23
Me quedé sentada mirando los títulos de crédito mientras el resto de espectadores del cine se levantaban y abandonaban la sala.
Había elegido una comedia, porque las risas falsas ante cosas falsas ayudaban un poco.
Habían transcurrido tres semanas desde la última vez que había visto a Nate, y seguía sin tener noticias suyas. Decididamente, se lo había tomado a pecho cuando le había dicho que no volviera. Mis amigos, con la excepción de Jo, hicieron un buen trabajo al no mencionarlo, aunque todos repararon en su ausencia cuando salimos de copas. Me hizo sentir fatal. Nate era amigo de Cam, Adam y Braden, y ahora, cuando yo estaba presente, ellos no podían estar con él. No es que Nate aparentara tener ganas de venir. Según Jo, al menos. De vez en cuando, Jo dejaba caer de forma casual información en nuestras conversaciones. Cam estaba preocupado por Nate. No lo había visto mucho últimamente con la excepción de la clase de judo. En la última sesión, Nate había entrenado con tanta intensidad, bordeando la agresividad, que su profesor lo había echado de la clase sugiriendo que diera un paseo y se ocupara de lo que le molestaba.
Yo no quería saberlo. Habría sido mucho más fácil para mí pretender que Nate no tenía sentimientos sobre la disolución de nuestra relación. En cambio, Jo quería que lo supiera. Pensaba que significaba algo. Pensaba que todavía había una posibilidad.
Jo, simplemente, no lo entendía.
—Eh, la película ha terminado —dijo una voz beligerante.
Levanté la mirada al joven trabajador del cine.
—Sí, ¿y?
—Y… ahora tiene que irse —replicó con irritabilidad.
Me levanté muy despacio.
—Te encanta tu trabajo, ¿verdad?
Su mirada habría silenciado a la Parca. Cogí mi bolso y salí de allí.
Me aparté el pelo de la cara al entrar en el vestíbulo del Cineworld. Había venido al Omni Centre en lo alto de Leith Walk un viernes por la noche, porque, recordando las muchas noches de viernes que había pasado viendo películas con Nate, quedarme en casa no era una buena forma de superarlo.
—¡Liv!
Miré por encima del hombro antes de llegar a la escalera y vi a Cole de pie en el puesto de palomitas con un grupo de amigos. Siendo tan alto era fácil de localizar. Me sonrió, murmuró algo a un amigo y se acercó. Tuve que levantar la cabeza para mirarlo a la cara.
—Hola. —Le sonreí—. ¿Estás bien?
Se encogió de hombros.
—Solo iba a ver una peli con unos amigos. —Sus ojos examinaron mi cara—. ¿Tú estás bien?
—Estoy bien. Ya me iba a casa.
—¿Has venido sola?
—Una persona puede ir sola al cine, ¿sabes?
Cole entornó los ojos.
—Sí. —Miró por encima del hombro antes de volver su atención a mí—. Volvamos al piso. Jo y Cam salen esta noche. Podemos ver una película juntos.
—No, Cole, ve con tus amigos.
—No, es genial. Van a ver una peli que ya he visto. Jo compró esas cosas de chocolate que te gustan…
Gruñí.
—Me conoces demasiado bien.
Sonrió.
—Vamos, pues.
Quizá no era mala idea no volver todavía a casa, a un apartamento vacío.
—Vale.
Nos dirigimos hacia las escaleras.
—¡Eh, Cole! —Giramos la cabeza y por encima de nuestros hombros vimos a una rubia guapa separándose del grupo, con sus ojos grandes inquisitivos—. ¿Adónde vas?
—Es guapa —dije entre dientes—. ¿Seguro que quieres irte?
Cole se encogió de hombros.
—En realidad, no es mi tipo —respondió en otro murmullo.
—¿Las guapas no son tu tipo?
—Es un incordio.
—¿Cooole? —gimió la rubia, y el sonido fue increíblemente irritante.
—Oh, sí, ya te entiendo.
Cole resopló y miró a sus amigos.
—Os veo después, ¿vale?
Uno de los chicos nos miró al oír eso. Su atención voló hacia mí y sus ojos se ensancharon al instante.
—Joder, Cole, ¿te estás tirando eso?
Cole miró al chico.
—Del, ¿por qué no te das la vuelta y empiezas a hablar por el culo? De esa forma perdonaremos la mierda que sueltas.
Mientras sus amigos reían, empujando y provocando al tal Del, Cole me agarró del codo y empezó a bajar conmigo la escalera.
Estaba ahogándome de risa.
—Sé que debería reprenderte por hablar así, pero… te pareces tanto a Cam que es demasiado divertido.
Cole se sintió complacido con mi valoración. Trató de ocultarlo, pero vi el rubor de placer en su cuello y una minúscula sonrisa en los labios. Comprendí por qué. Cam era el héroe que había aparecido de repente y le había salvado a él y a su hermana de una vida patética. Cam era todo lo que Cole deseaba ser.
Permanecimos un rato en silencio mientras caminábamos por Leith Walk uno al lado del otro hasta que la idea de la guapa rubia que había mirado a Cole con fascinación apareció en mi mente.
—Bueno, si no estás con la rubia que relincha, ¿hay alguien más que te guste?
Cole se ruborizó, pero me sorprendió cuando dijo mientras miraba al suelo:
—Hay alguien, pero soy demasiado joven para ella. Y creo que de todos modos le gusta otro.
Sentí una punzada de profundo afecto.
—Tío, de verdad sabes cómo subir la autoestima de una mujer.
Sonrió, pero sus ojos eran escrutadores cuando volvió a mirarme.
—Oí a Jo y Cam hablando. Sé lo tuyo con Nate y lo que hizo. Le dije que no me juntaba con idiotas o capullos y que, viendo que él era las dos cosas, había terminado con él.
Por alguna razón insensata me sentí mal por Nate.
—Cole, aunque aprecio tu lealtad, y de verdad que la aprecio, Nate es tu amigo. Se preocupa por ti. No lo evites por mí.
—Pero te ha hecho daño.
—Sí. Y estoy cabreada con él. Pero no te ha hecho daño a ti. Así que, por favor, no te cabrees con él.
Cole se quedó en silencio un momento.
—Creo que se siente mal —dijo por fin—. Tiene un aspecto de mierda últimamente.
Simulé que no lo oía.
—Es la tercera vez que dices tacos, ¿te has dado cuenta de eso? —Se encogió de hombros—. Vale, dejaré las reprimendas a Jo. Hablemos de algo menos deprimente. ¿Cómo va la escuela?
—¿Crees que eso es menos deprimente?
—No puede ir tan mal. —Se encogió de hombros—. Vale, ¿y el arte?
—Voy a hacerme un tatuaje cuando cumpla dieciocho años. He estado dibujando un montón de ideas diferentes.
—¡Oh! Entonces, ¿todavía estás pensando en convertirte en tatuador?
—Sí, ¿no te lo contó Jo?
—¿Contarme qué?
—El primo de un amigo de Adam tiene un salón de tatuajes en Leith. Va a dejar que me pase un par de días por semana en el verano. Después del instituto podría haber una posibilidad de que aprenda con él. Si me gusta, claro. Me dijo que me quedara todos mis dibujos para crear una especie de portafolio.
—Es fantástico. Guau, eres mucho más organizado en la vida que cuando yo tenía quince.
Gruñó.
—Díselo a Jo. Ella quiere que antes vaya a la universidad.
—Quizá deberías.
—Bueno, veremos. A pesar de lo que ella piensa, todavía tengo tiempo.
—Tan solo quiere que tengas la oportunidad de elegir en la vida, Cole.
—Sí —dijo, suavizando la mirada—. Ya lo sé.
El paseo transcurrió con rapidez mientras hablábamos de la escuela, de películas y libros. Era un chico bastante taciturno con la mayoría de la gente, y era bonito que me incluyera en el círculo de amigos y familia con el que estaba dispuesto a abrirse.
Al llegar al piso de Jo y Cam, Cole empujó la puerta.
—¡Estoy en casa!
—Estamos en la cocina —respondió Jo.
Cole hizo una mueca.
—No voy a ir —susurró—. A veces, cuando creen que están solos, se ponen muy… acaramelados.
Reí entre dientes y lo seguí al salón. Se detuvo de golpe y yo tuve que esquivar su alto cuerpo para pasar a su lado.
Si un autobús hubiera atravesado la pared y chocado conmigo, no habría tenido un impacto menor que cuando vi a Nate sentado allí. Nuestras miradas chocaron y Nate se levantó poco a poco del sofá. Después de un momento de un mirar inútil, mi vista lo recorrió. Con barbita y círculos oscuros bajo los ojos, Nate parecía exhausto y dejado. No era propio de él.
—Lo siento, Liv —se disculpó Cole por lo bajo—. No sabía que estaba aquí.
—No te preocupes.
—¿Cómo…? —Nate dio un paso hacia mí y automáticamente yo di un paso atrás. Se detuvo y tragó saliva cuando sus ojos me examinaron, casi con avidez—. ¿Cómo estás?
Antes de que se me ocurriera alguna respuesta a esa pregunta estúpida, el sonido ruidoso de tacones en el salón fue in crescendo al acercarse a nosotros, y yo me volví, entornando los ojos, cuando una pelirroja alta con un top y tejanos ajustados entró en la sala con sus tacones de doce centímetros.
—Ese cuarto de baño es espectacular. —Me sonrió con educación antes de acercarse a Nate. Su brazo tonificado se deslizó en torno a su cintura y apretó sus pechos en la espalda de él—. Tus amigos tienen un piso realmente bonito.
Me invadió un calor diferente a todo lo que había sentido antes. Un fuego ardió en mi pecho, con sus llamas lamiendo mi garganta e impidiéndome pronunciar palabra. No pude hacer otra cosa que quedarme allí mirándolos con celos, impotencia y desengaño.
—¿Liv?
Me volví al oír la voz de Jo y descubrirla de pie en el umbral, con sus facciones desencajadas por la sorpresa.
—¿Qué estás…?
—Ya me iba.
La corté y pasé a su lado a toda prisa, sin hacer caso de que ella pronunciara mi nombre con preocupación cuando yo salí del apartamento y corrí hacia la escalera. Oí que la puerta se abría detrás de mí, pero seguí en movimiento, desesperada por llegar a algún lugar tranquilo donde pudiera clamar y maldecir y enviar a Nate Sawyer al infierno.
—¡Olivia!
«Oh, Dios».
—Olivia, para —gruñó Nate detrás de mí. Cerca. Demasiado cerca.
Me agarró del brazo y me obligó a detenerme y a volverme hacia él.
Estaba un par de peldaños por encima de mí, respirando pesadamente, con expresión de pánico.
—Liv, no te vayas.
Me zafé de él y enseguida sentí el fantasma de sus dedos en mi brazo.
—Vuelve a entrar, Nate. —Mi expresión era de puro desdén—. Debería haber sabido que nada te retendría por mucho tiempo.
Para mi sorpresa, sus ojos se endurecieron y casi pude ver indignación.
¿Por qué demonios tenía que estar indignado?
—Le dijo la sartén al cazo —soltó, bajando un escalón, acercándose a mí—. He oído que estuviste con tu bibliotecario. —Pasó sus ojos sobre mí—. Supongo que te lo follaste bien y que está disfrutando los beneficios de mis lecciones.
Un puñetazo en el estómago no habría sido tan efectivo. Y casi seguro que habría dolido mucho menos.
Se estremeció ante mi expresión y se pasó una mano por su pelo demasiado largo.
—Mierda, Liv, lo siento —susurró con voz ronca—. No quería decir eso.
Me volví para irme y enseguida me encontré atrapada por él.
—Suéltame —dije entre dientes.
En lugar de soltarme, tiró de mí. Me dolió el olor familiar y la sensación de su cuerpo.
—Solo dime que estás bien.
Me relajé, con la esperanza de que me soltara.
—Estoy bien —respondí en voz baja—. Vuelve con tu chica, Nate.
La tenaza de Nate se tensó.
—No es mi chica.
Negué con la cabeza.
—No hablaba de la pelirroja. Estaba hablando del fantasma que tienes tatuado en el pecho.
Mis palabras le hicieron soltarme.
Bajé las pestañas para no tener que ver la expresión obsesionada en su rostro. Me di la vuelta y bajé por la escalera para salir de su vida.