16
Me sentía feliz.
Verdadera y apaciblemente feliz.
Y no tenía ninguna intención de analizarlo.
Seguro que analizarlo terminaría con la felicidad.
Tumbada con la cabeza en una almohada y las piernas estiradas sobre el regazo de Nate, lo observé por el rabillo del ojo mientras él miraba la película y me acariciaba el tobillo con aire ausente.
Nuestras relaciones sexuales se habían intensificado en las últimas dos semanas hasta que casi todas mis inhibiciones habían desaparecido. El sexo con Nate era fácil. No me sentía tímida. No estaba preocupándome todo el tiempo por si lo estaba haciendo mal.
Mi seguridad había aumentado, y sin embargo seguía evitando a Benjamin. En cambio, estaba perdida en este mundo de sexo, risas y diversión con Nate. Todavía pasábamos el rato juntos, pero ahora esos ratos estaban mezclados con tiempo de sexo.
Un tiempo de sexo formidable.
Nunca estábamos en casa de Nate —ni siquiera había estado allí—, porque él decía que prefería mi apartamento, así que con frecuencia usaba la llave que le había dado. Ese día yo me sentí especialmente complacida de llegar a casa y encontrarlo en el sofá, comiendo patatas fritas y mirando la tele. Acababa de volver de «la cena» con Dee que papá había propuesto unas semanas antes, y hasta que vi a Nate en mi apartamento me había sentido un poco frágil.
Me incliné para besarle en la sien y hacerle saber que me alegraba de verlo y luego me cambié y me puse un camisón de seda que me había regalado él. Cuando volví a la habitación, Nate me miró a la cara y dio unos golpecitos en el sofá a su lado. Me senté y dejé que me envolviera en un abrazo.
—¿Estás bien? —preguntó mientras me plantaba un beso en el pelo.
—Era solo… Estoy bien. Acabamos de hablar de mamá. Siempre me descoloca.
La respuesta de Nate fue mimarme durante un rato. Era una sensación maravillosa.
El teléfono de Nate vibró en la mesa y yo levanté las piernas de su regazo para que pudiera cogerlo. Manipuló la pantalla y sus cejas se juntaron al leer el mensaje que acababa de recibir.
—¿Todo bien?
—Es Cam —murmuró—. Creo que está sospechando. Pregunta cómo es que estoy ocupado todo el tiempo.
—Solo dile que estás ocupado ocupándote. No tiene que saber con quién.
—He estado ocupándome tanto los últimos días que tiene que saber que es solo con una mujer y querrá saber con quién. Ni siquiera yo puedo encontrar una nueva compañera sexual cada día.
—No tenemos sexo cada día.
—Casi.
Me encogí de hombros, reconociendo la verdad.
—Bueno. Pero estamos tratando de meter años de experiencia en solo unas pocas semanas.
Nate rio y de repente me agarró por los tobillos y me estiró por el sofá antes de ponerse encima de mí.
—Lo sé, es agotador —se burló—. Estoy completamente harto.
Estaba tan harto que me quitó el camisón y se sentó para quitarse la camisa y desabrocharse los tejanos. Mis muslos ya estaban temblando de excitación cuando me bajó las bragas y las lanzó por encima del hombro.
El apartamento enseguida se llenó con mis gemidos de súplica cuando enterró la cabeza entre mis piernas y me llevó al cielo con su lengua. Yo era apenas coherente cuando él de pronto agarró las partes posteriores de mis pantorrillas para levantarme las piernas sobre sus hombros.
Eso era nuevo.
Sus labios rozaron los míos.
—Me sentirás muy dentro así, nena. Espera.
—¡Nate! —grité, pues sentía cada centímetro de él mientras entraba y salía de mí.
Tenía razón. Su miembro se introducía en el ángulo más hermoso y la presión en mi interior iba subiendo, subiendo, subiendo…
—¡Aaah! —grité mientras sujetaba una mano en torno a mi muslo y rechinaba los dientes de dolor.
—¿Qué? ¿Qué? —Nate se detuvo con pánico en su voz—. ¿Liv?
—He tenido un calambre en la pierna —gimoteé.
Nate de inmediato salió de mí, con su jadeo sonando muy fuerte en la pequeña habitación.
—¿En cual?
—La izquierda —conseguí responder a través de una fea incomodidad.
Nate subió su mano por mi pierna y encontró el músculo acalambrado en la parte posterior de mi muslo. Mis dedos se clavaron en el sofá cuando él empezó a masajearme.
Al cabo de un rato el calambre empezó a remitir, y, cuando Nate sintió que yo comenzaba a relajarme, el sofá empezó a agitarse un poco con su risa.
La vergüenza me impactó al instante.
Había tenido un calambre en la pierna en medio de la excitación.
Eso no estaba bien. Eso no era sexi.
Me ruboricé con furia y me tapé la cara con las manos.
—Oh, Dios.
Nate se rio con más fuerza.
Yo estaba al borde de las lágrimas de tan avergonzada. Me incorporé, hundí la cabeza y lo empujé.
—Liv. —Ya sin reír, Nate me agarró, pero yo lo empujé con más fuerza, tratando de salir de debajo de él—. Olivia.
—Sal. Fuera. —Clavé un codo en su estómago, pero eso solo lo hizo luchar con más fuerza.
Y era más fuerte que yo. En un lío de miembros empujados terminé tumbada boca abajo, con el lado izquierdo de la cara presionado en el sofá y las manos cautivas sobre mi cabeza.
Nate me besó en la mejilla.
—¿Quieres calmarte, por favor?
—Estoy humillada —susurré, cerrando los ojos.
Sentí el pecho de Nate en mi espalda cuando apoyó la barbilla en mis hombros, con sus labios cerca de los míos.
—¿Por qué has de sentirte humillada? Joder, Liv, soy yo.
Me encogí de hombros sin mucho éxito contra su peso.
—He tenido un calambre. He interrumpido un momento sexi.
—Nena. —El humor se abrió paso en su voz—. Por favor, no me hagas reír porque siento que ahora no está bien reír.
Miré su boca.
—Tienes razón.
—Pero ha sido divertido. —Me besó otra vez en la mejilla—. Y no divertido de la forma en que deberías sentirte humillada. Simplemente divertido. La Liv que conozco sabe reírse de sí misma.
Hundí la cara en el cojín como si de alguna manera pudiera esconderme de ese modo.
—Supongo que todavía me falta seguridad con todas estas cosas.
—¿Qué? ¿Crees que un calambrito en la pierna iba a apartarme de ti?
Medio me encogí de hombros otra vez.
Noté que el peso de Nate desaparecía de mi espalda, pero cuando se sentó me agarró por las caderas. Levantó mi cuerpo de manera que tuve que doblar las rodillas para equilibrarme. Me apoyé en los codos y me quedé sin aire cuando lo miré por encima del hombro.
—¿Qué estás haciendo?
Acarició mi trasero amplio, sus ojos llenos de una intensidad oscura cuando sus rodillas separaron las mías. Sin una palabra, entró en mí.
Jadeé, observando que él cerraba los ojos como si saboreara la sensación de estar dentro de mí. Se echó atrás y esta vez entró de golpe. Solté un grito y vi sus ojos abiertos, su agarre que casi me amorataba las caderas.
—¿Te parece que no te deseo? —preguntó entre dientes apretados.
Retrocedí hacia él, rogando más en silencio.
—No. —Negué con la cabeza y entonces arqueé la espalda cuando entró en mí. Así, sin más, Nate empezó a arrancarme la vergüenza con cada embestida.
Mi cabeza cayó adelante, mi cabello se esparció sobre el sofá, mis gritos se mezclaron con los gruñidos de Nate cuando él iba y venía en mi interior con desesperación creciente. Cuando sus movimientos se hicieron más lentos de repente, retrasando así mi invasivo orgasmo, miré por encima del hombro a través de los mechones de mi pelo alborotado.
—¿Por qué? —gemí.
—Quiero sentirte —respondió, con voz ronca cuando su mano se deslizó por la piel húmeda de mi estómago. La presión de su agarre me llevó otra vez contra su pecho y cambió el ángulo de su penetración.
—Nate —suspiré con placer en tanto apoyaba la cabeza en su hombro.
Él tomó mi pecho amorosamente en su mano derecha mientras con la otra mano me hacia cosquillas en el abdomen. Mis caderas se levantaron reaccionando a la presión de sus dedos en mi clítoris. Mientras me estimulaba con los dedos, empezó a entrar otra vez en mí.
Me moví contra él, hallando el ritmo de su sensual tortura, deslizándome a lo largo de su miembro, sintiéndome fuera de mi mente con la sensación. Eché el brazo atrás y le clavé los dedos en la parte posterior de su hombro al aferrarme a él como si me fuera la vida en ello.
—Somos tú y yo —jadeó Nate, que se introducía en mí cada vez más deprisa y con más fuerza—. No huyas. De mí, no.
—Vale —negué con la cabeza contra su hombro—. Vale.
Detuvo el movimiento de sus dedos en mi clítoris.
—Prométemelo.
—Nate, no pares, no pares —susurré a toda prisa—. Por favor, estoy tan cerca, estoy tan cerca…
Se balanceó hacia mí y se detuvo.
—Nate —me lamenté, bajando las manos a sus caderas, sujetándolo detrás de mí—. ¡Por favor!
—Prométemelo. Dime que no huirás. —Me mordió la oreja de un modo casi doloroso—. Dime que nunca huirás de mí y luego ruégame que te folle.
Mi cerebro estaba demasiado ocupado quemando neuronas para que lo cuestionara siquiera.
—Nunca huiré de ti —dije entre jadeos, mientras instaba a mi culo a hundirse en su regazo—. Ahora, por favor, por favor, fóllame. Haz que me corra.
De repente yo estaba boca abajo, con el pecho de Nate en mi espalda y sus gruñidos animales llenando mis oídos mientras empujaba una y otra vez, hundiéndome en el sofá y propulsándome hacia un orgasmo que me hizo estallar la cabeza.
Mi grito de éxtasis llenó el apartamento, ahogado solo en cierto modo por el propio grito ronco de Nate cuando se corrió con el primer apretón de mi orgasmo.