su decepción, le concederé eso.

—Bueno, lo que quiero es salir con mi buen amigo Marco, pero es difícil encontrarlo últimamente.

Era el turno de Marco en el duelo de miradas, pero reconocí el momento en que el chico quedó aplastado bajo el examen de los grandes ojos castaños y aterciopelados de Hannah. Marco negó con la cabeza, como si no pudiera creer que estuviera cediendo ante ella.

—Estoy libre el martes. Podemos salir entonces.

—Vale, pode…

—Escuchar a escondidas es de mala educación, ¿sabes? —me dijo en voz baja una voz familiar.

La sorpresa, y no sabía si era una sorpresa buena o mala, me hizo volverme y levantar la cabeza —puede que con un aspecto un poco estupefacto— hacia el rostro de Benjamin.

—Benjamin —dije jadeando, mientras mi corazón se tomaba su tiempo para volver a deslizarse por mi garganta y regresar al lugar que le correspondía en el pecho.

Sus ojos preciosos brillaron como si le complaciera que conociera su nombre.

—Hola otra vez —dijo con una sonrisa mientras se metía las manos en los bolsillos.

—Eh, hola. —Me volví un momento para mirar a Hannah y vi que estaba caminando hacia nuestra mesa, mirando por encima del hombro con cara de pocos amigos. Daba la impresión de que un italiano alto y bien parecido estaba riñendo en voz baja a Marco.

—Eh —dije volviéndome hacia Benjamin—, la conozco. —Hice un gesto hacia Hannah—. Es Hannah. Solo me aseguraba de que está bien. —Me encogí de hombros con timidez—. Y quizás estaba escuchando a escondidas un poquito.

Para mi alivio, Benjamin se rio, y de repente se me ocurrió que había hablado con él sin tartamudear. Me hizo sonreír, y mi sonrisa provocó que los ojos de Benjamin bajaran a mi boca.

Después de tragar con fuerza ante el brillo interesado que vi en ellos, dije:

—Parece que te gusta D’Alessandro’s.

—Es mi restaurante italiano favorito de la ciudad.

—También el mío —coincidí, y entonces miré a su espalda, tratando de ver en el otro comedor—. ¿Estás con tu familia?

De repente, Benjamin pareció incómodo.

—Eh, no. Una primera cita. Te he visto y he pensado en venir a saludarte.

Debo reconocer que me sentí un poco descorazonada al oír las palabras «primera cita», pero saber que había dejado a su acompañante para venir a hablar conmigo eliminó casi por completo la decepción.

—Seguro que la cita va bien.

Se inclinó hacia mí y susurró con horror fingido:

—Ha pedido ensalada.

Yo ahogué un grito con horror real.

—¿En D’Alessandro’s?

—Ensalada y agua. Duele solo de verlo.

—Apuesto a que sí —reí.

Benjamin también rio entonces y examinó mi rostro de una manera agradable, pero que sugería que estaba desconcertado conmigo.

Eso no era sorprendente. Era la primera vez que yo había conseguido conversar con él.

—Bueno —dijo, en apariencia con desgana—, será mejor que vuelva. Le he dicho que iba al lavabo.

—Vale. —Sonreí de manera atolondrada—. Entonces es probable que te vea en la biblioteca.

—Seguro —murmuró con voz seductora, y yo sonreí más todavía al verlo alejarse.

En cuanto se perdió de vista, volví a la mesa sintiendo un cosquilleo de calor en el pecho. Había ido bien. Realmente bien. Mis lecciones con Nate estaban dando resultados.

Nate.

Fruncí el ceño de repente cuando el cosquilleo de calor desapareció y aterricé pesadamente en mi silla.

—¿Quién era? —preguntó Jo.

Todos me estaban mirando con impaciencia.

Incluso papá.

—Un chico de la biblioteca.

Papá inclinó la cabeza a un lado, con expresión extraña.

—¿Un compañero?

—No, estudiante de posgrado. Es amable.

—Posgrado —repitió papá, reflexionando—. Un chico listo, pues. —Me sonrió con descaro—. Es evidente que está interesado en ti, cariño. ¿Te gusta?

Algo desagradable me atenazó el estómago cuando consideré las observaciones de mi padre. Benjamin desde luego parecía interesado en mí. Había dejado a su cita para venir a hablar conmigo. Eso significaba… Si lo veía otra vez… ¿qué ocurriría?

Y… por el amor de Dios…

¿Qué quería yo que ocurriera?

«Nate».

Me encogí de hombros otra vez, pugnando por respirar a través de la repentina rigidez en mi pecho.

—En realidad no lo conozco mucho.

* * *

Sentía las piernas pesadas al subir por las escaleras de cemento hasta mi piso. Por fortuna, había superado la cena incordiando a Hannah con preguntas y riendo cuando ella hacía lo mismo burlándose de Cole.

No obstante, en cuanto me quedé sola y caminé hacia mi apartamento, el dolor de cabeza que había estado deseando darse a conocer cobró vida entre mis ojos. Me froté el puente de la nariz, con ganas de que mi cerebro no estuviera desordenado y enredado en ese momento.

Las líneas se estaban desdibujando, y otras líneas se estaban cruzando. Había un montón de líneas y ninguna de ellas tenía una consistencia sólida.

Malditas lecciones.

Con un suspiro enorme entré en mi apartamento, pero me detuve de golpe al ver a Nate apoyado en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas una sobre otra a la altura de los tobillos.

Dios, era guapísimo.

Ni siquiera tuvo que decir una palabra y mi corazón ya estaba latiendo.

Cerré la puerta detrás de mí, me apoyé en ella y giré la llave en la cerradura. Nuestros ojos se encontraron a través de la estancia y nos sostuvimos la mirada.

—¿Nueva lección? —Las palabras salieron roncas y necesitadas.

Nate se levantó todo lo alto que era.

—Lección de esta noche: toma la iniciativa.

Sin decir ni una palabra, me quité la chaqueta y empecé a desnudarme.

Los ojos de Nate ardían cuando se acercó a mí.

—Buena iniciativa.