19
El sol brillaba con fuerza al día siguiente, un aliciente para Cam, Jo y Cole, que habían decidido reunirse con los padres de Cam y su perro para hacer un pícnic en la playa. El plan me sonaba a gloria. No obstante, mientras que Peetie y Lyn pasarían el día con los tíos de Peetie, Nate quería que yo pasara el día con él, Nathan y Sylvie.
Fue una elección difícil. Pasar el día retozando en la playa o aprender más de Nate.
Vale, no fue una decisión difícil, pero por orgullo voy a simular que me lo pensé más de diez segundos.
También estaba deseando alejarme de los ojos de lince de Cole. Por la mañana, mientras todos desayunábamos juntos, no dejó de vigilarnos con atención a Nate y a mí, supongo que en busca de signos de que no tramábamos nada bueno.
Fue para mí un alivio encontrarme enseguida en la terraza de atrás de la casa de los padres de Nate. El día empezó bien. Nate me felicitó por mi vestido largo un poco entallado, algo que nunca me habría atrevido a llevar antes de nuestras lecciones, y cuando nos deteníamos en los semáforos me besaba con suavidad por primera vez en lo que me parecía una eternidad. En realidad solo habían pasado unos días desde nuestro último boca a boca. Habíamos cogido el coche, porque los padres de Nate vivían en el otro lado del pueblo, y Sylvie y Nathan habían venido a recibirnos cuando aparcamos junto a su bonita casita. Desde luego, Nate había crecido en un lugar encantador.
Sorbí limonada y me reí cuando Nate y su padre se provocaron el uno al otro. Compartí sonrisas con Sylvie y en general me sentí muy a gusto.
—He visto una foto tuya con un perro —dije a Nate sonriendo. Había pasado junto a una foto de él de niño con un cachorro de labrador mientras atravesábamos el recibidor—. No me habías dicho que tenías perro.
Nathan resopló al oír el gruñido de Nate.
—¿Qué me estoy perdiendo? —dije con una mueca.
—El perro… se llamaba Duke y solo lo tuvimos unos catorce meses, hasta que mi hijo decidió que Duke tenía más valor en el mercado que como mascota familiar —aclaró Nathan.
—Oh, Dios —refunfuñó Nate otra vez, y me lanzó una mirada de reproche—. Tenías que preguntar por el perro.
Sylvie casi estaba llorando de risa.
—¿Qué hiciste? —pregunté, intrigada.
—¿Hacer? —Nathan se recostó y negó con la cabeza mientras miraba a su hijo—. Bueno, había estado rogando a su madre y a mí que le compráramos una tabla de surf durante meses, y nosotros seguíamos diciendo que no, porque no nos convencía que estuviera en el agua sin nadie experimentado con él. Así que, cuando fue a casa de Cam y sus padres en la playa, le dejamos que se llevara a Duke. Estuvo apartado de la vista de Lena y Andy unos minutos y decidió por sí mismo hacer que las cosas ocurrieran.
La expresión de Nate era dolorida.
—Se encontró con unos surfistas y empezó a charlar con ellos. Al final les preguntó si considerarían cambiar una de sus tablas.
Puse cara de horror.
—Nate, no puede ser que lo hayas hecho.
Hizo una mueca.
—Tenía once años.
—Sí, lo que significa que sabías muy bien lo que estabas haciendo. —Sylvie se enjugó las lágrimas de los ojos.
—Como habrás conjeturado —continuó Nathan—, el chico dijo que cambiaría su plancha de surf por Duke.
—¿Les diste a Duke? ¿Lo recuperaste?
—No. —Nathan negó con la cabeza—. Una vez que Andy se dio cuenta de lo que había ocurrido, volvió a buscar a los surfistas, pero se habían ido. Fui a buscarlos durante varios fines de semana, pero nunca volví a verlos.
Chasqueé la lengua.
—Eso fue insensible, Nate.
—Eh… —Me señaló con el dedo—. No soy un mierda total. Me di cuenta esa noche de que había sido una idea espantosa y me sentí fatal.
—¿Te sentiste fatal? —Nathan carraspeó—. Lloraste hasta quedarte seco.
Me pellizqué los labios para no reír.
Nate frunció el ceño.
—Lágrimas masculinas. Lágrimas masculinas de lamento.
—Supongo que comprar otro perro estaba descartado —provoqué.
Sylvie rio.
—Teníamos miedo de por qué lo cambiaría.
Nate no hizo caso de nuestra risa y se levantó.
—Bien, si habéis terminado de torturarme, voy a enseñar a Liv la prisión donde me mantuvisteis encerrado durante dieciocho años. —Tiró de mi mano para levantarme de la silla y yo sonreí de manera conspirativa a sus padres mientras dejaba que me condujera de nuevo a la casa.
La prisión era, de hecho, su dormitorio. Y no era una prisión. Era solo una típica habitación de adolescente. Carteles de grupos indie en las paredes, libros y cómics esparcidos aquí y allá. Mis ojos recorrieron las paredes azul oscuro y el edredón azul oscuro de la cama y se detuvieron en las fotografías. Estaba claro que a Nate le había gustado hacer fotos desde muy pequeño. Había algunas instantáneas hermosas de Longniddry y la playa, pero sobre todo fotos de sus padres y montones de sus amigos. Sonreí al ver versiones más jóvenes de él, Cam y Peetie haciendo el tonto… sobre todo en la playa.
Mientras pasaba de una imagen a la siguiente, una chica empezó a aparecer en la mayoría de ellas, y mi corazón latió mientras Nate se apoyaba en silencio en el umbral y me dejaba que mirara todo lo que quisiera. Finalmente, mis ojos bajaron a la única fotografía enmarcada. Estaba sobre la mesilla de noche. Me senté en la cama y sentí que se me abría una fisura de dolor en el pecho cuando me estiré a cogerla.
Era la misma chica.
Estaba sentada en un murete de ladrillos, y el pelo rubio y largo le caía a la espalda mientras ella entornaba los ojos frente al sol, sonriendo a la cámara. Era pequeña, pálida y delgada, con facciones finas, delicadas y una sonrisa hermosa. Llevaba un vestido veraniego blanco y parecía el ángel que Nate había descrito.
De alguna manera, recobré la voz.
—¿Alana?
Nate no respondió; entonces levanté la mirada de la foto que tenía en mis manos y él asintió. Dio un paso hacia el interior de la habitación.
—Alana.
Dejé otra vez la fotografía donde la había encontrado y susurré con sinceridad.
—Era hermosa, Nate.
—Saqué esa foto solo unas semanas antes de que nos enteráramos de lo del linfoma.
Luché por encontrar algo que decir y pregunté en voz baja:
—¿Su familia todavía vive aquí?
—Sí.
Caminó hacia mí. Se sentó a mi lado y miró a la pared de enfrente, donde había muchas fotos de ella clavadas. Mi propia mirada se posó en una que había tomado otra persona. Una versión desgarbada y adolescente de Nate, infantil pero no menos atractivo, estaba de pie detrás de la joven Alana, envolviéndole la cintura con los brazos. Ella se inclinaba hacia atrás contra él, sujetándoselos, atrayéndolo hacia ella. Los dos estaban sonriendo. Parecían muy felices. Y muy inocentes.
No tenían ni idea de lo que el futuro les deparaba.
Contuve las lágrimas y me apresuré a apartar la mirada de la imagen, incapaz de desembarazarme de la quemazón que sentía en el pecho.
—Sí, su familia todavía vive aquí. No tengo nada que ver con ellos.
—¿Por qué?
Nate se encogió de hombros malhumorado.
—Pasé la mayor parte de la infancia de Alana proporcionándole un lugar seguro alejado de su padrastro.
—¿Le pegaba?
—No. Podríamos haber hecho algo respecto a eso. No, era abuso emocional y verbal. Todo el tiempo. Hacía lo mismo con su madre, y su madre lo permitía. Cuando diagnosticaron el linfoma a Alana, paró. Se distanció. Pero el daño estaba hecho. Alana era callada e insegura, y nunca se defendía por sí misma. Yo siempre peleaba sus batallas. Eso es lo que le hizo él. Y su madre lo permitió. Diría que Alana era sumisa, pero el valor que mostró cuando estaba muriendo… Era valiente en lo que importa. Cuando murió, me desentendí de sus padres.
Le froté el hombro para calmarlo.
—Alana tuvo suerte de tenerte.
Nate sonrió con suavidad, aunque su expresión era distante.
—Teníamos este lugar en la playa, cerca del club de golf, donde nos reuníamos cuando ella tenía un mal día por culpa de su padrastro. Solo nos sentábamos. —Se encogió de hombros—. Solo nos sentábamos en un silencio perfecto. Ella no necesitaba que le dijera nada. Lo único que necesitaba era que yo estuviera a su lado. Eso me hacía sentir que servía de algo.
Las lágrimas me estaban ahogando otra vez, por eso no pude decir nada.
Cuando levanté la cabeza para mirar a Nate, su expresión se había suavizado ante el brillo de las lágrimas en mis ojos.
—Nunca me acosté con ella —me dijo con brusquedad.
La sorpresa relajó mis facciones y Nate rio sin ganas.
—Los dos éramos vírgenes. ¿Puedes creerlo?
—¿Tú? No —respondí con sinceridad.
—La madre de Alana era una católica devota. Alana no creía en el sexo antes del matrimonio.
—Eso es un principio raro en estos tiempos.
Su boca se curvó en la comisura.
—Era una chica rara.
—Un ángel.
—Sí, un ángel. —Su sonrisa se puso un poco chulesca—. No era un ángel del todo. Tonteamos mucho, pero no la empujé a más. Solo quería lo que ella quería darme. Entonces enfermó. No fue hasta pasados tres meses de la muerte de Alana que Peetie y Cam decidieron que ya había estado suficiente tiempo regodeándome. Me llevaron a la ciudad, me emborracharon, volví a un piso con una estudiante francesa de intercambio y me acosté con ella. Fue muy fácil. No hubo nada de sentimiento. No hubo nada de nada. —Su mirada se volvió intensa entonces y sus ojos escrutaron mi rostro—. Y eso funciona para mí, Liv.
Me pareció que estaba estableciendo una tesis y con su tesis la fisura en mi pecho se abrió hasta que quedó un agujero enorme en mi corazón. Tratando de ocultar el daño enorme que involuntariamente me había causado, hice una mueca y dije:
—Igual que tener amigos negados que te reclutan para que les ofrezcas una ayuda que implica sexo gratis y fácil.
«El sexo nunca es gratis, Caramelito».
Me estremecí por dentro.
Nate me lanzó una mirada insondable que, poco a poco, se convirtió en una mueca de respuesta.
—Hablando de… —Me mordí el labio con nerviosismo—. Creo que Cole sabe lo nuestro, gracias a que me magreaste anoche.
La confusión nubló sus facciones.
—¿Cuándo?
—Me tocaste el trasero en la cocina cuando entraste a por snacks. Cole lo vio todo.
La arruga en la frente de Nate desapareció.
—Oh, estoy seguro de que Cole no piensa nada de eso. Sabe que me gusta flirtear.
Yo había pensado lo mismo, pero oírselo decir —la sugerencia de que no era más especial que una mujer aleatoria que hubiera conocido en un bar— fue un latigazo en la herida que había abierto en mi pecho. El dolor y el enfado que me provocó me hizo hablar sin pensar. O más bien me hizo cambiar el tono sin pensar.
—¿Te ha visto mucho flirteando con otras mujeres?
Me recompensó con una mirada vacía.
—Eso suena sospechosamente como la acusación de una novia celosa. —Se levantó de la cama y se dirigió a la puerta.
La mirada vacía, la forma despreocupada en que me la lanzó, encendió un fuego de enojo bajo mi trasero.
—No te hagas ilusiones —solté, y pasé deprisa a su lado. Bajé las escaleras de dos en dos.
Sylvie me pilló dirigiéndome al cuarto de baño, donde esperaba tomarme un minuto para recomponerme. La madre de Nate, abiertamente preocupada por la expresión de trueno en mi rostro, me preguntó si estaba bien y yo la tranquilicé con rapidez, en tanto oía las pisadas de Nate bajando por la escalera.
Durante el resto del día hubo tensión entre nosotros. Mientras yo reía y bromeaba con sus padres, evitaba sus ojos y le hablaba solo cuando la conversación me obligaba a hacerlo.
Habíamos terminado de comer y pasado horas charlando por la tarde cuando las cosas tomaron un cariz aún más extraño.
Nathan me sonrió, relajado y satisfecho en apariencia.
—Es bueno ver a Nate con una chica tan encantadora, Olivia.
—Papá, Liv solo es una amiga —repuso Nate con una nota de advertencia en su tono que me hirió y que claramente hizo que sus padres se sintieran incómodos.
Su padre le lanzó una mirada dura. Pensé que iba a reprenderle por ser grosero, pero, en cambio, su expresión se suavizó cuando se estiró a coger su cerveza. Eso pareció el final hasta que dio un sorbo y entonces dijo:
—No soy ciego.
Me sentí incómoda.
Nate nos sacó de allí.
Abracé a sus padres al despedirme, deseando poder quedarme con ellos mientras Nate volvía a pie y solo a la casa alquilada. Tenía una familia muy buena, una familia feliz, y sabía que él lo apreciaba. Eso, por desgracia, fue un catalizador de mi creciente falta de comprensión. Cuando Nate tenía dos padres que se querían el uno al otro, cuando podía ver lo que era posible… ¿por qué no deseaba lo mismo para él? Alana lo estaba atormentando, impidiéndole seguir adelante, pero él lo estaba permitiendo. Estaba sosteniendo activamente su espectro como un escudo contra…
Bueno…
Contra mí.
El coche arrancó de la casa de Nathan y Sylvie, y yo aparté con terquedad la mirada de Nate y pegué la mejilla al cristal frío de la ventanilla del pasajero. Mis ojos siguieron los puñados de estrellas en el cielo oscuro e hice lo posible por controlar la respiración para no parecer todo lo nerviosa que me sentía. Nate y yo nunca habíamos discutido antes. Al menos no en serio.
Para mi sorpresa, no tomamos la ruta de regreso a la casa alquilada, sino que Nate continuó conduciendo, tomando carreteras que no reconocí, hasta que al final se detuvo en un aparcamiento vacío y oscuro rodeado por la hierba alta amarilla de las dunas de arena. Oí las olas rompiendo en la orilla, más allá de las dunas.
A regañadientes, me volví hacia él cuando se detuvo.
—¿Qué estás haciendo?
Me miró con cautela.
—Antes has dicho que querías ir a la playa.
—¿No habrá subido la marea?
—Hay marea baja a esta hora de la noche. —Salió del coche de repente, sin esperar mi respuesta.
Yo también bajé, temblando en el aire frío y salado. Mis ojos lo siguieron cuando avanzó hacia las dunas de arena, pero yo no me moví. Vi que tenía los hombros caídos y, cuando se volvió, la luz de la luna captó algo en sus pupilas que parecía derrota. Y odié que se sintiera así. No importaba lo enfadada que estuviera con él.
—Nate, ¿qué pasa?
Respiró hondo y negó con la cabeza. Metió las manos en los bolsillos de los tejanos y miró a la distancia.
—¿Nate?
Mi corazón estaba latiendo demasiado fuerte.
—Creo que lo estoy decepcionando.
Me puse tensa.
—¿A quién?
Sus ojos volvieron a mí.
—A mi padre.
—¿Por qué?
—No es un hombre que se ande con tonterías, Liv. Siempre ha sido firme. Leal. Sabe cómo trato a las mujeres y no le gusta.
—¿Cómo tratas a las mujeres? Nate, no es que seas malo con las mujeres. Simplemente pasas de una a otra. Y tú… —Me apreté las manos detrás de la espalda en un intento de contener el dolor—. Nunca les haces ninguna promesa.
—No —susurró con voz ronca—. Hago daño a las mujeres porque no me importa una mierda lo que les pasa después de que follo con ellas. No simulemos que soy algo que no soy.
Mi sangre se calentó.
—Si no te gusta lo que haces, deja de hacerlo. Tu padre no está decepcionado contigo, Nate. Te ama y está orgulloso de ti. Eso está claro para cualquiera que pase un rato con vosotros dos. Solo quiere que pases página. ¿Y sabes qué? —Levanté las manos—. Quizá tenga razón. Quizás es hora de que pases la página de Alana. Encuentra una buena chica. Sienta cabeza.
Era lo que no tenía que decir.
El labio de Nate se curvó al mirarme con desdén.
—¿Y qué? Yo encuentro una buena chica y tú finalmente te follas al inocente Benjamin. El chico de la biblioteca.
No me gustaba ni un pelo esa faceta suya. Miré a Nate al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho y me apoyaba en el capó del coche.
—Diría que estoy preparada. Me has enseñado bien. Lecciones aprendidas. Soy bastante follable, ¿verdad? Creo que lo disfrutará.
Solo tuve un momento para ver el destello de rabia en sus pupilas antes de que corriera hacia mí. Me encontré agarrada por la base del cuello cuando tiró de mí y empezó a besarme. Fue brusco, doloroso, con tirones, mordiscos, y yo di lo que recibí.
Respirando con aspereza, Nate me empujó contra el capó y se insinuó entre mis piernas. Se inclinó sobre mí y me levantó el vestido, con los ojos negros como la noche que nos rodeaba, y yo me arqueé en su boca cuando él bajó los tirantes de mi vestido y tiró hacia abajo de mi sujetador para dar a sus labios vía libre a mis pechos desnudos. Su mano se deslizó por la parte superior de mi muslo, y sus dedos se hundieron en mis bragas y empujaron en mi interior.
Yo grité mientras él maldecía con voz ronca al encontrarme mojada y preparada.
Y entonces fue todo una cuestión de desesperación.
Mis bragas ya no estaban. Su cremallera bajada. Mis caderas en sus manos fuertes cuando me bajó por el capó del coche para que me encontrara con su miembro. Me penetró, alimentando mi locura, y todo lo que nos rodeaba ya no importaba. No me importaba que estuviéramos en la calle. No me importaba estar en el capó de un coche. Lo único que me importaba era que me deseaba. Tomé eso, con mis músculos internos apretando en torno a sus embestidas poderosas, arrancándole el orgasmo.
Se relajó contra mí, ambos tumbados sobre el capó, con su aliento cálido en mi cuello y mis piernas alrededor de su cintura. Podía sentir su corazón latiendo contra el mío. La piel de su espalda pegajosa y caliente bajo mis manos. Lo tomé todo.
Lo tomé todo y lo aguanté durante un rato.
Y él me lo permitió.
Porque creo que sabía que no tardaría mucho en arrancarlo todo de mí.