27
Decidida a convencer a todos de que estaba bien, pasé los siguientes diez días cumpliendo con las formalidades. Me levantaba, me vestía, iba a trabajar, sonreía cuando se suponía que tenía que hacerlo, reía cuando se requería, estaba seria cuando la seriedad era apropiada y rogaba a Dios que mi simulación estuviera funcionando. La verdad era que me sentía tan perdida como siempre sin Nate, y estaba asustada y enfadada conmigo misma. Me aterrorizaba no ser capaz de encontrar nunca el camino a la persona que era antes. Me sentía como si hubiera perdido un miembro y no hubiera sido capaz de aceptarlo y de asumir lo diferente que sería mi vida a partir de entonces.
En cierto modo, al simular lo contrario, no sentía tanto que era una cobarde que gimoteaba.
Quizá las cosas habrían sido más fáciles si Nate hubiera renunciado como le había pedido.
Pero insistía en llamar.
No le hice caso, y tampoco hice caso de Jo. Más o menos. Hablé por teléfono con ella, como hacía con todos mis amigos y mi familia, pero después de que me tendieran la trampa (y sabía que habían estado implicados todos en dejarme a solas con Nate ese día), no confiaba en que no fueran a intentarlo otra vez. Así, pues, estaba evitando pasar tiempo con ellos.
Cuatro días después de la fiesta había doblado la esquina de Jamaica Lane y divisado a Nate sentado en mi escalón, con la cabeza baja y mirando al suelo. Hui antes de que me viera y me fui a casa de mi padre, la única persona de la que tenía la seguridad de que no me iba a tender otra trampa.
Bajo la simulación de indiferencia sentía que mi rabia subía otra vez. ¿Por qué Nate no podía dejarme en paz sin más? Había oído lo que tenía que decirle y no podía discutir eso.
Por fortuna, el séptimo día de evitarlo, Nate pareció entenderlo y dejó de llamar. Todo estuvo en calma durante unos días, mientras yo intentaba poner orden en mi cabeza. Me sepulté en trabajo haciendo horas extras, porque la biblioteca estaba repleta de estudiantes que preparaban los exámenes. Ben vino a la sección de Reservas y charlamos amigablemente, pero no le conté que no había elegido a Nate. No se lo conté porque no elegir a Nate no significaba elegir a Ben.
Me estaba eligiendo a mí.
Y yo necesitaba algo de paz y tranquilidad, lejos de cualquier desengaño añadido.
Cuando permanecía en el silencioso mostrador de Información, ordenando el correo electrónico mientras no estaba ocupada, mi cerebro estaba decidido a no hacer caso de los pensamientos relacionados con Nate. Tenía toda una vida fuera de Nate. Concentrarme en eso debería ser pan comido.
O eso pensaba.
—Olivia, ¿puedes hacerme un favor? —Angus corrió hacia mí con una pila de carpetas en la mano.
—Lo que sea —dije con cierta vehemencia, necesitada de distracción.
Él me lanzó una mirada de preocupación, pero no comentó nada.
—Hay un problemita en una de las salas accesibles. Sala cinco. ¿Puedes ocuparte, por favor? Yo estoy a tope. —Levantó las carpetas a modo de explicación.
Arrugué la nariz.
—Otro problemita. —Negué con la cabeza mientras rodeaba el mostrador de Información—. ¿Por qué no pueden aguantársela en los pantalones?
Angus gruñó y pasó a mi lado.
Preparándome, eché los hombros atrás y me apresuré por la escalera, pasando junto a la multitud atareada hasta que llegué al primer piso. Uno podría pensar que, en época de exámenes, estos chicos tendrían cosas más apremiantes en mente, pero, oh no, el sexo siempre estaba sobre la mesa.
Literalmente en este caso.
Contuve la respiración, abrí la sala cinco y entré con decisión.
Golpeé una pared invisible y mi cuerpo se tensó al ver a Nate apoyado en la mesa, con los brazos sobre el pecho y los tobillos cruzados con naturalidad.
La puerta se cerró detrás de mí, y eso me sacó de mi estupor.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté mientras cerraba los puños a los costados.
—Angus me ha ayudado.
«¡Ese traidor!»
—Oh, ¡acabo de borrarlo de mi lista de Navidad! —me enfurecí.
Los labios de Nate se curvaron.
—No seas tan drástica. He sido muy persuasivo. El pobre tipo no ha podido evitarlo.
—Oh, seguro. —Angus probablemente se había fundido bajo la mirada cálida y chocolateada de Nate—. Ahora, si no te importa, tienes que marcharte.
Hice un gesto hacia la puerta, tratando de no temblar de manera visible. Me sentía como si no lo hubiera visto en cien años y no quería sentir ese cosquilleo de calor en el estómago solo por el hecho de estar en su presencia.
—No puedo. Antes tengo que explicarte algo. —Se enderezó y, para mi absoluto asombro, empezó a quitarse la camiseta.
—¿Qué estás haciendo? —solté, mientras alargaba el brazo para pararlo, hasta que mis ojos vieron su tatuaje.
Mi corazón empezó a saltar. Ruidosamente.
Sin apartar nunca sus ojos de los míos, Nate tiró la camiseta en el escritorio.
—Hice el cambio en el tatuaje hace unas semanas. Lo que dijiste cuando rompimos… me llegó, Liv. He tenido mucho tiempo para pensar, para procesarlo. Para seguir adelante. Y esto. —Hizo un gesto hacia el tatuaje—. Quería hablar contigo de esto, de lo que significa, desde el día que me lo hice.
La «A» estilizada en su pecho se había transformado en la palabra «After». Después.
Un nudo del tamaño de México se formó en mi garganta.
Nate dio un paso hacia mí, con su mirada intensa, severa, y sus palabras eran graves y bruscas con emoción cuando dijo:
—Antes de ti estuvo Alana. Eso no puedo cambiarlo, Liv, ni tampoco quiero. Ella fue mi primer amor. Fue una forma de amor más simple. Fue el amor de dos niños. —Buscó en mi rostro, tratando de calibrar en apariencia mi reacción a eso, pero yo estaba estupefacta. Nate continuó con calma—. Siempre creí que mantenía la distancia con las mujeres porque sabía que nunca podría amar a alguien de la forma en que la amé. Me equivocaba. Mantenía la distancia porque tenía miedo de descubrir la clase de amor que tienen mis padres, y tenía miedo de lo que podría ocurrirme si perdía esa clase de amor. —Dio otro paso hacia mí y con cada paso me iba dejando sin aliento—. Nunca quise enamorarme de ti. Pero lo hice. Lo sentí la primera noche que hice el amor contigo. Traté de alejarme entonces, porque nunca me había sentido perdido y al mismo tiempo tan completamente encontrado como me sentí esa noche mirándote a los ojos al moverme dentro de ti. Pensé que debería alejarme…, pero no podía estar lejos de ti. —Sonrió—. Me volví completa y totalmente adicto desde que te probé por primera vez. Siento mucho habértelo hecho pasar mal. Siento haber sido egoísta. Siento haberte hecho dudar de lo que sabías que había entre nosotros desde el principio. Porque eso ha estado ahí desde que nos conocimos, Liv. Las lecciones de sexo solo lo pusieron en primer plano. Desde que nos conocimos, he disfrutado de estar cerca de ti más que con nadie. Río con más ganas contigo. Me siento más yo mismo contigo. Confío en ti, mi verdadero yo confía en ti. Cuando algo va mal, o bien, o cuando oigo un chiste divertido o veo algo extraño, eres la primera persona con la que quiero hablarlo. Si alimentas eso con el mejor sexo que he tenido en mi vida, no es de extrañar que estuviera perdido. —Su voz se hizo más profunda cuando dio un último paso hacia mí—. Te deseo todo el tiempo, Olivia. Las últimas semanas sin ti han sido una tortura. Y a pesar de lo que puedas seguir pensando, te prometo que no ha habido nadie más. ¿Cómo podría haber alguien más?
Ni siquiera me di cuenta de que estaba llorando hasta que él me sujetó la cara para limpiarme las lágrimas con el pulgar.
—Alana fue mi primer amor y nunca la olvidaré. Ella es parte de mí y siempre lo será. Pero sé que es hora de seguir adelante, es hora de empezar a vivir el después. Tú eres eso para mí, Liv. Eres el amor de mi vida.
Rompí a sollozar antes de que pudiera impedirlo y Nate me sujetó. Inclinó su frente contra la mía y me frotó los brazos suavemente.
—Por favor, Liv. Por favor, dime qué tengo que hacer para asegurarme de que me crees.
Tragué saliva, tratando de calmar el dolor en mi pecho que estaban causando mis sollozos. Sorbí con una inhalación profunda, bajé la mirada a su pecho y toqué con cuidado el nuevo tatuaje.
«Después».
Eché la cabeza atrás para ofrecerle una sonrisa llorosa.
—Ya lo has hecho.
Los brazos de Nate se deslizaron en torno a mí, con la cabeza hundiéndose de manera que podía gemir contra mis labios.
—Te quiero tanto…
Mi corazón dio un vuelco y cerré los ojos de puro alivio.
—Yo también te quiero.
Me besó.
Con fuerza.
Y me aferré a ese beso como si me fuera la vida.
Tropezamos contra la mesa cuando nos besamos cada uno como si fuera nuestra última oportunidad. Nate me hizo girar con él y me subió a la mesa sin romper nuestra conexión, y de inmediato envolví mis piernas en torno a él, instándolo a acercarse más. Mis manos presionaron más profundamente en los músculos de su espalda cuando él me agarró por las caderas. Chupé su lengua y sentí su erección de respuesta empujando con insistencia entre mis piernas.
Un ruidoso estallido de risa procedente del exterior logró abrirse camino entre nosotros, y me eché atrás, negando con la cabeza con aturdimiento.
—No podemos —dije jadeando—. Aquí no. ¿Sabes cuántos estudiantes han hecho cosas en esta mesa?
Sus ojos brillaron de deseo. Nate parecía un poco desconcertado al principio, mientras desplazaba su mirada entre yo y la mesa. Finalmente, levantó la cabeza con una expresión esperanzada.
—Mi casa está a cinco minutos a pie desde aquí.
La sorpresa me atravesó y sonreí con lentitud.
—Nunca he visto tu casa.
La ternura suavizó la expresión de Nate cuando me puso un mechón de pelo detrás de la oreja.
—La verdad es que me gustaría que la vieras ahora, nena.
Me mordí el labio pensando en ello. No me lo pensé mucho.
—Angus me debe un poco de tiempo libre. Estoy segura de que no le importará que me tome medio día.
* * *
Notaba la mano de Nate caliente y fuerte en la mía y, como sus pasos estaban devorando el asfalto, no me quedó otra elección que apresurarme con él o que me arrancara el brazo.
Después de que Angus sonriera de manera cómplice ante mi petición de medio día libre y enseguida me lo concediera, Nate me tomó de la mano y salió a toda prisa de la biblioteca. Sin decir ni una palabra, tiró de mí a lo largo del parque The Meadows y hasta Marchmont.
En ese momento me estaba arrastrando por la escalera de su edificio a velocidad de vértigo. En el segundo piso, sin soltarme de la mano, podría añadir, Nate sacó las llaves del bolsillo, abrió la puerta negra brillante con una mano y me arrastró dentro.
Antes de poder asimilar nada, Nate estaba bloqueando mi visión, cerrando la puerta de golpe por encima de mi hombro un segundo antes de aplastar su boca en mi boca y empujarme contra la pared.
Yo me encendí enseguida.
Salivé con la sensación de su barba rasposa contra mi mejilla, con su lengua provocando la mía, su pelo suave cayendo sobre mis dedos cuando lo así en un esfuerzo de fundirme con él. Nate se echó atrás para quitarse la camiseta y buscar la mía.
Yo levanté los brazos amablemente y Nate enseguida me desembarazó de mi camiseta.
Mi sujetador desapareció segundos después.
Un gemido de placer escapó de mis labios cuando Nate envolvió un pezón con su boca, lamiendo y chupando con su lengua mientras me pellizcaba el otro entre el índice y pulgar. Cerré los ojos y me arqueé contra su boca, sujetando su cabeza contra mi pecho en puro deleite sexual.
—Te he echado mucho de menos —dije jadeando cuando la excitación recorrió mi entrepierna.
Mis palabras hicieron que Nate levantara la cabeza, y me besó en la boca otra vez antes de empezar a dejar un rastro caliente de besos al descender por mi cuello con la boca abierta. Me eché atrás con sorprendido deleite ante el contacto de las yemas de sus dedos en mi sexo. Me frotó a través de la tela de mis pantalones y pronuncié su nombre entre gemidos, empujando con mis caderas ante el contacto.
—Casi me quedé de piedra —dijo de repente Nate, con su voz quebrándose de anticipación sexual—, la primera vez que me pediste que te enseñara… cuando me pediste que te follara. —Gimió y dejó caer la cabeza contra la parte interior de mi cuello mientras continuaba frotándome de forma torturadora—. Me hizo falta hasta el último gramo de fuerza de voluntad que tenía para no agarrarte la mano, subirte a tu piso y follarte hasta que los dos muriéramos de agotamiento.
—¿En serio? —pregunté jadeando, deslizando mis manos por su espalda caliente y desnuda para agarrar sus caderas y acercarlo más.
—En serio. —Levantó la cabeza para mirarme a los ojos y casi me corrí con la expresión de su rostro. Nate me deseaba. Quiero decir que me deseaba en serio, me deseaba mucho—. Fue la excusa que había estado esperando nueve meses.
Ambos estábamos jadeando. Levanté la cabeza y lo besé. Lo besé con cada gramo de amor que tenía en mí. Me eché atrás y ambos jadeamos un poco cuando le sujeté la cara y dejé caer hasta la última defensa que tenía. Mi alma estaba en mis ojos y supe el momento en que Nate la percibió porque su agarre en mi cintura se fortaleció.
—Nadie —susurré, con mis labios temblando de emoción— me ha hecho sentir nunca la persona que quería ser hasta que llegaste tú. Me haces sentir hermosa, Nate. Hasta el final. Nadie más me ha dado nunca eso. Nadie.
—Me alegro —murmuró contra mi boca—. No solo porque mereces sentirte así… sino porque te hace mía.
—Nate… —temblé ante el ronroneo posesivo en su voz.
—Vas a gritar eso por mí esta noche. —Rozó sus labios con dulzura sobre mi boca mientras sus dedos se ocupaban de la cremallera de mis pantalones—. Vas a gritar que eres mía. —Su mano se deslizó dentro, presionando debajo de mis bragas con los dedos y empujando con suavidad.
Yo me arqueé ante el contacto, inspirando con fuerza.
—Ven dentro de mí —rogué—. He echado de menos que estés dentro de mí.
—Estoy dentro de ti —respondió, provocándome al añadir otro dedo.
Gruñí ante la plenitud, pero a pesar del placer no era suficiente.
—No… quiero tu polla. Quiero tu polla dentro de mí. Y la quiero hasta el fondo. Hasta el fondo, Nate.
Aplastó mi boca con la suya, con un beso tan descontrolado como sus movimientos cuando me bajó los pantalones hasta que cayeron al suelo. Nos separamos solo lo justo para que me quitara los zapatos y me despojara de los pantalones y las bragas. Sentí que me invadía una onda indecente de excitación ante la reacción de Nate al verme desnuda y temblando de anticipación contra la pared de su casa.
—Joder. —Se detuvo, con las manos en la cremallera de sus tejanos y devorándome con los ojos—. ¿Sabes lo demencialmente sexi que estás?
Su expresión me calentó hasta el punto de la combustión, así que basta con decir que ya tenía suficiente de que me mirara. Quería que me tomara.
—Nate, deprisa.
Sus ojos ardientes me devoraron, y se desabrochó poco a poco los tejanos mientras su pecho subía y bajaba con rapidez.
—Dilo otra vez. Dilo ahí de pie con las piernas separadas, esperándome.
El torrente de timidez que sentía bajo su examen quedó aniquilado por lo excitada que estaba.
—¿Que diga qué?
Sonrió, seductor.
—Lo sabes, nena.
Sucio. A Nate le gustaba sucio.
¿A quién estaba engañando? A los dos nos gustaba sucio.
Con los omóplatos presionados contra la pared, mis pechos suspirando sin aliento, separé un poco los pies, y eso hizo que las narinas de Nate se ensancharan.
—Quiero tu polla gorda y dura dentro de mí ahora y quiero que me folles contra la pared hasta que no podamos respirar.
Apenas tuve la oportunidad de ver la forma en que sus abdominales inferiores saltaron con mis palabras antes de que se me echara encima. Sus besos eran dolorosos cuando se abalanzó sobre mí, bajándose los tejanos para liberar su polla, segundos antes de que rodeara mis piernas con sus manos, me subiera por la pared e inclinara mi cuerpo en el ángulo adecuado.
Se clavó en mí.
Duro.
Profundo.
Ambos gritamos cuando mi sexo se apretó en torno a la invasión. Extendí mis brazos en torno a sus hombros, mis piernas en torno a su cintura, aferrándome como si me fuera la vida en ello, mientras empujaba en mí.
—Estás empapada —dijo con una respiración áspera—. Estás empapada por mí, nena. Sé lo caliente y mojada que estás.
—Solo por ti —le prometí en un jadeo, y eso le hizo empujar en mí más fuerte, más deprisa.
Grité a Dios y a los cielos cuando la fricción deliciosa y brusca creó rápidamente la presión adecuada en mi interior.
Y entonces, de repente, me estaba moviendo en el aire, cayendo contra Nate cuando él nos llevó al suelo. Con él dentro de mí, dimos la vuelta y yo quedé con la espalda en el suelo. Levantó más mi pierna derecha y empujó mi pierna izquierda con suavidad, lo que me abrió más. Sus ojos quemaron los míos cuando se movió dentro de mí en esta nueva posición que le permitía empujar más a fondo.
La presión en mí creció y creció.
—¡Nate! —grité, incapaz de moverme contra él porque me sujetaba muy fuerte. Eso solo hizo que la tensión se enroscara, con mi orgasmo acercándose…
—Eso es —dijo jadeante, sin apartar sus ojos de los míos—. Déjame llevarte ahí nena.
—Estoy llegando —rasqué con mis uñas su suelo de madera noble—. Ya llego.
Entonces, de repente, sus movimientos se hicieron más lentos y la presión se estabilizó.
—¡No! —Jadeé con frenesí mientras alargaba los brazos hacia él—. No pares.
Sus ojos me iluminaron.
—Di que eres mía.
—¿Qué?
—Dime que eres mía.
¿Qué diablos estaba haciendo?
—Nate, no pares, estoy muy cerca.
Describió círculos contra mí, provocándome.
—Dime que eres mía.
—Por supuesto que soy tuya —solté—. Ahora fóllame hasta que reviente.
Nate sonrió de manera fugaz y se apresuró a fundirse bajo su propio deseo creciente cuando empezó otra vez a embestirme, con sus movimientos ganando velocidad mientras mi respiración se entrecortaba.
—¡Oh, Dios! —Aplasté las palmas contra el suelo—. Oh, Dios, oh, Dios. ¡Nate!
La presión estalló y el orgasmo que provocó fue tan épico que mis ojos llegaron a la nuca. La parte inferior de mi cuerpo tembló contra las embestidas de Nate, con mis músculos internos aferrándose con fuerza en torno a él. Nate se corrió lanzando un grito en lugar de su habitual gruñido. Sus caderas temblaron en violentos espasmos contra mí cuando el orgasmo lo recorrió, lanzando pequeñas réplicas en mi cuerpo.
Se apoyó en las palmas de las manos para sostenerse encima de mí, con los ojos bien abiertos cuando nos miramos el uno al otro en un asombro bendito.
No me cabía ninguna duda. Había sido el mejor polvo de mi vida.
Nate me soltó las piernas con cuidado, cayó al suelo a mi lado y nos quedamos con las cabezas juntas, jadeando con fuerza, pegajosos de sudor, con la vista puesta en el techo blanco.
—Bueno —dijo Nate una vez que tuvo su respiración bajo control—, esta es mi casa.
—Me gusta la pared —dije sonriendo—. Y es un buen techo.
Volvimos las cabezas para mirarnos el uno al otro e instantáneamente nos echamos a reír.
Yo todavía estaba riendo cuando Nate se dejó caer encima de mí y pasó las manos por mi cabello mientras yo posaba las mías en su espalda.
—¿Quieres ver el resto?
Simulé reflexionar un momento y entonces pregunté:
—¿Tienes un cabezal de listones?
Su sonrisa de respuesta fue lenta y perversa.
—¿Me estás pidiendo que te ate?
Asentí con la cabeza.
—De todas las maneras posibles.
La expresión de Nate se suavizó a una ternura absoluta y se inclinó para darme un dulce beso en la boca.
—Eso —susurró—, sin duda puedo hacerlo.