22

La terapia musical no funcionó.

¡Como si esperara lo contrario!

Culpé de todo a mi apartamento.

Después de trabajar el lunes, abrí la puerta de mi casa y me quedé allí, mirando la sala. Cada parte de ella me recordaba a Nate. El sofá donde habíamos pasado horas durante el último año. También allí habíamos tenido sexo realmente maravilloso, Dios, no, sexo de experiencia extracorporal. Más de una vez. Más de un puñado de veces en realidad. Luego estaba la cocina, donde habíamos comido y charlado. Y sí… habíamos bautizado la encimera. La pared de al lado de la puerta. La pared de al lado de la ventana. La ducha. Mi dormitorio.

Era todo Nate. En todas partes.

Me dolía. Me dolía tanto que hasta las encías y los dientes dolían por su ausencia. Cerré la puerta de una patada y me derrumbé contra ella. La única esperanza era que esa sensación pasaría. Con el tiempo, tendría que empezar a funcionar como un ser humano normal otra vez. ¿De acuerdo?

O eso o necesitaría empezar a buscar un nuevo apartamento. Sin embargo, la idea de dejar el lugar donde estaban todos mis recuerdos de él…

Necesitaba verlo.

Saqué el teléfono de mi bolso con manos temblorosas y lo sostuve mientras bajaba el pulgar por la pantalla. Había evitado adrede hacerlo desde la ruptura.

Mi respiración me abandonó cuando abrí la galería de imágenes en el móvil y empecé a pasarlas. La última foto que había sacado de Nate era de él sonriendo mientras conducía el coche alquilado hacia la casa de sus padres, antes de que las cosas se pusieran raras ese día. La anterior era de nosotros dos. Nate estaba ofreciendo a la cámara esa sonrisa sexi y de párpados caídos cuando yo la sostenía sobre nosotros dos, tumbados en la cama. Mi cabeza descansaba en su hombro y yo sonreía con felicidad. La siguiente era peor porque nos estábamos besando.

Fue como una cuchillada en la tripa.

La pasé con rapidez.

Había otra imagen de él con su cabeza enterrada en la almohada escondiéndose de mí. Y luego había muchas de mí, porque si dejabas una cámara cerca de Nate a buen seguro que abusaba de ella.

La rabia me recorrió.

Mi teléfono salió volando por la sala y se estrelló contra la pared de enfrente. Me deslicé por la puerta y atraje mis rodillas al pecho mientras destrozaba llorando todos mis esfuerzos por seguir adelante.

* * *

—Entonces, ¿vas a salir con él? —preguntó Ellie como si tal cosa cuando estábamos reunidas en el dormitorio de Hannah.

La semana había pasado como si hubiera sido tomada por el espíritu de una babosa. Una particularmente viscosa que segregaba mucosidad por todas partes.

No fue una buena semana.

Después de destrozar mi móvil, encontré enseguida un sustituto. Conservé mi viejo número con todos mis datos… esperando ¿qué? ¿Que Nate llamara? Ja. Nate seguía sin llamar.

Pero Ben sí que lo hizo. Llamó el martes por la noche para contarme que tenía una semana frenética por delante, pero quería saber si estaba libre para cenar el lunes siguiente. Dije que sí, porque, la verdad, estaba esperando alguna clase de milagro que me devolviera el entusiasmo por la vida. Si un escocés alto y guapo no podía hacer eso, entonces estaba bien jodida.

Por fin era domingo otra vez, y en esta ocasión había reunido el valor para enfrentarme a mis amigos —también a los chicos, que para entonces suponía que sabían todo lo ocurrido entre Nate y yo— y reunirme con ellos para comer. Como era habitual las últimas veces, desaparecimos en la habitación de Hannah mientras Elodie y Clark cocinaban y los chicos charlaban.

Acababa de hablarles de la llamada de Ben.

—Sí. Dije que sí.

—Creo que es genial —comentó Joss—. Te ayudará.

—Sí, bueno, basta de mí. —Dirigí la conversación a otro lugar mientras clavaba a Hannah en la cama con mi mirada—. ¿Cómo va con Marco?

Miré a Ellie en busca de ayuda.

—¿Entiendo que es una negativa?

Ellie dio un golpecito en la pierna de su hermana.

—Se está haciendo el interesante.

—No se está haciendo el interesante. Simplemente no quiere que lo consigan —murmuró Hannah—. No quiere que lo consigan. Nada más.

—¿Eso tiene sentido para alguien? —Jo apretó la nariz en ademán de confusión.

Los ojos de Hannah nos barrieron a todas.

—Hay momentos en los que pienso que quiere más, pero se aparta cada vez que doy un paso. A este ritmo cumpliré cuarenta antes de perder la virginidad.

Ellie resopló.

—Lo dudo.

—No voy a perderla con nadie más que él —respondió Hannah con seriedad.

Su hermana adaptó su actitud y sus ojos se entornaron.

—Esperarás hasta que tengas al menos dieciocho.

Hannah hizo un sonido de «pfft».

—Vale, estoy segura de que vosotras esperasteis tanto.

—Yo lo hice, la verdad.

Pareciendo sorprendida, Hannah preguntó:

—¿En serio?

—Sí, en serio. Fue la noche de la fiesta de mi décimo octavo cumpleaños.

—¿Con Liam?

—¿Quién es Liam? —pregunté con curiosidad.

—Mi novio de entonces. Llevábamos saliendo unas semanas. Pensé que me ayudaría a olvidar a Adam. —Sonrió con arrepentimiento—. No había planeado acostarme con él esa noche, aunque sabía que él estaba insistiendo. No, encontré a Adam en la parte de atrás del hotel con una de las chicas del cáterin. Estaba dolida cuando volví a entrar. Cogí a Liam de la mano, salí de la fiesta y fuimos a una habitación. Pensé que ayudaría. No ayudó. Quiero decir, estuvo bien. —Ellie se encogió de hombros, con su boca curvándose hacia abajo en las comisuras—. Pero no fue lo que debería haber sido. Debería haber sido con alguien que amara. Alguien en quien confiara. Liam terminó engañándome con una de mis supuestas mejores amigas.

—Guau. —Hannah se dejó caer en la cama—. Es una mierda, Els. Lo siento.

—Yo tenía dieciséis años —intervino Jo de repente. Sonrió, y no era una sonrisa feliz—. Él tenía diecinueve, estudiante, y venía de una familia rica. Fue la primera vez que alguien intentaba cuidar de mí, comprarme regalos bonitos, incluso pagar mi alquiler cuando tenía dificultades. Pensé, cuando cedí a él, que estaba cediendo a alguien del que estaba enamorada. Pero las cosas se pusieron feas cuando yo daba todo el tiempo prioridad a mamá y a Cole sobre él. Me dejó. —Negó con la cabeza, con desdén—. Él sabía que iba a dejarme, pero se acostó conmigo esa noche. En cuanto terminamos, y quiero decir en cuanto terminamos, salió de la cama y me dejó mientras se vestía.

Hice una mueca por la situación un tanto familiar.

—Jo —dijo Hannah con un suspiro—, eso es espantoso.

Jo le sonrió.

—No te sientas mal, Hannah. Terminé con Cameron y eso me compensa de sobra por John y todos los idiotas que vinieron detrás de él.

La curiosidad adolescente de Hannah todavía estaba picada.

—¿Y tú, Joss?

Joss negó con la cabeza.

—Yo era demasiado joven, Hannah.

Todos la miramos y nuestras expresiones pidieron algo más que vaguedad. Ella resopló y confesó.

—Muy bien, fue unos meses después de que murieran mis padres.

Ellie abrió la boca de par en par.

—Pero solo tenías catorce.

Sentí que me recorría la misma onda de choque. Cuando yo tenía catorce, pegaba carteles de chicos guapos en el techo y me imaginaba con ellos creando un hogar en alguna casa de ensueño de una Barbie de la vida real y dando fiestas fabulosas y besos dulces. Todavía no me había despertado sexualmente.

Cuando vi las sombras en la parte posterior de los ojos de Joss, me di cuenta de que era muy consciente de la inocencia a la que había renunciado por tener sexo demasiado joven.

—¿Al menos fue con alguien que te gustaba? —preguntó Hannah con voz suave, claramente esperando que alguna clase de felicidad iluminara el pasado de Joss.

—No, Hannah. Él iba a la escuela en el pueblo de al lado. Nos conocimos en una fiesta. Nos emborrachamos. El resto es historia. Y nadie debería repetirla.

—No te preocupes, no lo haré —prometió Hannah.

Después de un minuto de silencio, la hermana pequeña de Ellie me miró.

Había estado esperándolo. Solté un suspiro enorme.

—Bueno, al menos yo tenía diecinueve cuando cometí el error. Sinceramente, no hay nada romántico en ello. Estaba harta de ser virgen, así que me emborraché en una fiesta de la universidad y perdí la virginidad en una habitación del piso de arriba con un borracho de último curso. No hubo finura. Nada. Dolió. Y después se apartó de mí y me dejó allí.

De pronto, Hannah parecía traumatizada.

—¿Ninguna de vosotras ha tenido una buena historia de pérdida de la virginidad?

La miramos con cara de disculpa.

—Bueno, eso lo confirma. No voy a hacerlo con alguien al que no ame.

Las cuatro compartimos una mirada y yo sonreí.

—Bueno, al menos hemos sacado algo.

Las risas de las demás se cortaron cuando picaron a la puerta un milisegundo antes de que Braden asomara la cabeza.

—A ver, ¿qué está pasando aquí dentro?

—Ropa —respondió Ellie con rapidez—. Estamos hablando de ropa.

Todas coincidimos por el bien de Hannah. Había oído las historias de Ellie. Lo último que necesitaba Hannah era que Braden y Adam descubrieran que había un chico que le gustaba, porque terminarían convirtiendo su vida en un infierno con su sobreprotección.

Braden no parecía convencido, pero daba la impresión de estar demasiado preocupado para que le importara lo que tramábamos. Entró en la habitación con una pequeña sonrisa en los labios al acercarse a Joss, que estaba sentada al borde del tocador de Hannah. Se inclinó y le plantó un beso suave en la boca, y enseguida pasó la mano por su vientre.

—¿Cómo estás? —murmuró, mirándola profundamente a los ojos.

Sentí un apretón en el pecho, pero esta vez agradable. Era la primera vez que los veía juntos desde aquellos momentos espantosos en su apartamento.

Sabía, por haber hablado con Joss, que ella estaba un poco más animada con su embarazo y había logrado explicar a Braden lo que estaba ocurriendo en su cabeza hasta que este lo comprendió. Estaban otra vez en el buen camino y era genial verlo.

—Estoy bien —respondió ella con suavidad, con una sonrisa astuta en sus labios—. No has de seguir preguntándome eso, Braden. Sabes que te lo diré si ocurre algo.

Braden le frotó otra vez el vientre.

—No puedes parar de hacer eso. —Resopló divertida—. Todavía no se nota. —Se asomó a un lado de su marido y nos miró con expresión humorística—. Está esperando la parte de la tripa.

—¿Por qué? —preguntó Ellie, desconcertada.

La cuestión hizo que Joss se ruborizara y Braden riera de esa manera profunda e íntima que sugería, fuera cual fuese la razón, que no era algo que quisiera compartir con un grupo que incluía a su hermanita.

Ellie pareció mareada.

—Vale, no respondas, por favor.

Braden rio otra vez y luego se volvió hacia nosotras mientras deslizaba el brazo derecho por el hombro de Joss.

—¿Te ha dicho Jocelyn que su agente ha encontrado a un editor que está interesado en su libro?

—¡No! —gritó Jo entusiasmada—. ¡Es fantástico!

Joss se retorció, incómoda porque era modesta.

—Leyeron los tres primeros capítulos y pidieron leer el resto del libro. Eso no significa nada.

No pude por menos que mostrar mi desacuerdo.

—Significa mucho. Es una lástima que no puedas beber, porque es una buena razón para chispearse. —Miré a Hannah—. Perdón, Hannah.

—¿Perdón por decir «chispearse» o perdón porque no puedo emborracharme contigo?

Ellie resopló.

—Me alegro de que mamá no esté en la habitación.

* * *

Una mujer italiana cantaba una tonada animada y alegre en los altavoces cuando el camarero sirvió vino tinto en la mesa que compartía con Ben. Habíamos quedado en D’Alessandro’s, porque a los dos nos encantaba el sitio y también porque nos ofrecía una familiaridad que yo imaginaba que ambos deseábamos que contribuyera a mitigar los nervios de nuestra primera cita.

Ben llevaba una camisa violeta y pantalones de vestir y estaba muy guapo. Se me ocurrió que nunca lo había visto vestir de negro, y eso solo se me ocurrió porque era el color favorito de Nate. Negro o rojo oscuro. Nate estaba guapo con los dos.

—Tengo que reconocer —dijo Ben cuando se alejó el camarero—, que llevaba meses deseando pedírtelo.

—¿En serio? —pregunté con incredulidad, y entonces me reprendí de inmediato al oír la voz de Nate recriminándome por mi falta de seguridad—. Quiero decir, ¿en serio? —pregunté otra vez, tratando de sonar despreocupada en esa ocasión.

Eso hizo sonreír a Ben.

—En serio, pero no parecías tan interesada antes…

—Estoy muy centrada en el trabajo —mentí—. A veces ni siquiera me doy cuenta de que alguien está flirteando conmigo, porque tengo la cabeza en otra parte.

Él asintió como si eso tuviera sentido.

—Cierto. Eras diferente cuando nos encontramos aquí.

Sonreí a modo de respuesta y bajé los ojos al plato, porque no se me ocurría qué contestar a eso.

—Pareces distraída.

—No lo estoy —mentí otra vez.

—Pensé que a lo mejor la otra razón por la que te resistías era que había otra persona.

Me puse tensa. Alcé los ojos para mirarlo.

—La había.

—¿Hace poco?

Le ofrecí una sonrisa irónica e infeliz.

—No era así como quería que empezara esta cita, pero tienes razón… Estoy distraída. Acabo de salir de algo. Algo muy serio, y no sé si estoy preparada para…, quiero decir, sé que debería. Y has de saber que me gustas, me gustas, es solo que…

—Olivia. —Se inclinó sobre la mesa y tomó mi mano temblorosa en la suya, con sus ojos verdes hermosos y sinceros—. Lo entiendo. He pasado por eso. —Se echó atrás otra vez, con sonrisa impaciente—. Disfrutemos de esta cena juntos. Olvidemos que esto era una cita. Somos solo dos personas disfrutando de una buena comida y conversación.

Y eso es lo que hicimos, y después, una vez que nos repartimos la cuenta (yo insistí porque no era una cita), Ben me acompañó hasta mi apartamento. En la acera me dio un beso en la mejilla y dijo:

—Me gustas, Olivia, así que cuando estés preparada… llámame.