20
Nate fue tierno, casi pesaroso después del sexo salvaje sobre el coche de alquiler. Fue solo después cuando me di cuenta de que no había dicho ni una sola palabra durante el sexo. No era propio de él. Normalmente decía algo caliente, sucio, para motivarnos. Que no lo hubiera hecho me hacía comprender que estaba tan enfadado y confundido como yo. Demasiado atrapado en apartar esa confusión, solo necesitando conectar, no pensar y mucho menos hablar. Al menos eso es lo que quise creer.
Circulamos en silencio hasta la casa alquilada, pero yo podía sentir su mirada en mí de vez en cuando. Buscando. En cuanto llegamos a la casa, dejé que se mezclara con nuestros amigos mientras yo me iba a la cama. Jo me siguió al piso de arriba. Preocupada. La convencí de que estaba bien. No tanto a mi almohada. Creo que fueron las lágrimas que la empaparon esa noche lo que me delató.
A la mañana siguiente casi renuncié a mi lugar en el asiento del pasajero en el camino a casa, pero sabía que eso levantaría sospechas, porque había sido muy vehemente para conseguirlo. No obstante, estuve callada y Jo se fijó en ello. Me envió un mensaje de texto desde el asiento de atrás en el que decía que estaba preocupada por mí.
Yo me estaba quebrando.
Quería contárselo todo.
Pero mantuve el silencio y me sentí agradecida cuando Nate me dejó en la puerta, de manera que pude apresurarme a entrar y alejarme de sus miradas inquisitivas.
No tuve ninguna noticia de Nate durante el resto del día, ni tampoco el lunes. Salí del trabajo, repasando todo en mi mente, tratando de darle sentido a todo, de comprender cómo yo misma me había dejado caer.
Cuando no pude hacerlo, busqué distracción…
* * *
—¿Liv? —Joss estaba en el umbral, mirándome con sorpresa.
Su aspecto me preocupó. Tenía grandes ojeras oscuras, su piel aceitunada revelaba una palidez enfermiza, y en general no parecía una mujer embarazada sana.
Antes de que se le ocurriera una excusa para no dejarme entrar, me metí en su piso.
—¿Está Braden? —dije por encima del hombro al dirigirme a la cocina.
—No, está en el trabajo.
Ella apareció en la puerta cuando yo me disponía a preparar café. La miré de pies a cabeza.
—Has de cuidarte más.
Joss se alisó un mechón de pelo en su cola de caballo.
—He estado ocupada. Ahora me representa una agente literaria de Nueva York.
Una cucharada de azúcar se congeló sobre mi taza.
—¿Le ha gustado tu libro?
—Le ha gustado mi libro.
Sonreí con entusiasmo.
—Joss, eso es fantástico.
Su sonrisa fue brillante, pero no llegó a sus ojos.
—Sí.
Mi mirada bajó a su vientre.
—Entonces, qué…
—Ella cree que debería empezar a trabajar en otro —me interrumpió con brusquedad.
Sé cuando alguien quiere cambiar de tema. La dejé escaparse con eso. Solo durante un rato. Llevé el café hecho y un plato de galletas a la sala de estar y me senté en el sofá mientras ella se acomodaba en un sillón. Sus palabras eran apresuradas, jadeantes, tan carentes de su compostura habitual que pude sentir que la intranquilidad crecía en mi estómago. Estaba claro que estaba deseando hablarme de sus libros hasta que se le pusiera la cara azul si eso significaba que no le preguntara sobre su embarazo.
Por fin, justo cuando estaba a punto de cortarla para ir al grano, oímos que se abría la puerta de la casa. Observé a Joss tensa, como si fuera un cristal frágil preparándose para un viento fuerte.
Joss se mordió el labio inferior, con la mirada clavada en la puerta del salón cuando unas pisadas pesadas avanzaron hacia la estancia. El corpachón de Braden llenó el umbral. Tenía ojos de cansancio y la comisura de la boca inclinada hacia abajo.
—Liv. —Me saludó levantando la barbilla antes de que su mirada pasara a Joss. Sus ojos se entornaron al verla—. ¿Has dormido hoy?
Joss negó con la cabeza.
—No podía.
—Tienes que dormir —dijo enfadado.
Sin decir una palabra más, dio media vuelta, aflojándose el nudo de la corbata mientras se perdía de vista.
La tensión entre los dos era obvia. El apartamento estaba sofocado de ella.
—Joss —susurré—. Chica, ¿qué estás haciendo?
—No.
Así que callé, insegura de qué decir o cómo ayudarla. Al cabo de unos minutos, Braden pasó junto a la puerta.
—Tengo una reunión de última hora con Adam —dijo en voz alta.
La puerta se cerró detrás de él.
Joss se estremeció y yo vi que intentaba no llorar.
—Oh, cielo. —Me acerqué para abrazarla, pero ella levantó una mano para mantenerme alejada.
Las lágrimas brillaron en sus ojos.
—Si me abrazas, no pararé de llorar. Y necesito no llorar.
Me quedé donde estaba.
—No soy yo —prometió—. No lo he dejado fuera. Simplemente estoy pasándolo mal ahora mismo y lo echo a perder. Echo a perder esto para él.
—¿Es él el que no te habla?
—Habla —respondió con sequedad—. Pero es… es como si apenas pudiera soportar estar en la misma habitación que yo. No me ha preguntado cómo me siento con esto ahora que el shock ha pasado. No quiere saberlo. No quiere que lo toque…
—Lo siento, Joss.
—Nunca ha sido así. Creo que la he cagado. —Rio histéricamente y de inmediato estalló en sollozos.
Era imposible que no la abrazara.
Acunada contra mí, la sostuve hasta que se le secaron las lágrimas.
Cuando su cuerpo dejó de estremecerse, oí el suave quejido de su respiración y me di cuenta de que se había quedado dormida. No podía moverme. No me atrevía.
Al cabo de quince minutos, se abrió la puerta delantera y Braden volvió a entrar en el salón con aspecto de un hombre que no quiere perder tiempo. Estaba claro que había decidido no reunirse con Adam. No sé cuál era su propósito al volver —si era gritar a Joss o tratar de cerrar la distancia entre ellos—, pero al instante le lancé una mirada para que se callara.
—Ha llorado hasta que se ha quedado dormida —susurré.
El músculo en su mandíbula se movió al bajar la mirada a ella.
—Ella no llora mucho —respondió en voz baja.
Por alguna razón, eso me dio ganas de llorar a mí. El dolor que mi amiga estaba sintiendo parecía filtrarse de ella a mí.
—Has de perdonarla.
—No se trata de eso —repuso con voz ronca, con sus ojos en el cuerpo dormido de ella—. No estoy enfadado. Solo decepcionado.
—Eso es peor.
Braden se pasó una mano por el pelo.
—Es nuestro hijo, Liv. Puedo lidiar con problemas entre nosotros. Pero se trata de nuestro hijo. Debería estar feliz.
—Sabes que no es tan fácil. Tampoco sabes lo que está pasando por su cabeza, porque no le das ni la hora —susurré, sabiendo que no debería enfadarme con él, pero aun así agitada por el derrumbe de Joss.
Braden me lanzó una mirada que habría acobardado a otra mujer. Vale. ¿A quién estaba engañando? Estaba acobardada.
—¿Has terminado?
No respondí.
Sin decir una palabra más, Braden se acercó a mí y yo me tensé, preguntándome qué iba a hacer. Con cuidado, se inclinó y cogió a Joss entre sus brazos como si no pesara nada. Joss se despertó lo suficiente para abrazarse al cuello de él y pegarse a su pecho.
Se me cerró la garganta cuando los miré. Tenían que arreglar eso. Eran la pareja por antonomasia. Si ellos no podían solucionar sus problemas, ¿qué posibilidades teníamos el resto?
Me levanté con rapidez y di un apretón de afecto al brazo de Braden antes de irme. Esperaba que los dos empezaran a comunicarse cuando Joss se despertara.
Estar a su alrededor no hizo nada por aliviar el dolor de mi corazón, y así, por miedo a estar sola, fui a casa de mi padre. Como en los viejos tiempos, me preparó cena y pasamos el rato viendo la tele, haciéndonos compañía sin más. Sabía que algo iba mal, pero por una vez no hizo preguntas. Estaba allí para mí, como siempre.
Yo no fui a casa. Si Nate usaba mi llave no lo sabría.
* * *
Evitar a Benjamin se había convertido en un reto en las últimas semanas. La primera vez me encerré en el cuarto de baño, la segunda vez me escondí detrás de pilas de libros —moviéndome de una a otra mientras Benjamin las rodeaba—, e incluso en un perchero de abrigos. Había un perchero al lado del mostrador de Información y fue el primer escondite que se me ocurrió cuando Benjamin entró en la biblioteca.
Rezando por que no hubiera moros en la costa, salí de entre los abrigos para encontrarme con la mirada de curiosidad de mi jefe.
—¿Qué demonios era eso? —había preguntado Angus.
Yo había pestañeado, dudando de que ninguna explicación posible pudiera funcionar.
—¿Una abeja?
Angus me había mirado un momento antes de marcharse de repente al despacho de atrás sin decir una palabra más.
Al día siguiente de mi visita a Joss y Braden, mi patrón de evitar a Benjamin cambió. Si cambió sin motivo o por la extrañeza entre Nate y yo, no lo sabía.
Estaba de pie en el mostrador de Información, hojeando un libro entre clientes, cuando una sombra cayó sobre mí. Levanté la mirada y encontré a Ellie sonriéndome.
—¿Has pasado un buen fin de semana? —preguntó con animación.
—Eh. —Sonreí y entonces me volví hacia Jill—. ¿Puedo tomarme cinco minutos?
—Claro. —Ella me sonrió primero a mí y luego a Ellie.
—Eh, señorita Carmichael. He oído que pronto será doctora Carmichael.
Ellie se ruborizó cuando rodeé el mostrador hacia ella.
—Pronto, sí. Aunque será extraño.
—Es fantástico. —La atraje a un abrazo antes de conducirla hacia el sofá vacío situado cerca de la escalera principal—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—He venido a darte las gracias. —Se volvió hacia mí con ojos brillantes—. Oí que anoche te pasaste por casa de Joss y Braden.
—¿Sí?
Ellie negó con la cabeza.
—Los últimos días han sido espantosos. No podía soportar estar en la misma habitación con ellos y no sabía con cuál de los dos enfadarme, así que decidí estar triste por los dos, y eso no ayudó. —Sonrió con timidez—. Bueno, mejor iré al grano. No sé lo que hiciste o dijiste, pero ayudó. Adam acaba de llamar para contarme que Braden está de mucho mejor humor. He llamado a Joss y también parece estar mejor. Ahora iré a verla.
—Me alegro. —El alivio me inundó—. Pero no hice nada.
Ellie se encogió de hombros.
—Braden te mencionó a Adam, así que creo que hiciste algo.
—Creo que estaban cerca de arreglar las cosas solos. Yo simplemente estuve allí en el momento adecuado. No es una pareja que pueda estar enfadada mucho tiempo.
Al parecer me equivocaba, porque Ellie rio.
—Vaya, deberías haberlos visto cuando rompieron. Es una pareja que puede enfadarse y hacerlo bien. Eso es lo que me preocupaba. De todos modos, ahora no importa. Lo han solucionado y Joss parece tímidamente entusiasmada con el embarazo, así que voy a agarrarme a eso. ¡Voy a ser tía! —gritó como si lo hubiera entendido de repente.
Reí, y miré a nuestro alrededor para encontrar a estudiantes sonriendo desconcertados. Uno de esos estudiantes captó mi mirada y la risa desapareció de mis labios cuando empezó a avanzar por el vestíbulo hacia mí.
—¿Liv? —preguntó Ellie.
—¿Olivia? —Benjamin se detuvo, alzándose sobre nosotras. Me sonrió; su sonrisa amistosa y fantástica destelló hacia Ellie y de nuevo hacia mí—. Hacía mucho que no te veía.
No había forma de evitarlo.
Y por primera vez en semanas no estaba segura de que debiera hacerlo. Me levanté y Ellie también lo hizo.
—Hola. Benjamin, es mi amiga Ellie. Ellie, Benjamin.
—Llámame Ben. —Me sonrió antes de volverse a estrechar la mano de Ellie.
Sentí que el calor de la curiosidad de Ellie me quemaba la cara.
—¿Has estado de vacaciones? —preguntó él, centrándose por completo en mí, lo cual me pareció realmente bonito, teniendo en cuenta que Ellie era una rubia alta y asombrosa.
—No. Creo que simplemente no nos hemos encontrado —mentí.
—Es una pena —murmuró—. Pero me alegro de verte ahora.
—Yo también —repuse con una sonrisa.
Nos miramos durante un momento demasiado largo.
Ben se aclaró la garganta.
—Supongo que será mejor que siga —dijo, aunque parecía no querer hacerlo.
—Sabes —dijo Ellie—, unos amigos saldremos al Club 39 el sábado por la noche. A lo mejor te vemos allí.
La comprensión asomó en sus ojos y me sonrió.
—Sí, a lo mejor.
En cuanto se fue, me volví hacia Ellie.
—¿Qué ha sido eso?
—Solo estaba dando un empujoncito a un cortejo que iba tan lento como el mío con Adam. No quiero que tengas que esperar cinco años, Liv. —Me dio un golpecito en el hombro—. No es divertido.
* * *
Las noticias de Ellie de que Joss y Braden estaban bien y el obvio interés de Ben en mí animaron un poco mi día, y me ayudaron a enterrar el dolor cada vez más atroz y la incertidumbre que estaba sintiendo sobre toda la situación con Nate.
Fue comprensible, pues, que cuando llegué a casa del trabajo esa noche no supiera cómo reaccionar al hecho de que Nate estuviera sentado en el sofá, tomando café y mirando la tele.
Sé cómo reaccionó mi cuerpo.
Me gustaba su forma delgada y musculosa en mi sofá. Me gustaba la barba de varios días en su rostro agraciado y el brillo en sus ojos preciosos y oscuros como el chocolate.
Sé cómo reaccionó mi corazón.
Me encantaba que estuviera en mi salón, esperándome.
—¿Hola?
Se echó hacia delante y cogió el mando a distancia para apagar el televisor.
—Pasé anoche. No viniste a casa.
—Me quedé con mi padre.
Pareció aliviado.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
Se rascó la mandíbula con una pregunta en sus ojos.
—¿La cagamos el fin de semana?
Me moví hacia él y exhalé profundamente.
—No lo sé. ¿Lo hicimos?
Nate se levantó y vino hacia mí. Puso sus manos en mi cintura y me atrajo hacia sí. Estaba perdida.
—Creo que fue un fin de semana extraño. Deberíamos olvidarnos de él.
«¿Qué coño significa eso?»
—Vale —consentí, odiándome por ello, pero adorando la sensación de sus labios susurrando en mi mandíbula.
Su aliento cálido sopló en mi oído cuando sus manos estiraron la parte de atrás de mi camiseta dentro de sus puños.
—Tengo la sensación de que hace siglos que no he estado dentro de ti.
Me incliné hacia él.
—Solo han pasado unas noches —le recordé con suavidad.
—Eso es lo que digo. —Estampó un beso con la boca abierta en mi cuello—. Joder, hace siglos.
Al principio fue brusco, salvaje, caliente. Dejé que me besara. Deje que me desnudara. Dejé que me condujera a la habitación. Dejé que acariciara cada parte de mi cuerpo.
En algún momento del proceso se puso tierno.
Dejé que se deslizara dentro de mí y me tomara lenta, maravillosamente. Cerré los ojos.
—No —dijo con brusquedad, agarrando la parte de atrás de mi muslo para cambiar el ángulo de sus embestidas lentas y profundas.
—Mírame. Dame esos ojos.
Así que dejé que me mirara a los ojos mientras me hacía el amor, hasta que las lágrimas afloraron en ellos.
Permití que Nate apartara mi incertidumbre.
Le dejé entrar de nuevo.
Nate se corrió intensamente. Me sujetaba con tanta fuerza que casi me dejó el cuerpo marcado cuando echó la cabeza atrás y gimió con el orgasmo. Una vez que sus caderas dejaron de agitarse contra mí, le invadió una extraña calma. Una sensación de alerta. Nuestros ojos se encontraron y lo que Nate vio en los míos hizo que saliera de mí como si yo estuviera en llamas.
Se quitó rápido el condón usado y lo tiró a la papelera. Enseguida empezó a ponerse otra vez los tejanos.
Algo iba muy mal.
—¿No vas a quedarte?
No respondió, y esa línea de tensión estaba otra vez en sus hombros. Esperé a que se pusiera la camisa. Al principio no se encontró con mi mirada. Se pasó una mano por la cara y, finalmente, me miró.
Mi corazón resonó cuando me incorporé. Me tragué una oleada de náusea.
—Voy a terminar esto, Liv. No puedo hacerlo más.
Sentí que mi caja torácica se cerraba en mis pulmones.
—Tú… —Negué con la cabeza—. Me haces el amor y luego… ¿te vas?
—Es por eso. —Apretó con fuerza la mandíbula—. ¿Hacer el amor contigo? Nunca se había tratado de eso.
Enfadada, me levanté de la cama y busqué un camisón para no sentirme tan vulnerable. Me lo puse por la cabeza y me volví, con las manos en las caderas.
—¿Por qué has venido aquí esta noche si ibas a terminarlo?
—Porque no estaba seguro de si había que terminarlo… pero después de… —Su voz se apagó al hacer un gesto impotente hacia la cama.
Miré la cama, donde él había sido tan tierno solo unos momentos antes.
—Solo estaba siguiéndote.
—No —me soltó—. No me vengas con esos ojos heridos y ese tono ofendido. Acordamos que esto era solo sexo. Y tú lo prometiste. —Su expresión se suavizó entonces, casi rogando—. Prometiste que esto no arruinaría nuestra amistad.
—¿Quieres que me ciña a esa promesa? Nate, ¡no te mientas! Durante las últimas seis semanas hemos tenido una relación y estoy harta de fingir que no lo es. Estás aquí la mayoría de las noches y no es solo sexo. Es amistad y afecto y ternura. —No quería llorar, pero podía sentir las lágrimas quemándome detrás de los ojos—. Nos hacemos reír el uno al otro y nos tenemos el uno al otro. ¿Qué hay de malo en eso?
—No puedo creerte —susurró Nate. El hielo cortó mi piel caliente y me produjo un sudor frío—. ¡Te he dicho una y otra vez que no quiero eso y tú te quedas sentada y murmuras que me comprendes y me tranquilizas y, joder, todo el tiempo has estado manipulándome! —Terminó en un rugido que me hizo estremecer.
Nate también estaba temblando.
Nunca lo había visto así.
Como no dije nada, se volvió para irse.
Fue entonces cuando recobré la voz.
—No fui yo la que te pidió que te quedaras a dormir después del sexo. Tú lo hiciste. No te pedí que estuvieras aquí cada noche. Tú lo hiciste. No te abracé en el sofá. Tú lo hiciste. Yo no te pedí ir a tu casa y conocer a tus padres. Tú lo hiciste.
Nate se detuvo, con la mandíbula cerrada, mirando la moqueta.
La comprensión de que estaba a punto de perderlo para siempre me impactó.
No podía respirar y sentía que unas manos invisibles me abrían en canal.
Cegada por las lágrimas, le dije con suavidad, entre jadeos:
—Mirando atrás, creo que sabías que había algo más. Hubo momentos en los que sentí que te apartabas y yo pensé que lo que había entre nosotros se había acabado, había terminado. Pero luego volvías. ¿Por qué?
Esta vez, cuando sus ojos conectaron con los míos, reconocí el miedo en sus pupilas.
—Liv, no.
—¿No? No, ¿por qué?
—Porque… —Se mordió la palabra con tono enfadado—. Si dices más me veré obligado a decir cosas que no quiero decir.
Apreté los labios con desdén.
—Solo dilas. Vamos. ¡Dilas! Soy una chica mayor.
—No hagas esto desagradable.
—Tú ya lo has hecho desagradable con tus malditas señales contradictorias. Solo dilo.
—Muy bien. No te amo. No puedo y no lo haré y lo sabes, así que no te quedes ahí como una víctima.
Reí ásperamente a través del sufrimiento que me causaban sus palabras. Lo odiaba mucho en ese momento.
—La semana pasada pensaba que podrías ser la mejor persona que he conocido en mi vida. La semana pasada te amaba como nunca había amado a nadie. —Fue un alivio amargo reconocerlo por fin a ambos—. Tú me enseñaste a ser valiente otra vez, Nate. —Me sequé las lágrimas y mi corazón comprendió con dolor cuando sus ojos desgarraron los míos—. ¿Cómo alguien tan cobarde puede enseñar a otra persona a ser valiente?
Se estremeció.
Bien.
—¿Sabes qué más me has enseñado?
No respondió.
—Me has enseñado a creer en mí misma hasta el final. Me has enseñado que valgo más que lo que veo en el espejo. Así que hoy, mientras intentas enseñarme la lección opuesta, te digo que te vayas a la mierda. —Sonreí sin ganas, lamiéndome las lágrimas saladas de mis labios—. Merezco que me amen. Todo o nada.
Nate dio un paso hacia mí.
—Liv, nunca hice promesas, eso lo sabes.
—Basta de hacerte el tonto. Has estado en esto conmigo durante las últimas seis semanas. No era solo sexo superficial, Nate. ¡Soy yo!
—Prometiste…
Agotada, me aparté de él.
—Tienes razón, lo hice. Pero no esperaba que desdibujaras las líneas. Los dos desdibujamos las líneas. Al menos yo puedo reconocerlo. Pero si tú lo reconocieras, tendrías que reconocer que has sido un cabrón egoísta, y no creo que vayas a hacerlo.
—Te equivocas —gruñó—. Lo reconozco. Pensaba que podíamos ser buenos amigos y tener sexo. No funcionó. Y no dejé de volver y empeorarlo, porque no quería perder tu amistad. Lo siento. Pero me conoces. Sabes que no tengo relaciones. Eso lo sabes. No me lo eches en cara. Solo… sé mi amiga.
Lo miré con incredulidad.
—Acabo de decirte que me he enamorado de ti. —Sin poder evitarlo, empecé a llorar con fuerza—. ¿Esperas que pueda volver a estar contigo después de esto?
—Liv, no hagas esto.
—He de hacerlo. Lo siento. Por mi propia cordura, tengo que hacerlo. Si sales por esa puerta, Nate…, si sales por esa puerta… no vuelvas nunca.
Su mandíbula tembló.
—No lo dices en serio.
—Oh, vamos —repliqué con tristeza—. Acabas de decirme que no me amas y que nunca lo harás. No creo que me eches de menos.
—Olivia, no lo hagas.
El dolor en su voz me frenó en seco. La esperanza era que debajo de toda la confusión, rabia e incertidumbre, a Nate realmente le importara… y solo estuviera asustado. Así que le di una última oportunidad de ser valiente.
—Te amo, Nate. ¿Tú me amas?
Sabía que había terminado cuando las lágrimas brillaron en sus ojos.
—Nunca quise hacerte daño, nena. —Su voz estaba empañada por la emoción.
Mis lágrimas corrían imparables, ahora.
—Supongo que eso ha sido un adiós.