10

Bostezando, negué con la cabeza cuando Nate levantó un vestido rojo ceñido.

A regañadientes, lo puso otra vez en la percha.

—¿Hay algo que te guste? ¿Y puedes despertarte de una vez?

Estábamos de pie en medio de la tienda de un diseñador de moda en una calle próxima a Princes Street, tratando de encontrar algo sexi para la salida de esa noche. Llevábamos dos horas y media intentándolo, y aunque yo estaba retrasándolo a propósito para torturarlo, me estaba torturando a mí misma de forma lamentable en el proceso. Puse los brazos en jarras.

—Me has despertado a las siete y media de la mañana de un sábado. Estoy cansada. Estoy aburrida. Odio ir de compras. Soy una de esas mujeres que no soportan los probadores. Tengo una camiseta que dice: «Las compras por Internet son mi salvación». Capisci?

Nate cruzó los brazos sobre el pecho y separó las piernas. Llevaba unos tejanos azul oscuro, botas negras, una camiseta blanca ajustada, un blazer negro y una gorrita. Estaba guapísimo y despierto y allí adonde íbamos las mujeres lo miraban con disimulo, con los ojos llenos de deseo… hasta que ponían su foco en mí, y el deseo se transformaba en envidia cuando asumían que estábamos juntos.

Tenía que reconocer que esa parte era divertida.

—¿Crees que quiero estar aquí? —preguntó Nate con la irritación recortando sus palabras—. Odio ir de compras.

Sonreí provocadora mientras le daba un golpe juguetón en el brazo.

—Entonces peguemos fuego a este sitio, cielo.

Apareció uno de sus hoyuelos y supe que estaba tratando de no reír. Mantuvo la compostura.

—Liv, hemos de resolver este asunto.

Haciendo pucheros, junté las manos.

—Por favor, vámonos.

Sus ojos bajaron a mi boca por un momento antes de que los levantara para escrutar mi rostro.

—¿Quieres sentirte sexi esta noche?

Desanimada, solté aire, miré a mi alrededor y respondí de manera afirmativa.

—¿Y tienes algo que te haga sentir un poquito sexi?

—Solo ropa interior —reconocí encogiéndome de hombros.

Se quedó en silencio tras mi respuesta, de manera que volví a mirarlo. Estaba sonriendo.

—Es bueno saberlo. No obstante, no creo que planees llegar tan lejos, así que vamos a buscarte un vestido. Tengo clase dentro de un par de horas.

—Perdón. —Se acercó una joven dependienta, cuyos ojos sonrientes estaban devorando a Nate, el cual, al menos, le sacaba diez años—. ¿Puedo ayudarles?

Nate me señaló levantando una ceja y yo respondí con un largo suspiro de sufrimiento antes de girarme hacia la chica.

—Estoy buscando un vestido. Nada que se pegue al cuerpo —dije significativamente con la mirada clavada en mi amigo—. Barriguita —le recordé, y entonces me volví otra vez hacia la chica—. ¿Tienen vestidos péplum?

—Eh… —Negó con la cabeza—. Tenemos tops péplum, pero no vestidos.

—¿Tienen faldas de tubo?

—Oh, sí. Por aquí. —Se volvió sobre sus talones y empezó a alejarse de nosotros.

Nate me estaba mirando con suspicacia.

—¿Tops péplum? ¿Faldas de tubo?

—¿Qué? He dicho que odio ir de compras, no que no sepa cómo vestir.

—Te voy a matar —murmuró en mi oído mientras seguíamos a la chica—. Has estado arrastrando los pies durante dos horas y media.

Yo me detuve y lo agarré del brazo para pararlo.

—Cielo, me has despertado a las siete y media. Un sábado.

—¿Me estás diciendo que las últimas dos horas y media han sido una venganza?

Me encogí de hombros con aire despreocupado.

—No he dicho nada por el estilo.

—Aquí tiene. —La chica nos llamó y me apresuré hacia ella para escapar del gruñido frustrado de Nate. Sentí el calor de él en mi espalda cuando me detuve delante del colgador de ropa donde estaba la dependienta—. Tenemos tres estilos diferentes de tops péplum y aquí hay unas cuantas faldas de tubo que combinarán bien.

—Perfecto —Nate me dio una palmada en el trasero de buena gana; de hecho, lo hizo tan fuerte que el ruido rebotó en las paredes de la tienda. Y escoció—. Mi chica estará preciosa con esto.

La dependienta pestañeó con la misma sorpresa que yo antes de murmurar sus excusas y dejarnos solos. Una vez que estuvo fuera de alcance auditivo, me volví con lentitud para mirar a Nate a los ojos.

—¿Qué coño ha sido eso?

Me acarició la parte dolorida de forma tranquilizadora.

—Venganza de la venganza —murmuró con una sonrisa carente de disculpa.

Sin decir otra palabra, cogió unos cuantos tops de mi talla junto con mis faldas y me los tiró.

—Pruébatelos.

Agarré la ropa con una mano mientras me frotaba el trasero dolorido con la otra.

—Pagarás por esto —le susurré.

Pasé los siguientes minutos probándome impávidamente los vestidos para conseguir su aprobación. Al final, nos decidimos por un péplum negro de corte bajo con un escote encantador y un cinturón azul zafiro, una falda de tubo ajustada que me llegaba justo por debajo de las rodillas y tenía una bonita raja en la parte de atrás y unos zapatos de tacón de gamuza azul y bolso a juego. Nate estaba encantado con mi vestuario. Yo, en cambio, estaba demasiado ocupada planeando mi venganza por la palmada en el culo para prestar mucha atención.

Hasta que estuvimos en el mostrador y la chica me dijo el importe total no me volví hacia Nate.

—¿Cielo? —dije con dulzura.

Me levantó una ceja.

—¿Qué?

—He olvidado la cartera.

Entrecerró los ojos.

—No, no la has olvidado. —Hizo un gesto hacia el bolso que colgaba de mi hombro—. Está ahí.

—Esto es mi bolso. No llevo la cartera aquí —mentí.

—Te he visto poner la cartera ahí esta mañana, cielo —me recordó entre dientes.

—Bueno, no la tengo, cariño —repuse también entre dientes.

Nos miramos el uno al otro durante un rato. Hasta que gané.

Nate, sin dejar de fulminarme con la mirada, sacó su cartera y su tarjeta de crédito. Cuando la chica estaba poniendo mis artículos en una bolsa, apoyé una mano contra el pecho de Nate y le planté un beso suave en la mejilla antes de rozarle la oreja con mi boca.

—Venganza —murmuré, y me aparté cuando él volvió la cabeza para sostenerme la mirada.

Sus ojos ardían y por un momento perdí la respiración. Sin hacer caso de la excitación que me producía su expresión, susurré:

—Aún me duele el culo.

Una sonrisa rompió su gesto tenso.

—Muy bien. Lo llamaremos un regalo de cumpleaños anticipado. —Cogió las bolsas y puso mi mano en torno a ellas.

—No. —Negué con la cabeza al salir de la tienda—. Es una represalia.

—Regalo de cumpleaños —dijo por encima del hombro.

—Represalia —insistí con firmeza, casi tropezando al apresurarme a darle alcance en la calle—. Tío, esto es una de las cosas más geniales que he hecho nunca. No lo vas a reducir al absurdo de un regalo de cumpleaños. Es una represalia. —Levanté las bolsas para recalcar mi tesis.

Nate negó con la cabeza al sonreír.

—Nena, era la cosa más genial que habías hecho hasta que has reconocido que era la cosa más genial que habías hecho. —Se rio al ver mi expresión testaruda—. Bien —concedió—. Era una represalia.

Mientras bajábamos Princes Street, nos mantuvimos en silencio, dos más de la cada vez más numerosa masa de peatones, hasta que finalmente mis buenas maneras pudieron conmigo y dije con suavidad:

—Gracias por mi regalo de cumpleaños anticipado.

Un montón de mujeres volvieron la cabeza para ver a Nate Sawyer riéndose con ganas de mí antes de pasar un brazo en torno a mis hombros para acogerme en su costado.

Tenía que reconocerlo… era un buen sitio donde estar.

* * *

El vigilante del Club 39 me repasó de pies a cabeza y luego murmuró un insinuante «Buenas noches, corazón» al apartarse para dejarme entrar. Hice todo lo posible por no ruborizarme ante el brillo apreciativo en sus pupilas, pero mis piernas se tambalearon cuando mis tacones sonaron en el suelo de piedra de la entrada. Yo estaba hecha un manojo de nervios ante la perspectiva de esa noche, así que terminé llegando tarde y tuve que enviar un mensaje de texto a Jo para que supiera que me reuniría con ella, Ellie y los chicos en el bar. Era el bar en el que habían trabajado Jo y Joss, y con frecuencia íbamos allí en grupo, porque ellas todavía conocían a la mayor parte del personal y casi siempre podíamos conseguir mesa.

La verdad, no era mi sitio favorito para salir. Era oscuro y estaba repleto, y como estaba en un sótano me resultaba un poco claustrofóbico. Los muebles eran escasos e incómodamente modernos, y la pista de baile del tamaño de mi minúscula cocina. Había un punto pretencioso en el Club 39 que me reventaba y, con franqueza, me preocupaba no poder encontrar a nadie con el que realmente quisiera coquetear hasta el punto de aprobar el último examen de Nate y conseguir un número de teléfono.

Si la idea del objetivo de esa noche no bastaba para darme arcadas, lo que llevaba puesto y las miradas de admiración de los chicos lo hicieron sin duda.

Nate tenía razón. Me sentía sexi con ese atuendo. Tenía un buen escote para mostrar, mi cintura parecía pequeña, y mis caderas, supercurvadas. El top y la falda realzaban todos los aspectos positivos de mi figura y ocultaban los negativos. También había pasado mucho más tiempo del habitual con el maquillaje, realzando mis ojos pálidos con sombra grisácea y destacando mis labios con brillo. Mi cabello estaba bien porque realmente tenía un buen pelo. Me caía por la espalda en ondas oscuras y sensuales que resultaban perfectas para mi ropa.

En general, me sentía como Marilyn Monroe. Claro que eso no significaba que supiera controlar cómo pasar de conservadora a tigresa.

No hice caso de la atención que mi conjunto estaba recibiendo —algo que sin duda estaba cabreando a Nate, porque se suponía que debería estar repartiendo sonrisas insinuantes— y sujeté con fuerza mi bolso nuevo mientras buscaba a mis amigos en la barra.

Los encontré en el rincón, ya sentados en el extraño cuboide de cuero que se suponía que era un sofá. Ellie cumplía con su habitual estilo sofisticado y chic con un vestido rosa pálido y zapatos de tacón plateados y Jo hacía gala de su glamour sexi habitual con un vestido azul eléctrico que realzaba su figura y sandalias de tacón alto a juego. Estaban sentadas con sus novios, riéndose de algo que Nate les estaba diciendo mientras apoyaba los codos en las rodillas, con una cerveza entre las manos. Adam llevaba un traje de diseño que le sentaba de maravilla, mientras que Cam iba con tejanos oscuros y una camiseta de los Ramones. Nate llevaba una camisa azul y pantalones negros.

Los tres estaban como para babear por ellos.

Al acercarme a la mesa me mantuve a la espera de que levantaran la mirada y me saludaran con una sonrisa. En cambio, Ellie, Jo y Cam levantaron la cabeza, me atravesaron con la mirada y la apartaron antes de volverla bruscamente al reconocerme de repente. Los ojos de Adam y Nate los siguieron enseguida.

El rostro atónito de Jo estalló en una sonrisa enorme.

—Oh, Dios mío, Olivia. Estás… increíble.

Me sentí incómoda bajo su escrutinio.

—Oh, gracias. Un cambio.

Sonreí como una boba y estaba a punto de ir a sentarme al lado de Ellie cuando Nate me agarró la mano y me atrajo a su lado. Le sonreí y al instante me estremecí por la forma en que me miraba. Al final nuestros ojos se encontraron.

—Pareces locamente follable.

Me reí, tratando de no ruborizarme.

—Como siempre, me cautivas, Nathaniel.

—Tienes un don con las palabras, Nate —coincidió Ellie con sequedad.

Adam gruñó.

—Es peor que Braden.

Nate se encogió de hombros y tomó un trago de cerveza antes de responder con indolencia:

—Lo digo como lo veo.

Traté de dejar que el cumplido categórico de Nate reforzara mi valor, y empecé a buscar una víctima en la barra.

¿Objetivo?

Vale, no sonaba mejor.

«Necesito una copa».

Hice un gesto hacia sus copas.

—¿Otra ronda?

Adam se levantó de inmediato y pasó junto a la mesita en torno a la que estábamos sentados.

—Yo invito. ¿Coronita y lima?

Solía ser mi bebida, pero esa noche decidí probar algo un poquito más fuerte.

—Talisker y ginger ale. Con hielo.

Adam se encaminó hacia la barra y yo sentí la mirada de Jo en mí.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí. ¿Y tú? ¿Whisky?

—Me siento un poco diferente esta noche, nada más.

Aparté la mirada otra vez, buscando. Tenía que haber algún chico que me suscitara alguna clase de reacción visceral. Al menos lo suficiente para que quisiera empezar a flirtear con él.

El olor de la colonia de Nate me invadió cuando él se acercó y murmuró en mi oído.

—¿Ves algo que te guste?

Necesité mucho autocontrol para no volverme hacia él, mirarlo de arriba abajo con intención y responder:

—Desde luego, chico.

Sin embargo, no tenía suficientes agallas o no era lo bastante fantástica para hacer eso. Quizá después, con unos cuantos dedos de whisky en mi riego sanguíneo, tendría más agallas.

—Estoy mirando —le dije con calma—. Siento que voy a vomitar sobre mis zapatos nuevos.

—Por favor, no lo hagas. Sé lo mucho que cuestan.

Sonreí y examiné la barra con la mirada.

—Trataré de no hacerlo, por tu bien.

—Te lo agradezco.

Por mi vida que no podía ver a nadie, pero en realidad no me estaba concentrando demasiado. Tenía el muslo de Nate apretado contra mí y el olor de su colonia flotaba en el aire a mi alrededor, así que comprendí que estaba distraída por la forma en que sentía su presencia. Por supuesto, siempre sentía su presencia, pero en ese momento la sentía del modo en que siempre sentía la presencia de alguien que me atraía.

Me tensé al darme cuenta de repente.

Oh, vamos.

—¿Qué?

Los dedos de Nate se curvaron en torno a mi cintura y atrajeron mi mirada a su rostro otra vez. Estaba tan cerca que casi seguro que habría podido contar cada una de las pestañas largas y gruesas que enmarcaban esos ojos seductores suyos.

Busqué una razón para explicar la tensión repentina en mi cuerpo, y mi mirada voló otra vez hacia la barra. Se detuvo en un chico alto y rubio que se parecía un poco a Benjamin.

—Lo he encontrado. —Señalé al tipo con la cabeza.

Estaba de pie cerca de la barra, tomando una pinta de cerveza y riendo con dos de sus amigos mientras repasaban a las chicas que los rodeaban. No es que estuviera buenísimo, pero tenía una sonrisa atractiva y hombros anchos y bonitos.

—Bien. Pues acércate a la barra, coge tu copa y empieza a flirtear con el chico que has elegido.

Por el rabillo del ojo vi a Jo estudiándonos a los dos con atención, mientras Ellie y Cam charlaban en voz alta por encima del volumen de la música. Noté la sangre caliente en las mejillas ante la idea de que Jo, o cualquiera, pudiera descubrir lo que estábamos haciendo, y por eso, en lugar de pedir consejo a Nate sobre cómo empezar a coquetear —lo que realmente quería—, tan solo asentí en silencio y me levanté.

Sonreí a las chicas al pasar a su lado, sin hacer caso de sus miradas inquisitivas. Me abrí camino a través de la multitud, tratando de poner swing a mis caderas como hacía Jo cuando llevaba tacones. El corazón me latía con tanta fuerza que la sangre me zumbaba en los oídos y estaba convencida de que si decía una palabra sonaría como un embrollo indescifrable. Con piernas temblorosas, me acerqué a Adam, que estaba de pie junto al extremo de la barra y cerca de mi objetivo.

—Eh. —Me coloqué a su lado y localicé mi copa de whisky en la barra—. ¿Es el mío?

—Sí, te lo iba a llevar.

—No hace falta. —Lo cogí y vertí su contenido en mi garganta, con los ojos llorosos por la quemazón. Me di un golpe en el pecho y tosí un poco—. Uf.

La quemazón empezó a disiparse y me dejó una agradable sensación de calor en el pecho. Inclinándome sobre la barra y sin hacer caso de Adam, que me estaba mirando como si nunca me hubiera visto antes, di un golpecito en el hombro a Alistair, el excompañero de Jo y de Joss. Él se volvió de servir una cerveza y sonrió al reconocerme.

—Olivia, ¿qué quieres que te ponga?

—Otro Talisker con ginger ale con hielo. —Solté el dinero en el mostrador—. Quédate el cambio.

Cogió el dinero con una mano mientras servía la cerveza a su cliente.

—Eh, ¿estás bien? —Adam me miró ceñudo.

Asentí con rapidez.

—Mejor que nunca. —Eché una mirada a mi objetivo por el rabillo del ojo para asegurarme de que seguía allí.

Sí.

Vale.

Respiré hondo, tratando de calmar los nervios que me atenazaban el vientre.

Giré la cabeza como si estuviera echando un vistazo despreocupado por el club, paseé la mirada sobre él y volví atrás. El rubio captó el movimiento y me miró, con una chispa de interés en sus pupilas.

Eso estaba bien.

Sonreí y él me devolvió la sonrisa.

Eso estaba mejor.

Inclinándome sobre la barra de manera que mi escote se convirtió en un punto focal, pregunté:

—¿Te he visto en la biblioteca, no?

El rubio se acercó a mí y se apartó de sus amigos, todavía sonriendo y examinándome. Su mirada bajó a mi pecho durante varios segundos más de lo que era educado y volvió a mi rostro.

—¿Biblioteca?

—En la universidad. Soy bibliotecaria allí. Estás en un posgrado, ¿no?

Su sonrisa se ensanchó.

—No, por desgracia. No recuerdo bibliotecarias como tú cuando estuve en la universidad.

Tenía un acento inglés sexi y definitivamente parecía interesado.

Podría aprobar el examen.

—Te lo dejo aquí, Olivia.

Alistair deslizó el whisky hacia mí y en ese momento yo me encontré con los ojos de Adam. Nos estaba mirando como si no estuviera seguro de si yo había provocado su atención o no. Sonreí para calmarlo, me encogí de hombros y deliberadamente me volví hacia mi objetivo.

—¿Así que Olivia?

Había apoyado un codo en la barra, lo que aproximaba nuestros cuerpos. De hecho, estábamos tan cerca que incluso con tacones tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.

—Sí, ¿y tú?

—Will. —Me tendió la mano para que la estrechara y lo hice. Me gustó la sensación de su mano fuerte en torno a la mía.

Sí, decididamente podría hacerlo.

—¿Tienes acento norteamericano? —Sus ojos examinaron mi rostro con interés.

—Sí. Crecí en Estados Unidos, pero mi padre es escocés, así que volvimos hace poco.

—¿Te gusta esto?

Sonreí y respondí con sinceridad.

—Sí, ha sido genial hasta ahora.

Will bajó la cabeza, con sus ojos azules brillando con una intención sexual que me sorprendió. No debería haberme sorprendido, porque era lo que deseaba, pero aun así… no me sentía cómoda si tenía que ser sincera conmigo misma. No conocía a ese tío y no sabía cómo reaccionaría a un coqueteo inocente. Para alguna gente hay una línea fina entre sentir que están flirteando contigo y sentir que te están dando falsas esperanzas. Sobre todo si en realidad se trataba solo de un experimento… y de verdad estaba dando falsas esperanzas.

—Esto va a sonar muy atrevido y romanticón, pero ¿alguien te ha dicho que tienes unos ojos alucinantes?

«Sí. Nate Sawyer me lo dijo. Y sonó mucho mejor viniendo de él».

Bajé la mirada y luego volví a mirarlo desde debajo de las pestañas.

—Gracias —murmuré, y a continuación giré con naturalidad la cabeza para mirar a mis amigos.

Nate estaba de pie junto a la mesa, pero una rubia bajita, delgada y bien formada estaba casi pegada a su costado, y él bajó la cabeza al oído de ella para hacerse escuchar por encima de la música, rozándole la piel con sus labios.

Sentí un escalofrío y los nervios en mi estómago se convirtieron en astillas.

Nate ni siquiera me estaba prestando atención. Había una rubia guapa, de caderas delgadas y cara preciosa apretando su cuerpo contra el de él, de manera que ¿por qué iba a ser consciente de lo que yo estaba haciendo? Sentí calor, y esta vez estaba segura de que era el calor del dolor y la rabia que me quemaba la piel. Aparté la mirada solo para toparme con la atención de Jo. Ella me observó un segundo y luego volvió a mirar a Nate. Cuando devolvió su atención a mí, vi la inquietud en su expresión, así que sonreí como si no tuviera ninguna preocupación en este mundo y me volví hacia Will.

Estaba frunciendo el ceño.

Genial.

—¿Es tu novio? —preguntó señalando con la barbilla en dirección a Nate.

—No —me apresuré a tranquilizarlo—. Son todos mis amigos.

—Entonces —dijo, relajándose—, ¿no tienes pareja?

—No tengo pareja. ¿Y tú?

—Es difícil de creer, pero tampoco tengo. —Soltó una risita, y yo también me relajé porque me gustó su respuesta.

—Entonces, ¿a qué te dedicas, Will?

—Soy ingeniero.

Intrigada, tomé un sorbo de mi whisky, despacio ahora que me sentía más calmada.

—Cuéntame eso.

Y resultó que ese era el camino al corazón de un tipo. O al menos al de Will. Durante los treinta minutos siguientes, pregunté por él, sus intereses, su trabajo y sus aficiones, sin dejar de sonreír en todo momento y dándole la impresión de que todo lo que decía era fascinante.

Lo tenía comiendo de mi mano.

Sin embargo, si no se hubiera tratado de un examen habría renunciado diez minutos antes. Seguía esperando que Will me preguntara por mí, pero durante la mayor parte del tiempo parecía satisfecho deleitándose con mi atención.

Me aburría, así que me encogí de hombros con fingida reticencia.

—Debería volver con mis amigos… pero… —«Sé valiente, Caramelito».—. ¿Puedes… puedes darme tu número?

Will sonrió y tendió la mano.

—Pásame tu teléfono.

Abriendo mi bolso, saqué mi móvil y sentí que el alivio me inundaba cuando Will marcó su número en él. Cuando me lo devolvió, rodeó mi mano con la suya y suavemente tiró de mí hacia delante, sujetándome al bajar la cabeza.

Me quedé paralizada cuando apretó su boca contra la mía.

Entonces Nate y su rubia entraron en mi cabeza, y enfadada dejé que mis labios se separaran.

Will me besó. Su lengua rozó la mía.

No fue un mal beso. De hecho, técnicamente besaba bien.

Pero no sentí nada.

Me eché hacia atrás y sonreí con cierta timidez, lo que pareció gustarle.

—Te llamaré —le dije.

Una vez que me dejó ir, no hice caso de las sonrisas que me lanzaron sus amigos y di media vuelta para regresar a mi mesa.

Nate, que ya no estaba con la rubia, me observaba con una expresión insondable en su rostro. Mi atención se desplazó con rapidez de él a los demás. Cam y Adam estaban sonriéndome con una expresión infantil, Ellie estaba mordiéndose el labio para contener su sonrisita inmadura y Jo parecía confundida.

—¿Qué ha sido eso? —me preguntó mi amiga mientras observaba mi móvil.

—He conseguido un número —dije, trantando de sonar despreocupada.

Mis ojos pasaron a Nate, y él levantó la barbilla, llamándome a acercarme.

Me senté a su lado y esperé, pero no dijo nada hasta que los otros empezaron a hablar entre ellos.

—¿Te lo has pasado bien? —preguntó en voz baja, con sus ojos buscando los míos.

Me encogí de hombros.

—He aprobado tu pequeño examen.

Sus ojos oscuros volvieron a la barra, donde Will todavía seguía con sus amigos. Yo esperé alguna clase de reacción amable, pero la expresión de Nate era de perplejidad cuando se volvió hacia mí.

—No te dije que tenías que besar a un desconocido.

—No, pero lo he hecho.

—Parece que tengo en mis manos a una alumna prodigio.

Me encogí de hombros.

Nos quedamos en silencio durante el resto de la noche, creo que sobre todo porque estaba perdida en mis propios pensamientos. Cuando llegó la hora de irnos a casa, Nate insistió en acompañarme, como de costumbre. Abracé a las chicas para despedirme y dije buenas noches a los chicos, y luego seguí a Nate por George Street, caminando con esos preciosos zapatos de tacón que estaban empezando a apretarme.

—Bueno… —intenté con despreocupación—. Parece que tú también has conseguido un número esta noche.

—La rubia.

Resoplé.

—¿Se llama así?

Me lanzó una mirada.

—Es el único nombre que necesito saber.

Estaba claro que esa noche me dejaría en mi piso y luego llamaría a la chica rubia, quedaría con ella en algún sitio, se la tiraría, la dejaría y luego borraría su número del móvil.

No era una buena forma de vivir, pero era la forma en que Nate había decidido vivir, y yo tenía que respetar sus decisiones. Si fuera un seductor normal le daría un sermón hasta que le sangraran los oídos, pero cada vez que pensaba en eso ahora, pensaba en el tatuaje que tenía en el pecho.

No obstante, cuanto más nos acercábamos a mi piso, más inquieta estaba y, cuando recordé el dolor y la furia que me habían atravesado al verlo flirteando con la rubia, se me ocurrió que quizá no se trataba de que yo no estuviera cómoda con sus elecciones, sino que me desagradaba la idea de que me dejara para acostarse con una desconocida.

Ni siquiera quería analizar eso.

Sin embargo, al detenernos a las puertas de mi edificio, me encontré diciendo su nombre en voz baja.

—¿Sí? —preguntó, mientras metía las manos en los bolsillos del pantalón.

Miré su rostro atractivo y busqué en algún lugar profundo de mí el valor que necesitaba para plantearle la pregunta que me había estado quemando por dentro desde que nos habíamos besado.

—Me ayudó el beso que nos dimos —dije para empezar.

Me miró otra vez y esperó en silencio a que continuara.

Me aclaré la garganta, tratando de calmar el cosquilleo que había empezado a notar en el estómago.

—Me sentí mejor —dije intentando explicarme—. Me sentí… más segura.

—¿Qué estás intentando decir, Liv?

¿Dónde había otro whisky cuando lo necesitaba?

—Hum. —Me humedecí los labios, que de repente tenía secos—. Quiero que… Quiero que me enseñes a ser… buena en el sexo.

El foco de Nate se agudizó y preguntó con calma sorprendente.

—¿En teoría o en la práctica?

—En la práctica.

El silencio entre nosotros se extendió tanto que mi cosquilleo se incrementó a un ritmo increíble. La vergüenza y el arrepentimiento se mezclaron cuando empecé a sentirme fatal solo por habérselo preguntado, por ponerlo en esa situación.

—Nate…

—¿Cuánto has tenido que beber?

Un poco ofendida por la insinuación, negué con la cabeza con rapidez.

—Solo me he tomado unos whiskies. No estoy borracha. Mira, lo siento si te he hecho sentir incómodo. No quería. Podemos…

Nate apretó un dedo silenciador contra mis labios y yo me callé de golpe.

—Eres mi mejor amiga. No quiero hacer nada que pueda arruinar eso.

Sin hacer caso de ciertos sentimientos, y con «no hacer caso» me refiero a arrojarlos en las profundidades más hondas y oscuras de mí, me concentré en la sola idea de mi propia transformación y me apresuré a tranquilizarlo.

—Si prometo que no lo arruinará, ¿lo pensarías? Solo… solo quiero sentir que sé lo que estoy haciendo. Si lo hago, me sentiré capaz de acercarme a Benjamin con seguridad, sabiendo que si dice que sí a una cita y después la cita llega a ese punto, no sería traumático ni me destrozaría los nervios. Confío en ti, Nate. Y no sería exactamente una tortura. —Añadí con una sonrisita que él me devolvió.

—Así, pues, dejemos esto claro. ¿Quieres follar conmigo para que te enseñe a follar con otro tío?

—Lo haces sonar muy sórdido.

Con un suspiro, se inclinó hacia delante y me plantó un beso en la frente.

—Vete a acostar, nena. Si todavía sientes lo mismo por la mañana, pregúntamelo otra vez.

—Ya ha sido bastante difícil preguntártelo la primera vez —murmuré entre dientes cuando me giré para abrir la puerta de mi edificio.

Nate lo oyó y sentí su fuerte mano sobre mi cadera, su calor en mi espalda mientras su respiración susurraba sobre mi oído:

—Has sido valiente, Liv.

Me giré para mirarlo, con una pequeña sonrisa de agradecimiento en mis labios.

—Coraje de borracha o coraje real, supongo que lo descubriremos mañana —dijo Nate.

Y entonces se había ido, y el viento frío sopló sobre mi piel cuando me dejó desprotegida en la puerta de mi casa. Me apresuré a entrar, con mi corazón revoloteando como si un millar de mariposas en mi estómago hubieran escapado hacia mi pecho para causar estragos también allí.

Esas mariposas me acompañaron todo el condenado tiempo que luché por quedarme dormida esa noche.