18

El viaje a Longniddry no podría haber llegado en mejor momento. Para Joss significaba que tenía una excusa válida para ser antisocial, porque más de la mitad de su grupo de amigos había salido a pasar el fin de semana fuera de la ciudad, y para mí significaba la esperanza de una claridad muy necesitada.

Pasar tiempo con la familia de Nate en un entorno distinto por completo me permitiría verlo también bajo una luz diferente. Significaba asimismo que podríamos pasar tiempo sin hacer diabluras y, siendo franca, pensaba que necesitaba un descanso de eso. No porque quisiera un descanso, sino porque esperaba que estar libre de su hechizo sexual me daría el valor para terminar lo que habíamos empezado.

La verdad era que necesitaba terminarlo.

Como Peetie tenía vehículo propio, él y Lyn fueron juntos, mientras que Nate alquiló un coche para que lo compartiéramos él, Cam, Jo, Cole y yo. Todos nos habíamos tomado el viernes libre y Cole había pedido permiso para faltar a la escuela. Salimos justo después de mediodía, con Nate conduciendo, Cam en el asiento del pasajero y Jo metida entre Cole y yo. Cuando atravesamos la calle principal de Longniddry con sus casitas y flores y pub tradicional, yo estaba deseando salir del coche. Había bajado la ventanilla y ya percibía el olor a mar en el aire.

Aparcamos en una urbanización bien mantenida y Nate condujo hasta una casa blanqueada de tejado rojo. El coche de Peetie ya estaba aparcado en el sendero. Según Nate, la casa que habíamos alquilado estaba solo unas calles detrás de la casa de los padres de Cam.

—Nate no consideró el tamaño de mi trasero cuando alquiló este… lo que sea. —Resoplé al bajar, con el lado derecho de mi muslo y mi culo doloridos por haber permanecido aplastada contra la puerta.

Nate bajó del asiento del conductor y me sonrió.

—Es un Nissan, porque tenemos bajo presupuesto.

Levanté una ceja.

—¿Presupuesto? Díselo a mi culo. —Me froté la parte dolorida.

—El problema no era tu trasero —gruñó Cole, que se frotaba el lado izquierdo—. Era la bolsa que no cabía en el maletero.

Todos miramos a Jo, con el cuerpo metido en el asiento de atrás hasta que sacó una inmensa mochila. Ella nos miró por encima del hombro.

—¿Qué? No sabía qué tiempo iba a hacer, así que he tenido que traer distintas opciones de ropa.

—Cuéntaselo a mis nalgas.

Nate resopló y me guio al maletero del coche.

—¿He dicho que aprecio que prepares mochilas ligeras? —Me sonrió al levantar mi mochila del coche.

—Son dos noches. —Me ladeé en torno al coche y vi a Cam ayudando a Jo con su bolsa—. ¿Has oído eso? Dos noches.

Ella me contestó, malhumorada.

—Mira, el tío Mick me ha subido el sueldo y a lo mejor me he vuelto un poquito loca comprando ropa nueva. Me he sobreexcitado un poco respecto a qué llevar. —Miró a Cam con ligero arrepentimiento—. Lo siento.

Cam le arrancó la disculpa de sus labios con un beso.

—No te disculpes conmigo, nena. Me importa una mierda. Trae lo que quieras. —Me sonrió de manera provocadora—. No soy yo el que va apretado contigo en la parte de atrás del coche.

—¡Pasajero! —grité, quizá más fuerte de lo que necesitaba.

Todos me miraron como si estuviera loca.

—Pasajero —reiteré—. De vuelta a casa, yo he pedido pasajero. —Como no obtuve respuesta, resoplé—. La regla es que la primera persona que dice «pasajero» va en el asiento de delante.

Cam frunció el ceño.

—Oh, esa regla no funciona aquí. Lo siento.

Lo miré entrecerrando los ojos.

—Pero parece que alguna regla misógina silenciosa según la cual los hombres mayores del grupo han de ir delante sí que se aplica.

Cam miró provocativamente a Jo.

—¿Tenías que hacerte amiga de una feminista?

Jo refunfuñó.

—Fuiste tú el que la localizó en Facebook.

—Muy bonito. Estoy sintiendo el amor, chicos, estoy sintiendo el amor. —Pasé a su lado y empujé a Cam—. Yo voy de pasajera.

—No. Ni hablar.

—¿Ah, sí? —Me detuve y me volví a mirar a Nate, que había sacado todas las mochilas del maletero y estaba levantando la mirada—. ¿Nate?

Él me miró con aire despreocupado, pero percibió la sonrisita pícara en mis labios.

—¿Sí? —preguntó con cautela.

—¿Quién viajará a tu lado de camino a casa? ¿Cam… o yo? —«Si no dices que yo, olvidaré que tienes pene».

Recibió el mensaje y lanzó a Cam una mirada de disculpa al pasar a nuestro lado hacia la casa.

—Lo siento, socio. Ella ha dicho «pasajero».

Triunfante, seguí a Nate a la casa y, cuando abrió la puerta para que entrásemos, me susurró al oído.

—Manipulación sexual… eso lo has aprendido sola, ¿eh?

Lo miré con fingida inocencia mientras pasábamos dentro.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando.

Me dio una palmada juguetona en el trasero y yo me volví, riendo en su cara como él se reía en la mía. El sonido de alguien aclarándose la garganta nos detuvo en seco y miramos por encima del hombro para ver a Peetie y Lyn de pie en el umbral del salón. La mirada curiosa de Lyn basculó entre Nate y yo, mientras que la expresión pétrea de Peetie estaba centrada solo en su mejor amigo.

Maldiciéndome por no haber sido más circunspecta, simulé que el momento íntimo entre Nate y yo no era nada y me apresuré a dar un abrazo a Peetie y Lyn.

Cole, Jo y Cam nos siguieron al interior de la casa y el «incidente» quedó por suerte olvidado cuando miramos a nuestro alrededor para examinar la acogedora casita de alquiler y elegimos nuestros cuartos. Había cuatro habitaciones, así que Jo y Cam, Lyn y Peetie cogieron las dos dobles. Nate y Cole eligieron una de dos camas y yo me quedé con la pequeña de dos camas. Cole desapareció en su habitación para deshacer el equipaje mientras Nate miraba con atención entre su habitación y la mía y hacía pucheros cómicamente.

—Sin sexo para ti —articulé en silencio para que me leyera los labios.

—Sí, bueno, eso significa que no hay sexo tampoco para ti. —Él no lo articuló, sino que lo dijo en voz alta.

Se me salieron los ojos de las órbitas y me metí en su habitación para soltar mi ira.

¿Estaba intentando que nos pillaran?

* * *

El pub de la calle principal de Longniddry era típico: ladrillo a la vista, una enorme chimenea central abierta, mesas de madera sólida que habían visto pasar muchos años, sillas a juego y bancos de madera adornados con tela roja que abrazaban el perímetro del local. Sentados en torno a una de las mesas más grandes, con una ventana estilo Tudor detrás de nosotros, me encontré alegremente situada entre Nate y Cole en un banco. A la cabeza de la mesa estaba el padre de Nate, Nathan. Nathan era una versión mayor de Nate: el mismo cabello espeso y despeinado, que había sido oscuro y ahora estaba salpicado de canas, los mismos ojos oscuros destellantes, la misma piel aceitunada, los mismos hoyuelos, la misma complexión. El mismo encanto general y belleza masculina. Al otro lado de la mesa, frente a Nate, se sentaba su madre, Sylvie. Estaba segura de que Sylvie había sido un bellezón cuando tenía mi edad porque seguía siendo muy guapa. Lucía una melena de cabello oscuro, ojos celestes y facciones suaves. Era de baja estatura y delgada.

La conducta de Nate con sus padres me sorprendió en cierto modo. Cuando entramos en el pub y ellos se levantaron para saludarnos, Nate echó los brazos en torno a su madre y la alzó del suelo. Una vez que hubo terminado con ella, él y su padre se abrazaron muy fuerte, y, cuando se separaron, se sonrieron con felicidad el uno en la cara del otro. Nate nos presentó y Cam hizo lo propio con sus padres, Helena y Anderson, antes de que Peetie nos presentara a sus tíos, Rose y Jim, que lo habían educado cuando la sobrina demasiado joven de ambos había decidido entregarlo en adopción.

Una vez que nos sentamos, me quedó claro que Nate estaba muy unido a sus padres. Era algo que desconocía. Sabía que los amaba. Sabía que no había problemas ahí, pero, considerando que rara vez iba a casa a visitarlos…, bueno, no sabía qué pensaba. Simplemente no creía que fueran tan buenos amigos. Estaba claro que me había equivocado.

Los dos fueron especialmente amables conmigo y me plantearon numerosas preguntas. Su padre en particular era tal vez más encantador que el propio Nate. Éramos muchos en la mesa y resultaba difícil continuar con una sola conversación, así que empezaron a tejerse charlas separadas. Yo, por mi parte, estaba contenta de aprender más cosas sobre Nate.

—Iba a todas partes con un cepillo de dientes —divulgó Nathan mientras Sylvie reía.

—¿Un cepillo de dientes?

Nate gruñó.

—No puedo creer que estés contando la historia del cepillo de dientes.

Nathan no le hizo caso y sonrió demoníacamente, de una forma tan similar a la de Nate que me quedé fascinada.

—Sabes que la mayoría de los niños tienen una manta o un osito de los que no se separan. Con Nate era un cepillo de dientes. Y no el cepillo de dientes que usaba. Solo un cepillo de dientes por el que estuvo llorando y gritando hasta que su madre se lo compró en el supermercado.

Ahora me estaba ahogando de risa.

—¿Un cepillo de dientes? —repetí mientras echaba una mirada a Nate, que estaba simulando no escuchar. Me preguntaba cómo era posible que un hombre pudiera ser tan sexi y al mismo tiempo tan adorable.

—Tenía un mango amarillo con una carita sonriente —continuó Nathan—. Se lo llevaba a todas partes, incluso a la cama. Se quedaba dormido agarrando el cepillo en su manita. Tenemos pruebas fotográficas.

Me reí y Nate se volvió hacia mí negando con la cabeza.

—Él cree que tiene pruebas fotográficas.

Sylvie ahogó un grito.

—Será mejor que no hayas hecho nada con esas fotografías, Nathaniel Sawyer, o te vas a enterar.

Nathan salvó a su hijo volviéndose hacia mí.

—Nate me contó que tu papá es escocés.

—Sí. Es originario de Paisley.

—¿Te ha enseñado mucho de Escocia?

—Algo. Vinimos de visita hace unos años y me llevó al norte, creo que más allá de Inverness. Desde que nos mudamos aquí hemos estado en un par de sitios. Las tierras altas occidentales. Oh, y quería ver de dónde era Robert Burns, así que me llevó al sur, a Alloway, y luego fuimos directamente a la frontera, a Gretna Green. Leo mucho, así que leí que era el lugar adonde huían las herederas secuestradas y parejas jóvenes inglesas a las que se prohibía casarse, porque las leyes de Escocia les permitían contraer matrimonio sin el consentimiento paterno. Quería verlo. Sonaba bien.

—¿Eres bibliotecaria, verdad? —preguntó Sylvia con una sonrisa.

La comida llegó en ese momento, con lo cual no respondí hasta que me sirvieron mis apetitosos fish and chips (que no harían nada por mi tripita más que añadir un poco de colchón):

—Sí, en la universidad.

—¿Tienes novio entonces, Olivia? —preguntó Nathan con un brillo malévolo en la mirada.

Tratando de no retorcerme por la pregunta o por la sensación de la pierna de Nate tensándose contra mí, negué rápidamente con la cabeza y tragué otro bocado de comida con tal de tener una excusa para no responder.

—Eres una chica hermosa —dijo Nathan. Parecía desconcertado—. ¿No hay nadie?

—Es exigente —dijo Nate para salvarme—. Como tiene que ser.

—Bueno, no hay nada perfecto. En ocasiones solo has de coger lo que hay. ¿No es cierto, cielo? —Sylvie hizo un guiño provocador a su marido y de repente supe de dónde había sacado Nate el talento de hacer que un guiño quedara bien.

Nathan le lanzó una mirada graciosa y se volvió hacia mí.

—Sylvie tiene razón. Terminarás viviendo una vida solitaria si esperas la perfección.

Estaba a punto de reír ante un interés tan bienintencionado —aunque demasiado personal— en mi vida amorosa a los treinta minutos de conocerme, cuando Nate dijo en voz baja:

—Liv es perfecta. Merece la perfección. No se conformará con menos.

Podría haber sido divertido. Dulce. Provocador. Pero había una intensidad en la forma en que lo dijo que nos dejó parados a los tres. Nathan y Sylvie estudiaron a su hijo con curiosidad antes de volver esa atención a mí. Hundí la cabeza, con las mejillas ardiendo, preguntándome si íbamos a superar ese fin de semana sin que Nate nos delatara.

Estaba enfadada con él. Y no por sus pequeños traspiés aquí y allá.

Estaba enfadada con él porque lo que acababa de decir era absolutamente hermoso. Mirarlo hizo que un dardo de placer y dolor me impactara en el pecho. Mi sangre se calentó, mis dedos se cerraron en puños. Me enamoraba.

Se suponía que eso no formaba parte del trato.

En un esfuerzo para frenar mi caída, me volví hacia Cole y empecé a charlar con él, y, por consiguiente, me encontré conversando con el padre de Cam, Andy. Andy era un hombre callado y reservado que se llevaba muy bien con el hermano pequeño de Jo. En cuanto mostré interés en la historia local, Andy se abrió y demostró ser una verdadera fuente de información. Me alegré de ello, me alegré por la distracción.

* * *

La comida continuó y mientras las conversaciones chocaban y la cerveza iba cayendo, nos volvimos cada vez más ruidosos. Pronto me quedó claro que Nate, Cam, Peetie y sus familias tenían lazos muy estrechos. Había vínculos de los que ya había sido testigo al pasar tiempo con los chicos, pero verlos con sus padres me dejó claro que esos vínculos eran sólidos. Eran para siempre. No sabía si el hecho de que los muchachos no tuvieran hermanos influía de alguna manera. Desde luego, influía en su amistad entre ellos.

Yo nunca había tenido nada parecido. Tenía a mi madre, y ella tenía unas pocas buenas amigas. Luego llegó papá y todo lo que necesitaba era a él y a mamá. Por una razón u otra, nunca había tenido una mejor amiga del modo en que esos chicos se tenían. No había reuniones de familia, aunque todo el tiempo había alguien que entraba y salía de casa, porque mamá siempre estaba ayudando a alguien y papá siempre estaba haciendo un favor a otro.

Aun así, nunca había pensado que necesitara nada semejante hasta que me trasladé a Edimburgo y me vi envuelta en las vidas de esa gente cálida y mundana. Habían hecho lo mismo por Joss, y Joss había hecho lo mismo por mí, llegando al extremo de elegirme como dama de honor en su boda.

Decidí entonces, mientras Nathan, Andy y Jim se repartían la cuenta, que cuando volviera de Longniddry iba a hacer una visita a Joss. Había estado ahí por mí. Yo también necesitaba estar ahí por ella.

En general, la comida me había dejado extrañamente melancólica, así que me sentí aliviada de que los chicos estuvieran tan animados. Habían tomado unas cuantas pintas con la cena y, después de decir buenas noches a sus familias, nos acompañaron a la casa, donde enseguida sacaron cervezas de la nevera.

Dos horas más tarde seguían disfrutando de su libertad de las responsabilidades habituales y estaban un poco borrachos. Después de que Peetie proclamara que no había forma de que Cam o Nate pudieran derribarlo con una llave de judo, los dos habían mirado el corpachón de jugador de rugby de su amigo y habían aceptado el reto. Debería haberlos parado. Alguien iba a hacerse daño, pero como Jo y Lyn estaban sentadas riendo en un rincón, y sin hacer nada para detener a sus hombres, decidí que no iba a intervenir de parte de Nate.

Entré en la cocina y encontré a Cole sacando unos aperitivos.

—Eh —dije dándole un empujoncito al ponerme a su lado—. ¿Te han hecho miembro del equipo de cáterin?

Cole sonrió.

—Pensaba que sería mejor salir pitando.

—Chico listo. —Cogí unos cacahuetes—. Me sorprende que aún no nos hayas pedido a ninguno que te pasemos una cerveza.

En cuanto lo dije, su expresión se crispó y yo me maldije por ser tan idiota.

—En realidad no me interesa, para ser sincero.

Por supuesto que no. Tenía una madre alcohólica.

«Felicidades, Olivia».

—Discul…

—Mientras Cam está aplastando la cara de Peetie en la alfombra, a mí me gustaría algo de comida. —Nate entró, con los ojos un poco más brillantes por la cerveza y rubor en las mejillas.

Sus ojos bajaron de mí a los snacks, bordeó la mesa y presionó contra mi costado al estirarse a coger un cuenco de patatas. Con la otra mano me acarició el trasero.

Me puse tensa, buscando con los ojos a Cole, cuya mirada estaba fija en mi trasero. Me miró, captó mi expresión y de inmediato frunció el ceño.

«Mierda».

Nate nos sonrió a los dos, ajeno por completo a que lo hubieran pillado. Salió de la cocina sin ninguna preocupación en el mundo, y nos dejó a Cole y a mí en un duelo de miradas.

De repente, me sentí como la adolescente en la escena.

Exhausta, bajé la mirada y suspiré.

—Me voy a acostar.

* * *

Esa noche miré al techo tumbada en la cama, escuchando la risa que se filtraba desde el piso de abajo. El ruido, además de mi tensión, era como una especie de obstáculo, y tardé mucho en quedarme dormida. Por fin me tranquilicé pensando que Cole no contaría a nadie lo que había visto. La caricia no era prueba de nada más que de la incapacidad de Nate de no coquetear con cualquier mujer disponible.

¿Verdad?