25
Al parecer, Nate no entendió que significara nada de eso.
En realidad no debería haberme sorprendido encontrarlo esperándome en mi apartamento cuando llegué a casa del trabajo esa noche. Cerré la puerta detrás de mí y extendí la mano.
—Quiero que me devuelvas la llave.
Nate se había levantado en cuanto entré, y en ese momento estaba caminando hacia mí con esa expresión vivaracha en la mirada. La forma en que sus hoyuelos jugaban al escondite me tensaba la cara como un niño de cinco años que se prepara para un berrinche. No necesitaba que fuera guapo y encantador en ese momento. Decididamente, no necesitaba los hoyuelos.
—Me he tragado la llave.
—No te la has tragado. Si te la hubieras tragado me habría encontrado un cadáver.
Nate se detuvo con una ceja levantada.
—¿Debería estar preocupado ahora por lo poco preocupada que estás ante esa perspectiva?
Solté un bufido. Lo sabía. Estaba allí para ser encantador.
¡Tenía que echarlo!
—Dame mi llave.
Nate se encogió de hombros.
—No puedo hacer eso.
—Has de hacerlo. —Resoplé con indignación—. Es mi llave.
—¿Por qué estamos todavía hablando de la llave?
—Apenas hemos empezado a hablar de la llave. —Mi pie derecho retrocedió cuando Nate avanzó y sus párpados cayeron de un modo muy sexi sobre sus ojos. Era su mirada de caza—. Nate…
—Te quiero.
Me quedé paralizada, casi ahogándome con las palabras, palabras que eran puñetazos abriendo agujeros en mi pecho.
Mientras yo permanecía anonadada, Nate cobró ventaja. Se detuvo a unos centímetros de mí, sin tocarme pero sin necesidad de hacerlo. El calor de su cuerpo lamió mi piel.
—Mi vida ha sido un infierno sin ti —confesó, con voz dura y expresión taciturna—. Pensaba que podía hacerlo. Pensaba que podía mentirnos a los dos. Pero al verte en la calle la semana pasada con ese tipo y la niña… Era un atisbo del futuro. No me di cuenta hasta ese momento de que alejarme de ti, de nosotros, significaba tener que verte con otra persona, que tuvieras hijos con otro. —Cerró los ojos como dolorido—. Me hirió en lo más vivo verte jugando a la familia feliz con ese tío. Joder, Liv, no podía respirar.
Y yo no podía ceder. No tenía suficiente.
Negando con la cabeza, di un paso a un lado para que Nate no pudiera acorralarme en el rincón.
—Nate, tienes que irte.
En cambio, él me examinó con atención.
—Todavía no estás lista para oír esto —concluyó—. Pero necesito que sepas que voy a luchar por ti. No voy a cometer el error de alejarme de ti otra vez. El único hombre en tu futuro soy yo, Liv. Los únicos hijos en tu futuro son míos. —Nate abrió la puerta de la calle, metió la mano en el bolsillo y sacó mi llave. La tendió hacia mí y yo la cogí con timidez, confundida por la acción—. No necesito entrar así en tu vida. Has puesto una puerta cerrada entre nosotros y entiendo por qué. Pero voy a quedarme fuera, y voy a ser muy pesado. —Sonrió con ironía—. Hasta que me dejes volver a entrar. —Su expresión cambió como una nube negra que llega de manera inesperada—. Pero te lo advierto, si dejas entrar a ese Ben… empezaré a pelear sucio.
Antes de que yo pudiera responder, Nate salió y me dejó partida en dos.
Parte de mí estaba desesperada por llamarlo, por saborear esas dos palabras que habían salido de sus labios. Para saborearlas una y otra vez.
En cambio, la mayor parte de mí no tenía suficiente. Quizás era egoísta, pero no quería simplemente que Nate me quisiera. Quería que me quisiera como yo lo amaba a él. La clase de amor que es tan grande que dura más de una vida.
La clase de amor que él sentía por Alana.
* * *
No sabía qué esperar. Nate siempre tenía un enfoque tan relajado de la vida que yo no estaba segura de si podría en realidad luchar por mí. A decir verdad, estaba casi esperando que no lo hiciera porque eso me facilitaría mucho seguir diciendo que no.
Al día siguiente de su pequeña visita a mi apartamento, no obstante, en el trabajo me entregaron una cesta de chocolates de mi bombonería favorita de la ciudad con una nota de Nate:
Tenemos una cita con chocolate fundido esperando en nuestro futuro… Voy a pintarte con él y te lameré hasta que… Bueno, ¿cómo la llaman en francés? La petite mort. Te quiero.
Nate
No solo Nate no había tenido reparos en escribir algo así en una tarjeta de regalo que podía leer la persona del reparto, sino que yo también tuve que tratar con mis colegas, que me habían arrancado la tarjeta de las manos antes de que pudiera detenerlos.
Angus sonrió al devolvérmela.
—Ha usado una expresión francesa para hablar del orgasmo. Tiene clase. Diría que es un buen partido.
—Ha escrito sobre orgasmos en un regalo de disculpa —dije señalando lo obvio—. ¿Eso tiene clase?
—No, pero es muy seductor —intervino Jill con el ceño fruncido—. Vuelve con él, cobarde. ¿Sabes cuántos hombres hacen cosas como esta? —Hizo un gesto hacia la cesta de bombones envueltos—. No muchos.
Pasé el resto del día mirando mi cesta de chocolates.
Al día siguiente, un gran paquete envuelto llegó al trabajo y lo llevé a la sala de personal para abrirlo en privado. Por supuesto, en cuanto Jill vio la caja se lo contó a Angus, y Angus se lo dijo a Ronan y toda la intimidad quedó destrozada. Estaban de pie detrás de mí cuando yo tiré de la cinta de satén negro y abrí la caja rosa pálido. Bajo capas de papel de seda encontré un sostén de encaje negro de raso muy caro, a juego con bragas de corte alto y medias de seda. Venía con una tarjeta:
Hermosa, sexi, sensual. La ropa interior también es bonita. Espero que algún día la lleves para mí, pero, si no, espero que al menos cuando te la pongas veas lo que yo veo en ti cuando te miras al espejo. Te amo.
Nate
Terminé llorando en el cuarto de baño después de eso, maldiciendo a Nate Sawyer y esperando que al día siguiente no me mandara otro regalo que me acercara a abrir esa maldita puerta. En un intento estúpido de vencerlo de alguna manera, llamé a Benjamin esa noche y quedé para tomar un café con él después de trabajar al día siguiente. Quedamos en su café favorito, no muy lejos de la biblioteca. La esperanza era que su presencia me recordara que la vida no empezaba y terminaba con Nate y que podía pasar página. Podía, podía, podía, podía.
Al día siguiente, estaba a cargo del mostrador de Información cuando llegó el vigilante de seguridad con otro paquete para mí. Esta vez era un paquete muy pequeño con un sobre al lado. Con mi corazón latiendo con fuerza, no hice caso de Wendy, que estaba trabajando a mi lado, y lo abrí.
Un disco Blu-Ray de El mago de Oz.
Las lágrimas escocieron en mis ojos y me sentí extrañamente nerviosa mientras trataba de abrir el sobre. Respiré profundamente y empecé a leer la carta manuscrita de Nate.
Querida Liv:
Es hora de que actualicemos tu película favorita a este siglo, aunque sea El mago de Oz.
Y solo para que lo sepas: si fueras una película serías El padrino: puedo verte una y otra y otra y otra vez, porque…, bueno, tú eres mi favorita.
Te echo de menos.
Echo de menos tus conversaciones de «qué preferirías» y tus respuestas divertidísimas. Echo de menos tu risa. Echo de menos la forma en que me haces sentir cuando te hago reír. Como si hubiera conseguido algo realmente importante. Echo de menos estar sentado contigo en un silencio de comprensión perfecta. Echo de menos la forma en que nunca juzgas a nadie. Eres un hallazgo raro, Liv. Y echo de menos ver lo amable que eres con todos. Echo de menos poder llamarte y hablarte de cosas estúpidas y cosas importantes.
Echo de menos a mi mejor amiga.
Te echo de menos.
Te quiero.
Nate
Estaba temblando cuando saqué el móvil del bolsillo. Esperaba que Angus comprendiera que necesitaba hacer una llamada personal y hacerla pronto.
Jo contestó, parecía sin aliento.
—Eh, Liv, ¿puedo llamarte yo? Estoy pegando papel pintado y necesito ponerlo en la pared deprisa.
—Bueno, seré rápida. Dile a Nate que deje de enviarme regalos. Hemos terminado.
Se quedó en silencio un momento.
—¿No puedes decírselo tú?
—No, está… No puedo estar con él. Por favor, dile que me deje en paz. Por favor.
—Liv, la razón por la que no quieres verlo es porque te importa y estar a su lado hace que te duela menos y te hace más susceptible a darle una oportunidad. Y no creo que sea mala idea.
—Te equivocas —dije con altanería—. He pasado página. Voy a ver a Ben para tomar un café después del trabajo en Black Medicine.
—¿El que está en Nicolson Street? —preguntó Jo con aspereza.
—Sí. Creo que podría incluso sugerir que llevemos las cosas al siguiente nivel.
—Bueno, espero por el bien de Ben que no estés solo tratando de cabrear a Nate. Porque la verdad es que da la impresión de ser un buen tipo y no merece que juegues con él. —Jo suspiró—. Tengo que colgar.
Colgó, claramente enfadada, y eso solo consiguió hacerme sentir fatal.
Me sentiría menos mal por el hecho de haberla decepcionado unas cinco horas después…
* * *
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —siseé a Nate.
Estaba entre Ben y yo con la mano en el respaldo de mi silla y vi la dureza en sus ojos antes de que se volviera hacia mi amigo con una sonrisa simpática. Tendió la mano a Ben.
—Soy Nate. Nos hemos visto brevemente antes.
Metida en la parte de atrás de Black Medicine, ese pequeño café extravagante y precioso con muebles de madera tallada a mano que no desentonarían en un decorado de una peli de El señor de los anillos, yo estaba en medio de contar a Ben mis tribulaciones con Nate cuando el guapo cabrón había aparecido de repente como si lo hubiéramos conjurado.
Pero sabía que no lo habíamos conjurado.
Jo había delatado mi ubicación.
Iba a matarla.
Ben pestañeó, sin duda sorprendido como lo estaba yo de ver a Nate allí. Miró la mano que le ofreció Nate y poco a poco se inclinó hacia delante para estrechársela.
—Me alegro de conocerte —respondió Ben en voz baja, con expresión valorativa.
—Bueno… —Nate hizo un sonido chasqueante con los dientes—. Voy a tener que pedirte que te vayas. Tengo que hablar con Liv.
Me quedé boquiabierta ante su audacia.
—¿Has perdido el juicio?
Cuando su mirada se deslizó hacia mí, la dureza estaba allí otra vez y me di cuenta enseguida de que era irritación. ¿Estaba irritado conmigo? ¿Estaba de broma?
—Tú y yo tenemos asuntos pendientes —repuso con voz suave—. No creo que sea justo arrastrar al bueno de Benny a esto.
Ben se aclaró la garganta.
—Con la excepción del apodo condescendiente, tiene razón. —Ben se movió y sacó la cartera.
Lo observé horrorizada cuando dejó en la mesa un billete de cinco libras para pagar su café.
—¿De verdad te vas? —susurré.
Sus labios se curvaron en un gesto de doloroso beneplácito.
—Llevabas quince minutos hablándome de las formas en que este tío ha pasado la semana tratando de convencerte de que está enamorado de ti. Creo que has de hablarlo con él en lugar de conmigo. —Sonrió con amabilidad antes de lanzar a Nate una mirada de advertencia. Sus ojos verdes destellaron otra vez hacia mí—. Llámame luego para decirme que estás bien.
Entorné los ojos.
—No hablo con traidores.
Ben resopló y negó con la cabeza mientras me miraba.
—Tú llámame. —Y dicho esto, se fue.
Nate no se molestó en ver cómo se iba. Simplemente deslizó la silla que Ben había dejado y la puso tan cerca de la mía que nuestras piernas se estaban tocando. Yo eché la silla hacia atrás, lista para marcharme. El brazo de Nate salió disparado y me agarró por la muñeca.
—Liv, por favor.
Nuestros ojos se encontraron en una guerra de voluntades, y por desgracia mi voluntad fue severamente mermada por la calidez suplicante de su mirada. Suspiré, liberé con suavidad la mano que me sujetaba y me acerqué otra vez a la mesa, pero me aseguré de que ya no nos tocábamos.
—Tienes cinco minutos.
Sus ojos registraron mi rostro por un momento, como si estuviera catalogando cada facción, y había algo tan vulnerable y abierto en su expresión que mi corazón empezó a latir de inmediato. Nate se inclinó hacia delante. Bajó la voz cuando dijo:
—Esa noche en casa de Cam… la pelirroja.
Me estremecí y mi expresión se ensombreció.
No quería que me contara que, mientras que yo tenía el corazón roto, Nate estaba superándolo poniendo a otras mujeres debajo.
—No me acosté con ella —se apresuró a asegurarme, con palabras casi desesperadas—. Liv, no he estado con ninguna mujer después de ti.
Resoplé y tomé un sorbo de café con naturalidad, aunque sentía que no había nada de naturalidad en nuestra conversación.
—Claro —murmuré con sarcasmo mientras dejaba mi taza otra vez en el platillo.
—Nunca te mentiría sobre eso.
Al percibir su tono duro e indignado, levanté la mirada hasta su rostro y descubrí que estaba enfadado. Alcé una ceja ante su expresión.
—¿Estás cabreado porque no te creo? ¿De verdad, Nate? Te pregunté a quemarropa si estabas enamorado de mí, dijiste que no, y ahora, semanas después, estás diciendo que sí. ¿Y te preguntas por qué estoy luchando por creer una palabra de lo que dices?
Por un momento pensé que no iba a responder. Nate trataba a las claras de controlar su impaciencia y suspiró hondo antes de contestar:
—Esa noche fue la única noche que te he mentido. Más que eso, me estaba mintiendo a mí mismo. No quería enamorarme de ti. Tú lo sabes más que nadie. Pero lo hice. Y soy lo bastante hombre para reconocer que me aterraba. Todavía me aterra. —Se estiró hacia mí, con la mano apoyada en mi rodilla cuando sus ojos taladraron los míos—. No ha habido nadie después de ti, porque no quiero a nadie más. Me has arruinado para todas las demás.
Su mano subió ligeramente por mi muslo y, por desgracia, ese mero contacto desencadenó el recuerdo de un centenar de caricias sensuales. El deseo debió de destellar en mis ojos, porque vi la mirada de Nate afilándose al captarlo.
—Te echo de menos, nena —dijo—. Echo de menos todo de ti.
Sus dedos empezaron a trazar círculos en mi pierna y me sentí atrapada, incapaz de moverme cuando mi cuerpo empezó a zumbar con los recuerdos. Los ojos de Nate se oscurecieron de deseo al examinar mi cuerpo y volver a subir por mis labios.
—Echo de menos tu boca —confesó con voz ronca—. Echo de menos tu lengua. Echo de menos la sensación de tu lengua en mi piel. —Se inclinó para acercarse todavía más, de manera que lo único que podía ver y oler era él—. Echo de menos tu boca envolviendo mi polla.
Mi respiración me abandonó, la sangre se agolpó en mis oídos cuando sus palabras arrojaron un hechizo sexual sobre mí.
Sus dedos continuaron trazando su dibujo perezoso en mi muslo.
—Echo de menos tus pechos, Liv, y la sensación y el sabor de tus pezones. Echo de menos la forma en que se endurecen por mí, por mi pulgar, por mi lengua… y cómo solo con tocarte las tetas te pones tan mojada. —Gimió ante la idea y su mano de repente se tensó sobre mi muslo—. Echo de menos eso. Tú empapada y caliente y tensa en torno a mí mientras yo me muevo dentro de ti. La sensación de tus uñas clavándose en mi espalda, tus muslos aferrándose a mí con fuerza, tus ojos en los míos.
Creo que gimoteé.
Los ojos de Nate destellaron.
—Tú gritando mi nombre mientras te corres en torno a mi polla. Echo de menos eso más que nada.
Sin aliento, lo miré a los ojos, ruborizada, con respiración temblorosa. No podía creer que me estuviera diciendo todo eso en público. No podía creer la reacción de mi cuerpo.
Su mano se suavizó sobre mi muslo.
—Si deslizara la mano entre tus piernas ahora mismo, te encontraría empapada, ¿verdad, nena? Te encontraría mojada igual que yo la tengo dura.
Contuve el aliento, tratando de aclarar mi cerebro nublado por el deseo.
De alguna manera, en alguna parte, encontré la fuerza para apartar su mano de mi pierna. Temblando, busqué mi bolso.
—El sexo… no es amor.
—Por el amor de Dios, lo sé. —Nate me agarró la muñeca y detuvo mi huida—. No te alejes, Liv. Si te alejas de mí ahora… es por terquedad absurda.
La rabia se adueñó de mí y yo di un tirón para soltar mi mano.
—Me dejaste —gruñí—. No me trataste mejor que a cualquiera de tus ligues y, de repente, porque has decidido que no, espera, me amas, ¿tengo que volver corriendo? —Me levanté, y la silla resonó detrás de mí con la fuerza del movimiento—. Tus palabras son bonitas en el momento. Pero al final del día lo joden todo. No confío en ti con tus propios sentimientos, Nate. ¿Por qué iba a confiar en ti con los míos?
Antes de que él pudiera decir nada salí de allí, con un nudo de lágrimas en la garganta que contuve durante todo el camino a casa. Había requerido una enorme cantidad de fuerza alejarme de Nate. Una fuerza que desconocía que tuviera.