21
Me trabé en un duelo de miradas con el pájaro que estaba una vez más al otro lado de la ventana. Era pequeño. Alguna clase de herrerillo, probablemente. Él o ella tenía plumas marrones, cuello blanco, y esa cresta mohawk negra alucinante. Habíamos estado mirándonos de manera intermitente durante los últimos días.
Había decidido que era un macho y lo había llamado Bob.
—Hola, Bob —susurré, con la barbilla apoyada en el respaldo del sofá. Él estaba posado en la repisa de la ventana, moviendo el cuello en pequeños movimientos bruscos entre el mundo exterior y yo—. Todavía duele hoy.
Se quedó quieto y ladeó su cabeza hacia mí.
—Sí. ¿Aún no estás harto de mí?
Su cabeza se inclinó hacia el otro lado.
—Lo tomaré como un sí. No te preocupes. —Solté un suspiro, sintiendo que me temblaban los labios—. Yo también estoy harta de mí.
Esa noche espantosa en que Nate había salido de mi apartamento por última vez me había puesto un poco histérica. No podía parar de llorar, y no importaba lo mucho que intentaba abrazarme a mí misma, no podía amortiguar el dolor.
Era una clase de dolor singular. Un dolor que conocía bien.
Otra pérdida.
De alguna manera, en algún lugar, quizá mucho antes de que empezáramos una relación física, Nate había entrado dentro de mí hasta que fluyó en mi sangre y descansó en mi respiración. Se había convertido en parte integral de una vida que deseaba vivir cada día, y el conocimiento de que ya no lo oiría reír ni sentiría sus labios en los míos ni me sentiría completa al mirarlo a los ojos era insufrible para mi cuerpo. Este reaccionó como si alguien me hubiera amputado un miembro o arrancado un órgano vital. Había sentido algo similar al perder a mamá, pero con Nate era diferente, porque él había elegido dejarme. Eso añadía un padecimiento diferente al dolor, un escozor, como un corte con una hoja afilada en el corazón.
—¿Eso te suena melodramático, Bob? —susurré, con los ojos secos de haber llorado un océano de lágrimas en los últimos días.
Bob apartó la mirada como si estuviera aburrido.
—Sí, eso es porque nunca te has enamorado. No lo hagas. Más te vale meterte en una picadora de carne.
La llorera de esa primera noche fue tan terrible que al día siguiente tuve que llamar al trabajo y decir que estaba enferma. Logré calmarme lo suficiente para ir a trabajar el jueves, pero mis colegas supieron de inmediato que algo iba fatal. Estuve callada; no hosca, sino solo tratando de mantener a raya el dolor. En cuanto salí de allí, me dirigí directamente a casa, sin hacer caso de los mensajes de texto de Jo ni de una llamada de Joss. Cuando llamó papá, respondí. No lo convencí de que estaba bien, pero sí de que me dejara espacio. El viernes fue más de lo mismo. El sábado me quedé en casa todo el día, solo tomándome tiempo para responder un mensaje de texto de Ellie sobre ir al bar esa noche. No estaba de humor para salir de todos modos, pero la idea de que Ben pudiera estar allí me hizo entrar por completo en modalidad de pánico. Le dije que estaba enferma y no podía ir.
Jo llamó. No le hice caso. Finalmente me mandó un mensaje de texto.
Si no respondes voy a ir a verte. Cam habló con Nate. Cam cree que habéis discutido. ¿Estás bien? Xoxo
Me sorbí las lágrimas y le devolví el mensaje de texto.
Lo explicaré después. No me siento bien. Estoy en cama. Xoxo
Vale. Dime si necesitas algo. Xoxo
No lo hice.
En cambio, me revolqué en el sofá durante el resto de la noche y hasta bien entrada la mañana del domingo.
Cuando papá volvió a llamar para preguntarme si iría a la comida dominical en casa de los Nichols, presenté mis excusas. Empezó a preocuparse un poco más.
No sabía lo preocupado que estaba hasta que mi atención fue arrancada de Bob el pájaro por el sonido de una llave girando en la cerradura.
El corazón me saltó en la garganta. Por un segundo la fugaz esperanza de que fuera Nate me paralizó de forma absoluta.
La visión del rostro preocupado de Jo fue como un clavo oxidado pinchándome el globo.
—¿Qué…? —Me callé cuando entró Jo seguida por Ellie y Joss.
Jo mostró una llave en la mano.
—El tío Mick me llamó y me dijo que estaba preocupado por ti. Me dio su llave de repuesto.
—¿No tendríais que estar comiendo?
Tiré de mi camisón para cubrirme las rodillas mientras me peinaba con la otra mano. Estaba hecha un asco. El apartamento estaba hecho un asco. Había paquetes de comida vacíos en la encimera de la cocina, platos sucios en mi mesita de café, migas en el suelo de madera noble y un olor mohoso que solo podía ser el resultado de un humano que ha habitado un espacio durante demasiado tiempo.
Las tres se quitaron las chaquetas y echaron un vistazo a la casa. Luego me miraron a mí. Pequeñas arrugas idénticas aparecieron entre sus cejas.
—Vale, lo primero es lo primero. —Jo enseguida empezó a ordenar el apartamento mientras yo observaba, pestañeando de manera estúpida al ver que Ellie la ayudaba y Joss entraba en la cocina para poner una tetera.
Al cabo de cinco minutos el apartamento tenía un aspecto algo mejor, aunque todavía necesitaba limpieza. Jo se sentó en el sofá a mi lado mientras Ellie se quitaba los zapatos y se hacía un ovillo junto a ella. Joss puso una bandeja de té, café y galletas en la mesa y se acomodó en el sillón.
Todas me miraron, esperando.
Me eché a llorar enseguida.
Así que quizá no me había secado por completo.
Las lágrimas brillaron en los ojos de Jo, que me apartó las piernas con cuidado para poder darme un abrazo.
—Apesto. —Sollocé—. Lo siento mucho.
—Chist. —Me calmó y me frotó la espalda con suavidad.
Al cabo de un rato, mis lágrimas se habían reducido a hipidos y Jo me echó atrás y recogió con ternura mechones de mi pelo sin lavar detrás de mis orejas.
—¿Quieres contarnos lo que está pasando?
Bajé la mirada.
—Creo que lo sabéis.
Ella suspiró.
—Nate.
Levanté la cabeza hacia Jo, y luego paseé mi mirada por unas preocupadas Ellie y Joss.
—Empezó como un favor…
* * *
Molida después de contarles la historia completa, me derrumbé en el sofá y miré al techo.
—Siento que, si me muevo, se me caerán las tripas. Lo odio. Lo odio por hacerme sentir así.
—Liv. —Joss se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas—. Me gustaría poder decirte que volverá, porque parece que está pasando por lo que yo pasé. Pero no puedo decírtelo. No sé cómo se siente hacia ti ni cómo fue entre vosotros. Sé que si no hubiera querido tanto a Braden no habría vuelto. No lo habría hecho. Así que sin la certeza absoluta de que Nate está tan loco por ti como yo lo estoy por Braden, mi consejo es que pases página. Sé que probablemente querrás pegarme un puñetazo por decirlo, pero no puedo evitar sentir que es el mejor consejo.
Los ojos de Ellie se llenaron de sinceridad y compasión.
—Yo estoy de acuerdo, cariño. Creo que por mucho que duela tienes que seguir adelante.
Miré a Jo, pero ella no me estaba mirando. Estaba sorbiendo su té en silencio.
Demasiado en silencio.
—Jo. ¿Qué opinas?
—Puede que las chicas tengan razón —contestó.
—¿Jo?
Suspiró profundamente y me sostuvo la mirada.
—Cam y yo llevábamos semanas sospechando de vosotros dos. Vi cómo estabais juntos. Era… especial. —Me ofreció una sonrisa casi de disculpa—. Me gustaría creer que hay una posibilidad para vosotros dos. No lo sé… A lo mejor deberías darle tiempo para que te eche de menos.
Ellie sonrió a Joss.
—¿Braden no tenía un plan similar?
Joss puso los ojos en blanco.
—Sí.
—¿Y funcionó? —preguntó Jo.
—Bueno… sí… pero…
—Pero Joss tiene razón —susurré—. Nate podría echarme de menos al principio, pero no mucho tiempo. Yo le importaba, pero no me quería. Me dijo que no me amaba.
—¿Entonces…? —Los ojos de Jo reflejaron su decepción.
Me encogí de hombros. Las lágrimas amenazaban con caer otra vez.
—Supongo que será mejor que compre una venda gigante para vendar mis entrañas… He de encontrar una forma de seguir adelante.
* * *
Terapia musical. Mi primer intento de seguir adelante.
Creé una lista de reproducción en mi iPod Nano, pues decidí que los rugidos de música independiente de Kelly Clarkson, Pink, Aretha Franklin y otras señoras que se negaban a quebrarse por un amor desventurado podían ser la mejor forma de seguir adelante.
Ese día me peiné y me maquillé para ir al trabajo. Me puse mis tejanos gastados favoritos y una blusa de seda violeta. Formaba parte de la terapia. Si quería sentirme bien por dentro, tenía que empezar por fuera.
Como estaba partiendo mi mañana entre la oficina y la recolocación de libros en las estanterías en la sección de Reservas, me acerqué a Angus a pedirle un favor.
Bajó la mirada a mi iPod frunciendo el ceño.
—¿Que quieres qué?
—Es solo por la mañana. Cuando esté trabajando de cara al público por la tarde, por supuesto me quitaré los auriculares.
Angus me examinó el rostro antes de quitarme el iPod de las manos de forma no demasiado gentil.
—¿Qué estás escuchando? —Su pulgar se movió por la pantalla con rapidez y mientras examinaba mi lista de reproducción sus facciones se suavizaron y mostraron comprensión. Cuando levantó la mirada había preocupación en sus ojos azules. Me devolvió el iPod—. Vale. Solo esta mañana.
—Gracias. Te lo agradezco.
Me giré y empezaba a ponerme los auriculares cuando Angus dijo mi nombre. Lo miré cuando preguntó:
—¿Ha sido alguien que conozco?
El corazón me dio un vuelco en el pecho.
—Ha sido Nate.
Y como Angus conocía la estrecha relación que tenía con Nate, no me sorprendió cuando se puso blanco y susurró:
—Lo siento, cielo.
Le devolví una sonrisa triste.
—Eres un gran jefe, ya lo sabes, ¿no?
—El mejor —coincidió con suavidad.
Al cabo de un rato, con Pink cantando So What en mis oídos, estaba metida en la parte de atrás de la sección de Reservas colocando nuevos artículos y retirando los que ya no se usaban. Mientras me concentraba en hacer mi trabajo y dejaba que las palabras sabias de vocalistas femeninas me fueran empapando, me esforcé al máximo por no cantar en voz alta.
Es probable que esa fuera la razón por la que no capté su aproximación a mi periferia, y por eso, cuando sentí una mano que me sujetaba el hombro, me llevé un susto tan grande que mis rodillas cedieron. Contuve la parte final de mi grito mientras me quitaba los auriculares a media caída.
Con el trasero en el suelo, levanté la mirada al que me había asustado.
Ben se alzaba a mi lado, pugnando por no reír.
—Olivia —tendió una mano, con sus hombros temblando de regocijo—. Lo siento. Déjame ayudarte.
Había superado el punto de morirme de vergüenza por esa clase de incidentes, así que dejé que tirara de mí para ponerme en pie.
—No pasa nada. —Me sacudí el polvo de los tejanos—. Normalmente no se nos permite escuchar música y ahora sé por qué.
Sonrió.
—Lo siento.
Le ofrecí una sonrisa cansada.
—No, no lo sientes, pero yo tampoco lo sentiría. Ha tenido gracia.
Todavía sonriendo, con sus hermosos ojos verdes destellando, Ben movió la correa de su mochila al mirarme. No hacía demasiado tiempo, ser el foco de su atención me habría provocado un cosquilleo en el estómago, así que tuve un disgusto al descubrir… nada. No sentí absolutamente nada cuando lo miré.
Bajé los hombros.
—Fui a ese bar el sábado, pero no te vi ni a ti ni a tu amiga.
—Lo siento. Estaba enferma.
—Oh. —Juntó las cejas—. Espero que te encuentres mejor.
Era amable. Muy, muy amable. Y muy guapo.
—Sí, gracias.
Miró con nerviosismo por encima del hombro y luego se volvió otra vez, dando un paso para acercarse a mí.
—Mira, me encantaría cenar algún día contigo. —Sonrió, fuerte y atractivo—. ¿Puedes darme tu número?
Era imposible. Acababa de romper con Nate solo una semana antes… si se podía llamar a eso romper. Mi corazón estaba hecho añicos. Claramente todos mis sentimientos sexuales habían huido con Nate. Y… bueno… acababa de empezar con la terapia musical. Necesitaba algo de tiempo para que cuajara y empezara a funcionar.
No podía tener una cita.
Simplemente no podía.
—Sí —respondí, asintiendo y sonriendo cuando él sacó su teléfono para que pudiera recitarle mi número.
Una versión más pequeña de mí me dio un pescozón en la cabeza. «¿Qué pasa contigo?», gritó, pero no le hice caso. Miré a la cara de Ben y recé por que el cosquilleo que había sentido por él regresara.