13

Después de pasar el resto de la noche haciendo bromas como en los viejos tiempos, me sentí mucho más aliviada cuando Nate se fue a su casa. Aunque no habíamos hecho planes para vernos otra vez la tarde siguiente, no estaba muerta de preocupación al respecto. Nate parecía sentirse a gusto. Yo sabía que estaba bien. Todo iba bien.

Todas las preocupaciones desagradables se devolvieron de forma expeditiva a mi pozo de negación.

En el trabajo, al día siguiente, mis compañeros hicieron comentarios sobre mi buen humor, y no solo porque había estado inusitadamente malhumorada, sino porque estaba de muy, muy buen humor.

—Si no la conociera, diría que ha echado un polvo —bromeó Ronan al quedarse a mi lado en el mostrador de Información.

Por suerte, la expresión de sorpresa que puse se atribuyó al hecho de que Ronan había hecho la broma delante de un estudiante, que en ese momento se estaba partiendo de risa.

—Gracioso —le susurré a Ronan cuando el estudiante se alejó.

—La verdad es que sí —rio Angus detrás de nosotros.

—Tú… —Lo señalé—… eres un jefe mezquino.

Se rio con más ganas.

—Oh, vamos, Liv. Vas caminando como si todo el mundo se tirara pedos de rosas y meara champán. ¿Qué pasa?

Puse cara de desconcierto y pestañeé ante su observación.

—¿Pedos de qué y meando qué? —Miré a mi colega Jill—. ¿Estás escuchando esto?

Ella se encogió de hombros, sonriendo.

—Tiene razón. Has estado diciendo a todos los estudiantes que pasaran un día fabuloso. Toda la mañana.

—¿Y? Estoy siendo educada.

—Solo estaba diciendo… —Ronan me miró con atención—. Ayer estabas de un mal humor terrible y hoy parece que lleves un subidón.

Sin hacerles caso, me volví y apoyé la barbilla en la palma de la mano.

—Tuve un malentendido con un amigo el lunes por la noche —mentí, pero tratando de mantener la historia lo más cerca posible de la realidad—. Hemos aclarado el malentendido. Ahora estoy de buen humor.

—Bueno, menuda explicación más aburrida —dijo Angus—. Eres bibliotecaria, Liv. Estás rodeada de libros y material para una buena historia. Y te ciñes a la verdad. —Se burló—. ¿No te he enseñado nada?

Sonreí con dulzura.

—Estoy aprendiendo deprisa a ser una reina del drama.

—Bueno, supongo que ya es algo. Estaré en mi oficina, pues, donde en cinco minutos un apuesto desconocido que se parece mucho a Ryan Gosling me atará al escritorio y me hará cosas completamente inapropiadas y sucias durante las siguientes dos horas. —Angus me miró arqueando una ceja—. ¿No suena eso mejor que «Estaré escribiendo la lista de turnos de este mes»?

Reí.

—Entendido. —Suspiré con contrición—. Bueno, si tenéis que saberlo, el lunes por la noche tuve una asombrosa sesión de sexo salvaje con ese tío que está como un tren, pero el ambiente se enrareció y yo estaba realmente de mal humor, hasta que me sorprendió presentándose anoche en mi apartamento, donde tuvimos más sexo desenfrenado antes de ponernos cómodos y mirar una peli. De ahí mi buen humor de hoy.

Los tres me miraron con incredulidad antes de que Angus hiciera una mueca.

—Mi historia de Ryan Gosling era mucho mejor.

Sonreí y me volví a atender al estudiante que se acercaba a la mesa. Nate y mi secreto seguían siendo…, bueno, un secreto delicioso.

Más tarde continuaba de un humor fantástico y me sentí más que feliz al ver a mi padre de pie en la puerta de mi edificio con una bolsa de compra en la mano. En cuanto me acerqué a él, inclinó su corpachón para poder darme un beso en la mejilla.

—Hola, peque. Espero que no te importe. —Levantó la bolsa—. He traído algo de comida. Pensaba que podría prepararte la cena.

Abrí la puerta del edificio y entramos.

—Por supuesto que no me importa. Es genial verte.

Una vez dentro, papá se puso a cocinar de inmediato y enseguida mi apartamento empezó a oler como un hogar. Como en los viejos tiempos, cortamos verdura y removimos la salsa mientras papá hervía pasta. Dirías que hervir pasta no es ningún arte, pero lo es. Eso parece. Tú pregunta a mi padre.

Nuestra conversación mientras cocinábamos fue intrascendente. Papá me habló del nuevo contrato que acababa de firmar para trabajar otra vez en la empresa de Braden, mientras que yo le hablé del calcetín que había encontrado en un libro devuelto la semana anterior, solo para encontrar la pareja en la sección de Reservas el lunes. Eran calcetines sucios. Yo estaba por completo a favor de lo raro. Pero había cosas raras y cosas muy raras. Angus tenía la teoría de que cerca de nosotros había un fan chiflado de Harry Potter y esta persona, de alguna manera, confundía a los asistentes de biblioteca con geniecillos del hogar esclavizados, por lo que, al darnos calcetines, pensaba que estaba haciendo un acto humanitario.

Me pareció una historia muy buena.

Mejor que mi teoría de que algún estudiante inmaduro de primer año estaba guardando sus calcetines sucios por todas partes, partiéndose de risa mientras me filmaba encontrándolos y colgando el vídeo en YouTube.

Comimos sentados en taburetes en la encimera de la cocina y estaba disfrutando del simple hecho de pasar el rato con mi padre cuando nuestra conversación tomó un cariz más serio.

—Bueno, has estado silenciosa estos últimos días. —Me miró con ojos entornados, escrutadores.

Me encogí de hombros, sintiéndome sumamente culpable por ocultar a papá mis travesuras con Nate.

—Solo he estado ocupada.

—¿Sabías que Joss y Braden ya han vuelto de su luna de miel?

Otra punzada de culpa. Maravilloso.

—No, no lo sabía.

Enrollé un poco de pasta en el tenedor. No lo sabía, porque estaba demasiado perdida en mi mundo sexual egoísta con Nate Sawyer para que me importara un cuerno lo que pasaba fuera de él. Eso tenía que terminar.

—Llamaré a Joss.

—Esta… ausencia… ¿Es por Dee? —Papá buscó respuestas en lo más profundo de mis pupilas—. Porque creo que deberíamos hablar de eso. De mí y Dee, quiero decir.

Contuve la respiración ante su expresión, sus palabras, y sentí que se me aceleraba el pulso. El sudor formó una película en las palmas de mis manos cuando solté aire temblorosamente.

—¿Vas a… vas a pedirle que se case contigo?

Papá frunció el ceño e hizo una ligera sacudida de cabeza.

—No, peque. No. Aunque supongo que el hecho de que te hayas puesto lívida solo de pensarlo es una mala señal.

—No —me apresuré a tranquilizarlo—. Papá, me gusta Dee. No la conozco tan bien como tú, pero me gusta lo que conozco.

Me estudió, con aspecto de no estar convencido.

—Entonces, ¿por qué parece que te enferme la idea de que me case con ella?

Me encogí de hombros mientras esparcía la comida por el plato.

—Es una tontería. Es inmaduro. Solo…, bueno, es que todavía pienso que eres de mamá.

El tenedor de papá resonó en el plato y su manaza cubrió la mía. Atrajo mi mirada otra vez hacia él. Sus ojos brillaban de emoción cuando me dijo con voz baja y pastosa:

—Una parte enorme de mí siempre será de tu madre. Fue así desde el momento en que la conocí. Lo que tengo con Dee nunca cambiará eso.

—¿Eso es justo para Dee? —pregunté, tratando con desesperación de no llorar.

Me apretó la mano.

—Ahora soy un hombre diferente, Olivia. La vida nos cambia, segundo a segundo. Antes de que Yvonne muriera era un hombre que vivía por ella. El que soy ahora es alguien que espero que sea bueno para Dee. Pero la persona más importante de mi vida siempre has sido tú. Tengo que saber que te parece bien que continúe con Dee. Y me gustaría mucho que la conocieras mejor.

Sonreí con socarronería a través del brillo de lágrimas en mis ojos.

—Papá, soy una mujer adulta. No has de preocuparte por lo que pienso.

—Mira —dijo negando con la cabeza con una sonrisa—, para el mundo eres una mujer adulta; para mí sigues siendo mi niña. Lo entenderás cuando tengas tus propios hijos.

—Entonces, si te hace sentir mejor, quiero que sepas que me alegro por ti. Dee te hace reír. Te hace feliz. Es lo único que me importa.

—¿Irás a verla? ¿Pasaréis un tiempo las dos juntas? Sé que a ella le gustaría.

A decir verdad, era algo que debería haber pensado en hacer sin que me lo pidieran, y me di cuenta de que, en efecto, había estado encerrada en mis propias inseguridades y problemas durante tanto tiempo que no había sido una buena hija últimamente.

—Por supuesto, papá.

Satisfecho, papá cambió otra vez de tema: habló de Cole y explicó que él y Jo estaban pensando en comprarle un perro si aprobaba los exámenes de final de curso. Cole había comentado que siempre había querido un cachorro y Jo se había sentido mal porque ella no lo sabía y ahora ella y Cam estaban discutiéndolo con el casero.

Era gracioso, pero la conducta de Jo con Cole me recordó cómo era papá conmigo. Mientras sonreía amorosamente a mi padre, me estaba sintiendo muy sentimental y feliz de que Cole tuviera a la bendita Johanna Walker como mamá improvisada.

Y fue en ese momento de perfecta satisfacción cuando Nate usó su llave y entró en mi apartamento.

La sonrisa sexi en su rostro se congeló cuando mi padre volvió lentamente la cabeza y alzó una ceja ante la aparición de Nate. Se miraron el uno al otro por un momento y entonces mi padre giró poco a poco la cabeza hacia mí. No estaba contento.

—¿Tiene llave?

* * *

Cuando por fin se marchó mi padre y cerré la puerta, solté todo el oxígeno que había estado conteniendo en mi interior y me volví hacia Nate, medio horrorizada, medio divertida. Él estaba sentado en el sofá, tomando una cerveza fría y riendo.

—No ha tenido gracia.

Vale, puede que la tuviera. Pero en parte no la tenía. Acabábamos de pasar la media hora más incómoda con mi padre mientras él examinaba nuestra amistad de forma poco sutil. La parte divertida era verlo a él tratando de asustar a Nate. La parte que no tenía gracia fue cuando mentí a mi padre sobre la naturaleza de mi relación con Nate.

Nate dejó la cerveza en la mesa, se levantó y se quitó los zapatos.

—Tu padre da miedo —comentó, todavía divertido. Yo lo observé, preguntándole con la mirada mientras empezaba a desvestirme—. ¿Estás segura de que no es la razón de que no hayas tenido un hombre en siete años?

Reí con las cejas alzadas cuando se levantó ante mí con nada más que los bóxers y una erección impresionante.

—¿Por qué? Está claro que a ti no te asusta.

—Yo estoy hecho de una pasta más dura que la mayoría de los hombres. —Caminó hacia mí, me cogió de la mano y me llevó hacia el cuarto de baño.

—¿La lección de esta noche? —pregunté, ya que se había puesto a ello sin decir ni una palabra.

Nate cerró la puerta del cuarto de baño y cogió el borde de mi camiseta en sus manos para quitármela por la cabeza.

—Espontaneidad. No hay nada que ponga más que una mujer que quiera follarte todo el tiempo, sin que importe dónde estás ni qué estás haciendo.

Me desabroché el sujetador mientras Nate se ocupaba de mis tejanos.

—Estoy empezando a pensar que estas lecciones están personalizadas para complacer a Nate Sawyer.

—¿No te das cuenta de que todos los hombres piensan así? —me provocó mientras me quitaba los tejanos y las bragas.

—No lo sé. —Mi corazón estaba galopando cuando Nate se estiró para abrir el grifo de la ducha.

—Bueno, la mayoría de los hombres piensan así. Así pues… ¿esta noche? Sexo en la ducha. No he podido ducharme después de clase, así que pensaba que podríamos hacerlo juntos. —Sonrió y dejó caer sus bóxers.

Me relamí los labios y lo seguí ansiosa a la ducha.

—¿Sabes?, tengo la sensación de que a las mujeres les gustan los hombres que quieren tener sexo con ellas todo el tiempo sin que importe dónde.

Nate mostraba una sonrisa acalorada cuando me puso bajo el agua y contra las baldosas.

—Está bien saber que la ducha te excita, nena. En el gran plan astral, el sexo en la ducha es pan comido. Estoy deseando ver cómo reaccionas a que te folle en la biblioteca de la universidad.

Mis ojos se ensancharon.

—No puedes hacer eso. —Suspiré, caliente y húmeda solo con pensarlo—. Echo a muchos chicos por hacer eso.

—Pero te gusta la idea… —Pasó sus labios sobre los míos y me levantó la pierna—. Reconócelo.

Antes de que pudiera responder, entró en mí con fuerza y yo me habría golpeado la cabeza contra la pared si él no me hubiera puesto la mano detrás de la nuca como un cojín, previendo que yo arquearía la espalda con placer.

—No importa —maulló en mi oído—. Tomaré lo mojada que estás como un consentimiento.

* * *

—¿Estás segura de que no te importa que duerma aquí? —preguntó Nate, quien pasaba un dedo por mi espalda desnuda mientras yo yacía boca abajo a su lado en la cama.

Después del delicioso sexo bajo la ducha, me había secado el pelo mientras Nate se recalentaba parte de la pasta. Cuando salí del dormitorio, él había terminado de comer y estaba listo para continuar con nuestras lecciones. Lo supe porque salí de la habitación solo para que él me condujera otra vez adentro. Tres orgasmos después, estaba saciada por completo, era tarde y no tenía sentido que Nate se dirigiera a su casa cuando yo tenía una cama confortable y lo bastante grande para los dos.

Con la cabeza apoyada en los brazos, yo había estado mirando al cabezal, con el cuerpo tan relajado que casi estaba maullando como un gato. Volví la cabeza para responderle y mi pelo susurró al rozar la almohada.

—En este punto puedes pedir todo lo que quieras.

Observé que aparecían sus hoyuelos y decidí que un día iba a besar de verdad esas pequeñas hendiduras sexis.

—¿De verdad quieres hacer mi ego más grande de lo que es?

—Hum, bien pensado.

Nos sonreímos el uno al otro antes de que los ojos se me cerraran.

Estaba adormilada cuando sentí el tacto de sus labios en mi hombro desnudo.

—¿Liv?

Había algo en su tono, algo solemne que me puso en alerta de inmediato. Abrí los ojos, le examiné el rostro y encontré su expresión igualmente seria. El estómago me dio un vuelco de incertidumbre cuando la sangre fluyó en mis oídos con el latido repentino de mi corazón.

—¿Sí?

Nate se volvió y puso las manos detrás de la nuca como si quisiera estudiar mi techo.

—Eres uno de mis mejores amigos y lo sabes.

Mi pulso se hizo un poco más lento y sentí una oleada de calor en el pecho. Conmovida, me estiré para acariciarle de manera afectuosa el estómago con las yemas de los dedos.

—Lo mismo digo.

—Entonces prométeme algo.

Me quedé quieta.

—Dime.

—Prométeme que no importa lo que…, que esto que estamos haciendo… no va a arruinar eso.

No comprendí el dolor afilado y serrado que cortó la calidez que había invadido mi pecho, pero comprendí por qué Nate estaba preguntando lo que estaba preguntando. Puse la palma de mi mano en su estómago y la moví hasta que quedó descansando sobre el tatuaje de la «A» en su piel.

—Lo prometo.

Todo su cuerpo se relajó bajo mi mano y, cuando volvió la cabeza para mirarme, vi ternura y gratitud en sus ojos. Nos sonreímos una vez el uno al otro, y no hice caso del dolor.

Al cabo de un momento, Nate echó la cabeza atrás y volvió a mirar al techo.

Yo no podía apartar la mirada de su rostro y memorizar con esa mirada la curva de su mandíbula, el perfil perfecto, la nariz recta, las pestañas negras, los labios hermosos. Ya no me sorprendía el hecho de que mi cuerpo cobrara vida ante la simple visión de su bella cara. Por el momento dejé esa sensación a un lado, pues percibía que la mente de Nate estaba en otra parte, en algún sitio un poco más oscuro de lo habitual.

Mis dedos trazaron un círculo en la «A» de su pecho.

—¿Nate?

—¿Hum?

—Cuando lo estés pasando mal por eso, sabes que puedes hablar conmigo, ¿verdad?

Negó ligeramente con la cabeza.

—Estoy bien, Liv.

—¿De verdad? Porque cuando Cole mencionó tu tatuaje pareciste un poco ausente durante varios días.

Nate me miró de soslayo y soltó un suspiro largo y tembloroso.

—No sé si puedo reconocerlo en voz alta.

—Eh, como si yo fuera a juzgarte por algo —lo provoqué, tratando de relajarlo otra vez y recordándole que estaba a salvo conmigo.

Quería seguir la pequeña sonrisa curvada de sus labios con las yemas de mis dedos, pero me contuve.

Y esperé.

Hasta que dijo:

—Me hice el tatuaje para recordar a Alana todos los días.

—Sí, me lo contaste —le recordé con suavidad.

—A veces lamento habérmelo hecho. —La vergüenza apareció en sus pupilas al mirarme, y odié que sintiera eso—. A veces pienso que sería más fácil olvidar la mayoría de sus días.

—Eso es comprensible, cariño.

Nate negó con la cabeza.

—Se lo prometí.

—¿Qué le prometiste?

—Le prometí que nunca la dejaría —confesó con voz roca.

Se aclaró la garganta tratando de enterrar la emoción, pero no lo logró. Mi amigo todavía cargaba con demasiada historia y yo lo supe sin ninguna duda cuando continuó.

—Cuando éramos chicos la protegía de todo. De un padrastro odioso, de los chicos que se burlaban de ella porque tenía poco dinero, de las pesadillas, incluso de las historias tristes. Pero no pude protegerla del cáncer. No pude protegerla, así que lo mínimo que podía hacer era no dejarla nunca.

Un nuevo dolor extendió sus manos lacerantes en torno a mis costillas y yo me incliné para plantarle un beso tranquilizador en el pecho.

—Nate, seguir adelante con tu vida no significa olvidarla ni dejarla.

Él, que mantenía los ojos entrecerrados, no pareció impresionado con mi comentario.

—¿Cómo puedes decir eso? Tú más que nadie sabes que no funciona así. Debería querer ver ese tatuaje en el espejo cada día, Olivia. No debería avergonzarme.

Esas manos que rodeaban mis costillas apretaron cuando la voz dentro de mí me dijo que hablara, que confesara mi propio secreto enterrado, la razón real detrás de todo eso. Debería. Por mi amigo, debería. Apreté mi mejilla contra su pecho y luché por controlar mi respiración. Las lágrimas me escocían en los ojos cuando traté de ser valiente por él.

—¿Quieres conocer la verdadera razón por la que te pedí ayuda? —me atraganté con las últimas palabras, las lágrimas resbalando desde mis ojos.

Nate se tensó al notar mis lágrimas saladas en su piel.

Se movió debajo de mí, pero solo para apartar su brazo de detrás de su cabeza y poder rodearme con él.

—¿Liv?

Elevé entonces la mirada hacia él a través de mis lágrimas y susurré mi propia confesión:

—Me asustaba estar resentida con mamá. Me asustaba que en algún lugar de mi interior la culpara por el hecho de no tener nunca lo que todos los demás tenían: un primer amor y sexo y tiempo para explorar cuando todos los demás lo hacían. Pensé —continué secándome las lágrimas—, pensé que si podía solo hacer algo al respecto, aprovecharía la oportunidad de que ese resentimiento se disipara. Porque echarle la culpa por eso simplemente me habría convertido en la peor persona del mundo, y no sabía si podía haber manejado esa parte oscura de mí misma que culpaba a una mujer que fue amable y gentil hasta el final. —Me sequé las lágrimas y me abracé sobre él; pasé mis dedos con ternura por su cabello espeso—. No estás solo, Nate.

Estampé un beso tranquilizador y manchado de lágrimas en sus labios.

Y enseguida me descubrí tumbada boca arriba, con las manos sujetadas sobre mi cabeza cuando él se abalanzó sobre mí, con los ojos ardiendo.

—¿Nate? —boqueé ante el movimiento repentino.

Su respuesta fue besarme más profundamente, con brusquedad, casi con desesperación cuando me separó las piernas. Me soltó una de las muñecas solo para coger un preservativo de la mesilla y una vez que estuvo preparado me sujetó otra vez.

Traté de mover los brazos, pero no me dejó, y yo estaba perversamente sorprendida de sentir una suave excitación en mí con la sensación de estar por completo bajo su control.

Suya para que hiciera conmigo lo que le complaciera.

Con un gruñido de necesidad se clavó en mí y todo lo que pude hacer fue tomarlo cuando me aplastó contra el colchón, con mis gemidos cada vez más y más fuertes hasta que un orgasmo increíble recorrió mis entrañas y chillé su nombre al correrme hermosamente.

Después Nate se corrió con la misma intensidad, jadeante y sin control. Salió de mí, pero esta vez no se levantó para ir al cuarto de baño, sino que se quitó el preservativo y lo tiró a la papelera al lado de la cama. Luego me abrazó y apoyó la cabeza en el hueco de mi cuello, dejando nuestras piernas entrelazadas.

Nos quedamos un rato así, sin decir ni una palabra, hasta que por fin el sueño empezó a acunarme. Nate sintió la modorra y me colocó de costado, con mi espalda en su pecho, su brazo en torno a mi cintura, sus piernas entrelazadas con las mías, y juntos caímos en un estado temporal de paz absoluta.