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Edimburgo

Papá y yo tomamos la decisión de quedarnos en Edimburgo no solo por el agujero negro que nos había dejado la muerte de mamá en Arizona —aunque sin duda eso tuvo mucho que ver—, sino también porque había perdido mi trabajo, mi camino y mi entusiasmo por casi todo. A mamá le habían diagnosticado cáncer cuando yo tenía dieciséis años. Ella lo había combatido, pero la enfermedad se reprodujo tres años después. Cuando tenía veinte años y era alumna de tercer curso en la Universidad de Arizona, abandoné los estudios durante unos meses para ir a casa y estar con ella.

Falleció dos días después de mi vigésimo primer cumpleaños.

Mi padre necesitó mucha capacidad de persuasión para hacerme volver a la facultad, pero lo hice y me diplomé en Biblioteconomía y Documentación al cabo de unos años. Conseguí un trabajo en Phoenix, en la biblioteca pública de nuestro barrio, pero, tres meses antes de que Cam se pusiera en contacto con nosotros, nuestra pequeña biblioteca cerró por falta de financiación y yo me quedé sin trabajo.

Aquello ocurrió en un momento pésimo, porque yo estaba empezando a recuperarme tras la pérdida de mamá. El viaje a Edimburgo no podía haber sido más oportuno.

—Eh, perdona.

Parpadeé para salir de mi aturdimiento y me incliné sobre el mostrador de Información de la biblioteca mientras ofrecía a la chica exasperada que tenía delante una sonrisa paciente.

La biblioteca estaba organizada en dos divisiones: Servicios a los usuarios y Biblioteca y colecciones. Yo trabajaba en Servicios a los usuarios, en un equipo de unas cuarenta y cinco personas. De esas cuarenta y cinco, al menos nueve teníamos una diplomatura en Biblioteconomía. Solo dos eran bibliotecarios, mi superior, Angus, y mi supervisora, Jill.

El padrastro de Ellie, profesor de Historia clásica en la Universidad de Edimburgo, me había proporcionado una referencia en la biblioteca del campus principal que me ayudó a conseguir una entrevista. Por desgracia, había pocos trabajos de bibliotecario; conseguí un empleo, pero como asistente de biblioteca. No me sentía demasiado mal con eso. Estaba contenta de ejercer en mi campo profesional.

Por lo general, pasaba o la mañana o la tarde en el mostrador de Información de la biblioteca o en la sección de Reservas, y la otra mitad del día en la oficina, dedicándome a trabajo administrativo. Prefería estar de cara al público e interactuar con los estudiantes. Solo llevaba allí ocho meses, pero ya conocía a algunos alumnos y tenía una gran relación con ellos y con mis colegas.

—¿En qué puedo ayudarte? —pregunté en voz alta sobre el murmullo de ruido en el foro.

Más allá de las puertas de seguridad de la entrada principal de la biblioteca, había una zona en torno a la escalera que los estudiantes se habían acostumbrado a frecuentar. Al final de la sala estaba el mostrador de Información, por donde había que pasar para llevarse los libros, y detrás de nosotros estaba la sección de Reservas, donde podían sacar material durante tres horas o una semana, en función de las condiciones establecidas por el director de curso. Las multas que hacíamos pagar por los retrasos en la entrega de la sección de Reservas eran muy altas, y me quedo corta. Estamos hablando de dos peniques por minuto, que equivale más o menos a tres céntimos de euro por minuto. No parece gran cosa, pero si un estudiante no devolvía el material en una semana o dos, o en un mes… Sí… ya ves adónde quiero ir a parar. La parte que menos me gustaba de mi trabajo era la que consistía en decir a los alumnos a cuánto ascendían sus multas en la sección de Reservas.

La chica se inclinó para acercarse más, ruborizada.

—Trabajo en equipo con una estudiante que tiene sala accesible. Por desgracia, no podemos entrar ahora mismo, porque… hay estudiantes y están ocurriendo allí ciertas actividades.

Cuando se ruborizó más, lo entendí de inmediato y miré por encima del hombro a Angus, que estaba sacando una carpeta de un archivador. Angus, un cuarentón calvo de buen aspecto, mirada afable y un agudo sentido del humor, oyó el comentario y contuvo la risa al decir:

—Te toca a ti.

Hice una mueca, pero suavicé mi expresión para mostrar absoluta serenidad al volverme hacia la alumna.

—Por supuesto. —Rodeando el escritorio principal, me uní a la chica, que estaba completamente rígida por la vergüenza. Dios, esperaba encontrarme a una pareja dándose el lote y no en pleno sexo. Malditos calentorros—. Supongo que tu amiga se olvidó de cerrar con llave la última vez que usó la sala.

Las salas accesibles eran pequeñas salas privadas con llave situadas en la planta baja. Estaban reservadas para estudiantes con discapacidad. A esos estudiantes se les asignaba de forma permanente una sala para el semestre; no obstante, más veces de las que querría contar me habían pedido que sacara a estudiantes de esas salas no solo por usarlas cuando no deberían, sino por utilizarlas como habitaciones de hotel.

De todos modos, después de pillar a dos estudiantes en plena faena en el no demasiado higiénico lavabo para hombres, ya no me sorprendía nada.

Cuando rodeaba la escalera, tuve que obligarme a no hacer caso del olor a café que salía del bar de estudiantes. Habría preferido estar sentada tomando un café con leche que jugando a ser lo opuesto a la madama de un burdel, o como quieras llamarlo.

—Debió de olvidarse. —La chica juntó los labios—. Pero no se trata de eso.

Supuse que tenía que darle la razón.

Cuando llegamos a la planta baja, me eché el pelo largo sobre los hombros, me lo recogí atrás, y entré con paso firme en la sala principal, pasando junto a cabinas de estudio, zonas de estudio separadas con mamparas y unos cuantos estudiantes con la risa floja que estaban sentados frente a las salas accesibles. Intenté dar la impresión de que no estaba para tonterías y miré por encima del hombro a la chica.

—¿Cuál?

Señaló la sala tres.

Tomando aire, me acerqué, agarré el pomo y abrí la puerta, absteniéndome de cerrar los ojos.

Una chica chilló mientras un chico renegaba.

—¿Qué co…?

Observé con los brazos cruzados sobre el pecho mientras él se subía con rapidez la cremallera y la chica se arreglaba el vestido. Ella bajó de la mesa, agarrándose al chico, con los ojos brillantes de risa.

—Esto no es una habitación de hotel —les dije con calma—. Y la biblioteca no es un lugar de citas. Capisce?

—¿Quién eres, Al Capone? —El chico rio al tiempo que empujaba con suavidad a la chica hacia mí y en dirección a la puerta.

Suspiré ruidosamente.

—Solo tened un poco de consideración por los usuarios en general, ¿vale? —Mis ojos repasaron al chico mientras levantaba una ceja con expresión de no estar nada impresionada—. Nadie quiere ver eso.

La chica rio mientras su pareja se burlaba de mí al pasar rozándome.

Era la quinta vez desde que había empezado a trabajar en la universidad que sacaba a alguien de una de esas salas por conducta inapropiada.

Y dicen que la biblioteca es un sitio aburrido para trabajar.

* * *

Había regresado de mi misión como responsable de Información para trabajar en la sección de Reservas. Ordenando y manteniendo un ojo en el escritorio, estaba pensado en qué cocinar esa noche para Nate, porque iba a venir a trabajar a mi piso, cuando apareció Benjamin Livingston.

Procurando actuar con frialdad, pasé junto a las estanterías y me apresuré a ponerme detrás del escritorio por si requería alguna ayuda. Una enorme parte de mí esperaba que así fuera, mientras que otra parte sentía terror ante esa misma posibilidad.

El chico era guapo, no con la belleza masculina obvia de Nate, sino en ese estilo de belleza dura, propia de quien ama el aire libre y podría partir leña con las manos desnudas.

Había ayudado a Benjamin varias veces. Por supuesto, no había logrado decirle más que unas palabras, y estas medio susurradas, por si acaso me salían en el orden equivocado, que era lo que tendía a ocurrirme cuando estaba con un hombre que me atraía. Benjamin, a juzgar por los libros y recursos que solicitaba, era un estudiante de posgrado en Historia. Por lo general, lo veía varias veces por semana y últimamente había empezado a desear verlo.

Con casi metro noventa y cinco de altura, Benjamin Livingston era todo hombros anchos, sonrisa torcida y unos ojos verdes en los que yo podría nadar. La última vez que lo había visto había fantaseado con tirármelo detrás de pilas de libros. Se me ocurrió, después de que se marchara, que podía estar un poco colgada de él. Estaba tratando de superar mi timidez, con la esperanza de poder mantener una conversación real con él.

No sé dónde se originó mi inadecuación con el sexo masculino. Como mamá estuvo enferma durante buena parte de mi adolescencia, no disfruté del mismo tiempo libre que otros chicos, porque tenía que cuidar de mi propia madre. Además, era tímida con los muchachos en la escuela. Tuve dos citas en el instituto y solamente con uno de ellos terminé en una sesión de magreos que fue memorable solo por mi absoluta torpeza.

La universidad fue casi lo mismo hasta después de mi segundo curso. De manera estúpida, decidí desprenderme de mi virginidad achispándome y acostándome con un chico de último año al que apenas conocía. Fue espantoso. Dolió, fue torpe, y él se levantó y se fue en cuanto terminó. No recordaba ningún momento en que me sintiera más humillada, más vacía y más intrascendente, y fue un golpe duro para mi seguridad. Lo cierto es que estaba tan asustada de intentarlo después de esa experiencia que no lo hice. Y luego, en mi tercer año, quedó claro que mamá no iba a mejorar, así que dejé la universidad para cuidar de ella.

Para cuando volví a la facultad era tan consciente de mi inexperiencia con los hombres que eso me hacía sufrir una metamorfosis de una mujer sociable a una preadolescente con problemas de habla. Además, el hecho de que estuviera tan preocupada con mi cuerpo también desempeñaba un papel importante en mi falta de capacidad de seducción.

—Hola.

Mis pupilas se ensancharon un poco cuando Benjamin se acercó al escritorio, subiendo la mochila y flexionando hermosamente los bíceps bajo su camisa azul al hacerlo.

Me sonrió, esa adorable sonrisa asimétrica.

—Parece que tengo que pagar una multa. —Me pasó material de recursos y yo lo cogí mientras lo miraba a los ojos.

«Puedes hacerlo».

Para que funcionara iba a tener que apartar la mirada. Era como mirar al sol demasiado tiempo.

Examiné el material con los dedos temblorosos y luego me estremecí ante la multa que apareció en pantalla.

—Oh. Es malo, ¿no?

¿He mencionado que tenía ese acento escocés divino que me daba ganas de comérmelo?

Respiré hondo y dejé de lado esa idea.

—Son tres días de retraso, así que son ochenta y cuatro libras.

Hizo un gesto de dolor.

—No lo haré más. ¿Qué clase de tarifa cargáis?

«¡No es culpa mía! ¡Son los dioses de la biblioteca!»

—Dos peniques por minuto —repuse en voz baja.

—Ah, vale. —Sonrió de manera tranquilizadora al pasarme su tarjeta bancaria—. Es culpa mía por no conocer las normas de la sección de Reservas.

Tardó menos de un minuto en pagar su multa, pero esos cuarenta segundos fueron cuarenta segundos en los que podría haberle preguntado cualquier cosa. En cambio, trabajé en silencio y ni siquiera fui capaz de mirarlo a los ojos al entregarle el recibo y la tarjeta.

—Bueno, gracias.

Mis ojos estaban clavados en su barbilla cuando me encogí de hombros.

«¿Me he encogido de hombros? ¿Qué co…?»

—Adiós —dijo.

Levanté un poco la barbilla por toda despedida.

Y entonces se había largado.

Hasta ahí la conversación.

Me giré con un profundo gruñido y me golpeé sin prisas la cabeza contra la pared, adelante y atrás, adelante y atrás.

—Eh, Liv, ¿estás bien? —Oí la voz de Angus detrás de mí.

Me ruboricé al darme cuenta de que me habían pillado, y me volví de golpe hacia mi jefe.

—Solo estaba comprobando la estabilidad del edificio. Está bien.

Angus levantó una ceja.

—¿Y qué tal tu estabilidad mental?

—Eso sin duda es el punto siguiente en mi agenda.