26

Aunque sentía que Ben me había abandonado en el matadero, también estaba halagada de que estuviera lo bastante preocupado para querer que lo llamara cuando llegara a casa. No obstante, cuando lo llamé me sorprendió oír lo que tenía que decirme.

—Sois esa pareja —dijo con voz suave.

—¿Qué pareja? —solté.

—Esa pareja que es una pareja hasta cuando no está siendo una pareja.

—Pasaste cinco segundos con nosotros —argumenté.

—Sí, y me bastó para ver que Nate y tú no habéis terminado. Tú estás indecisa, y hasta que sepas si quieres volver con él o no, creo que es menos probable que resulte herido si me quedo por completo al margen del fuego cruzado. Mira, me gustas de verdad, Olivia, así que si me equivoco y decides que él no es para ti, llámame.

Y entonces me colgó.

* * *

Pasé los días siguientes furiosa con Nate. No solo por el daño emocional que me había causado, sino porque mi cuerpo estaba tenso como la cuerda de una guitarra a punto de romperse desde su pequeña seducción verbal en un rincón oscuro del Black Medicine. Mi vibrador apenas lo alivió un poco.

«Capullo».

La única buena noticia que recibí esa semana fue la mención casual de Jo de que Nathan estaba en casa y recuperándose bien, y de que Elodie y Clark iban a dar una fiesta para celebrar el embarazo de Joss. Jo sospechaba que Joss solo lo había aceptado para demostrar a todos que estaba contenta con el embarazo. Yo no estaba tan segura. Pensaba que la única persona que de verdad importaba a Joss era Braden y, por lo que había visto, él estaba contento y sabía que Joss estaba contenta. Pensaba que más que nada habían aceptado la fiesta porque significaba algo para Elodie.

La otra buena noticia —y estaba convencida de que era una buena noticia— era el hecho de que Nate había dejado de llamar. Llegó el sábado y era la hora de la fiesta y no había sabido nada de él desde nuestra conversación en el café. Eso estaba bien. Significaba que tenía razón.

Nate no me amaba.

Había renunciado con facilidad.

No me amaba.

Eso estaba bien.

«Sí, eso es convincente, Caramelito».

Vale, bastaría con decir que no estaba del mejor humor cuando aparecí en casa de Elodie y Clark el sábado por la noche. Ni siquiera los globos rosas y azules, los vestiditos de bebé decorativos con citas graciosas, la tarta blanca mastodóntica con cobertura de crema de mantequilla rosa y azul, el champán helado y los canapés de aspecto delicioso lograron cambiar mi humor.

Pero simulé que sí. O lo intenté…

—Tienes mejor aspecto. —Joss se acercó a mí cuando me acomodé en la esquina de la atestada sala con una copa de champán. Ella llevaba un vaso de agua en la mano.

—Como tú.

Y ella sí que tenía mejor aspecto. Parecía estar bien y contenta.

—Me siento bien —dijo, con una pequeña sonrisa flirteando en su boca cuando lanzó una mirada a su marido. Braden estaba de pie al otro lado de la sala, hablando con alguien al que no conocía, pero sus ojos no dejaban de buscar a Joss—. Braden está un poco sobreprotector ahora. Pensaba que lo encontraría molesto. —Me sonrió—. Pero la verdad es que no me molesta demasiado. Te asombraría saber hasta qué punto está dispuesto a llegar para hacerme feliz.

Le lancé una mirada malvada.

—¿Estás usando tu embarazo para sacarle favores irracionales a tu marido?

—Yo no diría que hacerle levantar a las dos de la mañana para encontrar un supermercado abierto las veinticuatro horas que tenga helado Häagen-Dazs de chocolate y mantequilla de cacahuete sea irracional.

Se me salieron los ojos de las órbitas.

—¡No le has hecho hacer eso!

Joss resopló.

—No. —Dio un sorbo de agua y sus pupilas centellearon de malicia—. Pero voy a hacerlo.

Me eché a reír, lo que atrajo las miradas de varias personas en la sala, y una de esas miradas me convirtió en piedra.

Nate había llegado. Y tenía buen aspecto. Se había cortado un poco el pelo y llevaba barba de varios días. Vestía una camiseta de color rojo oscuro y tejanos negros. Nada especial y, sin embargo, lograba tener un aspecto lo bastante atractivo como para comérselo. De verdad que odiaba eso de él.

Al cabo de unos segundos, nuestras miradas conectaron a través de la sala. Su expresión se tornó cada vez más distante y enseguida se volvió hacia Cam y Jo.

¿Qué? Mis ojos se estrecharon con indignación. ¿Me está ninguneando?

—¿Olvidé mencionar que vendría Nate? —dijo Joss entre dientes.

Procuré controlar mi ira y me volví hacia Joss con expresión más tranquila.

—Es tu amigo. No puedo esperar que vosotros, chicos, no habléis con él.

—Aun así… es incómodo. Debería habértelo dicho.

—Está bien. No nos hacemos caso. —Me tragué el nudo en la garganta—. No hay ninguna razón por la que no podamos disfrutar de la felicidad de nuestros amigos sin que ninguno de nosotros quiera clavar un tenedor en el ojo del otro —solté, y me tragué la copa entera de champán.

Joss me miró un segundo.

—Muy bien. Pues te dejaré con tus cavilaciones.

Se había ido antes de que pudiera disculparme por mi locura.

—Joder —murmuré.

—Encantador.

Me giré hacia la mirada sonriente y de ojos desorbitados de Ellie.

—Eh, Els. Lo siento por el lenguaje. Olvidé dejar mi amargura en la puerta y Joss ha recibido de rebote por eso.

Ellie me hizo un gesto de desdén.

—Oh, a Joss no le importa. Sabe de qué va. Solo que ahora está en esa pequeña burbuja de felicidad y eso desvía todo el sufrimiento.

—No tendría que haber desviado mi sufrimiento. Mi sufrimiento debería haberse quedado en la puerta junto con mi amargura.

Ellie dio un paso hacia mí, con expresión conspiradora y aun así simpática.

—¿Así que todavía sufres?

Simplemente le parpadeé.

—Lo tomaré como un sí. —Se escabulló sin decir ni una palabra más.

—Oh, Dios —murmuré entre dientes al darme cuenta de que estaba logrando alejar a mis amigos con mi actitud—. Soy esa prima que huele a pis.

Estuve más que agradecida, por tanto, cuando vi a mi padre caminando a través de la fiesta hacia mí. No obstante, en cuanto distinguí su semblante adusto, la gratitud fue enseguida sustituida por la preocupación.

—¿Qué pasa? —pregunté a media voz cuando él me cogió suavemente por el codo.

—Tengo que hablar contigo —repuso con brusquedad.

Desconcertada e inquieta, dejé que me condujera fuera de la sala y al piso de arriba. Para mi sorpresa, abrió la puerta de la habitación de Hannah y me hizo un gesto para que entrara delante de él.

Entré, lanzándole una mirada inquisitiva al pasar, solo para detenerme en seco al ver a Nate de pie, de espaldas a mí. Me volví, con ojos como platos, para preguntar a mi padre, pero la puerta ya estaba cerrada detrás de mí.

Boquiabierta, me volví para encontrarme a Nate mirándome ceñudo.

—Tú no eres Cam —observó en voz baja.

—¿Tú crees? —solté—. Nos han engañado. Mi padre me ha traído aquí engañada.

Él levantó una ceja y un expresión divertida brilló en sus ojos oscuros.

—¿Mick está metido en esto? ¿Cuándo se ha puesto de mi parte?

Yo sabía con exactitud cuándo mi padre se había pasado al lado oscuro, y fue todo culpa mía. Niña idiota.

—Antes de que te convirtieras en un capullo integral, cometí el error de convencerlo de que eras un buen tipo. Por desgracia, lo que le conté parece haber invalidado el hecho de que dejas de ser un buen tipo cuando tu polla está por medio.

En lugar de sentirse ofendido, Nate rio.

—Recuerdo un tiempo, no hace mucho, en que te habrías ruborizado de pies a cabeza al decir eso.

—Recuerdo un tiempo en que pensaba que no había nadie como tú.

Eso acabó de golpe con la diversión. Por un momento, nos miramos el uno al otro en un silencio tenso hasta que Nate negó con la cabeza con tristeza.

—Odio ser yo el que te ha hecho esto. La Liv de la que me enamoré es la mujer más amable, compasiva y comprensiva que jamás he conocido. Te he hecho perder eso.

Aunque no creo que él pretendiera que fuera una puya, me dolió como si lo fuera y no pude ocultar las lágrimas que me saltaron a los ojos. Ahogándome en la aplastante sensación en torno a mi garganta, me volví dirigirme a la puerta.

Oí el sonido de su movimiento rápido detrás de mí al abrir la puerta y de repente noté su calor en mi espalda, y vi su mano sobre mi cabeza cerrando otra vez la puerta. Me quedé congelada cuando Nate se apretó contra mí, con su cuerpo duro tan dolorosamente familiar.

—Sé que crees que he renunciado, nena —susurró en mi oído, y yo cerré los ojos al notar su contacto—. Pero no lo he hecho. Solo te he dado tiempo para que encuentres otra vez a esa Liv.

Comprendí de repente que nunca pasaría página mientras Nate mantuviera esperanzas de reconciliación. Necesitaba que eso fuera un final y, sin embargo, quería saborearlo una vez más, así que giré en sus brazos, lo agarré de la nuca y tiré de él hacia mi boca. Había olvidado lo que su sabor podía hacerme; estuve perdida por un momento, con una sensación de hundimiento. Nate me envolvió al instante en sus brazos y me apretó contra su cuerpo mientras me devolvía el beso, desesperado, un poco brusco. La humedad, calidez y profundidad de nuestro beso tuvo el efecto de una droga euforizante.

De repente, me encontré empujada contra la puerta, con las manos de Nate vagando por mi cuerpo como si no supiera dónde quería tocarme primero. Cuando me agarró la parte de atrás del muslo y me levantó la pierna en torno a él para poder presionar su erección contra mí, me recorrió una ola de deseo. Gemí en su boca y su agarre se hizo doloroso.

Eso también fue bueno, porque ese ligero pellizco de dolor se abrió paso en mi conciencia y, de alguna manera, encontré las fuerzas para apartarme de él.

Empujé fuerte contra su pecho, lo obligué a retroceder y me soltó.

Le acaricié el cuello con ternura y pasé mi mano por su mandíbula antes de rozarle el labio inferior con el pulgar. Una vez que mi respiración empezó a calmarse, levanté la mirada de su boca y me encontré con el fuego de sus ojos. Las lágrimas habían vuelto y Nate se convirtió en una imagen borrosa cuando susurré:

—Deja de esperar, Nate. Te perdono, ¿de acuerdo? Lo entiendo y no estoy enfadada contigo. La verdad es que no. Porque no fue culpa tuya. Solo estoy cabreada por la situación a la que he llegado contigo.

El entrecejo de Nate se arrugó con confusión.

—Liv, no… —Negó con la cabeza mientras sujetaba mi cintura de manera inquisitiva.

Así que me expliqué:

—Quiero un amor como el que tenía mi padre con mi madre. Quiero lo que tienen Joss y Braden. Jo y Cam. Ellie y Adam. —Las lágrimas fluyeron con libertad antes de que pudiera detenerlas—. Tú ya tuviste eso con Alana.

Como si le hubiera disparado, Nate se apartó de mí.

—Esto puede sonar egoísta e infantil, pero es lo que siento. Quiero ser el amor de la vida de alguien. No puedo ser un segundo plato. Y desde luego no puedo ser tu segundo plato. —Busqué detrás de mí y giré el pomo—. Lo siento, Nate. De verdad. Pero no puedo pasar el resto de mi vida amando a un hombre que no puede amarme del mismo modo. —Abrí la puerta, tratando de no ver el dolor en sus ojos—. Así que basta. Por los dos. Por favor.

No le di la oportunidad de hablar, porque era una cobarde y no quería oír cómo el dolor se trasladaba de sus ojos a su voz. Así que me fui: bajé las escaleras a toda prisa y salí de la casa antes de que nadie detuviera mi retirada.

* * *

Más tarde, esa misma noche, dejé entrar a mi padre en mi apartamento y le lancé recriminaciones todo el tiempo. Su mirada resbaló por mi cara, reparó en mis ojos hinchados y mi nariz abotargada y vi un destello de culpa brillar en ella.

—Pensaba que estaba haciendo algo bueno —dijo en voz baja, e inmediatamente me envolvió en un abrazo mastodóntico.

Me aferré a él como si de ello dependiera mi vida. Mi padre daba buenos abrazos.

—Lo sé —repuse mientras gimoteaba contra su pecho ancho.

Me apretó con fuerza y me besó en lo alto de la cabeza.

—Nate no tenía buen aspecto al bajar.

Me puse tensa y le apreté por detrás.

—Papá, no.

—Solo quiero asegurarme de que no te estás perdiendo algo bueno por terquedad.

—Suenas igual que él.

—A lo mejor tiene razón.

Me eché atrás y miré la cara de mi padre con una calma que no estaba segura de sentir.

—No puede amarme de la forma que yo quiero que lo haga. Sería desastroso para ambos.

La expresión de papá se suavizó.

—Pequeña, no le estás dando una oportunidad de demostrar que te equivocas.

—No sabes cómo habla de Alana. No lo sabes —susurré con ferocidad.

Ante eso, papá no dijo nada más. Me dio un último apretón y entonces procedió a entretenerse en la cocina, preparando chocolate caliente y algo para picar.

Se quedó hasta que me quedé dormida, y a la mañana siguiente me desperté metida a salvo en la cama.

La almohada estaba empapada de lágrimas.