28

Era una cálida tarde de primavera, con una brisa ligera susurrando sobre mis brazos desnudos mientras caminaba hacia el Club 39 con mis tacones. Dos chicos pasaron a mi lado y sentí sus ojos recorriéndome. Al mirarlos por el rabillo del ojo, los encontré contemplando mis piernas con admiración.

Meses atrás, habría estado convencida de que solo estaban mirando divertidos a la gordita que se atrevía a ponerse un vestido. Sabía que ya no era cierto. Yo tenía buenas piernas. Las estaba exhibiendo.

Pero no para esos tíos.

No, mis piernas se exhibían para Nate Sawyer, y solo para él.

«Estoy contenta de ti, Caramelito».

Me sonreí a mí misma. Sí. Creo que mi madre estaría realmente contenta de mí.

Mis tacones acababan de llegar al final de la cola para entrar en el Club 39 cuando sonó mi móvil. Lo saqué del bolso negro con el cierre de rubí que hacía juego con el vestido rojo escarlata que llevaba, y vi el nombre de mi padre. Respondí al instante.

—Eh, pequeña. Dee y yo estábamos pensando si a ti y a Nate os apetecería pasaros por el piso a tomar una cerveza.

—Me encantaría, papá, pero ¿qué tal mañana por la noche? Estoy con Nate y el grupo tomando algo.

—No hay problema. Me parece bien. ¿Está Nate ahí? Quería preguntarle si ha hablado con su amigo periodista respecto a hacer un artículo sobre el negocio.

Sonreí, mirando mis zapatos de ante, de color rojo oscuro. Eran alucinantes. Había elegido mi vestido con cuidado para Nate. Nate, al que oficialmente solo estaba viendo desde hacía una semana. Y mi padre ya le estaba pidiendo favores.

—Lo veré dentro. Puedes preguntárselo mañana.

—Vale, cariño. —Se quedó un momento en silencio y yo seguí avanzando en la cola, ahora bajando la escalera al bar del sótano—. Entonces, ¿las cosas van bien?

—Las cosas van genial.

—Me alegro por ti. Tu madre se habría alegrado mucho.

Las lágrimas me quemaron detrás de los ojos.

—Estaba pensando exactamente lo mismo.

—Bueno… —La voz de mi padre sonó ronca de repente, por lo que supe que se había emocionado conmigo—. Hasta luego. Pásalo bien.

—Adiós, papá.

Volví a guardarme el teléfono en el bolso. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba respirando con libertad. Aunque una vez había reconocido ante Nate el temor de que de alguna manera, quizá, en el fondo, estuviera albergando cierta clase de resentimiento hacia mi madre, ya sabía que no era cierto. Creo que lo que de verdad temía era decepcionarla de algún modo y por fin sabía que la única forma que tenía de decepcionar a mi madre era no siendo feliz.

Es asombroso el alivio que ser feliz proporciona a una persona.

Los fragmentos de mi vida encajaban bien. Tenía un trabajo que me gustaba, amigos a los que adoraba, una familia improvisada sin la que no podía pasar, finalmente me gustaba de pies a cabeza y estaba enamorada de un hombre guapísimo que me amaba igual que yo a él.

Algo que Nate había demostrado toda la semana.

Gran parte de esa prueba de amor había sido de carácter físico y juro por Dios que perdí más de dos kilos con toda la actividad. No me quejaba.

El vigilante de la puerta del Club 39 me sonrió de forma lobuna y levantó la barbilla cuando yo pasé a su lado con una sonrisa secreta. Mi sonrisa secreta no era para él. Era para Nate. Después de que Angus me hubiera pedido que me quedara a trabajar hasta un poco más tarde esa noche, había llamado a Nate para decirle que nos viéramos en el bar en lugar de que pasara a recogerme. Eso significaba que tenía que hacer una entrada para él, pero también aseguraba que salíamos de verdad, en lugar de distraernos el uno con el otro en el dormitorio. Era importante que saliéramos esa noche, porque era la primera noche que pasábamos como pareja con nuestro grupo. A pesar de no poder beber, incluso Joss iba a venir.

—¿Vienes? —le había preguntado sorprendida cuando ella me había llamado para confirmar la hora.

—Joder, sí. Nate Sawyer entrando en vereda. Sí, desde luego, es algo que no me quiero perder.

—Yo no lo he hecho entrar en vereda —argumenté.

—Olivia, ha estado follándose a todo lo que se mueve desde que lo conozco. Quería que una mujer lo llevara al redil desde la noche que lo conocí. Nada en este mundo me impedirá verlo babear por ti.

Yo me había reído y no había querido decepcionarla diciéndole que Nate no era de los que babean.

Cuando entré en el bar me concentré en mis amigos sentados en torno a una mesa y empecé a caminar hacia ellos, con mi corazón ganando velocidad al ver a Nate riendo de algo que Cam le estaba contando. Como si me hubiese presentido, Nate se volvió con lentitud y, al comerme con los ojos, tenía la expresión más próxima a babear que le había visto.

Se levantó cuando me acerqué, rodeando la mesa hacia mí.

Mi sonrisa de bienvenida se perdió de repente en su beso intenso cuando su brazo fuerte me envolvió la cintura y tiró de mí hacia su cuerpo. Yo le devolví el beso, con mis dedos curvándose un tanto en el pelo de su nuca. Cuando nuestros labios se despegaron finalmente, levanté las cejas.

—Eso es un buen recibimiento.

Los ojos caídos de Nate bajaron a mi boca.

—Eso es un buen vestido.

—Tu color favorito.

—En mi persona favorita.

Sonreí y le di otro beso rápido.

—¿Deberíamos sentarnos antes de montar una escena?

—O simplemente podríamos volver a tu casa —sugirió mientras me acariciaba la cadera.

Aunque me estremecí de placer solo de pensarlo, presioné una mano contra su pecho y me eché atrás.

—Creo que podemos permitirnos tomarnos un pequeño descanso del dormitorio durante unas horas para pasar un rato con nuestros amigos.

—Una hora.

—Tres.

—Una y media.

Sonreí y me encogí de hombros.

—Vale, dos.

—Dos horas. —Me dio otro beso rápido y me soltó la cintura solo para cogerme la mano.

Cuando me llevó a compartir su asiento con él sentí que los ojos de todos mis amigos nos quemaban.

Después de tomar asiento, miré a Ellie, Jo, Joss, Braden, Adam y Cam, y tuve que morderme el labio para contener la risa. Estaban mirando a Nate como si no lo hubieran visto nunca antes.

—¡Es el milagro del sátiro! —Joss suspiró, con los ojos como platos.

Reí y di un empujoncito con el hombro a Nate cuando él la miró.

—En serio. —Ellie sonrió—. No podía creerlo hasta que lo he visto con mis propios ojos. Nate ama a Olivia.

La mirada de Nate se tornó más oscura, pero las chicas no parecieron notarlo.

—Lo sabía —se burló Jo—. Sabía que le gustaba desde el principio.

—Me alegro de que al final haya encontrado la horma de su zapato —rio Joss.

—Ha pasado por muchas mujeres para llegar a ella —añadió Ellie—. Venía de lejos.

—Chicos —masculló Nate—, controlad a vuestras mujeres.

Mientras Braden, Cam y Adam reían, disfrutando del malestar de Nate, yo intenté contener mi diversión. Era muy difícil para mí. Pero era divertido ver a alguien tan relajado como Nate cabrearse por las burlas.

Cuando Joss abrió la boca, obviamente preparada para seguir provocando, Nate la cortó con una mirada asesina.

—Liv no necesita más recordatorios de mi… colorido pasado con las mujeres, así que, ¿podéis callaros y hablar de otra cosa, por favor?

El grupo compartió miradas de alegría, pero todos se ciñeron a la petición de Nate y empezamos a discutir las renovaciones que Joss y Braden estaban haciendo en la antigua habitación de Ellie en su apartamento. Estaban convirtiéndola en una habitación infantil, y una vez que supieran el sexo del bebé, Jo, papá y Dee iban a ayudar con la decoración.

—Voy a pedir otra ronda. —Nate se volvió hacia mí—. ¿Quieres venir a la barra conmigo?

Le dije que sí, todavía cogiéndole la mano al pasar a través de la multitud hacia la barra. Mientras esperábamos, me incliné hacia él y le apreté la mano.

—Cielo, sabes que no me importan tus ligues pasados, ¿verdad?

Un músculo se tensó en la mandíbula de Nate al mirarme.

—No necesito que la gente te lo recuerde.

—¿Por qué te importa tanto?

Parecía genuinamente sorprendido por mi pregunta, como si debiera ser obvio.

—Tardé semanas en convencerte de que lo que sentía por ti era real, Liv. No necesito que mi pasado se interponga otra vez.

Vaya. ¿Nate estaba preocupado por perderme?

Me arrimé a él y negué ligeramente con la cabeza.

—Nate, esas mujeres no significaban nada para ti. Nunca me han preocupado.

—¿Estás segura?

—Estoy segura. Toda esa incertidumbre era por Alana, pero ha terminado, ¿vale? Te amo y estoy aquí contigo. No voy a ir a ninguna parte.

Sus ojos se oscurecieron de deseo y algo más que no había visto antes.

—¿Prometido? —preguntó.

Sentí que la preocupación me inundaba al darme cuenta de que nuestra separación había despertado en Nate más demonios de lo que pensaba. De repente, se me ocurrió que había pasado la última semana permitiéndole que alejara cualquier incertidumbre que yo pudiera albergar sobre la profundidad de su amor por mí, cuando debería haber trabajado igual para demostrarle que ahora que sabía que me amaba no iba a dejar que nada más se interpusiera entre nosotros.

Me puse de puntillas y froté otra vez mis labios sobre su oreja.

—Volvamos a mi casa ahora. —Nate se echó atrás con ojos inquisitivos—. Tengo que hacer una promesa —respondí con una sonrisa picante.

La comprensión destelló en sus pupilas, y al cabo de un instante estábamos dirigiéndonos a la salida. Mandé un mensaje a Jo para que supiera que nos íbamos, y Nate y yo nos apresuramos por la calle en silencio hasta que llegamos a Jamaica Lane.

En mi cama, donde todo había empezado, hice el amor lentamente a Nate y le prometí con cada centímetro de mí, que el «después» que habíamos encontrado juntos…, bueno…, era para siempre.