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Cada semana, mi padre, Jo, Cam, Cole y yo tratábamos de reunirnos para cenar juntos, y esa noche estábamos en mi restaurante italiano favorito, D’Alessandro’s, en India Street, a la vuelta de la esquina de mi piso. Cam y papá solían discutir por ver quién pagaba la cuenta, pero papá tenía más altura y edad que Cam, así que solía imponerse.
Me encantaban esas cenas. No solo porque me gustaba la comida en D’Alessandro’s, sino porque Jo, Cam y Cole se habían convertido en familia para papá y para mí, y nosotros para ellos. Sobre todo Cole. Según lo que conocía de su vida, antes de la aparición de Cam, Cole realmente solo tenía a Jo. Ahora contaba con esta familia improvisada. Una familia que merecía. Jo había dicho que la camaradería instantánea de Cole conmigo era rara, una camaradería que todos sabíamos que se había convertido en enamoramiento. Él era demasiado listo para hacer que sus sentimientos resultaran incómodos y yo siempre simulaba ser por completo ajena a ello. Cole podría pasar por un chico de dieciocho años para un observador externo. Había crecido unos centímetros más en los últimos nueve meses, lo cual lo llevaba a pasar del metro ochenta a los quince años. Sus hombros anchos se habían musculado con el entrenamiento de judo en compañía de Cam y Nate, y su educación le había dado una madurez de la que carecían la mayoría de los chicos de su edad. No obstante, para mí, y sabía que también para Jo, porque habíamos hablado de ello, era solo un niño al que adorábamos. Eso podía volverlo loco en ocasiones, porque la mayor parte de la gente lo trataba como el joven adulto que aparentaba ser.
—¿Has leído algún libro nuevo que me pueda gustar? —preguntó el objeto de mis cavilaciones mientras yo tomaba un sorbo de vino.
—Sí, la verdad. Angus me recomendó una novela de ciencia ficción sobre una sociedad distópica clandestina. Te encantará.
—Genial. ¿Puedo conseguirlo en e-book?
—Sí, te mandaré el enlace.
—Vale, gracias. Por cierto, he terminado La guerra de los mundos.
Alcé una ceja.
—Cuéntame, ¿qué opinas?
Cole se encogió de hombros.
—Creo que es muy realista para ser lo que era y para cuando fue escrita. Es muy deprimente. Me gustó.
Cam sonrió ante la crítica de Cole. Había captado mi mirada a través de la mesa.
—Que siga lo deprimente.
Yo puse dos dedos en mi frente y lo saludé.
—Entendido.
Cole puso los ojos en blanco.
—No es ninguna cosa emo ni nada por el estilo. Los libros con finales infelices o deprimentes solo… te hacen… no sé. Sentir más o algo…
Parecía avergonzado de verse en la tesitura de reconocer que tenía sentimientos (¡el horror!), y yo me vi en la necesidad de tranquilizarlo.
—Lo entiendo. Tienes tendencia a recordar los finales infelices y agridulces; te afectan mucho más cuando has terminado de leer la historia.
—Ellie podría discutir contigo sobre eso —murmuró Jo, quien intercambió una sonrisa descarada con papá.
—Desde luego —solté—. Aun así, yo defendería mi punto de vista. Aunque me gusta una buena historia de amor con final feliz, he de reconocer que los finales infelices tienen más impacto en mí. —Sentí la atención de papá y me volví para descubrir que me miraba con cara de pocos amigos—. Olvídate de eso. —Puse cara de enfado, haciendo un gesto a la arruga entre sus cejas—. Estoy perfectamente bien.
—Prefieres los finales infelices a los felices —argumentó él.
—En literatura. No en la vida. Li-te-ra-tu-ra.
Papá se inclinó sobre la mesa hacia mí.
—Ya me dirás si hay algún problema.
—Oh, Dios mío. —Lancé una mirada de súplica a Jo.
—¿No ves que está bien? —dijo Jo, acudiendo al rescate—. Tiene éxito, es preciosa, tiene su propio piso, un montón de amigos y un papá autoritario que la ama. Ahora déjala en paz.
Papá tenía mirada asesina mientras Jo se burlaba de él. Al cabo de unos segundos, pareció procesar las palabras de Jo y sus hombros se relajaron. Se volvió hacia mí.
—Me preocupo por ti, sola en ese piso. Nada más.
—Casi nunca estoy sola. Nate ha trasladado su oficina allí.
Por alguna razón eso hizo que papá pusiera mala cara. Y lo siguió de inmediato Jo atragantándose de risa. Le lancé una mirada fugaz y ella se atragantó todavía más.
La verdad, no sabía qué hacía falta para que se diera cuenta de que lo mío con Nate era del todo platónico. Cuando nos conocimos, nos hicimos amigos enseguida. A veces conoces gente con la que estás a gusto sin más, y Nate era una de esas personas. Ambos nos sentíamos libres de ser quienes éramos uno al lado del otro, y nuestra relación se basaba en dos cosas. Una era nuestro sentido del humor. Ambos estábamos un poco chiflados. Y la segunda era nuestro interior geek. A los dos nos gustaba nuestro interior geek.
Nate era fotoperiodista independiente, pero tenía una buena segunda fuente de ingresos como crítico de películas y videojuegos para una revista internacional de cine y ocio. Pese a que mucha gente lo miraría y pensaría en una estrella de cine, en realidad se parecía más a los de mi especie: geek. Había empezado un blog a los diecinueve años donde hacía críticas de películas, libros y videojuegos. Ese blog se hizo tan grande con los años que cuando cumplió veinticinco tenía miles de seguidores. Eso y sus críticas inteligentes, divertidas y cargadas de personalidad captaron la atención de la revista, y le ofrecieron un trabajo. Por suerte para mí, se había acostumbrado a traerse las películas para verlas en mi piso, y Nate podía ser graciosísimo. A mí también se me conocía por tener mis momentos. Algunos de mis comentarios incluso habían aparecido en sus críticas.
—Bueno, Olivia, ¿alguna historia divertida de biblioteca esta semana? —preguntó Cam, que cambió de tema por mí.
Sonreí agradecida.
—Tuve que sacar otra pareja de tortolitos de las salas para discapacitados.
—Joder, en serio…
Pero no oí el resto de lo que Cam tenía que decir porque la puerta de D’Alessandro’s se abrió y el mundo a mi alrededor se desdibujó cuando entró él.
Benjamin Livingston.
Me quedé sin respiración cuando se encaminó hacia el mostrador de reservas con una pareja mayor detrás. ¿Sus padres tal vez?
No lo sabía. Para ser sincera, no me importaba. Lo único que me importaba era que estaba ahí y podría verme. Si me veía, podría reconocerme e intentar hablar conmigo. Aunque también podría verme y no reconocerme. No sabía qué era peor. Lo único que sabía era que no quería que mi familia y amigos fueran testigos de cómo Olivia Holloway se derrumbaba de forma estrepitosa al encontrarse con un hombre atractivo.
—Liv, ¿estás bien? —preguntó Jo, lo que me obligó a apartar mi atención de Benjamin para mirarla a ella. Sus hermosos ojos verdes estaban muy abiertos y cargados de preocupación—. Pareces… borracha.
—Lo siento, Cam —me disculpé con rapidez por no hacerle caso y volví la mirada a Benjamin.
¡Mierda! La camarera iba a acompañarlo pasando por nuestra mesa.
—Supongo que… —Pasé el codo por la mesa a propósito y tiré mi cucharita de postre al suelo—. Oh, perdón. —Aparté mi silla, me lancé pesadamente al suelo y escondí la cabeza tras el mantel. Me quedé allí, con el corazón desbocado en mi pecho, observando botas familiares pasando junto a la mesa.
Él estaba fuera del campo de visión. O, para ser más precisos, yo lo estaba.
El mantel se levantó y apareció ante mí el rostro de facciones duras de mi padre.
—¿Has estado fumando hierba?
Cerré los labios con fuerza para no echarme a reír. Negando con la cabeza, estiré una mano temblorosa para coger mi cucharita del postre. Iba a necesitar otra, porque desde luego que no iba a quedarme sin postre. El tiramisú de D’Alessandro’s era para morirse. Por supuesto, podría morir de vergüenza antes de tener la oportunidad de achacar mi muerte al postre.
—Solo estaba cogiendo un cubierto que se ha caído.
—Te estás comportando de forma más rara de lo habitual.
Resoplé y el movimiento hizo que me golpeara la cabeza con la mesa.
—¿Podemos no tener esta conversación aquí abajo?
La cabeza de mi padre desapareció y yo salí con rapidez tras él, mientras giraba el cuello para buscar a Benjamin. No había rastro de él al volver a mi sitio, y me derrumbé con alivio en la silla al darme cuenta de que la camarera se lo había llevado a otro comedor.
Me quedé muy contenta una vez que él se hubo ido, y sonreí con la cucharilla levantada a una camarera que pasaba.
—¿Me puede cambiar la cucharita, por favor?
Cuando ella asintió, yo mantuve la sonrisa y me volví hacia mis acompañantes.
Estaban todos mirándome. Me estremecí ante su valoración.
—¿Qué?
—Mick tiene razón. —Cam alzó una ceja en un gesto especulativo—. Estás más rara que de costumbre.
Miré a Cole en busca de ayuda, pero él se encogió de hombros e interpreté que estaba de acuerdo con todos los demás. No quería que nadie descubriera que estaba colgada sin remedio del tipo de la biblioteca, de manera que busqué una excusa. Por fin, elegí una poco imaginativa.
—Me he tomado tres Red Bull hoy.
Puede que fuera poco imaginativa, pero funcionó, y enseguida la conversación se alejó de mí y de mi conducta absurda.
Con gran disgusto mío, antes de que llegara el postre se produjo el desastre.
Necesitaba ir al baño y lo necesitaba con desesperación.
Por desgracia, los lavabos estaban en el pasillo y frente al otro comedor, lo cual posiblemente me obligaría a pasar por delante de Benjamin.
Aun así, cuando mi vejiga ya no aguantaba más, tuve que dejar de lado mis preocupaciones y correr a buscar alivio.
Al llegar al lavabo me pregunté qué había estado temiendo. Había ido tan deprisa que si me hubieran hecho una foto habría salido movida. Benjamin nunca me habría reconocido en esa imagen desdibujada inducida por mi vejiga repleta. Hum, menuda frase descabellada.
A pesar de mi calma creciente, tenía toda la intención de convertirme en una imagen desdibujada al volver a mi mesa. Por desgracia, no contaba con una colisión contra una pared al salir del lavabo.
Di un traspié, parpadeando, mientras mis ojos asimilaban la pared azul oscuro. Mi cerebro procesó muy deprisa que en realidad no se trataba de una pared… sino de un pecho. El pecho ancho de un hombre.
El corazón empezó a aporrear mi caja torácica cuando levanté la mirada —mis pulsaciones en aumento, el sudor picándome en las palmas de las manos— y la belleza familiar y masculina de Benjamin Livingston empequeñeció mi mundo.
Estaba convencida de que mi boca colgaba abierta de forma nada atractiva mientras él me sonreía con los ojos encendidos por el reconocimiento.
«Oh, coño».
—Trabajas en la biblioteca de la universidad, ¿verdad?
Tragando saliva, repasé la respuesta en mi cabeza. Luego logré asentir.
—Informante en el mostrador de ayuda. —No, eso no estaba bien—. Quiero decir ayudante en el mostrador de Información.
El ensayo no me había servido de mucho.
Su sonrisa se ensanchó y se acercó un poco más, lo que apagó el suministro de oxígeno a mi cerebro, que ya jadeaba.
—Bueno, siempre eres de gran ayuda.
Y entonces de alguna manera Maggie Smith me poseyó.
—Es lo que hago —respondí con solemnidad y acento escocés.
Un acento muy escocés.
Muy bueno, por suerte.
Pero no era esa la cuestión.
Me ardían las mejillas de vergüenza cuando Benjamin se rio con suavidad.
—Sí.
Tenía que salir de ahí. Tenía que salir de ahí ya.
—Bueno, mi mesa está esperándome en la familia.
Mostrando una sonrisa tensa y sin hacer caso del regodeo suscitado por mi frase desordenada que le curvó los labios, pasé junto a él, recorrí el pasillo y me metí en el otro comedor. Platos y vasos tintinearon cuando yo me derrumbé sin gracia en la silla y anuncié en voz alta:
—Creo que deberíamos llevarnos el postre y comerlo en casa. Como ahora mismo. —Asentí de manera alentadora—. ¿Sí?